Archivos Mensuales: octubre 2011

Semana 2: Día 11: Me siento completo, excepto por mi uña

Cuando decidí cerrar el año de Semana 52 en Grecia, la idea era que todo fuese cíclico. Terminaba el desafío más importante de mi vida corriendo la carrera más difícil de mi vida: la maratón.

Cuando empecé con este plan nutricional y de ejercitación, devoré un libro maravilloso llamado “Autoentrenamiento para corredores”, de Allan Lawrence. Este entrenador de campeones olímpicos daba sus observaciones sobre el running, contaba algunas historias muy amenas, y daba su plan para prepararse para distintas competencias, dependiendo de la distancia y el tiempo deseado. Lo más jugoso, obviamente, era la sección dedicada a la maratón.

No leí todos sus planes (una serie de ejercicios de 8 semanas con cambios de ritmo, fondos, descanso), porque básicamente eran similares y porque yo ya tenía un entrenador, Germán, que me seguía (y lo sigue haciendo) en forma personalizada. Pero sí me devoré los consejos y anotaciones al margen de Mr. Lawrence. También comparé los resultados de los atletas que asesoraba, y cómo fueron respondiendo durante el entrenamiento y el día de la carrera. Lo que más me obsesionó fue el capítulo dedicado a realizar la maratón en 3 horas y media. Su aclaración era que los corredores que lograban este tiempo cruzaban la línea que dividía a los atletas amateurs de los profesionales. Poca cosa.

Habiendo leído con tanto entusiasmo este libro (dos veces mínimo, algunos capítulos más), me quedé con esa máxima deportiva y me propuse buscar este objetivo en Atenas. El 10 de octubre de 2010 corrí mi primera maratón en toda mi vida, llegando en 4 horas 6 minutos. 10 meses después, con Mr. Lawrence en mente, intenté bajar mi tiempo en Grecia y buscar las 3 horas y media. Suponía que estaba más entrenado y que me iba a ir mejor.

No estaba equivocado: llegué a la meta en la ciudad de Maratón habiendo corrido durante 3 horas y 44 minutos. El GPS me indicó que había hecho 41,5 km, pero asumí que siempre iba a haber un margen de error. Debo decir que en Grecia sufrí mucho más que en mi debut, el año anterior. En la ruta ateniense, sobre el kilómetro 30, había cuestas sutiles pero que destrozaban las piernas. Además estaba solo, sin aliento más que el propio, con el sonido de fondo de los autos que pasaban a mi lado, zumbando y tocando bocina.

Y creí que no estaba preparado para las 3 horas y media, que era un objetivo lejano y que iba a tener que esperar. Había puesto todo lo que tenía, pero no tuve en cuenta el factor de estar completamente solo, sin otros corredores de referencia o para apoyarme. Me di cuenta de que en las carreras hablo, aliento, tiro chistes (¡rara vez correspondidos!). El corredor es un especimen solitario, que va a su ritmo y realiza una carrera muy personal. Pero eso no quiere decir que la compañía no le ayude a superarse.

Otro factor  determinante en Grecia fueron esas cuestas en el km 30. Como hice el camino inverso al oficial, llegué a mi muro con una serie de subidas y bajadas imperceptibles para un automóvil, pero que queman mucha energía para un atleta. Y en la maratón oficial esta parte se atraviesa al principio, y no sobre el final. Supongo que estas cuestiones hicieron la diferencia, y un mes y días después (el domingo pasado), pude bajar mi tiempo y llegar a la meta, en mi propia ciudad, haciendo 3 horas 23 minuto (y esta vez el GPS indicó que la distancia habían sido 42,6 km).

Deseaba mejorar. Realmente era mi sueño. Pero sé que 40 días no hacen ninguna diferencia. No hubo entrenamiento extra, ni una dieta especial. Nada cambió entre la maratón de Atenas y la de Buenos Aires, más allá de los puntos que mencionaba: las cuestas en el km 30 y la soledad. Es cierto que el domingo pasado pude dormir más que en mi aventura europea, pero ¿tanta diferencia pueden hacer 2 horas de sueño extra?

El domingo me sentía eufórico. Tanto que quise dormir una super siesta, pero no pude. Superar esta cuenta pendiente renovó mi confianza en mí mismo y en el objetivo de Espartatlón, dentro de 50 semanas.

