Semana 25: Día 170: Los 26 km de la Adventure Race Tandil 2012

Hoy nos enfrentamos nuevamente a las sierras tandilenses, en una carrera que es un clásico para muchos atletas. Tuvimos que hacerlo en un contexto raro, ya que Merrell no auspicia más este circuito del Club de Corredores, y esa marca era sinónimo de estas competencias.

Dio la casualidad de que un terreno se vendió y que los nuevos dueños no querían que la carrera pasara por su propiedad. Eso obligó a la organización a improvisar un nuevo recorrido. Me sorprendió que lo viesen como algo negativo, casi que pedían disculpas, pero creo que era un plus. Conocer lo que se viene ayuda a planificar, en especial cuando el kilometraje no está marcado. Sin embargo, algunos corredores necesitamos nuevos desafíos.

Otro cambio que ocurrió en esta Tandil, que me pareció muy bueno, fue que los números de los corredores estaban sobre un fondo de color. Así fue que la categoría individual era rojo, equipos azul y postas verde. Al principio pensé “Genial, cuando alguien me pase no voy a andar mirando si lleva chip o tobillera” (no explico esta referencia porque sé que muchos la van a captar). Pero claro, cuando alguien te rebasa no podés ver qué lleva en su pecho…

La estadía en Tandil fue relajada; nos fuimos a acostar temprano en la noche del sábado, después de un buen plato de pastas y un queso y dulce de postre. Elegí no ponerle salsa a mi comida para minimizar la ingesta de fibras, algo que se puede pagar caro en la carrera (en forma de dolorosos gases). El domingo nos levantamos a las 7, desayunamos y empezamos a preparar las cosas. Era el típico ritual: llenar el camel, ponerle los ganchitos al número, protector solar en la nuca, y embadurnarse de vaselina sólida todas las partes sensibles (todavía veo a gente que llega a la meta con aureolas de sangre en sus remeras, a la altura de las tetillas).

Los primeros 14 km eran bastante planos (o sea, no totalmente), así que el plan era apretar al principio y después el propio terreno iba a obligar a bajar la velocidad y recuperar. Como siempre que coincidimos, arrancamos juntos con Marcelo. Este viaje era el de aniversario con Vicky, así que salimos de la mano en la largada, y enseguida nos separamos. Con Marce salimos bien adelante, como poseídos, con el reloj marcando un ritmo de 3:30 el km.

Hago una aclaración para quien nunca hizo esta carrera: se sale de un arco, en un camino serpenteante en subida, que termina en una especie de castillo y de nuevo baja. Son unos cuantos metros de cuesta, y como queríamos ganar terreno, lo hicimos corriendo. Podíamos trotar, hay muchos que lo hacen caminando, pero en nuestro afán de tener un buen comienzo, nos quemamos las piernas. Al menos yo, estaba en el kilómetro 2 con los cuádriceps encendidos en llamas, y el monitor cardíaco que me daba 185 pulsaciones por minuto. Para colmo, en la bajada, no recuperamos aire, como deberíamos haber hecho, sino que aprovechamos la gravedad para seguir picando.

Yo llevaba mi hidratador con 2 litros de agua, más algunas barritas, geles, celular, etc. Fácilmente llevaba 3 kilos sobre los hombros. Esto, indudablemente, pesa en el desempeño. Marcelo iba sin nada, apostando a los tres puestos de hidratación. Estaba súper exigido, ni me animaba a tomar agua porque sentía que iba a perder a mi compañero. Lo tenía a 50 cm, después a un metro, después a cinco. Me costaba muchísimo seguirlo, y él mismo admitía, mientras miraba su propio reloj, “me prece que estamos yendo demasiado rápido” (pero el atorrante no bajaba la velocidad). En un acto de una humildad que no me caracteriza, le dije “Me quemé. No puedo seguirte. Andá”. El monitor me marcaba 190 pulsaciones.

Soy competitivo, lo reconozco. No me interesa ser mejor que nadie, sino mejorar. Era difícil comparar esta Tandil con la del año pasado, porque había cambiado el trayecto, y en ese proceso era un kilómetro más corta. Pero siempre lo usé a Marcelo de parámetro, porque tenemos una resistencia y una velocidad muy parecida. O sea que si él podía hacer algo que yo no, mi primer impresión era que mi rendimiento había bajado. Probablemente no sea así, pero en ese momento empecé a conjeturar que aumenté de peso (los kilos de más que tiene él son, para mí, los que le impiden superarme), que arranqué demasiado rápido, que tengo que trabajar más las piernas y las abdominales… Hice una introspección, mientras ajustaba el paso para que me dejase de doler el costado y para bajar las pulsaciones a un ritmo seguro.

Podría decir que me asusté un poco. Es la primera carrera que hago con un monitor cardíaco, así que existe la posibilidad de que siempre estuviese en 190, pero como no lo sabía, no era un problema para mí. Lo cierto es que estaba bastante por encima de los valores de mis entrenamientos.

En una carrera pasa de todo, así que me crucé con corredores de todas las formas y tamaños, algunos los pasaba, otros me pasaban a mí. Los había graciosos y optimistas, otros tiraban basura al piso y no respondían si los alentaban. Me tomé un gel cuando pasé la primera posta, en el kilómetro 8, más solo que el uno. Me había ilusionado correr en compañía de un amigo, pero no quedaba otra que ahcer mi propia carrera.

