Semana 14: Día 93: Los 8 km de la San Silvestre Buenos Aires 2011

Juntarse a comer con la familia. Ir a tomar un helado con tu pareja. Visitar viejos amigos. Correr 8 km al rayo del sol. Cada uno elige de qué manera despedir el año.

La San Silvestre es una tradicional carrera que nació en Brasil y que rápidamente se extendió a varias ciudades. En la región paulista originalmente tenía 8 km, y de a poco le fueron agregando distancia. El año pasado se corría el rumor de que lo mismo pasaría en Buenos Aires, y que cada año ganaría 1 km extra hasta llegar a los 15. Nada de eso sucedió, pero sospecho que fue una inteligente movida de parte de la organización, porque lograron una impresionante convocatoria.

Yo, de desorganizado nomás, había logrado anotarme el viernes, un día antes de la competencia. Sufrí bastante con esa incertidumbre, pero confieso que peor me ponía la presión autoimpuesta de hacer un mejor tiempo que en 2010. Tenía pocas excusas: el año pasado corrí después de estar varias semanas parado, con una lesión en mi maldita costilla. Hizo un calor de locos, y yo estaba con una faja de neoprene que me hacía transpirar 50 veces más de lo normal. Pero me sobraban ganas, y corrí a la par de mi papá en algunos tramos, lo que hizo a la experiencia mucho más valiosa para mí.

Como no podía ser de otra manera, preparé mis cosas a último momento. Salí corriendo (literalmente) hasta llegar al subte que me dejaría cerca de la largada, unos 15 minutos antes de la hora. Pregúntenme por qué dejo todo para último momento, y no sabré cómo explicarme.

En el trayecto, me di cuenta que por el apuro no me hice de alfileres de gancho para sostener mi número. El resto, afortunadamente, estaba todo. Llamé a mi papá por teléfono para que me auxilie, como viene haciendo desde hace 34 años (y 14 días) y quedé con él para que me alcance los ganchitos y me aguante mi morral (con llaves, celular, plata, etc) hasta el final de la carrera. Como el año pasado había completado los 8 km en 35 minutos y 7 segundos, quedamos en vernos en la llegada a las 16:35.

Me sorprendió ver que en el mismo vagón del subte viajaban otros dos corredores con el uniforme de la San Silvestre. Busqué alguna mirada cómplice, un saludo con una levantada de cejas, pero cada uno estaba ensimismado, quizá preocupados porque llegaban sobre el pucho como yo. Supongo que estas cosas también me incentivaron a participar de esta carrera: era muy fácil encontrar por toda la ciudad gente de cualquier edad y condición física que iba a participar de este desafío igual que yo. Y con esos miles de inscriptos y réplicas por todo el mundo, uno siente que está formando parte de algo muy, muy  grande.

Obviamente fui hasta allí con la idea de bajar mi tiempo. Pero aunque la distancia no me representaba un desafío, estaba muy nervioso y preocupado por no poder lograr ese objetivo. Estoy pesando lo mismo que hace un año, mi proporción de masa muscular es similar… en una supuesta igualdad de condiciones físicas… ¿cómo me podía ir? Además, la cantidad de corredores se había duplicado respecto al año anterior, y ahora estábamos divididos en sectores de acuerdo a nuestra velocidad promedio estimada (yo vaticiné un “4:20” el kilómetro).

Me encontré con Marcelo, amigo y compañero de entrenamiento, y envidié su eterna tranquilidad. Venía a divertirse, y no le preocupaba tanto el tiempo. Por suerte el clima fue más benévolo que en 2010: 25,5 grados centígrados, aunque en el trayecto veríamos poca sombra. Por las dudas, nos mojamos la cabeza antes de salir. Se notaba que habían mejorado el tema de la hidratación, entregando agua bien fría dentro del corralito de los corredores, y había un clima de fiesta, casi de recital, con pelotas gigantes que la gente se pasaba entre sí.

Empezamos puntuales, un minuto después que los corredores con capacidades diferentes (deberían haberle avisado al conductor que ya no se les llama “discapacitados”). Largamos en el tercer bloque, atrás de la elite y del grupo de 3:30 a 4:00 el kilómetro. Nos tomó varios segundos cruzar el arco de salida, y recién ahí arrancamos el reloj gps.

