Archivos Mensuales: octubre 2011

Semana 5: Día 31: 208,73 km en un mes

Hace exactamente un mes empezaba con este widget del cuentakilómetros. Fue idea de mi hermano Matías, y me encantó: ver cuánto corría en el año. Me intrigaba el número, yo estaba seguro de que iba a hacer entre 160 y 180 km en un mes. El número, como puede apreciarlo cualquiera, fue bastante más.

Cuando tiré la idea y me preguntaba cuánto iba a hacer durante Octubre, Hernán, mi compañero de banco en el secundario (y compañero de aventuras desde hace dos décadas, ni más ni menos), vaticinó 208 kilómetros. “Este pibe está loco”, pensé. No sé si está tan al tanto de mis rutinas de entrenamiento. Suelo hacer unos 10 km, y un fondo más largo los fines de semana. Al principio creía que corría 45 km por semana. Después me di cuenta que exageraba un poco. El 1 de octubre, decía lo siguiente:

Ahora puedo registrar no sólo cuánto corro por semana, sino en un mes. ¿Qué número va a indicar? Se aceptan apuestas… yo estimo que el 1 de noviembre habré recorrido 160 kilómetros como mínimo… y en un año… ¿superaré los 2500? Me resulta un dato interesante, que le agrega color a este proyecto que crece.

Martín, lector tocayo, tiró 192. Hernán 208. Y el veredicto es 208,73 km. No sé, el Colo se merece algún premio (aunque haya hecho como el mago Cacarulo, que la pegaba de puro mago). Me ayudó haber corrido una maratón, aunque reemplazó el entrenamiento de un sábado, y que no falté ningún día a entrenar. Sin embargo, estos números me hacen dar cuenta que no estoy ni cerca del objetivo de la Espartatlón. En un mes recorrí un 85% del trayecto total de esta brutal competencia. En los once meses que restan tengo que seguir sumando y explorando mi resistencia.

El sábado participamos en la Salvaje Night Race, 30 km por la noche, en Marcos Paz. Le tengo mucha fe, y va a ser una oportunidad de medirse corriendo en horario nocturno. Después de todo, en la Espartatlón nos tocarán unas 8 horas de carrera a la luz de las estrellas…

Semana 5: Día 30: Somos exitistas

¡Desearía tener el físico de Alejandra García!

 

Finalizan hoy los Juegos Panamericanos 2011, celebrados en Guadalajara. Es la edición XVI, y 5996 atletas de 42 países se enfrentan en 361 eventos de 36 deportes. Los medios se encargan de transmitir los ganadores argentinos de medallas de oro, y se lamentan por las de plata conseguidas. ¿Es la gloria o la deshonra? Pareciera que no hay término medio.

Si nos remitimos a las anteriores ediciones, o a los Juegos Olímpicos, pasa lo mismo. O en el torneo Clausura o el Apertura. Solo importa ganar para la prensa. Podríamos abrir un paréntesis y preguntarnos si este exitismo es culpa de los medios, o si ellos únicamente se encargan de transmitir lo que a la gente le interesa. Supongo que es un poco y un poco.

Nunca voy a correr para ganar, aunque siempre quiera mejorar mis tiempos. Se juegan otras cosas en una carrera, a nivel personal. Probablemente solo le interese a mis amigos y familiares si bajé 45 minutos mi desempeño del año anterior, pero el pobre tipo que es un profesional y se desloma años entrenando, le hacemos sentir que una medalla de bronce es un fracaso. Nadie quiere salir segundo, de hecho, durante un mundial de fútbol, se hizo una encuesta y la mayoría prefería salir tercero.

A veces me siento un bicho raro. No creo ser el único al que no le interese el torneo apertura (por eso me va mal en el Gran DT), pero creo que el esfuerzo y la determinación es un triunfo en sí mismo. Lamentablemente, en muchas disciplinas nos obligan a demostrar que somos “mejores” que otros. Ojo, me emociona el mundial y todavía me acuerdo de 1986, cuando Argentina, de la mano del Diego, fue campeón del mundo. Sin embargo, no rompo en llanto si quedamos afuera. Creo que hay cosas más valiosas por las que angustiarse.

Me imagino que habrá gente que se preocupe por ser primeros, un poco presionado por la sociedad exitista en la que vivimos. A veces, un chiste de los Simpson, esconde mucha sabiduría. Homero le recomienda a Bart que no se esfuerce, porque “no importa qué tan bueno seas en algo, siempre habrá un millón de personas mejores que tú”. Lejos del consejo demotivador que le da este padre a su hijo, pensaría que justamente esto tiene que sacarnos presión. El deporte es auto-superación, y ahí se esconde el verdadero éxito.

Semana 5: Día 29: El consejo más importante para cambiar tu rutina

¿Tenés ganas de bajar de peso? ¿Querés mejorar tu musculatura? ¿Soñás con mejorar tu rendimiento deportivo? Este es el mejor consejo que escuché, y creo que esconde mucha sabiduría: Si querés lograr un cambio, no lo digas.

