Semana 39: Día 270: La Maratón de Rosario (detrás de escena)

Correr una maratón no es fácil. Dudo que siquiera le resultara sencillo a aquel animal que llegó en poco más de dos horas. Lo vimos pasar, en sentido contrario, cuando iban dos horas y cuarto de carrera. Iba solito, muy tranquilo, pero seguro la sufrió tanto como el que llegó último.

Vicky corrió sus primeros 42 km de calle. Era algo que la tenía ansiosa, con nervios. Nos preparamos lo mejor que pudimos, con una dieta rica en hidratos, sin fibra. Descansamos lo que nos fue posible, no nos exigimos tanto en los días previos, y nos armamos de los artilugios de los corredores, como geles, analgésicos y otros accesorios como tibialeras. Sin duda, la vedette de esta maratón fue el baticinturón.

Este es el nombre cariñoso que le dimos a ese cinto que trae caramañolas y algún compartimento para guardar cosas. Vicky lo compró en Buenos Aires, y yo lo dudé hasta el final, adquiriéndolo finalmente a minutos de retirar el kit de la carrera y firmar el deslinde de responsabilidad. Esta era mi cuarta maratón, y en otras utilicé una mochila hidratadora. Solo en Grecia, con un asistente en auto, me animé a correr sin nada encima.

El baticinturón siempre me resultó aparatoso, y hasta me burlaba de quienes lo usaban. Imagino que ahora yo seré motivo de burlas en susurros, con mis cuatro botellitas que llevo como si fuese Rambo con sus granadas. Pero me di cuenta de lo cómodo que es no llevar peso en la espalda. Además me vi obligado a economizar. La mochila permite llevar muchas cosas, como un abrigo liviano, ropa, analgésicos (en pastilla y en pomada), vaselina, agua para toda la carrera y el celular. Todo eso juntito. El baticinturón es agua y no mucho más.

Nos ayudó que hiciera un clima espectacular. No necesitaba cargar con abrigo por las dudas. El sol pegaba fuerte, muy agradable, así que me saqué el pañuelo de la cabeza e improvisé poniéndomelo en la muñeca. Así me pude secar la transpiración con una tela suave, algo que nunca había hecho y que resultó muy cómodo.

Por otro lado, como tenía un solo bolsillo en el cinturón para guardar algo, prioricé el celular, tanto para emergencias como para twittear y sacar fotos. La vendedora me sugirió una muy buena idea para los geles: echarlos en una de las caramañolas, completarla con agua e ir dosificándolo de ahí. ¡Genial! Nada de abrir paquetitos mientras corría. De hecho, ya venían casi diluídos, lo que los hizo mucho más tolerables a la hora de tomarlos.

Probablemente en otra carrera sus limitaciones me compliquen. Pero si el clima lo permite, lo mejor es economizar en peso. No necesité nada más, y el celular (alias la cámara) estaba muy a mano, en un bolsillo que (a diferencia de la mochila) no dejaba que se humedezca por la transpiración.

El gran punto negativo del baticinturón fue al cruzar la meta. Cuando nos dieron la medalla, nos hidratamos, comimos, festejamos y todo eso, me lo saqué y me di cuenta de lo molesto que es cuando no lo llevas puesto. No te lo podés colgar de un hombro, ni envolverte una muñeca. Ni siquiera es cómodo de guardar en una mochila. Pero sus ventajas sobrepasaron estas incomodidades.

No sé qué se vería desde afuera. Un salame con cinturón de astronauta, filmando con su celular en lugar de mirar dónde corría. Pero en nuestro mundo interno, Vicky y yo estábamos disfrutando de una hermosa maratón, que registramos para la posteridad. Fue la carrera de ella, pero igual para mí no fue fácil. Sufrí, me emocioné, y aunque no corrí contra mi reloj mental, sé que hice un esfuerzo tremendo. Pero no estaba absorto de toda esta grandiosa maratón. La estaba viviendo, y ahora me encuentro constantemente volviendo a mirar  la llegada en ese videito. Puedo experimentar otra vez esa emoción, esa alegría, y el orgullo de ver a mi chica cruzando la meta.

Publicado el 26 junio, 2012 en Carrera, Reflexiones y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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