Semana 19: Día 128: Entrenando bajo la lluvia de verano

Mis fines de semana ya no son lo que eran.

Antes era entrenamiento el sábado, generalmente un fondo que rondaba por los 12 o 15 kilómetros (como mucho) y luego no hacer nada. Ver la tele, pasear por algún lugar no muy lejano, y poco más. De hecho podía pasar varias horas frente a la computadora, muy a pesar de mi media naranja (que esperaba, como corresponde, que me mantenga lejos de la herramienta de trabajo durante un finde).

Las semanas pasan, ya estamos a 32 de la Espartatlón, así que el kilometraje semanal aumenta. La idea era hacer 15 kilómetros el sábado, con 40 cuestas. Algo “light”, ya que el anterior había alcanzado los 20 km. El día sábado amaneció nublado, pero igual salimos para zona norte en busca de esas calles en subida. Con el reloj con GPS fui controlando la distancia, la idea era ahcer 7,5 km de ida, con 20 cuestas, y después volver. Pero nos entusiasmamos, y calculamos mal. A la mitad todavía nos faltaban 30 cuestas, y al final hicimos 17,5 km.

No me preocupé demasiado por la distancia extra. El sol salió mientras corríamos y nos incineró un poquito. Transpirados y oliendo a hediondo, tomamos un tren, subte, tren y colectivo, llegamos a Banfield, y pasamos el día en la pileta de mi hermano.

Volvimos a casa cerca de las 10 de la noche. Me fui a acostar con el reloj, cosa de medir mis pulsaciones apenas me despertase (esto, se supone, sirve para indicar si me recuperé del entrenamiento del día anterior). No evalué dos cosas: primero, nunca dejé el GPS cargando, así que a la mañana pude saber que tenía 60 pulsaciones por minuto y la batería baja. Segundo, 17,5 km más 40 cuestas más el resto del día en la pileta es igual a un estado lamentable y poco motivador para enfrentar 30 km de fondo. Pero era lo que tocaba hoy domingo.

Intenté cargar el reloj, realmente le di tiempo, fui al baño, jugué a los jueguitos del celular, desayuné, acaricié al perro, desperté a Vicky y miré el cielo gris amenazar con lluvias. En un acto de determinación que conmovería a cualquiera, y después de dar 20 vueltas, salí a correr. La batería del reloj aguantó unos 10 minutos y empezó a hacer piripipip (signo de que estaba descargado). Lo de saber mis pulsaciones al terminar el entrenamiento era complicado, pero mucho más calcular la distancia. Iba solo 1,6 km. ¿Cómo hacía con el resto?

El fondo largo, ideal para mí, es elegir un punto lejano, ir y volver. Imaginé que podía ir de Belgrano a Retiro ida y vuelta, pero cuando llegué a la Avenida Libertador y vi que estaba al 5200, me di cuenta de que estaba más cerca de lo que imaginaba. Opté por ir a lo conocido, que es el circuito que hay en los lagos de Palermo. La batería del reloj me acompañó hasta los 2,94 km y se apagó por completo. Estaba a unos 300 metros de la zona donde solía entrenar, así que ya sabía que una vuelta al lago equivalía a 2 km. Armado de paciencia, empecé a dar mi primera vuelta de 12.

Los primeros kilómetros fueron los más difíciles. El cuerpo estaba poco relajado, la meta parecía muy lejana, y las rodillas comenzaban a quejarse. Por alguna extraña razón, pasada la mitad, todo parece más fácil. Llovió bastante, no como para incomodar, sí para refrescar. Corrí con los pies mojados todo el tiempo, lo cual no es muy cómodo. Voy a resumir dos horas y media de trote dando vueltas al lago, porque probablemente aburra más leerlo que hacerlo. No fue fácil, sin nadie con quien conversar se hace un poco tedioso. Solo contaba las vueltas y pensaba en bueyes perdidos.

Al terminar, Vicky me ayudó a contabilizar las pulsaciones, que estuvieron dentro de lo usual. Pero quedé destruido. Creo que, para no exigirme, fui a un ritmo lento y tranquilo, y tardé 2 horas 50 minutos. Las rodillas, los cuádriceps y las abdominales me dolían, y tenía los pies arrugados y más sensibles, por estar corriendo totalmente empapado. Aún después de dormir una larga siesta (cosa que no suelo hacer) me sentía totalmente abatido. No estoy acostumbrado a hacer entrenamientos tan duros sin un día de descanso en el medio, pero para llegar a la Espartatlón tengo que habituar al cuerpo y aumentar la exigencia.

Probablemente los fines de semana de acá en más se parezcan mucho a este. Mientras corría imaginaba eventuales entrenamientos, con lluvia pero en el invierno. Septiembre va a ser otoño en Grecia, así que no puedo quejarme, y tendré que habituarme a que el clima sea una incógnita hasta el día (y medio) de carrera…

Publicado el 5 febrero, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: