Archivos Mensuales: julio 2012

Semana 44: Día 305: La presión por no envejecer ni engordar

¿Viste todas esas celebridades que nos sorprenden porque se mantienen jóvenes después de los 50? No tienen canas (independientemente de si son hombres o mujeres), pocas arrugas, y siguen interpretando papeles románticos o de acción en el cine. Pero… ¡que ni se les ocurra engordar o envejecer! Ahí sí, su carrera estará terminada.

Aquellos actores que han logrado detener al tiempo rara vez lo lograron por genética. Generalmente es botox, achatamiento de estómago, colágeno, y una enorme variedad de cirugías estéticas. ¡Hasta mi obra social me ofrece una sin cargo para cada año! Me imagino todos aquellos famosos que no saben qué hacer con tanto dinero. Y la verdad es que no se los puede culpar. No. La culpa es enteramente nuestra. Nosotros vivimos constantemente luchando contra el tiempo. Estiramos la adolescencia todo lo que podemos, y aunque finalmente decidamos sentar cabeza, formar una familia y (dios mío) envejecer, pretendemos que la gente famosa no lo haga. O, si lo hace, que no se note. Porque todos medimos el tiempo con películas (¡Matrix es de 1999!).

En el recital de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, Paul McCartney cantaba “Hey, Jude”, y yo pensaba “Este hombre tiene 70 años… ¿cómo es que tiene más pelo que yo, totalmente castaño?”. Él mismo cantaba “Cuando envejezca y pierda el cabello, dentro de muchos años”, hace décadas, al inicio de “When I’m 64”. Y siempre me dio pena que a cantantes y actores los obliguemos a esconder su verdadera edad, a que se sometan a cirugías constantemente, se tiñan el pelo y salgan con jóvenes que podrían ser sus hijos/as.

¿Cuántas veces viste a una celebridad y dijiste “¡Está hecho mierda!”? La última vez que lo hice fue ayer, al ver una foto de Gene Simmons (el de Kiss), trotando junto a su esposa, la actriz (o ex-actriz) Shannon Tweed. Y me dio mucha pena verlos con la piel estirada, con esa mirada de botox que hace que todos parezcan hermanos. Hoy, en el diario Infobae, leía cómo se burlaban de Nicole Eggert, ex-belleza de Baywatch, que luego de un sobrepeso (producto de depresión) y haber tenido un hijo, intenta ejercitarse para recuperar algo de su figura. Los comentarios de los lectores, obviamente, son muy maliciosos, pero la nota (o sea, ¡lo consideran una noticia!) tampoco se queda atrás: “Ahora, se ejercita en Los Ángeles y sale a correr diariamente, aunque nada quedó del cuerpo que solía tener: con celulitis en sus piernas y sobrepeso, difícilmente vuelva a caberle aquel traje rojo que fue furor en los 90”. No sé qué espera este medio de una madre de 40 años.

¿Por qué no podemos permitirnos envejecer y engordar? ¿A quién le debemos desafiar al tiempo? ¿Cómo es una noticia que un actor tenga sobrepeso? A veces me gusta imaginar un reino del revés, donde uno ansíe tener canas, en el que los ancianos sean venerados por los jóvenes. Todos somos humanos, y no le podemos escapar a la degradación que viene con los años. En esa carrera contra el reloj que es la vida, pareciera que no queremos ver a la gente envejecer en la tele o en el cine. Y, de alguna forma, legitimamos a que para seguir progresando haya que pasar por el bisturí, la tintura y las pelucas. Me daría pena que le estemos enseñando a los chicos que envejecer es eso…

Semana 44: Día 304: La Misión, allá vamos

Con Vicky veníamos amagando, y finalmente nos inscribimos en La Misión. Es una carrera que ha ido cambiando con el correr de los años, que ha sido criticada y alabada, pero independientemente de los comentarios que podamos recibir, es una experiencia que necesitamos vivir en carne propia. Digamos, es uno de esos desafíos que hay que hacer una vez en la vida, como correr una maratón en menos de 3 horas y media, participar de la Espartatlón, escribir un libro y plantar un árbol (no necesariamente en ese orden).