Hay secuelas, es lógico. En este momento me cuesta subir a los autos, bajar escaleras, y cuando me paro después de estar un rato largo sentado, siento que las piernas son un flan. Igual anoche corrí casi 6 km, porque soy un cabeza dura y no quiero desilusionar a mi amigo Hernán, que está convencido de que este mes voy a hacer un total de 208 km. Por él quise sumar para el cuentakilómetros. Y no me olvido de que quiero correr una carrera de 246 km el año que viene. Este cansancio no va a ser nada comparado con lo que voy a sentir entonces (llegue o no a la meta).

Aunque me siento completo, he tenido que despedirme de la uña del dedo chiquito de mi pie izquierdo. Esa ampolla monstruosa que nació y se reventó durante la maratón obligó a que mi uñita migre y se despida de mi cuerpo. Creo que el ser humano evolucionado debería carecer de estos inservibles apéndices. Las uñas de los pies no sirven para nada más que para juntar mugre y hacerle la vida imposible a los corredores. En las manos lo entiendo, uno las usa para rascarse la oreja, sacarle punta a los lápices, pelar las naranjas y hacerse una cruz en las picaduras de los mosquitos. Pero ¿qué función cumplen en los pies, más que para recordarnos de nuestro antepasado en común con los monos?

Actualmente soy un hombre con un total de 19 uñas. Estoy completo, sí, porque cumplí un objetivo muy trascendental en mi vida. Haber tenido que pagar con una uñita me parece un costo bastante bajo.

Semana 2: Día 10: La maratón en imágenes

Dicen que una imagen vale mil palabras. Ni hablar de varias.

Estoy en proceso de recuperación. Me duelen las piernas, perdí una uña, pero no pude evitar hacerle caso a mi capricho y entrenar hoy 5 km (muy light). Sé que mucha gente entra a este blog de casualidad, buscando fotos. Así que aprovechando que estoy de descanso, armé una galería de imágenes de los 42k de la Ciudad de Buenos Aires. La primera es autobombo: el matutino La Nación eligió ilustrar el recuadrito dedicado a la maratón, en su portada, con una foto de Marcelo y mía corriendo, con el Cabildo de fondo…

ACTUALIZACIÓN: Un amigo me consiguió la foto “en crudo” que salió publicada en La Nación. Adjunto también mi clasificación, según el sitio de Adidas.

Semana 2: Día 9: Los 42k de la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires 2011

Llegó el día. Un día espantoso, para ser sinceros. Nublado, lluvioso. No parecía un buen augurio.

El despertador sonó a las 6 de la mañana. Desayuno, muchos hidratos, mucha agua. Me vestí con la ropa de la maratón, rompiendo una máxima, la de no estrenar ninguna prenda. Pero la remera oficial siempre es nueva (es un truco, porque se supone que la musculosa es “de recuerdo” y no para correr con ella). Además corrí con mis Puma nuevas, habiéndolas usado una sola vez. A veces hay que dar el ejemplo y que otras personas vean por qué no hay que hacer ciertas cosas… más sobre esto unos párrafos más abajo.

Quisimos tomar un colectivo con Vicky para que nos acerque a la largada. Nos cruzamos con corredores que, venciendo a un clima bastante gris, salían a la calle en musculosa y cortos. Nos pusimos nerviosos, así que optamos por un taxi. Una vez en ahí nos encontramos con Marcelo. Cumplimos las indicaciones de mi nutricionista, y nos pesamos. A mi me dio, vestido como iba a correr, 68,1 kg.

Nos acomodamos en nuestro sector del corralito. Como el clima estaba horrendo y había llovido, Vicky tuvo que bajarse de su rol de twitteadora. La idea era que nos acompañase en rollers, pero era demasiado riesgoso. Así que quedamos a nuestra suerte. El sector de largada era el de color violeta, que representaba a los corredores que corrían entre 4:45 y 5 minutos el kilómetro.

Hago un paréntesis para una aclaración importante: mi sueño siempre fue correr una maratón y llegar antes de las 3 horas y media. Según Allan Lawrence, entrenador de campeones olímpicos, es lo que separa a los corredores amateurs de los profesionales. Era como me hubiese gustado terminar Semana 52, como si fuese una especie de graduación con honores. En Grecia, el 30 de agosto, lo intenté, pero me quemé y llegué en 3 hs 44 min. Le puse todo. Esto fue hace un mes y 9 días, así que no pretendía lograr hoy ese objetivo. Me conformaba con hacer el mismo tiempo, o menos.

