Mi miedo a las arañas

Me pidieron que ponga esta imagen mía, disfrazado del Hombre Araña, para desdramatizar

No siempre fue así, pero un día descubrí que me daban pánico las arañas. No imaginaba que fuesen venenosas ni que pusiesen mi vida en peligro. Las veía tocándome, trepándose por mi cuerpo, y me paralizaba el miedo. Esto ocurrió durante años, jamás me planteé por qué.

Cuando era chico, muy chico, solíamos ir de vacaciones con mi familia a Isidro Casanova. Cuando sos un niño las distancias y los tiempos toman dimensiones monumentales. Quizá era un viaje en auto de una hora, pero para mí era una ternidad. Había piletas con toboganes de agua, y era muy divertido. Me encantaba ir. Pero había una actividad que me daba terror, y era cuando nos subíamos a un bote, todos juntos, y salíamos a remar. Yo imaginaba que debajo de esas aguas oscuras estaba un pulpo gigante, de ojos enormes y expresión enojada, que me tomaría con sus tentáculos y me arrastraría al fondo. Lo curioso es que yo no decía nada. Me temblaban las piernas subiendo al bote, el corazón se aceleraba y latía descontrolado, pero yo mantenía la compostura.

¿No se supone que los niños patalean, se quejan, lloran por cualquier cosa? Habrán pasado casi 30 años, y todavía me acuerdo de ese miedo, y de cómo lo disimulaba. No puedo dejar de pensar en las similitudes entre una araña y un pulpo, ambos de ocho patas, pero a su vez dos pánicos en donde no quería que me tocaran, donde me sentía paralizado.

Empecé terapia en el año 2000, en un momento de mi vida absolutamente diferente al de ahora. En ese entonces no tenía trabajo, no sabía sobre qué estudiar, y me sentía a la deriva (como para mantener la metáfora del bote). Es más, estaba estancado. No podía estar en una situación más opuesta a la actual, en la que me dedico a moverme y a ser físicamente activo. En análisis hablaba de todas estas cosas, de cómo sentía que la vida se me escurría entre los dedos, cómo estaba paralizado. En un momento, mi psicóloga empezó a derivar la terapia hacia los miedos, y como a mí me costaba bastante hablar, le pareció una buena idea que yo dibuje todas estas cosas.

Me senté a dibujar en mi casa (en realidad, la casa de mis padres; aunque ellos se habían mudado, yo seguía mantenido por ellos). Tomé una hoja de grandes dimensiones, un lápiz, y me retraté en mi estado de pánico ante las arañas, intentando proteger mi cuerpo cubriéndome con las manos. Ya sentía a esos bichos repugnantes trepándose por mis piernas y subiendo. Esto me trajo a la mente la situación del bote y mi familia, y empecé a dibujar la escena, todos felices, excepto por mí, el único que sabía lo que realmente se escondía debajo de esas aguas oscuras y tenebrosas. Empecé a dibujar al pulpo, y yo creía que había sacado a ese personaje de la película de Popeye (1980), pero mientras trazaba las líneas que formaban sus ojos, me puse a recordar otra escena que me daba pánico, algo que estuvo siempre presente en mi cabeza, pero en la que yo prefería no pensar.

Insisto en que era muy chico, no podría tener más de cinco años. En algunos fines de semana me despertaba en medio de la noche, y encontraba a un muchacho tocándome. Metía su mano dentro de mis slips, estuviese yo durmiendo de espaldas o boca abajo. Esta persona (Mariano Donaldson) era hijo de una amiga de mi abuela. Sería adolescente en aquel entonces, y como yo era muy chico, me iba a la cama temprano. Y a veces despertaba ante esta situación. Seguro habría veces en que seguía durmiendo.

