Archivos Mensuales: junio 2012

Semana 40: Día 274: 162,19 km en un mes

Este mes hice mi marca más baja en lo que va del segundo año de blog. Tengo justificativos: enfermedad (una congestión de campeonato), mucho trabajo (trasnoches de diseño… sin mi válvula de escape que es el running). Pero cuando no pude entrenar por motivos laborales, compensé con mis carreritas desde Barracas (oficina de la editorial donde hago diseño freelance) hasta Colegiales (mi depto). O sea que podría haber corrido mucho menos.

No me asusta tener menos kilometraje. En realidad hago estos registros para averiguar qué pasa en todo este “experimento”, y sinceramente jamás pude imaginar cuáles iban a ser los resultados. Este es el comparativo, mes a mes:

Octubre: 208,73 km
Noviembre: 173,43 km
Diciembre: 164,29 km
Enero: 208,25 km
Febrero: 290,93 km
Marzo: 230,27 km
Abril: 194,35 km
Mayo: 258,79 km
Junio: 162,19 km

Luego de la Patagonia Run, mis fondos largos de fin de semana desaparecieron. De ahí la diferencia entre Mayo y Junio. Y realmente extraño esas cuatro horas de domingo, recorriendo la ciudad. Supuestamente mi entrenamiento por el resto del año se va a enfocar a las próximas carreras (Adventure Race Pinamar, Media Maratón de la Ciudad, La Misión) y no tanto a alcanzar esa marca de 100 km en menos de 10 horas y media. ¿Quizá pueda hacer un acto de rebeldía y salir a correr 40 km todos los domingos? Por lo pronto, creo que no voy a dejar pasar la oportunidad de volver corriendo desde Barracas. No me molesta trabajar fuera de casa, pero el viaje se me hace tedioso. Siempre aproveché para leer o escuchar la radio, pero aunque no puedo avanzar con mi lectura mientras corro, sí puedo sintonizar el dial mientras hago esos fondos de 15 km.

Julio y Agosto serán meses todavía enigmáticos para mí (en lo que respecta al “cuentakilómetros”). Septiembre sí puede llegar a tener una baja considerable, siendo que me voy tres semanas a Europa con Vicky. Tenemos ganas de correr al menos una vez en cada ciudad (incluso repetir entre los dos la experiencia de correr entre Atenas y Maratón), pero seguramente sea el mes donde menos kilómetros sume. Pero tampoco me asusta. Cambiaré running por caminata. Y dejaré un poco de lado la dieta para desayunar churros con chocolate en Madrid. No creo que me desbande demasiado, pero si no voy a tener la oportunidad de correr la Espartatlón este año, bien puedo disfrutar de unas merecidas vacaciones…

Semana 40: Día 273: Elogio al inconformismo

Voy a trasladar ciertas cosas del consumismo con el running. Espero darle algo de sentido, en mi cabeza tiene lógica pero hay que ver si se puede trasladar por escrito.

¿En qué dirías que gastas tu dinero? O sea, después de que le descontás gastos tipo alquiler, expensas, impuestos, servicios, comida… ¿Qué sigue? ¿Viajes, cine, libros, ropa..? En una época yo coleccionaba cómics. Podría decirse que todavía lo hago, eventualmente compro algún tomo, pero no tanto como cuando era un adolescente. Quizá tenga que ver con que ahora trabajo editando historietas, entonces muchas las tengo gratis. Pero ahora que soy grande puedo ir más allá de las revistas y los recopilatorios, y pasar a comprarme otras cosas supérfluas, como muñecos. Cuando me enteré de que Felfort había sacado unos chocolatines Jack con superhéroes de Marvel y DC, fui a un mayorista, me compré 3 cajas, y por unos meses odié el chocolate. Pero completé mi colección de miniaturas. El tema fue… ¿y ahora?

Ahí estaban Superman, Flash, los Cuatro Fantásticos, los X-Men… en la repisa. De vez en cuando rozaba la biblioteca (mi departamento no era muy grande) y se caían. Era un dominó: uno perdía el equilibrio y se llevaba a los otros 20 consigo. El tema fue que el momento que más disfruté era cuando abría los chocolates uno por uno, sin saber qué me iba a tocar, y los iba a comodando, con el fervoroso deseo de algún día completar la colección. Tormenta me la regaló mi ahijado, y a Batman y Catwoman los compré por Mercado Libre. Y cuando estaban todos… la emoción se fue.

Vinieron otras situaciones similares. Un día me obsesioné con los muñecos clásicos de He-Man, culpa de postear una foto de Man-at-Arms en este mismo blog. Empecé a buscarlos por eBay, comparando precios, asegurándome de que estuviesen lo más completos posible, en el mejor estado… y cada día ofertaba, perdía la subasta o la ganaba, sacaba excelentes precios… y la colección iba creciendo… y un día me di cuenta de que nunca iba a ser suficiente. Siempre me iba a faltar He-Man (el más difícil de todos), o Battlecat, o iba a conseguir a Skeletor, pero sin el cetro.

Y mientras hoy iba recorriendo los kioscos de la Capital, buscando la miniatura de plomo de Wonder Woman, sentí de nuevo esa emoción. Como Indiana Jones iba pateando las calles, preguntando, viendo a ver en qué esquina la iba a encontrar. Y cuando la conseguí, la cajita fue a parar a la biblioteca (atrás de los Jacks, que se siguen cayendo a cada rato) y ahí quedó. Juntará polvo de aquí en más, hasta que al lado aparezcan figuras nuevas. Sin dudas, más interesante que cumplir el objetivo es la búsqueda.

Ahí estaba yo, lavando los platos, y pensaba en esa afición mía por rastrear parafernalia superheroica, y me acordaba de una cosa que me contó Vicky, sobre una corredora profesional (afortunadamente NO recuerdo su nombre) que no iba a participar en la maratón de Rosario porque no iba a ganar, y prefería guardarse para una próxima carrera. Y me pareció una actitud horrorosa. Mientras le pasaba la esponja a la olla, se me ocurrió que los atletas no somos todos iguales. Toda la filosofía barata de este blog quizá no se aplique a todos los corredores, porque algunos hacen deporte para ganar. Necesitan estar en los primeros puestos, y quizá al final, si no lo logran, no disfruten de toda la experiencia.

