Archivos Mensuales: abril 2012

Semana 31: Día 213: 194,35 km en un mes

Ha terminado abril. Tan pronto como llegó, se nos escapó como arena de entre los dedos.

No ha sido un mes de muchos kilómetros. Los 100 de Patagonia Run me dejaron un poco tirado, y no pude recuperar el ritmo. He recorrido una gran distancia y todavía estoy reponiéndome, pero falta para alcanzar un nivel espartatloniano.

Las rodillas siguen doloridas. La semana pasada, con 5 km encima, empezaron a molestar (y bastante). Hoy aguantaron mucho más. Pero se sumó un síntoma previsible: el tobillo derecho. Ese que me lesioné durante Patagonia, torciéndolo constantemente al pisar piedras y un terreno muy irregular. Hoy hicimos cambios de ritmo, y con cada frenada y pique en una dirección diferente, se tensaba y dolía. Ahí falta una recuperación. En el entrenamiento de esta noche estuve improvisando formas de detenerme sin forzarlo. Me hace falta un paracaídas.

Es evidente que el esfuerzo de Patagonia Run fue muy grande. Hoy recuerdo esta carrera con mucha nostalgia y quiero volver a hacerla. ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene someterse una vez más a semejante sufrimiento? No lo sé. Podría ser algo relacionado con la autosuperación. O la autoflagelación, que se le parece y no solo porque rima. Estuve pensando que luego de la Espartatlón los dolores podrían ser mayores, más prolongados. Con algo de suerte, muchas secuelas serían más leves porque el terreno será menos complicado, y yo estaré mucho más entrenado. Pensé en todos esos corredores que tienen que cortarse las zapatillas con tijeras para poder sacárselas. Ojalá no sea mi caso.

Correr es terapéutico. Hacer fondos de 10 km, aunque no esté al 100%, me tranquilizan enormemente. No sé qué haría si no los tuviese. Solía calmar gran parte de mi ansiedad comiendo, pero me cuesta imaginar qué actividad podría reemplazar al running. Tanta tensión que se acumula, ¿cómo descargarla si no es corriendo? Toda esta preparación, la comida al servicio de tener mayor salud y mucha energía para soltarla en el entrenamiento o en las carreras… no tengo idea cómo las reemplazaría si hiciese otra cosa. Pero me doy cuenta de que hago lo que me gusta, que las cosas en mi vida están bastante ordenadas, y que tengo alguien al lado con quién compartirlo. O sea: soy feliz. Aún con unos “modestos” 194 km en un mes.

Veremos con qué nos sorprende mayo…

Semana 31: Día 212: Ironman

Me encantaría ser un Iron Man. En cualquiera de sus acepciones.

La Feria del Libro me consume. Me hubiese gustado hacer un post más extenso, pero sabrán entender.

Gracias a los que se acercan a saludarme al stand. Confieso que me da una vergüenza tremenda, pero a la vez encuentro fascinante que se me acerque gente a la que no conozco y recibir de ellos semejantes muestras de apoyo. Supongo que nunca fui un tipo muy sociable, o pensaba que estaba más acostumbrado a la subestimación que a los elogios o las demostraciones de aliento. Como sea, prefiero esos momentos de incomodidad, me hacen sentir que las cosas que hago me sirven no solamente a mí.

Siempre me ronda por la cabeza la idea de hacerme un tatuaje. Como el que se hacen en la pantorrilla todos los que terminan un Iron Man. O algo alusivo a la Espartatlón. Pero Vicky me mata. Quizás con razón.

Semana 31: Día 211: Espartatlón, unos pasos más cerca

Hoy teníamos que correr. Como todos los sábados. Extraño horrores entrenar, quiero recuperarme del todo y volver a ser el de antes. Así que esperaba el sábado con ansias. Pero amaneció lluvioso. Estábamos cambiados, listos para salir, pero el día no acompañaba. ¿Salimos o no? Vicky me miraba con cara de pedir piedad. A decir verdad, solo yo estaba completamente vestido de corredor, ella solo tenía sus calzas y poca intención de enfrentar un clima frío y hostil.

