Semana 23: Día 156: Corriendo en Zona Sur

Esto de entrenar los domingos, a veces, se complica. Si hay un almuerzo familiar, ni hablar.

Hoy tocaba un fondo de 20 km, además de una reunión con tíos, primos, sobrinos, hermanos y mis padres en Banfield. Mi plan original era correr por la mañana, bañarme y salir con Vicky. Pero lo fuimos retrasando, hasta que caimos en que si corría en ese momento, terminaría llegando a Zona Sur a cualquier hora. Decidimos entrenar allá.

Pero el sol estaba muy fuerte, la pileta para nosotros solos (gracias a que llegamos temprano), así que cometí el error de decir “Mejor salgo a la tarde”. Y no tuve en cuenta que la mejor hora para correr es a la mañana. Después de almorzar y merendar, todo se hace más pesado. Llega esa modorra siestera que impide que cualqiuera salga de su casa.

Logré vencer esas ganas de quedarme disfrutando de la familia y el agua, me calcé los pantalones, la remera, mis zapatillas y el camel. Me embadurné con un poco de vaselina, puse el GPS y partí.

Hago un alto para aclarar cómo destruí mi hidratador. Resultó que en algunas oportunidades no lo guardé en el freezer, como hago siempre. Después de alguna carrera, por desordenado, quedó en la mochila un par de días, situación que se repitió en varias oportunidades. El Gatorade que nos dieron en Yaboty la tiñó por dentro de un naranja que no salió con nada, aunque no sé si esto tuvo que ver con lo que pasó después. Un día aparecieron manchitas blancas dentro del tubo, como motitas de un sutil y silencioso veneno que iba a terminar por matarme. Un día se me ocurrió llenarlo con lavandina pura, y que mate todo. Pero no sé qué pasó, tengo escasos conocimientos en química, pero aunque las motitas desaparecieron, apareció una sustancia amarilla y pegajosa cubriendo absolutamente todo por dentro. Incluso en la bolsa donde se acumula el agua, a la que pude acceder metiendo el dedo (el cual quedó pegado, como si fuese un potente sticker). Comparto esta experiencia para que no cometan mis mismos errores.

Cierro este paréntesis, que abrí para que entiendan cómo en mi mochila había una botella de Powerade en lugar de un cómodo hidratador.

Me perdí en las calles que me vieron crecer, y no es una metáfora. Realmente me perdí. Buscaba la pista del Velódromo de Escalada, al que fui de más joven. Este lugar tenía una mística para mí, sobre todo desde que vi por la ventana del tren, en un día de lluvia torrencial, a un corredor entrenando. Aunque estaba solo, se me hacía una persona inmensamente feliz, a la que en ese instante no le importaba nada más que correr. Calculé cómo llegar, evitando la avenida Alsina o Maipú, y tomé la calle Roma, probablemente porque todos los caminos conducen a ella.

El velódromo y el paredón de Escalada (alias 29 de septiembre) no aparecían por ningún lado. Igual seguía corriendo y mantenía un buen ritmo. Aunque eran más de las 5 de la tarde, el calor se hacía sentir.

Correr sin rumbo en provincia, para un porteño, es similar a jugarse la vida. Claro, yo antes me reía de mis amigos de Capital, cuando sentían lo mismo al visitarme en Banfield. Pero termina pasando eso, nos creemos más seguros en una gran y ruidosa ciudad que en una tranquilo y callado barrio bonaerense. La calle Roma se terminó, y al hacer un giro hacia la izquierda, encontré el bendito paredón.

Bordeé el nuevo puente que están construyendo (cómo va cambiando todo cuando uno se muda) y llegué al velódromo. Me decepcionó muchísimo. Aunque corrí por esa pista hace una década, me la imaginaba más larga, como mínimo de 2 km. Pero tenía 1100 metros. Lo que antes me parecía una proeza, ahora me quedaba chico, porque recién tenía acumulados 5 km de los 20.

Le di un par de vueltas, lo que se me hace un poco tedioso cuando estoy haciendo un fondo, y encaré para la estación de Lanús. Me sorprendió hacer a pie una distancia que toda mi vida había hecho en colectivo o en remís. Qué vueltas debía dar, que tardé lo mismo corriendo que cuando tomaba el 299.

Me resigné a dar algunas vueltas, y cuando llegué a los 10 km, repetí todo lo que había hecho, volviendo. Era un ejercicio mental interesante, intentar volver sobre mis propios pasos cuando había hecho unos cuantos desvíos. De vez en cuando tomaba sorbos de mi botella, mientras sintonizaba FM Metro (porque FM Delta no llega a Zona Sur).

Mientras corría me sentía muy lento, aunque el reloj me marcaba un ritmo de 5 minutos el kilómetro. Me costaba creerle, me parecía que fallaba, porque no me sentía cómodo. Pero probé de medir la pista con el GPS y me daba bien. Chorreaba transpiración a mares, y buscaba el poco de sombra que había, aunque fueran las 6 de la tarde.

Volví a mi barrio sin muchas complicaciones, y menos cansado que cuando empecé. No deja de sorprenderme cómo el cansancio desaparece después de estar un buen tramo corriendo. La lógica indicaría que es al revés.

Estaba contento de haber cumplido con el entrenamiento, y aprendí la valiosa lección de comer con moderación antes de hacer un fondo largo. Aunque me la di de que no estaba tan cansado como creía, el viaje de vuelta me lo dormí casi todo, con la boca abierta y babeando. Es que había desmitificado una pista que era soñada para mí. Así que volví al mundo de los sueños, para compararla con lo que realmente había visto esa tarde.

Publicado el 4 marzo, 2012 en Entrenamiento, Reflexiones y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Buenisimo! yo entreno casi todos los días ahí, menos los fondos. Buena Pista. Te leo seguido, y esta nota no se por que la saltie. Me sorprendió saber que capaz te cruce.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: