Archivos Mensuales: agosto 2011

Semana 52: De Buenos Aires a Maratón

Hoy morí. En Maratón. Correr es matarse, casi literalmente. Es llevar el cuerpo al límite. Los músculos se tensan, el sistema nervioso se pone en alerta. Poco a poco nos exigimos más allá de nuestro umbral de tolerancia. Avanzamos, damos pasos aunque nuestro instinto nos pide parar, terminar con el sufrimiento. Basta, ya no más. Sin embargo, correr es también renacer. Llegar a la meta es aferrarse a la vida, es conquistar los miedos, es salir adelante.

Hoy morí y renací en Maratón. Fue una experiencia increíble, que intentaré poner en palabras. Como una foto de un lugar paradisíaco que no le hace justicia a lo que podríamos llegar a ver con nuestros propios ojos, debería hacer la aclaración de que esta crónica estará bastante lejos de reflejar lo que fue esta experiencia.

Parte de Semana 52 fue escribir, todos los días, sin excepción, una entrada en el blog. A veces era sobre temas relacionados con el deporte o la motivación, y otras eso que estaba pasando con mi cuerpo, a nivel alimentación o progreso físico. Ese primer objetivo lo cumplí ayer, cuando se cumplieron, en efecto, las cincuenta y dos semanas. Como no quise faltar a esa obligación, terminé acostándome muy tarde. Puse el despertador a las 4:30 de la mañana, siendo que me fui a dormir exactamente a la medianoche.

Eso me generó un poquito de inseguridad. Descansar es absolutamente necesario para enfrentar un gran esfuerzo físico. Pero no quise hacerme demasiado la cabeza. Me calcé una hermosa camiseta blanca que compramos con mi amigo Gerjo en el Decathlón de Madrid (a la que le estampamos “Semana 52” y “Atenas 2011”) y me puse unos pantaloncitos Adidas de color azul y rayas rojas. Este pantalón lo usó mi papá en la única carrera que ganó en su vida, hace 20 años. Él fue mi primer entrenador, el que me enseñó a correr, a respirar, y parte de convertir a Semana 52 en algo cíclico fue calzarme esta prenda (que al comienzo del proyecto no me entraba).

Completé la rutina previa a la maratón con un desayuno con muchos hidratos, y en el auto, camino a la Acrópolis, me embadurné con vaselina por los roces, y protector solar por las quemaduras. Gerjo es mi gran amigo madrileño, que se sumó a esta locura, a último momento, y se convirtió en el gestor de la maratón, twitteando todo lo que le decía durante la carrera, alcanzándome agua, y protegiéndome desde el auto que alquilamos. Fue un lujo contar con su apoyo logístico, y en todo momento me dio aliento y me sacó varias carcajadas con sus comentarios.

Llegamos al estadio de Atenas a las 5:05. Elongué y comenzamos a sacar fotos. En casa (Argentina) eran las 11 de la noche del martes. Gerjo, muy preocupado por mi bienestar, me obligó a usar mi gorrita (que tiene sectores refractantes) y una linternita. La verdad es que los griegos son los peores conductores que he visto en mi vida. Creo que ya conectan la bocina al acelerador, para que suene cada vez que arrancan. Probablemente también esté conectada al freno y al embrague. Estos personajes no respetan las normas de tránsito, violan los límites de velocidad, y fue por eso que decidí imitar a Murakami y correr en el sentido inverso de la maratón clásica: desde Atenas. Además, de esa forma podíamos escaparle al tránsito del centro.

Comencé 5:15, muy emocionado. Atenas no es una ciudad preparada para correr, lo cual me sorprende muchísimo. Aunque era de noche y muy temprano, había bastantes automóviles en la calle. Crucé las calles que los maratonistas conquistarán en Noviembre, evocando la epopeya de Filípides hace 2501 años. Los automovilistas pasan a todas luces, muy cerquita, y la gente que espera el colectivo (parada en la calle) no se inmuta cuando te ven acercarte a ellos.

Gerjo sacaba fotos cada 2 km y actualizaba el Twitter. Aprendió a usar esta red social sobre la marcha, y lo hizo muy bien. En casa, amigos, familiares y desconocidos seguían en vivo toda la carrera. En el km 7 empecé a sentir un dolor muy fuerte en el costado, posiblemente un gas. Yo quería llegar a la meta en 3 horas 30 minutos (la marca que define al maratonista profesional), lo que significa hacer un promedio de 5 minutos el kilómetro. Lo venía manteniendo, pero ese dolor me obligó a bajar la marcha. De a poco fue desapareciendo. Tuve la inmensa suerte de tener a los dioses griegos de mi lado, y prácticamente no enganché un semáforo en rojo que me obligase a frenar.

El día anterior habíamos hecho ese mismo camino en auto con Gerjo, y nos perdimos un par de veces. Estos errores hicieron que aprendamos mejor el recorrido (pero a la vez me metió un poco de miedo, cuando tomé conciencia de lo lejos que son 42 kilómetros). Esas calles eran un poquito conocidas, realmente atravesarlas de noche sin saber a dónde voy hubiese sido un gran problema. Cuando llegamos a la que iba a ser la meta (el estadio de Maratón) me llené de emoción, y me di cuenta que era una motivación inmensa poder alcanzar esa estatua en honor a Hermes, construida en 2010, cuando la batalla de Maratón cumplió 2500 años. Mientras corría en la oscura Atenas, con los autos zumbándome, sólo pensaba en rendirme ante Hermes, dios mensajero de la velocidad.

La situación era un poco bizarra. En el trayecto hay esculturas en honor a los corredores, pero todas miraban en sentido contrario al que yo iba.