Para llegar en 3 horas y media hay que correr a un promedio de 5 minutos el kilómetro. Es un ritmo difícil de sostener durante 42k. En Grecia me resultó imposible (aunque había mejorado considerablemente mi tiempo respecto a la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires del año pasado, en la que terminé en 4:06, o sea que bajé 22 minutos).

Con Marcelo, mi compañero de Puma Runners, decidimos jugárnosla y nos acomodamos en ese sector de la largada. Como para arrancar fuerte, y que después nuestro cuerpo nos indicase el ritmo. Es una estrategia que no sé si es la correcta, pero hasta ahora me ha funcionado. Si empiezo rápido me separo del pelotón. Tengo la teoría de que más adelante me voy a cansar igual, y lo mejor (para mí) es avanzar todo lo posible y después solo dedicarme a llegar. Como sea.

El cielo estaba gris, totalmente cubierto, pero las calles eran una fiesta de música, color, aplausos y aliento. Lloviznó pocas veces (por suerte), y el piso mojado no nos hizo patinar en ningún momento. Los brasileros padecieron el frío, pero para nosotros el clima era ideal. Arrancamos a muy buen ritmo, el GPS me marcaba casi 4:30 el kilómetro. Cuánto íbamos a poder sostenerlo era la incógnita. La incertidumbre de qué va a pasar en semejante hazaña es… indescriptible. Quien haya hecho una carrera de fondo entiende, uno no sabe del todo con qué se va a encontrar durante el trayecto.

Comenzamos en Núñez, recorrimos Palermo, Retiro y el microcentro. Estaba repleto, LLENO de corredores extranjeros, contentísimos de estar participando de esta edición de la maratón. Su energía era muy contagiosa. Como Vicky no podía acompañarnos, a último momento cargué mi camel con Powerade, los geles, unas pasas de uva y una barrita de gomita que compré en Madrid. Decidimos que en el kilómetro 10 tomábamos el primer suplemento. En los 12k, Plaza de Mayo, estaba esperándome mi papá, que me esperaba con su cámara. Fue muy emocionante verlo. Como dábamos una vuelta y volvíamos a pasar al lado del Cabildo, me volvió a registrar con unas fotos.

Seguimos por Paseo Colón, intentando no cebarnos con nuestro ritmo. Pero no podíamos evitarlo. Qué distinto es correr acompañado y entre otros atletas. En Grecia no me sentí así ni por asomo. En los 18k empecé a sentir molestias estomacales. Nada demasiado relevante, pero me preocupé un poco porque quedaba por delante más de la mitad de la carrera. Cruzamos la cancha de Boca y yo twitteaba mientras corría. Marcelo era mis ojos. Y claro, en el bolsillo del camel el celular hizo lo que quizo, en Twitter se subieron palabras incongruentes, y el teclado se desconfiguró. De todos los idiomas en los que se podía cambiar, se puso en griego. Me fue imposible seguir escribiendo, y no hubo más tweets hasta la llegada.

El reloj indicaba que nuestro ritmo iba desacelerándose, algo que esperábamos. Todavía era una incertidumbre, solo sabíamos que la mitad de la maratón, en el kilómetro 21, lo habíamos hecho en 1 hora 39 minutos, una marca excelente para nosotros. A diferencia del año pasado llegué a disfrutar de las esponjas que suele haber en este tipo de carreras. Las entregan empapadas de agua helada, y es increíblemente refrescante. En 2010 llegábamos solo a verlas regadas por la calle, pisoteadas y negras (un espectáculo desalentador y deprimente). Avanzamos por Costanera Sur (sería lindo que alguna carrera fuese dentro de la reserva, ¿no?) y por primera vez en mi vida vi a una persona orinar mientras corría. Todo un campeón.

Empecé a notar que Marcelo iba más lento que yo. Me preocupaba porque no quería dejarlo solo, pero más me preocupaba estar yendo demasiado rápido para mi cuerpo. Sabía que por delante me esperaba el infame muro, y no quería volver a padecerlo. Se acercaba el km 27 y mi amigo estaba por romper su marca máxima histórica. Pero me insistía con que vaya a mi ritmo, que él estaba bien. Y entonces ocurrió algo inesperado: la liebre de los 4:45 nos pasó.