Con el pago de la seña, oficialmente estamos inscriptos, solo tenemos que conseguir todo el equipo obligatorio y sacar los pasajes. El resto del costo de inscripción se abona allá. Antes era obligatorio pagarlo en dólares, ahora la organización tuvo que afrontar el cepo cambiario en el que estamos inmersos y aceptar nuestra moneda local.

De La Misión he recibido constantes críticas. Que antes era un evento para hacer sí o sí en equipo y que ahora es solo individual. Que te obligan a comprarle la comida a ellos (al precio que dispongan). Que antes era de orientación y ahora el camino está marcado. Pero todos esos que se quejan son los mismos a los que les brillan los ojitos cuando cuentan cómo fue llegar hasta la meta, las vivencias en medio de la montaña, la fortaleza que uno descubre en medio del aparente agotamiento. Dicen que hacer La Misión es un viaje de ida, y quien la haya terminado alienta a los novatos, como nosotros, que la hagan. Porque sí, muchos parecen encontrarle defectos, pero ningún “misionero” nos ha dicho que no la corramos (de hecho, ha sido lo contrario).

¿Qué es La Misión? La página web se va más para el lado filosófico (en lugar de detallar kilómetros, tipos de terreno, etc), pero igual explica un poco la mística: “es mucho más que una carrera, se asemeja más a un peregrinaje donde cientos de atletas realizan un esfuerzo sublime para llegar a la meta. No importa si uno llega primero o ultimo, lo que importa finalmente es completar el recorrido y lo que vive cada persona durante semejante aventura. Administrar las fuerzas, elegir los lugares donde parar a descansar, disfrutar del paisaje y enfrentar los caprichos del clima. Todo esto está reflejado en nuestro lema “La Misión….llegar es ganar”. Es que en La Misión el solo hecho de llegar a la meta es una gran recompensa para el esfuerzo realizado y obtener la medalla y el cuellito de “Misión Cumplida” es un privilegio en la vida”. Obviamente queremos ganarnos ese cuellito.

Como con muchas carreras, voy a esta medio a lo kamikaze, sin tanta preparación mental. Es Vicky quien tiene un entusiasmo contagioso, tanto que me sentí tentado por correrla con ella (y no cortarme solo). Ya desde el año pasado empezamos a comprar parte del equipamiento obligatorio, y de a poquito vamos recolectando cosas, soñando con enfrentar la montaña juntos. Solía ser mi sueño máximo como corredor el poder completar La Misión, en parte porque escuchaba las anécdotas de mis compañeros de grupo, y no me podía imaginar algo más difícil. En el camino me topé con la maldita Espartatlón, pero como dije alguna vez, los sueños no se cancelan, solo se posponen.

Por ahora, el tema de La Misión está ahí, en stand by. Primero tenemos Pinamar (en poquitos días), después la Media Maratón de la Ciudad, y luego el viaje a Europa. Si bien vamos a pasear, visitar ciudades y correr en Atenas, nuestro objetivo fue siempre llegar a la meca del consumismo atlético: la tienda Decatlón. Y ahí, sobre el final de nuestra vacación, compraremos todo lo que nos está faltando para La Misión. Que es bastante.

Semana 44: Día 303: Blog se vende

Ayer me dejaron un mensaje que me enojó bastante, en el que acusaban al blog de estar “lleno de publicidades”, y de que ahora se dedicaba al capitalismo. No me importa que una persona deje de seguirme por un prejuicio, lo que me preocupa son las cientos que piensan lo mismo y no lo dicen.

Semana 52 empezó como un experimento personal, algo que no tenía un fin puntual más que dedicarme a desarrollar mi físico durante un año. Podríamos decir que lo movilizaba la envidia a todos esos actores que, para prepararse para un papel, iban seis veces a la semana al gimnasio y sacaban un lomo impresionante. En el fondo quise saber si era algo que yo podía hacer, porque se me iba la vida, en unos años no iba a poder priorizar el entrenamiento por sobre tener una familia o un trabajo exigente. Y así empecé.