Otros deportistas, como es mi caso, vivimos para el inconformismo. No planeo ganar una carrera, ni hacer podio. La gloria es personal, y es la búsqueda lo que cuenta. Cruzar la meta es glorioso, la medalla la vestimos con orgullo… pero después termina guardada, o colgada, o exhibida en una vitrina. Lo más valioso es la experiencia, es la incertidumbre de no saber si lo lograremos. La semana que viene estaré recorriendo kioscos, buscando la estatuilla de Lex Luthor, sin saber dónde la voy a encontrar. Eventualmente estaré corriendo una carrera, con incertidumbre, sin saber cuándo ni cómo voy a llegar. Pero por eso corremos, no por el momento en que alcanzamos nuestro objetivo y terminamos con nuestra búsqueda, sino para vivir el proceso.

Somos así. Queremos que la carrera se termine de una vez, pero apenas nos cuelgan la medalla, nos damos cuenta de cuánto la vamos a extrañar.

Semana 39: Día 272: Qué pasa por la cabeza del corredor de maratón

Sobre gustos no hay nada escrito, dicen, pero a mí me gusta correr, y Tomás Vich Rodríguez escribió un libro llamado “Qué pasa por la cabeza del corredor de maratón”. Creo que cada uno vive en su propio mundo, y la mente le juega distinto, pero seguramente tengamos puntos en común. Imaginemos, como dice Vich Rodríguez, que esto es una constante, y veamos si nos identificamos o no con su pensamiento:

Nuestra mente es igual que nuestro cuerpo. Y es igual por diferentes razones. En primer lugar, porque forma parte de nosotros. En segundo lugar, porque también se agota o se cansa cuando se realiza una actividad durante un período de tiempo más o menos prolongado. Y en último lugar, porque, así como entrenando nuestro cuerpo podemos lograr mayor resistencia, potencia muscular, flexibilidad…, entrenando nuestra mente podemos lograr mayor capacidad de concentración, atención, capacidad de sacrificio… y, por tanto, retardar, en gran medida, un agotamiento prematuro.

En el maratón, al hilo de lo que sucede a nuestro organismo, la mente sigue un proceso natural de desgaste que se refleja en las distintas etapas o fases emocionales por las que pasamos a lo largo del tiempo que permanecemos corriendo. Voy a distinguir seis etapas diferenciadas, aprovechando determinados puntos kilométricos del maratón:

Euforia, se prolonga desde antes de la carrera hasta los primeros kilómetros de la misma.
Charla, se extiende desde los kilómetros 6-7 hasta el kilómetro 14-15 aproximadamente.
Transición, va desde los kilómetros 16-17 hasta el kilómetro 22-23.
Latente, transcurre desde el kilómetro 24-25 hasta el kilómetro 30-31.
Sufrimiento, sucede desde el kilómetro 32 hasta aproximadamente el kilómetro 42.
Éxtasis final de carrera, que ubico en los últimos metros de la prueba.

Durante estas fases, nuestro estado anímico varía desde un polo hasta el opuesto (de norte a sur, de blanco a negro), pasando de estar alegres a estar suplicando para que llegue el final de la carrera. Sin embargo, dicho estado se puede, si no eliminar, sí por lo menos mitigar hasta el extremo de lograr, inclusive, disfrutar de los últimos kilómetros de la Maratón. Pero para conseguirlo, hay que mentalizarse de la existencia de los malos momentos y de la necesidad de superarlos.

1. EUFORIA – Nervios pre-carrera. Esta etapa se extiende, tal y como señalé anteriormente, desde los minutos (u horas) previas al inicio de la carrera, hasta que se llevan recorridos los primeros kilómetros (4 o 5).

Durante esta etapa, se entremezclan los pensamientos de alegría (“Esto es un espectáculo”, “Voy a por el maratón”, “Cómo me gusta esto”), con otros que reflejan las primeras dudas ante la carrera (“Cuando llegue a meta voy a dar botes de alegría”, “Esta tarde, tras la carrera, voy a estar todo el tiempo sentado en un sillón”, “Me voy a comer un buen filete”). Sin embargo, no dudo en ningún momento que muy pocas personas nos planteamos el hecho de que antes del final de la carrera vamos a sufrir y este sufrimiento, por momentos, va a ser muy grande. ¿Y por qué no nos planteamos esta circunstancia?. El hecho es que durante este preciso momento estamos FRESCOS, física y mentalmente, y lo que menos me voy a plantear en este instante es que al cabo de unas horas voy a pasarlo mal, simplemente, porque pienso que no va a suceder; y es que si “ahora estoy bien ¿por qué luego me voy a encontrar mal?” o “cuando tenga que sufrir, sufriré”. Estas cogniciones son erróneas ya que no se ajustan a la realidad y, por eso, es fundamental controlarlas y/o dominarlas (éste supone el primer punto de concentración).

Me explico en este aspecto: claro que estoy de acuerdo conque una persona esté eufórica antes de empezar la carrera y que se deje llevar por estas sensaciones, porque es bueno, pero, esto, es muy distinto a que, posteriormente, una vez iniciada la prueba, dichos pensamientos se antepongan a la realidad que, como ya he comentado, es que antes o después nos vamos a cansar (son muchas horas corriendo) y si no lo hemos previsto o anticipado y, por tanto, no nos hemos concienciado para ello, pagaremos el gasto que hagamos al principio con un cansancio adicional al que, por el de la propia carrera, vamos a padecer.

Resumo este punto destacando el hecho de que es bueno inmiscuirse dentro de las sensaciones que se producen antes y durante los primeros kilómetros del maratón, e, incluso, aconsejo que se haga, porque forma parte de la satisfacción que el susodicho maratón produce, pero, igualmente, quiero señalar que estas sensaciones deben estar controladas por nosotros, y, la mejor forma de lograrlo es siendo conscientes de que tras la euforia y el descanso físico inicial, llegará el agotamiento. Es decir, hay que ANTICIPAR lo que nos va a suceder en cada momento de la carrera.

