Semana 29: Día 199: Los 100 km de Patagonia Run 2012

¿Y si mi vida dependiese de correr? Si tuviese que esforzarme durante horas y horas por mi integridad o la de otros, como hizo Filípides hace 2500 años… ¿hubiese podido? ¿Algo hubiese cambiado?

No, no me planteaba ninguna de estas cosas mientras corría alguno de los 100 km de la Patagonia Run. Más bien pensaba en el clásico “¿Qué #@%&* hago acá?”. Yo fui a correr a San Martín de los Andes, ilusionado con probarme en una ultramaratón y ver cómo vengo respecto a mi entrenamiento para la Espartatlón, en septiembre. Pero tuve poco de “run” y mucho de “trail”, “climb”, “fall” y “pain”.

Con Vicky veníamos planificando este viaje desde enero. Pagamos la inscripición y contratamos un plan de traslado y alojamiento de la organización que era imposible superar. El viaje de ida fue largo, 22 horas, pero la pasamos muy bien. Cada persona es un mundo, pero en general los corredores encontramos elementos en común y nos identificamos mutuamente. Por eso, en el micro, ya empezamos a hacer amigos y a compartir consejos. “¿Qué vas a comer durante la cerra?”. “¿Llevás algo de abrigo?”. “¿Cuántas horas creés que vas a ponerle?”.

Como teníamos en mente dar nuestro mejor desempeño, desde el fin de semana anterior veníamos con una dieta que contenía muchos hidratos de carbono y poco (al principio) y nada (al final) de fibras. Nos hidratamos, intentamos cansarnos poco, pero aprovechamos el bellísimo paisaje de San Martín de los Andes y caminamos, paseamos en barco, e hicimos un picnic en la costa del lago. Un pedacito de felicidad que compensó el padecimiento del día después.

Como los 100 km que corría yo empezaban a las 2 de la mañana, en lugar de arrancar el sábado, para mí era como que todo comenzaba el viernes a la noche. Vicky hacía 63, y su largada estaba pautada para las 8:30. Cené arroz con lentejas y huevo, saborizados con un poco de mostaza, cerca de las 7 de la tarde. Dormí unas tres horas, y a la medianoche desayuné chocolatada con algo de pan que habíamos comprado por la tarde. Desayuno de campeones. Tenía todo preparado en el bolso: bastante hidratación, comida de marcha, y alguna muda de ropa. Me preocupaban las medias, porque se suponía que nos íbamos a mojar los pies.

Estaba abrigado, pero ligero: Una gorra windstopper, que me regaló Vicky (demostraría ser mi MAYOR aliado contra el frío), un pañuelo, un cuello de polar, una remera de manga larga (encima la casaca de la carrera), un buzito semi-impermeable y rompeviento, un par de calzas largas (otro regalo de Vicky), encima pantalones cortos (donde abroché el número dorsal), el doble par de medias (finas abajo y normales encima) y las zapatillas de trail que prometí jubilar en este evento. Debería haberlas tirado allá, pero por nostalgia las traje, y ahora están ventilándose en el balcón.

Caminamos junto con otros corredores al centro, desde donde salía el micro que nos iba a alcanzar hasta la meta. Hacía frío, se sentía, pero la ropa parecía que me iba a ayudar a soportarlo. Faltaba el factor de entrada en calor, pero era cuestión de arrancar. El nerviosismo se sentía en todos. Seríamos unos 160 corredores que intentábamos hacer los 100 km, distancia debut para esa competencia. Me sentí un privilegiado por haber podido dormir, porque parece que fui el único. Los de 84 arrancaban a las 4, y las siguientes distancias se iban repartiendo a lo largo de la mañana, siempre saliendo desde un cuartel militar. No soy bueno con los nombres de la geografía, esa es la especialidad de Vicky. Todavía hoy le pregunto la altura de aquel cerro por el que yo corrí y que no estaba en su circuito, pero ella retiene todos esos datos con más facilidad. Lo cierto es que, si mi machete no me falla, empezamos a 750 metros sobre el nivel del mar, y apenas largamos, super puntuales, comenzamos a subir.

El suelo era de tierra, y la trepada era bastante más empinada de lo que estaba acostumbrado. Íbamos en fila india, porque no había mucho espacio. Yo llevaba bastones enganchados en la mochila, pero no tenía espacio para alcanzarlos, además de que todavía estaba con mucha fuerza. La subida pareció interminable (pero no era nada comparado con lo que vendría después). Llegamos al primer centro de hidratación llamado Rosales, a 1000 mts snm. Intenté no detenerme demasiado, porque llevaba mucha agua y alimento. La gente del control anotó mi número y seguí. Era el kilómetro 7.