Mi primer sponsor, por llamarlo de alguna manera, fue Germán De Gregori, quien era mi entrenador en los Puma Runners. Este grupo originalmente se llamaba LionX, y después de que hayan estado tentándolo durante años decidió, 13 años después de su fundación, aceptar un sponsoreo. ¿Qué nos significó eso a nosotros? Remeras (manga corta, larga, musculosas) e inscripciones gratis a un par de carreras al año (en donde Puma era auspiciante). Pero Puma nunca bancó al blog, el que lo hizo desde un momento fue Germán. Su ayuda fue muy importante para mí: no solo me armaba un entrenamiento de musculación y running diferenciado (y más exigente) que el que veníamos manejando, sino que automáticamente dejaba de cobrarme. En agosto de 2010 dejé de pagar mi cuota, y al día de hoy sigo con entrenador privado y gratis. Él sabía que, en ese momento, era un enorme incentivo para mí, que llegaba a fin de mes contando moneditas.

No suelo contar esto porque alguna gente a la que se lo confesé me respondió que eso era poco, que tenía el entrenamiento gratis no era suficiente y que yo tenía que “cobrarle” más a Germán. El apoyo de quien fue mi entrenador los dos años previos, que me moldeó, es invaluable. Y él no solo me apoyó, sino que empezó a regalarme ropa, algo que también mantuve en reserva para evitar acusaciones de favoritismo. En aquel entonces, agosto de 2010, no tenía un buen pasar económico. Corría con unos pantaloncitos inmundos, que me quedaban gigantes, con un buzo deshilachado y las zapatillas que mi papá me había regalado para mi cumpleaños anterior, ocho meses antes. Así que, de vez en cuando, recibía una campera, un joggin, una remera. Hasta me regaló calzado de Nike y de Adidas, que me encargué de destrozar al poco tiempo. Todo sumaba para que yo siga progresando.

También ingresó un importantísimo sponsor en Semana 52, que fue el matrimonio Casanova. Mis padres aceptaron pagarme la obra social hasta que terminaran las 52 semanas. Para mí era imposible bancarlo por mi cuenta. Ser autónomo significa que nunca sabés cuánto vas a cobrar por mes. A veces pueden ser 2 lucas, después cinco y luego nada. Desorganizado como soy con la guita, vivía ahogado y con mis papás salvándome constantemente. También aposté a mi salud mental y dejé terapia el mismo mes en que empecé a bloguear, después de casi una década de análisis. De algún modo, singificó un gasto menos mensual.

Todo el dinero que entraba empezó a destinarse a mejor calzado, mi nutricionista, gastos de carreras (inscripción, viaje, estadía), gimnasio, plantillas y comida. Supongo que todos saben que una de las causas por las que comemos tan mal es porque los alimentos sanos son más caros. O sea que, independientemente de mi entrenador y mis padres, la mayoría de las cosas las banqué por mi cuenta. Jamás me pidieron vender un producto o carrera desde mi blog. Todo lo conseguí en parte porque Germán y los Casanova confiaron en mí, y en parte porque puse mi mente y mi bolsillo en esto.

Mi vida dio un impulso con Semana 52. Coincidentemente el trabajo repuntó, pero igual, cuando viajé a Grecia el año pasado, necesité de ayuda paterna para comprar el pasaje. Al ser monotributista, el límite de mi tarjeta era irrisorio. Todavía tengo que pagarles la última cuota, pero el tour que estoy por hacer este año sí logré pagarlo por mis propios medios.

Nunca quise convertir el blog en una entrada de guita. Para mí siempre fue algo más. Lamentablemente el objetivo de la Espartatlón lo tuve que demorar un año, con lo que eso implica. Por cabezón, voy a bloggear un año más, aunque en el fondo soñaba con cerrar esta etapa de mi vida y dedicarme a otra cosa. Lo sigo haciendo porque sé que hay gente que me lee y que espera una entrada por día. Y ayer, mientras viajaba en subte a la casa de mis viejos para festejar el cumpleaños de mis hermanos mayores (que cumplen con un día de diferencia), escribí una escueta entrada desde el celular (por eso ni llegué a ponerle una imagen). Con el aumento de trabajo vinieron proyectos nuevos (a los que me cuesta decirles que no), pero el blog sigue siendo una prioridad, aunque actualice a las 11 de la noche. Muchas veces quedó para el final del día, y sacrifiqué muchas cosas de mi vida privada para que esto siga vivo. Por ejemplo, no irme a dormir junto con Vicky, y llegar a la cama con Semana 52 al día, pero ella profundamente dormida. Este blog representa un sacrificio que ya lleva dos años (porque empecé a escribir a mediados de julio, aunque oficialmente el entrenamiento y la dieta empezaron el 1 de agosto de 2010).