Para los que no conocen a estas personas, son corredores que mantienen un ritmo estable. Otros atletas lo siguen y forman pelotones, que más o menos pueden controlar su ritmo y saber cuánto van a tardar. De hecho este pointer salió un poco más adelante que nosotros, correspondía a nuestro sector en la salida, y verlo era una oportunidad que no podía desaprovechar. Aumenté la zancada, y me puse a su lado. No volvería a ver a Marcelo hasta la llegada (la cruzó 11 minutos después que yo).

Mi nuevo plan era aguantar todo lo posible, y ver qué tan cerca podía llegar de las 3 horas y media. La liebre estaba retrasada (según él), y tenía la esperanza de poder aguantar hasta los 35k y, a lo sumo, tratar de enganchar la de los 5 minutos el kilómetro. En Comodoro Py me volví a cruzar con mi papá, que me alentaba y me daba fuerza. Estaba en el límite del muro, donde uno empieza a acariciarlo y a sentirlo en las piernas. Pero por alguna razón la liebre seguía a mi lado.

En los 33k ya ni sabía en qué calle estaba. Solo quería llegar. Me adelanté al pelotón. Un kilómetro después, ya en Palermo, sentí un dolor que apareció de golpe, muy agudo, en el dedo chiquito del pie izquierdo. Fue rarísimo, como si de pronto se formara una ampolla, que un segundo antes no estaba. Mariconeé, grité de dolor, pero no bajé el ritmo. Llegué, ya solo y sin nadie con quien compartir la maratón, a la prueba más difícil: el paso bajo nivel. Bajarlo es una risa. Subirlo es cosa seria. Pero mi entrenamiento con cuestas y escaleras rindió sus frutos, y lo superé bien.

Los últimos kilómetros son por Libertador, con un desvío en los lagos de Palermo. Mi reloj me indicaba todavía un buen ritmo, y mis cálculos me indicaban que podía llegar a cumplir mi sueño. No quería ilusionarme. 40 días atrás no pude cumplirlo, ¿qué podía ser diferente ahora?

Salimos de esa vuelta, alentando a otros corredores y recibiendo el invaluable apoyo de vecinos y chicos de la organización. ¡Qué eterno resulta todo después del kilómetro 35! Y superando los 40k ni hablar…

Iba ensimismado (¿o es “enmimismado”?), intentando no aflojar, sabiendo que el objetivo estaba tan cerca… las piernas ardían, pero también las ganas de llegar. Ya estaba por Núñez, llegando a los 42k. Esto puede parecer el fin de la maratón, pero faltan los 195 metros extra, y son ETERNOS. Venía muy concentrado, tratando de abrir la zancada y darlo todo. Y entonces escucho que alguien me llama. No me lo esperaba, y era Vicky, dándome aliento. Corrió unos metros a mi lado, contenta y emocionada. Fue una sorpresa hermosa. Mi papá llegó a filmar ese instante. Me dio la fuerza que me faltaba.

Hice el sprint que me salió, poniéndole mucho corazón (ya que el cuerpo estaba en estado crítico, al límite). Nunca confié del todo en mi reloj (de hecho me marcó que la carrera fueron 42 km 660 mts), así que cuando vi el cronómetro de la meta sentí una alegría enorme. Crucé el arco de llegada a las 3 horas, 23 minutos, 15 segundos. Lo había hecho, había cumplido mi sueño de llegar en menos de 3 horas y media. No voy a intentar describir esa sensación de gloria. Es muy personal. Me sentí mejor que nunca. Podía seguir caminando, no me sentía desmoronándome.

El dedo chiquito del pie me latía y dolía. Ya en casa de mis padres, antes de almorzar, me enteré de qué había pasado: sí tenía una ampolla, pero el dolor que sentí fue cuando se reventó. Probablemente por usar calzado nuevo (¿ahora ven por qué no lo recomiendan?). Con Marcelo terminamos pesándonos. Me dio que al final de la carrera había perdido 800 gramos. Si tenemos en cuentra los tres geles, una barra de gomita y los 2 litros de agua/Powerade que tomé, esa diferencia es el líquido que perdí durante los 42 kilómetros.

