Semana 13: Día 89: Grandes engaños del deporte

Bruce Robinson, nunca podía cruzar la meta

 

Hoy es 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Además de ser el nombre de una extinta banda argentina que me gusta mucho, hoy se realizan bromas pesadas, y ante la credulidad de la gente uno grita “¡Que la inocencia te valga!”. El año pasado hice una jugada sucia, inventando un post en el que colgaba Semana 52 porque me ponía de novio con una oficial de tránsito, y a pesar de que escribí un montón de barbaridades sin sentido, muchos me creyeron. Para hacerlo más interesante, incluso inventé comentarios igual de absurdos.

Fue muy divertido, pero son esas cosas que solo se pueden hacer una vez. Me sorprendió que muchas personas que me conocían lo creyeran, y sé que no lo puedo volver a hacer. ¿Cómo superar ese engaño sin caer de nuevo en la renuncia, en una sorpresiva separación, en una enfermedad terminal, en que volví a comer carne? Nadie me creería. Así que aprovecho este día para darle otro enfoque a este día, y enumerar alguno de los más grandes engaños del mundo del deporte.

El primero que me viene a la mente, relacionado con el mundo del running, es el de Jim Robinson. Este atleta, oriundo de Newcastle, Inglaterra, se convirtió de la noche a la mañana en favorito de las competencias de alto rendimiento, a mediados de la década del ’80. No había registros de él durante su adolescencia (muchos campeones se destacan en sus años estudiantiles), y supongo que esto fue lo que despertó la desconfianza en alguno. Su fuerte eran las carreras combinadas, haciendo podio en dua, tria y pentatlones. Su estado físico era envidiable, por lo que si nos cruzamos con alguna foto de él, jamás levantará nuestra sospecha.

El primer indicio del engaño se notó en el triatlón de Lancaster, en 1987. Jim Robinson subió al podio a recibir su medalla de oro con el labio partido y sangrando. Alegó que se cayó con la bici en un tramo, pero la foto de él cruzando la meta lo muestra con su rostro inmaculado. Seguramente muchos ya se habrán dado cuenta de que Jim era más que un atleta: eran dos. En realidad su nombre era Jerry (Jerome) y tenía un hermano gemelo, Bruce. Se alternaban en las competencia, e incluso entrenaban en ciudades diferentes. Mientras uno desarrollaba resistencia y fuerza de piernas, el otro perfeccionaba su estilo de nado. El labio partido no era, como alegaba Jim/Jerry que había sido una caída, sino que ambos hermanos peleaban por quién iba a subir al podio. Bruce siempre quedaba relegado, rara vez cruzando la llegada. Ambos se consideraban imprescindibles para la identidad de este ficticio atleta. Curiosamente (y quizá por la humillación de tamaña estafa), los organizadores jamás les exigieron que devuelvan sus trofeos y medallas.

Otro caso resonante, pero en nuestro país, fue el de Matías Cassali, ganador de La Misión en 1999. Más que un embustero, se trató de un oportunista. Era el corredor número 66, y aunque no hizo un mal desempeño (completó los 180 km en 25 horas) estuvo lejos de la punta. El rosarino Marcelo Frusín, con el número 99, fue quien llegó primero, en 19 horas, pero por una distracción jamás le dijeron que había ganado (asumió que se había salteado un puesto y que había sido penalizado con horas extra). Su objetivo era llegar a la meta y ya, proeza que realizó en un tiempo envidiable. La organización confundió el 66 con un 99, y de pronto Cassali se alzó con el primer puesto, ganando de pronto 6 horas en su marca personal. Una semana más tarde, Frusín fue a buscarlo a la puerta de su casa y si no intervenía la policía lo molía a trompadas.

Hay muchas técnicas para fraguar un resultado, pero muchas más para obtener una mínima ventaja. Desde las autotransfusiones de sangre, luego de pasar un largo período en la altura (lo que explica el viaje relámpago del ciclista Max Vanderman a Cusco, una semana antes de participar del Tour de France del ’92) hasta las drogas de diseño (que le dieron la medalla de oro -brevemente- a Catalina Aguirre en las Olimpíadas de Atlanta ’94). Las más infames son las que, en lugar de darse a uno una ventaja injusta, buscan perjudicar a sus compañeros.

Fue el caso de Pedro Damico, un infame corredor, oriundo de La Plata, que despegaba suelas de zapatillas la noche antes de las competencias, ponía sustancias irritantes en la vaselina y quitaba las indicaciones de los caminos en las carreras de aventura. En una Merrell Nocturna lo agarraron intentando ponerle purgante a un bidón de Gatorade. Hoy está en la lista negra de todas las competencias profesionales. Alguna vez lo han visto corriendo en algunos eventos más modestos, siempre de colado. Dicen que desde que lo atraparon desapareció de la vida pública. Se dedicó a entrenar a conciencia y logró muy buenos resultados, pero si corre con su nombre muchos van a intentar alcanzarlo para darle de probar su vaselina irritante.

Lamentablemente, la trampa es algo que excede al mundo del deporte, y forma parte de nuestro día a día. Un triste ejemplo de energía malgastada en engañar, cuando se podría orientar a superarnos a nosotros mismos. Ellos, al igual que hoy nosotros, dirían “¡Que la inocencia te valga!”.

Publicado el 28 diciembre, 2011 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Quedé sorprendida con esta nota!!! Qué loco y que contrario a todo lo que implica el running, no?
    Este año también hubo un caso, no recuerdo si en la media o en la maratón, que el que ganó se descubrió que había hecho un tramo en micro…
    A veces el deseo de auto-superarse se vé opacado por el egoísmo…

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