A puro gel y bebidas isotónicas, seguí conquistando kilómetros, siempre manteniendo el ritmo por debajo de 5 minutos el kilómetro. En Grecia todas las aguas tienen bajo contenido de sodio, malísimo para un deportista. Otro motivo por el que los griegos me dejan estupefacto. Por esto es que sólo la usaba para refrescarme, y me concentraba en hidratarme con bebidas deportivas.

Cuando vi un patrullero me entró un poco de paranoia, y empecé a correr sobre la vereda. Los oficiales del orden detuvieron a Gerjo y lo retaron (a los gritos, en griego) por conducir tan lento. Él les explicó (en inglés) que lo hacía para cuidarme de que no me mataran, y alcanzó para que lo dejaran ir sólo con una advertencia.

Cuando tomamos la ruta llamada Maratón, sabía que más adelante terminaba la parte fea y gris de la ciudad, y empezaba a aparecer la vegetación, las casitas construidas en las sierras, y las vistas más motivadoras. Casualmente coincidió con la salida del sol, lo cual hizo un cuadro perfecto.

Llegué al kilómetro 21 en una hora 42 minutos. Si mantenía ese ritmo iba a superar mi objetivo con creces. Pero (siempre hay un pero) en el kilómetro 28 empezaron unas subidas tenues, pero que se sentían en las piernas. Al poco tiempo llegó el primer calambre en la pierna izquierda. Entendí que las subidas tenía que hacerlas más tranquilo, y bajé la velocidad. Llegué hasta el km 30 todavía haciendo 5 minutos el kilómetro. Otro calambre. Empecé a sentir que tocaba el muro.

Y sí que lo toqué. Más bien diría que lo abracé, y no lo pude largar. El muro, para quienes no lo conocen, es el momento en que el cuerpo consume todas sus reservas de carbohidratos (tenemos un límite de 2000 por día) y pasa a fuentes alternativas como las grasas o el músculo. Es una sensación que le desearías a tu peor enemigo: las piernas se encienden en llamas, y la inseguridad empieza a hacerse eco en tu cabeza. Para alentarme pensaba en que el límite de 3 horas 30 minutos era un capricho estúpido por el que no valía la pena arriesgar la maratón. También cantaba dentro de mi cabeza (“Don”, de Miranda, ad nauseum, y “Seminare”, de Serú Giran).

Cada vez me sentía peor, y no veía señales de recuperar el ritmo. Intentaba acelerar en las bajadas, pero el reloj no mostraba mejorías. Gerjo no podía detenerse siempre que yo lo necesitaba (era todo ruta, y siendo que los griegos manejan como manejan, no podía ponerse en riesgo). Cada vez que tenía sed y no veía el auto por ningún lado gritaba e insultaba a grito pelado (total, nadie me entendía). Pero siempre estaba Gerjo asomándose tras un matorral, haciéndome el aguante, sacando fotos, filmando para el documental.

En el kilómetro 34 renuncié a correr con las piernas, y empecé a hacerlo con el corazón. Me distraía leyendo los carteles en griego. Entiendo cómo se pronuncia, pero no qué significa. Intentaba dilucidar qué decían, y así pasaba los kilómetros. Mi ritmo bajaba cada vez más, el dolor pasó de las piernas a la zona lumbar y la espalda. Yo sabía que iba a terminar, pero quería que fuese ya. Me dominaba la ansiedad.

Faltaba cada vez menos. No quise más agua, estaba asqueado de geles y bebidas energizantes. Sólo quería ver el estadio y saber que ya estaba ahí. Pero el último tramo es siempre el más largo. Uno pasa los primeros 21 kilómetros con una velocidad increíble, pero los últimos 4 duran mucho más.

Por supuesto que el estadio llegó, y grité “¡No lo puedo creer!”, mientras Gerjo corría a mi lado, filmando. Un grupo de jardineros levantaron la vista y miraron a ver si me pasaba algo. “Iasas” les dije, que es como se pronuncia (más o menos) “Hola”, en griego.

Vi esa estatua plateada muy cerca, casi la podía tocar. No pude sprintar como hago siempre, pero corrí más rápido. En mi estado, era como hacerlo a toda marcha. Subí a los saltos (y con algo de dolor) las escalinatas y me rendí ante Hermes. Caí de rodillas, y sentí ganas de llorar. Me quedé largo rato recuperando el aire, pensando en que, finalmente, lo había conseguido. 3 horas 44 minutos. No era la marca que quería, pero seguía siendo una carrera estupenda.

Quien esté al tanto de lo que uno nunca debe hacer en una carrera sabrá que cometí un error muy estúpido, que fue detenerme en seco en lugar de seguir caminando. Cuando quise levantarme incorporándome sobre mi pierna derecha, sentí un dolor terrible en el costado interno del muslo. Grité de dolor. Dije “bueno, probemos con la izquierda”. Nuevo grito. Me quedé tirado en el piso, agotado, sin poder moverme. Gerjo me preguntó si necesitaba agua. “Sí”, le contesté, “y un par de piernas”.

Se fue al auto (que quedó a 150 metros de la estatua) y me quedé solo, con el sol dándome de lleno en la cara. Pensé en todos los que hicieron posible tanto Semana 52 como esta carrera. Mi papá, Eduardo Casanova. Mi entrenador, Germán DeGregori. Mi nutricionista, Romina Garavaglia. Toda mi familia (mi mamá, mis hermanos). Gerjo, que se convirtió en mi héroe de último momento. Vicky, mi alma gemela, quien más confió en mí. Toda la gente que comentaba en el blog, dando aliento y debatiendo, como Brenda, Juanca, Imafuckinrunner, y tantos otros que necesitaría un post extra para nombrarlos a todos. Pero todos estaban ahí, conmigo. Todos estuvieron en todo momento.