Seguimos ascendiendo hasta el Filo del Lolog, a 1350 msnm. La cima estaba en el kilómetro 11, y apenas la cruzamos empezamos a bajar, en un ángulo tan abrupto como la subida. Pero… como dije y diré varias veces, no era lo peor… Poco después del km 12 estaba el segundo puesto de asistencia, llamado Pizales. A metros de llegar, tropecé con una piedra y me fui de trompa al suelo. Fue la primera vez que me caí en la carrera. Dejé de contar en la vez número 10. Aproveché para tomar un mate cocido. Hacía frío, pero lo soportaba. Igual vi a otros corredores temblando e intentando entrar en calor. Venía casi parejo con dos atletas con los que hice buenas migas, Daniel y Joaquín. Me superaban ampliamente, por eso salí antes que ellos, porque sabía que me iban a alcanzar (y a pasar).

Continuamos subiendo, y los trayectos donde efectivamente podía correr eran muy pocos. Cuando no estaba trepando a paso lento, tenía que bajar, con cuidado de no matarme. Todavía era de noche, con visibilidad mínima. Solo podía ver lo que iluminaba mi linterna frontal. El cielo estaba súper estrellado, pero era imposible poder disfrutar del paisaje. Un poco más arriba de los 1200 mts, por el kilómetro 21 aproximadamente, estaba el tercer puesto de asistencia, Corfone. Salimos juntos con Daniel y Joaquín, todavía era de noche. Yo miraba el reloj, pensando en Vicky, si dormía o estaba despierta. Quería llamarla para contarle todo lo que fui aprendiendo: que los bastones eran imprescindibles, que las polainas venían muy bien para mantener la tierra afuera de dlas zapatillas, que cuide las piernas en las subidas. Pero tenía el teléfono muy guardado y ella recién se iba a despertar a las 6. Decidí esperar al puesto del Cerro Colorado.

Hasta ese momento podríamos decir que hacía frío. Pero con un mínimo de equipamiento, estabas bien. Andábamos a oscuras, esquivando ramas y piedras apenas las iluminaban nuestras linternas. Me costaba seguirle el paso a Daniel y Joaquín, me daba cuenta que ellos tenían experiencia en montaña. Yo, en ese entorno, hacía un poco de agua. El ascenso era interminable, y empecé a ver corredores desabrigados abandonando. Los brazos empezaban a doler por ayudarme con los bastones. Intentaba no quedarme atrás, pero se hacía imposible. El suelo empezó a cambiar: lo que antes era tierra ahora eran piedras, que Vicky las llamó “escoria” (creo que es el término científico). Empezó a bajar la temperatura todavía más. Al no haber árboles, el viento se hacía sentir. Alguien dijo que la térmica había llegado a 7 grados bajo cero. Estando ahí, no creo que hayan exagerado. Estaba bien de abrigo, pero costaba respirar. Ya me venía sonando la nariz a cada rato, por el frío era una canilla goteando. Me cubrí bien la boca, apreté los dientes, y seguí. Sentí una desolación indescriptible. No sé por qué me imaginé a los chicos que fueron a combatir a Malvinas, los hice enfrentando climas tan poco amigables como ese. Zafé del frío bastante bien, excepto por las manos. Aunque estaba enguantado, las tenía rígidas. Apenas podía sostener los bastones.

El suelo era extraño. Si bien las veces que veíamos pasto estaba escarchado, esto era como un cúmulo de piedras unidas por hielo. Pisaba y sentía que caminaba por una bebida frozen. No sé cuánto tardamos en llegar a la cumbre, pero el tiempo no pasaba, y era un tanto desesperante. Quería llegar al siguiente puesto y tomar algo caliente. Moría por un mate cocido. Me caí dos veces, sobre piedras afiladas que parecían de vidrio. El cansancio y el frío multiplicaban mi torpeza.

Pero a paso lento y constante también se avanza. Llegué a la cima, a 1774 metros sobre el nivel del mar. Estaba en el kilómetro 30 de la carrera. Absolutamente exhausto, recordaba que me esperaban otras cumbres, menos altas pero más escarpadas. Sentí una gran desilusión al ver que el puesto de asistencia no estaba en la cumbre. Un muchacho de la organización me dijo que estaba a 45 minutos. La bajada era casi una pared vertical. Iba con cuidado, intentando no caerme (cosa que no siempre lograba). A mi lado pasaban corredores que parecían cabras montesas, bajando a los saltos y a toda velocidad. No me animé a imitarlos, y decidí cuidar mi integridad física. De ese lado de la montaña había menos viento, y recuperé la sensibilidad en mis manos. Ya el mate cocido no me parecía tan necesario.