No, no es como los deseos cuando soplás las velitas, que si lo hacés público no se cumple. Uno suele planificar, pero, como dice el saber popular, “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Es más fácil soñar, elucubrar en nuestra cabeza un montón de asombrosos cambios, pero en lugar de anunciarlo, hay que hacerlo.

Sé que no es muy feliz citar al ex-gobernador de California, pero cuando María Schriver, hoy ex-esposa de Arnold Schwarzenegger, le dijo a su esposo que soñaba con escribir un libro para niños, él le contestó “En lugar de soñarlo, ¿por qué no lo haces?”. Aunque Terminator no es santo de mi devoción, es un ejemplo de determinación, que lo llevó a ser Mr. Olimpia, luego actor, y por último político (con diversos resultados). Siempre encontré esta cita muy inspiradora, porque montones de veces (o sea, “millones”) deseé algo, y todo quedó ahí, en el deseo.

Probablemente este blog sea el ejemplo contrario a este consejo, porque yo empecé justamente anunciando todos los cambios que quería lograr en mi vida. Pero la verdadera cosa que cambié en mi vida fue dejar de desear y ponerme “manos a la obra”. Así que, en lugar de anunciarles a todos que querés empezar a correr, o que vas a empezar a cuidarte con las comidas, hacelo y sorprendé a todos (y a vos mismo) con los resultados. Que tus acciones sean las que hablen.

Semana 5: Día 28: Donar sangre

Como tenía planificado, la semana pasada doné plaquetas y hoy me tocó donar sangre. Es algo para lo que tengo facilidad, afortunadamente, porque hoy experimenté lo que le pasa a otras personas.

La abuela de Vicky, de 97 años, se quebró el fémur y la internaron en la Clínica Colegiales. Para operarla necesitaban 10 donantes. La desgracia quiso que la mamá de mi amigo Paco sufriese un ACV, y en el caso de ella requería de 4 donaciones de plaquetas y 18 de sangre. Conseguir donadores es más complicado de lo que parece: un tatuaje, pesar menos de 65 kg o haber tomado aspirinas ya lo descalifican a uno. Hay que llenar un extenso cuestionario que hasta me resulta un poco discriminatorio, pero todo tiene que ver con determinar si el donante se expuso a situaciones de riesgo ante enfermedades transmisibles por sangre. Hay un período de ventana, que es el tiempo que transcurre entre el contagio de una enfermedad y la posibilidad de detección. Prácticamente no hay síntomas o pasan inadvertidos, o sea que aunque nos sintamos sanos, podemos contagiar algo.

Por eso los bancos no pueden confiarse solo de los estudios que realizan, así que entregan a quienes quieran donar un extenso cuestionario. Se debe abstener de donar quienes:

  • Se hayan hecho tatuajes, acupuntura o perforado de las orejas con agujas no descartables, en el último año (aunque uno jure que fue en un ambiente seguro, no te aceptan la donación).
  • Si fue o es consumidor de drogas prohibidas
  • Si tiene o ha tenido relaciones sexuales con hemofílicos en el último año.
  • Si tuvo relaciones sexuales con personas que tuvieron sexo a cambio de dinero en el último año, o infectadas con el virus del SIDA, Hepatitis B o C.
  • Si tiene serología positiva por SIDA, Hepatitis, Chagas, Brucelosis o Sífilis.
  • Si ha tenido síntomas que se puedan asociar con el SIDA (diarreas crónicas, fiebre de más de 10 días de evolución, pérdida de peso, manchas en la piel, ganglios inflamados).
  • Si le han ofrecido dinero por donas sangre.
  • Si ha tenido relaciones sexuales con parejas múltiples en el último año.
  • Si tuvo relaciones con personas que hayan sido operadas o transfundidas una o más veces en el último año.

Luego de todas estas advertencias, llega un formulario de unas 48 preguntas, donde tendremos que responder “Sí” o “No”. Hay algunas muy extrañas:

  • ¿Ha recibido hormonas de crecimiento de origen humano, o tuvo Ud. o algún pariente la enfermedad de Creutzfekd-Jakob?
  • ¿Alguna vez recibió dinero o drogas para tener relaciones sexuales?
  • Para hombres: Tuvo Ud. relaciones sexuales con otro hombre, en los últimos 12 meses?
  • ¿Dona Ud. sangre para que se le haga el análisis de Sida?

Luego de rellenar todo el formulario, te entregan un papelito que dice “Sí, mi sangre puede ser usada” o “No, no usen mi sangre”. En algunos lugares vuelven a entregar ese papelito luego de la donación. Es la última oportunidad de avisar que uno ha mentido en el cuestionario.