Decidimos aprovechar la mañana, ya que nos íbamos a quedar, para definir de una buena vez el viaje a Europa. Estábamos con Gus, un amigo que nos va a acompañar, y nos sentamos en la compu a armar todo el itinerario, desde Ezeiza hasta Atenas, pasando por Madrid, Roma, Londres y París. Pero no fue fácil.

Tengo cuenta de PayPal, tarjeta de crédito Visa y American Express. Ninguna de estas tres cosas me sirvió para nada. No se podían validar, y evidentemente solo puedo usar mis tarjetas dentro de los confines de mi país. Así que me endeudé y entre los plásticos de Vicky y Gus fuimos armando cada tramo. Usamos la página www.edreams.com.ar para ver qué vuelos eran los más baratos, y después íbamos a las páginas de cada aerolínea para comprarlos. Pedí comida vegetariana, pero sé que en el viaje voy a tener algún problema.

Se nos complicó cuando quisimos armar ciertos tramos de una manera, y nos enteramos de que no existían vuelos a determinados destinos en esos días. Encontramos opciones carísimas (y ridículas), como por ejemplo viajar de Londres a Atenas, haciendo una escala en Ontario, Canadá. Pero me armé de paciencia y fui buscando alternativas. Y ya está. Tengo unas deudas que saldar con Vicky y Gus, pero técnicamente están todos los pasajes comprados, falta la confirmación de las aerolíneas, y después esperar a que llegue el día de partir. No es barato hacer todo este chiste, pero nunca en mi vida fui demasiado ahorrador. O tengo plata (y la gasto), o no tengo nada, y me quedo en el molde y no me pido postre.

Todavía no me siento 100% seguro de que esté anotado en la Espartatlón. Me dijeron que sí, que tenía número y todo, pero no me volvió a llegar ningún mail de la organización, y eso me asusta un poco. Entro a la página oficial, veo las fotos, y me muero por correrla. Me va a desilusionar mucho no poder participar, pero es algo de lo que me quiero ocupar (y no preocupar) cuando me saque la Feria del Libro de encima. Siento que este compromiso con nuestro stand me quita mucho tiempo para entrenar y concentrarme en la Espartatlón, pero me da muchas satisfacciones, como haber recibido la visita de Nani, lectora del blog, que pasó a saludar (¡gracias!). Además, durante la Feria recibo todo tipo de chistes, esos a los que muchos corredores deben estar acostumbrados: que tan flaco si levanto una caja me voy a partir en dos, que como barras de cereal light en vez de algo más “rico” (como un alfajor o alguna porquería similar), o la mejor que escuché hoy (que encima debe ser cierta): que en la radio dijeron que el vegetarianismo era un “problema psicológico”.

Igual yo diría que ser aficionado a correr es un trastorno psicológico. Una adicción que, espero, no se me cure nunca. Me gustaría que esta sea mi primera Espartatlón, de muchas…

Semana 31: Día 210: Mi nombre es Pi

Como estoy inmerso en la Feria del Libro, no estaría de más que haga una crítica literaria. En el stand me la paso comiendo, porque no hacer nada causa hambre. No me explico por qué, pero tengo una necesidad imperiosa de estar masticando algo.

Esta mini-reseña la escribí el 5 de mayo de 2009, o sea hace 3 años, en mi Fotolog que no leía nadie. Por eso la rescato. Es sobre un libro llamado “Life of Pi”, uno de los pocos que leí enteramente en inglés. Sé que soy monotemático, y que todo lo relaciono con correr, pero será que el tema me apasiona, y encuentro conexiones con todo. Lo cierto es que leer un libro es parecido a una carrera. Requiere determinación, y dedicarle su tiempo. Puede que no lo disfrutes como creías, pero la recompensa llega al final. Es lo que me pasó, al menos, con esta novela, que en breve tendrá su adaptación a la pantalla grande, por el director Ang Lee y el actor Tobey Maguire.

Hace tres años, intentaba describir así a “La vida de Pi”, un libro extraño que cobra sentido al final:

El año pasado, en Londres, mi amiga Abi me recomendó el libro llamado “Life of Pi”. Básicamente trata de un niño al que su padre, dueño de un zoológico, le pone de nombre Piscine (Piscina) y él, avergonzado de que todos le hagan chistes sobre el pis, decide que lo llamen “Pi” (como el 3,1415926535897… etc).

En realidad no es esa la trama del libro, sino que trata sobre el naufragio del barco en el que mudaban el zoológico. Pi termina en un bote con una zebra moribunda, una gorila deprimida, un lobo y un tigre de bengala. Todos a la deriva, en el océano.

Pero en realidad tampoco trata de eso, sino de la supervivencia, de los mecanismos que tenemos para defendernos. De la ceguera, no la real sino la que fabricamos. De la fantasía, que a veces es más tolerable que la realidad.

Es un libro impresionante, pero que me impactó más en sus últimas 10 páginas que en las primeras 200.

Al que tenga paciencia, se lo recomiendo.

Semana 30: Día 209: Ciclos

Ayer volví a entrenar. Estaba inmensamente motivado. Fue muy lindo reencontrarme con mis compañeros a chupar frío y correr. En un emotivo y privado acto, le regalé a Germán, mi entrenador, la remera oficial de Patagonia Run, esa con la que crucé la meta. Más allá de que fui yo el que tuvo que lidiar con mi propia cabeza, inseguridades y limitaciones físicas para poder terminar, fue él quien me entrenó, aconsejó y motivó. Uno probablemente llegue, alguna vez, a un punto en el que sea tan sabio como para largarse solo a la aventura, pero a mí me falta mucho. Germán confió en mí, armó el plan para que pueda llegar a recorrer esa distancia, y como ya me había comido todos los chocolates, quería regalarle algo que simbolizase esa epopeya en San Martín de los Andes.

En el entrenamiento al principio anduve bien, trotando sin problemas. Pero cuando llegó el momento de hacer progresiones, opté por hacer algo más tranquilo, y fui a darle una vuelta al hipódromo de San Isidro, que tiene 5,2 km. Tranquilo, sin apuro. Pero cuando iba por la mitad, las rodillas me empezaron a doler. Las imagino dentro mío, apretadas o pulverizadas, pidiendo clemencia. 100 km no es poco, lo entiendo. No me quiero imaginar cómo voy a quedar después de la Espartatlón, pero es lo que hay, y tengo que ir volviendo de a poco, hasta recuperarme. El próximo objetivo es correr la Maratón de Rosario, en dos meses.

Mientras corría, me di cuenta de que esto no es nuevo. Que ya lo viví. Pensé en mis primeras carreras, cuando pude completar la Merrell de Tandil y quedé exhausto, a la sombra de un árbol, tomándome un Gatorade. Recordé también mi vuelta, todo dolorido, piernas entumecidas, dolor de espalda. Después vino a mi mente el después de mi primera maratón, cuando no podía bajar las escaleras. Una escena bastante ridícula, como R2D2 bajando escalones. Y en todos estos casos necesité un período de recuperación. Ahí caí en que hay ciclos en la vida del corredor.

Podríamos decir que al principio uno se entrena, con un objetivo puntual. Después vienen las recomendaciones de corredores más experimentados. Alguna eventual dieta previa, no cansarse el día previo, y luego la mañana con el desayuno de campeones, la largada temprano, los nervios, salir a los empujones, atravesar la carrera con todos esos pensamientos de “¿Llegaré?”, “¿Haré mejor tiempo que la última vez?”, seguido por la emoción de la llegada, el festejo, los dolores, y la recuperación posterior. En todas las carreras más o menos pasa esto, y la gran diferencia es que los tiempos se van acortando.

Quizá estar muy entrenado haga que no necesitemos una preparación específica, a menos que sea algo muy “distinto” a lo que venimos trabajando. La dieta y la hidratación son súper importantes, pero he ido notando que hay ciertas cosas de las que ya no dependo. Antes necesitaba 3 o 4 geles para una maratón. Ahora me di cuenta que con 2 estoy bien. Después uno puede acortar los tiempos de carrera, pero la cabeza sigue maquinando todo el tiempo. Y la recuperación posterior, que es inevitable, antes me tomaba más días, y ahora (por fortuna) es algo más rápido. Ya puedo bajar escaleras después de correr 42 km. Pude hacerlo luego de 100, algo que antes me hubiese parecido inconcebible. Mis mejoras no tienen que ver con que me crea más que humano, simplemente que con dedicación y constancia, es imposible no ir mejorando.

Así que ahora estoy en la etapa de recuperación de rodillas. Algo que ya he vivido, y que sé que entrenando tranquilo y sin prisa, voy a ir mejorando. Dos meses es mucho tiempo, y cuando pase el tiempo, el ciclo va a volver a empezar.

Semana 30: Día 208: Se termina el descanso

Hoy vuelvo a entrenar con los Puma Runners. Pero sigo con poco tiempo para escribir, culpa de la Feria del Libro. Así que vuelvo a echar mano a un post que escribí hace cuatro años, que ni lo recordaba. Como para terminar con estas mini-vacaciones que me tomé del grupo. Me encantaría que no llueva esta noche. ¿A qué número llamo para gestionarlo?

Booth salvó a Lincoln

Me crucé con esta historia de casualidad.

En 1863, Edwin Booth, hermano de John Wilkes Booth, salvó a un veinteañero llamado Robert Lincoln de que lo pise un tren. Robert era hijo del presidente Abraham Lincoln, al que John Wilkes Booth mataría, en 1865, de un tiro en la cabeza. Un Booth salvó a un Lincoln para que, dos años después, un Booth matase a un Lincoln.

Esta no es la única casualidad. Si dejamos de lado el costado trágico de la historia, las casualidades me parecen fascinantes.

Edwin y John eran actores, y muy buenos. Interpretaban principalmente a Shakespeare. El padre de ellos también era un respetadísimo actor (muerto años antes), y su nombre era Junius Brutus Booth. Este no es un dato menor…

…Marcus Junius Brutus es el principal responsable del asesinato de Julio César, el emperador romano. Obviamente es un personaje destacado en la obra de Shakespeare sobre la vida del emperador romano (de ahí viene la frase “Tu también, Brutus, hijo mío”, que dijo el César mientras lo achuraban).

Pero no sólo la familia de Lincoln quedó destrozada con el asesinato de Abraham. Los Booth también: además de perder a un presidente, perdieron a John, que no sólo pasó irremediablemente a la infamia, sino que fue ajusticiado 12 días después del asesinato. Edwin no se animó a salir al escenario por un año, y sólo lo volvió a hacer por necesidad financiera.

Edwin era un alcohólico recuperado. Dejó la bebida en 1863 (y me cuesta pensar que no es casualidad que sea el mismo año en que salvó a Robert Lincoln). Luchó para no volver a caer en el alcohol cuando John cometió el magnicidio. Su único consuelo para no caer en la locura fue saber que al menos, dos años antes, había salvado al hijo de Lincoln.

Los Booth crecieron justo en la frontera entre el sur y el norte, así que realizaban presentaciones tanto en un lado como en el otro de la contienda de la Guerra Civil. Pero Edwin era un ferviente defensor del Norte (y de Lincoln), y John apoyaba al sur y odiaba al presidente. Esto distanció a Edwin de su hermano. Lo lamentaría el resto de su vida.

Robert Lincoln decidió no asistir al teatro con sus padres la noche del asesinato, y se quedó durmiendo en la Casa Blanca. Según él, si hubiese asistido, Booth tendría que haber pasado por encima de él antes de apuntarle a su padre. Pero nada le hacía pensar que, mientras dormía, su padre moría. Lo lamentaría el resto de su vida.

John Booth mató al presidente de un tiro por la espalda. Cuando encontraron a Booth escondido, doce días después, lo mataron de un tiro por la espalda. Sólo que en lugar de la cabeza, le dieron en la nuca, paralizándolo.

Antes de morir, pidió que le levantaran las manos para poder vérselas.

“Inútiles…. inútiles”, dijo, antes de dar su último respiro.

03 junio 2008

Semana 30: Día 207: Futbolista

Post publicado en mi fotolog, el el 07 mayo de 2008. Ya abandoné todas mis aspiraciones futbolísticas…

No sé a qué edad me di cuenta. Creo que en algún momento del primario, cuando me mandaban siempre al arco. Pero nunca supe jugar a la pelota (o fútbol, como le dicen ahora).

Hay una edad en que todos los niños tenemos un nivel similar de ineptitud. No importa con qué fuerza pateemos, nunca ponemos la pelota donde queremos. Pero yo me quedé, mientras mis compañeros seguían avanzando.

Toda mi vida pateé de puntín. Ahora me quieren enseñar a pegarle con “tres dedos”. Todavía lo intento, y la pelota va con poquísima fuerza donde el azar quiere.

A los 12 años pasé al secundario y cambié de colegio. Durante los primeros meses nadie me conocía, así que me enganché en el primer partido que organizaron. Me gustaba que nadie supiese que yo era un inepto para la pelota. Pero bastó un partido (y un lesionado por mí) para que se den cuenta.

En un partido nunca sabía qué hacer. Si iba tras la pelota, sin querer marcaba a mis compañeros. Si defendía, le tapaba la visión al arquero. Si por alguna extraña alineación cósmica la pelota quedaba a mis pies, no sabía qué hacer con ella.

Hasta que un día me di cuenta que mis defectos podían ser mis virtudes. Siempre molestaba, pero a mis compañeros. Decidí molestar a los contrarios. No sabía cómo marcarlos, pero podía ponerme en su camino, retrasarlos. Por suerte siempre pude medir el aire y el esfuerzo físico para correr todo el partido.

Poco a poco empecé a marcar mejor. Era un defensa relativamente útil. Increíblemente salir a correr me dio más aire y piernas a los 30 que a los 15 años. Me di cuenta de una estupidez obvia, y es que si creía que no llegaba a una pelota, no llegaba. Si creía que llegaba, si estiraba el pie pensando que al menos la punta de la zapatilla iba a tocar la pelota, lograba despejar o retrasar a un contrincante.

Cada vez que hacía algo bien (dos o tres veces por partido) mis compañeros de equipo me felicitaban y me daban palmadas en la espalda. No se trataba de goles o atajadas asombrosas, simplemente pasarla bien o despejarla a un lateral. Mientras me felicitaban por semejantes actos poco hábiles, en mi cabeza sonaba Whitney Houston con su “I will always love you” (música de Corky).

Ahora me estoy animando a abandonar las cercanías de mi área para dominar el centro de la cancha. De puro caradura, subo al área contraria. Tengo una ventaja: todos saben que soy poco hábil, entonces no se molestan en marcar. La semana pasada, esa ventaja me permitió hacer no uno ni dos, sino tres goles.

Ahora se van a dar cuenta que estoy aprendiendo. La pelota sigue yendo a donde quiere, pero yo también. Me van a empezar a marcar, y jugar a la pelota se me va a empezar a hacer cada vez un poco más difícil.

Eso es exactamente lo que estoy necesitando..

Una mala combinación de agotamiento por Patagonia Run y el inicio de la Feria del Libro me obligó a estar parado una semana. Algo bastante duro para un adicto al running…
Pero, por suerte, ayer pude empezar el día volviendo a correr.
Estaba bastante fresco, así que con Vicky decidimos remolonear un poco y salir cuando el sol estuvo alto. Nos abrigamos bien y salimos a averiguar qué tal estaban nuestras piernas.
Tenemos una bicisenda que cruza por la esquina de casa, así que la aprovechamos y corrimos por ahí.
La primera sensación fue de alivio. Necesitábamos correr. Los músculos no molestaban para nada. Por supuesto que mantuvimos un ritmo tranquilo y cómodo. Después de pasar los primeros kilómetros, me sentí indestructible. Tenía mucha energía acumulada, y la verdad es que la pasamos muy bien. Hasta nos sacamos fotos, pensando en el blog.
Fueron 11,5 km, desde casa a lo de mi hermano, ida y vuelta (con una parada ahí para usar las instalaciones y tomar agua.
Ya volviendo a nuestro hogar, las rodillas nos empezaron a doler. Vestigios de la ultra, y una señal de que nos queda camino por recorrer. Pero la pasamos muy bien. ¿Qué más se puede pedir?

Semana 30: Día 205: Vegetariano

En todos los restaurantes a los que voy, a Vicky le dan los platos que pido yo. Suponen que unas ensaladas o unas pastas son salsa de brócoli solo las puede pedir una mujer.

En los cumpleaños todo se sirve con jamón.

Las galletitas se hacen con grasa vacuna.

La gelatina, postre que parece tan inocuo, está hecha con huesos y cartílagos molidos. Y casi todo tiene gelatina (postres, yogures, quesos crema, turrones, caramelos, etc).

Este mundo, claramente, no está hecho para los que apreciamos la vida de los animales.

Pero… a veces… los vegetarianos se defienden…

Semana 30: Día 204: Les presento a… mis pies (solo para valientes)

Para los dos o tres que pidieron ver fotos de mi pie post-Patagonia Run… aquí tienen.

Su look pálido y fantasmagórico se debe al polvo pédico. Agradezcan que todavía no se inventó el “Oloroscopio” para internet.

Lo primero a lo que renuncian bailarinas y fondistas es a la belleza de sus pies. Uno les carga peso y los castiga constantemente. Paliza, paliza, paliza. Ellos aguantan, se van fotaleciendo, pero a un caro precio (estéticamente hablando). Al principio, cuando me saqué las medias en la llegada, los noté todos arrugados. Además de que estaban llenos de tierra, sentía la piel blanda. En el hotel, antes de bañarme, les saqué una foto, porque no podía creer cómo se veían. En mi inocencia pensé que con una buena ducha caliente iban a quedar como nuevos. Pero fue imposible sacarles toda la tierra. Cuando me sequé (después de frotarlos constantemente con agua y jabón), la toalla quedó toda marrón.

Volví a bañarme en casa (no tan frecuentemente como a Vicky le gustaría), pero los dedos siguen como sucios, y hay manchas negras que parecen haberse incrustado en la piel. Lo que me llamó la atención fue que las uñas no se me pusieron negras después de la carrera, ni el día siguiente, sino que ayer me di cuenta que están todos morados. Además me quedó una sensación de adormecimiento, como cuando se te corta la circulación en un brazo o una pierna y estás todo el tiempo sintiendo un hormigueo incódomo.

Pero nada me impide correr… solo esa molestia en el talón derecho. Como si estuviese más corto. No duele, pero hay algo ahí que no terminó de recuperarse. El resto (cuádriceps, gemelos, lumbar, abdominales) molestó el primer día y después de dormir (en el hotel y en el micro) quedé como nuevo. Me parece una buena señal que no tenga molestias en los músculos. Pero los pies… bueno, supongo que son los que siempre se van a llevar la peor parte. Solo necesito que lleguen hasta Esparta. Después los mando a un spa en las islas griegas…

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