Archivos Mensuales: julio 2011

Semana 47: Día 324: Las comparaciones son odiosas

Es inevitable compararse con otras personas. El pasto del vecino de enfrente siempre es más verde. Quizá esto tenga que ver con esa costumbre de sobreestimar al corredor más experimentado e, inevitablemente, subestimarnos.

Empecé a entrenar por mi cuenta, hace unos años. No tenía con quién compararme, sólo conmigo mismo. Me acordaba que en mi adolescencia me forzaban a correr 3,5 km, y que me costaba horrores. Había pasado una década de aquel entonces, así que decidí que ese sería mi piso. De a poco fui aumentando la distancia, y al cabo de unos meses, solo, llegué a 10 km. Fue durísimo, lo hice sin cuidarme, sin orientación, y me ampollé los pies y me gané un importante dolor en ambos tendones de aquiles.

Cuando empecé a correr en un grupo lo hacía porque me gustaba. Por mí. Pero ahí sí tenía con quién compararme. Uno al empezar a entrenar con otras personas, las segmenta. En mi caso identifiqué a los que veía como veloces, esos que tenían mucha resistencia y a los que no podía seguir (cuando intenté ir a su ritmo, un fuertísimo dolor en el costado me obligó a parar). También vi a los que tenían un nivel similar al mío y me pegué a ellos. Compartí entrenamientos y carreras, lo que me hizo todo más fácil.

Después de años de correr, y con los logros que conseguí el último año (nueva dieta, entrenamiento intensivo, cambios físicos) pude ampliar mis límites, tanto en resistencia como en velocidad. Y durante esta estapa en mi vida que es Semana 52 noté cómo mucha gente habla de una carrera y dice “Corrí 5 km… sé que para vos no es nada”. Y me hace acordar a cuando tenía que correr 3,5 km y lo sufría tremendamente.

No hay distancia que despreciar. Germán, mi entrenador, hacía referencia a esto un día, en el que suponía que sólo el 5% de la población entrena. Si nos vamos a comparar, deberíamos hacerlo con el 95% que no hace nada. Yo he sufrido todas las distancias, y si ahora 5 km me parece “fácil” es porque hace años que corro. Pero tuve que empezar desde el principio, como cualquiera. Entiendo que hay gente a la que una maratón le parece pan comido, y a mí me cuesta.

Si nos comparamos con alguien que hace  más tiempo que corre, sólo vamos a lograr frustrarnos. El truco es, me parece, ver modelos a seguir, en lugar de pensar que esa otra persona está más avanzada y que no va a entendernos.

Todos empezamos igual, aprendiendo a pararnos sobre nuestros propios pies cuando éramos bebés. A medida que crecíamos aprendimos que, por alguna razón, algunos compañeros del colegio eran más veloces que otros. Mientras había chicos favorecidos genéticamente, a otros les costaba un montón la clase de gimnasia.

Pero la determinación y las ganas de progresar se pueden desarrollar como cualquier músculo. El límite lo ponemos nosotros, y compararnos con corredores que tienen otra genética y otra historia no nos llevará muy lejos. Ellos tuvieron su tiempo de proceso, y conviene más aprender de su experiencia y formar la propia, que compararnos como si hubiesen nacido superiores.

Semana 47: Día 323: Amigos

Hoy, por lo menos en mi universo conocido que es Argentina, celebramos el Día del Amigo. No voy a ahondar en cómo empezó esta práctica, porque seguramente sea, al igual que la Semana de la Dulzura o el Día del Niño, un intento por fortalecer las ventas de los comercios. Hoy caminaba por la calle, después de invitarle el almuerzo a un compinche y compañero de aventuras, y vi un cartel en un negocio que decía “¿Cuánto querés a tus amigos? ¡Nosotros un 25% más! Con la compra de cualquier producto, te descontamos un 25% para que le regales a quien quieras”. ¿Ese es el concepto de la amistad? ¿Que no querés a tus amistades lo suficiente y sos tan miserable que los locales te dan un descuento? Creo que no…

Hoy me acordaba un chiste que siempre repetíamos en un estudio de diseño en el que trabajaba, hace 8 años. El grupo de gente con la que me veía día a día tenía algo en común: todos teníamos el mismo jefe y hacíamos el mismo horario. Si nos hubiésemos cruzado en la vida fuera de este ámbito, jamás lo sabríamos. Y nos poníamos un freno (en broma) cada vez que saltaba la cuestión de la amistad. “Amigo es una palabra muy grossa” decíamos. Casi una década después, esporádicamente, nos juntamos a recordar esas épocas, pero ya no nos vemos todos los días, y probablemente eso que decíamos en chiste tenía algo de verdad.