Para un niño tan chico, estas situaciones son difíciles de entender. ¿Por qué hacía todo esto? ¿Qué buscaba? Yo no lo sabía, pero había algo que me impedía contárselo a los demás. Él no decía  nada, cuando yo me despertaba, simplemente se iba. Esto transcurrió durante mucho tiempo. Quizá años. Hasta que un día entendí que eso estaba mal y que debía defenderme. Cuando volví a despertarme y encontré su mano dentro de mi ropa interior, empecé a insultarlo. Ni recuerdo qué dije, pero le grité, y le dije todo el vocabulario de insultos con el que contaba en aquel entonces. Esto no volvió a ocurrir, pero fíjense qué curiosa es la mente humana (hasta la de un niño) que nunca se lo mencioné a nadie, y de hecho él siguió viniendo a mi casa uno o dos fines de semana al mes. Se sucedieron algunos hechos en los que aprovechó mi silencio e inocencia para hacer algún juego de índole sexual, y callé un par de veces hasta que de nuevo me harté y le grité. Estábamos en la pileta, me había hartado del manoseo, y lo increpé frente a mis amigos. Pero no pasó nada. Todos se quedaron mirando, sin saber qué decir, y me sentí más humillado yo que él. Lo entendí como una prueba de que era mejor callar.

Pasaron casi dos décadas hasta que empecé a hablar del tema. En el medio crecí, y ciertas características de mi personalidad cobraron forma el día en que empecé terapia. Que sea tan introvertido, paralizarme cuando tenía que hablar de temas emocionales o profundos, mi aracnofobia… muchas cuestiones negativas de mi personalidad. Hasta hablar bajito, o empezar a perder la voz cuando empezaba a expresar temas muy íntimos. Lo más importante, me di cuenta, fue esa pasividad con la que empecé a enfrentar la vida. Creo que esa escena de ser un niño y defenderme lo veo como un acto de una valentía increíble, pero a la vez me da mucha, mucha pena que un chiquito tenga que enfrentarse a esa situación.

Una de las conclusiones más brillantes a las que llegó mi terapeuta era que yo no le ponía el cuerpo a mis deseos. La interioridad y las represiones se manifiestan en el exterior: se nos cae el pelo, se descascara la piel del rostro, nos duele la cabeza… nuestra mente se encarga de sintomatizar lo que pasa por dentro. Y empecé a darme cuenta de que se podía hacer un camino inverso: cuidar al cuerpo para cuidar a la mente. Empecé a entrenar, y fui notando cómo las cosas se empezaban a acomodar. Cómo me sentía bien conmigo mismo, y dejaba atrás esa pasividad que me angustiaba. Hablar es también una acción, que me ayudó un poco a dejar el pasado atrás. Me frustró mucho saber que sufrí un abuso y que era un delito ya prescripto. Pero me las ingenié para intercambiar mails con Mariano Donaldson en los que le recordaba las cosas que me había hecho. No me sorprendió que negara todo y me recomendara hacer terapia.

Es curioso, él sabe lo que hizo, yo también, después de tantos años, uno creería que es mejor bajar la cabeza, pedir disculpas, y expiar los demonios internos. Más sabiendo que el pasado te está tocando la puerta, y que no habrá mejor oportunidad para estar en paz con uno mismo. Sin embargo, dejó pasar la portunidad. Yo, por suerte, pude hablar, aunque fuese en forma escrita.

Cuando empecé terapia y salió a la luz el tema de la aracnofobia por primera vez, le pregunté a mi psicóloga si alguna vez las arañas iban a dejar de darme miedo. Me dijo que no me podía prometer eso, pero sí que íbamos a descubrir por qué era. Y así fue. Pero aunque no me lo prometió, ya no me asustan las arañas.

Siempre tuve reticencia a contar esta historia. Supongo que me avergüenza haberla ocultado tanto tiempo. Cuando se esconde una cosa tan personal, lo traumático pasa a segundo plano, y uno se plantea más por qué no dijo las cosas en su momento. Es como que la humillación pasa por haber callado, no por haber sido víctima de algo. Calculo que cada uno tendrá formas distintas de enfrentarse a las cosas. A mi me tomó mucho tiempo tomar coraje para hacer público esto. De hecho, esto mismo es mi cierre del tema, cuando, a 12 mil kilómetros de casa, decido largarlo todo encima del teclado. Sé que en el fondo lo que más me angustia es la lástima, es algo que no me gusta y no quiero. No me interesa dar pena y que con eso sean condescendientes conmigo. Quizá haya sido un acto de cobardía poder contar esto cuando tengo mi vida muy resuelta y cuando este tema no me afecta tanto. Pero a la vez pienso que jamás me crucé con una persona que haya pasado por algo similar y lo haya contado al instante. Quizá este post pase de mano en mano, y sirva para consolar a quienes no se animan a decir las cosas que les angustian. Reconocer los traumas es el primer paso para resolverlos. El segundo, que podemos perpetuar indefinidamente, es enfrentarlos. No hay otra forma de resolverlo.