Por ello, os propongo que durante estos primeros instantes de carrera seáis cerebrales (no pasionales) y comencéis la prueba tranquilamente (sin prisas), a vuestro ritmo, y sin dejaros llevar ni por la alegría del principio, ni por el miedo a quedaros descolgados del resto de corredores. De esta forma, en los últimos kilómetros de la prueba, aparte de adelantar a muchos de estos corredores que, ahora, se dejan arrastrar por la euforia del inicio, (el exceso que ahora están realizando, lo van a pagar al final de la prueba), vamos a llegar en un muy buen estado físico y mental.

2. CHARLA. Esta etapa se prolonga desde, aproximadamente los kilómetros 6-7, hasta los kilómetros 14-15.

La denomino la etapa de la “charla”, porque durante este período de tiempo es cuando una gran parte de los corredores se dedican a hablar con los “compañeros de viaje” y con las personas que altruistamente nos animan cuando pasamos a su lado. Asimismo, este es el momento en el que se suelen gastar bromas y/o contar chistes.

Durante este período de tiempo el problema que nos podemos encontrar es el del desconocimiento de nuestras posibilidades. En numerosos casos, los corredores, bien porque físicamente se encuentran en perfecto estado (“Ya estoy en el kilómetro 11 y me encuentro muy bien, así que puedo acelerar”, “Voy perfectamente, no estoy nada cansado”), bien por la animación de la gente que te empuja (“Qué emocionante es ver a tanta gente animándote”) o bien porque percibimos mal la realidad (“Ya llevo un tercio de la carrera, solo me quedan dos tercios y no estoy cansado”, “Ya solo me quedan X kilómetros”) tendemos, inconscientemente, a acelerar nuestro paso y a adoptar un ritmo que está por encima de lo que nuestro cuerpo nos permite, provocando un agotamiento prematuro de nuestra energía, primero física y, a renglón seguido, mental. La consecuencia de todo esto es que, según el kilómetro de la prueba en el que ocurra, abandonamos o acabamos “arrastrándonos”.

Ante esta circunstancia, os propongo nuevamente la ANTICIPACIÓN de estas sensaciones, de tal modo que, cuando observemos que nos estamos dejando llevar por la euforia de la gente que nos anima o que vamos a un ritmo más veloz del que podemos, porque en ese momento nos vemos fuertes e invencibles, actuemos con cabeza y reflexionemos sobre lo que más nos conviene, y esto no es otra cosa que mantener, atendiendo para ello a nuestras sensaciones orgánicas, un ritmo que se ajuste a nuestras posibilidades; de este modo, no nos dejaremos arrastrar por lo que las sensaciones inmediatas nos dictan, y que no son otra cosa que percepciones erróneas de la realidad, fruto de un sentimiento de grandeza e insuperabilidad equivocados.

3. TRANSICIÓN. Desde los kilómetros 16-17 hasta los kilómetros 22-23).

Esta etapa, psicológicamente hablando, es neutra. Es solamente durante estos kilómetros cuando los corredores populares realmente actúan, siempre desde un punto de vista psicológico, como deben. Esta etapa supone, como su propio nombre indica, un paso entre la alegría del principio y el comienzo del cansancio físico y mental, de ahí que, durante este tiempo, permanezcamos más o menos concentrados y corriendo de un modo más o menos regular. Sin embargo, no quiero decir con ello, que los defectos que hemos ido acumulando durante los kilómetros previos, hayan desaparecido; evidentemente, si estamos rodando a un ritmo más fuerte que el que nuestro cuerpo nos permite, vamos a seguir manteniendo esta línea. Lo que quiero decir es que, a pesar de los errores que, desde el principio estamos cometiendo, durante este período ni existe la euforia inicial (puesto que ya llevamos bastantes kilómetros y la alegría del principio ya ha desaparecido) ni nuestras energías están debilitadas (y por lo tanto, nuestra cabeza no nos está mortificando con nuestro cansancio ni está malinterpretando los signos corporales que presentamos), lo que nos permite correr, mentalmente hablando, de un modo óptimo.

Este espacio de tiempo adquiere, si así se desea, una importancia mayor para los corredores populares, ya que, puede servirles de modelo para saber cómo deben correr un maratón; es decir, que si MENTALMENTE, somos capaces de correr toda la prueba como lo estamos haciendo ahora, vamos a estar en disposición de llegar a meta en perfecto estado, ya que estamos dejando de lado nuestras cogniciones erróneas a cambio de otras que nos permiten ir concentrados en lo que estamos haciendo. A fin de cuentas esta es, para mí, la clave fundamental para acabar el maratón, física y psíquicamente bien.

4. LATENTE. Esta etapa se extiende desde aproximadamente el kilómetro 24 hasta lo que se ha venido en llamar “el muro”, aproximadamente el kilómetro 32.

Es en este momento, cuando puedo decir que comienza el Maratón: hasta ahora, nuestra euforia, en primer lugar, y nuestro perfecto estado físico, posteriormente, no nos han permitido captar la verdadera dureza de la prueba; pero, a partir de este momento, una vez que ya comenzamos a sentir el peso de la carrera (las piernas empiezan a sentirse cansadas, ya no apetece seguir corriendo, etc.), es cuando vamos a empezar a sufrir física y mentalmente.

Sin embargo, el verdadero sufrimiento psicológico está aún por llegar; en esta etapa, mientras tanto, se empiezan a larvar pensamientos que, más tarde, cuando físicamente estemos muy cansados, van a pasearse una y otra vez por nuestra cabeza de manera continuada, provocando, si no estamos preparados, unos efectos devastadores.

Durante este período de tiempo es cuando uno empieza a preguntarse si va a llegar a meta; es cuando empezamos a fijarnos, no en el camino que llevamos recorrido, sino en el que nos queda por recorrer; es cuando, en definitiva, empezamos a angustiarnos y hasta decaernos, porque ya lo único que queremos es “¡ACABAR de una santa vez!”.