Tomé conciencia de lo que acabábamos de hacer cuando Gerjo me pasó su iPhone y vi todos los comentarios en el Twitter (@semana52). Qué locura. Una experiencia emocionante, en vivo, con palabras de aliento durante el trayecto y mensajes de alegría al final. Efectivamente, aunque los sentía a todos muy cerca mío mientras corría, realmente pudieron vivirlo conmigo, a cada momento.

Terminar una maratón es una experiencia entre gloriosa y espantosa. Me sentí mareado, con unas terribles ganas de ir al baño (desaparecían cuando me sentaba y reaparecían cuando estaba de pie). Gerjo, luchador por los derechos de gays y lesbianas y miembro de Fundación Triángulo, me sacó una foto apoyando a todos los modelos de familia, a los pies de la estatua de Hermes. Quizo sacarme otra más. “No puedo”, le dije. Apenas podía estar parado.

Fuimos al auto, leyendo los twits y riendo. Mis amigos proponían exigir un panqueque con mi nombre en “Carlitos”. Otro me dijo que esta experiencia via Twitter le causó la misma emoción que Lost. Tan importante como es la alimentación antes y durante la maratón, lo es a posteriori. Nada de grasas y atiborrarse de comida. Tomé agua, comí hidratos de carbono, me saqué las zapatillas, las medias (tenía un dedo sangrando, no sé por qué) y me recliné en el asiento. Ya está. Tarea cumplida.

Lo llamé a mi papá con el celular de Gerjo. La voz se nos quebró a los dos. Después llamé a Vicky. No pude aguantarme y me largué a llorar. Adoré estar ahí donde estaba, pero odié estar tan lejos de ella en ese momento. Ya nos veremos pronto.

El resto del día descansamos en una hermosa playa griega. Es curioso, pero excepto en el hostel, no he visto turistas en ningún lado. Sólo Gerjo y yo, inmersos en un país donde todos hablan griego, y unos pocos inglés. Un país de conductores dementes, que tocan bocina todo el tiempo. Donde un tipo llamado Filípides, sin saberlo, comenzó una tradición que hoy se conoce como Maratón. Y que yo elegí como cierre de Semana 52.

Obviamente el blog sigue, después de unas merecidas vacaciones fuera del teclado. Volveré a postear, seguramente, a partir del fin de semana. Ahora me quedan dos días en Grecia donde quiero recorrer y no preocuparme si tengo wifi o no. Ahí ahondaré cómo quiero seguir el nuevo año, que comenzará el último viernes de septiembre, y terminará en esa misma fecha, en 2012, con una carrera llamada Espartatlón.

Semana 52: Día 364: El fin de un ciclo

Atardecer en la Acrópolis

Son las 10 de la noche en Grecia. Pretendo levantarme a las 3 y media de la mañana, para desayunar. En Buenos Aires van a ser las 9 y media. ¿En dónde estoy? ¿Por qué estoy a 14 mil kilómetros de mi casa, en otro huso horario, preparándome para “sufrir” una maratòn?

Empecé Semana 52 de la mejor manera: se me ocurrió un día (aunque estuvo germinando en mi cabeza desde que nací) y no dejé pasar mucho tiempo hasta que empecé a ponerlo en marcha. Generalmente las ideas se quedaban adentro de mi cabeza y se iban desvaneciendo, como un sueño que nos cuesta recordar. ¿Alguna vez anotaron un sueño y lo leyeron tiempo después? Es como una historia escrita por otra persona. Podemos reconocer la letra, pero nada nos suena. Releer esto nos permite rememorar fragmentos, pero nada más. Lo mismo me pasaba con los proyectos de vida, esperaba que se asienten, a un momento más “adecuado”, y llegaba un punto en que se me hacían ajenos y ya no los reconocía.

Semana 52 es lo primero en mi vida a lo que le dedico todo mi esfuerzo, y logro terminar. Debería ser justo y decir que recibirme de Diseñador Gráfico también lo terminé y le puse mi mayor empeño. Pero aunque le dediqué horas y muchas pilas, tengo que dejar de lado la falsa humildad y reconocer que no me costó. Me encantaba estudiar, todo se me grababa en la cabeza, los trabajos prácticos me salían casi en el primer intento. Correr, en cambio… eso fue otro cantar. Ir al gimnasio a entrenar, superar mis límites, conquistar carreras a costa de entumecer los músculos… eso fue realmente una conquista. Disfruté de los logros mucho más que el proceso. Estudiar diseño fue exactamente lo contrario.

Y esa idea de entrenar en serio y registrar el progreso diariamente en un blog se convirtió en esto que estás leyendo en este instante. Un proyecto de cincuenta y dos semanas, en los que mi cuerpo fue cambiando, y mi cabeza. No llegué a nada, realmente, necesito seguir entrenando, y sé que voy a seguir aprendiendo, por muchos años más. Pero el chiste para poder progresar física y mentalmente era ponerme una meta. Y acabo de llegar. La diferencia horaria con Buenos Aires me permite estirarlo un poquito más, pero ya está. 364 días. Ese era el trato.

Leyendo el libro “De qué hablo cuando hablo de correr”, de Murakami, me enamoré de la idea de correr una maratón en Grecia. Los 42K eran una meta que me sonaba muy lejana cuando empecé a entrenar dentro de este proyecto, el 1 de septiembre de 2010. Y ver cómo este escritor contaba su hazaña, se me hizo más cercano que nunca. Al igual que esa vez que decidí crear un blog en el que registrar un entrenamiento intensivo, pensé “¿Y si yo también lo hago?”. Sería distinto a Murakami porque yo pude leer su experiencia y aprender de sus aciertos (correrla en el sentido contrario a la oficial, desde Atenas hasta Maratón) y sus errores (tomar un pequeño desvío hacia las tumbas de los soldados atenienses, que da los 42,195 km, y ponerme protector solar). Supongo que Semana 52 se convirtió en eso también, un punto de referencia para que otros atletas tomen cosas o puedan alejarse de otras.