Odio los embudos de las largadas, los codazos, y esa desesperación por encontrar un hueco para no retrasarte. Es el momento más tensionante, y a más personas, más se traba todo. Me escabullí como pude entre la gente, y enseguida lo perdí a Marcelo. Nos reencontramos a los 150 metros, y me dijo “Va a estar difícil esto, Martán”. Y aunque nos volvimos a separar y lo busqué girándome un par de veces, me di cuenta que iba a ser imposible hacer el trayecto juntos. Así que apreté, y en cuanto los corredores se empezaron a abrir entre las calles de la Ciudad, abrí la zancada. Fue un momento liberador.

El trayecto era en cruz, y prometían hidratación cada 2 km. Después de arrancar en 9 de julio, soblamos en Avenida de Mayo hacia la derecha. Poco antes de llegar al Congreso de la Nación, encontramos el cartel que indicaba los primeros 1000 metros. Muchos curiosos llenaban las veredas, mirando a los corredores. Otros, impacientes, buscaban el hueco para cruzar la calle. Doblamos por Entre Ríos, y nuevamente en la Avenida Belgrano, donde estaba el primer puesto de hidratación. ¡Y era de agua fría! No me podía sacar de la cabeza cuando en 2010 ansiaba el agua, y el sol la había dejado caliente como para el mate.

Seguimos la marcha hasta llegar nuevamente a la 9 de julio. Yo apretaba todo lo que podía, y miraba el reloj constantemente. Empecé en 3:35 el kilómetro, y lentamente fui bajando el promedio. Mi intención era intentar estar por debajo de 4:00, con eso iba a mejorar cómodo mi tiempo anterior. Corrimos hasta Chile, pasando el cartel que indicaba el kilómetro 3, y retomamos por el otro carril de 9 de julio. Intentaba no bajar el ritmo, y a veces me encontraba con que un par de corredores me cortaba el paso y me obligaban a rodearlos, a veces subiéndome pocos metros a la vereda.

Como dije antes, la distancia no era un desafío, pero venía quemando llantas, así que el cansancio se hizo sentir pronto. El ritmo inevitablemente bajaba, y el pecho y las piernas empezaban a quemar. Buscaba corredores a los cuales subirme, para mantener el ritmo, pero o los perdía, o eventualmente los pasaba. No pude encontrar a nadie que me sirviera de anzuelo.

Volvimos a doblar en Belgrano, y tomamos la diagonal de la avenida Julio A. Roca. Justo ahí era el kilómetro 4, y estaba el segundo puesto de hidratación. Intenté seguir el consejo de no buscar al primer asistente de la mesa, donde se apelotonan los corredores, y tirar la mano para agarrar las botellas del final. Pero justo cuando estaba por agarrar la que me correspondía, otro corredor me la arrebató. Emití (por reflejo) una queja, que seguramente contenía una puteada. El atleta me miró de reojo y no dijo nada. Otro gentil competidor compartió la suya conmigo. Lo sé, el primero no se dio cuenta que yo también iba a agarrar la misma botellita, pero el gesto del otro corredor son esas cosas que me enorgullecen y me hacen sentir que hay esperanzas para la humanidad.

Llegamos al Cabildo, donde empecé a buscar a mi papá entre la gente. Tenía la esperanza de encontrarlo y que me dé un impulso motivacional. Pero no lo veía. Quise gritar para llamarlo, era como que necesitaba no sentirme solo entre todos esos corredores. Pero nada, estaba dependiendo de mí mismo. Rodeamos la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada. Aunque no hacía un calor sofocante, bajo el sol la sed se hacía sentir con mucha frecuencia. Frente a la Jefatura de Gobierno estaba el kilómetro 5, y si mal no recuerdo ahí entregaban Gatorade. En carreras de velocidad le escapo a tomar en vasito, porque te obliga a frenarte (la alternativa es beber igual y terminar bañado en ese líquido pegajoso).