Hoy frecuento un grupo de corredores llamado Puma Runners. Nos une la pasión por correr, y nos vemos en un ámbito mucho más distendido que el trabajo. Las cargadas están a la orden del día, pero más allá de eso todos disfrutamos compartir el entrenamiento. Las carreras suelen ser mini-vacaciones, en las que viajamos juntos, dormimos en la misma cabaña, nos acompañamos durante la competencia, y nos esperamos en la meta, para ayudarnos a elongar y felicitarnos mutuamente. Quizá, como decíamos con mis amigos tiempo atrás, amigo es una palabra muy grossa, y el sólo hecho de compartir estas experiencias no alcance para definir una amistad “verdadera”.

Pero aunque el running une abogados, diseñadores gráficos, geólogos, economistas y empleados públicos que en otro ámbito jamás se cruzarían dos palabras, encontré que si dejo de ir a entrenar extraño tanto correr como verme con esas personas. Tendrá que ver con que nos une algo muy profundo y que los grupos de entrenamiento están para que te puedas sostener en el otro. Será que cuando corrés dejás de ser “etiquetable”, porque entrenar pone a todos al mismo nivel. No importa si tenés plata, si estás separado, si sos hincha de Boca o si te gustan las películas de Matt Damon. Lo verdaderamente trascendente es que en una carrera todos buscamos vencernos a nosotros mismos. ¿Cómo no sentir afinidad por esos “extraños” que también buscan eso tan fundamental?

Hoy muchos de estos desconocidos se han convertido en grandes amigos. Me han ayudado cuando lo necesité, y he estado ahí cuando hizo falta, sin que mediaran deudas de por medio. Eso son los amigos, puntos de apoyo para cuando uno no puede levantarse. Por fortuna encontré un amigo que me puede acompañar en mi maratón personal de Grecia, para documentar la carrera, ofrecerme agua y estar ahí por si lo necesito. Y ahí radica la importancia de la amistad: saber que aunque estés a 10 mil kilómetros de tu casa, no vas a estar solo.

Semana 46: Día 322: ¿Adelgazar o aumentar de masa muscular?

Cuando empecé Semana 52 estaba excedido de peso. Unos 7 kilos, según el deportista promedio de entre 30 y 35 años. No parece un objetivo inalcanzable, de hecho lo logré en menor tiempo del que me imaginaba.

La cuestión fue que empecé a adelgazar, y eso vino acompañado con una disminución de mi masa muscular. Además de quemar grasa, mientras aumentaba mis límites en el running, quemaba músculo. Al principio lo que más quería era adelgazar. Deseaba cambiar los pantalones, cinturones, y tener una cintura más delgada. Quería que mis talles de remera pasasen de “M” a “S”. Se lo comenté a un compañero de los Puma Runners, y me dijo que todo lo contrario, yo tenía que pasar a “L”. Él imaginaba que mi ideal tenía que ser musculoso, no flaco.

Ahí empecé a entender la diferencia entre adelgazar y aumentar de masa muscular. No son cosas que no puedan complementarse, pero son objetivos lo suficientemente diferentes como para tener que inclinarse por uno de ellos. En mi caso, empecé queriendo ser más flaco. En un momento me di cuenta que los pantalones me quedaban como un payaso, y salí muy contento a comprarme jeans nuevos. Un miércoles en que me saqué las fotos que forman la sección de “Progreso”, me di cuenta que estaba demasiado delgado. Me chocó, porque no me reconocía. Uno identifica al instante su cuerpo, nos vemos constantemente, nos palpamos al vestirnos, al bañarnos. De pronto empecé a sentir un físico al que no estaba acostumbrado. Era chocante, y a la vez gratificante.

Y en esas fotos, me noté muy flaco. No me gustó tanto, empecé a preferir aumentar la masa muscular.

Es lógico que, habiendo logrado mi objetivo, quisiese alcanzar uno nuevo. Pero la cuestión de la “delgadez” empezó a ser una preocupación para los que me veían después de un par de meses. Obviamente nadie va a asociar a un tipo musculoso con alguien con poca salud, pero sí un tipo flaco. Eso se asocia con mala alimentación, enfermedades terminales, y otras cosas terribles que poco tienen que ver con un corredor de fondo.

