Semana 37: Día 256: Adicciones

Cierta vez charlaba con unos amigos y uno de ellos, Fito, me comentaba cómo lo había sorprendido lo abierto que era con el blog. He contado cosas profundas, otras muy personales, pero uno no termina nunca de decir todo. Contar la vida con lujo de detalles tomaría tanto como vivirla.

Hay un tema del que no hablo mucho, y quizá es porque prefiero no enfrentarlo demasiado, y es sobre las adicciones. El sábado pasado, mientras le prohibía a Vicky ir a la mesa de los dulces en un cumpleaños, mi mamá me hacía notar que yo era un adicto (al running y la vida sana), y que le estaba pasando a mi novia este “vicio”. Y la verdad es que sí, lo había notado. Muchas veces he hablado con mi media naranja sobre cómo los atletas generalmente cambiamos un vicio por otro. Ella fue el cigarrillo, y aunque correr le cause dolor en los tibiales, uñas negras o calambres, el beneficio es mucho mayor.

Yo no sabría decir a qué era adicto. Quizá a autocompadecerme. Pero tenía otras conductas que sorprenderían a cualquiera que me conozca hoy en día. Primero estaba el alcohol. Empecé a tomar con veintipico, cuando descubrí el Pronto Shake y el Gancia, y desde entonces no pude ir a ninguna fiesta sin beber esto. Era un gran deshinibidor, me permitía bailar sin sentirme ridículo, hablar con otras mujeres y creerme más gracioso de lo que era. ¿Cómo no caer ante algo que te quita todas tus inseguridades? Fácil: confundiendo “quitar” con “esconder”.

El alcohol, que me parecía repulsivo, empezó a hacerse más habitual. Siempre era un “lubricante social” que bebía en fiestas o en el boliche. Y me acostumbré tanto que si iba a salir con una chica, me aseguraba de que hubiese alcohol. Creía que así me iba a volver más interesante. De pronto ya me gustaba la cerveza, y empezaba a diferenciar los matices de la rubia y la stout. El punto en que me empecé a preocupar fue cuando compré unas latas de Quilmes y las tomé solo, en mi casa. De pronto estaba tomando alcohol en completa soledad, cuando en realidad no me gustaba (y un vaso alcanzaba para que me empezara a sentir mareado). Me asustó no estar bebiendo por un motivo concreto, porque lo cierto es que ni siquiera me gustaba el alcohol. Despedirme de la bebida cuando empecé este blog no fue un esfuerzo, lo sentí como un alivio. Y me llegó una nueva sorpresa, cuando me encontré que podía bailar, intentar hacerme el gracioso y hablar con mujeres, incluso estando sobrio.

Nunca me gustó el cigarrillo, y aunque pité un par de veces, jamás le encontré la vuelta. No puedo entender qué es lo que pasa por la cabeza de un fumador, la ansiedad por una seca, la abstinencia… puedo imaginarla y nada más. Vicky me ha dado una idea de lo que significa ser un fumador, y lo maravilloso de dejarlo. Aunque no encontré jamás atractivo en el tabaco, sí le vi sentido a fumar marihuana. No me hice adicto, pero probé varias veces y lo sentí como emborracharme, solo que mucho más rápido. Ir a una fiesta, compartir un porro… se sentía como algo con onda. Quiero que entiendan que en esta época yo no podía ni correr cuatro cuadras. Estaba más preocupado por qué podían pensar los demás de mí que otra cosa. Escarmenté el día que un policía me atrapó fumando en la calle con unos amigos, y nos hizo la pantomima de que íbamos a pasar la noche en la comisaría. Mantuve la calma, cualquier efecto de la droga desapareció en el instante en que el oficial se materializó en medio del aire (o estaba escondido abajo de una baldosa, realmente no entiendo de dónde salió).

Quizá no fui consciente entonces, pero seguramente el miedo hizo que esa fuese la última vez que yo probase marihuana. Incluso me regalaron un par de porros que guardé “de emergencia” en un cajón, y ahí quedaron por tres años, hasta que me acordé que estaban ahí y los tiré por el inodoro.