Ya es de noche. Intenté dormir la siesta, pero tenía la adrenalina muy elevada. No entiendo por qué me siento tan bien, siendo que hace 40 días esta misma carrera, aunque en otro país, la padecí mucho más. Quizá la diferencia fue que descansé bien la noche anterior. Más allá de eso, no hice nada diferente. Bueno, mis Puma son muchímismo más livianas que mis Asics, eso pudo haber influenciado. Pero sin lugar a dudas el factor determinante fue correr junto a otras personas, en especial arrancar con Marcelo (que es un grosso) y después engancharme con la liebre. Me le aferré y a pesar de todo no aflojé.

El resultado final me ubicó en el puesto 591 de la general (aunque más de una hora después de los keniatas que hicieron podio). En mi categoría (Masculino de 30 a 34 años), llegué 116. Es un dato meramente estadístico, no me importa tanto si hice mejor tiempo que otra persona. Me interesa haberme vencido a mi mismo. Es más, puedo decir sin falsa modestia que es un sueño realizado haberme aplastado de esta manera. Entiendo un poco lo que vivió Marcelo: correr su primera maratón y llegar en 3:34 es un debut muy auspicioso. Espero que esté tan orgulloso de su desempeño como yo lo estoy de él.

Ya me siento un corredor profesional. Este es el impulso que necesitaba, la cuenta pendiente en mi vida. Ya no me queda nada que cumplir para encarar el próximo desafío: entrenarme para la Espartatlón.

Semana 2: Día 8: El descanso pre-maratón

Es así: la maratón se sufre. Es doloroso (literalmente), quienes no somos corredores de elite la sufrimos, y nos esforzamos realmente hasta el límite de nuestra capacidad física. La pasamos bastante mal, pero qué ganas de volver a correrla.

Cuando hice mis primeros 42 km el año pasado, no veía la hora de volver a correrla. No se me cruzó ninguna oportunidad, salvo la Maratón de Córdoba, organizada por la Fundación Ñandú (la misma que coordina la de Buenos Aires), pero justo el sábado anterior se casaba un gran amigo mío. Me tuve que organizar una yo mismo, en Grecia, para volver a vivir esta aventura.

Y ahora llega, nuevamente, la maratón de la Ciudad. Otra oportunidad de matarse, ir al límite, y sobrevivir. Una adrenalina muy especial… y lo peor es que los días previos hay que descansar. Eso no ayuda a bajar la ansiedad. Yo me sumergí en el trabajo, traduciendo a Wolverine y Spider-Man a nuestra lengua castellana; sentado en la compu, moviendo globitos de acá para allá. Y la carrera estaba ahí, en el fondo de mi cabeza. “¿No estás nervioso?” me preguntaba Vicky. “No, yo ocupo mi cabeza con un tema a la vez”.

Pero ya está, es la noche previa, estoy por comer mi última ración de hidratos de carbono antes del día de la maratón. Mañana me espera un buen desayuno con cereales, yogurt, pan, una banana y mucha agua. Luego, es intentar llegar en horario a la largada (aunque lo intento, no me caracterizo por mi puntualidad).

Vamos a largar con Marcelo desde el sector violeta, para los que mantengan un ritmo de entre 4:45 y 5:00 el kilómetro. Si lo podemos mantener voy a ser el hombre más feliz del mundo. Pero en realidad soy el hombre más realista del mundo, y me conformo con llegar haciendo un promedio por debajo de 6:00 minutos.

Ya tenemos la balanza preparada para pesarnos antes y después de la carrera, los geles comprados (dos comunes para los 7 y 14 km, y dos con cafeína extra para los 21 y los 30 km), la ropa separada, y hasta las monedas para el colectivo. Lo único que falta es descansar. Una buena noche de sueño y a correrse la vida.

