Archivos Mensuales: diciembre 2011

Semana 12: Día 83: Reconciliándome con la bici

El día que corra la Espartatlón será cuando empiece a considerar seriamente empezar a entrenar triatlón. Quizá en 2012 consiga viajar a Grecia y no llegue; eso significará que tendré que volver a intentarlo. Pero cuando lo logre quiero dedicarme al tria, quizá pensando en un Iron Man.

Bueno, el tema es que desde que un auto me chocó en la intersección de las avenidas Dorrego y Corrientes, me deshice de la bici y juré no volver a subirme a una, promesa que vengo cumpliendo desde hace más de un año. Obviamente, ante este objetivo, tengo que reconciliarme con este vehículo. Falta para esto, pero al menos, como parte de la rehabilitación, empecé a recopilar las ventajas de andar en bicicleta.

Ecología: La bicicleta no contamina el medio ambiente, ya que usa la energía generada por el movimiento de nuestros pies en el pedal y no utiliza combustibles que emiten dióxido de carbono.

Trabajo cardiovascular: En alrededor de 30 minutos de pedaleo podemos quemar hasta 300 calorías. Además optimiza el funcionamiento cardiovascular y respiratorio del organismo.

Tonificación y fuerza: andar en bicicleta requiere una gran participación de los músculos de la pierna. El pedaleo tonifica y fortalece cuádriceps, isquiotibiales y gemelos, lo cual es de ayuda para complementar otras actividades que también necesitan de fuerza en las piernas. A la hora de ganar músculo siempre es más recomendable que correr.

Eficiencia energética: el consumo de energía que requiere la utilización de la bicicleta es 50 veces menor que el que requiere un automóvil. Por otra parte, la energía empleada en la fase de fabricación de un automóvil permitiría la fabricación de entre 70 y 100 bicis. Los costos de adquisición y mantenimiento de la bicicleta son de 30 a 40 veces inferior a los del automóvil. Si se analizan los gastos colectivos de construcción y conservación de la infraestructura viaria y la regulación de la circulación, para la misma capacidad de transporte la bicicleta requiere entre una inversión 10 y 20 veces menor que el tráfico motorizado.

Autonomía: La bici constituye una forma independiente de movilidad cuando las distancias resultan demasiado largas para ser realizadas a pie. Es fácil de manejar a casi todas las edades y casi en cualquier forma física, además de ser barata y accesible.

Seguridad: La bicicleta no es un medio de transporte peligroso, ya que no es capaz de producir en general grandes daños y contribuye a mejorar la seguridad vial calmando el tráfico. Donde crece su uso, se reduce el número total y la gravedad de accidentes. Igual ojo al manejarla en la calle, ya que uno viene a ser la carrocería del rodado.

Rapidez: para distancias de hasta 5 kilómetros la bicicleta se muestra como el medio de transporte más rápido en los desplazamientos “puerta a puerta” urbanos, a veces más que un colectivo o un auto.

Ocupación de espacio: El espacio ocupado por las bicicletas en  muy inferior al requerido por otros transportes. La capacidad de una vía ciclista multiplica por 10 la de una vía para automóviles. En el espacio de una plaza de aparcamiento de automóvil cabrían hasta 20 bicicletas.

Economía: la bicicleta puede ayudarnos a ahorrar mucha plata, ya que no gasta en combustible.

Salud: manejarse en bicicleta es una forma idónea de hacer ejercicio, que no contamina y es silenciosa, mejorando la salud individual y colectiva. También ayuda a liberar ansiedades, relajar y respirar aire puro. Aumenta el flujo sanguíneo, mejora la capacidad pulmonar y reduce los niveles de colesterol en la sangre. Además ayuda a disminuir el porcentaje de grasa en el cuerpo, convirtiéndola un arma eficaz para combatir el sobrepeso. Incrementa la coordinación motriz, mejora la capacidad física, mejora el ritmo de recuperación después de hacer ejercicio, incrementa la masa ósea (vuelve los huesos más fuertes), ayuda a mejorar el ánimo, distrae de las preocupaciones (se recomienda en estados de estrés y ansiedad) y aumenta la elasticidad así como el rango de movimiento en las articulaciones.

Otras ventajas: Se puede practicar a solas o en grupo y en contacto con la naturaleza. Aminora el calentamiento global (cero emisiones). Combate la obesidad. Es más fácil y rápido que caminar. No paga impuestos. Una vez que aprendés a andar, no te olvidás más.

Semana 12: Día 82: Armando la lista navideña

En pocos días es Navidad. Obviamente vamos a comprar los regalos a último momento, en un bazar (anteriormente conocidos como “Todo x $2”), o a los manteros de la calle Florida. Pero podríamos tomarnos unos minutos y hacer compras más concienzudas.

Lo más lindo de las fiestas es regalar. Pero si pudiese tener un momento de egoísmo y frialdad y decir qué quiero que me regalen, diría que siempre son preferibles los regalos prácticos. En nuestro caso (para los que vivimos en el Hemisferio Sur), la lógica indica elementos veraniegos, como ser ojotas, malla, chombas, camisas de manga corta, bermudas, gorra. Siendo alguien que, además, cumple años una semana antes de Nochebuena, tengo de estas prendas como para armar un piquete y detener un tren. Esta clase de cosas entraría en la categoría de practicidad, pero generalmente un deportista tiene ropa de sobra. Una mejor idea podrían ser unas calzas deportivas, remeras dry-fit, o antiparras de seguridad / anteojos que cubran toda la periferia de la vista. Para este último item podemos agregar esas tiras que se enganchan en las patillas, para que no se caigan al correr.