Me encantaría encontrar el equilibrio, y esto me da algo de incentivo para seguir esforzándome más allá de la semana 52. No quiero dejar de correr, ni quiero volver al físico de antes, incluso cuando muchas personas (en especial mujeres) me dijeron que les parecía más lindo cuando estaba “gordito”. Me interesa progresar en el running, y de paso lograr más musculatura. Creo que son dos objetivos que puedo buscar en forma paralela, haciendo el esfuerzo por buscar mi propio ideal, y no el que creen los demás.

Semana 46: Día 321: Volver

Casi tan difícil como empezar a correr es volver después de un largo período sin actividad física. Mi entrenador dice “Un simple gramo de prevención es más valioso que un kilo de remedio. Anticipar las posibles causas de lesiones y evitarlas por completo es preferible que soportar curaciones y hasta cirugías posteriores”.

Volver tiene su encanto. Significa dejar la soberbia de lado, agachar la cabeza, permitir que el tiempo pase y cure lo que haya que curar. No sólo en relación al deporte. Volví con Vicky, luego de una semana separados, y en ese tiempo logramos encontrar eso que nos unió en un principio. No era el running, ni Armin Van Buuren. Ni siquiera la comodidad que te da estar en pareja. Era darnos cuenta de los errores, de lo que era realmente importante, de que el orgullo no nos lleva a ninguna parte. De que poco sentido tiene apurar y forzar las cosas.

Coincide esto, porque la vida es así de irónica, con mi regreso al entrenamiento después de la costeocondritis. Por ansiedad quise apurar el regreso al gimnasio, a la misma rutina de antes. Eso pudo haber sido el disparador de la nueva lesión. Tan embalado iba que no me importó si me esforzaba por demás. Y volví a correr con el rabo entre las patas, despacito, probando a ver cuánto dolía el pecho (alegoría que también se aplica a la pareja). De a poco me fui soltando, sentía molestias en la costilla, pero seguí adelante, intentando averiguar, sin llegar a lastimarme, si todo pasaría una vez entrado en calor. Fue arriesgado, pude haberme lesionado todavía más. Pero no fue así. Tuve un entrenamiento espectacular, donde volví a trabajar la potencia de las piernas, con vistas a correr en los médanos de la Merrell de Pinamar.

Uno nunca se baña dos veces en el mismo río. No se vuelve a lo mismo, ni siquiera puede uno volver a ser quien era. La idea es que uno siempre regresa cambiado, con experiencia como para intentar hacer las cosas diferente. Si no, se está condenado a que el dolor vuelva, y con él la frustración y el miedo.

Volver requiere un pequeño porcentaje de coraje, y una gran cuota de cautela y experiencia.

Semana 46: Día 320: 11 de octubre de 2011, la próxima Maratón de Buenos Aires

Hoy escribe: Andrea, alias APG.

La amenaza estaba instalada: los Persas, allá por el 490 AC, durante las Guerras Médicas, habían jurado derrotar a los soldados atenienses y luego ir hacia Atenas por las viudas, para violarlas y matar a sus hijos. Las mujeres entonces, en un arranque de dignidad, pactaron que, si sus hombres eran vencidos, matarían ellas mismas a sus hijos y luego se suicidarían, para honrar a sus soldados y no dejarse humillar por el enemigo. Ante este panorama, era fundamental enterarse a tiempo de cómo resultaría la contienda, allá en la llanura de Maratón. Si no recibían noticias de victoria durante las siguientes veinticuatro horas, el pacto de sangre se cumpliría.

El 13 de Septiembre, los soldados atenienses sorprendieron a los persas y, tras una larga batalla, los acorralaron en la costa en donde la mayoría murió ahogado en el mar. Los persas sufrieron la baja de dos mil hombres y los atenienses, doscientos. Pero el combate se había demorado más de lo previsto y era imperioso llegar a Atenas con la noticia antes que sus mujeres cumplieran la promesa trágica. Fue el soldado Filípides quien se ofreció para correr los cuarenta kilómetros que separaban Maratón de Atenas. Al llegar, y luego de gritar “Hemos vencido”, cayó muerto.

Pasaron tres siglos para que Luciano y Plutarco mencionaran el hecho en sus textos, y más de veinte para que el historiador francés, Michel Bréal, a fines del S XIX,  propusiera incluir una carrera de fondo de cuarenta kilómetros con el nombre de Maratón, en los Juegos Olimpícos modernos, en homenaje a Filípides.