Es, pues, una etapa de gestación que (aunque aparentemente pasa desapercibida), desde mi punto de vista es la más importante, ya que, si durante este espacio de tiempo logramos controlar nuestros pensamientos y analizamos objetivamente todo lo que le ocurre a nuestro organismo, posteriormente (cuando las sensaciones físicas sean más desagradables), afrontaremos nuestro agotamiento en mejores condiciones. Por ello, y como sé con certeza que durante estos kilómetros, van a empezar a dolernos las piernas, nuestro ritmo va a ser más cansino, las ganas de correr van a empezar a desaparecer y nuestra mente ya no va a estar tan despejada, debo hacer constar que nuestra concienciación debe ser, aún si cabe, mucho mayor. Ahora es cuando deben empezar a aflorar los pensamientos positivos que hemos preparado para este momento. En este aspecto hay una cosa clara, si antes de la prueba hemos previsto este cansancio, ahora, cuando llegue, vamos a afrontarlo con verdaderas garantías, ya que nuestras cogniciones van a ser del estilo “esto ya me lo esperaba”, “es normal este dolor, llevo muchos kilómetros corriendo”, “forma parte de la carrera”, etc., y no las que normalmente aparecen cuando uno no está preparado (“me duelen las piernas”, “no me quedan fuerzas”, “estoy muy cansado y todavía me quedan muchos kilómetros”, “no voy a llegar”, etc.). La diferencia entre unos pensamientos y otros es tal, que, si en este tramo aplicamos los primeros, nuestro sufrimiento final va a ser mucho menor (incluso puede ser inexistente) y se va a limitar, exclusivamente, a nuestro dolor físico (que, por cierto, no es poco).

Respecto a esta etapa, tengo una anécdota que me recuerdan los dos errores más importantes que cometí en mi primer maratón:
a.- ir a un ritmo más fuerte del que mi estado físico me permitía.
b.- interpretar erróneamente las sensaciones corporales que pasaban por mi cuerpo en cada momento.

El hecho fue que durante mi primer maratón (año 1995), tras haber recorrido unos 25 kilómetros, en los que había ido más deprisa de lo que realmente podía (primer error), llevado, por un lado, por mi “invencible” fortaleza física, por otro, por el desconocimiento de la prueba y, por último, por mi inexperiencia, empecé a notar, como es normal en todos los corredores, un enorme cansancio de piernas, lo que yo interpreté (segundo error) como un signo de un inmediato calambre. Pues bien, y a pesar de que no me dio ningún calambre, desde ese instante hasta el final de la prueba, lo único que pasaba por mi cabeza eran pensamientos continuos que me recordaban lo enormemente cansado que estaba y las pocas ganas que tenía de correr (“Ya no puedo más”, “Qué hago yo aquí”). El resultado final fue, que llegué a meta (gracias a que pude acoplarme a un grupo de corredores que iban dirigidos por un guía que había puesto la organización) en un pésimo estado físico, y en un estado mental desastroso. Al año siguiente (en 1996), cuando me conciencié de que debía ir y que este cansancio me iba a sobrevenir, lo único que pasaba por mi cabeza eran pensamientos continuos que pedían con deseo que llegarán los kilómetros, es decir, esperaba cada kilómetro con anhelo, ya que de esta forma podía demostrar mi fenomenal estado físico. Evidentemente, en este caso, la llegada a meta fue muy diferente, acabando, para un corredor como soy yo (no he bajado en ninguno de los cuatro maratones que he disputado de las 4 horas y 15 minutos, lo que supone ir a 6 minutos el kilómetro), a un ritmo bastante fuerte (en concreto, a 5 minutos el kilómetro), registrando un mejor tiempo en la segunda media maratón.

5. SUFRIMIENTO. Se prolonga desde, aproximadamente, el kilómetro 32 hasta el kilómetro 42.

Esta etapa es la que nos pasa factura si hemos sido excesivamente osados. Si ya de por sí, yendo físicamente bien, mentalmente vamos a estar muy cansados por la prueba (no obstante, llevamos unas 3 horas corriendo), no es necesario imaginarse lo que ocurre cuando físicamente estamos mal y no hemos previsto dicho cansancio. Durante este período de tiempo, lo único que vamos a desear es acabar y ni los aplausos generosos de la gente, ni nuestro estado físico nos van a ayudar a retirar de nuestra cabeza, estos pensamientos. En este aspecto, la agonía es tal, que, una persona cualquiera que todavía no haya corrido ningún maratón, no se explica el hecho de que cuando tan solo te quedan dos kilómetros para terminar (¡después de haber recorrido 40!) dejes de correr y te pongas a andar, y, es que, para la mente de un corredor no preparado para la ocasión, que lleva corriendo 4 horas, esos últimos 2 kilómetros, no son otra cosa que 2.000 metros y 2.000 metros son, aproximadamente, unos 2.000 pasos, lo que supone una barrera imposible de superar en ese momento, para cualquier persona que llegue en esas condiciones.

La concienciación para la prueba va a impedir que estos pensamientos sean tan negativos, ya que al estar mentalizados, vamos a prever su llegada y, por tanto, vamos a saber, por lo menos, mitigarlos. Nuestro objetivo es, pues, que al llegar al kilómetro 40 (ó 39 ó 38) sólo pensemos en ir a por el siguiente kilómetro, sin obcecarnos ni angustiarnos por llegar a meta, defecto, que es muy común en numerosísimos corredores, quienes creen que en el kilómetro 34 (porque sólo queden 8), ya han terminado la prueba, sin concebir el hecho de que ahora cada kilómetro se multiplica mentalmente por 2, y, que, ni nuestros pensamientos ni nuestro estado físico son los del principio, sino que son radicalmente opuestos (“no puedo más”, “quien me manda a mí meterme en estos sufrimientos”, “estoy harto de correr”, “no vuelvo a correr el maratón”, etc.).

Anecdótico fue el hecho que le ocurrió a un amigo mío en su primer maratón: al terminar la prueba, al ser preguntado por sus amigos que tal le había ido, él contestó que su peor momento lo pasó cuando tuvo que pasar por “el kilómetro del empedrado”, refiriéndose a los apenas 100 metros de empedrado existente justo enfrente del Museo del Prado. Esta respuesta da muestra de la forma que tiene de ver las cosas un corredor popular de maratón cuando lleva recorridos 40 kilómetros.

6. ÉXTASIS FINAL DE CARRERA. Sucede durante los últimos metros de la carrera.