Por eso, que me acusen de que me vendí al capitalismo, me da mucha bronca. Y creo que pasa solo porque no comparto 100% de mi vida, de mis problemas de plata, de los esfuerzos que hago y los que hacen quienes confían en mí. No soy de elite, ni creo ser generador de tendencias. Tampoco busco rédito monetario, solo “crecer” (en todo sentido). Quienes me pidieron consejos de entrenamiento, nutrición o calzado, los di, con total honestidad. Compartí por privado los datos de contacto del grupo de entrenamiento, de mi nutricionista y del centro donde me hago las plantillas. Hablé con honestidad de las marcas de zapatillas que me compraba, de la comida que consumía y del gimnasio a donde iba. Nunca conseguí que una marca o empresa me regalase nada, pero porque nunca lo busqué. Ya tengo todo lo que quiero, y los descuentos que consigo en inscripciones de carreras o de indumentaria Puma responden al grupo donde entreno. Si existiese Semana 52 o no, los tendría igual.

Este blog, al que le estoy dedicando -por nada a cambio- esta tarde de domingo (en lugar de merendar, o estar tirado en la cama viendo tele) no es el lugar para vender espacios de publicidad. Me encantaría, pero no da. Sí pude demostrar que, además de la constancia para entrenar, tuve la disciplina para no abandonar las actualizaciones diarias. Y dio pie a lanzar un proyecto web de running, el que comentaré cuando lancemos. Creo que después de todo lo que invertí en Semana 52 (tiempo, esfuerzo y dinero), merezco hacer algo que sea “comercializable”. Nunca voy a ganar una carrera ni podría especular con vivir de correr. Pero quizá pueda hacer algo relacionado con esta disciplina de lo que, en un par de años, pueda vivir. Es un sueño que me encantaría lograr. Pero no va a ser este blog, que terminará el día que esté en Grecia, corriendo la bendita Espartatlón.

Semana 44: Día 302: Tiempo de reposo

Hoy hicimos un fondito de casi 13 km con algunas cuestas, y eso es lo último “fuerte” que vamos a hacer antes de Pinamar. Entramos en la etapa en la que hay que guardarse.
Es lo más complicado para un corredor: tener que bajar la intensidad antes de una competencia. Al menos en mi caso, nunca es suficiente, y siempre podría haber hecho más. Pero ahora que tuve un mes en el que sumé mucho kilometraje, no tiene sentido exigirme más.
Uno busca llegar al suya de la carrera en su mejor estado, y esa es la prioridad. Romperse por sobreentrenar (o sea calambres, esguinces, desgarros y cualquier lesión) va en contra de ese plan.
Así que ahora hay que aprender a dominar la ansiedad. Lo hecho, hecho está. Paciencia y a dedicarse solo a mantener lo que ya se hizo. Dos entrenamientos más (light) en la semana y la próxima vez que corra va a ser en las playas de Pinamar…

Semana 44: Día 301: Los Juegos Olímpicos

Ok, es inevitable no escaparle a los JJOO, alias los Juegos Olímpicos. Hoy mi amigo Juandy me preguntaba cuánto me emocionaban, de 1 a 10, y le dije que uno. Se sorprendió, creía que había una suerte de camaradería entre los atletas, pero la verdad es que me emociona más correr que ver a otros competir. Investigando un poco sobre las Olimpíadas, y viendo medidas recientes (como la expulsión de la representante griega que tweeteó mensajes xenófobos en chiste), me resulta que no son una organización tan nefasta como me las imaginaba.

Al principio los Juegos no tenían sponsor, y era más fácil no manchar la escencia del deporte, pero se hizo insostenible (los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 terminaron de pagarse 30 años después). No estoy del todo inmerso en esta fiebre que le agarra a todos los canales de televisión y los programas de radio (soy más partidario a la fiebre del Mundial), pero no pude evitar compartir este video de la Inauguración. El tema de Carrozas de Fuego (compuesto por Vangelis), debe ser una de las obras más asociadas con el deporte (en especial con el running) más emocionantes que jamás se hayan creado. Es motivador, épico… y en este caso, fue interpretado por la London Symphony Orchestra y dirigidos por Sir Simon Rattle… con Mr. Bean (Rowan Atkinson) en el sintetizador.

