Semana 18: Día 122: La soledad del corredor de fondo

Sí, hay una película llamada “La soledad del corredor de fondo” (1962), basada en el libro “The Loneliness of the Long Distance Runner” (1958), de Allan Sillitoe. Ni vi el film ni leí la novela.

Pero ese título siempre resonó en mi cabeza desde que lo leí por primera vez. También estaba esa imagen sola del joven corriendo, completamente solo. Y es esa sensación de aislamiento la que nunca me gustó del todo en el atletismo. Es raro, porque aunque haya postas y equipos, correr es una actividad individual. Es uno contra sí mismo, en especial en las distancias largas. Y ese enfrentamiento nunca es físico, siempre es mental. Enfrentarse a esa soledad es algo que puede sonar abrumador. Para mí lo es.

Correr en compañía es una diferencia abismal a hacerlo en forma individual. Lo noté corriendo la maratón en Grecia, donde estaba más solo que el uno, y me sentí mucho mejor rodeado de gente en Buenos Aires, un mes después. Hasta mi rendimiento fue infinitamente mejor.

En la Nocturna de Salvaje, cuando corrí 30 km en Marcos Paz, también pude experimentar esa soledad. Por un lado, al ser relativamente pocos inscriptos, era fácil quedar solos y no ver ninguna luz por delante ni detrás de uno. La oscuridad no ayudaba, en absoluto. La cabeza se llenó de incertidumbres. ¿Vengo bien? ¿Ese punto brillante a lo lejos es un corredor, un auto, una luciérnaga? No tenía parámetros, ni personas con las cuales medirme, ni nadie que me haga sentir un poquito acompañado.

Esto es un juego de niños al lado de Patagonia Run, donde tengo planeado correr 100 km. Es una carrera difícil, cara y se realiza bastante lejos de casa. O sea, no queda mucho más que apretar los dientes y bancarse la soledad. Quizá sirva para inscribirme en Espartatlón, quizá no. Pero es muy probable que recorra largos trechos en solitario. Vicky va a enfrentar los 63 km y es algo que la preocupa. Durante los 100 km de Yabotí nos acompañamos mutuamente, pero ahora cada uno tiene que hacer su propio camino en esto de as ultramaratones.

Pensé, para los 100 km, comprarme unos auriculares deportivos, y así soportar las largas horas entrenando. Pero me parece que lo que me molesta de estas largas distancias es no tener en qué pensar. Yo suelo preocuparme por la respiración, por ver dónde pisar, pero en 100 km es como que estás obligado a usar el cerebro. Es un músculo que nunca se apaga, y siempre tira para un lado o para el otro.

Por eso, por má que me pese, tengo que seguir entrenando fondo, para acostumbrar la cabeza. Es también soportar el estar aislado, solo con los pensamientos de uno. Si me preocupan los 100 km, hacer los 246 de la Espartatlón se me hace algo inimaginable…

Publicado el 30 enero, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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