Qué decir de esta fase que no conozcan todos aquellos que han sentido en sus carnes lo que supone atisbar a pocos metros de ti esa pancarta que da por terminado tanto tiempo de dedicación, esfuerzo, sufrimiento, alegría… Esa pancarta pone, aunque parezca mentira:

META
En fin, en esta etapa se produce lo que yo denominaría un subidón anímico, que se refleja externamente en las caras de satisfacción de los corredores, e introspectivamente en pensamientos que resumen todo el esfuerzo previo por conseguir una heroicidad: “Lo he logrado”, “Por fin”, “Soy un genio/a”, “Aleluya”… En definitiva, es un momento que todos los que lo hemos experimentado, resumimos en que es “para vivirlo”. Es un momento, psicológicamente hablando, muy peculiar. Digo peculiar, porque si nos fijáramos en esos corredores unos 500 metros antes, veríamos, tal y como comenté en la etapa anterior, un aspecto totalmente distinto y, sin embargo, parece milagroso que, de repente, nos olvidemos de nuestros dolores físicos, del calor, del cansancio, de la hartura psicológica… Y demos la sensación, siempre de cara al espectador, de que estamos como si no hubiéramos recorrido ¡42 kilómetros sin parar!, o lo que es lo mismo, como si no hubiéramos estado corriendo 3, 4, 5 o hasta 6 horas.

Quizás toda esta reacción quede explicada porque en nuestro organismo se produce la liberación abusiva de una hormona que todos en nuestra vida desearíamos liberar continuamente: la endorfina o, comúnmente hablando, “hormona de la felicidad”.

CONCLUSIÓN
La clave del éxito mental en el maratón radica en la anticipación de consecuencias. Si se consigue controlar todas las sensaciones que se van a experimentar durante el maratón, se logrará realizar una buena carrera, lo que permitirá repetir la experiencia (si así se desea) ya que el sentimiento final será de Plena Satisfacción.

Semana 39: Día 271: ¡Feliz cumple, Vicky!

Caminaba entre la gente, recorriendo perfumerías de la calle Cabildo. “¿Victor and Rolff?”. Las vendedoras pensaban un instante, miraban a su alrededor, y negaban con la cabeza.

Así iba encimismado, pensando en otra cosa, algo de ropa (¿pero qué..? ¿QUÉ?), quizá una película (Sucker Punch no estaba por ningún lado), y me cruzo con un amigo, al que no veo desde hace como 10 kilos atrás. Me dice que estoy re flaco, que me lee siempre en el Facebook de mis carreras, y que me vio con una medalla, junto a mi chica, en una de las fotos de Rosario.

Sí, ella es corredora, pero la medalla se la dan a todos los que terminan. Pero mi amigo no desestimó la importancia de cruzar la meta. “Justo hoy es el cumpleaños”, le confieso,  y que por eso me veía ir caminando a toda velocidad, sin levantar la vista de las vidrieras. “Qué bárbaro que a los dos les guste el running”, me dice. Y claro, en realidad fue por eso que empezamos a hablar y nos enganchamos. El running vino primero, el amor después. Me sugirió una farmacia gigante donde vendían perfumes importados. Pero no, ahí no lo tienen. Cuando decido bajar los brazos me encuentro con una perfumería gigante. Pregunto con miedo “¿Tenés un perfume que CREO que se llama Victor and Rolff, o algo parecido?”. “Sí”, me dice, y me lleva directamente a él. Es caro, pero sé que Vicky no lo tiene (una hora más tarde comprobaré que sí lo tenía).

Llego a casa y la sorprendo con el perfume que rastreé por todo Belgrano. Está chocha. Tenía una versión más pequeñita que racionaba. Ahora, al menos, lo va a poder usar con frecuencia. “Yo esperaba que me des algo para correr”, me confiesa. ¿Y quién dice que no podés entrenar perfumada?

Por unos meses, ambos vamos a tener 34 años. Hasta que yo, que siempre quiero ser el primero en todo, cumpla 35 en diciembre, y volvamos a desfasarnos. No sé si a alguien le importa esto, pero yo siempre pienso en esos datos superfluos.

Los regalos no son importantes. Sí es el amor y el respeto por el otro. Y Vicky me regala eso todos los días. Lo que menos podía hacer era dar vuelta la ciudad buscando a Victor and Rolff. No era, como yo creía, ESE perfume que le faltaba. Pero ella es una persona a la que le faltan pocas cosas. Ha realizado una carrera muy difícil, se ha conseguido un trabajo en base a mérito propio, sin palanca, y ha ido conquistando un montón de desafíos deportivos, desde la media hasta la maratón. Y me ha robado el corazón. Amor, al menos de mi parte, nunca le va a faltar.

Semana 39: Día 270: La Maratón de Rosario (detrás de escena)

Correr una maratón no es fácil. Dudo que siquiera le resultara sencillo a aquel animal que llegó en poco más de dos horas. Lo vimos pasar, en sentido contrario, cuando iban dos horas y cuarto de carrera. Iba solito, muy tranquilo, pero seguro la sufrió tanto como el que llegó último.

Vicky corrió sus primeros 42 km de calle. Era algo que la tenía ansiosa, con nervios. Nos preparamos lo mejor que pudimos, con una dieta rica en hidratos, sin fibra. Descansamos lo que nos fue posible, no nos exigimos tanto en los días previos, y nos armamos de los artilugios de los corredores, como geles, analgésicos y otros accesorios como tibialeras. Sin duda, la vedette de esta maratón fue el baticinturón.

Este es el nombre cariñoso que le dimos a ese cinto que trae caramañolas y algún compartimento para guardar cosas. Vicky lo compró en Buenos Aires, y yo lo dudé hasta el final, adquiriéndolo finalmente a minutos de retirar el kit de la carrera y firmar el deslinde de responsabilidad. Esta era mi cuarta maratón, y en otras utilicé una mochila hidratadora. Solo en Grecia, con un asistente en auto, me animé a correr sin nada encima.

El baticinturón siempre me resultó aparatoso, y hasta me burlaba de quienes lo usaban. Imagino que ahora yo seré motivo de burlas en susurros, con mis cuatro botellitas que llevo como si fuese Rambo con sus granadas. Pero me di cuenta de lo cómodo que es no llevar peso en la espalda. Además me vi obligado a economizar. La mochila permite llevar muchas cosas, como un abrigo liviano, ropa, analgésicos (en pastilla y en pomada), vaselina, agua para toda la carrera y el celular. Todo eso juntito. El baticinturón es agua y no mucho más.