Semana 2: Día 7: Preparándose para la maratón

Hoy hubo alguna extraña combinación de previsión y mal clima que hizo que pocas personas se acercasen al Centro Municipal de Exposiciones para retirar el kit de la maratón. Lo comparo con el año pasado, un sábado, donde había colas interminables, gente amontonada en los pasillos… mi amigo Marcelo, compañero en los Puma Runners, recordaba que para los 21k (que se corrieron hace un mes) la aglomeración de corredores era tal que había que dejar el auto a varias cuadras. Acá, estacionamos en la puerta. El que vaya mañana, sábado, a buscar su remera y su chip, que se atenga a las consecuencias…

Está bien que eran las 3:30 de la tarde, y que muchos seguramente están trabajando. Pero cuando uno es autónomo puede darse el lujo de ausentarse del trabajo un momento, sin dar muchas explicaciones. Nos vino bien que hubiese poca gente. Pudimos retirar nuestra remera al instante y estamparla (en mi caso le escribí “Martan”, que es como me suelen decir en el grupo). El mail donde nos explicaban cómo retirar nuestro kit decía que teníamos que llevar un alimento no perecedero. Pero cuando llegamos nadie entendía nada, y ahí estábamos con Marcelo, sacando a pasear un paquete de fideos que volvió sin pena ni gloria. No entiendo bien para qué piden eso y una vez allí nos dicen que no hacía falta.

El chip, acorde a estos tiempos de avance tecnológico que corren, es un cartoncito descartable. Dejamos nuestra pulsera para que la personalicen con nuestro tiempo (espero que sea menos de 3 hs 44 min), y mientras esperábamos unos minutos a que nos estamparan las musculosas, fui a una cinta para que me midieran la pisada. Obviamente era un artilugio para recomendarte zapatillas Adidas, pero me pareció interesante. El muchacho que controlaba el test me dijo que tenía pisada neutra, con una pequeña pronación en el pie derecho. Pero como es de menos de 7 grados, no es necesario un calzado especial.

Ya con la remera en nuestro poder, nos sacamos una foto haciendo un poco de demagogia con el nombre de Puma Runners, compramos geles con descuento, y nos volvimos a nuestros hogares, bajo una copiosa lluvia que espero se termine para el domingo.

Fue una tarde interesante, porque permite pasar un poco más rápido las horas que quedan para la maratón. Falta muy poco para volver a recorrer la Ciudad de punta a punta, y este año me siento más preparado que el pasado.

Semana 1: Día 6: Cuestión de peso

Ayer tuve mi cita habitual con la nutricionista. Hagamos ahora mismo un paréntesis, y aclaremos que la última vez que la vi fue hace dos meses. Luego vino el fin de Semana 52, y durante septiembre (para mi sorpresa) no me desbandé, pero tampoco me cuidé con las comidas, y bajé un poco mi presencia en el gimnasio, no así en el grupo de running.

Y sí, “running”. Ya me dijo una doctora “se dice correr”, a lo que le respondí “grupo de correr suena bastante feo”.

En estos dos meses prácticamente no varió mi peso, tan solo 100 gramos, que es lo mismo que nada. Ya estoy nuevamente con mi veda de postres y chocolates. Los análisis de sangre que le llevé mostraron que tenía muy bajo los triglicéridos (no pasa nada, es algo bueno, mamá), producto de no consumir azúcares, grasas refinadas ni alcohol. El colesterol está por el piso.

Aprovechamos la cita bimestral para ponernos al tanto sobre los objetivos logrados y los que vienen. Por supuesto, el más importante es la maratón de este domingo, 42 km en medio de la ciudad. Una carrera que me resulta dificilísima, dura, agotadora, pero lejos de que esto me desanime, tengo una ansiedad inmensa. Como ya mencioné alguna vez, la alegría no está tanto en hacerlo sino en haberlo hecho, y tener otra carrera terminada es una satisfacción indescriptible.

No hacen falta cambios en mi dieta, vengo bien, tengo que retomar el ritmo del gimnasio, pero esta semana tengo que dejarlo de lado para no agotarme por la maratón. El conteo de la semanana cerró en 38,5 km, menos de lo que imaginaba. Igual, con esto del descanso pre-maratón, es lógico que los entrenamientos hayan sido más leves para los que la vamos a correr.

Mi nutricionista me sugirió averiguar cuánto líquido pierdo durante los 42 km. Pude calcular con mi reloj que se queman 3 mil calorías, aunque es una fórmula matemática y no me dice cuánto es de lípidos, hidratos, etc. Algo sé y es que no me queda mucha grasa en el cuerpo para quemar. Pero el tema de la deshidratación es un dato que lo vamos a evaluar pesándonos con una balanza electrónica antes de la largada. Después, apenas terminemos (y sintamos que estamos a punto de desmayarnos), nos secamos la transpiración y nos volvemos a pesar. Lo que haya bajado es el líquido que perdimos (menos lo que fuimos reponiendo en el trayecto). Si entran ganas de ir al baño conviene pesarnos después, porque eso cuenta como desperdicio.