Convertirme en maratonista es un sueño realizado. No sé si haber corrido una sola maratón, allá en casa, cuenta para llevar esa etiqueta. Pero completar el circuito en 3 horas y media despejarían cualquier duda. Quizá lo consiga. Quizá no. Pero nadie me podrá quitar la satisfacción de correr en Grecia.

Hoy fuimos en auto haciendo el recorrido que voy a hacer mañana. Pasé de la más completa decepción (una ciudad ruidosa y gris) a volver a enamorarme de la idea (cuando llegué al estadio de Maratón, al pie de la estatua del dios Hermes, se me puso la piel de gallina y pensé “vale la pena correr para llegar hasta acá”). Me gusta también que la diferencia horaria permite que en casa me sigan hoy mismo, aunque para mí va a ser mañana, porque ya me estoy yendo a dormir. Voy a madrugar, para que nuestro Dios, que se impuso a los de los griegos, me ayude.

Voy a correrla solo, acompañado por mi amigo Gerjo en un auto, pero sin otros atletas a mi lado. No importa. No llegué hasta acá solo, y mientras patee las calles griegas, me voy a seguir sintiendo acompañado. Y así será por siempre.

Mañana, la crónica de la carrera, y mi idea para extender Semana 52 un año más…

Semana 52: Día 363: Grecia, tercera posta

Llegamos finalmente a Grecia. Estoy cumpliendo el deseo de actualizar el blog con un iPad, pero como toda cosa idealizada, tiene su costado desilusionante: escribí como cuarenta lineas y el aparatito de Steve Jobs me borro todo, así que tengo que empezar de cero…

Y la llegada a Atenas tuvo su matiz desilusionante, con mi confusión con la puerta de salida (pensaba que era B8, mi asiento, y en realidad era E64), el auto que alquilamos para que nos espere en aeropuerto nunca apareció (de hecho nos enteramos al llegar de que la empresa ni siquiera contaba cons oficinas ahí), el hostel, Afrodita, dejaba bastante que desear (y el wifi no andaba), el GPS que nos dieron en la agencia de alquiler de autos no funcionaba, cuando queríamos cenar nos dimos cuenta de que había muy pocos restaurantes en la zona (y casi todos ya cerrados), el iPhone con el que vamos a actualizar en vivo durante la carrera no tiene cobertura… En fin, mucha expectativa para esto.

Y claro, las cosas nunca son como uní espera. O si. Mi amigo Gerjo le puso muchísimo humor y buena onda, el wifi esta funcionando (si están leyendo esto, definitivamente se resolvió), y aunque el iPad no me deja poner muchos acentos, se esta portando bien.

Mañana parece que a ser un día hermoso, y seguramente que después de dormir, voy a despertar en una ciudad maravillosa. Vamos a recorrer la ruta de la maratón para que no haya sorpresas el miércoles, y vamos a actualizar vía twitter… todo lo que podamos. El 3G va y viene. Habrá que tener paciencia.

Y mañana es el ultimo día oficial de Semana 52! Se cumple el nombre del blog, y el miércoles llegamos al año (porque un año son cincuenta y dos semanas y un día, con uno extra los bisiestos). El miércoles lo celebramos corriendo la maratón. No casualmente, mañana me van a entrevistar de Lado B, programa de FM Blue 100.7. Ellos me sacaron al aire cuando recién comencé con Semana 52, y ahora me sacan para el cierre. Es una cuestión cíclica…

Veremos que nos espera mañana. Lo vivo con cautela, pero mucho optimismo.

Semana 52: Día 362: Lo que sabemos hasta ahora de Atenas

Estamos a horas de volar hacia Grecia. Ya no queda nada, ni siquiera tiempo para improvisar. En el poco tiempo que nos queda hasta la maratón del 31 de agosto, tenemos que imaginar con qué nos vamos a encontrar. Tenemos un pequeñísimo margen para hacer cambios a último momento.

La travesía está siendo filmada. Quizá algún día hagamos un documental. Quizá no pase de ser un video familiar, mal encuadrado y con pésimo sonido. Quién sabe. Pero hace a la experiencia un poco más divertida. El tema es que la cámara no tiene luz. Así que habría que empezar la carrera lo suficientemente temprano como para escaparle al tránsito, pero asegurándonos de que haya luz solar. Mi idea original era empezar a las 5 de la mañana. Pero acabamos de descubrir que el sol sale a las 6:54, por lo que gran parte del recorrido estaría a oscuras. Hay dos opciones: que Gerjo me siga con el auto y me ilumine con las luces altas (me tomaría todo el tiempo de espaldas, lo que no me molestaría), o intento empezar más tarde (lo que trae la complicación de que, con seis horas de diferencia respecto a Argentina, yo corro y todos en casa duermen). Calculo que empezamos a las 6, y que sea lo que Zeus quiera.

El WindgGURU indica que no vamos a tener ni una sola nube (sólo, a las 18 horas, va a haber una nubosidad del 5%). A las 6 de la mañana vamos a tener una temperatura de 23 grados, con sólo 25 para las 9, así que va a estar agradable. No quiero salir con gorrita en todas las fotos (como en la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires), así que apelaré al protector solar, y que sea lo que Dios quiera. Por las dudas, también llevamos una heladerita, donde va a estar el agua y las bebidas deportivas. También habrá gel, todo gestionado por Gerjo, que además será quien actualice el twitter, que yo le iré dictando. No creo que corra peligro de chocar, si con suerte yo voy a ir a 5 minutos el kilómetro. Sólo tendrá que frenar para escribir y con arrancar e ir a 20 me alcanza en un segundo.