Mientras bajaba, bajaba, y bajaba, miraba el reloj. Sentía que el tiempo me corría, y que iba a perder la oportunidad de llamar a Vicky. Pero no había señales del puesto. Todo era oscuridad, y las cintas refractantes que marcaban el camino a veces se confundían con luces de lo que podía llegar a ser un asentamiento. Luego de bajar hasta casi 1000 msnm, y en el kilómetro 34, finalmente llegué al Puesto Colorado 1 (el número tenía que ver con que volveríamos a pasar por él en otra instancia de la carrera). Me senté un momento, me tomé un té (no había mate cocido) y saqué el teléfono. Eran 7:40, realmente había tardado muchísimo más de lo que me imaginaba. Llamé y llamé, pero Vicky ya tenía su celular apagado (era lógico, su largada era en 20 minutos). Más tarde supe que otros corredores eligieron este puesto para abandonar, con principios de hipotermia.

Por fortuna el sol empezaba a asomarse. A poco de salir de este puesto pude apagar la linterna y disfrutar del hermoso paisaje que nos rodeaba. En algunos puntos estaba solo, no se veían otras formas de vida que no fuesen árboles o pasto, y daba una sensación agridulce muy extraña. Reconocías que era bellísimo, y a la vez había una soledad apabullante. Los troncos, blancos y secos por el frío, daban un aspecto fantasmagórico. Cruzamos un pasto con una tierra húmeda y blanda, un alivio para los pies. Duró poco, pero fue como correr sobre alfombra. Eso nos llevó a una cantera muy empinada, con rocas sueltas.

Fui enganchándome con otros corredores a medida que avanzaba. Intercambiábamos unas pocas palabras y me pasaban o yo me adelantaba. El tobillo derecho me dolía, por las dos o tres veces que me lo había torcido. Poco antes de llegar al kilómetro 40 empezó el ascenso al Cerro Quilanlahue. Eran “solo” 1650 metros sobre el nivel del mar, con una pendiente mucho más pronunciada. Subir fue tortuoso (todavía más). Clavaba los bastones, que se empezaban a doblar y a despedazar. Ya en este punto corría a pura fuerza de voluntad, aunque correr es un decir, porque había poquísimos tramos planos en los que trotar. Fui charlando con dos chicos de Mendoza, lo que hizo el trayecto más ameno. Finalmente hicimos cumbre, era el kilómetro 42 de carrera. Desmoralizaba tanto pensar que no estaba ni en la mitad de la carrera…

Me sorprendió ver que el reloj con GPS que me prestó mi amigo Marcelo se la seguía bancando. Mi idea era usar dos, como para medir todo el principio y todo el final de la carrera. Poco se podía confiar en la gente de la organización (en su gran mayoría gendarmes) que cuando les preguntabas a cuánto estaba el siguiente puesto, te decían “A 15 minutos”, y resultaba que faltaba hora y media. La bajada del Quilanlahue fue también terrible. Muy empinada y con un suelo como si fuese arena, invitaba a tirarse como haría uno en los médanos, pero estaba lleno de piedras. Aunque el clima estaba un poco más agradable (andaría entre los 5 y los 10 grados) me quedé con las calzas largas y los guantes, porque demostraron ser muy útiles para protegerme de las piedras, las espinas y los abrojos.

Fui bajando de costado, frenándome con esa tierra arenosa y gris. Se me metía en las zapatillas, pero no quería detenerme. Aunque sentía que avanzaba rápido, varios corredores me pasaban, casi por encima mío. Dicen que no es bueno bajar con bastones. A mí me daba miedo caerme, pero en una oportunidad uno se enganchó con un matorral y quedé clavado, sin poder avanzar. Mientras lo sacaba, más atletas me pasaban. Estaba alternando tramos de trote muy cortos con largas caminatas. Entonces se activó el entrenamiento. ¿Cuántas veces había entrenado haciendo cambios de ritmo? Prácticamente todas las semanas. Así que empecé a hacer 4×1: 4 minutos corriendo, uno caminando y recuperando el aire. Intenté ser fiel a mi propio plan, y aunque tuviese cuestas, intentaba trotarlas si eso era lo que me tocaba. Entre las millones de cosas que me pasaban por la cabeza, me cantaba dos canciones, todo el tiempo: “No me dejan salir“, de Charly García, y “Bolero de los Celos“, de Les Luthiers. No sé por qué. Quizá porque una dice todo el tiempo “Estoy verde”, que es como me sentía, y la otra habla de “Cómo lastiman los celos” (aunque, en este caso, el dolor tenía otro origen). Otra cosa en la que pensaba era en el episodio de Los Simpson en el que la familia va a jugar a los kartings. La madre dice “Lento y constante gana la carrera”. Cuando todos la empiezan a pasar y a sacarle varias vueltas, ella piensa “Apégate al plan, Marge”. Esas cosas eran las que pasaban por mi mente. Que estaba verde, que me dolía todo y que me tenía que mantener en esa estrategia.