Como había donado plaquetas para la mamá de Paco (que, milagrosamente, fue dada de alta, casi sin secuelas), él se sintió en la obligación de darme una mano, y como la familia de Vicky no conseguía donantes, ella tomó cartas en el asunto y se puso en campaña. Aunque no conseguimos a TODOS los donantes, finalmente la operaron. Pero quedó debiendo sangre para reponer, así que hoy fuimos con Paco hasta el sanatorio. Él nunca había sido donante, yo varias veces, y nunca me impresioné ni me sentí mal después.

Cuando llegamos a hematología fue muy bizarro, porque desde la sala de extracciones se escuchaba “¡Ángel!” (cachetazo), “¡Ángel!” (cachetazo), “¡Ángel!” (cachetazo más fuerte). Después de lo que parecía un round de boxeo, parece que Ángel volvió en sí. Por suerte ninguno de nosotros se desmayó, y luego de 10 minutos y 450 cc de sangre menos en nuestro cuerpo, nos dejaron ir a desayunar.

Al final conseguimos 8 donantes para la nona. Una fue Cecilia, una lectora de este blog, que cuando conté la historia de mi donación de plaquetas, se ofreció donar para la abuela. Estas actitudes tan desinteresadas hacen que estemos una persona menos para cumplir con las exigencias del hospital. Y, lo que no es poco, me dan esperanza en la raza humana. Cecilia es de esa clase de personas, que da sin nada a cambio. No la conozco, y se tomó tamaña molestia, a riesgo de marearse y que la revivan a trompadas. Realmente estoy muy agradecido, y espero cruzarme con más gente como ella en la vida.

Las recomendaciones post extracción suelen ser las mismas en todos lados: desayunar, no levantar peso las siguientes 2 horas con el brazo pinchado, dejarse la gasa y la cinta por 4 horas, y no hacer actividad física las siguientes 24 hs. Yo sé, y me lo confesó un médico de hemoterapia, que esto es para la gente impresionable. A algunos les baja la presión luego de donar, pero no por la extracción, sino por sugestión. Ya dijimos varias veces, la cabeza domina al cuerpo, y si creemos que nos vamos a sentir mal, nos aseguraremos de que así sea.

Hace más de un año, cuando Semana 52 ni siquiera existía, doné por la mañana y estaba corriendo por la noche. Y no sentí nada. Pero el pobre de Ángel, sopapeado por los enfermeros para que vuelva en sí, contaría otra historia…

 

PD: Todavía necesitamos dos donantes. Si alguien quiere tener nuestra enorme gratitud, me avisa!

Semana 4: Día 27: ¿Cómo se lavan las zapatillas?

¿Alguna vez lavaron su calzado? Porque el corredor, por más que entrene en la ciudad, ensuciará sus llantas. El suelo es un rejunte de porquerías, y ni que hablar cuando participamos de una carrera de aventura y tenemos que atravesar barro, o agua. Sin ir más lejos, en el entrenamiento del miércoles, aunque el clima y la tierra estaban secos, había bastante polvo y eso se notó en las zapatillas.

Cuando me decidí a comprarme unas Asics lo hice incentivado por algunos compañeros de los Puma Runners, que las lavaban en el lavarropas y aunque se les agujereaban, su excelente terminación seguían manteniendo firme la pisada. Así que, después de alguna carrera de terreno barroso, las mandé a la lavadora. Después, las sequé al sol. Repetí esta acción tres veces hasta que, finalmente, las destrocé. Me resistí a pensar que había limitado su vida útil al meterlas al lavarropas. El siguiente par nunca lo lavé, y ahí siguen, estoicas y aguantando.

Si no podemos evitar ver nuestras zapatillas hechas una mugre, hay algunas cosas que podemos hacer. Primero y principal, aprender de la experiencia de un animal como yo y no meterlas en el lavarropas. Hay que limpiarlas a mano, usando un poco de jabón (puede ser en polvo o el blanco) en un cepillo, con agua fría. Aunque uno suele ignorarlo (a propósito), en la lengüeta suelen aparecer indicaciones sobre cómo lavar la prenda.

Después de lavarlas y enjuagarlas, hay que secarlas al sol si es invierno, a la sombra si es verano (ojo, a veces en esas recomendaciones de la lengüeta explican este paso). Nunca hay que acercarlas a una estufa u horno, ya que esto seguramente termine por deformarlas. Siempre es recomendable tener un calzado solo para entrenar y otro para el día a día. Así nos vamos a asegurar que tengan mayor vida útil. Hay quienes recomiendan, si las queremos meter en el lavarropas, envolverlas primero en una toalla, así evitamos que se golpeen o se friccionen demasiado. Entre tantas experiencias desafortunadas, tuve la de meter unas zapatillas en la lavadora y sacarlas después en partes, calzado por un lado, suelas por el otro. Y créanme que no existe adhesivo que las vuelva a unir.

Para los valientes que eligen no lavarlas nunca, por favor, un poco de desodorante para los pies. ¡El resto de los seres humanos que lo rodeen se lo van a agradecer!