La competencia oficial de Atenas, que se corre a mediados de Noviembre, comienza donde va a ser mi meta, y finaliza donde voy a salir yo. El recorrido tiene una cuesta muy ligera al principio, y cae en los últimos kilómetros. En mi caso va a ser al revés, un poco más empinado cuando largue, y más estable y en bajada el resto de la maratón. Por lo que veía en el Google Map no voy a correr cerca del mar. Es una lástima, porque va a ser todo el recorrido en asfalto. Temo aburrirme. Pero al menos ya confirmamos que los dispositivos móviles que llevamos a Grecia tienen cobertura, y que nos vamos a poder guiar con el GPS del auto que vamos a alquilar, como para no cometer ningún error en el recorrido.

Gerjo proponía que haya una cinta para cuando llegue a la meta, pero me da demasiado pudor. No es una competencia, más de lo que puede ser competir contra uno mismo. Y en casos así, por más de que uno se ponga contento de romper una marca, andar haciendo alarde me resulta un poco pedante… así que decidí bajarle el pulgar. Ya bastante que vamos con musculosas estampadas (espero que vean fotos el mismo día). Y nada, ahora queda descansar, seguir comiendo mucha proteína e hidratos, prohibidísimos a partir de ahora las fibras, y mucha, mucha agua. Entre tanto preparativo y nervios de la maratón, estoy pensando poco en recorrer los edificios históricos y en meterme al mar… así que quizá haga eso el martes, como para despejarme. Después de semejante viaje, le tengo que sacar el máximo provecho posible.

Semana 52: Día 361: Madrid, segunda posta

Ni una, ni dos, tres, cuatro o cinco. Ni siquiera seis, siete, ocho (por Canal 7). Ni nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis o diecisiete. Fueron dieciocho horas de viaje, contando las tres que estuve esperando en la escala de Santiago de Chile. Mi llegada a Madrid fue larga y muy densa. Me vi Thor, que no me había gustado pero con los auriculares tapaba al vikingo que tosía a mi lado. Después empezó una de un abogado con mucha calle que defiende a un niño rico acusado de golpear salvajemente a una mujer. Pero se me partía la cabeza de una migraña, producto de estar sin dormir y agotado, así que me dormí. Abrí un ojo y estaba Kung Fu Panda 2. Luego abrí la ventana, y afuera, en la negrura total, pequeñas manchitas de luz, desperdigadas en toda esa oscuridad, indicaban que estábamos acercándonos a Madrid.

Aterrizamos en el aeropuerto de Barajas a tiempo. La terminal es tan grande que desde el control de migraciones hasta la cinta para buscar el equipaje hay que tomar un tren (que es gratis). Mi control para el ingreso al país fue bastante desilusionante. No me preguntaron a qué iba, ni cuántos días me pensaba quedar, ni siquiera averiguaron qué cantidad de dinero llevaba. Abrieron el pasaporte, lo sellaron, y adentro, que pase el que sigue.

En Barajas me recibió Gerjo, mi coequiper madrileño, que me va a escoltar en auto por la ruta a Maratón. Cuando digo “ruta” es en sentido literal. El aprote de mi amigo es invaluable, no sólo se encarga de mi traslado, sino que me aloja en su casa de Madrid, y me está ayudando con la logística de la carrera. Como dije en otras ocasiones, estos 42 km los voy a correr solo. Él me va a compañar manejando, con el GPS (si lo hacemos funcionar de una vez) para no perder el rumbo (la ruta es de 40 km, necesitamos hacer un desvío en el medio para completar los 2195 metros restantes). Gerjo además me llevó al Decathlon, la panacea de cualquier deportista: un hipermercado del atletismo, con góndolas de trailing, running, tennis, basket, etc. Se pueden comprar desde medias hasta un kayak, pasando por carpas, bebidas energizantes, remeras estampadas (en el momento), y lo que uno pueda llegar a necesitar. Empecé a comprar algo del equipo que vamos a llevar a fin de año a La Misión, y me hice de algunos elementos que voy a necesitar en la carrera de este miércoles, como ser geles y una camiseta muy chula.

Madrid es una ciudad soñada. Está algo azorada por esta crisis que tiene desacostumbrados a todos. Uno, como latinoamericano, está habituado a los sacudones económicos, pero los españoles todavía no saben cómo van a caer parados. Así y todo, en los supermercados siguen teniendo las marcas “blancas” (las propias de la cadena) que al revés que en casa son de muchísima calidad. Así que fuimos a comprar víveres, y todo lo que voy a necesitar comer antes de la maratón. Es que llegó la hora de despedirme de las fibras, para evitar problemas intestinales mientras esté corriendo. Algo que me sorprendió muchísimo es que hay poquísimo o nada de productos con soja. Es muy común encontrar en Buenos Aires milanesas, hamburguesas, salchichas y muchas variantes de este mágico poroto que reemplaza a la carne por su aporte proteico. Pero en Madrid no es para nada habitual, así que lo poco que se ofrece es carísimo. Hago esta aclaración como para que no crean que tiro abajo mi ciudad. La extraño mucho, ese quilombo tan mío. Extraño a mi grupo de entrenamiento, a mi familia, a mi ahijado, y por sobre todo a Vicky, mi alma gemela. Para paliar esa falta la estoy llenando de regalos de Decathlon.

Ya me acostumbré al huso horario. Son la 1 de la mañana, en casa son las 8 de la noche, pero yo me siento como si me hubiesen dado una paliza, así que me voy a dormir en este instante. Mañana quedan algunos trámites por hacer en la ciudad, elongar, seguir cuidando la dieta, y el lunes al mediodía partir rumbo a la tercera posta: Atenas.