Como detallé el año pasado, en las fiestas se suele subir un promedio de 3 o 4 kilos, principalmente porque combinamos alimentos hipercalóricos con alcohol. La dieta navideña está copiado de los países del norte, donde Papá Noel es Santa Claus, viene del Polo Norte, y se abriga hasta las orejas para combatir el gélido diciembre. Pero nosotros nos morimos de calor, ponemos los ventiladores al mango, y comemos garrapiñadas, almendras, turrones y nueces, como si estuviésemos a punto de comenzar los 160 km de La Misión, en las frías cuestas de San Martín de los Andes. En una comida normal ingerimos unas 800 kilocalorías, mientras que en las de las fiestas se consumen entre 2 mil y 3 mil. Un error común es intentar “hacer lugar” para la suculenta cena de Navidad y llegar en ayunas. Mientras menos azúcar haya en sangre, más se absorben los alimentos y más engordan. Por este motivo, es mejor hacer las comidas regulares durante el día para llegar a la noche con un apetito moderado.

Con esto en mente, regalar algo que incentive la práctica deportiva es lo más idóneo que se me ocurre. Un reloj con GPS para los más pudientes, o uno con cronómetro para los más ajustados. También puede ser un porta celular, para que podamos ir al gimnasio o a correr escuchando música o la radio. Hace un tiempo, cuando cumplimos años con mi hermano, le regalé un año de cable. Le hice un voucher con la compu, le di de alta una cuenta, y mes a mes le pagué por el servicio. Pienso que quizá podríamos regalar una membresía en un gimnasio. No necesariamente tienen que ser 12 meses (es bastante caro, pero habrá quienes puedan hacerlo) ni tampoco hay que apersonarse a pagar cada cuota. Se puede hacer un vale de verdad por el tiempo que se quiera (y pueda). Muchas veces lo difícil es dar el primer paso, y siempre podemos dar un necesario empujoncito motivacional.

Como alguna vez conté, mi papá me regaló en una oportunidad un reloj digital, que yo encajoné y jamás usé. Diría que no funcionó como incentivo, pero cuando empecé a correr con regularidad lo busqué por todos lados, y no lo pude encontrar. Tenemos que aceptar que nuestros regalos no surtan el efecto esperado, pero seguramente sean tanto o más prácticos que una taza o un portarretratos. Creo que el concepto de la Navidad es dejarse de lado y demostrarle al otro lo valioso que es. El regalo, sea el que sea, es suficiente gesto. Muchas veces suena a compromiso y queremos resolverlo lo más rápido posible (suele ser mi caso). Si nuestro obsequio termina encajonado, no importa. Nuestro mini-objetivo de ofrecer una alternativa un poquito más elaborada y afin a una vida deportiva y saludable, estará cumplida.

Semana 12: Día 81: Un 20 de diciembre de 2001

Todos recordamos exactamente lo que estábamos haciendo 10 años atrás, el 20 de diciembre de 2001. Es increíble que ya haya pasado una década de aquel estallido, pero sigue fresca en la memoria.

Es inevitable para mí mirar hacia atrás y ver en qué estaba mi vida. Después de verme jugando con la compu (dibujando el logo de Superman y Batman con el Paint del Windows… no se puede ser más patético), mi papá me había sugerido anotarme en Diseño Gráfico. Había encontrado un folleto de un terciario, en el tren, y me lo trajo a casa. Fue el puntapié para que estudiara esa carrera, me recibiese con el mejor promedio, y que hoy viva de esto. Todo pasó en diciembre de 2001, mientras el país se hundía más y más en la crisis.

Todavía no sabía cuánto me iba a gustar el Diseño, era una verdadera incógnita para mí. Podía ser algo que me aburriese, como cuando estudié periodismo, o guión de cine, o bellas artes (en realidad, me anoté y no fui ni a la primera clase). Tenía 23 años, la edad en que mis padres se habían casado. Tenían casa, un proyecto, y aunque nos separaban tres décadas, a mí me pesaba. Iba a ser el fin de mi desorientación vocacional, pero en esos días estaba confundido y ajeno a lo que pasaba en el país. Por eso no caía cuando veía los saqueos en los noticieros, los cacerolazos, el ministro de economía renunciando, seguido por el presidente De La Rúa yéndose en helicóptero.

Tengo muy presente estar viendo el noticiero (Crónica), con los disturbios en vivo, y los cacerolazos como cortina musical. En un momento apagamos la tele y las cacerolas se seguían escuchando. Vi vagones de tren incendiados, a cuatro metros de mi cara, y viví un cumpleaños un tanto deprimente, por la cantidad de amigos que no se animaban a salir de sus casas porque habían comprado el rumor de que hordas de saqueadores estaban entrando en las casas.

Pasaron 10 años, y soy otra persona. Por eso puedo mirar atrás y entender un poco más qué pasaba y qué me pasaba. En esa época no corría, tan solo me lamentaba y vivía en forma pasiva. Estudiar fue la primera cosa del mundo “adulto” que realmente me apasionó. Pero viví en el 1 a 1, cuando no hacía falta pedir visa para viajar a EEUU, cuando la gente la creía a los bancos. No lo sabía en ese entonces, pero el 20 de diciembre de 2001 yo estaba viviendo mis propios cambios internos, mientras el país estaba en caos. Me alegro mucho por las cosas que cambiaron desde entonces. Me apeno todavía más por las que no.

Semana 12: Día 80: ¿Correr descalzo?

El día de mi cumpleaños me junté a almorzar con mi familia. Lucas, mi hermano mayor, llegó con Félix, su perro tamaño familiar. No se sabía quién estaba paseando a quién. Así y todo, el animal fue bastante obediente. Yo veía cómo esa hermosa bestia peluda tironeaba de su correa, mientras Lucas se inclinaba hacia atrás, intentando domar a su mascota gigante. En esa escena, percibí que estaba en medias (o eso parecía). ¿Venía así de la calle?