Semana 4: Día 26: ¿Desigualdad en la maratón?

Así como ayer le dediqué el post a la ficción, no estaría de más dedicarle el de hoy a una realidad que no debería ocurrir.

Cito a la nota de Florencia Halfon-Laksman:

El subsecretario de deportes, francisco irarrazaval dijo que “no podían esperarlos”

El gobierno porteño no pagó el premio a los ganadores ciegos de un maratón

La competencia se realizó el 9 de octubre y los vencedores en esa categoría no recibieron trofeo y les abonaron solamente la mitad de los $ 5600 prometidos. La defensora adjunta, Graciela Muñiz, hizo un pedido de informes.

La Defensora Adjunta del Pueblo de la Ciudad, Graciela Muñiz, realizó un pedido de informes al gobierno porteño y a las empresas que el domingo 9 de octubre realizaron el Maratón Internacional de Buenos Aires, porque no les dieron trofeo a los campeones ciegos y disminuidos visuales y además les pagaron la mitad del premio prometido.
“El atletismo es mi principal fuente de ingreso y sostén de mi familia. Esta carrera promocionó premios en efectivo de 5600 pesos para el primer puesto de cada categoría. Creí que se vería compensado mi sacrificio de entrenar durante tres meses, pero algo me esperaba”, describió José Luis Urteaga, un corredor no vidente de la ciudad de Necochea, que salió primero en su categoría.
Ese “algo” al que se refirió Urteaga ocurrió tras la carrera, cuando la organización les informó a los ganadores de las categorías “no videntes b1” (ciegos) y “no videntes b2” (disminuidos visuales) que no habría podio para ellos y que la copa se las mandarían por correo.
“Ya les dimos el trofeo a los hombres, las mujeres y las sillas”, argumentó una de las chicas de la organización, refiriéndose a los ganadores de la categoría “convencional” y los de la categoría de “personas en silla de ruedas”.
Pero el problema tampoco terminó ahí. Luego se enteraron de que su premio sería repartido: en lugar de 5600 pesos, habría 2800 para el ganador de la categoría b1 y el mismo importe para el ganador de la categoría b2.
“En 2005, logramos hablar con los organizadores de estos eventos y acordamos equiparar los premios. Desde entonces, no habíamos tenido inconvenientes con esta carrera”, dijo a Tiempo Argentino la defensora adjunta porteña y precisó que cuando lo llamó al subsecretario de Deportes de la Ciudad, Francisco Irarrazaval, para que le diera explicaciones, el funcionario le dijo: “No les dimos los premios en el podio, porque no podemos esperar a que lleguen. ¡Y este bendito país es el único del mundo donde se igualan los premios!” A lo cual, Muñiz le respondió: “Gracias a Dios, en este país es así.”
Según indican sus participantes, el Maratón de la Ciudad es la prueba más importante del atletismo argentino.
Este año registró un récord de inscriptos –más de 7000– y todos, cualquiera sea su categoría, debieron pagar 125 pesos de inscripción. Los ganadores de la categoría “convencionales” fueron tres keniatas, a quienes el jefe de gobierno, Mauricio Macri, felicitó cuando bajaron del podio. El primero de ellos, Simon Kariuki Njoroge, corrió los 42 kilómetros en 2 horas, 10 minutos y 23 segundos.
José Luis Santero es disminuido visual a causa de una retinosis pigmentaria, más conocida como “ceguera nocturna”. Tiene una discapacidad progresiva que por ahora le permite ver hasta 20 metros para adelante y tiene menos de 5 grados de campo visual.
Él también salió primero en su categoría, a pesar de que una puntada lo demoró media hora más que la marca que había logrado el año pasado, cuando se ubicó en el puesto 22º de la tabla general. Esta vez llegó a la meta en 2 horas, 56 minutos y 50 segundos. En noviembre asistirá a los Juegos Parapanamericanos en Guadalajara y espera ser convocado a los Paralímpicos de 2012, en Londres.
“Esta carrera es fundamental para los que somos corredores porque la foto en el podio nos sirve para conseguir sponsors y poder continuar haciendo lo que nos gusta. Yo había firmado un precontrato con algunas empresas y no subir a recibir mi premio me trajo problemas”, explicó Santero a este diario.
“Me da vergüenza que suceda esto –dijo la defensora adjunta. Es un claro acto de discriminación. Los organizadores se manejan como si no hicieran todos el mismo esfuerzo para participar. Queremos que pidan disculpas y se comprometan a que esto no vuelva a ocurrir. Además, la constitución de la Ciudad indica que se debe velar por la igualdad de oportunidades”.

