Semana 19: Día 131: Cuando te mojan la oreja

Hay algo inherente en los seres humanos. Muchas religiones han intentado desterrarlo, llamándolo pecado, o intentando desterrarlo para purificar el yo y alcanzar un estadío superior de conciencia. Me refiero al orgullo, mal llamado ego, eso que nos lastima cada niño asiático que sube un video a Youtube y demuestra que es un millón de veces mejor que nosotros.

Ese orgullo que nos permite esforzarnos y dar un poco más. Yo soy una persona bastante orgullosa, y me encuentro constantemente luchando contra eso. Disfruto mucho corriendo acompañado; a veces voy con ese grupito de locos que van a toda velocidad, y me encuentro tan preocupado por no ir más rápido que el resto (para no quedar como un pedante) como atento de que no me dejen atrás.

Hay un corredor, al que llamaré Marcelo para proteger su identidad, que es tan rápido como yo. Tanto que en los Puma Runners nos empezaron a decir “Speedy González” al dúo. Y aunque Marce tiene un porte despreocupado y realmente disfruta mucho entrenando, si alguien le moja la oreja, tiene que responder. Alguna vez, volviendo de un fondo largo, cuando nos faltaban todavía como 4 kilómetros para terminar, alguien le dijo “Andá, adelantate, no nos esperes”, y al segundo desapareció entre la gente. En otra oportunidad nos remarcaron lo lento que íbamos, 5:50 el kilómetro. “Se nota que están cansados”. Media hora después, Marcelo iba a 4:30, y yo intentando seguirlo como me fuese posible (ya mencioné que yo soy orgulloso, y no me gusta adelantarme pero tampoco quedarme atrás).

A estas actitudes de desafío, en el barrio le llamamos “Mojar la oreja” (si alguien, literalmente, te ensalivara el lóbulo o el canal auditivo, tendrías todo el derecho del mundo de molerlo a trompadas). Hay gente a la que realmente no le importa y siguen su vida, a su ritmo, como se les da la gana. Están otros, como Marcelo o yo, que intentamos sostener esa imagen que tiene el resto de nosotros mismos. Con este entrenamiento extra me está costando, pero todavía me defiendo. Entrenando y no aflojando, el dolor en las rodillas va convirtiéndose en un borroso recuerdo (el diclofenac ayuda).

No sé si alguna vez esta cuestión del orgullo me va a jugar una mala pasada. Por ahora no. Si alguna vez me cruzan y me desafían a correr alguna distancia, o en algún terreno, no sé si lo voy a lograr… Pero seguro que lo voy a intentar.

Publicado el 8 febrero, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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