Pues no, no estaba descalzo, sino que tenía una de esas nuevas zapatillas con dedos (aunque desconozco si el término “zapatilla” les cabe). La suela era vibram (o sea que puede pisar petróleo crudo), pero parecía más un guante de pies que otra cosa. Era, según él, eran muy cómodas, y le estaban trabajando nuevos sectores de la pierna.

Yo ya venía escuchando sobre los beneficios de correr descalzo o en forma “minimalista”, aunque estoy un poco lejos de animarme. Lo cierto es que el hombre primitivo no andaba con zapatillas, sino que estaba totalmente en patas. De hecho, la planta de nuestros pies es muy sensible por el sencillo hecho de que siempre la protegemos y la mantenemos alejada hasta del sol. Si empezáramos a caminar haciendo que tome contacto con el piso, acabaríamos fortaleciendo la piel, al punto de que correr sin calzado no nos lastimaría.

Muchos recordarán la historia de Abebe Bikila, el etíope que dejó al mundo sin palabras cuando ganó la maratón olímpica en 1960… descalzo. Las zapatillas le incomodaban, y estaba acostumbrado a correr así en su Etiopía natal. La marca de zapatillas Nike desarrolló unas zapatillas con dedos, muy ligeras y finitas, para simular lo más posible el correr con el pie desnudo.

Aunque muchos especialistas aseguran que correr descalzo es muy beneficioso (no se preocupen, hay otro batallón de especialistas que dice que nada que ver), hace falta un proceso de adaptación. “Nuestro cuerpo sabe cómo correr naturalmente. Cuando el pie está plano sobre el piso mantiene la columna en mejor posición, mejora el sentido del equilibrio y reduce las lesiones”, afirma Jason Robillard, un ultramaratonista norteamericano. Pasar del calzado tradicional a las alternativas (o al “barefooting”) implica un proceso de adaptación que va de los cuatro a los seis meses, y no se recomienda para mayores de 35 años, personas con alteraciones circulatorias o con pie diabético.

El entrenamiento adaptativo se realiza lentamente y sigue dos caminos alternativos. Uno consiste en descalzarse y correr distancias cortas, por ejemplo 400 metros, que suman otros 200 cada dos semanas. Otro cambia progresivamente el tipo de calzado a partir del tradicional, con cámaras de aire y una amortiguación que se va reduciendo a medida que el deportista se adapta. La transición depende de cada corredor y está muy influida por su historia de contacto con la tierra. Quienes crecieron descalzos tienen mayores probabilidades de acomodarse con facilidad a la nueva tendencia, como los corredores de Kenya.

Robillard es autor del libro The Running Barefoot (Correr descalzo). Comenzó a experimentar el trote con sus pies desnudos en 2005. Lo encontró divertido y se sintió más conectado con el terreno. Como si fuera poco, advirtió que iba más rápido. Así empezó su adhesión a este creciente movimiento.

Las diferencias entre correr con calzado y sin él son varias, aunque la comunidad científica no considera que estos datos sean concluyentes. Por un lado, cuanto mayor es la amortiguación, mayor fuerza hace el cuerpo al caer. Además en los pasos son largos (135 a 140 por minuto), se cae con el talón y se salta mucho. Esto hace que la pierna quede recta y todo el shock se traslade hasta la rodilla, cadera y espalda. Robillard estima que todas las lesiones provienen de ese impacto inicial, 700 veces más fuerte que correr descalzo.

Entrenar sin calzado o con zapatillas minimalistas elimina las amortiguaciones, se cae suavemente al suelo y eso ayuda a prevenir lesiones. Los pasos son más cortos (180 por minuto) y no se salta tanto al correr. Se cae sobre la parte central del pie y no sobre el talón, por lo que las piernas absorben el impacto. La postura natural elimina lesiones de rodilla y espalda y otorga mejor sentido del equilibrio.

Vos, corredor, ¿te animarías a dedicarle cuatro meses a hacer la prueba?

Semana 12: Día 79: El Caminante Jean Béliveau

“Hi, hola, bonjour. Mi nombre es Jean Béliveau, estoy caminando alrededor del mundo por la paz en la Tierra y a favor de los niños”. Estas palabras llevaba escritas Jean como carta de presentación, y las llevó consigo durante su aventura de 11 años y dos meses. ¿Qué llevó a este vendedor de Quebec para abandonar a su mujer, hijos y nietos, y dedicarle más de una década a darle la vuelta al planeta a pie? Él alega los motivos altruistas que lo convirtieron en embajador de la Unesco. Pero en realidad logró demostrar lo que es el verdadero compromiso y que no hay que perder la fe en la humanidad.

“Corre, Forrest, Corre” le decían sus hijos, bromeando, cuando partió el 18 de agosto de 2000,  día de su cumpleaños número 45. Se entrenó en secreto durante 9 meses, hasta que días antes de partir le tiró la bomba a su familia: se iba a dar la vuelta al mundo caminando. Luego de aceptar esta decisión, Jean consiguió el apoyo incondicional de su esposa. Luego de definir el itinerario, partió llevando solo 3 mil dólares, su pasaporte y un carrito de bebé donde guardaba sus cosas. El resto lo iba a proveer la gente. Caminaba entre 5 y 12 días seguidos, entre 6 y 8 horas, recorriendo una distancia diaria de 30 a 40 kilómetros. 

“Me alimentaba de lo ofrecido por las personas que encontraba en el paso”, recordó, después de recorrer los 74.543 km (dos veces la circunferencia de la Tierra). “Siempre me causó sorpresa que en el mundo todavía hay mucha generosidad, y pude comprobar que quienes menos tienen, son los que dan más”.