Los árboles, con todos los colores que ofrece el otoño, eran un espectáculo. Casi se podía disfrutar, por encima del cansancio y el dolor físico. Vi una columna de humo, y supuse que estaba llegando al puesto. Bajando por un sendero menos empinado, me animé a correr. Ese camino se unía con uno de tierra, justo frente a la tranquera de un establo. Ahí mismo me caí y rodé sobre mí mismo. No podía creer la cantidad de tropezones que estaba sufriendo. Pero excepto por el tobillo derecho, ninguna caída me estaba dando problemas.

Por el kilómetro 46 estaba el Puesto de Asistencia Quilanlahue 1. Ahí decidí tomarme mi tiempo, porque los pies me estaban matando. Me saqué un kilo de tierra de cada zapatilla, y tiré mi doble par de medias que estaban totalmente agujereadas. Me puse un nuevo par, me hidraté, comí unos cuantos pretzels (que me funcionaron DE MARAVILLA) y salí nuevamente. En el kilómetro 48, llegando a un arroyo donde había que meter las patas sí o sí, el reloj que me había prestado Marcelo dijo basta, y se apagó. Aguantó 9 horas. Gracias, amigo, por haberme hecho más llevadera esa media carrera. Decidí guardar el mío para más adelante.

Pensaba mucho en Vicky, en lo difícil que estaba siendo esta carrera para todos. ¿Cómo estaría? ¿Aguantaría? Me angustiaba pensar en que el dolor o el agotamiento la obligaran a frenar. A ella le daba un poco de miedo ir sola, y yo no tenía forma de comunicarme con ella.

Haber tardado esas 9 horas en cumplir la mitad del recorrido me preocupó mucho. Eso podía significar que me esperaban otras 9 horas. La meta se cerraba a las 20:30, y si tardaba 18 horas, me ubicaba muy cerca del límite. Pero mis compinches mendocinos me aseguraban de que ya había pasado lo peor, que el resto se hacía mucho más rápido (no lo sabían entonces, pero estaban muy, muy equivocados). Atravesamos un poco de campo y aparecieron varios arroyos. Decidí dejar de mariconear y meter los pies y mojarme. Dicen que eso ayuda a deshincharse, y realmente se sentía agradable. Hacia el kilómetro 54 que nos encontramos con el lago Lacar. Teníamos que avanzar por una costa de piedras redondas, como cantos rodados. Algunas eran muy grandes, y con cada paso de mi pie derecho (el del tobillo que dolía) sufría una agonía. Frustrado, veía cómo otros corredores avanzaban con facilidad, mientras yo quedaba atrás y solo.

Muchas cosas pasaban por mi cabeza. Principalmente, que no estaba preparado para correr en montaña. Quería llegar, el reloj me decía que supuestamente estaba todo en marcha, pero estaba tardando más de lo que había planeado. Nos metimos nuevamente en el bosque, y luego de subir y bajar, llegamos al puesto de Quechuquina. Por una confusión de la organización, y porque ya no tenía GPS, me pasaron mal la distancia y en mi mente iba 10 km más adelantado de lo que realmente estaba físicamente. Pero mientras no lo supe, seguí avanzando. Me hidrataba y comía, en especial geles. Hacía cuentas mentalmente de a cuánto estaba el siguiente puesto, pero nunca llegaba. Después de una alternancia exasperante de trepadas y bajadas, llegué a un puesto de hidratación (que no es lo mismo que “de asistencia”), en el kilómetro 67. Vi a unos jóvenes, radiantes y llenos de vida, que repartían bebida, y no pude evitar decirles “Chicos, nunca hagan esto. 10, 20 km está bien, pero más es una locura”. Y así, en ese estado de demencia, seguí mi marcha.

Trepé, trepé y trepé un poco más, por bosque, saltando troncos, piñas, piedras. Me di la cabeza contra un tronco, con todo. Me dio en la sien, ni lo vi. El gorro me protegió, y no pasó a mayores. Pero sin eso era seguro un feo raspón con sangre. Sorprendentemente me perdí pocas veces, el camino estaba muy bien marcado. De vez en cuando me cruzaba a un corredor, y me preguntaba si ese era el anteúltimo y yo el que iba al final. Me tomé las cosas con calma. “Apégate al plan, Marge”.

Extrañaba con locura a Vicky y a nuestro perro, Rulo. Mi mayor deseo era estar en casa, todos tirados en la cama, sin hacer absolutamente nada. Por obra y gracia del destino, luego de salir de ese bosque eterno, me fui acercando nuevamente al establo (puesto que ahora pasaba a llamarse Quilanlahue 2) y al levantar la vista por encima de los matorrales veo a Vicky y su inconfundible gorra fucsia. Corrimos el uno al otro, como en una tonta película romántica. En ciertos puntos los distintos recorridos se cruzaban, y mientras ella abandonaba el puesto (para volver a los 5 km), yo estaba entrando. Nos besamos, y ella estaba salada por la tierra y la transpiración. Lloraba y se reía. Fue el momento más hermoso de la carrera. Prometí esperarla en la meta, y seguí.

Me detuve nuevamente en Quilanlahue para hidratarme y ponerme Voltaren en los pies. Me dolían, en especial el tobillo derecho. Activé mi GPS, supeustamente restaban 35 km, así que el reloj iba a durar hasta el final. Apoyé los bastones a un costado y claro, obviamente me los olvidé ahí. Recién cuando había hecho 500 metros me di cuenta de lo cómodo que estaba corriendo. Dudé en volver o no, y un corredor de 70 años, que estaba haciendo el circuito de 63 km, me aconsejó que los deje. En el siguiente puesto podía pedir que llamen por radio para que me los guarden. Me la jugué. “Quizá sea una señal de que se acabaron las trepadas”, pensé, en mi inocencia.

Salimos y retomamos parte del circuito que hicimos a la ida. Con el grupito de corredores que se fue juntando (un par de 84 y algunos de 100k) nos encontramos con la divertida escena de que teníamos que bajar la cantera que horas antes habíamos subido. Antes había resultado ser difícil y costosa, ahora bajarla era absurdamente peligroso. No tenía bastones, ni había nada de qué agarrarse. Me fui tirando, casi acostado, revolcándome entre las piedras y una tierra que teñía a todo de negro. Otros, más ágiles, cruzaron esto de prisa y se perdieron en esa zona de pasto/alfombra. Me improvisé un bastón con un palo que encontré, el cual terminó siendo de enorme ayuda.

Como ya comenté, cometí el error de preguntar cuánto faltaba y en qué kilómetro estábamos. ¿Cómo puede saberlo una persona que está cuidando un alambrado? Seguro, con la mejor intención, decían lo que les parecía. En mi mente, si llegaba al Puesto de Asistencia Colorado 2, me quedaban 10 km. Empezaba a oscurecer (y yo que pensaba que iba a llegar como a las 4 de la tarde). Me enganché con un grupo de corredores de 100k y fuimos apretando el paso, juntos. Todos sabíamos que nos corría el tiempo. Llegamos al puesto, me pedí un Powerade, y con mucha decepción me enteré que todavía restaban 16 km hasta la meta. ¿Qué son 6 km cuando uno está corriendo 100? Al principio, nada. Al final, una vida. Largamos rápido, todavía estábamos en horario.

Apenas salimos, me enganché la zapatilla con una raíz y me fui de boca al piso. Llegué a girar la cabeza para no darme con la nariz, pero no pude poner las manos. Me di de costado, en la misma sien donde un tronco casi me arranca la cabeza. Nuevamente, le atribuyo al gorro que me regaló Vicky haberme salvado. Los chicos con los que corría vinieron a ayudarme a levantarme. Recordaba mi nombre y qué estaba haciendo ahí (“vine a correr”), así que seguí. A pesar de que había subidas, cada vez eran más leves, y teníamos mucha bajada. Finalmente estaba CORRIENDO, que era lo que yo sí sabía hacer (solo que con 85 km encima, cansancio, un tobillo lastimado, etc).

Me abrí del grupo, porque sentía que estábamos muy jugados de horario. El anteúltimo puesto, anterior a la meta, cerraba a las 19:45. Los que llegaran después, automáticamente quedaban afuera de la Patagonia Run. Pensé en Vicky, y temí que no llegara. Se me ocurrió quedarme ahí, esperándola. Quizá era más importante recibirla y quedarnos los dos ahí, sin poder terminar, a que cruce yo solo la meta. Pero también pensé en que ella iba a querer que al menos uno de lso dos terminase. Cuando llegué a Bayos, el último Puesto de Asistencia, en el kilómetro 94, pregunté cuán inflexibles iban a ser con el horario. “Hay mucha gente en camino” les dije. “Mientras haya luz, vamos a estar acá”. Sentí un leve rayo de esperanza, y salí. Si Vicky no llegaba, tenía preparado un plan de contingencia.

Largué raudamente, con la linterna prendida. Al principio era innecesaria, pero de a poco el sol se fue ocultando, y la sombra de los árboles oscurecieron todo. Llegué a una zona de bosques, atravesando caminos de asfalto. Me ilusionaba con que uno fuese un desvío a la ciudad, pero no, solo los atravesábamos de lado a lado, cada vez más adentro de la oscuridad de la naturaleza. Este tramo era de tierra, muy empinado. Algunas raíces me hacían trastabillar, y el palo que tenía me ayudaba a frenarme y no caerme. Corría torpemente, pero sin detenerme. “Lento y constante gana la carrera” ya no era una opción.

Rogaba, imploraba, que POR FAVOR llegase de una vez el asfalto. No quería saber más nada con tierra, piedras, ramas, ni nada que se le parezca. Estaba todo oscuro, tan cerrado por los árboles que ni siquiera se veía el cielo. Lo único que podía ver era a lo que le apuntaba mi linterna, y los destellos de las marcas refractantes.

Entonces, a lo lejos, vi unas luces naranjas, parpadeantes. Unos gendarmes cortaban el paso de una ruta. “Bajando, por ahí”, me señaló uno. Era una calle de asfalto. No puedo describir mi alegría de pisar tierra firme, sin miedo a raíces ni nada que me haga tropezar. Mientras bajaba por esa cuesta empinada, saqué la bandera de los LionX (nuestro training team original, que luego pasó a llamarse Puma Runners), lo até a mi palo, y lo levanté, con orgullo. La gente me iba indicando dónde doblar, y me juraban que estaba a 20 cuadras. Ya estaba en la ciudad, la luz de los faroles iluminaba todo, ya no tenía miedo de caerme. Los autos que pasaban me tocaban bocina, y yo saludaba y ondeaba mi bandera. La policía cortaba el tránsito para que yo cruzase, y la gente que caminaba por la vereda se detenía para aplaudirme. Era una emoción incomparable.

Así fui avanzando, bandera en alto, por el centro de San Martín de los Andes. Por algún motivo no pasé desapercibido para nadie, todos los que estaban en la calle a esa hora me felicitaban y me daban ánimo. Llegué a la plaza, y a lo lejos vi el arco de llegada. Desplegaron la cinta de la meta, como si fuese un puntero. Vieron mi número a lo lejos, lo que le dio oportunidad al relator de mencionar mi nombre por los altoparlantes, y con un grito de alegría y la bandera bien alto, crucé, POR FIN, habiendo pasado 18 horas, 14 minutos y 50 segundos desde la largada.

Me pusieron la medalla, me felicitaron, y me fui al puesto de hidratación para tomar algo. Tenía muchas sensaciones entremezcladas, pero la que más sobresalía era la de alivio. Saqué mi celular y le mandé un mensaje a Vicky de que había llegado. Ella me llamó, y me contó que no la habían dejado terminar porque llegó 15 minutos después del cierre del último puesto. Fue muy duro escucharla tan triste. Sentí una impotencia muy grande. Ella se merecía cruzar la meta, en ningún momento había abandonado, y tenía energía para correr esos 6 km finales. Pero nos ateníamos a las reglas.

Me cambié las medias por un par seco, y fui a esperar a mi media naranja a un restaurante que le regalaba un plato de pastas a los corredores de las categorías 63, 84 y 100. Fui al baño, ayudado por mi bastón (subir escaleras después de 18 horas de ejercicio es más difícil de lo que se imaginan), y me puse la poca ropa seca que tenía. Ahí adentro estaba protegido, pero afuera el frío se hacía sentir. Vicky llegó al restaurante, después de viajar en la combi de la organización desde el último puesto. Lógicamente estaba muy triste. Ahí puse en práctica lo que tenía planeado, y le regalé mi medalla. La abracé y le dije “Para mí, ganaste” (un viejo chiste entre nosotros). Se puso a llorar y, afortunadamente, aceptó mi ofrecimiento. Porque esa carrera no era mía o de ella, era de los dos. Así lo habíamos planeado, y que lo hayamos corrido por separado era anecdótico. Ambos hicimos montaña por primera vez, y aprendimos muchas lecciones.

