Semana 35: Día 240: Los 100 km de la Ultra Buenos Aires

Antes que nada quiero hacer la imprescindible aclaración de que esta fue la carrera que más feliz me hizo en toda mi vida. Algunos tendrán su propia fantasía de cómo es el Cielo, y yo me di cuenta de que la mía es todo lo que viví ayer. Tener a mi familia, a mis amigos y a mi perro acompañándome, dándome aliento, ayudándome, mientras yo exploraba mis límites, es lo más hermoso que me pasó en la vida.

Hubo mucha planificación para la Ultra Buenos Aires en poco tiempo. Era previsible que algunas cosas no salieran como las habíamos pensado. El pronóstico había anunciado que por fin iba a salir el sol para el fin de semana, y yo lo vi recién hoy domingo. Se suponía que iban a hacer entre 14 y 19 grados, y pasé un frío importante. Íbamos a largar a las 9 de la mañana pero un imprevisto nos obligó a empezar a las 10 y media. Así y todo, con esos tiempos demenciales para organizar una ultramaratón, las cosas no salieron como las habíamos pensado, pero podrían haber salido infinitamente peor.

Llegamos a Marcos Paz el viernes, después de un viaje complicado en tren. Estábamos Vicky, Oso Rulo (nuestro caniche), mis padres y yo. Los tiempos de combinación entre el ramal Once/Merlo y el de Merlo/Lobos eran muy acotados. Al ser feriado, la frecuencia del segundo era cada 1:20 hr. Pero llegamos justito… solo para enterarnos de que habían cancelado el servicio, y de que teníamos que esperar dos horas y media. Tomamos un taxi, negociamos el precio, y llegamos a La Posada. Paseamos un poco, pero más que nada nos relajamos.

Me desperté temprano, desayuné y preparé las cosas para correr. Nos golpearon la puerta y eran mis hermanos Santiago y Matías, que ya habían recontra jurado que iban a venir… y lo hicieron a tiempo. A las 8 estábamos en la plaza, desde donde iba a arrancar, y ya me estaba esperando Germán, mi entrenador. Lloviznaba un poquito, pero nada como para alarmarse. El tema fue que la gente de la organización no aparecía, producto de una emergencia familiar absolutamente entendible. Pero en ese momento, no teníamos forma de contactarnos. El resto estaba más nervioso que yo. 9 y media llegó Rodolf (así, sin la “o” final), nos asesoró sobre el trayecto, y se quedó controlando la salida. Luego se fue a esperarnos en Plomer, la ciudad donde iba a pegar la vuelta. Sincronizamos relojes y a las 10:30 en punto largué.

Todo el tiempo lo tuve a Matías manejando su auto a mi lado, y Santiago de copiloto. El resto, se quedó en la plaza. Me insistieron en que no corriese con la mochila, que era mucho peso, pero yo fui muy terco y quise tenerlo todo el tiempo conmigo. Me aferré a un argumento incuestionable: no me quería deshidratar. Después de algunas cuadras de asfalto tomé una calle entoscada, pero con bastante barro. Tomé por la vereda, mientras los lugareños me miraban, extrañados. El auto me esperó en la calle en la que tenía que doblar, en el km 2,5.

Fuimos derecho otros 5 km, y nos cruzamos con pocos vehículos. Es lo bueno de Marcos Paz, ciudad ideal para todo tipo de carreras. Doblamos a la izquierda en otra calle, un poco más embarrada, que desembocaba en la ruta 6 en el km 13, aproximadamente. El paisaje daba mucha paz. Nos cruzamos con las vacas, un puente sobre un arroyito, y la tranquilidad del campo. La colectora era, obviamente, otra historia, pero estaba muy poco transitada, así que pude correr por el asfalto. El tiempo era impecable: 5 minutos el kilómetro. Los chicos me sacaban fotos desde el auto y la subían a mi twitter.

Nunca vimos el cartel de Plomer para doblar (de hecho solo se ve en el sentido contrario), así que nos pasamos. Tenía que doblar en el km 21,5, y no lo hicimos. No hubo un perro en todo el recorrido que no nos haya ladrado cuando los cruzamos. Al momento en que mi gps dio 25 km exactos, me detuve. Quise, por precaución, ponerme Voltaren en las rodillas. El último tramo, en la ruta, era mucho más frío, así que me puse un buzo, una gorra y un pantalón largo. Tuve suerte de tener todo eso en el auto, porque se suponía que el clima iba a ser otro.

