Semana 21: Día 140: Volver al pasado

Yo tenía unos 7 años. La mayor felicidad a la que podía acceder era enterarnos de que íbamos a la pileta. No recuerdo si llevábamos la malla, las ojotas y la toalla, para mí siempre era una sorpresa, el momento más emocionante del día (y quizá de la semana). Nada se le comparaba.

Nadar era algo tan liberador… unos años antes había aprendido a moverme en el agua sin hacer pie, estilo perrito, y estaba bastante orgulloso de eso. Uno veía a los grandes desenvolverse por la vida con facilidad, y era lo máximo a lo que podías aspirar: ser un adulto.

En una de esas tardes en que teníamos pileta, me fui hacia lo hondo. Traspasar los límites es una obsesión para cualquier niño. Yo ya sabía hasta dónde hacía pie, y eso delimitaba todos los juegos. Lo más profundo rara vez tenía chicos, así que era un territorio interesante para conquistar.

De a poquito fui avanzando, paso a paso, hasta quedar en puntitas de pie. No recuerdo cómo, pero me encontré que no alcanzaba más el piso, y me desesperé. Pánico. Pataleos y brazadas desesperados. Tomar bocanadas de aire antes de que el agua me tragara. Y en el borde, mirando la escena y matándose de risa, Sebastián Aldabe. Probablemente solo tenía que estirar su brazo y yo ya hubiese estado a salvo. Quería pedirle ayuda, pero nunca me había simpatizado. De hecho, solía cargarme, y yo era un niño bastante conflictuado en aquel entonces. Yo no podía entender cómo se reía y no me salvaba.

Un compañero, del cual solo recuerdo que su padre era el dueño del boliche Tívoli, se tiró, me agarró con mucha tranquilidad, y me ayudó a acercarme a la orilla. Recuerdo llegar a tierra firme, agitado, goteando esa agua que casi me mata, y con mucha, mucha vergüenza. Mi salvador, cuyo nombre hoy no recuerdo, me dijo “Decile a tu mamá que soy tu mejor amigo, que te salvé la vida”. Lamentablemente no cumplí ese pedido.

Es curioso que no me pueda acordar del nombre de este compañero, y sí de Sebastián Aldabe, a quien veía como un superior en todo. Era más popular (yo ni siquiera lo era), era deportista, y sabía nadar. Hace unos días improvisé un cuento, llamado “El gordo al arco”, en el que eché mano a mis recuerdos traumáticos de mi infancia, solo que contándolos desde afuera. Pero mucho de eso tenía tintes autobiográficos.

Claro, yo ahora rememoro situaciones que pasaron hace 27 años, casi más de lo que vivieron Jim Morrison y Amy Winehouse. O sea, toda una vida. Y aunque esos recuerdos se van haciendo borrosos, ciertas imágenes quedan impresas por siempre. Y yo tenía esa imagen de Sebastián Aldabe, y me pareció divertido mencionarlo en el blog, en chiste. Hace unos meses, escribí una entrada en la que fantaseaba tonterías que podrían pasar si no actualizaba el blog. Como el fin del mundo y cosas así. Una que puse, que me resultaba muy ingeniosa, era que si no escribía el post del día, Sebastián Aldabe, el chico que me molestaba en el primario, iba a terminar la Espartatlón. Nadie iba a entender la referencia, simplemente era un nombre más, como podría haber puesto Juan Carlos González. Al lector le iba a parecer lo mismo.

Excepto para Sebastián Aldabe.

Nunca supe qué fue de mis compañeros de la primaria. Les perdí el rastro cuando me cambié de colegio, en 5to grado. Con esta nueva camada de chicos sí retomé contacto, gracias a Facebook. Pero esta faceta primigenia de mi vida quedó en el recuerdo. Hasta que escribí ese post, y Sebastián Aldabe lo leyó (insisto, casi treinta años sin cruzarnos). Desde su Twitter, se defendió que nunca me había molestado, que quería una rectificación.

Me sorprendió mucho la situación (además de que respondía meses después de haberlo mencionado). Me di cuenta de que él no recordaba algunas cosas que yo no podía olvidar. Intercambiamos mensajes, en los que le agradecí que se tomara mi referencia con humor y no me mandara a sus abogados. Sebastián remarcó que, además, no puede correr ni al colectivo. Y en mi imaginario él era un super deportista. A pesar de todo, y de reconocer que no recordaba haberse reído de mí o haberme molestado, me pidió disculpas. Sí, por algo que ya no tenía presente.

Sinceramente no tenía ningún tipo de rencor, pero el gesto de disculparse me pareció muy noble. Y me recordó la cantidad de veces que yo, de chico, cargué a algún nene o alguna nena, quizá para desquitarme inconscientemente de las cosas que yo padecía. Lo que más me angustia es que exista gente que tenga recuerdos míos en ese calibre, y que yo no lo sepa.

Los niños son inimputables. No tiene sentido achacarle broncas a alguien por lo que hizo en su infancia. Hoy somos esos adultos inalcanzables a quienes admirábamos de chicos. Descubrimos, con pavor, que ser grande no significa nada. Pero intentamos ocultárselo a los más pequeños. Yo sé que hice travesuras, y quizá traumé a muchos compañeritos. Hace unos años me reencontré con mi primera novia, a quien terminé haciéndole la vida imposible, cargándola porque era gorda, y terminé en la situación inversa: yo pidiéndole disculpas por todas las cosas que le dije. “Eran cosas de chicos”, me excusé. Pero reconozco que a veces volver al pasado es doloroso, porque ser grandes no nos garantiza que entendamos todas las cosas que nos pasaron.

Hoy ya no podría hacer la misma referencia de Sebastián Aldabe. Me demostró que no quiso hacer ningún mal, y que en aquel entonces él era un niño y hoy ya no. A mí me sirvió mucho ese breve reencuentro cibernético. En perspectiva, el pasado no parece tan terrible como yo lo recordaba…

Publicado el 17 febrero, 2012 en Reflexiones y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Genial historia. Me he sentido identificado. Recuerdas muy nitidamente cosas que te han hecho a tí y a las que le das mucha importancia, hasta que te encuentras con alguien y te das cuenta de que le hiciste algo similar a lo que tú no le diste ninguna importancia.
    Cosas de niños supongo, perdonar y seguir.

  2. Quizás no tiene que ver, pero recuerdo que una vez en una carrera corta un “gordito” me gano y llegue en ultimo lugar de 5. Y ahora que corro no es que sea el mejor, y tampoco corro por ganarle a alguien mas; corro por mi, para sentirme bien.
    Me he dado cuenta que las personas que de niños o jóvenes fueron depostistas, difícilmente lo siguen siendo; en cambio los deportistas de grandes muchas veces fueron niños inactivos. Creo que la vida es de ciclos, por un lado lamento no haber corrido antes, pero creo que las cosas llegan cuando deben.
    Siempre es bueno perdonar porque también en ello hay una liberación, tranquilidad; te libera de una atadura que puede ser odio, rencor, resentimiento y como diría Yoda, esos son sentimientos que pueden orillarte al lado oscuro.
    Que mejor que correr con la mente en paz.

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