Mientras corría, en cada kilómetro de los 100, me prometí que nunca, nunca, jamás, iba a volver a participar de la Patagonia Run. La sufrí, me costó horrores, y me sentí todo el tiempo golpeado en mi orgullo de atleta. No niego que me tranquilizó ver que a otros corredores a los que respeto mucho también les costó (Dani, a quien conocí ahí, y tiene algunos Iron Man encima, llegó media hora antes que yo). Incluso otros que tenían más experiencia que nosotros en montaña tuvieron que abandonar por hipotermia o agotamiento. Así que quizá no fue que nos costó mucho porque fallamos en algo. Quizá nos resultó difícil simplemente porque era muy difícil.

Así que no sé si voy a mantener mi promesa de no volver a correr nunca más la Patagonia Run. Quizá pidamos revancha el año que viene. Por ahí corramos 63 km con Vicky, esta vez como equipo, y pueda disfrutar del sol durante todo el trayecto. Vamos a putear y nos vamos a preguntar “¿Qué #@%&* hago acá?”. Pero los corredores siempre nos quejamos. Después se nos pasa.

Publicado el 16 abril, 2012 en Carrera, Reflexiones y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 38 comentarios.

  1. Naaa, sos un groso! Mis felicitaciones a ambos! Que emoción me dio leer la parte de la llegada a la ciudad! La verdad que por momentos pareció una tortura, jejej pero pudiste completarlo, muy groso! Saludos! 🙂

  2. Martin y Vicky: Luego de terminar de leerte, emocionada sin dudas por lo intenso de tu relato, cómo no estarlo? agradezco haber empezado a seguir tu blog. Creo que este finde todos los que LOS seguimos, pensamos en Uds. y los apoyamos mentalmente, no importa cual fuera el resultado final, y te aseguro que al menos en mi caso, no son meras palabras. De todo lo que contaste Martin, sin lugar a dudas, se nota que Uds. y a pesar de haber corrido separados, hicieron un TRABAJO EN EQUIPO, la preparación previa, la preocupación simultánea y la presencia constante mental del uno en relación al otro, hizo que uno de Uds. llegara. Tal vez en otra oportunidad llegue Vicky y tal vez en otra ocasión lleguen los dos. LOS FELICITO!!!

    • Muchas gracias, Nani. Me gustó escribirlo porque me hizo revivir esos momentos… no solo los densos y duros, sino los alegres, como encontrarme con Vicky y correr esas 20 cuadras por el asfalto, bandera en alto…

  3. Martín, Felicitaciones! Te entiendo por lo que pasaste, como sabes, a parte de correr, soy andinista y se lo que es la montaña y comprendo cada una de las sensaciones que describiste que te iban pasando mientras caminabas en ella. El único consejo que te doy, que seguro que a esta altura ya lo sabes o aprendiste es que; una cosa es correr en la calle, otra en carreras de aventura y una muy distinta que no se equipara con ninguna de las anteriores es una carrera de montaña!, para correr estas últimas la única manera de “pasarla bien” es entrenando en dicho terreno, en la montaña misma.
    Las actividades de montaña son 70% mental y el resto se divide en lo físico, clima y en lo que la montaña quiere. Lo bueno de esta experiencia es que lo mental lo tenes recontra aprobado, sentite contento con eso, es fundamental para este tipo de competencias, así que no aflojes (se que no lo vas a hacer) y si pensas en correr en montaña nuevamente, sabe que si o si, tenes que ir previamente a entrenar a un terreno o características similares otra no queda.
    Abrazo, Martín! nos estaremos viendo por la reserva en algún fondo largo

    • ¡Gracias, Germán! Tenés toda la razón, yo me esperaba una carrera de aventura, y me encontré con otra cosa, mucho más compleja. No sé si fue suerte o intuición, algunas cosas con las que dudaba (como las calzas largas o los bastones) resultaron imprescindibles. Aprendí mucho de esta experiencia, una pena que en Buenos Aires no haya nada parecido a la montaña como para entrenar…
      ¡Nos vemos algún domingo por la ciudad!

  4. WOW! sin palabras, increible TRIUNFO!

  5. Tremendo relato, emocionada hasta las lágrimas. Gracias por compartir todas tus sensaciones con nosotros. Son unos grandes, me encantan los 63 del año próximo, en equipo, disfrutando.!!

  6. Impresionante relato, Martín! Estuve todo el finde pendiente del blog y de los resultados que pude seguir mediante facebook. Tipo 8:30 entré a ver una planilla parcial y no aparecías. ¡Me quería volver chango! “¡Que garrón si tuvo que abandonar o si lo agarró el cut off!”, pensaba. Menos mal que llegaste y una lástima lo de Vicky: el gesto de darle la medalla fue muy generoso. Se me puso la piel de gallina con el relato.