Graciela Muñiz es una defensora del pueblo que, en 2006, consiguió que se equipararan las compensaciones económicas para cualquier categoría de la carreras de la ciudad. Este es el comunicado de prensa de hace exactamente 6 años:

COMUNICADO DE PRENSA

LA MARATÓN INTERNACIONAL  IGUALO LA PREMIACIÒN

La Defensora del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires Profesora Graciela Muñiz logró que después de muchas discusiones y reuniones con los organizadores Maratón de Buenos Aires 2006 y funcionarios del Gobierno de la Ciudad que se igualaran los premios en efectivo para los discapacitados.

Desde el mes de Abril a través de una denuncia realizada por un maratonista Discapacitado donde se discriminaba cobrándoles lo  mismo por la inscripción y premiándolos en forma diferente, tal actitud fue nota de varios medios de prensa, que consideraron un acto netamente Discriminatorio. Esto llevo a realizar el envió de distintos oficios al Gobierno de la Ciudad ya que este era Sponsor de la Maratón acción que después negó; No obstante junto con otras organizaciones de ayuda y defensa de los derechos de los discapacitados la organización que es realizada por la fundación Ñandú a cargo de Carlos Saez termino por igualar los premios de los Discapacitados con el de los deportistas convencionales.

Graciela Muñiz dijo que este logro sienta un precedente para otras Maratones y/o Competencias deportivas, estableciendo el derecho de igualdad para todos.

Aunque esto sentó precedente, Muñiz siguió enfrentándose a los organizadores de eventos que le negaban los mismos premios en efectivo a los atletas con capacidades disminuídas, o a los que directamente los escondían de las cámaras.

Seguiremos investigando.

Semana 4: Día 25: Historia del triunfo y el corredor

Esta historia es ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Llegó a la hora señalada. Hacía años (¿décadas?) que intentaba mejorar sus tiempos. Entrenaba, hacía todas las dietas conocidas, experimentaba con técnicas de países exóticos. Pero nunca llegaba al podio, jamás alcanzaba las marcas que buscaba. Sería por eso que le obsesionaba llegar puntual a todas las citas.

Llegó a la hora señalada, sin embargo el hombre de negro ya estaba allí, escondido detrás del diario, una taza de café vacía en un costado y un cigarrillo encendido en su mano. Creía que una persona así estaría leyendo los avisos fúnebres, pero el hombre de negro leía con solemnidad la página de los chistes. Sin levantar la vista de las tiras diarias, le dijo:

– Llega tarde.

Tardó unos segundos en responder. No creía semejante agravio.

– No es cierto. Quedamos a las 6. Y a menos que todos los relojes estén atrasados…

– Me refiero a esto – respondió, levantando la vista del diario. – Mírese. Tiene ¿cuántos? ¿Cuarenta y cinco años? ¿Y recién ahora me llama? Llega tarde. Quedan pocas esperanzas para usted.

– Lo intenté todo. Y tanto intenté que me pulvericé las rodillas. Ya no puedo participar en una carrera sin terminar la semana siguiente en cama, con bolsas de hielo cubriéndome de la cintura para abajo. No quiero ser pesimista, pero me quedan pocos años corriendo.

El hombre de negro lo miró de arriba a abajo.

– Pocos meses, diría.

Normalmente se hubiese ofendido. Pero sabía que tenía razón.

– Ahora se viene una carrera importante. Los 25 km de Uspallata. Todos los días veraneaba la casa del lago, que era de mis abuelos. La recorría todos los días de enero. La conozco como la palma de mi mano. Si voy a ganar una carrera, tiene que ser esa.

El hombre de negro levantó su taza y le hizo un ademán al mozo.

– Usted entiende que nada es gratis en la vida. Usted busca ganar, y yo soy el hombre que lo puede ayudar.

– Sí, en realidad me expresé mal. No quiero ganar. O sea, no quiero ser el mejor. Por más que uno se esfuerce, siempre hay gente más capacitada. Fíjese en el Vasco Morales. La maratón en 2 horas y 18 minutos. Jamás podría vencerlo, menos trabajando de 8 a 18. O Roberto Palladini, el jardinero. Flaco, fibroso. Viene de una familia así, parece que tuviese huesos neumáticos. No pesa nada, no gasta casi energía.

– Estos parecerían ser sus adversarios a vencer, ¿no?

– Sí… pero como le decía, no me interesa ganar. O sea, ellos son mejores que yo. Lo sé, lo sabe cualquiera. Ellos saben que ganarán, y saben que yo, en el mejor de los casos, solo puedo aspirar a un tercer puesto. Yo estoy pensando en retirarme, nada me emociona ya. Lo único que me motiva es pensar en la sensación de gloria. Eso es lo que estoy buscando. Sentirme un triunfador. Empaparme un poco de la uforia del triunfo, dejar de admirar y vivir en la sombra de otros, y que una vez alguien me admire a mí.

– No se preocupe. Puede tener todo eso. Por el precio indicado.

– Sí. Esto es lo que más me importa. Ningún precio es demasiado.

– Entonces, ¿hacemos el contrato? ¿Lo leyó?

– Sí. Está todo bien. ¿Tengo que firmar con sangre?