Con esta información podemos planificar mejor la hidratación durante y después de las carreras. Y es un dato que me intriga.

Semana 1: Día 5: …me compré zapatillas

– Dale… ¿Cuánto te pagó Puma por hacerle publicidad?
– Nada… de hecho me pagué yo las zapatillas.
– Pero algún arreglo tenés, ¿no? O sea… entrenás en un equipo auspiciado por Puma, y oh casualidad, te compraste un par de zapatillas de Puma.
– Sí, pero porque me las recomendaron. Y me las probé y me gustaron.
– ¿Pero no venías con la camiseta puesta de Asics?
– Sí, no digo que me haya dejado de gustar… pero bueno, me probé estas y están fantásticas.
– ¿Y cuánto te paga Puma?
– Y dale con que me pagan… ojalá me pagasen. Bah, no sé si ojalá. Mejor dicho, ojalá que nunca me paguen para decir que algo me gusta. Duermo muy tranquilo a la noche diciendo lo que quiero en el blog.
– Un descuentito les sacaste…
– Bueno, para serte sincero sí, las conseguí más baratas. Pero sigue siendo mucho más que lo que pagué por las Asics que me hice traer de afuera. Si las comparás con lo que sale cualquier zapatilla acá, está normal.
– O sea, un ojo de la cara.
– Y sí… no conviene escatimar en calzado. Pero la verdad es que fue una buena inversión. Las compré una hora antes de entrenar. No sabía qué modelo elegir, fui a ciegas, y Germán, mi entrenador, me recomendó las que estuvo usando él estos últimos tiempos. Cuando vi que había unas que las vendían como de Usain Bolt, dije “quiero esas”. Me las probé, y fue amor a la primera pisada. Súper livianas, con mucha amortiguación… no lo dudé.
– ¿Pero corriste con esas?
– Sí. Hice 9 km. No puedo decir si me sentí mejor o peor. No las noté, lo que significa que hacen su trabajo. Al principio, como cualquier zapatilla nueva, sentía que tenía dos resortes. Pero con el correr de las horas o me acostumbré, o las terminé amoldando.
– ¿Pero no tenías unas Asics que te compraste hace poco? Esas que te trajeron de afuera…
– Sí. Todavía andan. Tienen un olor terrible, de cuando corrí en El Palmar y las embarré y las mojé. Pero tenía ganas de estrenar algo para la maratón del domingo.
– ¿No dijiste que era malo estrenar calzado en una carrera?
– Bueno, por eso las estrené hoy. Además las otras me sacaron uñas negras. Me parece que me van muy justas de largo. Este modelo que me compré (FAAS 500 JAM, supongo que por “Jamaica”) son más largas.
– Y más pisteras.
– Sí, son poco discretas. No sé, compré el encanto de que eran las zapatillas del hombre más veloz del mundo.
– No estarás escribiendo esta entrada del blog con ese calzado todavía puesto, ¿no?
– …
– ¿Las tenés puestas?
– Sí… ahora me las saco. Dejame vivir.
– Ufff…

Semana 1: Día 5: Me voy a comprar zapatillas…

…y a estrenarlas. A la noche paso mi reporte.

M.

Semana 1: Día 4: Nuevamente, la dieta de la maratón

No sé cómo hice el año pasado. Parecía todo más fácil. Por supuesto, al empezar un proyecto nuevo, era un ejemplo de disciplina: ni una galletita, nada de comer fuera de las horas programadas. Y no me resultaba difícil. Me imprimí el menú de la primera semana y lo seguí a rajatabla. Tenía el desayuno del lunes, el del martes, miércoles, y así. Anotados los horarios, las frutas, la cantidad de agua en cada colación. En la segunda semana me imprimí otro menú semanal.

No lo volví a hacer nunca más.

Por supuesto mantuve la dieta, pero dejé de programármelo previamente. Descubrí que aunque anotase que el jueves al mediodía me tocaban milanesas de soja con dos tomates, por ahí me entraban ganas de una tortilla de papas. O una ensalada rusa. Mi miedo era no poder incorporar esas comidas diarias (recordemos que yo me despertaba y aguantaba derecho al almuerzo, de ahí a la cena, y en el medio alfajores, papas fritas y lo que hubiese en el chino de la vuelta). Durante casi un año tuve alarmas establecidas en el celular, para no olvidarme de comer. Pero ya lo incorporé.

