Archivos Mensuales: mayo 2012

Semana 35: Día 244: Seis vidas en una

Al terminar la Ultra Buenos Aires en el km 77, me di cuenta de algo muy importante: el precio de la experiencia. Nunca había corrido una carrera de esas características, contra el reloj, sin parar. Lo que aprendí, no lo hubiese incoporado de ningún otro modo.

Los errores no existen, la vida es un constante aprendizaje. Me alegró que esto me haya servido a mí, y también a otras personas. Mucho de lo que se escribe en este blog (lo mío y los comments) son reflexiones que se pueden aplicar a muchos ámbitos de la vida, no solo al deporte.

Entre tantas reflexiones están las de mis padres, que a veces comentan en los posts y a veces prefieren mandar un mail o llamar por teléfono (mi hermano Matías, gestor del cuentakilómetros que acompaña mi progreso constantemente, alguna vez me llamó para avisarme que no lo estaba actualizando).

Quisiera compartir un mensaje de mi papá, que comenté al pasar el otro día, pero ahora que tengo poco tiempo para escribir, quisiera aprovechar y echarle mano. Tiene que ver con lo que deseamos y lo que necesitamos (dos cosas diferentes).

Seis vidas en una

Hubo un joven que pensó:

Si pudiese experimentar varias fases de la existencia, podría librarme de toda estrechez de miras. ¿De qué sirve que a uno se le diga ”ya lo sabrás cuando seas viejo”, si para entonces habrá de ser demasiado tarde para aprovecharlo?

Se encontró con un hombre sabio, quien en respuesta a sus interrogantes dijo:

Podrás encontrar la respuesta, si lo quieres.

¿ Cómo?- preguntó el joven.

Mediante la transformación múltiple. Ingiriendo ciertas bayas que yo te mostraré, podrás adelantar o retroceder en edad, o dejar de ser una persona y convertirte en otra.

Yo no creo en la reencarnación.

No es cuestión de lo que crees, sino de lo que es posible -le replicó el sabio-.

Comió las bayas y su deseo fue transformarse en un hombre de edad madura. Pero ser un hombre de edad madura tenía tantas limitaciones, que ingirió otra baya y pasó a ser viejo.

Ya viejo quiso ser joven otra vez y recurrió a otra baya. Así volvió a ser joven, pero como cada estado tiene su forma de conocimiento correspondiente, ocurrió que de su mente desapareció la experiencia adquirida en sus dos mutaciones anteriores.

No obstante, el joven aún recordaba las bayas, y decidió un segundo experimento. Comió otra, deseando esta vez convertirse en algún otro. Apenas se vio transformado en otra persona, comprendió que el cambio, por sí solo, era vano. Por lo tanto, comió otra baya y deseó volver a ser él mismo nuevamente.

Una vez restituido a su estado original, se percató de que todo lo que había ganado realmente con aquellas experiencias era por completo diferente de lo que había esperado obtener con los cambios de su persona.

Volvió a presentársele el sabio, quien le dijo:

Ahora que sabes que las experiencias importantes no son las que deseas sino las que necesitas, quizás puedas comenzar a aprender.

Semana 35: Día 243: Y ahora… ¿cómo sigue?

Hay coincidencias felices. Como cuando te debatís entre tomarte el subte o caminar, y al elegir la segunda opción te cruzás por la calle con un amigo que hace tiempo que no ves. Después hay coincidencias infelices (por llamarlas de alguna manera), como la que vivo en este momento.

En medio de toda esta experiencia de la Ultra Buenos Aires, y lo que me acercó a mi familia, amigos, compañeros de entrenamiento y desconocidos, se le suma un fenómeno laboral llamado “embudo”, en el que montones de compromisos se agolpan en tu puerta. Revistas, páginas web y diseños de logos esperan con impaciencia algunas horas de mi atención. Eso hace que no esté entrenando, así que los 77 km del sábado pasado sigue siendo la última vez que corrí. Extraño mucho hacerlo, como también extraño a los chicos del grupo y a Germán, mi entrenador. Ya me siento para correr, no tengo dolores, ya me reventé la súper ampolla de sangre que se me había hecho en un dedo del pie… solo me falta un poquito de tiempo. Por eso pido paciencia, leo todos y cada uno de los mensajes que me dejan, pero guardo mis contestaciones para un segundo de relax.

Y es en esta vorágine en la que estoy inmerso que me he puesto a pensar en cómo va a seguir el blog. O sea, Semana 52 continúa, aunque su título le quede ahora anacrónico. El final va a coincidir con mi viaje a Europa, que no pienso cancelar, pero El subtítulo de “Espartatlón” tiene que volar, o empezar a llamar a este proyecto “Semana 104”. La verdad es que no se me ocurrió todavía de qué manera vamos a seguir, por eso aprovecho para pedir sugerencias. Quizá pueda hacer algo desde Europa. Repetir la experiencia de correr en maratón es tentador, aunque no es para nada nuevo. Quizá podría incentivar a Vicky a que lo haga conmigo. También se me ocurrió volver al entrenamiento intensivo de gimnasio, que lo había dejado de lado por los fondos largos. En fin, posibilidades hay muchas. Hace falta alguna “actualización” en el blog, pero mi vida sigue, independiente de si la mido en semanas, días, meses. Sigo soñando con carreras como La Misión, Yaboty, y cualquier desafío que me permita crecer como atleta.

