Semana 18: Día 125: El gordo al arco

Esta historia es ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Esta es la historia de Diego. Yo la vi con mis propios ojos,  así que lo que cuento no me lo contaron. Estuve ahí.

Tenía muchos apodos, y la verdad es que hoy lo pensás y te das cuenta qué crueles son los chicos. “Rueda de tractor”, “Tanque australiano”, “Cementerio de canelones”. Esos me los acuerdo. Alguna vez me reí de algún chiste que le hicieron, pero la verdad es que no se merecía nada de esto. Yo solo le decía “amigo”, porque así me decía mi viejo. “Buen día, amigo”. Tenía que decirle de algún modo porque nunca me acordaba de su nombre, cada vez que le quería decir algo, que era poco frecuente, solo llegaban a mi cabeza las crueldades que le decíamos todos los días.

Diego se sentaba solo, hablaba poco, porque sabía que si abría la boca, todos nos le veníamos encima. Una vez cometí la torpeza de cargarlo. Estábamos en clase de biología, y mientras describía a la ballena, dijo que tenía hocico. Nos descostillamos de risa, y vi mi oportunidad de quedar bien con el grupo, así que dije “Para una vaca, cualquier animal tiene hocico”. Me lo festejaron, y calculo que subí un escalón social, pero para hacerlo tuve que pasarlo a Diego por encima. Desde ese día no me habló más, y la verdad es que no lo puedo culpar.

Y no éramos solo nosotros. Bastaba verlo venir al colegio con la ropa sucia, el guardapolvo descosido. Encima, como se sentaba solo, la maestra separaba a las nenas que hablaban mucho sentando a una en el mismo banco que él. Y esa nena lloraba y lloraba. “No tiene lepra” decía la seño, y nosotros ni sabíamos qué significaba eso.

Diego no hacía gimnasia, estaba eximido. Vino a una sola clase, la primera, no podía ni hacer la vuelta carnero. Nadie le dijo nada, en esa época todavía no había confianza y nadie lo cargaba. Pero no vino más. Presentó un certificado médico, y el resto de los años aprobaba Gimnasia dando un examen escrito. Un año fue el reglamento del Handball. Al otro el del Voley. Ni idea qué hizo el resto, ahí ya ni nos hablábamos.

Ya cerca de fin de año, en el recreo, había unos nenes de segundo que estaban jugando. Vino un matón de séptimo y los empezó a molestar. Nosotros estábamos en quinto, y en esa época dos años era muchísima diferencia. Te sacaban una cabeza como mínimo. Y los de segundo no estaban haciendo nada, jugaban con unos autitos. Y ese pibe de séptimo se los pateó, y después empezó a cuerpearlos. Diego se subió a un banco, no era muy alto, le tocó el hombro y le dijo “Metete con uno de tu tamaño”. ¡Ja! Como en una película. Esas cosas que escuchás en la tele todo el tiempo pero que jamás pensás que alguien va a decir. Y cuando el matón se dio vuelta PUM. Diego le dio una piña en el ojo. El de séptimo quiso juntar a varios de sus compañeros para fajarlo a la salida, pero todos le decían “¿Necesitás ayuda contra un gordito de quinto?”.

Ahí Diego se convirtió en mi ídolo, pero no se lo dije a nadie, por vergüenza. Solo me limité a llamarlo “amigo”. Le pedía cosas que no necesitaba. “¿Me prestás la goma, amigo?”. No me animé a sentarme con él, todavía se consideraba un “castigo”.

Y llegó fin de año, y todos teníamos que correr la maratón del colegio para pasar de grado. Eran 2 kilómetros, en esa época nos parecía un montón. Arrancaba temprano, un sábado, a finales de noviembre. También corrían los padres y ex-alumnos, pero ellos hacían un recorrido más largo. Y cuando se apareció Diego en la largada, nadie entendía nada. Lo empezaron a cargar, a decirle que se iba a morir de un infarto, pero él se quedó callado. Tenía unas Topper de lona.

El profesor de Gimnasia tocó el silbato, y largamos por orden, adelante los de primaria, después los de secundaria y los adultos. Las chicas corrían después. Yo fui ligero, ni me acuerdo ahora el tiempo que hice. Llegué, dejé el número para que marquen mi tiempo, y me fui con mis viejos que andaban ahí, muriéndose de calor. Y se fueron sumando algunos compañeros, yo anduve entre los primeros creo, y una de las chicas dicen “¿Ese no es el tanque australiano?”. Me di vuelta y les dije “Se llama Diego”.

Venía todo colorado, transpirando, parecía que se iba a morir. Corría de una forma que daba risa. Pero a mí no, vi cómo se esforzaba, y antes de llegar a la meta se me llenaron los ojos de lágrimas cuando vi que no traía número. No estaba anotado, ¡Si estaba eximido! Y corría, y corría, y me salió de adentro, le grité “¡Vamos, Diego, carajo!”, y cruzó la meta con un pique espectacular.

Me acerqué y le di una palmada en la espalda. Me miró y sonrió. No dijo nada, pero creo que ahí era porque ni podía hablar. Nadie podía creer que había llegado, y en un acto que no sé si fue justicia o todo lo contrario, el profesor reprobó a todos los que llegaron después que él. Incluso al final, lo usaban de parámetro para lo que estaba bien y mal.

El lunes, en cartelera, pegaron los resultados de la carrera, con el nombre y apellido de cada uno, y al lado el tiempo. Diego no estaba, pero alguien lo agregó cerca del mediodía, con birome, y no fui yo y sé que tampoco fue él. Nunca supimos si él corría solo, si era la primera vez que lo hacía. Pero se empezaron a correr rumores, de que entrenaba todos los días al amanecer, después de desayunar medio kilo de cereales y un litro de leche chocolatada. Cosas de chicos.

Lo cierto es que terminó el año, y Diego dejó el colegio. No supimos más de él.

Ya en los últimos años de la secundaria se vinieron los intercolegiales. Yo andaba bien en atletismo, así que me madaron a competir en 400 metros llanos y en carrera con obstáculos. Me fue re mal, ni me quiero acordar. Pero había un petiso que corría que daba calambre. Hizo podio, sacó varias medallas de oro. Uno cambia tanto en seis años, pero no tanto. Probablemente haya sido otra persona, pero me lo quedé mirando, imaginando.

Cuando cuento la historia, exagero un poco y digo que era Diego. Que estoy seguro. Que tenía la misma cara, que se ponía todo colorado y corría todo despatarrado, y les ganaba a todos. Me reconforta pensar que todos hacen memoria y tratan de acordarse de ese gordito al que para lo único que le dirigían la palabra era para mandarlo al arco. Quiero que, al contar la historia, se imaginen que para triunfar en la vida no hace falta ser el más popular, ni el más alto, ni el más fuerte. Hace falta tener determinación. Y aunque nunca sepa si ese corredor realmente era Diego, en mi corazón sé que no les estoy mintiendo.

Publicado el 2 febrero, 2012 en Ficción y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 6 comentarios.

  1. nicolas morales

    Qué buena historia 🙂

  2. historia emocionante…

  3. Gran historia! Me hizo acordar a los relatos de Gordie, de la película “Stand by me”

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