Volvimos por Avenida de Mayo en dirección a la 9 de julio. Sabía que faltaba poco, y no era el momento de aflojar. Sin embargo, como pocas veces, el cuerpo me pedía un descansito, aunque sea caminar unos metros hasta recuperar el aire. Me sorprendía cómo no importa si corrés 8, 30 o 100k, hay un punto donde la mente se replantea todo ese esfuerzo “inhumano” y pide piedad. No escuché a mis inseguridades, y seguí corriendo, siempre intentando mantener la velocidad. Ya el reloj se había clavado en 4 minutos el kilómetro y no quería que se mueva mucho más de ahí.

Doblando en la 9 de julio se encontraba el kilómetro 6. Supuestamente había hidratación, pero o me distraje y no la vi, o la cambiaron de lugar. En este punto no podía pensar en otra cosa que en llegar, así que el escenario se fue borrando un poco. Todo lo que veía era el asfalto y las marcas azules en la calle indicando el trayecto. Todo era apretar y no aflojar. Apretar y no aflojar.

Pasé por el costado de la meta, y vi llegar a los ganadores, encabezados por el argentino Luis Molina. Miré mi reloj, que marcaba unos 23 minutos y medio (en realidad hizo 24:26, pero hubo un desfasaje porque él debe haber arrancado en el sector de Elite, cómodo y sin el efecto “embudo”). Todavía faltaban casi 2 km, los más largos de toda la carrera.

Cruzamos al costado del obelisco, y derecho por la 9 de julio. En Marcelo T. de Alvear estaba el kilómetro 7, y ahí doblamos para volver por el carril contrario de la avenida más ancha del mundo. Ahí empecé a abrir la zancada. Sentía que lo que quedaba no se terminaba más, pero ante esas inseguridades es cuando hay que aferrarse más al plan, confiar en que no va a pasar nada si te seguís esforzando, y esperar… el dolor es pasajero, la gloria es eterna…

Me avergüenza admitirlo, pero empecé a gritar. No puedo decir que sean gritos de bronca, porque no estaba enojado. Estaba cansado, haciendo un tremendo esfuerzo. Era una forma de descargarme, de darme ánimos. Crucé la meta gritando, supongo que similar al nacimiento, ese hecho traumático por el que pasamos todos al llegar a este mundo. El reloj marcó 32:15, casi 3 minutos menos que el año anterior. Ese objetivo estaba cumplido.

Me hidraté, y empecé a sentir dolor en las piernas. Di todo lo que tengo. Si algún día mejoro estos tiempos, no será por falta de determinación, sino por desarrollo muscular. No queda otra, tendré que entrenar mucho para seguir creciendo (y ese es el eterno objetivo a largo plazo). Me calzaron la pesada medalla, y ahí sí me encontré con mi papá. Me buscó entre los corredores, cuando pasamos por segunda vez por la Avenida de Mayo, pero yo ya había pasado, y nos desencontramos. Pocos minutos después llegó Marcelo, y nos tomamos la foto que ilustra este post. Ambos estábamos contentos de habernos tomado ese tiempito, en la tarde del último día del año. Hicimos una de las cosas que más nos gusta, que es correr.

Y así, cada uno volvió a su casa. Yo le pedí a mi papá caminar un poco, para regenerar. Muchos corredores seguían llegando, y seguirían haciéndolo hasta bien pasadas las 5 de la tarde. Con diferentes niveles, cada uno de las personas que se hicieron presentes a la sombra del obelisco lo hicieron para correr con su técnica, al ritmo de cada uno, con resultados diferentes. Pero todos cumplimos el mismo sueño: llegar. Por eso, aunque el podio es de unos pocos, el 31 de diciembre 2747 personas se ganaron algo.

Publicado el 1 enero, 2012 en Carrera y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Hola Martín: muy lindo este post, creo que “entregaste todo” en él… igual que en la carrera. Un placer haber estado cerca, aunque no te acompañé corriendo algún tramo, como el año pasado… quien te dice el año próximo?! Felicitaciones!!

  2. Muy buena reseña! a mi se me hizo dificil el sábado, sentí mucho calor, no estoy acostumbrado a correr con sol, siempre lo hago por la tarde/noche.
    En el centro no corre mucho viento eso sumado con el calor que genera el asfalto hizo que la temperatura sea más elevada.
    Creo que es la primera vez que veo gente abandonando antes de llegar al primer kilometro.
    Abrazo y feliz 2012.

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