Semana 35: Día 242: El Equipo Casanova

Dedicado a mi papá, el día de su cumpleaños.

No sé cómo son las familias, cómo se relacionan padres con sus hijos, y cómo se lleva uno con sus hermanos. Solo sé cómo me llevo yo con los Casanova, y supongo que cada hogar es un mundo (más allá de que yo haya volado del nido… no hace tanto). Aunque conozco a los Casanova desde que nací, jamás me imaginé que iba a pasar lo que pasó el sábado, durante la Ultra Buenos Aires.

Cuando decidí empezar con Semana 52 ya hacía rato que corría, pero no era una actividad que me definía. Era algo casi anecdótico. También podías decir para describirme que me gustaba el cine, actividad que hacía con mayor frecuencia que el deporte. Quizá por eso no me dio hacer ningún alarde, me limité a escribir en mi estado de MSN la dirección del blog, y listo, el que quisiera podía entrar a chusmear. No soy de los que preguntan “¿Leíste lo que escribí hoy?” (exceptuando a Vicky, a quien torturo constantemente con esa inquietud).

Todo vino así de encaminado en mi carrera bloguística, hasta el día en que me hicieron dar cuenta que no tenía que esperar meses para correr la maratón. Esa distancia me intimidaba, lo que la hacía un desafío muy deseado. Me intrigaba saber qué podía pensar mi papá de todo esto (si recién sintonizás este blog, te cuento que de chico yo odiaba correr, excepto cuando algunos sábados salía con él a entrenar). Lamentablemente los 42 km de la Ciudad de Buenos Aires se organizan siempre coincidiendo con el fin de semana largo del 12 de octubre, así que mi padre podía aconsejarme, pero no iba a poder estar en la meta porque tenía planes vacacionales. Igual me dijo algo que me puso la piel de gallina: “Vas a correr una distancia que nadie alcanzó en esta familia”. Se refería a él, claro, y a mi hermano Matías, antecedente deportivo de los Casanova.

El apoyo de mis padres y de mis hermanos se empezó a hacer cada vez más notorio. Solían comentar los posts, y Santi, mi mellizo, se sintió motivado para empezar a correr. Cuando decidí ir a Grecia el año pasado a correr en la ciudad de Maratón (y cerrar así el primer año del blog), me encontré en reunión familiar (incluso con Lucas, el mayor, recientemente repatriado desde Europa), todos debatiendo a ver si me acompañaban o no (al final, aunque mi papá se moría por acompañarme, terminé yendo solo y ellos lo vivieron minuto a minuto via twitter).

Me resulta imposible hablar por ellos y decir qué cambios habrán visto en mí. Quizá una determinación poco característica en mí, además de 10 kg menos de peso. Pero las cosas dejaron de ser iguales. Lo pude comprobar este fin de semana, en esta locura que fue la Ultra Buenos Aires. No hizo falta pedirles que vengan, simplemente cada uno leyó las actualizaciones del blog y decidieron venir a apoyarme. No hizo falta que organice nada. Viajamos con mis papás hasta Marcos Paz el viernes, y el sábado a las 7 de la mañana, dos horas antes de la largada oficial, Matías y Santiago estaban tocándome la puerta de la habitación, mate en mano.

No esperaba nada de ellos. Que hubiesen venido era suficiente para estarles agradecido de por vida. Que se hayan quedado hasta el último minuto… me sorprendió. No les pedí nada a cambio, y me dieron todo. Nos convertimos sin planificarlo en el Equipo Casanova.

Martín (el hijo, fondista): yo, el loco que decidió correr.

Eduardo (padre, coach): el motivador, atleta experimentado. Controlaba el tiempo desde la meta. Cedió (involuntariamente) un par de pantaloncitos Adidas de más de 20 años para esta carrera (antes la ropa se hacía en serio, no como ahora que se desintegra si la mirás fijo).

Maqueca (la madre, salud y nutrición): la encargada de la integridad del atleta. Preocupada por qué comía, si era suficiente, si estaba bien abrigado.

Matías (el hermano, traslado y logística): ocho horas encima de su auto, encargado de acompañar todo el recorrido llevando agua, comida, cuñada y perro. Dos veces cedió su ropa para abrigarme (hasta llegó a quedar en remera para darme su campera). Alentaba y mantenía informado de lo que pasaba a la gente en la meta.

