Semana 19: Día 132: Fronteras (fragmento)

Hoy decidí hacer algo inusual, y es transcribir fragmentos de un texto que escribió Chuck Palahniuk, quizá el escritor vivo más grandioso de la literatura moderna (según mis parámetros poco objetivos). Chucky, creador de esa película psicótica y tan bien adaptada al cine como es “El Club de la Pelea” cuenta una anécdota de su vida, su obsesión por el entrenamiento y los anabólicos. Me resultó fascinante, casi tanto como ver a Brad Pitt, Edward Norton y otros tantos tipos moliéndose a trompadas en el sótano del Bar de Lou.

Dice en su texto “Fronteras”:

-Si todo el mundo se tirara por un barranco -me decía mi padre-, ¿tú también te tirarías?
Esto pasó hace años. Fue el verano en que un puma mató a un tipo que hacía jogging en Sacramento. El verano en que mi médico se negó a darme esteroides anabolizantes.
Un supermercado local ofrecía la siguiente oferta especial: Si llevabas recibos por valor de cincuenta pavos, te daban una docena de huevos por diez centavos, así que mis mejores amigos, Ed y Bill, se quedaban en el aparcamiento y les pedían a la gente sus recibos. Ed y Bill comían bloques de clara de huevo congelada, bloques de cinco kilos que compraban en una tienda de suministros para pastelerías, ya que la clara de huevo es la proteína que se asimila con más facilidad.
Ed y Billl hacían viajes en coche a San Diego, cruzaban a pie la frontera en Tijuana con el resto de los excursionistas gringos que iban a comprar sus esteroides, su Dianabol, y lo metían en el país de contrabando.
Aquel debió ser el verano en que la DEA tenía otras prioridades.
Ed y Bill no son sus nombres de verdad. (…)
En el gimnasio, mientras mis amigos levantaban tres veces su peso, se inflaban y rompían la ropa desde dentro, yo deambulaba junto a sus codos gigantes. (…) La única razón por la que me dejaban ir con ellos era por el contraste.
Es la vieja estrategia de buscar damas de honor feas para que la novia parezca guapa.
Los espejos son solo la metadona del culturismo. Hace falta un público real. Hay un chiste que dice: ¿Cuántos culturistas hacen falta para poner una bombilla?
Tres: uno para poner la bombilla y dos para decir: “¡Joder, tío, estás impresionante!”.
Sí, ese chiste. Pues no es ningún chiste. (…)
Ed siguió exprimiéndose y haciendo pesas durante un par de años más hasta que se jodió las rodillas, y Bill, hasta que se hizo una hernia de disco.
El médico no accedió hasta que murió mi padre, el año pasado. Yo había perdido peso y seguí perdiendo hasta que él sacó su bloc de recetas y dijo:
– Probemos con treinta día de Anadrol.
Y así es como yo también me lancé al precipicio.
La gente me miraba con los ojos fruncidos y me preguntaba si había cambiado en algo. El perímetro de mis brazos creció un poco, pero no demasiado. Más que el tamaño, era una cuestión de sensaciones. Empecé a ir con la espalda recta y a cuadrar los hombros. (…)
Los ojos se abren como platos y adquieren una expresión alerta. Igual que las mujeres se ponen tan estupendas cuando están embarazadas, radiantes y suaves, mucho más mujeres, el Anadrol te hace parecer y sentirte mucho más hombre. El priapismo rampante solo duró dos semanas. Uno no es nada más que la propiedad que tiene entre sus piernas. (…)
Levantar pesos acaba siendo mejor que el sexo. Una sesión de ejercicios se convierte en una orgía. Tienes orgasmos: orgasmos parecidos a calambres, calurosos y torrenciales, en los deltoides, los cruádriceps, los laterales y los trapecios. Te olvidas de tu viejo y perezoso pene. Quién lo necesita. En cierta forma es todo una paz, una escapatoria del sexo. Unas vacaciones de la libido. Puedes ver a una mujer guapísima y ponerte a gruñir, pero tu siguiente tortilla de clara de huevo o serie de abdominales te resultan mucho más atractivas. (…)
Mis amigos no me detuvieron. Solo me dijeron que comiera las bastantes proteínas como para hacer que la inversión valiera la pena. Con todo, no me compré los bloques de cinco kilos de clara de huevo. Nunca llené la nevera de filas y más filas de pechugas de pollo sin piel ni huesos ni de patatas al horno envueltas en papel de aluminio tal como solían hacer Ed y Bill. Ellos se aprovisionaban para cada ciclo de esteroides como si se prepararan para un asedio de seis semanas. Yo no estaba tan entregado.
Me limité a tomar las pildoritas blancas y a hacer ejercicio, y un día en la ducha me di cuenta de que las pelotas me estaban desapareciendo.
Muy bien, lo siento, les prometí a un montón de amigos que no tocaría esta cuestión, pero aquel fue el momento crucial. Cuando lo que eran huevos de ganso se te encogen hasta el tamaño de pelotas de ping-pong, y luego de canicas, resulta fácil decir que no cuando tu médico te pregunta si quieres repetir con otra tanda de Anadrol.
Ahí estás tú, con un aspecto estupendo, resplandeciente y alerta, inflado y con los músculos bien marcados, con más pinta de hombre que nunca en tu vida, pero en lo importante eres menos hombre. Te estás convirtiendo en un simulacro de masculinidad. (…)

Sigue, por supuesto, en “Error humano”, el libro que actualmente me acompaña en mis viajes en subtes, trenes y colectivos. Y que me mantiene alejado de los anabólicos…

Publicado el 9 febrero, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Obvio que fue leer la primera frase y levantarme a buscar el libro de la biblioteca. Es un groso, Palahniuk 🙂

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