La peor parte la pasó en Estados Unidos, ya que, según él, los pobres siempre le abrieron las puertas, no así los ricos. Durmió a la intemperie, en cuarteles de la Cruz Roja o de los bomberos, abajo de puentes o en la cárcel, y fue albergado por más de 1600 familias en todo el mundo. Empezó hablando solo el francés de Canadá, luego perfeccionó su inglés en los EEUU, y en su paso por América Latina aprendió español. En México intentaron asaltarlo, pero cuando le contó su historia al ladrón, este se apiadó de él y terminó ayudándolo.

En su cochecito llevaba agua, un par de zapatillas extra (usó más de 100 pares en todo el recorrido), una muda de roma, una carpa, elementos para escribir su diario, barras energéticas, cereales, un paraguas y sus documentos personales. El primer año recorrió 8 mil kilómetros. Al segundo ya había cruzado a pie 12 países, y aún estaba en el continente americano. Recién lo abandonó al tercero, cuando viajó desde Brasil hasta Sudáfrica en avión. A mediados de 2004,después de caminar unos días en Etiopía, Jean sintió una tremenda soledad y un desaliento insoportable, debido a que los locales eran muy hostiles con los extranjeros. En ese momento pensó en abandonar, pero su esposa, desde la distancia, lo persuadió para resistir. Siguió avanzando por el continente, hacia el norte, con destino a Gibraltar. En Orán, Argelia, una revisión médica de rutina terminó en una operación de próstata y un mes sin caminar. Sin embargo, su tratamiento fue totalmente gratuito. En Kenia, por seguridad, tuvo que evitar ciertos tramos. “Me dijeron que si tropezaba con un león hambriento me sentara en una roca y dijera en voz alta: buen provecho”.

A fines de 2005 ingresó en Europa. Era la mitad del trayecto. Su familia lo visitaba cuando podía. Su esposa se encontró con él una vez por año, y cuando nació su nieta, un francés le ofreció en forma desinteresada pagarle el pasaje a su hija y al bebé, para que puedan encontrarse cuando Jean llegase a Alemania. Estar lejos de casa y sus seres queridos fue muy duro, y en una entrevista declaró que su misión empezaba a sentirse como una prisión. Pero caminar era su pasión, y lo movilizaba conocer gente y ver sus actos de caridad.

En 2007 cruzó el puente Bosporus, en Estambul, lo que significó su ingreso oficial a Asia, cuarto y anteúltimo continente en su itinerario. En Japón encontró bastante resistencia de la gente. “No hablaban, era como decirle ‘hola’ a un cactus”. En alguna oportunidad, el mal clima lo obligó a saltearse países del itinerario, como Rusia. Aunque en Jakarta hubo un atentado terrorista mientras él visitaba Indonesia, no quiso detener su marcha y visitó la capital.

En 2009 llegó a Darwin, lo que marcó su ingreso al continente de Oceanía. A medida que marchaba promovía su mensaje de paz y bienestar para todos los niños del mundo. También empezaba a sentirse cada vez más cerca de casa. Cruzó Australia y Nueva Zelanda, antes de tomar un avión a Canadá, desde donde continuó caminando hasta el mismo punto que abandonó 11 años antes. Lo hizo como una celebridad, rodeado de personas y seguido de cerca por cámaras y periodistas.

Aunque la prensa siguió de cerca su aventura (como atestigua el sitio web de Jean Béliveau) mientras visitó un total de 64 países, el interés en él estalló cuando completó el viaje, el 16 de octubre de 2011. Ahora se encuentra preparando cinco libros, uno por cada continente visitado, y planea aprovechar su repercusión para seguir promoviendo su mensaje de paz.

¿Qué le dejó su viaje a este caminante? “Aprendí la simplicidad de la vida”, declaró, a lo que agregó “Me fui vacío, pero regreso con bagaje intelectual”.

Semana 12: Día 78: Feliz cumpleaños

Hoy cumple años Santiago Casanova. Es difícil explicar una relación de ese tipo. Un hermano es, en muchos aspectos, un mejor amigo. Y sin embargo es mucho más. Es alguien con quien podés llevarte terriblemente mal, y sigue siendo familia y hay un afecto en el fondo que no cesa.

Entre hermanos varones, siempre hay competencia. Al principio, a Santi y a mí nos vestían iguales. En algún punto, decidieron vestirnos igual pero de diferente color. Él pasó a vestir rojos y yo azules. Hoy sospecho que algo tan inocente como esto nos marcó a nivel de nuestra personalidad.

En esa comparación constante en la que vivíamos, muchas veces me sentí en su sombra. Era más extrovertido, más desenvuelto con las mujeres, y le iba muy bien en Educación Física. Recuerdo al profesor señalarlo durante una sesión de sentadillas y decirnos a todos: “Si hiciesen la mitad de lo que hace ESTE Casanova…”. Esos eran los motivadores que teníamos.

Pero el pasto del vecino siempre es más verde (dicen en las películas norteamericanas). Mientras yo vivía en la sombra de mi hermano, él vivía en la mía. Tiempo después descubrí que él me creía más inteligente, y se sentía subestimado por mí.

Fuimos siempre bastante distintos, y al final de nuestra adolescencia ya nos movíamos en círculos completamente diferentes. Él se dedicó a la música y se convirtió en un baterista del carajo. Yo… andaba sin rumbo definido. Una vez nos peleamos y no nos hablamos durante un año entero, aunque vivíamos bajo el mismo techo. El día en que dejamos todo el rencor infantil de lado, me dio tanta pena que lloré a moco tendido.