    Mucha mierda y a darle adelante para el Espartatlón! Vamos que se puede.

  7. Es difícil escribir cuando estas llorando pero estoy que exploto!!!!!!! Hijos estoy muy orgullosa de ustedes. Te llamo querido. Besos mil

  8. Hola Martín: Felicitaciones nuevamente, por la carrera y el relato !! Sos un “superhéroe” !!
    Abrazo y beso.

  9. Antonio Retamar

    Felicitaciones Martin por haber termiénado los durísimos 100K. En mi caso terminé mis primeros 42 Km. Creo que conviene correr hasta 63 Km, (equilibrio justo entre pasarla bién y sufrir ja ja). Así como comentas, varios de mis compañeros que corrieron 84 o 100K (y que andan muy bién en carreras de aventura) tuvieron que abandonar por el frio.

  10. Viky y tu, son unos grosos!!!! Mis felicitaciones a ambos. Muy padre tu relato. A mi me agradaría que nos cuentes que tanto te sirvió la carrera para espartatlon, que tanto tiene de parecido. En lo personal y mi comentario es inexperto, es que te va ayudar mucho; en primera porque a tus piernas les dio una potencia que en entrenamiento normal no obtendrías. En segunda, al hacer tanto tiempo te acercaste un poco mas al tiempo que harás en Espartatlon. Quizás no corriste como era la idea, pero como dice Germán, mentalmente ya la hiciste. Y como dices tu, no es que hayan hecho algo mal, es que la carrera es muy difícil. Felicidades!!!!

    • Bueno, Adal, tardé en responderte (ando muy complicado con la Feria del Libro), pero como habrás visto, terminé escribiendo un post sobre lo que me parece que me va a servir para Espartatlón. ¡Gracias por la sugerencia!

  11. Oye, vi tus fotos y note un cambio en tu rostro, no se en que momento se tomaron, pero antes tu rostro era el de un joven, pero ahora da la impresión de ser el rostro de una persona con carácter, alguien de retos, alguien que no se va a dejar vencer a la menor dificultad. Por cierto, ojalá Viky nos narre su carrera.

    • Como dice Vicky, las fotos dan cuenta de que empecé a correr con 34 años y terminé con 84. Estoy insistiéndole para que cuente su experiencia, me cuesta disuadirla pero creo que va a terminar aflojando…

  12. Felicitaciones! Que aguante!! Muy bueno el relato, abrazo

  13. Me hicite llorar con tu relato, por momentos me senti como si corriera al lado de ustedes, me hizo revivir mi Adventure Race que para vos fue un paseo pero para mi fue mi primera carrera de ese tipo, tengo cero experiencia en aventura!!.
    Besos a Vos y a Vicky, son DOS GROSOSSSSSSS
    Al final te terminaste ganando el apodo!!
    PD: subí una foto de la medalla!

    • ¡Gracias, Brenda! ¡Qué fuerte que te haya emocionado! Igual no subestimo ninguna Adventure Race, me costó llegar al punto de no enfermarme o quedar duro después de estas carreras. Ya subí en otro post una foto de la medalla, ¡estoy intentando cumplir con los pedidos!

  14. Como dijeron algunos arriba, yo tmb estuve pensando en ustedes en el finde, si seguían, si habían abandonado…..me encantó la nota, tu manera de transmitir sensaciones mediante las palabras es admirable.
    La verdad tanto Vicky como vos Martin son dos grossos!!Tremendo desafío y con mucho esfuerzo y voluntad lograron superarlo. Me alegra mucho seguirlos por este medio. Saludos

  15. Juan Martín

    Qué palizota. Me duelen las piernas de sólo leer el relato. Muy buena carrera mental!

  16. Qué bien que escribís, macho. Lo disfruté mucho, un enorme logro el tuyo (yo soy hombre de montañas aunque no corro ni al bondi). Épico lo que hicieron. Los felicito a ambos. 🙂

  17. Excelente crónica, veo que las mujeres compartimos la emoción que genera tu relato, felicitaciones a ambos!

  18. el año que viene quiero ir a correrla , pero con todo loque pasaron me asusta un poco. que horror lo que pasaron

    • Primero, no está mal “asustarte”, porque nosotros fuimos subestimando la carrera. Segundo, tranquilamente podés hacer una distancia intermedia, y dejar para cuando te sientas segura otras más largas. Pensá que arranca desde 10 km. Y tercero, tampoco la pasamos tan mal. ¡Nos quedamos con ganas de volver a correrla!

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