– No sea asqueroso. Ponga sus iniciales y ya.

La carrera estaba a una semana de distancia. La desgracia parece haber caído en los favoritos de la Gran Carrera de Uspallata. Al Vasco Morales lo chocó un taxi mientras estaba estacionado en el semáforo de Rivadavia y Pichincha. No salió muy lastimado, pero quedó bastante golpeado, y aunque corrió igual la carrrera. Todavía en shock y con una ligera renguera, apenas pudo aspirar al puesto 68.

Palladini sufrió un robo en la jardinería. Un ladrón, de negro, entró, amenazó a los clientes, y se fue pegando un solo tiro, que dio en la pierna de Palladini. No se llevó un centavo, y la policía se quedó con la versién de que se había intentado de un asalto frustrado por los nervios del delincuente.

La mañana de la carrera seguían sin darlo como favorito. No le importó, ya que el día no comienza con los primeros rayos de sol, sino después de la hora del desayuno. Comió ligero, pero con mucgas calorías. Su mujer le había dejado en el respaldo de la silla la ropa recién planchada. Se vistió despacio, intentando reprimir la ansiedad.  Llegó temprano a la largada, era casi uno de los primeros. Odiaba su puntualidad en cualquier lugar que no fuese la llegada. Palladini llegó en silla de ruedas, vestido como si fuese a correr. Hizo un ademán de levantarse varias veces. Uno creería que quería participar igual de la competencia, hasta aprovechaba la pierna extendida para hacer que le elongaba.

A la manera del cine, el intentente dio comienzo a la carrera con un disparo al cielo. El Vasco quiso ser puntero, pero a los pocos metros comenzó a renguear y a agarrarse la pierna. Se alejó cabizbajo, y hubo quien dice que lo vio llorar.

Los primeros kilómetros eran los más fáciles. El terreno era bastante llano, con poco pasto pero sin demasiada sorpresas. Con Morales en el banco tod0 lo que tenía que hacer era resistir. La segunda etapa ya se complicaba más. Estaban los grandes estanques, donde uno tenía que mojarse los pies, y el resto de la carrera uno estaba cultivando ampollas. También había cuestas muy pronunciadas. Pero a pesar de las dificultades, venía a buen ritmo.

Nunca había hecho un tiempo tan formidable. Ahora le rendía el aire, las articulaciones no dolían como hacía una semana, y por primera vez sentía que los aplausos de la gente estaban dirrigidos a él.

Cruzó la meta cerrando una performance formidable. Un hombre canoso con la remera de la organización lo apartó y le dijo que no se alejase demasiado, que había hecho podio. Le dieron agua y le ofrecieron masajes en los mies. Se negó.

Una hora y media después de haber cruzado el arco de llegada, comenzó la ceremonia de premiación. Le dieron una medalla un poco más grande que la del resto de los corredores, además de un pequeño trofeo con un corredor en la punta. Lo invitaron a compartir unas palabras, pero no sabía qué decir. En realidad, no se animaba a decirlo.

No lo embargaba la emoción. No estaba en la gloria, extasiado por el triunfo del cuerpo y el espíritu. Quería sentir algo… la emoción de los campeones. Pero en su lugar se sentía… vacío. No había nada. ¿Esto era? ¿Esto es lo que el Vasco, Palladini, y tantos otros sentían? ¿Una gran y enorme… nada?

Le costaba pensar, así que no le dio más vueltas al asunto. Hubo mucha gente que jamás se enteró de que esa carrera existía, y por suerte poca gente la recordó. Nadie lo paraba por la calle para preguntarle cómo le había ido. No recibió muchas felicitaciones, y no fue más feliz. Lo angustiaba tanto no sentir absolutamente nada, que su triunfo fuese tan poco trascendente, que no volvió a correr nunca más.

A esta altura sería bastante redundante decirlo, pero en el fondo él lo sabía y creía que, admitiéndolo, las cosas iban a cambiar. Se cruzó varios meses después al Vasco. Todavía rengueaba. Lo paró en seco, haciá dos días que no dormía.

– No existe la gloria, ni alegría, ni nada para los que no tenemos alma. – dicen que le dijo. Probablemente sería la primera vez que escuchaba su voz. Se sentía como la de alguien que decía la verdad.

Unos años más tarde, en un bar diferente, en una tarde distinta, dos hombres, rivales de toda la vida y aliados en la desgracia, estaban sentados en un café con un hombre de negro. Ese hombre fumaba y leía los chistes en silencio. Del otro lado, asqueados por el humo, el Vasco y Palladini.

– Ya no podemos correr. Pasamos de la delantera a quedar, con suerte, entre los primeros veinte. Extrañamos esa sensación de triunfo. Queremos volver a triunfar.

El hombre de negro hizo una seña al mozo, que volvió con una jarra humeante de café. Le sirvió hasta el borde. El hombre de negro no le puso azúcar. Bebió un ruidoso sorbo y, sin levantar la vista del diario, contestó.

– Eso puede arreglarse. Por el precio indicado.

Semana 4: Día 24: Estar en stand-by

Antes me gustaba comer. Me fascinaba. Me compraba un sachet de mayoliva, un cuarto de pan, y me lo bajaba de una. Y esto era solo la merienda.

Vicky dice que cambié mi vicio por otro, que es correr. Y es muy cierto, aunque es un hábito sano. Pero no siempre se puede entrenar, y a veces hay que hacer un paso al costado y seguir desarrollando la paciencia.

Calzarse las zapas y salir a patear la calle requiere de un ingrediente fundamental: tiempo. No importa tanto si tenemos el físico, si nuestros ancestros nos dotaron con los ingredientes genéticos adecuados, o si somos el hijo del viento. Ni siquiera si estamos lesionados. Cuando el trabajo (eso que paga la luz, el gas, la ropa y el viaje a Marcos Paz para ir a competir) se interpone, hay que saber bajarse y no desesperar.

El trabajo de diseñador tiene esas cosas, estar sentado frente a la computadora hasta que te acostás… y a veces ese lapso puede durar más de 24 horas. Hay muchas profesiones muy sedentarias, pero la del Diseño debe andar entre las más nocivas para la espalda y las articulaciones. Estoy desarrollando un callo en la mano derecha (la que comanda el mouse) que no me gusta nada. Y mientras más tiempo paso frente a la pantalla, más sueño con ir a correr.

Saltearme un entrenamiento es como cuando tenía antojo de pan con mayoliva y el supermercado estaba cerrado. No llego al síndrome de abstinencia, me contento con planear recuperarlo al día siguiente, o a lo sumo apechugar y confiar en mi propio estado físico. Lo peor es que, no sé por qué, cuando me paso muchas horas sin hacer actividad física, suelo tener hambre. Son las ganas de comer por aburrimiento, una actividad bastante peligrosa.

Así que paciencia. Hay que seguir sumando kilometrajes… además de que hay que seguir pagando las cuotas del viaje a Grecia y las inscripciones a todas esas maravillosas carreras que se vienen…

Semana 4: Día 23: Con quién compararnos

Antes de Semana 52 (o sea, no hace mucho) vivía comparándome con los demás. No es algo poco común para una persona que tiene tres hermanos varones. Cuando uno crece con otros niños, es inevitable la competencia por la atención de los padres. Y esos pobres progenitores tienen que intentar ser justos, repartir su tiempo, y dar el ejemplo de que no hay favoritismos.

Supongo que cuando un infante sale de su casa y se encuentra con que la cartuchera del compañerito tiene a Voltron y la nuestra a Carlitos Balá, algo está fallando, y aprendemos a desear lo que no tenemos. Ese mal hábito se queda toda la vida. Mientras crecía apareció el interés por ser socialmente aceptado, entonces me comparaba con lo que creía que las chicas querían. Ya el corte de pelo o la ropa empezaban a cumplir una función. El tema es que a medida que uno crece y entra en las últimas instancias de la adolescencia, comer pan con mayonesa todos los días empieza a hacer estragos en nuestro físico.

A esta altura de mi vida me comparaba con las estrellas del momento, que a esta altura podrían haber sido los Backstreet Boys o algún grupo de jóvenes cantantes. Ellos tenían la cubetera en las abdominales, y recuerdo imaginar qué bueno sería tener ese físico. Pero ahí la comparación era injusta para mí, entonces me sentía disminuído. En un momento me harté de lamentarme, desempolvé unas pesas que andaban dando vuelta en mi casa, y me puse a ejercitar una hora por día. Ese fue el prototipo de Semana 52, hace unos 10 años. En pocos meses pasé de 82 kg a 65, combinando también salir a correr y comer más sano. Fue en esa época que di el salto al vegetarianismo.

Y esas pesas que había desempolvado no estaban en mi casa de casualidad, sino que eran de mi hermano Matías. Con mucha dedicación, empecé corriendo 3,5 km, y a cada semana estiraba la distancia, hasta que al cabo de unos meses llegué a 10 km. Los gemelos me quedaron hechos una piedra (pero no en un buen sentido) y me destrocé los talones y los dedos de los pies. Entendí que ese era el techo, correr eso o más equivalía a destrozarme. Pero Matías intentó darme consejos para no desanimarme. Había que hacer cambios de ritmo, acostumbrar a los músculos, desarrollar potencia de piernas. Todo eso me parecía demasiado complicado. Entonces me comentó que él solía correr unos 15 km.

