Semana 18: Día 124: Historia de una ex-fumadora

Vicky es, además de mi prometida, una atleta muy comprometida con su entrenamiento. Desde noviembre de 2010 entrena regularmente, y ha descubierto en el running un estilo de vida. No fue sino hasta febrero de 2011 que se decidió, ya que estaba, a dejar definitivamente el cigarrillo.

En algunas oportunidades le pedí que escribiese algo como “invitada” en el blog, y aprovechó este año de pulmones sin humo para mandarse un texto muy profundo y personal (además de que ya hizo dos podios, escribe mejor que yo).

Sin más preámbulo, les dejo la historia de Vicky.

Comencé a fumar por el año 2000. Me había ido a vivir sola, a un monoambiente en La Plata. Aunque ya hacía 2 años no vivía en el barrio de mi infancia/adolescencia, conviví un tiempo con un grupo de chicas en una casa y después decidí irme. Por esas épocas donde uno ya deja la adolescencia y se empieza a parecer a un adulto y a tener responsabilidades, buscaba la forma de entenderme, conocerme y convivir conmigo misma. Ya había pasado por varias situaciones que me habían obligado a cambiar mi forma de pensar: irme a estudiar una carrera a otra ciudad, convivir con otras personas que no son tu familia, alejarse, encontrarse, hacerse amigos nuevos, rendir. Todas situaciones estresantes para una chica de 21 años. Siempre había sido deportista pero por esas épocas lo había olvidado. En la soledad de mi departamento, en esas largas horas de estudio con unos mates de por medio, se me cruzó la idea de ver “qué onda”, “si total, estoy sola, no jodo a nadie, si yo decido cuándo empiezo, también decido cuándo lo dejo”. ¡Mentiras! Es una adicción, es complicado dejarlo. Y así, me convertí en una fumadora. Me autoinventaba beneficios, como que me aliviaba el estrés, podía ir mejor al baño, me relajaba después de comer. Todo lo que hacen los adictos. Como era un nuevo (mal) hábito y lo sabía -era muy consciente de lo nocivo de la nicotina-, hice varias promesas como “me recibo y lo dejo”, “a los 27 dejo de fumar”, y cosas por el estilo. Me recibí y no lo dejé. Pasé los 27 y tampoco. Retomé el deporte, algo que me apasionó toda la vida. Había estado abandonada por unos años ya que la carrera me consumió la vida y la energía, no tenía tiempo ni me daba el cuerpo. Pero fumaba. Cuando retomé el deporte recordé lo lindo que era sentir ese agotamiento muscular y los cambios físicos, entonces me prendía un pucho y seguía. Durante muchos años viví así, el cigarrillo siempre me acompañaba. Cuando iba de viajes de campaña (soy geóloga y nuestro trabajo es generalmente en las montañas, sino en un pozo petrolero o alguna mina), subía los cerros fumándome un pucho y nunca sentí ese agotamiento de no poder ni respirar, o cuando descansábamos viendo el paisajes después de alguna subida complicada o de una larga jornada laboral, contemplaba el paisaje y me fuma un cigarrillo como en las publicidades. Nada tenía que ver ese cigarrillo con el aire puro de las montañas. Pero mi cuerpo siempre respondía, tenía capacidad pulmonar, fuerza, juventud y energía.
Mis amigas me decían que ese vicio no tenía nada que ver con mi estilo de vida, ese amor por la naturaleza y siendo una “chica tan deportista”. Casi todos me decían algo similar y aquellos que nunca me habían visto fumar ni me veían como fumadora. Evidentemente, algo no encajaba. Hasta desconocidos me han dicho cosas, algún que otro loco que me he cruzado por la calle me contó alguna historia trágica con algún amigo muerto gracias a esa adicción. No podía dejarlo, ¡no quería dejarlo! No me interesaban esas historias, si mi cuerpo me respondía, si podía estar dos horas por día en una clase de Fight-Do saltando y transpirando,  ¿para qué lo iba a dejar?
Hasta que mi cabeza dio un giro hace exactamente un año atrás.