La vida tiene esos recovecos inesperados. Nunca lo tuve de referente de responsabilidad, y yo no era un ejemplo deportivo. Pero se convirtió en padre, y se lo tomó muy en serio. Al poquito tiempo de habernos reconciliados de esa larguísima pelea, me pidió que sea el padrino de su hijo Lautaro. Y ver cómo se desenvolvía en la paternidad, con seriedad, compromiso, paciencia, sin recurrir jamás al castigo, me hizo admirarlo un montón. Creo que este blog y mi determinación con el entrenamiento también me hizo ganarme su admiración.

Hoy cumplió años Santi. Es mi hermano mellizo (aunque no nos parecemos tanto, le llevo una cabeza). Dejamos de vivir en la sombra del otro y empezamos a admirarnos mutuamente, dos cosas completamente diferentes.

Semana 13: Día 77: Llegar a 80 km

Voy a confesar algo. Una cosa que no debería hacerse pública, pero tiene que ver con un objetivo. Mi contraseña era “llegar a 80 km” (pero sin espacios). Cuando en agosto de 2010 empecé a escribir mis peripecias deportivas en la web, tenía esa fantasía. Era lo máximo que aspiraba hacer. Y sin darme cuenta y sin tanta pompa, el otro día lo cumplí al completar los 103,5 km de Yaboty.

Si alguno tiene ganas de revisar el historial, verá en mis primeros posts (no sé si no fue EL primero) cuando soñaba con correr “algún día” una maratón. Me resultaba algo lejano, pero que estaba como a mitad de camino. La fantasía estaba en hacer alguna ultra, posiblemente la Media Misión, que son 80 km. Entonces cuando tuve que poner una contraseña para el blog, se me ocurrió eso. Señores de Anonymous, ya cambié la password hace rato, pero igual hackear este sitio no tiene sentido, yo adhiero a todas las causas.

Hoy me encontré pensando en aquella vieja contraseña, que representaba un deseo. No, no lo estoy diciendo bien. No era un deseo, sino una fantasía. Porque aunque se me hacía algo muy difícil, con esfuerzo y dedicación podía llegar… el tema es que me resultaba tan lejano como tocar el Réquiem de Mozart en flauta dulce. Seguro, si me dan tiempo y le pongo empeño, puedo llegar a sacarlo… Y bueno, pensando en esa password ya olvidada caí en que el fin de semana pasado sobrepasé esa marca. No hubo festejos, ni conmemoración. No lo pensé en el momento en que estaba traspasando esa marca (estaba en la ruta, con subidas y bajadas, a 42 grados de temperatura). Ese objetivo era la fantasía de uno que recién empieza. Luego, cuando empezó a llegar la experiencia, todo fue mutando. Apareció la maratón en Grecia, mejorar tiempos de carrera, la primera ultra…

Ahora tengo nuevos objetivos, que no siempre reflejo en las contraseñas. Pero de vez en cuando me gusta mirar atrás y ver desde dónde empecé, y recordar qué cosas pasaban por mi cabeza en aquel entonces. El camino no puede anticiparse; hay que recorrerlo, no olvidarse de dónde vinimos, y nunca dejar de reconocer en qué forma nos fuimos enriqueciendo.

Semana 13: Día 76: ¿Qué es la determinación?

Se la conoce con otros nombres. “Huevo”. “Tenacidad”. “Compromiso”. Es eso y mucho más. La determinación es comprometerse a algo y no bajarse hasta lograrlo.

He visto a corredores lastimarse por no querer renunciar. Es algo muy triste, porque tiene el sabor amargo de la injusticia. ¿Por qué tiene que sufrir aquel que busca superarse? A veces querer no es poder, pero la determinación nos lleva a intentar. Constantemente, luchando contra la adversidad, contra nosotros mismos.

Suena a un poco necio simplificar la vida, pero la podría resumir en “desear” e “intentar”. Son dos cosas completamente diferentes. A veces una antecede a la otra, pero por regla general los que se la pasan diciendo que quieren algo no lo hacen (tiene que ver con eso de que si querés empezar una dieta o una rutina de entrenamiento, lo mejor es no decirlo). Quienes realmente quieren un cambio en su vida, en lugar de hacerlo público van y lo hacen. Fallarán o no, pero lo intentan, y en el proceso, aunque no alcancen eso que imaginaban, ya han cambiado.

Todo este divague viene a colación de que mucha gente, sobre todo la que no está involucrada en el mundo del deporte, no entiende cómo una persona puede negarse a comer empanadas soufflé. O irse temprano de una fiesta porque al día siguiente entrena. O correr por placer, durante muchas horas. Es que cuesta encontrarle lógica a ese inevitable sufrimiento que es participar de una carrera. ¿Qué moviliza a alguien para esforzarse en medio de un clima hostil, pasando sed, forzando los músculos al límite? Bueno, es la determinación.

¿Dónde se aloja este sentimiento? Hay quienes erróneamente creen que nace en la cabeza. Pero el cerebro se dedica a una única función, y es la de pensar. Analiza incontables variantes, sopesa las decisiones, y es el centro receptor de todo el dolor. Ahí surgen los pensamientos de “Mejor cortemos acá y seguimos otro día”, o “¿Para qué me voy a exigir? Mirá si me lastimo…”. Pero cuando un atleta está corriendo y llega el agotamiento físico y mental, deja de correr con las piernas y corre con el corazón. La determinación surge del pecho, donde se alojan también la valentía y la esperanza.