El último paso, el más difícil, es no volver a guardarlos bajo siete llaves. Lo único que conseguí yo es crear un fantasma del que no me pude despegar por décadas. Ha sido la carrera más agotadora y sinsentido que corrí en mi vida. Siempre escapando hacia adelante, sin una meta, pero a la vez en silencio, quieto, muy quieto.

Hoy no tengo miedo. Los desafíos me fascinan, y le pongo el cuerpo. Hoy compruebo que intentando se llega lejos, y que no hay satisfacción más grande que conquistar metas. Por primera vez en mi vida me siento realmente feliz. Este blog tuvo bastante que ver con esto, tanto en la forma de entrenamiento físico como en ese espacio para expresarme y hacer público lo que siento. Por la noche, hora madrieña, estoy volviendo a casa, después de un viaje donde corrí una maratón absolutamente solo (pero acompañado por el cariño de mucha gente). Durante muchísimo tiempo me planteé si tenía sentido escribir sobre mis fobias y traumas en el blog, y siempre encontré una excusa para no hacerlo (a veces era hablar de cualquier cosa para no referirme a este tema). Pero ahora que hice un cierre y que me encuentro centrado, me doy cuenta de que sí, es el momento. Para mí es dar vuelta la página, seguir avanzando, y no mirar más hacia atrás, sino al frente, hacia el horizonte.

Publicado el 5 septiembre, 2011 en Reflexiones y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 24 comentarios.

  1. Martín !

    Sos un GROSO !! como dice Vero Skz. Admiro tu “franqueza brutal”… me tranquiliza y me alegra mucho que digas “Por primera vez en mi vida me siento realmente feliz” (te creo). Sin duda, para mí, conquistaste la cumbre de la montaña más grande del mundo: tu Vida. Te quiero mucho Martín “Apostol”.

  2. Mucho huevo, Casanova.
    Sos un grande.
    Sabés lo que pienso de éste tema. Sos muy valiente, muy maduro.
    Un beso grande, te quiero mucho.

  3. Esto es realmente ponerle el cuerpo a tus miedos. Ahora si llegaste a la meta. Este post demuestra una valentia superior a la de cualquier carrera (sin desmerecer el esfuerzo físico). Te esperamos!

  4. Ya lo ganaste! Sos admirable!

  5. Ahora si: cruzaste la meta!

    Cada día te admiro más!

  6. Cuando empecé a correr descubri que ese era el unico ambito donde me sentia LIBRE, donde mi mente se destrababa y todo comenzaba a fluir. Corriendo solucione tantos o más temas que en terapia, por eso pase lo que pase y sin importar en donde este nunca dejo de correr.

    PD: Todavia no me explico que mas hace falta para que “GROSSO” se instale como tu segundo nombre.
    PD2: Al final que relleno tiene el panqueque Martin Casanova??

    • Cuando empecé Semana 52 dejé análisis… aposté a que esto era lo que necesitaba. Ojo, terapia me sirvió muchísimo, pero fue como progresar, bancármela solo con todo lo que había aprendido.
      Tampoco sé cómo no me dicen Grosso por la calle. Supongo que irá decantando.
      Lo del panqueque, lo estoy viendo, el viernes voy a Carlitos y lo defino in situ!

  7. Rellená el panqueque con arañas pollito si tenés pelotas!

    Un abrazo, casita. Nos vemos a la vuelta! Muy fuerte lo que escribiste! Garrón!

  8. Clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap, clap,clap, clap!!! Me saco el sombreo Sr.

  9. A esta altura diria que mas que valiente sos un tipo “extremadamente” fuerte (cuerpo & mente).
    Tus palabras nos ayuda a todos.

  10. Me alegra mucho tu felicidad! Te lo mereces! Un beso grande!!!!

  11. Martín, lamento mucho que te haya sucedido eso de chico. Te felicito por tus logros de hoy. Beso. Mery

  12. Hay otra Mery con E???? que loco. Me llamo Mariana y me dicen Mary, pero cuando firmaba así me decían Mari cosa que detesto así que empecé a firmar con E !!!! Beso groso.

  13. ufff…me “movilizó”.

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