Nunca había corrido en mi vida, solo para entrar en calor. Había sido gimnasta en mi infancia y recuerdo que corríamos mucho y hacíamos picadas. Pero eso era media hora nada más.
Empecé a correr en noviembre de 2010 con el grupo de running del trabajo, los mediodías, cuando empezaba a hacer calor. Las razones por las que decidí “salir corriendo” son muchas, desde lo mental, físico, búsqueda de cambios internos y externos, etc.
Fumaba, no podía correr 200 metros sin cansarme. Recuerdo que pensaba que de afuera se veía muy fácil eso de poner un pie adelante del otro, ¡pero no! ¡Cómo me costaba! Me extrañaba, ya que supuestamente yo estaba en “estado”. Al principio podía respirar y las piernas no me daban. Mis músculos estaban entrenados para otro deporte, tenía mucha elongación pero me faltaban fuerzas para esto. Volví ese primer día fascinada, ya que mi mente -al haber sido una gimnasta- sabía de desafíos y este era uno muy grande. Quería ver los cambios, quería superarme, yo sabía que podía y entonces me prendí un pucho…
Corría febrero de 2011 y el dueño de este blog me invitó a una carrera con su grupo de running los Pumarunners, la carrera era en Tandil, la famosa Merrell. ¡Una carrera de aventura! ¡En la montaña! ¡Era mi sueño! ¡Nunca había corrido una carrera en mi vida! Pero no me iba a dar el cuerpo, hacía menos de 4 meses había empezado a experimentar el running y entonces… me prendí un pucho… lo miré… ese cilindro encendido, me dominaba, llenaba de humo mis pulmones donde debería ir oxígeno. Decidí que si esto me lo iba a tomar en serio, debía olvidarme de ese “compañero inseparable”. Era una carrera, complicada y vos, cilindro de papel relleno de tabaco, no tenías nada que ver con esto ni con mis futuros planes. Decidí que tenía que eliminarlo definitivamente de mi vida.
Ya pasó un año que dejé de fumar y los cambios fueron graduales. Yo pensaba que inmediatamente iba a notar diferencias, pero no fue así. Me extrañó mucho que al mes de haber dejado de fumar me cansaba más que antes, mismo el entrenamiento se me interrumpía por sucesivas gripes y alergias, como que de repente el cuerpo comenzó a boicotearme.
Yo seguía corriendo.
Muchos me decían que me había vuelto fanática del running y que había cambiado un vicio por otro.
Cada vez corría más y atravesé todo el invierno entrenando al aire libre.
Empecé a sentir que mis piernas cada vez estaban más fuertes y que mi postura estaba mejor (al igual que mi pequeña zancada…), pero al contrario que antes, sentía que no podía respirar. Evidentemente estaba sintiendo lo que 10 años de nicotina le habían hecho a mis pulmones. Hoy siento que podría estar rindiendo mejor; aún siento las secuelas de haber fumado. Dicen que nunca más volveré a tener mis antiguos pulmones, esos que tenía antes de que se me ocurriera esa idea loca de empezar con el cigarrillo.
Todos los días intento superarme y llevar mis pulmones al límite pero siento esa fatiga.
Sé que hoy no es lo mismo que hace un año atrás, mis piernas de a poco se fortalecen y mis alvéolos retomarán sus funciones. Pero tengo que ser paciente y hacer las cosas bien.
Los cambios son notorios, de otra forma nunca hubiese podido correr 100 kilómetros, exactamente un año después de dejar de fumar.

Publicado el 1 febrero, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Tambien deje de fumar. Hace 11 meses. Es una liberacion enorme, me sentia re atado. Recien a los 6 meses se me empezaron a ir las ganas de fumar. Mas o menos para esa epoca probe fumar un pucho (para ver como era). Casi me ahogo a las dos pitadas, no volvi a probar nunca mas y se me fueron las ganas. Tuve suerte. Yo creo que ahora estoy liberado. Para esa epoca empece a correr!

    • Te felicito Fede! Yo el primer mes me había olvidado que fumaba, pero porque no tenía ratos libres, solo me generaba ganas cuando a la noche me sentaba con mi notebook a chatear con alguien o a jugar a algo.

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