Véalo antes de que Youtube lo saque por infringir copyright, o que ese video no esté disponible en su país (aclaración: Mr. Bean no representa los ideales del fair play).

 

Semana 43: Día 300: Entrenando cuestas en la Ciudad de Buenos Aires

A los porteños siempre nos pasan el trapo en las carreras de aventura. No nos avergüenza. Sí, tenemos un orgullo desmedido, pero la verdad es que en muchos terrenos, como la montaña o los médanos, hacemos agua. No por nada en las competencias en arena ganan locales, al igual que en la altura. Ojalá eso significase que en calle la descosemos, pero tampoco es así.

Para entrenar para Pinamar nos la tenemos que ingeniar. No podemos contratar una empresa de construcción para que nos tire un volquete con arena en la esquina de casa. De hecho no sé si encontramos este terreno antes de conducir unas cuantas horas por la ruta. La costa de Buenos Aires es un río, y nosotros somos tan tontos que le damos la espalda, a diferencia de nuestra vecina Montevideo.

Una de las alternativas que tenemos es buscar calles empinadas y hacer cuestas ahí. Fortaleciendo las piernas obtenemos potencia, y hace que los médanos se hagan un poco más fáciles. Pero no es tan sencillo encontrar estas subidas. Se me ocurren las bajadas a la Avenida Paseo Colón, en dirección a Puerto Madero, pero ¿alguien podría correr en el microcentro, entre los automóviles y los millones de peatones? Así que hay que seguir pensando.

Sin irse al conurbano (donde hay menor densidad de población y más calles cuesta arriba), hoy opté para entrenar en escaleras. Por un lado, las de mi edificio. Es un ejercicio muy intenso. No me da quedarme entre 4 pisos (vivo en el 15), así que bajo para hacer algún trámite y subo al trote. Pero por otro, para quienes viven en planta baja o no quieren quedar como unos dementes ante el consorcio, comparto mi entrenamiento en las escaleras de la estación de Belgrano. Es imposible que no haya gente subiendo y bajando, pero es tranquilo y con un buen nivel de exigencia. Ya sea de a un escalón o de a dos, sentí cómo trabajaban los cuádriceps y, en menor medida, los gemelos.

Este tipo de escaleras, sobre las vías del tren, se encuentran en todos lados. Si lo combinamos con un fondo, podemos ir hasta Chacarita, donde merma la cantidad de autos y de gente, y encontrar una imponente escalera frente al Cementerio. En mi caso le escapé a la bajada de Virrey del Pino, que llega hasta la Avenida Luis María Campos. Tiene muchas salidas de autos y los conductores, por algún extraño motivo, hacen como que no te ven. Pueden pasarte por encima o frenarte el paso, y mientras uno los insulta y patalea, ellos miran hacia el lado exactamente contrario, como si fuesen sordos y cortos de vista.

Y en todas estas cosas andamos pensando los citadinos cuando queremos entrenar para hacer aventura. El destino quiso que Buenos Aires se fundase aquí, en la llanura, y millones de porteños la eligieron para vivir y para soñar, de vez en cuando, con poder escaparse de ella.

Semana 43: Día 299: Ser un superhéroe

El pueblo de Herkimer, al norte de New York, va a realizar una carrera corta a beneficio, el 25 de agosto al mediodía. No vamos a poder asistir porque queda lejos y no tenemos dólares, pero ganas no nos faltan. La consigna es correr disfrazado de superhéroe o de un villano.

El sueño del pibe, en mi caso. Pero es una iniciativa de la que podríamos aprender. La organización Herkimer Now busca recaudar fondos con un objetivo puntual: financiar los trámites para establecerse como Organización sin fines de lucro (su meta es la restauración del pueblo y poder declarar a los edificios como patrimonio histórico). No hay más obligaciones que ponerse una capa o un antifaz. Uno puede vestirse de Batman, o empujar el carrito de la bebé, mientras ella está disfrazada de la Mujer Maravilla. Se puede correr o caminar. No importan los tiempos, porque no es competitiva. El costo de admisión es de 2 dólares. Una ganga.

Jugar a ser un superhéroe era una de mis actividades predilectas de niño. Solía enchula uno de mis Playmobil para que quede como Superman, y una vez me puse un equipo de gimnasia azul abajo del uniforme del colegio, y le pegué al buzo una “S” de papel roja, con plasticola (así son los chicos, bastante destructivos). Cierta vez, jugando a que era el Increíble Hulk, le di una piña a la ventana y la destrocé (no me pasó nada, no te preocupes). En la pileta del fondo era Aquaman, y cuando no deliraba con que era un superhéroe, me la pasaba dibujándolos.

Pero la vida te hace pomada en el camino, y las calzitas y las botas tienen que quedar atrás, si no querés que te terminen internando en un psiquiátrico. Sin embargo, ese deseo secreto de vestir un uniforme y una máscara quedan latentes. Por supuesto que este sueño infantil era muy lejano para mí hace no tanto tiempo. En la película El Profesor Chiflado (versión Eddie Murphy), el protagonista pasa de ser un obeso a tener un cuerpo atlético. Lo primero que hace es comprarse ropa. Cuando le preguntan el talle, él responde “¡Ajustado!”. Es el sueño de cualquier gordo. Y Sherman Klump / Buddy Love también vivía una historia de alter egos, así que se ajusta un poco a la fantasía de las historietas. Cuando veía esta escena, con mi panza de mala alimentación y vida sedentaria, pensaba exactamente lo mismo: cómo me gustaría vestir ropa ajustada.

El año pasado pude cumplir esa suerte de fantasía, vistiendo el disfraz del Hombre Araña para una fiesta. Peter Parker nunca se caracterizó por tener un cuerpo robusto, así que me venía de perillas. Hay posibilidades de que en septiembre se repita la experiencia de la fiesta temática del superhéroe, y si no coincide con nuestro viaje, me gustaría, una vez más, dejar salir a mi niño interior (esta vez sin romper ninguna ventana). Me quedará la cuenta pendiente, algún día, de hacer una carrera vestido como Flash. Ojalá que coincida con el invierno, porque en ninguna de mis fantasías me imaginé lo caluroso que es ponerse un uniforme superheroico…

Semana 43: Día 298: La difícil tarea de comprar zapatillas

No voy a mentirles, y espero que esto no se convierta en un debate político, pero ir a comprar zapatillas hoy, en Argentina, es desgarrador.

No hay nada. No hay stock, los productos entran con cuentagotas. Ayer fui, ilusionado, a comprarme calzado nuevo, pesando en las próximas carreras. Esperaba ver muchas novedades, pero lo que encontré en la tienda era una cantidad de modelos muy inferior al año pasado.

Había dos Puma que nunca había probado, las Velocis y las Ventis. Después lo ya conocido, pero en menor variedad. “No queda nada”, le dijimos al vendedor. “No… No dejan entrar nada. Está muy difícil”.

Respeto el proteccionismo y defiendo que se impulse a la industria nacional, pero creo que estamos a años luz de producir la tecnología que necesita un fondista o un corredor de fondo. El incentivo, me parece, tiene poco que ver con cerrar las fronteras a la importación. Creo que el desabastecimiento le preocupa a poca gente, y las veces en que me quejé, me acusaron de cacerolero concheto de barrio norte.

Quienes disfrutamos de la aventura y el aire libre estamos inventando lo que podemos para no estancarnos. El viaje a Europa que tenemos planeado con Vicky tiene una gran cuota de expectativa por La Misión, ya que necesitamos equipo que, de conseguirse, es caro. Pero se suma otro problema: por ser monotributista no puedo comprar moneda extranjera… Cualquiera podría decir, con toda razón, que estas no son cuestiones de suma urgencia por las que preocuparse, pero la verdad es que en nuestra actividad necesitamos la opción de contar con lo mejor (por nuestra salud, desempeño, integridad física) y no tener que contentarnos con lo “menos peor”.