El gran poder de este sentimiento permite que corredores en estado calamitoso sigan avanzando. Mientras corríamos en Misiones, con calambres y un inmenso cansancio encima, yo intentaba arengar a Vicky. En un punto el dolor era tan fuerte que lloraba. A veces se le escapaba un “No doy más”. Y sin embargo, seguía corriendo. Y las lágrimas caían, mientras los pies seguían llevándola para adelante. “Pero estás avanzando” le decía yo, para que vea que no era cierto y que sí daba más.

Me llama la atención que exista algo imposible de medir científicamente. No hay kilocalorías involucradas, ni minutos por kilómetro, ni cantidad de glucosa por centímetro cúbico. Solo ese sentimiento en el pecho que nos dice que nada nos va a detener. Las señales de alerta del cuerpo se activan y se supone que tenemos que renunciar y caer pero, contra toda lógica, seguimos avanzando. A veces, lamentablemente, al límite de terminar lastimándonos.

La determinación mueve montañas (o nos mantiene alejados de las frituras). Todos los corredores la tenemos, y la usamos para vencer el miedo, concentrarnos en nuestros objetivos, y para nunca renunciar.

Semana 11: Día 75: Secuelas de una ultramaratón

Como era de esperarse, la ultramaratón nos dejó en un estado lamentable. Vicky lo expresó muy bien: “Vine a Yaboty y tenía 33 años. Ahora me voy con 73”.

Nos tranquilizó saber que no éramos los únicos. El campamento donde completábamos nuestros desafíos personales estaba lleno de atletas agotados (pero felices). Había una pequeña fila para que trataran pies ampollados (y otras dolencias), y todos buscaban alguna silla para derrumbarse. La entrega de premios no fue una excepción: los ganadores se acercaban a recibir su premio de manos de Fede Lausi, el organizador, y excepto algunos poderosos deportistas, casi todos iban al frente rengueando.

Como si fuésemos zombies que perseguimos con lentitud y torpeza a los seres vivos, las ampollas y los dolores en gemelos y cuádriceps nos obligaban a movernos totalmente duros. Ya en el segundo día de ultra trail me dolía mucho detrás de la rodilla derecha, posiblemente una inflamación de un tendón. Obviamente esto me dio mucho que pensar. ¿Cómo encarar 246 km si haciendo menos de la mitad quedo en un estado calamitoso? Calculo que necesito más entrenamiento (no mayor cantidad, sino tener más paciencia) y sé que haber corrido a un ritmo más lento me hizo doler un poco más de la cuenta.

Pero también saco otras conclusiones. Por un lado, ningún dolor de ampollas me impide correr. Al igual que la maratón, cuando se me reventó una en el dedo chiquito del pie izquierdo, sé que puedo seguir corriendo. Duelen más cuando no estoy haciendo actividad física. Además, caminar me resultó más doloroso que trotar. Si consigo mantener un ritmo estable, aunque sea de 8 minutos el kilómetro, puedo hacer los 246 km en unas 30 horas (una calculadora, por favor).

Quien llevó la peor parte fue la subcampeona de las mujeres, Vicky. El esfuerzo la dejó en cama con fiebre y vómitos. El médico que la vino a ver concluyó que era viral, y yo le sumé mi teoría que ante un esfuerzo físico muy grande, bajan las defensas y uno está más expusto. Me ha pasado de volver de una carrera y a los dos días estar con dolores en todo el cuerpo (más de lo habitual) y con fiebre. Me rompe el corazón verla así, pero no puedo hacer más que atenderla y demorar un poquito más el regreso al entrenamiento.

Noté otra cosa: mi cuerpo deja de sentir dolores de carrera luego de 4 días. Es lo mismo que me tomó en las últimas maratones para poder bajar escaleras sin andar maldiciendo. Por suerte no es proporcional el tiempo de recuperación a la cantidad de kilómetros recorridos. Por supuesto, internamente, el cuerpo sigue estresado, y la verdadera reparación de tejidos toma mucho más tiempo, unas tres o cuatro semanas. Aunque no lo veamos, los músculos, cartílagos y hasta algunos órganos siguen pidiendo misericordia. Hay que saber tratarlos bien para poder avanzar y conquistando más desafíos.

Semana 11: Día 74: Los 100 km de la Expedición al Yaboty – Segunda parte

Después de unos agotadores 72 km en la selva, en medio de senderos de tierra roja, piedras sueltas, con riesgo de deshidratación o de agotamiento físico, llegamos a los Saltos del Moconá, donde nos esperaba el campamento. Estábamos enteros, a pesar de tamaña epopeya. Lo atribuímos a nuestra previsión, y a que cuidamos todo el tiempo beber líquido y alimentarnos periódicamente.

Eso no quitaba que tuviese unas importantes ampollas en los pies, además de un terrible dolor en los hombros. Nos fuimos a dormir, agotados. Afuera estaba bastante fresco. Eran las 3 de la mañana y habíamos puesto el despertador a las 9. Tuve sueños angustiantes que ya no recuerdo, pero me desperté antes del reloj, con mucho calor. Vicky dormía y no quise despertarla. Quería ir al baño y necesitaba levantarme de la calurosa bolsa de dormir. Abrí la carpa, y me sorprendió ver una mañana con bruma y mucho frío. ¿Sería este el augurio que necesitábamos? ¿Llovería este día, para facilitarnos el último tramo? No, no llovería. Pero, por un instante, nos ilusionamos.

Nos levantamos para desayunar. No había agua caliente, así que me limpié la tierra con unas toallitas húmedas. Fuimos hasta una mesa y juntamos toda la comida que había sobrado: galletitas, vainillas, frutas secas. Había de todo. Germán, nuestro entrenador, todavía volaba de fiebre (fue el primero en tener que abandonar del grupo). Nos contó que el resto de los Puma Runners había llegado a las 5 de la mañana. A pesar de eso, a las 7:30 estábamos todos levantados.

