Archivos Mensuales: septiembre 2011

Otras 52 semanas: Espartatlón

¿Hay algo más duro que correr una maratón? Sí, dos. ¿Y qué tal tres? ¿Imposible, no? ¿Qué les parecería si les digo que mi próximo objetivo es completar una carrera que es cinco veces 42 km? Y todo en un máximo de un día y medio, o quedás fuera.

Esta demencial competencia nace del mito mismo del origen de Maratón. Herodoto escribió: “En ocasión de la que hablamos cuando Filípides fue enviado por los generales atenienses, y, según su propio relato, vio Pan en su viaje, llegó a Esparta en el día siguiente después de dejar la ciudad de Atenas”. En el presente, si tomamos una calculadora y hacemos regla de tres simple, nos damos cuenta de que correr uniendo estos dos puntos da más de 200 km, en sólo 36 horas. El 8 de octubre de 1982, un grupo de británicos, encabezado por el comandante de la Fuerza Aérea John Foden, decidió comprobar si era humanamente posible recorrer esta distancia corriendo. Foden lo hizo en 37 hs 37 min, y otros dos, de un total de cinco personas, también lo logró. Al año siguiente, auspiciados por SEGAS, la Asociación Helénica de Atletismo Amateur, se corrió la primera competencia oficial, que contó con 45 corredores de 11 países.

Cuando empecé Semana 52 quería correr una maratón, y me parecía algo tan lejano como lo es hoy pensar en la Espartatlón. Para ser sincero, de chico correr 5 km sin parar me parecía una salvajada. Pero con dedicación y esfuerzo, las cosas más impensadas se hacen un poco más tangibles. Así que el 29 de abril de 2011, luego de escribir sobre esta carrera (inspirado, a su vez, por Vicky), decidí que este iba a ser el desafío que le diese otro año de vida al blog.

Muchos me dijeron que estaba loco. ¿Por qué no correr una ultramaratón primero, de 100 km? Bueno, porque sé que puedo. No voy a tomarme 52 semanas de entrenamiento para eso. Quiero poner todo en juego, sentir las mismas mariposas en el estómago que sentí cuando corrí la maratón el 31 de agosto. Supongo que no haber cumplido mi objetivo de llegar en 3 horas y media debería desalentarme, pero no corrí los 42 km para eso. Uno se presenta ante un desafío para intentarlo. Llegar a la meta es de por sí un logro extraordinario, en cualquier carrera. Si no compito por ganar (más que para superarme a mí mismo), bien podría decir que en esta maratón cumplí con creces.

La Espartatlón supone un desafío que no me entra en la cabeza. Y eso me resulta atractivo. Me encantaría llegar y no ser descalificado, pero poco me importa el tiempo. Sólo que se larga el último viernes de septiembre de cada año, y que es una cosa completamente distinta a las que viví hasta ahora. También me dará la excusa para seguir cuidando la alimentación, continuar intentando ganar masa muscular, y almacenar más experiencia.

No sé aún cómo se va a llamar todo esto. Se me ocurrió “Semana 52: Segunda temporada”, aunque mi círculo íntimo de amigos me lo tiró abajo. Después pensé en “Semana 104”, pero no quiero sacrificar el nombre que supe conseguir. Una opción es “Semana 52: Espartatlón”, porque en definitiva es un año de preparación para esa carrera puntual. Mi entrenador Germán, que es una de las personas que más me ha apoyado en esta aventura de un año, me ha dicho que la quiere correr conmigo. Probablemente la Espartatlón sea el mayor desafío para un corredor. ¿Cumplirá su promesa? Ya nos enteraremos…

Así que, después de unas vacaciones muy breves, volvemos al ruedo.

¿Y ahora?

En el km 36, ya corriendo con el corazón

Existe una película que siento que no está tan valorada, y es “El Hombre de la Máscara de Hierro” (1988), con Leonardo Di Caprio, Jeremy Irons, Jhon Malkovich, Gérard De Parideu y Gabriel Byrne. En esta cinta, los tres mosqueteros rescatan a Philippe, hermano gemelo del rey Louis XIV, quien vivió sus últimos años prisionero, llevando la máscara que le da nombre a la cinta.

En una escena que me pareció fantástica, Philippe está en su habitación, solo. Es de noche, y cree que nadie lo está viendo. Entonces toma ese artilugio metálico que ocultó su rostro tanto tiempo y se lo vuelve a poner. Estaba claro que el mundo exterior le resultaba incómodo, y necesitaba volver (aunque sea unos segundos, en su intimidad) a aquello que era conocido para él.

Este blog es mi máscara de hierro, salvando las enormes distancias con la trágica vida de Philippe. Muchas veces me sentí prisionero, debiendo actualizar cuando estaba agotado mentalmente, o cuando no tenía algo concreto para decir. Sin llegar a ser una condena, cumplí el tiempo que me había impuesto, habiéndome liberado el 31 de agosto. Ahora era tiempo de descansar y dejar mis represiones de lado.

Parte de mi festejo era poder comer lo que quisiera, sin culpa. Por no dejar la sensatez de lado, decidí cuidarme el día posterior a la maratón, ya que los órganos del cuerpo se exigieron demasiado, y necesitan reponerse (están quienes festejan comiéndose un asado inmediatamente después, y pagan las consecuencias). Ayer, oficilmente el 1 de septiembre en Grecia, empecé a recorrer la góndola de un supermercado, buscando las Oreos bañadas en chocolate. Como algunos vegetarianos sabrán, estas galletitas se hacen con grasa animal en Argentina, mientras que en Europa tienen aceite, lo cual las hace aptas para mí solo cuando viajo estos 12 mil kilómetros.

Encontré finalmente las Oreos. Pero no pude comprarlas. Estaban ahí, en la góndola, y esa ilusión de comérmelas había desaparecido. Me imaginaba bajándome el paquete entero, y me pregunté “¿Para qué?”. Realmente no tenía ganas de comerlas. Sentía que me estaba obligando a hacerlo. Así que las dejé, opté por fruta y una chocolatada fría con 0% de grasa.

Es curioso cómo es más fácil hacer algo si no sentís que es una obligación. Ya está, no hay blog donde tenga la atenta vista del mundo exterior, no hay entrenamiento a la vista por varios días, ni siquiera estaba la necesidad de cuidar mi organismo. Pero elegí hacer lo que realmente tenía ganas. Uno de los trucos para vivir mejor que enseña Bucay en sus libros, “No hacer lo que no quiero”.

Y llegamos a mi máscara de hierro. Estaba en la cama del hostel, descansando y aprovechando el wifi en mi teléfono, y pensaba en el blog. En cosas que tenía ganas de contar. Me fui a dormir sin preocuparme demasiado, pero me levanté queriendo sentarme a escribir. Y supongo que se puede invertir el truco para ser feliz y decir que conviene “Hacer lo que uno quiere”.

Entonces aquí estoy, pensando en la maratón, con un dolor fuerte concentrado solo en los cuádriceps (subir escaleras no está tan mal, pero bajarlas… ¡qué tortura!). Estuve caminando mucho ayer, disfrutando un turismo más lento al que se podría hacer en auto.

Ya tengo ganas de volver a entrenar, pero mis piernas aún no me lo permiten. Y debo reivindicar al yorugrt griego: solo es un espanto; es igual al queso crema (salado y todo). Pero mezclado con miel… es el elixir de los dioses.

Atenas se está despertando. Es mi último día en esta extraña ciudad.

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