Así y todo, creo que elegí un buen par de zapatillas. Tenía la alternativa de llevar los mismos modelos que ya tenía (pero nuevos) o innovar. Y me llevé las Ventis 2, que son híbridas: para calle y aventura. Ya las empecé a ablandar, de cara a Pinamar (en menos de dos semanas). Por ahora vienen bien, pero solo tienen 9 km encima…

Semana 43: Día 297: Adiós, zapatillas viejas

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Llegó el mentado día de cambiar de calzado. Lentamente, las llantas que me acompañaron estos meses a superar 2 mil kilómetros de carreras y entrenamientos, irán abandonando a mis pies.
Todavía no se qué modelo me voy a comprar. De hecho estoy escribiendo esta entrada en el colectivo, camino al shopping (eso explicará cualquier sinsentido que escriba, producto del absurdo autocorrector del celular).
Sí puedo adelantar que van a ser Puma, en parte porque, de las mejores que hay en el mercado, son las más accesibles. En parte, además, porque consigo un descuento por los Puma Runners (ya llegará el día en que las marcas descubran las ventajas promocionales de regalarme zapatillas).
El siguiente paso, que creo que daré después de la Adventure Race Pinamar, es cambiar de plantillas (también las consigo con un modesto descuento y tampoco me las regalan. Ayyyyyy, directivos me marketing, ¿qué blogs están leyendo?).
Estoy intentando cambiar dos castigados pares, uno destinado a calle y otro a aventura. El segundo lo usé bastante para entrenar, porque son más pesadas y se supone que me hacen más veloz en las carreras en llano si el día de la carrera cambio por las livianas.
Esta vez tomé precauciones y no lavé ninguna en el lavarropas. Pero las de aventura se hundieron en barro, charcos, arroyos, arena, tierra (colorada, negra, gris…). O sea, las hice de goma. Las otras, al tener poca suela, las empecé a sentir con menos amortiguación que antes.
Veremos si innovo o si vuelvo a lo ya conocido. Probablemente pruebe algo nuevo y haga la eterna promesa de que esta vez las voy a cuidar de verdad…

Semana 43: Día 296: El misterio de la maratón de Estocolmo de 1912

El domingo 14 de julio se celebraba la maratón de Estocolmo 1912. Era el quinto Juego Olímpico de la historia moderna, y al igual que en ediciones anteriores, la prestigiosa carrera a pie era la que había atrapado la atención del público. La ciudadanía sueca había colmado el recientemente inaugurado Estadio de Estocolmo, a pesar de los altos precios de la entrada. Las 22 mil butacas estaban ocupadas, una asistencia que duplicaba la de cualquier otra c0mpetencia olímpica de ese año. Decenas de miles de espectadores -que no habían conseguido lugar- se amontonaban a lo largo de los 40,2 km del recorrido. El gobierno habían dispuesto servicios extra de tren para llevar a los pasajeros hasta el estadio, una cantidad histórica para la ciudad europea.

A pesar de la enorme espectativa, las cosas no salieron como la organización hubiese deseado… el clima fue peor de lo que podía imaginarse: un sol sofocante, ni una nube, y una temperatura de 30 grados a la sombra.

Los 69 participantes, que se quedaban en hoteles y escuelas cercanas, recibieron su número dorsal horas antes de comenzar. Cada nación tenía su vestuario, y los corredores llevaban pañuelos en la cabeza para protegerse del severo verano.

La maratón comenzó con tres minutos de demora, a la 1:48 del mediodía. Los atletas le dieron tres cuartos de vuelta a la pista del estadio, antes de salir de la arena y tomar la calle Valhallavägen. El recorrido seguía por la arteria principal al norte, hacia la iglesia de Sollentuna, hasta una marca de madera que indicaba el punto de retorno al Estadio de Estocolmo.

En el puesto de hidratación del kilómetro 30, el representante de Portugal, Francisco Lázaro, intentaba recuperarse. No llevaba cubierta su cabeza, aunque se había untado el cuerpo en grasa para protegerse del sol. En Överjärva Gård cayó nuevamente al suelo, pero se levantó y siguió corriendo. A 8 kilómetros de la llegada se desplomó. Los médicos lo atendieron rápidamente. Ingresó al hospital una hora y media después, y su temperatura corporal superaba los 42 grados centígrados. Murió al día siguiente, convirtiéndose en la primera víctima olímpica de la historia. Al parecer, el remedio contra el calor de la grasa en su piel evitó que transpiraray elevó el calor de su cuerpo. La cura fue peor que la enfermedad.

