Semana 18: Día 121: El elefante encadenado

Hoy fuimos con Vicky a pasar el domingo al Tigre. La idea era aprovechar un día espectacular, quizá refrescarnos un poco en el río, y descansar. En el camino la rodilla se quejó un poco, y estar al aire libre era una forma de sacar la cabeza del pánico de una lesión.

Aproveché también para avanzar con mis lecturas. Terminé hace poco un libro de Chuck Palanhiuk (autor de “El Club de la Pelea”) llamado “Snuff”, que trata de una actriz porno que, ante su inminente decadencia, decide filmar una película con la que rompa el récord mundial de actos sexuales seguidos (500 es el número). Me fascinó (no por la temática, sino por cómo escribe) y pasé al siguiente al instante, que fue “Pigmeo”, los informes de un agente adolescente asiático que se infiltra en una familia norteamericana tipo, para cometer un atentado terrorista.

Venía con una seguidilla de Palanhiuk, y como me quedan 3 o 4 libros más de él, la idea era mantener este período de obsesión con el autor. Pero mientras yo avanzaba con los terroristas adolescentes comunistas, Vicky estaba inmersa en un libro llamado “¡Date Cuenta!”, de Silvia Freire. Y me lo pasó, porque se identificó mucho y quería que yo tenga un pantallazo de cómo es su forma de pensar (yo, para colmo, solo tenía para ofrecerle un libro con una actriz porno buscando el record Guinness y terroristas adolescentes asiáticos comunistas).

Hoy, tirado en una lona, leyendo a la sombra, me encontré con una cita fantástica que hace Freire sobre un cuento de Jorge Bucay. Quizá me haya impactado porque estoy en una etapa especial, con la rodilla en peligro. La mente, dice la autora, nos predispone a cosas buenas o malas, dependiendo de nuestra actitud hacia la vida. Y lo ejemplifica con el siguiente texto. Yo tomo la posta, y lo comparto también:

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente:
¿Qué lo mantiene entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia:
–Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.
Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.
La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía…
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –pobre– que NO PUEDE.
Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás… jamás… intentó poner a prueba su fuerza otra vez…
Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad… condicionados por el recuerdo de «no puedo»…
Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón…

JORGE BUCAY, «Recuentos para Demián»

Publicado el 29 enero, 2012 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Es un relato muy potente. A mis dos hijos (el más chico de 5) se les conté desde muy chicos, ya que con gran claridad hace ver que la única forma de saber si se puede o no es intentando. También ayuda a ver que aunque en el presente AÚN no se pueda, con perseverancia y voluntad todo puede lograrse. Gracias por compartirlo.

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