La vuelta fue más dura. Al principio mantuve el ritmo, el tiempo me iba a sobrar con comodidad. Pero… empecé a bajar. El muro. Cuando pasé el km 30 ya estaba en 5:38 de ritmo, y me costaba mucho bajarlo. Vimos un auto estacionado en la banquina, eran algunos compañeros de los Puma Runners que no habían podido estar en la llegada, pero que venían a hacer el aguante. Me empecé a cansar, el Gatorade de la mochila me empezó a asquear, al igual que los geles. Intenté comer un mix de frutas secas, pero la nuez y las almendras me cayeron muy mal. Empecé a caerme anímicamente.

Solo me pudo ayudar Juli, compañero de grupo, que se bajó del auto y empezó a correr conmigo. Me dio un poco de pánico, no podía controlar mi cuerpo (cansancio, respiración, dolores musculares) y empecé a correr 400 mts y trotar lento 100. La meta me parecía cada vez más lejana, pero mis hermanos me pedían tranquilidad, tenía tiempo de sobra. Con esos cambios de ritmo los kilómetros pasaban más rápido. Le pedí a Juli que no me esperase, que fuese a su ritmo para que yo pudiese alcanzarlo. Pedí agua, pero no había. El auto de las Puma Runners se fue a llenar una cantimplora mientras intentaba seguir avanzando. Cada vez me costaba más, y mis aspiraciones de terminar se iban desvaneciendo. La cabeza me pedía parar todo el tiempo. Caminaba y trotaba alternadamente, con Juli dándome aliento, felicitándome cada vez que corría. En el km 37 se acabó el Gatorade, me saqué la mochila y se la di a Santi. Confieso que me ayudó un poco sacarme ese peso.

Finalmente llegó el agua junto con las chicas. Yo solo pensaba en llegar a la meta, que era justo la mitad de la ultra, y sentarme un momento. No había nada salado, y nunca deseé tanto comer pretzels. Pensando en alternativas me terminaron comprando pan. Fantaseaba con ese instante, sentadito, cambiándome las medias, masticando un miñoncito. Rodolf nos alcanzó en bici y me dio más agua. Sorteamos los caminos de barro, y empecé a tirar un poquito más. Juli fue mi salvador, y cuando ya reconocí la zona cercana a la plaza subí un poquito la velocidad. Ahí los vi a todos esperándome, mucha gente que había llegado, amigos, hasta se vino Brenda, amiga de este blog, con la ilusión de correr unos kilómetros. Pero el cambio de recorrido y el frío la desanimaron.

Fue un golpe anímico que no me dejasen detenerme un segundo. Quizá se me veía el cansancio en la cara. Después de todo habían sido 50 km en 4 horas y media. Si seguía bajando el ritmo, no iba a llegar dentro del límite de las 10 horas y media. Entre todos los que me esperaban estaba mi eterno compañero de aventuras Marcelo, listo para acompañarme 50 km todo el tiempo. También se sumó otra Puma Runner, Marian, y le pude dar un beso a Vicky, que me esperaba feliz. Estaba muy contento de verlos a todos, pero casi a las patadas me mandaron a que siga. El consejo era bueno, no me tenía que enfriar. Pero anímicamente venía muy golpeado.

Solo me acompañó el auto de mis hermanos, al que se le sumó Vicky y nuestro perro. Caminé varias cuadras, hasta que le pedí a mi hermano que parase el auto. Me senté, me saqué las medias, me unté de Voltaren, y me tomé todo el tiempo del mundo. Necesitaba ese momento de tranquilidad. Era lejos de la meta, nadie me veía más que los presentes. Largamos entre las calles embarradas, pero no encontraba el ritmo. Sentía un poco la presión del reloj, y los chicos me arengaban para que no afloje. Con Marcelo empezamos a hacer cambios de ritmo, 100 metros caminando y 400 en progresiones. Marian seguía a su ritmo, y cada 500 metros la alcanzábamos. Así empecé a sentirme un poco mejor, y comprobé que es una muy buena estrategia de ultramaratón. Me agitaba, pero caminando me recuperaba.

Con eso avanzamos casi 10 km, seguidos por unos molestos perros que se cruzaban todo el tiempo. No pude más, me dolía el estómago. Vicky me cuidaba desde el auto, y Oso Rulo, angustiado por mi calamitoso estado, lloraba. Se me hizo un nudo cuando ella me dijo, con ojos llororos, que yo podía, que ella también había querido abandonar en otras carreras y que yo la había ayudado a seguir. Mariconeando de una forma que no me suele caracterizar, seguí avanzando, frenando y trotando. Llegamos a la ruta, y pedí descansar un poco. Estaba destruido, empapado y con frío. Me prestaron ropa seca, más abrigo, y me sacaron para que siga corriendo. Intentaba no preguntar la hora, sentía que no llegaba. Pero igual no quería abandonar. Igual fantaseaba con comer un plato de pastas e irme a la cama, calentito.

