Semana 40: Día 278: Contra la depresión… correr

Hoy era un día para deprimirse. Frío, llovizna. Tu ex novia que sube fotos del tipo con el que está saliendo, del que está súper enamorada. Ese chiche de tu perro que ya no está, el que todavía tiene la marca de sus dientes. Las pintadas contra tu equipo que acaba de descender. Motivos para estar bajoneado abundan, mientras que los que nos motivan y nos ponen de buen humor, escasean.

¿Qué cosas mejoran tu día? ¿Encontrar plata en un pantalón que hace mucho que no usás? ¿Ver una película con bajas expectativas y disfrutarla mucho? ¿Recibir un beso de esa persona especial? En mi caso descubrí que correr me hace bien, y es mi mejor anti-depresivo.

Uno tiene un estrés cotidiano, por las obligaciones del día a día, como trabajar, estudiar, o encargarse de la casa. Eso puede ponernos de mal humor, y la rutina de ejercicios puede convertirse en nuestra válvula de escape. Pero no es a eso a lo que me refiero. De vez en cuando sufrimos, estamos con el ánimo por el piso, sin ganas de salir de la cama. Nos ponemos ese joggin estirado y descolorido, caminamos en patas, y le damos F5 constantemente al Facebook, a ver si ALGO nos motiva. Revisamos la heladera buscando algo rico y dulce, pero nada parece alcanzarnos. El día es gris, independientemente del clima. Las horas pasan lentamente, y en el fondo sentimos que se nos escapa la vida de entre los dedos.

Es el momento ideal para salir a correr. Lo sé, lo he vivido, y nunca me arrepentí de hacerlo. He corrido con bronca, con 35 grados, o con un día espantoso como hoy, con la lluvia helada pegándome en la cara. Y transformé toda esa energía negativa que me tiraba para abajo en combustible para mis piernas. Corrí velozmente, con el mismo entusiasmo que tengo cuando estoy en una carrera. Los cuádriceps quemando, el aire frío bajando por la garganta y congelando todavía más el corazón (el de los sentimientos, no el músculo que bombea sangre). Y corrí y pensé, y maldije, y me quejé de mi suerte. Pero me sentí vivo. Un poco porque sufrir es parte de la vida. Otro porque estaba ahí, poniéndole el cuerpo a mis sentimientos. Las endorfinas ayudan, pero también la sensación de que aunque parezca que todo está perdido y de que no llegamos a ningún lado, estamos haciendo algo por nosotros. Estamos accionando, en lugar de quedarnos muy cómodos en nuestro cascarón.

Los motivos para encerrarse son muchos, y vienen con una pasmosa frecuencia. Pero pueden terminar, y hasta somos capaces de alejarnos nosotros mismos. La depresión puede convertirse en un maravilloso motivador. Nosotros tenemos que hacer el click, y cuando volvamos a casa, transpirados, con los pies fríos e hinchados, vamos a tener la cabeza mucho más despejada. Y vamos a haber superado nuestros problemas por todos esos kilómetros que hayamos corrido.

Publicado el 4 julio, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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