Sí me tomé la molestia de hacerme la dieta de la semana previa a la maratón. No es nada demasiado complicado: mucha más agua que de costumbre, e hidratos de carbono. Bastantes. Después está la recuperación post-carrera: más hidratos y recuperar el líquido perdido por la transpiración. Pero esa vez me pareció valioso imprimirme ese menú. Representaba el primer paso a los 42 km; ya no había vuelta atrás.

Ahora estoy, nuevamente, en la semana previa a la maratón. Faltan 4 días y un desayuno para correrla. No me imprimí nada esta vez. La recuerdo, e intento incorporarla. No creo que esta falta de obsesión se deba a que haya bajado el interés o que me esté durmiendo en mis laureles. Quizá haya adquirido seguridad en mí mismo. Ni idea si voy a poder mejorar mi marca. Reconozco que la alimentación ayudó muchísimo. No casualmente mañana, miércoles, voy a visitar a mi nutricionista, con análisis nuevos de sangre (nota aparte: finalmente la médica clínica me dio el apto médico. Parece que sí puedo correr, y que no, no tengo hipertrofia del corazón). Veremos si hubo algún cambio en mi cuerpo desde la última visita.

La idea es volver a correr la maratón, la carrera más difícil de mi vida, y después empezar a interiorizarme más en la Espartatlón. Mañana, por lo pronto, empiezo a reducir el consumo de fibras, y arranco el día con mis 500 cc cúbicos de agua…

Semana 1: Día 3: Soy el número 5940

Un año. 52 semanas. 365 días, del domingo 10 de octubre al domingo 9 de octubre, es lo que separó mi primera maratón de la próxima. Lo que tuve que esperar (y todavía queda un poco) para volver a correr los 42 kilómetros en la Ciudad de Buenos Aires.

Por ese capricho internacional que me agarró, corrí mi segunda maratón hace poquito más de un mes en Grecia. Fue otra cosa: correr solo (porque no era una carrera oficial, sino una promesa personal), sin puestos de hidratación, sin gente aplaudiendo y alentando, y con un amigo en auto, intentando interceptarme en un camino de tráfico ininterrumpido. Cuenta porque sufrí el calor, toqué el muro, y caí agotado al final. De la primera a esta, bajé 22 minutos mi tiempo total.

Pero no llegué a las 3 horas 30 minutos, que era mi objetivo. Hubiese sido un broche de oro. En fin, tampoco es cuestión de ser tan exigente con uno mismo y no reconocerse el triunfo de llegar a la meta sin parar. Difícilmente pueda alcanzar esa marca que me obsesiona (un poco, no mucho), pero el hecho de volver a correr en mi ciudad me entusiasma mucho.

Adidas, la empresa organizadora, decidió hacerme esperar a último momento para confirmar mi participación. Está bien, yo hice lo propio y me anoté el 28 de agosto, un día antes de que cerrase la inscripción online. Admito lo que me toca. Pero recién hoy, 3 de octubre, me llegó ese mail tranquilizador que dice “Martin: Te inscribiste con éxito en la carrera”. También recibí la agradable noticia de que Marcelo, compañero de entrenamiento, se animó y en el último minuto se anotó para correrla.

Es que enfrentar solo semejante desafío, tan desgastante para el cuerpo y la cabeza, es agregarle dificultad. Ni hablar de cuando la corrí en otro país, al costado de la ruta, en lo que parecía ser una diana para los enloquecidos conductores. Participar en la Ciudad de Buenos Aires, rodeado de otros corredores, sin dudas va a ser un plus extra de motivación. Correr codo a codo con un amigo, que tiene prácticamente el mismo ritmo y resistencia que yo, es todavía mejor.

Me corresponde el número 5940. El año pasado fui el 5589, llegué a las 4:06:35, en el puesto 2482 de la general y 368 de mi categoría (masculino 30-34 años). ¿Podré mejorar sustancialmente estas marcas? El domingo lo sabré. La idea es twittear el recorrido, gracias a la incorporación de Vicky y sus patines. Veremos qué sale…

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