Santiago (el mellizo, multi-tasking): el hombre orquesta. Cubría todos los roles que hicieran falta: alcanzar agua o comida, sacar fotos, twittear y ahuyentar perros callejeros. En el momento más crítico hizo ese momento de película de “¡Al diablo con todo esto!”: se bajó del auto, se acomodó la remera de la Ultra Buenos Aires, y se lanzó a correr a mi lado.

Vicky (la novia, motivación y cheerleading): motivadora. Alentaba en los momentos de flaqueza y asistía desde el auto. Se sumó al momento de “¡Al diablo con todo esto!” y corrió mis últimos metros junto a mí, cuando la noche estaba cayendo. Es también la correctora del blog, la que me avisa cuando pongo “s” en lugar de “z”, o pifio lugares y fechas.

Nadie sabía qué iba a pasar. Sospecho que todos creíamos que yo iba a terminar, y fuimos hasta allá para enterarnos de si era así o no. Todos vivimos la experiencia desde nuestra propia perspectiva, y me sorprendió enterarme de que mis hermanos no se embolaron en el auto, conduciendo a 10 km por hora, sino que vivieron toda la Ultra Buenos Aires con emoción, ansiosos por saber cómo iba a terminar todo. No hubo nada planificado, y no pudo ser más perfecto.

Ahora estamos decantando la carrera. Mi mamá, que no corrió, terminó tensionada y dolorida en las piernas (le dije que era “dolor empático”). Mis hermanos encontraron motivación para entrenar: apenas había finalizado la Ultra Buenos Aires, Matías se subió a la cinta en su casa e hizo un fondo de media hora. Santi fue a la plaza, a la que normalmente le da dos o tres vueltas, e hizo cinco. Mi papá, que es un pensador incansable, me regaló una reflexión: “Tal vez tengas que aprender algo que no deseabas aprender”. Para cerrar esa reflexión, me dijo que hay una diferencia entre lo que deseamos y lo que necesitamos. Yo deseaba terminar (y en tiempo), pero necesitaba pasar por esto, entender qué necesito mejorar y cómo hacerlo.

Para mi sorpresa, todos salimos enriquecidos. Por eso confirmé (más que nunca) que ganar no es llegar, y que aunque no estemos acompañados, nunca corremos solos.

Semana 35: Día 241: Trayendo un poco de tranquilidad al blog

Quizá esta aclaración sea innecesaria, pero la experiencia (fallida) de la Ultra Buenos Aires no me dejó deprimido. No estoy triste, ni enojado, ni desilusionado. Ayer escuchaba sobre un atleta que estaba muy golpeado porque en una carrera (creo que el Iron Man) había salido en el séptimo puesto. ¿Cómo puede alguien lamentarse por algo así? Me pareció un pésimo ejemplo… Creo que encontrarnos ante objetivos difíciles puede ser un motor para superarnos y salir más sabios de todo esto.

Sin dudas yo aprendí mucho, y ya hay cosas nuevas que quisiera intentar (o cosas viejas que di por sentado). Tengo nuevos objetivos a mediano plazo y a largo plazo. Mi viaje a Grecia no lo voy a posponer (aunque Vicky tuvo la gentileza de preguntarme si quería eso) y voy a seguir entrenando… y supongo que voy a seguir actualizando el blog, mientras decido cómo se acomodan los próximos meses.

Juandy, un gran amigo, comparó la Ultra Buenos Aires con Rocky I, en el que Balboa pierde contra Apollo Creed, y uno hincha por el Semental Italiano, a sabiendas de que en Rocky II va a ganar. Salvando las distancias entre el boxeo y el running (y las películas con la vida real), me honró esa comparación. Lamentablemente mi oportunidad para pre-clasificar era una sola, y no llegué. Por suerte, al igual que en el cine, la vida da revancha.

Creo que hubiese sido un tonto si me hubiese puesto mal. La posibilidad de no tener una chance era lo que me angustiaba. Comprobar que no estaba preparado (sin detenerme en los motivos) me da mucha paz interior. Puedo pensar en dejar pasar este año sin sentir que he perdido el tiempo, sino en que necesito 52 semanas más para correr 36 horas sin jugarme la vida.

Me quedan muchas cosas por decir de esta carrera, lo que aprendí, y sé que me quedé corto en los agradecimientos a todos los que me ayudaron. Todavía me queda mucha tela por cortar (pero poco tiempo durante el día para sentarme a hacerlo). Gracias a todos los que están escribiendo palabras de aliento, tanto en el blog, como en su réplica de Clarín y en el twitter. Hoy voy a visitar a mi grupo de entrenamiento, pero no creo que a entrenar. Aunque ganas… no me faltan.

Y quiero agradecer nuevamente a Brenda, que se acercó hasta Marcos Paz, quien vino a verme sin siquiera conocerme en persona (y ni siquiera llegamos a cruzar un saludo). Me alegra que haya podido presenciar un poco de la “cocina” que fue la Ultra Buenos Aires, y que haya sido una “loca” más que vino a verme correr. No dejen de visitar su blog, Chica que corre (el running desde adentro!!)

Semana 35: Día 240: Los 100 km de la Ultra Buenos Aires

Antes que nada quiero hacer la imprescindible aclaración de que esta fue la carrera que más feliz me hizo en toda mi vida. Algunos tendrán su propia fantasía de cómo es el Cielo, y yo me di cuenta de que la mía es todo lo que viví ayer. Tener a mi familia, a mis amigos y a mi perro acompañándome, dándome aliento, ayudándome, mientras yo exploraba mis límites, es lo más hermoso que me pasó en la vida.

Hubo mucha planificación para la Ultra Buenos Aires en poco tiempo. Era previsible que algunas cosas no salieran como las habíamos pensado. El pronóstico había anunciado que por fin iba a salir el sol para el fin de semana, y yo lo vi recién hoy domingo. Se suponía que iban a hacer entre 14 y 19 grados, y pasé un frío importante. Íbamos a largar a las 9 de la mañana pero un imprevisto nos obligó a empezar a las 10 y media. Así y todo, con esos tiempos demenciales para organizar una ultramaratón, las cosas no salieron como las habíamos pensado, pero podrían haber salido infinitamente peor.

Llegamos a Marcos Paz el viernes, después de un viaje complicado en tren. Estábamos Vicky, Oso Rulo (nuestro caniche), mis padres y yo. Los tiempos de combinación entre el ramal Once/Merlo y el de Merlo/Lobos eran muy acotados. Al ser feriado, la frecuencia del segundo era cada 1:20 hr. Pero llegamos justito… solo para enterarnos de que habían cancelado el servicio, y de que teníamos que esperar dos horas y media. Tomamos un taxi, negociamos el precio, y llegamos a La Posada. Paseamos un poco, pero más que nada nos relajamos.

Me desperté temprano, desayuné y preparé las cosas para correr. Nos golpearon la puerta y eran mis hermanos Santiago y Matías, que ya habían recontra jurado que iban a venir… y lo hicieron a tiempo. A las 8 estábamos en la plaza, desde donde iba a arrancar, y ya me estaba esperando Germán, mi entrenador. Lloviznaba un poquito, pero nada como para alarmarse. El tema fue que la gente de la organización no aparecía, producto de una emergencia familiar absolutamente entendible. Pero en ese momento, no teníamos forma de contactarnos. El resto estaba más nervioso que yo. 9 y media llegó Rodolf (así, sin la “o” final), nos asesoró sobre el trayecto, y se quedó controlando la salida. Luego se fue a esperarnos en Plomer, la ciudad donde iba a pegar la vuelta. Sincronizamos relojes y a las 10:30 en punto largué.

Todo el tiempo lo tuve a Matías manejando su auto a mi lado, y Santiago de copiloto. El resto, se quedó en la plaza. Me insistieron en que no corriese con la mochila, que era mucho peso, pero yo fui muy terco y quise tenerlo todo el tiempo conmigo. Me aferré a un argumento incuestionable: no me quería deshidratar. Después de algunas cuadras de asfalto tomé una calle entoscada, pero con bastante barro. Tomé por la vereda, mientras los lugareños me miraban, extrañados. El auto me esperó en la calle en la que tenía que doblar, en el km 2,5.

Fuimos derecho otros 5 km, y nos cruzamos con pocos vehículos. Es lo bueno de Marcos Paz, ciudad ideal para todo tipo de carreras. Doblamos a la izquierda en otra calle, un poco más embarrada, que desembocaba en la ruta 6 en el km 13, aproximadamente. El paisaje daba mucha paz. Nos cruzamos con las vacas, un puente sobre un arroyito, y la tranquilidad del campo. La colectora era, obviamente, otra historia, pero estaba muy poco transitada, así que pude correr por el asfalto. El tiempo era impecable: 5 minutos el kilómetro. Los chicos me sacaban fotos desde el auto y la subían a mi twitter.

Nunca vimos el cartel de Plomer para doblar (de hecho solo se ve en el sentido contrario), así que nos pasamos. Tenía que doblar en el km 21,5, y no lo hicimos. No hubo un perro en todo el recorrido que no nos haya ladrado cuando los cruzamos. Al momento en que mi gps dio 25 km exactos, me detuve. Quise, por precaución, ponerme Voltaren en las rodillas. El último tramo, en la ruta, era mucho más frío, así que me puse un buzo, una gorra y un pantalón largo. Tuve suerte de tener todo eso en el auto, porque se suponía que el clima iba a ser otro.

La vuelta fue más dura. Al principio mantuve el ritmo, el tiempo me iba a sobrar con comodidad. Pero… empecé a bajar. El muro. Cuando pasé el km 30 ya estaba en 5:38 de ritmo, y me costaba mucho bajarlo. Vimos un auto estacionado en la banquina, eran algunos compañeros de los Puma Runners que no habían podido estar en la llegada, pero que venían a hacer el aguante. Me empecé a cansar, el Gatorade de la mochila me empezó a asquear, al igual que los geles. Intenté comer un mix de frutas secas, pero la nuez y las almendras me cayeron muy mal. Empecé a caerme anímicamente.