Hicimos un repaso. Vicky, Mak y yo seguíamos en carrera. Mery no había corrido el primer día, pero lo iba a hacer en esta jornada. Ger y Paco ya habían abandonado en la primera etapa, y nuestros otros tres compañeros, Juanca, Tomi y Lean, se conformaron con los imponentes 72 km que habían conquistado la noche anterior. Solo quedábamos cuatro corredores, de los cuales tres éramos los que íbamos a intentar terminar los 100 km de la ultra trail.

Unas enfermeras de la organización trataron nuestros dolores y curaron nuestras ampollas. Si seguías, te ponían un ungüento y gasas. Si ya no corrías, recomendaban desinfectar y no tocar ninguna herida. Luego de desarmar la carpa y guardar las cosas, llegó la hora del almuerzo. Nos atestamos de pastas y recargamos las mochilas hidratadoras con Gatorade. El clima era un poco más distentido; los “nuevos” ya no tenían la presión de seguir corriendo, ya que habían pasado de una meta de 30 km a haber hecho 72. Más que suficiente para quedarse conformes.

Esta vez no quise exagerar con el peso, ya estaba bastante tensionado en la nuca, y un sol radiante despejaba cualquier esperanza de lluvias. Es más, si hacía mal clima lo iba a aprovechar, así que dejé el abrigo, el piloto y los pares de medias extra. También redujimos el botiquín al mínimo indispensable, y cargamos poca comida. En 30 km nos podíamos arreglar solo con geles, así que llevamos alguna que otra cosita “por las dudas”. Con mucho menos peso sobre los hombros, estábamos listos para partir a la línea de largada.

El micro nos llevó por la misma ruta que exploramos a pie la noche anterior. Fue raro, perdió toda esa magia que le daba la luz de la luna y nuestras linternas frontales. Era como ver los decorados de una obra de teatro, pero cuando no hay función y están todas las luces encendidas. Vicky llevó con ella la responsabilidad de la bandera de los LionX, el grupo madre que dio lugar a los Puma Runners. Eso nos comprometía más todavía a llegar a la meta. Otro corredor, un guardaparques medio loquito (pero de esos queribles), me regaló unas sales hidratantes. No las quería, pero me insistió y las acepté. Cerca de la meta, tendrían un propósito…

El calor de la tarde era terrible, incluso con las ventanillas bajas. En la largada nos mojamos la cabeza y la gorra, y con media hora de demora, a las 2:30 de la tarde, los corredores de la ultra-trail y la duatlón largamos, mientras que los de tria estaban navegando en kayaks y gomones. Largamos bastante bien, a pesar del cansancio y los 43 grados. Sí, 43 grados. La suela de las zapatillas bien podían derretirse y fundirse con el pavimento. Era un clima muy duro. Mantuvimos la estrategia del día anterior: caminar en las subidas, trotar en el llano y las bajadas. Además tomábamos Gatorade todo el tiempo (los primeros sobros siempre estaban calientes) y nos mojábamos con un botellón de agua.

Se suponía que los puestos de hidratación estaban cada 10 km, así que ya teníamos nuestro primer mini-objetivo de la jornada. Pero los calambres en los pies de Vicky nos obligaron a frenar y caminar. Esto era un problema, porque el calor nos obligaba a ser prudentes y no exigirnos, pero la caminata implicaba estar más tiempo bajo el sol. Encima las cuestas, sin nada de sombra, se hacían más complicadas con el cansancio sumado del día anterior.

Avanzamos como pudimos, sin apurarnos. Aunque sentíamos que teníamos un ritmo lento, no éramos los últimos, y en un punto empezamos a pasar a otros corredores. Flor Gorchs, nuestra motivadora de la noche previa, nos alcanzó y nos preguntó si necesitábamos algo. Se adelantó para ver cuánto faltaba para el primer puesto. Mi reloj con GPS (recargado) me marcaba los 10 km oficiales. Es todo un tema cuando prometen una distancia o son poco precisos, porque yo intentaba darle aliento a Vicky pero no quería mentirle con que faltaba poco. Flor volvió a los pocos minutos con agua y Gatorade. Nos mojamos, y varios corredores apuraron el paso hasta su auto. Era una santa, una verdadera bendición. Me dio la impresión de que como ella tuvo que abandonar la noche anterior, la eligió a Vicky como una suerte de “sucesora”.

El puesto finalmente apareció en el kilómetro 14. Nuestro andar era lento y atolondrado. Una nube tapó un poco el sol y nos dio un poco de alivio, pero no alcanzaba para paliar el calor. Por suerte acabábamos de abandonar la ruta y empezábamos a correr por senderos de tierra. Nos metíamos cerca de chacras y propiedades privadas. Nos habían asegurado pocas cuestas, pero estaban llenas de piedras y algunas eran muy verticales.

Así anduvimos todo el camino, intentando no sofocarnos y juntando fuerzas para que las piernas sigan adelante. De vez en cuando nos pasaban unos corredores muy frescos, que enseguida identificábamos como los participantes del triatlón. La gente de la zona nos miraba extrañada. Llegamos a una subida empinada y eterna. Vicky no daba más, lloraba por el dolor de piernas. Intentaba darle ánimo, convenciéndola de que ya habíamos cruzado más de la mitad de esa jornada, pero los pies se le acalambraban y cada paso era una tortura. En el llano lo toleraba, pero las subidas hacían mella en sus piernas, de la cintura a la pinta de los pies. Su llanto era una puñalada en el alma. Darle la mano y acarrearla no alcanzaba. Le pedí que se olvide de las piernas, que corra con el corazón. Le dije que piense en la meta, en la cómoda cama donde íbamos a dormir esa noche, en la cena caliente… Cualquier cosa menos el dolor, que era pasajero. Le sostenía una mano, mientras que la abrazaba con la otra. En lo que fue una eternidad, subimos esa cuesta, llorando los dos. Y cuando parecía que estábamos llegando a la cima, veíamos que subía un poco más.