Semana 52: Día 360: Santiago de Chile, primera posta

Estoy a poquitas horas de partir rumbo a Santiago de Chile, la escala antes de volar a Europa. Esa es la primera posta, la segunda es Madrid, y la tercera Atenas. No pude dormir, no por falta de ganas, sino porque terminé mis compromisos un par de horas antes de tener que salir al aeropuerto (aerodromio, en griego). Una de esas obligaciones es actualizar el blog. Entre la espera en Chile y el viaje al viejo continente, se me va todo el viernes. Veremos si en la terminal hay wi-fi y puedo actualizar el twitter de Semana 52.

Lo mejor de viajar es conocer lugares nuevos. No conozco Santiago, así que no sé con qué me voy a encontrar. ¿Cómo es la comida ahí? ¿Y su gente? ¿Encontraré todo lo que necesito para el viaje? Pienso en mis 6 comidas diarias. Nunca vi fruta en un aeropuerto. ¿Por qué? ¿Podré comprar una botella grande de agua? Estas cositas ocupan mi cabeza en este instante.

Ayer salí al aire en dos programas de radio, contando qué es Semana 52. Fue raro, porque mi entrenador, Germán, me dio una cámara para filmar este viaje, así que hice un poco de “confesionario” y relaté los orígenes del blog. Así que mucho narcisismo en el último día en Buenos Aires.

Voy a extrañar esta ciudad. Tiene cosas tan fantásticas. Fui a un supermercado chino a comprar prepizzas para la cena (gran fuente de hidratos de carbono) y el cajero tenía lo que supongo era un disfraz de payaso debajo de su campera de manga corta de polar. Ya saben. Camiseta blanca, círculos gigantes con los colores primarios. ¿Hay gente tan pintoresca en Santiago? Sé que en Madrid hay muy poca, todos se me hicieron tan serios las veces que los visité. ¿Y los griegos? ¿Tienen chinos que te atienden vestidos de payaso bajo sus ropas (cual superhéroe)?

He sumado un nuevo miedo: quedarme dormido en el aeropuerto y perder el vuelo. ¿Cómo puede alguien ansiar tanto viajar y a la vez pasarla tan mal? Las cosas en la vida se disfrutan más con las expectativas bajas. A más ansía alguien algo, más lo sufre.

Espero poder dar mis impresiones de Santiago, en poquísimas horas, en vivo.

Semana 52: Día 359: Adiós Buenos Aires

Estamos a pocas horas de partir hacia Aeroparque, porque soy uno de los afortunados que viaja al exterior desde Capital Federal (no saben cómo lo agradezco!!!). Ya tengo la valija hecha, algo que siempre dejo algo a último momento. Como, por ejemplo, ¡actualizar el blog! Esta cita diaria de los últimos 359 días. He recibido muchísimas felicitaciones y apoyo de amigos y gente desconocida, que ha decidido pasar por el blog a saludar, ahora que estoy a punto de viajar. Realmente es muy emotivo, en especial cuando me dicen que los posts han servido de ayuda o de inspiración. No soy de los que se quedan con el mérito ajeno, uno siempre encuentra pilas en otras personas. A mi me pasa todo el tiempo, y es muy gratificante servirle de apoyo a alguien.

Lo más duro de todo esto no será dejar a los amigos o la rutina. Uno puede vivir absteniéndose un poco del día a día. Pero este viaje lo planifiqué antes de conocer a Vicky, y no vernos estos días, con la motivación y el apoyo que ella me ha dado, va a ser duro. Ella es una persona llena de salidas inteligentes y graciosas, y más de una vez le robé un chiste o un comentario inteligente para el blog. Pocas veces se lo reconozco (espero estar enmendándolo ahora). En este momento, mientras se prepara unos mates, aprovecha la poca privacidad de nuestro departamento para gritar “Amor, ¿dónde dejaste las metaanfetaminas?” y dejarme en ridículo con los vecinos. No la querría tanto si no hiciese esas cosas.

Mañana salgo muy temprano del departamento, rumbo a Aeroparque. Voy a actualizar una vez más en la madrugada, porque tengo un viaje largo, con escala en Santiago de Chile, y aunque me compré un smartphone para cancherear y escribir en cualquier lado, hacer un post con el telefonito debe ser similar a un parto (pero es ideal para twittear). Y desde Santiago, 11 horas 55 minutos hasta Madrid. El desembarco en Barajas es la parte más tensa de esta odisea. Sé que esta vez no va a ser la vez que Migraciones no me deje pasar. Pero siempre lo pienso.

Hoy me confirmaron entrevistas en Radio Belgrano (AM 950) y Radio Rivadavia (AM 630) para esta noche, justo cuando estoy más ansioso (lo cual puede hacer a todo esto más interesante). Con algo de suerte, el martes tendré una comunicación telefónica con Blue (FM 100.7), cuando esté en Grecia, un día antes de la maratón. Ojalá se dé, me interesa que muchos se enteren de que voy a actualizar el Twitter de Semana 52 mientras esté corriendo, compartiendo en vivo la experiencia de estar en ese lugar maravilloso.

Semana 52: Día 358: Cuenta regresiva a la maratón

Maratón ochentosa

Hoy comienza la preparación para la maratón de Grecia. Faltando una semana, empiezo por una dieta especial, rica en carbohidratos, con mucha, mucha agua, y dejando de lado las fibras hasta ignorarlas por completo en los días previos. No será fácil seguirla en el avión, este viernes, o fuera de casa, pero me las ingeniaré.