Empezaba a hacerse de noche. El sol se asomó un segundito, pero no lo suficiente. En promedio, el día había estado horrendo, y ahora se empezaba a ir la única fuente de luz. Se cruzaron en auto ese grupete de amigos que no tiene nada que ver con el running, y que venían de lejos a interceptarme. Intenté que me viesen fuerte, sin caminar, pero las piernas me mataban. La cabeza, insistentemente, agregaba excusas para detenernos. Marcelo y Marian, que venían acompañando todo el tiempo, se ofrecieron a elongarme. Me tiré a un costado, en el pasto, y cuando empezaron a estirarme sentí unos dolores horribles. No contuve mis gritos de dolor, lo que hizo que todos se bajasen de los autos a verme. Vicky me hizo masajes en la espalda y se ofreció a correr conmigo. Se cruzó un nuevo auto Puma Runner, mientras se hacía más de noche.

Cuando finalmente pegamos la vuelta, mi estado era calamitoso. No tenía energías, y solo quería volver (pero en auto). De pronto se apareció Germán para correr conmigo, y hasta dos amigos míos, Juandy y el Colo, empezaron a trotar EN JEAN. Estaba rodeado de afectos (Oso Rulo dormía en el asiento de atrás del Clío de mi hermano), toda esa sinergía a mi alrededor, pero cada vez rendía menos. Pedí un gel y agua para bajarlo, y en el km 77 lo vomité. Mi cabeza quería abandonar desde hacía 45 km, esta vez mi cuerpo le daba la razón. Se había terminado, en ese instante, mi ultramaratón.

Empezamos a caminar, todos juntos, mientras yo seguía con arcadas y eructos (no era mi mejor momento). Estaba empapado de transpiración, así que me consiguieron más ropa seca. Los músculos de las piernas daban puntadas de dolor por todos lados, y me sentía a centímetros de un calambre. Lo más probable era que me hubiese deshidratado (solo hice pis una vez en esas ocho horas, el resto se me fue transpirando). El tema con la deshidratación es que no tiene vuelta atrás. Caminamos en la oscura colectora, solo iluminados por los autos que nos escoltaban. Había dos opciones, volver en auto o terminar a pata, por el orgullo. Me sentía sereno, quizás algo triste, pero no demasiado. Estaba rodeado de amigos, con mis hermanos, de la mano de mi novia. Me sentí más acompañado que nunca. Todavía quedaban dos horas para la hora límite, pero solo convirtiéndome en un keniata podía llegar.

Después de un rato decidí que era mejor volver en auto. Pensaba en todos los que me estaban esperando, y como el objetivo de las 10 horas y media ya no los iba a poder alcanzar, no tenía tanto sentido seguir por orgullo. El cálculo daba que me iba a tomar cuatro horas para volver caminando. Nos repartimos en los dos vehículos y con bastante dolor me senté y subí mis piernas. Estaba muerto de frío, y me sentía extremadamente agotado. Llegué a la plaza y los que todavía estaban me recibieron con un aplauso. Fue un momento muy emotivo.

Obviamente fuimos a comer, y cumplí mi sueño de ese plato de pastas, aunque en ningún momento me desabrigué. El resto estaba en remera de manga corta, y yo con doble campera.

Si me hubiesen preguntado hace una semana cómo me podía llegar a sentir si no podía terminar la Ultra Buenos Aires, hubiese respondido algo completamente diferente a lo que terminó pasando. ¿Cómo podía quejarme? Había dado todo lo que tenía. No frené por miedo, sino porque no podía más. Más de 20 personas se habían movilizado hasta Marcos Paz solo para verme. Me acompañaron en momentos de mucha angustia y tensión. Ni siquiera me imaginaba que mi hermano Matías iba a poner su auto a disposición toda la carrera, para avanzar a mi lado, a paso de hombre. Era sábado, sánguche entre feriado y domingo, seguro que todas esas personas tenían cosas interesantes para hacer ese día. Sin embargo, eligieron venirse hasta ese pueblo para alentar y acompañar. No me importó no haber terminado, corrí, sentí todo ese afecto, y aprendí muchas cosas de organizar y correr ultramaratones.

Marcelo me dijo una frase que no la voy a recordar con exactitud, pero la podría parafrasear de la siguiente forma: Los sueños no se cancelan, se posponen. Esto fue un primer intento. Ya voy a conquistar los 100 km de running, a mi tiempo. No va a ser este año, pero ya tengo gente que se ofreció volver a acompañarme. Y la gente de Salvaje se quedó contenta con la experiencia, y propusieron repetirlo el año que viene. Quizá es todo lo que hace falta, un loquito mandándose a conquistar solo un desafío, y sus seres queridos acompañando y ayudando. Así debe ser cómo nacen las carreras.