Estas carreras son desafíos físicos. Negarlo sería una tontería. Se queman miles y miles de calorías, los músculos se fatigan, y todo eso que suele pasar en una ultramaratón. Pero a la vez se conquistan con la mente, con la fuerza de voluntad. Eso le repetía constantemente, que ella era una persona muy fuerte, y que íbamos a lograrlo. Así, “a puro huevo”, logramos llegar a un llano. Vicky se dio cuenta de que tenía los pies hinchados y las zapatillas demasiado ajustadas. Al aflojarlas sintió alivio, y pudimos apurar un poco la marcha.

Llegamos al segundo y último puesto de control, donde cargamos Gatorade y agua, y comimos unas bananas. Ya solo quedaban 11,5 km de ruta y asfalto. El sol caía, y la temperatura dejaba de ser un problema. Todavía nos dimos el lujo de entusiasmarnos y hacer algunos eventuales trotes, descansando cada vez que los pies empezaban a acalambrarse. En un momento, no pudimos evitar decirlo: “¿Te das cuenta que entre ayer y hoy ya corrimos más de 90 km?”. El día anterior, tan difícil, con las víboras y la noche, parecía muy lejano. Solo existía ese momento, el dolor en las piernas y la calle.

Caminar me dolía más que trotar. Con Vicky alternábamos, porque a veces una cosa era más difícil que la otra. Hacía muchos kilómetros que habíamos pasado el camino sin retorno, pero estar tan cerca del final nos daba ánimos para seguir. Empezamos a enganchar bajadas empinadas, que nos acercaban al río Uruguay, sobre el que descansaba el campamento final. Este sector de la ruta, a diferencia de los anteriores, estaba muy transitado, y los autos te pasaban finito y a toda velocidad.

Como en cualquier carrera, los últimos kilómetros son eternos. No paraba de mirar el reloj, rogando que avanzase más rápido. De a poco, la distancia se iba acortando. Cada tanta distancia, Vicky paraba para masajearse los pies. Me destruía frenar, pero no había opción, eran las normas del equipo. Vimos a la fotógrafa oficial sobre una pequeña cuesta y levantamos el ritmo, mostrando con orgullo nuestra bandera. Ahí entendí por qué nos era todo tan difícil. Corrimos gran parte del circuito solos, y cada vez que alguien nos daba aliento, encontrábamos un poquitito de motivación extra.

Faltaban 6 kilómetros. Yo rogaba porque el GPS fuese preciso y que no nos siguiesen “mintiendo” con las distancias. 5 km, cada vez menos. Cuando quedaban 4 kilómetros para el final, vimos a un corredor tirado, al costado de la ruta. Cruzamos corriendo, más rápido de lo que hicimos en todo el día, hasta donde estaba él. Lo vimos abatido, y le preguntamos si estaba bien. Se encontraba deshidratado, y le quedaba un fondito de agua. Ya había pedido ayuda, así que le ofrecimos acompañarlo hasta que viniesen a buscarlo. Se negó y pidió que no nos preocupemos. Le dejamos nuestra botella y le incorporamos las sales rehidratantes que me habían regalado en el micro. Me alegró saber que, aunque las había rechazado originalmente, encontraban un buen uso.

Seguimos corriendo por la ruta hasta que finalmente llegamos al Soberbio. La entrada a este pueblo quedaba a 1,5 km de la llegada. Cruzamos un puente y empezamos a oler la meta. Corríamos, algo que unos kilómetros atrás costaba horrores. Vicky se desató la bandera y la levantamos entre los dos. Vimos a un chico de la organización darnos indicaciones para entrar al camping. Quedaban solo 500 metros.

Corrimos, como nunca. No fue rápido, pero sentíamos la energía fluyendo. La gente nos alentaba, y eso lo hacía todo más fácil. En el camping nos esperaban nuestros compañeros, que nos sacaban fotos y nos recibían con alegría. Finalmente cruzamos la meta a las 5 horas y 10 minutos. Sumado a lo del día anterior, acabábamos de correr 103,5 kilómetros. Nos fundimos con Vicky en un abrazo, las lágrimas caían. Nos colocaron las medallas de finalistas. Todo había valido la pena.

Fuimos rengueando hasta una silla, para sacarnos las zapatillas e intentar estirar un poco. No nos había parecido imposible hacer todo esto, pero sí no podíamos imaginarnos qué se sentía. Vivir algo por primera vez, aunque sea una actividad extenuante, es maravilloso.

Mientras nos asentábamos, nos confirmaron que Vicky era la segunda ultra maratonista femenina en cruzar la meta. Fue una alegría inmensa, y aunque el objetivo solo era llegar, que tenga un podio en semejante carrerón era un orgullo extra.

Y así terminó la ultra trail de Yaboty para nosotros. Por dentro nos reíamos de todos nosotros, que llenamos ese camping de corredores rengueando. Por ser la última noche en Misiones y por haber terminado este brutal desafío, nos agasajamos guardando la carpa y durmiendo en una cama blandita y con almohada. También nos dimos una ducha caliente, lo que se tradujo en uno de los placeres más grandes del mundo.

Nos quedó un gran dolor en todo el cuerpo, y probablemente una sobredosis de hidratos de carbono y glucosa. Pero también nos llenamos de un enorme orgullo por haber conquistado un inmenso desafío. Eso es algo que perdura mucho más que cualquier otra cosa.

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