Semana 24: Día 164: La mujer maratonista. Primera parte

Una mujer que corre. Qué loco, ¿no? Hoy en día las mujeres votan, conducen automóviles, van al ejército y tocan la batería. Hasta dónde van a llegar, nadie lo sabe.

Hubo un tiempo en que ser un misógino (o sea, sentir aversión hacia las mujeres) estaba muy de moda. La historia nos indica que siempre fue así: en la antigua Roma, el género femenino era un objeto más en la cocina. Yéndonos más hacia atrás todavía, el macho era el cazador, mientras que la hembra recolectaba frutos.

Esa diferencia de sexos aún existe hoy en día, pero aquellas mujeres de la historia antigua se sorprenderían de los derechos que han conseguido. Resulta muy extraño pensar que, no hace tanto tiempo, se creía que la maratón era algo exclusivo de los hombres. Claro, si el primer maratonista, Filípides, murió al llegar a Atenas, ¿cómo podía una mujer repetir semejante hazaña?

Ya en las olimpíadas de la antigua Grecia el deporte estaba vedado para los varones, a tal punto que, luego de que una madre se infiltrase para ver competir a su hijo, se estableció que los concursantes debían participar desnudos, y así determinar fehacientemente su género.

Algo así como 2400 años después,  los 42 km seguían siendo para hombres (excluyente). La única competencia oficial femenina eran carreras de… ¡2,5 km! El pensamiento generalizado era que ellas eran físicamente incapaces de sostener un desafío mayor. Hubo una mujer que vino a romper todos los preconceptos, llamada Bobbi Gibb. Esta atleta estudiaba en el Museo de Bellas Artes de Boston, y entrenaba por los bosques, corriendo con los perros del vecino. En 1962, uno de estos paseos la llevó a cruzarse con el fondista William Bingay, quien se convirtió en su primer esposo. Cada día iba al trabajo corriendo 13 km con sus mocasines de enfermera de la Cruz Roja, ya que en esa época no existían las zapatillas femeninas para correr.

Gibb comenzó a entrenar en 1964 para correr la famosa Maratón de Boston. Había jornadas en que llegaba a cubrir 64 km en un solo día. Cuando llenó la solicitud para correr los 42 km en 1966, recibió una carta rechazando su pedido. Estaba firmada por el director de la carrera, Will Cloney, que tenía la gentileza de informarle que las mujeres no estaban psicológicamente capacitadas para correr la distancia de una maratón, y que según las leyes de deportes amateurs establecidas por la AAU (Unión Atlética Amateur), no se le permitía a las mujeres correr más que 2,5 km en forma competitiva. Lejos de deprimirla, esto la incentivó a correr, no solo por el desafío personal, sino para lograr algo más significativo.

El 19 de abril de 1966, con 23 años, se acercó sigilosamente a la largada. Vestía bermudas y un buzo con capucha, y se quedó escondida detrás de unos arbustos. Cuando la mitad de los corredores pasó a su lado, se mezcló entre ellos. Para su sorpresa, los atletas y el público reconocieron que era una mujer y comenzaron a alentarla con mucho entusiasmo. Esto la motivó a sacarse el abrigo que ocultaba su género.

Cuando llegó a la meta, con el impresionante tiempo de 3:21:17, el gobernador de Massachusetts estaba ahí para estrechar su mano. La prensa especializada estaba encantada con esta corredora furtiva. Siguió compitiendo los años siguientes, pero siempre en forma clandestina. Recién en 1996, en el aniversario de su debut, la Asociación de Atletismo de Boston le reconoció sus participaciones en las maratones, registró sus tiempos en forma oficial, y le dio una medalla.

Recién en 1972 se le permitiría a las mujeres competir en maratones en forma oficial. Pero la historia recién comenzaba con Bobbi Gibb: ella fue la inspiración de un evento polémico al año siguiente. En 1967, una corredora llamada Kathrine Switzer también decidió participar en la Maratón de Boston, inscribiéndose sin dar demasiados datos. Los organizadores creían que se había anotado un hombre, hasta que la carrera largó y ¡vieron que había una mujer corriendo con número! Intentaron sacarla en medio de la competencia y… vale la pena dedicarle un post aparte, para enterarse del descenlace de esta peculiar anécdota…

Publicado el 12 marzo, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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