Semana 27: Día 184: 45 km en la ciudad… de nuevo

Hoy me tocó correr 45 km como parte de mi entrenamiento. Debo confesar que, contrario a mi experiencia anterior, esta vez la pasé muy, pero muy mal. Pero claro, no todo es como parece. Bueno, no me quiero adelantar.

El sábado entrené normalmente con los Puma Runners, pero Germán, el entrenador, me hizo cortar a los 11 km, como para no agotarme por el fondo largo que me tocaba el domingo. Estaba para seguir, pero aprendí a respetar la opinión de un experimentado. Si algo me tiene que reconocer esta persona es que siempre, siempre le hice caso en todo. Me guardé para esos 45 km que, aunque intimidan, ya los había experimentado.

Anoche comí mi última cena (me refiero a cuestiones de mi dieta a base de hidratos, nada que ver con religión), le entré al dulce de batata como postre, y me fui a dormir. Me desperté y era de noche. No tenía idea de la hora, pero sabía que no me iba a volver a dormir, así que me levanté. Desayuné, y para dejar que la comida baje, me puse a trabajar un poco. Eran las 6 y media, así que iba a esperar una hora. Aproveché y me pesé en la balanza electrónica que agregamos al baño: 68,2 kg. Mi obsesión quiso que, mientras me preparaba para salir, me pusiese a coser una calza agujereada, y aunque soy obse también soy lento, por eso terminé saliendo 8:30 de la mañana, con un solazo espectacular.

Tenía todo preparado en mi mochila: dos litros de agua en el hidratador, una botella grande de Powerade, una barra Egran, Arnica, Voltaren, vaselina, tres geles, y lo más importante de todo: el iPod. Después de batallar como los monos de Odisea del Espacio, logré dominar este aparato, y tenía todo un extenso playlist de música electrónica. Puse el cronómetro, y salí.

Arranqué fuerte, a 4:30 el kilómetro. La ciudad estaba bastante vacía, lo que es una comodidad absoluta. Repetí bastante el trayecto del 11 de marzo, excepto que le di una vuelta a los lagos de Palermo y a la Plaza Holanda. Venía bien, siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. No sabía cuánto lo iba a sostener, pero me sentía cómodo. En el km 15 tomé el primer gel. Por mi experiencia previa, asumí que con dos iba a ser suficiente.

En Retiro, un tren de carga me obligó a hacer una parada obligatoria. Fueron 16 km sin que un semáforo o el tráfico me frenara. Aproveché unos matorrales y los ruidosos y enormes vagones que me cubrían, y evacué líquido, y cuando estuve libre, continué rumbo a la Reserva Ecológica. Era darle dos vueltas y volver para casa. Pero me empecé a sentir cansado. No eran las piernas, pero sentía que no daba más. Cuando llegué a los 23 km me hice a un costado, tomé un trozo de Egran de maíz inflado (son increíbles, las recomiendo como comida de marcha). Arranqué y fui tranquilo hasta que miré el reloj. Lo que pareció una eternidad eran solo 3 km más. Estaba demasiado cansado, y eso me sorprendía. ¿Sería la gripe, de la que casi casi había salido? Apreté los dientes, y seguí avanzando. El ritmo promedio por kilómetro iba subiendo. Ya estaba por los 5:30 el kilómetro.

Ahí decidí algo que creo que fue sensato: los entrenamientos no son una carrera. Me lo repetía constantemente. ¿Para qué matarme? Nadie me espera con una medalla al final. No hay fotos, ni gente alentando. Solo tenía que llegar a correr 45 km, nada más. Así que decidí tomármelo con calma. Cuando llegué a los 30 km tomé mi segundo y último gel, a un costado del camino. Me senté en un banco, me unté con Voltaren en las rodillas, gemelos y cuádriceps, y salí. El reloj marcaba un ritmo de 6 minutos por kilómetro. Debía ser el muro, porque no importaba cuánto me esforzara, era imposible aumentar la velocidad.

Después de darle dos vueltas a la Reserva, aproveché una canilla de agua fría e insípida (como debería ser en toda la Ciudad) y salí a la calle. Esa sensación de estar regresando pone un poco de pilas. Estaba agotado, y empecé a entender por qué. Aunque lo peor de la gripe ya pasó, sigo congestionado. Me la había pasado sonándome la nariz, escupiendo mocos, y era obvio que no estaba respirando al 100%. Las piernas quemaban un poco, nada fuera de lo normal. La raiz de mi cansancio era que no estaba recibiendo el suficiente oxígeno. ¡Claro! Las pulsaciones me daban bien, estaba todo en orden, excepto por la respiración.

Me prometí no frenar, aunque constantemente me inventaba excusas como tomarme un taxi, ir en tren. Fantasías que no iba a realizar. Antes hubiese ido caminando. Pensaba que en Patagonia Run me va a ser imposible correr todo el tiempo, así que, cuando estuviese cansado, iba a caminar hasta recuperarme. Lo puse en práctica, así que saqué el Powerade de la mochila, y tomé unos sorbos mientras caminaba e intentaba recuperar el aire. Habré hecho unos 200 metros hasta que volví a trotar (aunque lastimosamente).

Seguí concentrado en llegar, ya sin desesperarme si un semáforo me obligaba a frenar. Aprovechaba para elongar un poco. Confieso que me avergonzaba estar corriendo a ese ritmo, pero entonces miraba el reloj y veía que había corrido 39 kilómetros. ¿Cómo sentir vergüenza con semejante recorrido a cuestas? Todas estas cosas pasan por mi cabeza mientras corro: me cuestiono y busco reconocer mis méritos para no flaquear.

Terminé en 4 horas y 5 minutos, a dos cuadras de mi casa, así que aproveché la distancia para caminar y empezar a relajar las piernas. No me sentía TAN agotado como esperaba, pero bueno, tampoco estaba como para correr al colectivo. Llegué a casa, y antes de hacer nada fui al baño, me saqué la ropa y me pesé: 65 kg. El número me sorprendió. ¿¿¿¿Cómo pude perder 3,2 kilos???? Tomé dos litros de agua (se me acabó a 3 km de llegar), incluso aproveché la canilla de la Reserva para refrescarme. Me terminé una botella de 750 cc de Powerade. Me comí media barra Egran. ¿Cuánto tuve que haber perdido en transpiración entonces? ¿Seis litros? Sé que hice las cosas bien, pero no entiendo esto que pasó… generalmente pierdo 800 gramos… nunca 3 kilos. Misterios del deporte.

Y lo mejor fue que me tomé mi tiempo para relajarme, me recosté con mi perro, hice fiaca con Vicky, y cuando finalmente me senté a escribir esta crónica, me di cuenta de que en realidad llegué 6 minutos antes que la última vez que corrí 45 km. Así que no sé por qué me quejo tanto. Prometo no volver a hacerlo… esta semana…

Publicado el 1 abril, 2012 en Entrenamiento, Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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