Nos ayudó que hiciera un clima espectacular. No necesitaba cargar con abrigo por las dudas. El sol pegaba fuerte, muy agradable, así que me saqué el pañuelo de la cabeza e improvisé poniéndomelo en la muñeca. Así me pude secar la transpiración con una tela suave, algo que nunca había hecho y que resultó muy cómodo.

Por otro lado, como tenía un solo bolsillo en el cinturón para guardar algo, prioricé el celular, tanto para emergencias como para twittear y sacar fotos. La vendedora me sugirió una muy buena idea para los geles: echarlos en una de las caramañolas, completarla con agua e ir dosificándolo de ahí. ¡Genial! Nada de abrir paquetitos mientras corría. De hecho, ya venían casi diluídos, lo que los hizo mucho más tolerables a la hora de tomarlos.

Probablemente en otra carrera sus limitaciones me compliquen. Pero si el clima lo permite, lo mejor es economizar en peso. No necesité nada más, y el celular (alias la cámara) estaba muy a mano, en un bolsillo que (a diferencia de la mochila) no dejaba que se humedezca por la transpiración.

El gran punto negativo del baticinturón fue al cruzar la meta. Cuando nos dieron la medalla, nos hidratamos, comimos, festejamos y todo eso, me lo saqué y me di cuenta de lo molesto que es cuando no lo llevas puesto. No te lo podés colgar de un hombro, ni envolverte una muñeca. Ni siquiera es cómodo de guardar en una mochila. Pero sus ventajas sobrepasaron estas incomodidades.

No sé qué se vería desde afuera. Un salame con cinturón de astronauta, filmando con su celular en lugar de mirar dónde corría. Pero en nuestro mundo interno, Vicky y yo estábamos disfrutando de una hermosa maratón, que registramos para la posteridad. Fue la carrera de ella, pero igual para mí no fue fácil. Sufrí, me emocioné, y aunque no corrí contra mi reloj mental, sé que hice un esfuerzo tremendo. Pero no estaba absorto de toda esta grandiosa maratón. La estaba viviendo, y ahora me encuentro constantemente volviendo a mirar  la llegada en ese videito. Puedo experimentar otra vez esa emoción, esa alegría, y el orgullo de ver a mi chica cruzando la meta.

Semana 39: Día 269: Nace una nueva maratonista en Rosario

Como dije alguna vez, la maratón de Rosario giró en torno a Vicky. Era su primera experiencia en esta gloriosa carrera de calle, y acompañé en todo lo que pude. Si fui a un ritmo más lento que el mío no quiere decir que no la haya sufrido. Me duele todo, pero estoy feliz de haber superado esta prueba, y más todavía de haberlo vivido codo a codo con Vicky, una verdadera luchadora.

Es raro intentar describir lo que uno vive ne una maratón. Difícilmente alcance para describirse con palabras. Todo ese sufrimiento, los dolores… y de fondo una felicidad de estar lográndolo, de poder conquistar el deseo de cruzar la meta. Ella lo vivió por primera vez y, sin chistar, se comprometió a poner en escrito sus pensamientos. Aquí va, el relato de una nueva maratonista:

El año pasado tuve el sueño de correr la Maratón de Rosario, pero no estaba entrenada y pensaba que no iba a llegar físicamente a recorrer los 42 Km. Con un año de delay, el domingo finalmente corrí la distancia que te consagra como maratonista.

Después de haber participado en ultramaratones uno debería pensar que esto era solo un paseo por el parque (a walk in the park) pero no lo fue. La idea de correr sin parar 42 km me intimidaba, especialmente sobre asfalto. No había podido entrenar mucho las semanas previas porque estuve resfriada, y sumado al frío que estuvo haciendo, me daba fiaca salir de casa después del trabajo. Además me tenía preocupada un dolor en los tibiales (anteriores y posteriores) que venían molestando desde hacía rato.

En esta maratón innové en dos cosas (aunque aconsejan no experimentar en una carrera). Por un lado, probé los parches de diclofenac en los tibiales, recomendación que me hizo una compañera de Puma Runners. Por el otro, estrené el baticinturón, ya que no quería correr con el peso del hidratador en la espalda. ¡Debo decir que esas dos cosas me salvaron la vida!

La salida fue emocionante, nos sacamos la foto grupal, nos dimos las manos, nos deseamos buena carrera y arrancamos. El día perfilaba precioso, nada de frío y el cielo diáfano. El solcito, el “poncho de los pobres”, nos daba calorcito por el camino. La temperatura era ideal. Nada pudo haber fallado. Fue perfecto en todo sentido.

Iba muy bien y muy contenta, sin dolores, los tibiales no se sentían, el oxigeno bien. En realidad, no podía creer que fuera tan bien. Después de la carrera, Martín me confesó que íbamos a 5:30 el kilómetro, pero no me lo quería decir en su momento porque no me quería presionar.

En los primeros kilómetros atravesamos un túnel, todos levantando las manos, aplaudiendo y gritando enérgicamente. Le dije a Martín “cuando volvamos a pasar por acá, en el kilometro 23, van a pasar todos calladitos”. Antes de dar la vuelta y tomar por el Boulevar Oroño, un Dj que pasaba unos sets de Guetta (con todo el poder) me motivó a levantar el ritmo.

Todo lindo, hermoso, color de rosa, divino, hasta que divisé, en el kilómetro 17,5, una autopista con una breve pendiente. No me agradó mucho. De ahí en más sentí como si corriera con el freno de mano puesto. Atravesamos nuevamente el túnel, esta vez todos más distanciados y en silencio. Había un artista tocando en el bandoneón una música que me recordaba a esas películas donde los barcos iban trasladando inmigrantes. En el kilómetro 21 desaceleré y el Pacer de 4 horas (con toda la troupe) me pasó. Otra vez cruzamos al Dj con música bien arriba y me llenó de energía, pero en el kilómetro 25 me rebasó el pacer de 4 horas 10 minutos, y ahí nos quedamos. Había una pendiente imperceptible pero que se imponía.