En el km 12 pasamos por nuestras cabañas (beneficios del cambio de recorrido), y hasta me di el lujo de saludar a un compañero, integrante de una posta, que esperaba para salir. Crucé camino de tierra, y pocas subidas, y en la segunda posta (km 14) me crucé con más Puma Runners. Ahí empezaban los desniveles en serio, y aparecían las rocas entre las que había que correr. Entonces llegó el temido Cerro de las Ánimas, ese accidente geográfico que solo se puede subir caminando, y agarrándose de un alambrado. Las piernas quemaban, pero estaba decidido a no frenar. Es una subida extremadamente dura, pero que me sirvió para bajar las pulsaciones un poco.

Llegué a la cima y las ganas de correr estaban, pero las piernas pedían prórroga. Empecé con un trote suave, para acostumbrar a los músculos. Pasé a algunos corredores que caminaban cabizbajos, agotados. Lo miré a uno… ¡y era Marcelo! Se había acalambrado y estaba planteándose abandonar. Me alegró verlo, pero no en ese estado. Nos apartamos y saqué Árnica y Voltarén de mi mochila. Él quiso devolverme mi acto de humildad, 10 km atrás, y me dijo que me vaya y no lo espere. Pero no le hice caso (ni loco le dejaba mi pomo de analgésico). Aproveché para retarlo por no llevar agua encima ni comida. Después de que se masajeó los gemelos, le ofrecí un gel y agua de mi hidratador. Arrancamos despacio, lo que le permitía el agarrotamiento.

Ahí empezó otra carrera. Porque el terreno era muy distinto, porque estábamos cansados, y porque nos acompañábamos y acordamos no separarnos. Yo intentaba ir detrás de él, para controlar que esté bien. De vez en cuando él me preguntaba cómo venía. Y así se hizo todo mucho más ameno. Pasamos el tercer puesto de control, donde tomamos Gatorade y nos mojamos la cabeza (¿podría la organización levantar la puntería y dejar de dar agua sin sodio para la hidratación?). En una bajada de la cantera, que es bastante empinada, tuvimos que caminar porque Marce se acalambraba, pero en casi todo el trayecto trotamos. En las subidas no queríamos canchererar más, así que caminábamos lo más rápido que podíamos.

Confieso que la carrera se me hizo muy corta. Quizá es una mezcla de experiencia (es mi cuarta Tandil, la tercera que hago completa y no en posta), sumado a los fondos largos que estoy haciendo. Antes de llegar al dique me sorprendía lo rápido que había pasado todo.

Cruzamos el puente, después de una bajada empinada de tierra, rocas sueltas y raíces, y llegamos al desafío físico y mental de una escalera que sube a la plaza. Es realmente desmotivador ese momento, donde se suma el agotamiento y esa estructura que, al principio de la carrera en lugar de al final, sería una pavada. Estábamos quemando los últimos cartuchos, y Marcelo me moja la oreja: “Picá, Martán”. Le dije que no podía, y la gente que nos alentaba, que escuchó la mitad de la conversación, empezó a decir “Dale, ¿cómo no vas a poder?”. Empecé a correr abriendo el paso, con mucho esfuerzo. Ni miraba el reloj ni las pulsaciones, solo quería llegar. Finalmente puse todo lo que tenía, piqué los últimos metros, y crucé el arco de llegada en un grito de gloria. Uno llega a odiar esa carrera, hasta el segundo en que la finaliza.

Marcelo llegó pocos segundos después, nos abrazamos, y dimos por finalizado nuestro desafío. El tiempo oficial dio 02:56:44, 109 en mi categoría (caballeros hasta 40 años), y 150 de la general. Pero esta historia, que es mía, es una muestra muy chica de las otras miles de experiencias que se dieron este día. Vicky llegó sola, superando dolores en los tibiales y una carrera que es durísima para cualquiera. Fui a interceptarla y pasamos juntos la meta. Ella vivió su propia historia de gloria, en la que también se venció a sí misma. En definitiva, lo que nos une a todos, es el deseo de no claudicar, y esforzarnos hasta el final.

Publicado el 18 marzo, 2012 en Carrera, Reflexiones y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 8 comentarios.

  1. Muy buena cronica Martan.
    Correr con amigos hace las carreras innovidables y muy emocionantes.
    Felicitaciones! Abrazo.
    Paco.

  2. Esta es una de las carreras que me gustaría correr el año que viene.
    .

  3. Buenisima la nota como siempre, Es increíble la motivación y fuerza que da un compañero de carrera.

  4. Juan Martín

    ¿pero cómo quedaste? ¿cómo influye en tu preparación? ¿podés seguir con el plan?
    mandate un post con el estilo de pigmeo, tomola como un juego, a ver qué sale.

  5. Juan Martín

    Ah, y felicitaciones por la carrera y la crónica. Rescato esa decisión de bajar el ritmo, es difícil, pero se ve que tenés un conocimiento de tu chasis más allá del numerito del monitor cardíaco. Yo estimo que eso te será de gran ayuda en la Espartatlón.

    • Gracias. El reloj me metió un poco de julepe, pero me daba cuenta que las piernas (en los cuádriceps) ardían y que hacía mucho esfuerzo para sostener ese ritmo. Cuando bajé iba un cuarto de carrera, y encima a partir del km 14 se ponía más heavy…

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