Listo, ya está. Fue el fin de mis aspiraciones como corredor (al menos un tiempo). Si correr 10 km me había dejado bastante maltrecho, no podía imaginar alcanzar la distancia de mi hermano. Era imposible. Ni siquiera me podía imaginar cómo hacía él. Me volví a meter en la trampa de compararme con otra persona. En ese momento no tuve en cuenta que Matías alguna vez empezó de abajo, corriendo poca distancia, se entrenó y, alguna vez, tuvo que lidiar con músculos agarrotados y ampollas en los pies. Pero uno se queda con el resultado, y no tiene en cuenta que todos empezamos de abajo. Nadie nace con un físico perfecto, aunque tenga buena predisposición genética.

Gracias a Dios me olvidé de que vivía bajo la sombra de mi hermano, y empecé a andar mi propio camino. Me tomó varios años organizar mi vida como para dedicarle unos días por semana a asistir a un grupo de entrenamiento, y varios meses con ellos para llegar a la marca de los 10k (y superarla). Por suerte nuestro entrenador nos organizaba en forma diferenciada, y alentaba el progreso personal. Los viejos hábitos no mueren, y me seguía comparando con mis compañeros. No me interesaba ser mejor (tenía un mínimo de humildad), pero sí me aterraba ser el peor. No tenía problema en ser un mediocre, pero me preocupaba estar al final de la tabla. Es algo que, aunque no lo confiese abiertamente, me sigue preocupando. Lo achaco a crecer en una casa con cuatro varones.

Descubrí que admiraba a otros corredores del grupo, como lo hacía con mi hermano, y los ponía en un pedestal inalcanzable. Intentaba seguirlos, y más de una vez me quemé por eso (y la pasé un poco mal). Pero también desarrollé cierta terquedad, y aunque nunca fui constante, seguí volviendo e intentando.

Durante toda mi vida viví bajo la sombra de alguien, creyendo que había montones de cosas inalcanzables para mí. Recién cuando me propuse hacer este blog empecé a conquistar algunos miedos, como la bendita maratón. Por eso, en mis adentros, me causa gracia cuando alguien se siente en mi sombra, y me ve como algo inalcanzable. Yo, que cuando teníamos que correr vueltas a la manzana en Educación Física me dedicaba a caminar cuando lo tenía fuera de vista al profesor. Yo, que nunca pude hacer más de cuatro flexiones de brazos hasta hace un año. Pero nunca encontré las palabras para decir que todo es cuestión de dejar de compararse con otro, ponerle empeño y salir a encontrar nuestras propias limitaciones (como para tener un objetivo y buscar superarnos). Siempre me queda la sensación de que voy a quedar como un falso humilde. Pero esa es la verdad. Nunca fui feliz comparándome con los demás, siempre me faltaba algo. Y ahora que me comparo conmigo mismo, y busco repetir experiencias para averiguar si puedo mejorar mis marcas anteriores… ahora sí que soy feliz.

Así que el gran aprendizaje que saqué de mi corta vida atlética es eso. Compararte con un atleta de menor experiencia es soberbia. Compararte con un atleta de más experiencia es una tontería. Hay que compararse con uno mismo, e intentar superarse. Encontrar nuestro límite físico es un objetivo a vencer para el corto plazo.

Semana 4: Día 22: Correr, el mejor desestresante

Alguna vez hablé con alguien sobre los malos hábitos, como fumar o comer porquerías. Cosas por las que nos obsesionamos, y a las que dejamos controlarnos. Correr, en algún punto, es otra cosa que nos obsesiona y que reemplaza a las anteriores. Pero me resulta preferible; las consecuencias son preferibles.

Llega un punto en que la rutina diaria me satura. Y solo puedo pensar en correr y en la sensación de libertad que me da. Justo en este momento el trabajo me tensiona mucho. Paso horas sentado en la computadora, los ojos secos como dos pasas de uva, la espalda arqueada, la palma derecha con callos por estar tanto tiempo usando el mouse. Los compromisos se apilan, hay que cerrar revistas en poquísimo tiempo, y complicaciones tontas terminan retrasando todas las fechas prometidas.

Por suerte aparece el running. Y durante dos o tres horas me olvido de todo. La dimensión de los problemas se reduce hasta prácticamente desaparecer. Hoy corrí 21 km. Correspondía un poco menos, pero ¿cómo dejar pasar la mañana hermosa que hizo? Estaba cansado, ya los 17 km que correspondían eran bastante agotadores. Pero con la Espartatlón en mente, me interesa sumar kilometraje. Y correr se vuelve algo tan primordial, lo más importante (o lo único importante).

El resto del día me sentí muy bien. Los compromisos me estaban esperando. Trabajar un sábado es bastante deprimente, pero habiendo empezado así la jornada, dejándose llevar, trabajando músculos y pulmones, poniéndole el cuerpo a la existencia y dejando que la cabeza se relaje.

Toda esta experiencia la comparten muchos deportistas, y me da pena que sea tan difícil de transmitir para quienes no corren. Siempre prima el “Yo no puedo correr ni el colectivo”, y se pierden el poder  desestresante de calzarse las zapatillas, un pantalón corto y una remera, y salir a recorrer las calles y dejarse llevar…

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