Publicado el 27 mayo, 2012 en Carrera y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 25 comentarios.

  1. Solo tengo una palabra “GRACIAS”… por lo vivido y por hacerme parte de ese Loco sueño, del cual formare parte el año que viene !!!

  2. La verdad que no se puede estar más orgulloso de vos. Sos un titán, Martín. A pesar de todas las condiciones adversas seguiste hasta que no se pudo más. Ya va a haber oportunidad de conquistar esos 100km y la Espartatlón. ¡Vamos que se puede, nene!

  3. la verdad te felicito martin por el esfuerzo y casi conociendote por el tiempo que leo el blog se que si no fue este el año sera el que viene, porque como dijiste los sueños se posponen sobre todo con la fuenza de voluntad que tenes campeon. carlos.

  4. Woww… No sé qué decir. Tremendo el relato. Sin dudas esto fue un triunfo en sí.
    Pienso en todos los sueños que mueren antes de siquiera pensar que pueden hacerse realidad, y cuando veo toda la garra que le estás poniendo a la concreción de este ambicioso anhelo, me doy cuenta de que estás condenado al éxito. Sé que vas a conquistar esta meta de 100 km y muchas otras más.
    Estas 52 semanas, pueden bien ser esa preparación que te llevará a clasificar para la Espartalón.
    Te felicito por haber dado batalla hasta el final. Y confío mucho en tu fuerza y perseverancia. Admiro tu determinación y sé que vas a lograr todo lo que te propongas, eventualmente.

    Abrazo enormísimo de tu orgullosa prima!!

    Sole.

  5. Martín ! Felicitaciones por atreverte a esta Ultra de 100 Km y por el desempeño heroico… entregaste todo lo que tenías y llegaste al Km 77 en unas 8 horas… muy pocos mortales pueden hacer esto. Tal vez era un poco pronto para semejante desafío: 100 km con un tiempo límite de 10:30 hs. Este requisito para la Espartatlón no parece caprichoso; te sirvió de medida y te va a orientar en el proceso de preparación para el año que viene. Ahora sabés “de que se trata cuando se habla de correr una Ultra Maratón”… lo viviste en carne propia, bueno… en realidad lo padeciste. A partir de la aceptación de esta experiencia podrás seguir escalando. Se me ocurre, desde la teoría, que el gran tema para una Ultra es cómo lograr un estado de régimen en la renovación de la energía (reservas, hidratación, alimentación), versus consumo (correr, caminar, descansar). Como casi todo en la vida, encontrar el equilibrio. Beso y abrazo, te quiero mucho Campeón !

  6. Excelente Martincho, lo vas a superar y seguramente el proximo año seremos unos cuantos acompañandote en esa aventura, fuerza vos podes!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    ABRAZO GRANDE!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    23.06 EN LA PAMPA

  7. Luchaste mucho!!! Mucho antes y mucho durante.
    A pesar de todo siento que tu logro mas importante es el saber fehacientemente que diste todo de vos y mas, y ADEMAS la importancia de sentir el gran apoyo y amor que te brindaron física y mentalmente muchas personas. Quienes no pudimos estar con vos físicamente, te aseguro que potenciamos nuestras energías para que pudieras llegar a esos gloriosos kilómetros, y somos quienes ahora, te apoyamos MAS AUN.
    Me debatí entre Marcos Paz y mi tendinitis, y simplemente no pude acompañarlos … esta vez…
    Me quedo con lo que escribió tu papá “LOGRAR EL EQUILIBRIO EN LA VIDA”.

  8. Sin palabras, vivirlo es la posta.
    Nos podemos llegar a imaginar lo vivido pero no debe llegar ni cerca a lo que experimentaste.
    De nuevo: FELICITACIONES

  9. Qué relato, querido!! Me dejaste con una lágrima a punto de suicidarse.
    Felicitaciones, qué más te puedo decir. Todo lo que te sirva para la próxima ya lo explicarán los que saben.
    Abrazo de gol!

  10. Gracias por compartir esta experiencia con quienes te seguimos de lejos, sin dudas fue el comienzo de algo muy importante. Te felicito por el aguente, la fortaleza. Un abrazo desde San Justo!

  11. Matías Lértora

    Piel de gallina!!

    Fue muy emocionante haber estado ahí!

    Dejo el resto en palabras de Alfred: “Why do we fall, sir? So that we can learn to pick ourselves up”

    Admiración eterna!

  12. Hola!!! Antes que nada, felicidades!!! Desde mi humilde opinión, creo que no estabas recuperado, de lo contrario esos 100ks en hubieran sido tuyos sin problema.

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