Solo me pudo ayudar Juli, compañero de grupo, que se bajó del auto y empezó a correr conmigo. Me dio un poco de pánico, no podía controlar mi cuerpo (cansancio, respiración, dolores musculares) y empecé a correr 400 mts y trotar lento 100. La meta me parecía cada vez más lejana, pero mis hermanos me pedían tranquilidad, tenía tiempo de sobra. Con esos cambios de ritmo los kilómetros pasaban más rápido. Le pedí a Juli que no me esperase, que fuese a su ritmo para que yo pudiese alcanzarlo. Pedí agua, pero no había. El auto de las Puma Runners se fue a llenar una cantimplora mientras intentaba seguir avanzando. Cada vez me costaba más, y mis aspiraciones de terminar se iban desvaneciendo. La cabeza me pedía parar todo el tiempo. Caminaba y trotaba alternadamente, con Juli dándome aliento, felicitándome cada vez que corría. En el km 37 se acabó el Gatorade, me saqué la mochila y se la di a Santi. Confieso que me ayudó un poco sacarme ese peso.

Finalmente llegó el agua junto con las chicas. Yo solo pensaba en llegar a la meta, que era justo la mitad de la ultra, y sentarme un momento. No había nada salado, y nunca deseé tanto comer pretzels. Pensando en alternativas me terminaron comprando pan. Fantaseaba con ese instante, sentadito, cambiándome las medias, masticando un miñoncito. Rodolf nos alcanzó en bici y me dio más agua. Sorteamos los caminos de barro, y empecé a tirar un poquito más. Juli fue mi salvador, y cuando ya reconocí la zona cercana a la plaza subí un poquito la velocidad. Ahí los vi a todos esperándome, mucha gente que había llegado, amigos, hasta se vino Brenda, amiga de este blog, con la ilusión de correr unos kilómetros. Pero el cambio de recorrido y el frío la desanimaron.

Fue un golpe anímico que no me dejasen detenerme un segundo. Quizá se me veía el cansancio en la cara. Después de todo habían sido 50 km en 4 horas y media. Si seguía bajando el ritmo, no iba a llegar dentro del límite de las 10 horas y media. Entre todos los que me esperaban estaba mi eterno compañero de aventuras Marcelo, listo para acompañarme 50 km todo el tiempo. También se sumó otra Puma Runner, Marian, y le pude dar un beso a Vicky, que me esperaba feliz. Estaba muy contento de verlos a todos, pero casi a las patadas me mandaron a que siga. El consejo era bueno, no me tenía que enfriar. Pero anímicamente venía muy golpeado.

Solo me acompañó el auto de mis hermanos, al que se le sumó Vicky y nuestro perro. Caminé varias cuadras, hasta que le pedí a mi hermano que parase el auto. Me senté, me saqué las medias, me unté de Voltaren, y me tomé todo el tiempo del mundo. Necesitaba ese momento de tranquilidad. Era lejos de la meta, nadie me veía más que los presentes. Largamos entre las calles embarradas, pero no encontraba el ritmo. Sentía un poco la presión del reloj, y los chicos me arengaban para que no afloje. Con Marcelo empezamos a hacer cambios de ritmo, 100 metros caminando y 400 en progresiones. Marian seguía a su ritmo, y cada 500 metros la alcanzábamos. Así empecé a sentirme un poco mejor, y comprobé que es una muy buena estrategia de ultramaratón. Me agitaba, pero caminando me recuperaba.

Con eso avanzamos casi 10 km, seguidos por unos molestos perros que se cruzaban todo el tiempo. No pude más, me dolía el estómago. Vicky me cuidaba desde el auto, y Oso Rulo, angustiado por mi calamitoso estado, lloraba. Se me hizo un nudo cuando ella me dijo, con ojos llororos, que yo podía, que ella también había querido abandonar en otras carreras y que yo la había ayudado a seguir. Mariconeando de una forma que no me suele caracterizar, seguí avanzando, frenando y trotando. Llegamos a la ruta, y pedí descansar un poco. Estaba destruido, empapado y con frío. Me prestaron ropa seca, más abrigo, y me sacaron para que siga corriendo. Intentaba no preguntar la hora, sentía que no llegaba. Pero igual no quería abandonar. Igual fantaseaba con comer un plato de pastas e irme a la cama, calentito.

Empezaba a hacerse de noche. El sol se asomó un segundito, pero no lo suficiente. En promedio, el día había estado horrendo, y ahora se empezaba a ir la única fuente de luz. Se cruzaron en auto ese grupete de amigos que no tiene nada que ver con el running, y que venían de lejos a interceptarme. Intenté que me viesen fuerte, sin caminar, pero las piernas me mataban. La cabeza, insistentemente, agregaba excusas para detenernos. Marcelo y Marian, que venían acompañando todo el tiempo, se ofrecieron a elongarme. Me tiré a un costado, en el pasto, y cuando empezaron a estirarme sentí unos dolores horribles. No contuve mis gritos de dolor, lo que hizo que todos se bajasen de los autos a verme. Vicky me hizo masajes en la espalda y se ofreció a correr conmigo. Se cruzó un nuevo auto Puma Runner, mientras se hacía más de noche.