Hay ciertas cosas que no se pueden hacer antes de correr una maratón, como es agotar al cuerpo. Uno es el resultado de lo que entrenó las últimas 6 u 8 semanas. Lo que no se trabajó hasta ahora ya está. Me queda igual un entrenamiento más, esta noche, y después es mucho descanso. Tampoco es aconsejable estrenar calzado; por suerte mis zapatillas están bastante ablandadas. Lo que sí voy a usar por primera vez es algo muy valioso y simbólico, que son unos pantalones que usaba mi papá para entrenar. Es de la época en que los deportistas usaban pantaloncitos muy cortos, nada de esa gilada de elástico o con un cordón, sino con BOTÓN y cierre. Destila nostalgia de inicios de los ’80s. La idea se le ocurrió a mi hermano Santiago, y desde entonces me ilusionó mucho llevarlo a cabo. Mi papá fue mi primer entrenador, y una de las personas que más me ayudó este año con Semana 52. Así que se está cerrando un ciclo.

Por supuesto que no tengo la valija hecha, pero esta noche esa belleza llamada Vicky me va a dar una mano, después del entrenamiento. Tengo que asegurarme de llevar lo necesario para la carrera: dos pares de medias (uno de nylon, para evitar la fricción); vaselina sólida para axilas, entrepierna y tetillas; protector solar; calzas; gorra (puede ser reemplazada por más protector solar si es que me afeito la cabeza antes de correr); el camel, y todo el dinero que pueda llevar… porque no voy a poder transportar hasta allá frutas secas, agua o bebida deportiva. Eso lo compraré en Europa, y que sea lo que Dios quiera…

Pero lo más importante que tengo que llevarme a la maratón es un poco de confianza en mí mismo. Antes tenía un montón, desparramada por toda la casa. Pero la fui gastando, y ahora que me impuse esa marca de 3 horas y media para llegar a la ciudad de Maratón, me doy cuenta que me queda muy poca. No soy el campeón de elite que algunos creen (una vez le dije a una amiga que había salido primero en una Merrell, y me felicitó). Sólo soy un tipo que se las ingenió para dedicarle más tiempo libre a entrenar. Y esos ataques de humildad que me agarran, de no querer caer en la soberbia, hacen que me cuestione tanto mis capacidades como mis logros. Quiero correr en Grecia, no sé por qué me encapriché con esa marca. Cuando entrenaba estas últimas semanas me parecía muy exigente mantener el ritmo de 5 minutos el kilómetro. Sin confianza me va a costar. Espero que el aire veraniego me haga recuperar algo de esa confianza que se me fue gastando.

Llegamos a la Semana 52. No sé a ustedes, pero para mí el tiempo se pasó volando.

Semana 51: Día 357: La anti-ayuda

A un día de empezar la última semana del blog, no dejo de pensar en toda la gente que me ayudó y alentó, desde desconocidos hasta familiares y amigos. Ha sido enormemente alentador reencontrarme, aunque sea vía mail o por facebook, con compañeros de la primaria, a quienes no veo desde hace décadas, y que me digan que encontraron en mis posts algo motivador. No se puede pedir mayor recompensa espiritual que esa: hacer algo que le haga bien a uno, y que eso repercuta positivamente en los demás.

Pero (siempre hay un pero) el verdadero desafío de Semana 52 ha sido escribir todos los días. No ha sido fácil. Me he enfrentado a la página en blanco todos los días durante un año. Hablar de carreras puntuales o de historias del atletismo ha sido bastante fácil y divertido. Sin embargo hay posts que me avergüenzan, y perdí la costumbre de releer lo que escribo porque me parece espantoso. Dolina dijo “Mejor que escribir es haber escrito”, y no podía tener más razón. Tipear sin tener mucha idea de qué hablar es tortuoso, y muchas veces terminé cayendo en divagues sobre cuestiones técnicas que, me la juego, le interesaban a poca gente.

Pero (cuando hay un pero, suele haber otro más) también me las he ingeniado en divertirme mientras escribo, así que he experimentado haciendo posts falsos (como el del 28 de diciembre), o intentando hacerme el gracioso (hay incontables y bochornosos ejemplos, como este). Así es que decidí no hablar sobre toda la inmensa ayuda que me han brindado, sino imaginar los casos en que no te ayudan, sino todo lo contrario. Sólo porque me parece más entretenido.

Lamentablemente todos somos personas diferentes, si no, no existiría la discriminación o la xenofobia. Eso implica no sólo que venimos en diferentes formas, colores y tamaños, sino que pensamos bastante disfinto unos de otros. Lo que nos lleva a los malos consejos, esos que funcionan para uno, pero no para el resto. Están quienes creen tener una fórmula infalible, que probablemente les sirve y creen que es universal. “Si respirás por la boca te entra más aire”, “Después de una carrera tomate una cerveza que tiene antioxidantes”, “Si corrés en alpargatas el pie se fortalece más” son algunos tips que no sirven para nada.

Luego están los adinerados que creen que todo el mundo debería comprarse algo. Lo que mucha gente desconoce es que los humanos nos dividimos en dos clases: los que tienen mucha plata y la cuidan, y los que no tienen dinero y lo cuidan. ¿Para qué insistir, insistir e insistir en “comprate las nuevas Asics, así no se te ponen negras las uñas de los pies”? Sólo los que pueden gastar 4 dígitos en calzado (o las consiguen de contrabando como yo) acceden a estas marcas premium. No está mal comprarse unas de segunda línea. Durarán menos, tendrán menos glamour, pero no todos tienen el sustento asegurado como para hacer estos gastos que consideraríamos “lujo”. Es un poco como decía Alan Faena: “Lo difícil es hacer el primer millón, el resto lo hacés trabajando”.