Poniéndolo en perspectiva, podría decir que uno nunca es del todo adicto a una sustancia, sino a cómo se relaciona con los demás. Quizá caigas en el alcohol o el faso solo para caerle mejor al resto. O todo lo contrario, para aislarte (y tomarte ese “viaje de ida”). En mi caso, empezar a dedicarme con pasión al deporte (tanto como para cambiar mi rutina de alimentación) vino acompañado de una vida más sana, sin alcohol ni marihuana. Me resultó algo lógico. Pero no por eso dejé de preocuparme por lo que los demás sentían por mí. En lugar de enmascarar lo que yo pensaba o mi percepción del resto, me ocupé de mí mismo, y con el tiempo noté que esa es una forma de llegar al resto.

En algún punto, hacer deporte puede ser visto como una adicción. Cuando no pude correr por alguna lesión me deprimí mucho. Alguna vez que me perdí un entrenamiento me dio mucha bronca. Entiendo que mi mamá lo vea así, ya que mi estado emocional ya se relaciona mucho con mi rutina de entrenamiento. La sensación de adrenalina y el pico de endorfinas de una carrera son mucho más gratificantes que cualquier droga. No siento que esté dañándome (ya estoy prácticamente recuperado de mi última ultramaratón), sino que voy progresando, encontrando nuevas metas, nuevos límites. Y eso no lo encontré nunca en el fondo de una botella.

Publicado el 12 junio, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 12 comentarios.

  1. que gran verdad lo de “.. podría decir que uno nunca es del todo adicto a una sustancia, sino a cómo se relaciona con los demás…”sorprende como pones en palabras muchas cosas que tengo en la cabeza. Saludos!!
    Pd: Yo soy adicta a este blog…

  2. ADICCIÓN: A (prefijo negativo) + DICCIÓN (hablar). Esa lectura explicó para mi muchas cosas. Feliz día del escritor!!!!

  3. Cómo olvidarte el año pasado en chamullándome en la barra del boliche con un vaso de agua on the rocks!!

    Pude haber fumado Camel pero estoy absolutamente en contra del consumo de estupefacientes y alucinógenos, cualquier sustancia que mate neuronas o provoque efectos secundarios irreversibles. Por eso dejé de fumar, no iba de la mano con mis ideales y mis convicciones.

    La preocupación de Maqueca es comprensible, pero es como dice el dicho “dime con quien andas y te diré quien eres”, los buenos hábitos al igual que los malos son contagiosos, mientras todo esté dentro de un sano equilibrio. Yo prefiero correr y cuidarme que fumar o drogarme. Es una elección de vida.

    Me gustó mucho el post! 5 estrellitas!!

    Vic

  4. Gracias por este tipo de entradas Martín. Llegué a tu blog por el tema del running, pero sin duda lo sigo leyendo porque las experiencias que cuentas se sienten muy reales y cercanas.
    Enhorabuena, y no cambies una pizca.

  5. Lo del alcohol me tocó bastante de cerca. Aunque sigo bebiendo alcohol -muy de tanto en tanto- he bajado muchísimo el consumo desde que empecé a entrenar en serio. Esto de correr me sirvió para acomodar muchísimo mis prioridades, que las tenía bastante cambiadas. Todavía sigo teniendo hábitos de mierda -como dormir muy poco o comer para el culo-, pero poco a poco los voy corrigiendo. Gracias al entrenamiento aprendí a cocinar, lo fue un logro memorable. Sí, recién a los 23 años aprendí a cocinar.

    En fin. Muchas gracias por compartir tus experiencias, Martín. Nos vemos en Rosario para agarrar ese pico de endorfina y adrenalina que mencionaste ahí arriba.

    Saludos!

  6. Solo se trata de elegir calidad de vida y que lo físico concuerde con lo mental. Fácil decirlo … difícil hacerlo!
    Cuando uno va descubriendo eso, definitivamente tiene la fortaleza para alejarse de las adicciones/desordenes de cualquier tipo y naturaleza.
    Es un proceso interno, donde vas sintiendo y pasando un montón de cosas… y donde el resultado final se traduce tan solo en tener una enorme seguridad en uno mismo. Creo … se logra, siendo perseverante, constante, no desviándose de lo decidido, y pensando solamente en lo mejor que podes llegar a estar!

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