Cuando finalmente pegamos la vuelta, mi estado era calamitoso. No tenía energías, y solo quería volver (pero en auto). De pronto se apareció Germán para correr conmigo, y hasta dos amigos míos, Juandy y el Colo, empezaron a trotar EN JEAN. Estaba rodeado de afectos (Oso Rulo dormía en el asiento de atrás del Clío de mi hermano), toda esa sinergía a mi alrededor, pero cada vez rendía menos. Pedí un gel y agua para bajarlo, y en el km 77 lo vomité. Mi cabeza quería abandonar desde hacía 45 km, esta vez mi cuerpo le daba la razón. Se había terminado, en ese instante, mi ultramaratón.

Empezamos a caminar, todos juntos, mientras yo seguía con arcadas y eructos (no era mi mejor momento). Estaba empapado de transpiración, así que me consiguieron más ropa seca. Los músculos de las piernas daban puntadas de dolor por todos lados, y me sentía a centímetros de un calambre. Lo más probable era que me hubiese deshidratado (solo hice pis una vez en esas ocho horas, el resto se me fue transpirando). El tema con la deshidratación es que no tiene vuelta atrás. Caminamos en la oscura colectora, solo iluminados por los autos que nos escoltaban. Había dos opciones, volver en auto o terminar a pata, por el orgullo. Me sentía sereno, quizás algo triste, pero no demasiado. Estaba rodeado de amigos, con mis hermanos, de la mano de mi novia. Me sentí más acompañado que nunca. Todavía quedaban dos horas para la hora límite, pero solo convirtiéndome en un keniata podía llegar.

Después de un rato decidí que era mejor volver en auto. Pensaba en todos los que me estaban esperando, y como el objetivo de las 10 horas y media ya no los iba a poder alcanzar, no tenía tanto sentido seguir por orgullo. El cálculo daba que me iba a tomar cuatro horas para volver caminando. Nos repartimos en los dos vehículos y con bastante dolor me senté y subí mis piernas. Estaba muerto de frío, y me sentía extremadamente agotado. Llegué a la plaza y los que todavía estaban me recibieron con un aplauso. Fue un momento muy emotivo.

Obviamente fuimos a comer, y cumplí mi sueño de ese plato de pastas, aunque en ningún momento me desabrigué. El resto estaba en remera de manga corta, y yo con doble campera.

Si me hubiesen preguntado hace una semana cómo me podía llegar a sentir si no podía terminar la Ultra Buenos Aires, hubiese respondido algo completamente diferente a lo que terminó pasando. ¿Cómo podía quejarme? Había dado todo lo que tenía. No frené por miedo, sino porque no podía más. Más de 20 personas se habían movilizado hasta Marcos Paz solo para verme. Me acompañaron en momentos de mucha angustia y tensión. Ni siquiera me imaginaba que mi hermano Matías iba a poner su auto a disposición toda la carrera, para avanzar a mi lado, a paso de hombre. Era sábado, sánguche entre feriado y domingo, seguro que todas esas personas tenían cosas interesantes para hacer ese día. Sin embargo, eligieron venirse hasta ese pueblo para alentar y acompañar. No me importó no haber terminado, corrí, sentí todo ese afecto, y aprendí muchas cosas de organizar y correr ultramaratones.

Marcelo me dijo una frase que no la voy a recordar con exactitud, pero la podría parafrasear de la siguiente forma: Los sueños no se cancelan, se posponen. Esto fue un primer intento. Ya voy a conquistar los 100 km de running, a mi tiempo. No va a ser este año, pero ya tengo gente que se ofreció volver a acompañarme. Y la gente de Salvaje se quedó contenta con la experiencia, y propusieron repetirlo el año que viene. Quizá es todo lo que hace falta, un loquito mandándose a conquistar solo un desafío, y sus seres queridos acompañando y ayudando. Así debe ser cómo nacen las carreras.

image

Escribo estas líneas desde la cama, intentando descansar algo.  La verdad es que estoy destruido han sido un día de mucho esfuerzo, en el que aprendí sobre el apoyo de tus amigos y de tu familia, y hasta el de tu perro.
Pido disculpas porque necesito un día más para procesarlo. Mañana mi reseña… Paciencia.

Semana 35: Día 238: El recorrido oficial de la Ultra Buenos Aires

Entre todos los compromisos por sus constantes eventos deportivos, la gente de Salvaje finalmente estableció el recorrido de la Ultra Buenos Aires. Son 100 km, y siempre barajamos la posibilidad de armar un circuito chico para que cualquiera se sumase a correr lo que quisiese. Bueno, como que al final es así y no es así.