Algo que sí me pasó en varias ocasiones y no deja de sorprenderme es la gente que me aconseja dejar de trabajar con tal o cual persona, porque así me va a ir “mejor”. Que si tal cobra más caro, que si el otro es un chanta… todos tienen una opinión formada de todos, y pareciera que las elecciones de uno carecen de valor. No hay nadie más puntilloso y exigente que yo, si sintiese que alguien (supónganse, un podólogo) no me da un buen servicio, voy a ser el primero en cambiarlo por otro. Pero siempre hay gente que insiste en que tenemos que patear el tablero y buscar segundas opiniones.

Y por último está el grupo más infame, el Gran DT, esos que creen que estamos haciendo todo mal y que necesitamos de su guía para mejorar. “Estás demasiado flaco, tenés que comer más” (aunque los análisis de sangre y las consultas nutricionales indiquen un perfecto estado de salud). “No corras tanto que te vas a joder las rodillas” (todos somos nutricionistas, entrenadoras, kinesiólogos, etc…). “Estás demasiado flaco, tenés que comer más” (no es un error que esté repetido, lo dicen con tanta frecuencia que se escucha cada dos por tres).

Distinguir la ayuda bien intencionada de la ayuda bien intencionada pero nociva es bastante fácil. A la larga, escuchar un buen consejo es mucho más sencillo de lo que parece: basta con hacerle caso al entrenador o a quienes hayamos comprobado que nos ayudan realmente… o alcanza con utilizar nuestro propio sentido común. Nadie nos conoce más ni querrá nuestro absoluto bienestar que nosotros mismos.

Semana 51: Día 356: El fondo

“En el fondo es bueno”, dice el chiste. Pero no se refiere al fondo del running, sino al patio de su casa. Los que se consideran fondistas (como es mi caso) sólo son corredores que gustan de hacer grandes distancias, especulando con desarrollar resistencia más que velocidad.

Hay una cuestión inevitable de cualquier carrera, y es que uno compite contra el reloj. De las miles de personas que se anotan, solo un puñado busca hacer podio. Y de ellos, únicamente tres lo lograrán. El resto queremos vencernos a nosotros mismos, y nos alcanza (y sobra) con cruzar la meta. Pero hay muchos tipos de competencias, y podríamos englobar las de running en dos: las cortas y las de fondo. En las primeras tenemos desafíos que van de los 100 metros a los 5 km (esta clasificación es mía, tomarla con pinzas). Podemos ver que los atletas que ganan suelen tener mucha masa muscular, y un sprint que da calambre. En el segundo grupo tenemos las de resistencia, aquellas en que la delgadez de los ganadores es directamente proporcional a los kilómetros recorridos.

Cada tipo de carrera tiene su nivel de dificultad y su tipo de entrenamiento. Difícilmente un sprinter que gana los 100 metros en segundos se banque mucha velocidad en una maratón. Las distancias largas tienen como primer objetivo poner al límite la resistencia de nuestro cuerpo. En segundo plano (aunque sigue siendo importante) está la cuestión de hacer un buen tiempo.

Hoy hicimos un breve entrenamiento en los lagos de Palermo (los que siguen Semana 52 en twitter pudieron ver una foto en vivo). Como estoy a pocos días de correr la maratón, me tocaba hacer un fondo, máxime siendo que no me quedan muchas oportunidades de entrenar antes del viaje. Así que pasé del frío matutino a la gélida noche porteña, con un fondito de 12 km. Me siento en la obligación de mencionar que cuando empecé a correr, esta distancia me parecía inalcanzable. Pero, poco a poco, los kilómetros se acumulan, y los tiempos mentales se acortan.

Estos 12 km en las heladas calles de Palermo es uno de los tantos fondos que fui haciendo para prepararme para esta maratón. Sumado a lo de esta mañana, daba un entrenamiento decente por el día de hoy. A diferencia de otras veces, estaba equipado con el reloj con GPS, lo que me permitió correr por mi casa en lugar de tener que ir a alguna pista conocida, o medir la distancia en el Google Maps. Ahora podía ver en vivo cuánta distancia tiene rodear la inmensa manzana donde está mi edificio (2,33 km) y ver el esfuerzo que tengo que hacer para mantenerme por debajo de los 5 minutos el kilómetro (el promedo me dio 4:49).

El fondo tiene una cuestión de desafío mental. El sprint es un esfuerzo casi efímero. Es una agonía tan breve, que al finalizarla casi la olvidamos. En cambio sostener un trote por una hora o más empieza a ser un desafío mental. La monotonía es a lo que más le temen los corredores, que suelen preferir las carreras de aventura a las de calle. Yo detestaba el fondo, y ahora me encanta. Disfruto de acumular kilómetros y dejarme llevar, sin pensar en nada más que en mantener la respiración y pisar correctamente. Se supone que es una actividad solitaria, y está bien que así sea. Hay que disfrutar de estos momentos en soledad, en los cuales uno se conecta con si mismo.

Aunque eso de “no pensar” no siempre es así. Hoy, mientras avanzaba por las oscuras calles de Palermo, pensaba en si sería capaz de sostener ese ritmo en Grecia, mientras estuviese corriendo mi maratón. Como lo hago solo, el único objetivo es ganarle a una marca mental (3:30:00). Para eso tengo que correr en 5 minutos el kilómetro o menos. Hoy pude hacerlo, pero allá va a tener que ser esto multiplicado por tres. Ni idea si seré capaz. Empecé a flaquear y dudar de mí. Pero entonces me imaginé controlando la velocidad y apretando cuando bajase el ritmo. Me vi llegando a la meta, cumpliendo el objetivo, con los ojos llenos de lágrimas, feliz por cumplir el desafío, y a la vez triste por estar tan lejos de casa. El fondo tiene esas cosas: uno puede no pensar en nada, o por el contrario pensar en todo.

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