Nos cruzamos en sentido opuesto con el puntero, el podio iba a 2 horas 12 minutos. Venía tranquilo, yo mientras trataba de sacarme el freno de mano… pero no hubo caso.

Dimos la vuelta en los 30 kilómetros esperando el muro, pero haciendo un recuento me pareció atravesar varios muritos, o quizá mi verdadero muro fue a los 21 kilómetos. Y allí estaba, pensaba en todas las carreras que había sufrido verdadero dolor físico y esto no era tan diferente. Pero en la cabeza seguía la idea de no parar, bajaba el ritmo, cuando podía aceleraba un poquito y comía una gomita (creo que me ayudó el gel Expresso Love). En el kilómetro 32 sentí que me prendía fuego y tuve que sacarme la remera. A partir de ahí me sentí muy bien, entumecida pero feliz. El tren superior estaba como si recién hubiera arrancado, pero mis piernas pedían clemencia. Pensaba en Pilates y los ejercicios de elongación, e intentaba abrir la zancada.

Divisamos otra autopista, ¡¡otra subida!! ¡¡Pero a quién se le ocurre!!

En el kilómetro 38 nos dieron banana, pero ya a esa altura no podía comer más nada. Cruzamos al Dj por tercera vez, y en esa oportunidad estaba pasando una canción que me gusta tanto que me llenó de motivación y me ayudó a acelerar. Con el solcito de frente volvimos a entrar al casco urbano de Rosario, donde la gente en la vereda nos gritaba y alentaba. Una hermosa pendiente abajo nos ayudó a recuperar. El aliento de la gente me motivó, entonces sabía que ya faltaban metros y me puse la remera: no quería entrar en esas condiciones, las chicas debemos cuidar nuestra presencia ante todo. Entré al embudo, con la música de fondo y los gritos de la gente logré hacer algo que jamás pude en otras carreras: un sprint final. Con una sonrisa en la cara crucé la meta. Martín me abrazó y allí, emocionadísima, me di cuenta que me había estado filmando desde que me puse la remera.

Pedimos Powerade y unas frutas, y fuimos a alongar y a esperar a nuestros compañeros (que los habíamos cruzado a lo largo de toda la carrera). Leandro ya había llegado cuando nos encontramos con Paco y los cuatro nos quedamos esperando a Vanesa. Cuando la vimos venir, y salimos de la valla a alentarla. Otra Puma Runner cruzaba la meta.

Fue una jornada muy emocionante. Pasé desde la felicidad al dolor y de vuelta a la felicidad. Destaco la camaradería de los compañeros de carrera y de Martín, que siempre me motivó… aunque hubo veces en que me enojé porque sentía que yo no podía, pero él jamás perdió su fe en mi, y por eso nunca dejaba de decirme “¡vamos, vos podés!”. Y sí, es la cabeza la que decide si podés o no cumplir con tu sueño.

Semana 39: Día 268: Los 42 km de la maratón de Rosario

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Podemos decir que este año tuvimos mucha suerte. Además de que nos dimos el lujo de viajar y de descansar en un hermoso hotel, el día nos sorprendió con un clima primaveral en pleno invierno. Mejor, imposible.
Como toda carrera, nos levantamos temprano para desayunar. Al igual que en el resto de Rosario, nuestro hotel estaba repleto de corredores. Cada uno elegía qué comer. Con Vicky optamos por tostadas y yo le agregué yogur con cereales.
Llegamos al Monumento a la Bandera media hora antes de la salida. Dejamos las cosas en el locker y nos dirigimos al encuentro de nuestros compañeros Puma Runners Vane y Lean, que se le animaron a los 42 km. Con Vicky estrenábamos estrategia: nos compramos los baticinturones que traen caramañolas. Era raro sentir ese peso en la cintura y no en la espalda o los hombros. Pero resultó ser una excelente iniciativa (que, como todas las buenas ideas fue de Vicky).
Empezamos pasadas las nueve de la mañana. Nos sorprendió que no largásemos antes, pero las reglas las pone la organización… Los altoparlantes anunciaban 2400 participantes. Con Vicky fuimos conservadores y nos acomodamos en el corralito verde, el anteúltimo.
El clima, inmejorable. La ciudad, hermosa. El espíritu de los corredores, solidario y alegre.
Decidí correr junto a Vicky, sacarle fotos, acompañarla, y que todo gire en torno a ella. Porque era su primera maratón.
No sabíamos cómo se iba a sentir. Ella estaba acostumbrada a la montaña, a caminar si estaba cansada, a hacer trail. El asfalto intimidaba, la perspectiva de no frenar también.
Fui twitteando la proeza de Vicky, que empezó súper emocionada. Cruzamos por los paisajes más hermosos de la ciudad, a un ritmo espectacular. Intentaba no decirle el tiempo o la velocidad para no presionarla. Pero no pude con mi genio y más de una vez la volví loca con mis “dale, vamos que vos podés”. Si acá en el blog estoy todo el tiempo en plan motivador, imagínense tenerme traladrándoles el cerebro cada uno de los 42 km…
Alguna vez Vicky sintió que no podía más. Pero del fondo encontraba fuerzas y seguía avanzando. Los primeros 21 km fueron a 5:30 el kilómetro, pero después las subidas y el cansancio  nos hicieron bajar. Teníamos momentos de explosión en los que subíamos el ritmo, como cuando pasamos junto a un dj que la rompía con Guetta. Ante su música favorita, Vicky revivía, como cuando Popeye comía sus espinacas.
Ella prometió una reseña para mañana, por eso no entré mucho en detalle. Pero puedo decir que estoy orgulloso, que ella no frenó en ningún momento, y que realmente vivió la maratón. Porque todos la sufrimos, pero cuando corremos una maratón, lo que buscamos es disfrutala. Y realmente la pasamos muy bien. Tanto que estoy seguro de que esta será la primera de muchas maratones…