La Ultra va a tener un recorrido de 25 km, empezando desde la Plaza de Marcos Paz (Belgrano y 25 de Mayo) hasta la entrada del Club de Parapente. Ida y vuelta es la mitad de la carrera. Vamos a tener el cronómetro y un gazebo en la largada, así que cualquiera que venga por sus propios medios nos va a encontrar fácilmente.

El recorrido del circuito es:

Largada Plaza de Marcos Paz (200 mts de asfalto) hasta llegar a un camino de tierra firme (entoscado). Ahora que paró de llover va a estar más transitable (todos los otros caminos posibles estaban bastante anegados). En el km 13 llegamos hasta la ruta 6, de asfalto, y corremos por la colectora. En el km 21,5 ingresamos a Plomer, por camino de tosca, y frente al Club de Parapente pegamos la vuelta. Ah, el Google Map es una cosa maravillosa.

Nos vamos a manejar con autos, así que quienes me quieran acompañar 25 km saliendo desde la largada no tienen que volver a la ciudad en Parapente.

Estoy muy nervioso. Pero a la vez muy contento de poder hacer esto. Estoy muy agradecido con la gente de Salvaje que está poniendo recursos para que pueda cumplir este sueño helénico. Lamentablemente no pudimos cerrar las posibilidades de los auspicios/donaciones, pero se abrió una puerta para hacerlo cuando corra la Espartatlón. Así que los contactos no fueron en vano (y si la idea es donar cierta cantidad de dinero por cada kilómetro que corra, con 246 se van a tener que poner bastante más).

Les recuerdo, para los que no se manejen con auto, que a Marcos Paz se puede llegar en colectivo (el 136 desde Primera Junta), o en el recientemente “desconsesionado” tren de la Línea Sarmiento, hacia Merlo, para combinar luego con el que va a Lobos (hasta la estación de Marcos Paz). Consultar primero los horarios, porque tienen poca frecuencia.

Mañana quizá haga un posteo temprano, antes de largar, y deje la reseña de este desafío para el domingo. Ahora me voy a Once, a tomar el tren, para pasar el resto del día en Marcos Paz, intentando bajar un poco las revoluciones…

Semana 34: Día 237: Llegaron las remeras de la Ultra Buenos Aires

Lloren, chicos, lloren.

No, no lloren, es mía. Es todo lo que daba el presupuesto.

Me informan que otro medio para llegar a Marcos Paz es el 136 desde Primera Junta. Debe ser un buen tirón, pero no es una ciudad tan aislada de la Capital como algunos creen.

Al final decidimos que Marcelo, mi eterno co-equiper, me va a acompañar (y hacer de liebre) en la última parte. Llegará tipo 2 de la tarde, y a partir de ahí me ayudará a mantener el ritmo hasta la meta. Ayer corríamos juntos, 10 km, el diez por ciento de la Ultra Buenos Aires, y me dio bastante cagazo… Pero bueno, es cuestión de no aflojar. Nunca lo hice, no voy a empezar justo este sábado.

26 de mayo, 9 de la mañana. Calculo que empezaremos al costado de la plaza de Marcos Paz. Busquen un grupo de gente con un perro caniche. Es Oso Rulo, y me va a acompañar a cruzar la meta, cuando haya corrido los temidos 100 km…

Semana 34: Día 236: Queda poco tiempo para la Ultra Buenos Aires…

Me encanta que haya gente que pregunte si se pueden inscribir en la Ultra Buenos Aires, y cuánto hay que pagar. Y lo preguntan en serio. El día que organicemos una carrera en serio, hacemos un desastre (pero en el buen sentido).

Ayer salió un informe en América sobre el estado de la Ruta 6. Que es la que va a Marcos Paz. Aparentemente solo el Frogger podría cruzarla (referencia para los niños de la década del ’80). Por otro lado, un amigo me adjuntó un link sobre una planta donde se queman residuos, y el olor fétido preocupa a los vecinos marcopaceños (?), que la quieren lejos (más lejos todavía, en lo posible cerrada para siempre). Nada que me amedrente. Porque voy en tren y tengo la nariz tapada.

Seguramente hay recorridos alternativos para llegar, que yo, como peatón, desconozco por completo. Aparentemente Vicky y yo no somos las únicas personas sin auto en la Argentina, así que quienes deseen ir en transporte público pueden tomarse el terrorfífico tren de la línea Sarmiento, el que va a Merlo. Luego de 14 estaciones se hace combinación con la locomotora que va a Lobos, y la cuarta estación es la de Marcos Paz. Requiere algo de astucia combinar los distintos servicios para no quedarse esperando 50 minutos a que pase la siguiente formación, pero está todo bastante organizado en la página web de TBA.