De los 69 participantes, muchos se vieron obligados abandonar. Solo 35 llegaron a cruzar la meta. El podio de tres maratonistas obtuvo sus medallas correspondientes, y hasta el puesto 28 recibieron un diploma. El ganador, el sudafricano Kennedy McArthur, recibió una pequeña estatua, donada por el rey de Grecia en 1908. Contando la fatalidad del corredor de Portugal, más los finishers, más los que habían abandonado, se contabilizaron 68 atletas. El paradero de Shizo Kanakuri, el representante de Japón, era desconocido.

Pasaron horas, días y semanas. Nadie tenía noticias. Meses, años, décadas. Su destino estaba envuelto en un misterio. Simplemente se había desvanecido. Tenía 21 años, había llevado la bandera de su país en la inauguración, y era la gran esperanza nippona. En una época en que las noticias viajaban lentamente… ¿Cómo podía alguien saber de su paradero? Se convirtió, tristemente, en “el maratonista desaparecido”.

Kanakuri había llegado a Suecia luego de 8 días en barco y 10 en el tren trans-siberiano. Con poquísimas oportunidades para entrenar, aprovechaba para dar algunas vueltas en cada estación. El equipo olímpico japonés llegó a Estocolmo solo cinco días antes de la maratón. En aquel entonces se tenía la creencia de que la transpiración cansaba a los corredores, y por eso su estrategia era intentar no beber agua. Los asiáticos recién se incorporaban a los Juegos Olímpicos gracias a que el comité organizador, con nobles intenciones, buscaba integrar a los países a través del deporte.

Aquel domingo de julio, pleno verano en Suecia, fue especialmente sofocante. En el kilómetro 27, con varios corredores que ya abandonaban exhaustos, Kanakuri se desvaneció por hipertermia (exceso de calor). Pasó junto a la estancia de un banquero y vio a gente tomando jugo de naranja en el jardín. Se detuvo para saciar su sed y se quedó descansando una hora en el pasto. Estaba abatido. Se despidió amablemente de los dueños de casa y abordó en secreto un tren a Estocolmo. Pasó la noche en un hotel sin decirle una palabra a nadie y se tomó el primer barco disponible hacia el Lejano Oriente.

La costumbre de detener el reloj a las 6 horas de iniciada la maratón aún no existía en 1912, así que cuando llegó el resto de los competidores, muchos creían que el desaparecido atleta seguía corriendo. Luego, simplemente, dejaron de esperarlo. Recién 50 años más tarde, en 1962, un periodista sueco se decidió a rastrear a Kanakuri. Lo encontró en la ciudad de Tamana, al sur de Japón, donde vivía una apacible existencia como maestro de geografía.

En 1967, con 76 años, el representante nipón regresó a Estocolmo.  “Ha sido una carrera larga”, dijo, “pero mientras tanto me he conseguido una esposa, seis hijos y 10 nietos, y eso lleva tiempo”. Kanakuri volvió a la estancia y Bengt Petre, hijo de su huésped original, lo recibió con un vaso de jugo de naranja. Durante 54 años esa familia guardó como recuerdo un papel en japonés, dentro de una caja decorada que el atleta les había regalado por su hospitalidad. El contenido de ese texto había sido un misterio para ellos. A riesgo de decepcionarlos, Kanakuri confesó que solo se trataba de su declaración aduanera.

Desde la puerta de esa estancia, el septuagenario atleta continuó el recorrido de la maratón hasta el Estadio de Estocolmo, lo que le otorgó el humorístico récord del “maratonista más lento de la historia”. Alcanzó la meta luego de 54 años, 8 meses, 6 días, 32 minutos y 20 segundos. Durante ese lapso, aunque el mundo occidental lo tenía por desaparecido, en Japón continuó su carrera atlética. Entre otros triunfos, ayudó en la creación de la prestigiosa Hakone Ekiden, la carrera de relevos de 218 km que se corre desde 1920.

A pesar de su vergüenza y de estar más preocupado por la humillación de su país que la de informar de su abandono, Kanakuri es considerado el padre de la maratón Japonesa. Y es, además, el involuntario creador de uno de los misterios (ya resueltos) más asombrosos de la historia del deporte.

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