Semana 39: Día 267: Rosario siempre estuvo cerca

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Estamos en Rosario. No en un hostel como la última vez que vine, sino en un hotel con baño privado, tele y una heladerita  con cosas adentro que me dan pánico tocar. Es que cuando uno viaja con su chica, lo de la onda mochilero no da…
Recorriendo las calles rosarinas me volvieron a la mente esos entrenamientos de hace año y medio, cuando corrí por la costa y me compré un jean nuevo porque había adelgazado tanto que parecía un payaso.
Aquella vez había venido por una convención de comics, en la que no conseguí un Batman de Jim Lee. Hoy llegué por la maratón, y si no fuera por está fantástica carrera, no sé cuándo hubiese vuelto.
Y así llegué a la conclusión de que he conocido muchísimos lugares gracias al running. Al principio solo viajaba a Pinamar o Tandil. Pero con el tiempo conocí Entre Ríos, Misiones y hasta Grecia. Viajé al sur para correr en las montañas, uní el barrio de River con La Boca, fui a Marcos Paz (de día y de noche), al Tigre y a la Reserva Ecológica.
Se me hace que el corredor, independientemente de su nivel, puede viajar mucho. Calculo que para que un equipo de fútbol conozca otra ciudad lo mínimo que necesitan es ser buenos. El running se haga convertido en una hermosa oportunidad para conocer gente nueva y lugares nuevos. Y es otro punto a favor que le acabo de descubrir.

Semana 39: Día 266: Consejos para tu primera maratón

Este post te puede llegar a interesar, si es que pensás correr 42 km por primera vez. Pero está dirigido puntualmente a Vicky, a quien voy a acompañar este domingo a vivir la gloria maratoniana…

El deporte es una actividad a la que le ponemos el cuerpo, pero todo está en la cabeza. Todo. No te hagas mala sangre, no te angusties, no te pongas ansiosa. Porque va a ser la determinación la que te lleve a la meta. Ella va a ser la que haga que tus piernas corran esos últimos kilómetros, cuando empezás a tomar dimensión de la locura en la que estás inmersa. Por eso, dedicate a disfrutar, y dejá el análisis de toda esta movida para las pastas post-carrera.

No intentes ir por encima de tu ritmo siguiendo a otro. Seguí a quien creas que tiene tu ritmo y que te puede ayudar a mantenerlo. Eso se llama “sentarse”, aunque estés haciendo absolutamente lo opuesto. Sentate en otro corredor, pero que no sea yo (porque yo voy a sentarme en vos, justamente). La primera maratón es la base, no es para ganarle al reloj. Acá estás sentando el precedente que el día de mañana podés intentar vencer. Pero ahora este es tu debut, y el objetivo es llegar.

Seguro recibiste montones de consejos (yo suelo darlos por demás), pero un error común es intentar la fórmula de otra persona. No es recomendable para una competencia tan exigente como una maratón, pero lo cierto es que estás haciendo tu propia experiencia. Por eso tu próximo desafío de 42 km va a ser tan diferente: vas a tener un precedente, vas a saber qué funcionó y qué no. Yo tuve suerte de haber sido bien asesorado, pero la verdad es que aprendí muchísimo por mi cuenta. Por ejemplo, en qué momentos tomar geles, cuándo necesitaba agua, y en qué kilómetro me iba a tocar el bendito muro. No llegás a correr una maratón sin haber tenido carreras previas. Confiá en tu propia experiencia, y concentrate en seguir sumando conocimiento.

No le tengas miedo al dolor. Eso es bueno, aunque nadie quiere sufrir. Mientras puedas seguir corriendo, vas a poder aguantar. Tenés mucha fortaleza adentro, y toda esa tenacidad y esa determinación no la pueden parar unos cuádriceps doloridos, o una ampolla que se revienta. Si te lo ponés a pensar son nimiedades, dentro de todo ese espectacular esfuerzo que estás haciendo. Todas esas cosas pueden esperar hasta cruzar la meta.

Todos te van a decir “hidratate”. Es importantísimo, pero hay que ser bastante tonto para dejar pasar cada uno de los puestos de hidratación. Yo más bien diría “comé”, porque en la maratón se queman un promedio de 3 mil calorías. Geles, gomitas, pasas de uva, turrones, lo que creas que te va a hacer bien, lo que sepas que tolerás, y lo que sientas que te da energía. Por supuesto, nada de eso lo vas a poder procesar si no estás bien hidratada.

La parte más dura de la maratón es a partir del kilómetro 30. Ahí se agotaron las reservas, los músculos queman, y la meta parece más lejana que cuando largaste. Se pasa poniendo un pie delante del otro, y consumiendo energía. Es cierto, uno lo transforma en un cuco, y en verdad le termina dando más poder del que tiene. Como todo, pasa, y cuando veas que la meta está a la vista, vas a ver que salen fuerzas donde antes no había.

Cuando cruces la meta, no te detengas en seco. Seguí caminando, aunque las piernas tiemblen y la panza duela. Frenar de golpe es una estupidez que hice una vez, en Grecia, cuando nos separaban 11 mil kilómetros, y después no me podía levantar. Dale la oportunidad a los músculos de que pasen ese momento de tensión y adrenalina. Cuidalos porque van a haber hecho un esfuerzo descomunal.

Y lo último que me queda por decirte es que disfrutes. Que no dejes de mirar a otros corredores, de charlar, de darles aliento y de aceptarlo cuando lo recibas. Sentite orgullosa de todo esto que deseaste y que ahora estás llevando a cabo.

Estoy muy orgulloso de vos.

Semana 38: Día 265: A veces el dolor está bueno

Le tenemos tanto miedo a los dolores. Es una sensación horrible, tanto que el hombre lo ha usado tanto para someter a otros, como para autoinfligírselo y demostrar así devoción religiosa o autodesprecio.

Pero los deportistas conviven con el dolor. A veces es tan fuerte que te deja afuera de cualquier actividad. Otras es un recordatorio de tu fragilidad, y terminás entrenando alrededor de él,  evitando lo que te provoca molestias o tan solo diciéndote “si se me pasa corriendo, sigo”.

Hay un dolor en particular que yo disfruto. Lo siento cada tanto, cuando hace mucho que no hago musculación. Cuando hago flexiones o abdominales y al día siguiente ciertos movimientos dejan una sensación caliente, y un chispazo al cerebro. Es el dolor de estar empezando. Me hace sentir vivo, y me da un objetivo muy puntual: seguir entrenando hasta que ya no duela.

Puedo entender a los que le quieren escapar al dolor. ¿Se entenderá que yo disfrute del mío?

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