Mientras tanto sigo avanzando con mi dieta de alta cantidad de hidratos. También estoy tomando mucha agua, y cada media hora voy corriendo al baño. Espero que no me pase esto durante la carrera…

Estos días lluviosos seguramente han dejado el recorrido bastante intransitable. Esperemos que se seque todo para el sábado. Si no la gente de Salvaje Oudoor va a buscar un camino alternativo por la colectora de la ruta 6. Sí, esa que salió en las noticias con pozos donde podrías llegar a perder tu auto adentro.

Pero me siento con fe. Creo que va a salir todo muy bien. Ni siquiera el trabajo que se acumula y acumula (felizmente) quita mi atención de este objetivo. Pasado mañana ya voy a estar haciendo el chek-in del hotel… y al día siguiente estaré sacándome toda esta ansiedad de adentro y corriendo la carrera de mi vida. Eso es, hasta que finalmente participe de la Espartatlón…

Semana 34: Día 235: Solo soy un tipo cabeza dura

A veces tengo cuidado cuando hablo de mí. Básicamente lo hago todos los días, tecleando alguna partecita de mi vida, o de temas que me interesan. Cuando empecé con Semana 52 recibí un comentario de alguien quejándose de ciertos corredores que solo buscaban aparentar, que se obsesionaban con tener la remera de la Maratón de New York aunque no la hubiesen corrido, y remataba con que los soberbios escribían un blog. Y bueno, odiaría que alguien piense que me la creo, porque está bastante lejos de mi forma de ser.

Espero que ayer alguno haya escuchado la entrevista que me hicieron en Radio Rivadavia. Hice un gran esfuerzo por modular, por ser concreto y por explicar todo de manera simple. Y me encontré con una situación recurrente (que también viví en otras charlas radiales), y es que me hicieron sentir como que yo era un tipo que hacía cosas imposibles. Me ponían en un pedestal inalcanzable, y no es así. Soy una persona insegura, que tiene a miles de personas en pedestales, que pocas veces se conforma con lo que hace. Tengo una virtud y es constancia y determinación, pero si tengo que ser sincero, yo siento que no soy lo suficientemente constante ni lo suficientemente determinado. No siempre me alcanza, y hasta creo que podría estar dando más.

Vendría a ser una mezcla entre inseguridad y modestia, pero también porque yo alguna vez puse a los atletas en un pedestal. Se me hacía que me tenía que conformar con el cuerpo que tenía, y que nunca iba a poder correr más de 10 km. Lo cierto es que la diferencia entre entonces y ahora es que ni siquiera lo intentaba. Me quejaba, deseaba, soñaba, pero todo quedaba ahí, en una falsa intención. Muchas cosas cambiaron para mí el día en que pensé que con intentar no perdía nada. Que con fracasar y seguir intentando tampoco. Aguantar 52 semanas y nada más, no sonaba como algo demencial o imposible.

Algunas personas se me han acercado por este blog y cuando me aclaraban que también corrían, se sentían en la obligación de aclararme que ni a palos hacían lo que yo hago. Yo no soy parámetro de atleta, si bien puedo tener resultados en carreras que son buenos, estoy muy lejos de los punteros. Soy de los que se contenta con estar lejos de los últimos, en lo posible en la primera mitad (y la gloria es llegar en los primeros cuartos). Pero tampoco tiene demasiado valor, porque lo que realmente me pone contento es mejorar mis marcas, tampoco es que me desvive ganarle a una persona que no sea yo. Y no tengo pasta de campeón, ni un físico privilegiado, ni nunca voy a hacer un récord. Por fortuna son cosas que no me interesan, porque lo único que tengo que me puede diferenciar de otros corredores es que soy cabeza dura. Ya está, confesé mi secreto. No hay más que eso. Tengo que reconocer que también he tenido suerte, y que esa terquedad no me lesionó o me hizo pasar por un momento traumático que me alejó del running. Creo que el mérito ahí es de mi entrenador, Germán, que aunque supo dejarme “libre” también me cuidó, y en cierto punto de los consejos de Romina, mi nutricionista.

No creo que sea mejor que nadie. En todo caso me encantaría que me vean como un igual. Yo soy el gordito al que mandaban al arco. El que se asustaba cuando corría demasiado rápido y frenaba. El que se lamentaba por no tener un cuerpo atlético y canalizaba esa frustración comiéndose un cuarto de miñoncitos con Mayoliva. Yo estaba seguro de que jamás iba a abandonar las papas fritas saborizadas, y hasta llegué a considerar que ir a McDonald’s era otorgarme un festín. Por eso, cuando alguien me dice que ni a palos corre todo lo que yo corro, pienso que unos años atrás hubiésemos invertido los roles, y yo me hubiese maravillado de mi interlocutor. Para mí 3,5 km, la carrera obligatoria del secundario, era interminable (e imposible). Lo que yo hago requiere ser un poco cabeza dura. No hay más secretos que ese. Dejar de desear, animarse, y no rendirse con facilidad. Es algo que lo puede hacer cualquiera.

A %d blogueros les gusta esto: