Semana 24: Día 165: La mujer maratonista. Segunda parte

Ayer contaba la historia de Roberta “Bobbi” Gibb, una atleta que en 1966 decidió demostrar que las mujeres estaban para algo más que prepararle un sándwich a los hombres. Corrió la Maratón de Boston, de colada, y aunque la organización se lo había prohibido por considerarla “incapaz emocionalmente”, generó una grata aceptación.

Repitió su hazaña en años posteriores, pero siempre corriendo en forma no oficial. Recién en 1972 se agregó la categoría femenina, o sea que hace tan solo 40 años que a las mujeres se les permite competir en maratones de forma profesional.

La historia de Bobbi causó un gran impacto en la gente. Pero en una chica logró encender una lamparita y germinó una idea que, en ese entonces, parecía muy osada. Kathrine Switzer, de 20 años, pensó que si a Gibb no le habían permitido anotarse, ella podía ser “ambigua” en su ficha de inscripción, y correr la Maratón de Boston en forma “oficial”. Se anotó como “K.V. Switzer”, y los organizadores asumieron que era un hombre. Durante la carrera, se las ingenió para evadir una prueba física, hecha por los organismos oficiales, que la podía dejar fuera antes de la largada.

Otro antecedente ocurrió varios años antes. Alentada por su padre para no ser una porrista y “alentar en lugar de participar”, Kathrine empezó a correr por su cuenta, preparándose para jugar al hockey, y descubrió que esto aumentaba considerablemente su resistencia. Corría 5 km diarios, algo impensado para una chica en aquella época. Y luego de las prácticas de hockey, corría otro kilómetro y medio. Un día, el entrenador del Lynchburg College, en Virginia, la vio entrenando y le pidió una mano. El equipo masculino necesitaba un miembro más para calificar en una inminente competencia, y tan desesperado estaba que le pidió que se una a ellos. Causó un gran revuelo en una institución de base religiosa. Increíblemente, comenzó a recibir cartas anónimas en las que decía que Dios la iba a castigar por atreverse a competir entre hombres.

Pero no se desanimó, y continuó entrenando entre corredores masculinos, aunque le estuviese vedado competir. Cansada de escuchar las historias gloriosas de la Maratón de Boston, le preguntó al entrenador cuándo iban a correrla. Él le recordó que era imposible para una mujer. Pero Kathrine había leído sobre la gesta de Bobbi Gibb el año anterior. Lamentablemente, el entrenador no estaba enterado, y creía que era un invento. Luego de un momento de tensión, recapacitó. “Si alguna mujer alguna vez puede correr una maratón, estoy seguro que serías vos”, le contestó.

Luego de un duro entrenamiento, llegó el momento de la inscripción. Kathrine tenía prohido por su entrenador correr colada. “Boston es una carrera seria, y vos sos una corredora seria”. Además, obtener un dorsal era todo un símbolo. Cuando llegó el momento del examen de aptitud física, ella se lo hizo por su cuenta. Pagó los 3 dólares de isncripción, se anotó como “K.V.”, y obtuvo el número 261.

A diferencia de la primera maratón de Gibb, Kathrine no quiso ir de incógnito. Se peinó y se maquilló. El objetivo era que se notase que era una mujer. Su novio Tom creía que si ella podía hacerla, él también, y sin tener entrenamiento, se anotó. Armaron entonces un pequeño grupo y partieron todos juntos.

A mitad del sexto kilómetro, la prensa estaba encima de ellos. Jock Semple, que iba en el camión de los medios, era el co-director de la carrera. Estaba furioso. Saltó del vehículo e intentó sacar a Kathrine del circuito. Pero los hombres la rodearon y la protegieron. La escena, obviamente, fue documentada, y se convirtió en un hito en la historia del deporte y de la lucha por la igualdad de derechos. Semple, que tenía pésimo temperamento, le gritó “Salí ya mismo de mi carrera y dame ese número”, mientras tironeaba de su remera. No fue hasta que Tom lo cuerpeó, que Semple salió disparado, y la carrera continuó como Kathrine la había planeado.

A pesar de haber terminado, la organización decidió no registrar su tiempo en forma oficial, que estuvo en las 4 horas y 20 minutos. Este hecho era un eslabón más en una cadena de sucesos que terminaría, en 1972, con la primera maratón en la que pudieron participar mujeres.

Y, aunque saltaron a la fama como antagonistas, Jock Semple y Kathrine se convirtieron en grandes amigos, y se reencontraron con mucha alegría en aquella maratón donde ya no había hombres y mujeres, ni inscriptos y colados, sino atletas.

Publicado el 13 marzo, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. En el siguiente link ( http://www.facebook.com/media/set/?set=a.234812223237683.77749.234415099944062&type=3 ) si uno cliquea sobre esta misma foto se puede leer lo siguiente (tiene fecha del 9 de marzo de este año)

    “Esta valiente mujer desafió las normas establecidas cuando en 1967 se convirtió e la primera mujer en correr una maratón, ya que hasta ese momento se trataba de una prueba exclusivamente para hombres.

    Para ello se inscribió como KV Switzer y cruzó la línea de salida con el dorsal 261 como si fuera un corredor más. Pero Kathrine pasó a la historia cuando uno de los jueces a mitad de la carrera se dio cuenta y salto tras ella para detenerla, pero el resto de corredores se lo impidieron y la “escoltaron” para que pudiera terminar la carrera, con un tiempo de 4 horas y 20 minutos. Ese es uno de los momentos inolvidables de la historia de los maratones que quedó para el recuerdo en esta foto.”

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