El 24 de Julio de 1904, en los Juegos Olímpicos de Londres, la distancia oficial quedó definida en 42 km y 195 mts ya que ésta era la distancia del recorrido que separaba el Castillo de Windsor (Largada) del White City Stadium (Llegada), y Jorge V, monarca del Reino Unido, se había encaprichado en que la Casa Real sea el punto de partida del maratón olímpico.

Allí estarán, una mañana de Octubre, nuestras piernas firmes y bellas impactando sobre el asfalto de Buenos Aires.

 Tan importante como llegar es estar yendo.
APG

Gracias, Andrea, por tomar la posta en la convocatoria para ser el escritor invitado del blog. Si bien yo había cubierto la historia de Filípides hace como 11 meses atrás, en mi reseña se nota la prosa de Wikipedia y en tu relato se ve la pasión por la escritura. Mis felicitaciones por tan lindo artículo. Recomiendo leer el resto de las entradas de su blog (aunque su nombre sea algo incorrecto): http://lomioesamateur.wordpress.com. Andrea envió su artículo a casanovam@hotmail.com, y esperamos más colaboraciones como la de ella (aunque sabiendo ahora que puso el listón bastante alto).

Falta poco para que se vuelvan a correr los 42 k en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El 11 de octubre será la cita, varios días después de que finalice Semana 52. Muy probablemente, por cebamiento y capricho, vuelva a desempolvar el teclado y cuente la experiencia de correr, una vez más, tan fantástico desafío.

Para quienes quieran repetir la hazaña de Filípides, es interesante ver cómo en la página de Adidas los mismos corredores dan su propia visión acerca de cómo superar el infame muro de la Maratón. No hace falta dejar la vida como el mensajero ateniense. Todavía queda tiempo de entrenar, músculos y cabeza, hasta el día en que tengamos que cruzar la meta.

Semana 46: Día 319: Decir que sí

Ante un desafío, cuando no sabemos lo que se viene y nos proponen jugárnosla o reservarnos, ¿qué respondemos?

Aprender a decir que “no” es un signo de madurez. Al menos así es en mi caso. Siempre fui de ponerme en segundo plano e intentar caer bien. Muchas veces me metí en situaciones urticantes, a pesar de que no quería. Y tenía un sueño recurrente, en el que me metía en una grieta estrecha, y avanzaba y cada vez me comprimía más y más, hasta que quedaba atrapado. Era muy angustiante. No existía la posibilidad de retroceder. Era una manifestación bastante clara de darle para adelante en las distintas situaciones de la vida, por más presión que hubiese. Escapar era imposible. Mi psicóloga decía que yo me escapaba para adelante, y así era, cada vez más adentro de la grieta (o de las situaciones que me comprimían).

Pero aunque aprendí a no hacer lo que no quiero, prefiero cambiar la frase y no darle una connotación tan negativa. Digamos que es “Sí, quiero hacer lo que me gusta”. Y entendamos por eso no hacer nada porque creemos que es lo que el otro quiere.

En el running es muy común encontrarte con propuestas de carreras, o de alguna aventura loca, y queda librado a tu decisión participar o no. Y cuando te encontrás con algo desconocido, las opciones son claras: hacerlo o quedarte en el molde. A diferencia de esas decisiones en que hacía lo que el otro “esperaba de mí”, en el running es muy claro: hay que decidir por uno mismo. Y el miedo a lo desconocido puede llevarnos a la respuesta negativa. Los motivos son muy amplios, pero suelen resumirse en temor a lesionarnos, o a “no llegar”. Y me pregunto, ¿es tan terrible decir que sí y después no poder cumplir?

Muchos prefieren preservarse. “No estoy lo suficientemente entrenado”. “No llego ni en pedo”. “No me dan las patas”. ¿Y si probamos decir que sí? Cuando empecé Semana 52 me puse como “mini-meta” aceptar todas las propuestas de carreras y entrenamientos. Y en seguida me apareciió la Maratón de Buenos Aires, que pensaba en hacerla a esta altura y no durante la semana 6. Pero dije que sí, y me sorprendí de que pude llegar. Lo mismo para los entrenamientos, en lugar de quejarme e intentar tomar algún atajo, empecé a aceptar todo lo que me tiraban. Incluso cuando creía que estaba cansado, encontraba siempre fuerzas para seguir adelante. Y nunca me arrepentí.

Propongo este ejercicio: la próxima vez que te propongan algo que no te creas capaz de hacer, decí que sí. Creo que es preferible fracasar intentando que pensar que no podés. Incluso en los errores o los desaciertos encontramos experiencia, lo que nos va haciendo mejores. Si siempre decimos que no… nos va a costar mucho progresar.

Semana 46: Día 318: ¿Qué es el dolor?

Nuestra amiga la Wikipedia define al dolor como una experiencia sensorial (objetiva) y emocional (subjetiva). Agrega que generalmente es desagradable, lo que resulta obvio para cualquiera que no practique el sadomasoquismo. Es una consecuencia de poseer sistema nervioso. Por eso las plantas no sufren cuando las comemos.

Es prácticamente imposible no asociar el dolor al entrenamiento. Tanto nos perturba sentirlo que mucha gente prefiere una vida sedentaria, sin actividad física. En los infomerciales de televisión vemos a personas intentando, torpemente, hacer abdominales, y se agarran el cuello o la espalda, en claro signo de agonía. Hacen esto para seguir traumándonos con que si algo duele está muy mal, y que mejor que tirarse al piso a ejercitar durante horas es hacer cinco minutos al día con esa porquería de plástico que puedes pagar con tu moneda local.

En el otro extremo, no tan mainstream como el miedo a sufrir, está el “no pain, no gain”, al que suscriben los obsesivos del deporte, como quien les escribe en este preciso instante. Es básicamente gente que entiende el dolor como parte de un proceso en el que se dañan tejidos, favoreciendo el crecimiento muscular.

Lo ideal sería que no sintiésemos ninguna señal dolorosa, porque el músculo crece, duela o no. Pero, para qué negarlo, se siente bien ese calorcito en la zona trabajada. Se supone que estas señales indican peligro, una forma del cuerpo de advertirnos que algo está mal. Pero uno se obsesiona y se malacostumbra a desoyer a nuestro sistema nervioso.

Ahora estoy con algunos dolores, y no sé bien qué hice para lesionarme. Pero este dolor ya no me provoca miedo como antes, sino una especie de bronca por no haberme cuidado como debía. Para colmo, todos los deportistas saben que un entrenamiento intensivo o una carrera no duele al día siguiente, sino 48 horas después. Así que la causa de mi costeocondritis puede ser cualquier ejercicio que haya hecho mal.

Ante el dolor, señal de que estamos lesionados, lo mejor es hacer reposo hasta que se pase. En mi caso estoy intentando abandonar el diclofenac, porque al enmascarar las molestias, no sé medir cuándo se pasan. Para no provocarme problemas gástricos, incorporé una pomada desinflamatoria. En teoría todos mis problemas son causados por una contractura, o una inflamación muscular. Esa publicidad que dice que si no me desinflamo, el dolor vuelve… probablemente tenga razón.

Nadie quiere que los músculos, huesos o articulaciones duelan. Intentamos evitarlo como mejor nos sale, pero no podemos vivir siempre expectantes de las lesiones. También hay que disfrutar del aire libre, juntarse con amigos, y liberar endorfinas. Hay que encontrar el balance entre protegerse y ejercitar. Pero a veces algo falla, se nos viene la edad encima, o en un arranque de soberbia nos exigimos de más, y nos lastimamos. El dolor sirve para ponernos en nuestro lugar, para indicarnos no sólo el trauma físico, sino que encontramos nuestro límite y lo pasamos. Esta señal sensorial y emocional está para hacernos bajar un cambio, y aprender una lección. Porque si no aprendemos nada, al igual que con la inflamación que no se va, el dolor vuelve.

Semana 46: Día 317: Retroceder dos casilleros

De nuevo estoy en la penosa situación de no poder correr, ni entrenar, ni nada. Sólo pensar, el cerebro es el único músculo que puedo usar sin empeorar mi lesión.

Probablemente haya algo de ironía en el hecho de que escribí varias veces sobre cómo volver a entrenar después de estar parado mucho tiempo, y después fui y quise quemar etapas, volviendo a levantar el mismo peso de antes. Ese puede haber sido el origen de mi estado actual o no, quizá haya sido una contractura por estrés, u obra del equipo de escritores de Semana 52, que busca algo de emoción en la última temporada.

Sólo puedo pensar, recordar todos estos meses de entrenamiento… Sé que le saqué todo el provecho que pude, no me quedé con las ganas de ninguna carrera, excepto a las que no pude ir por falta de tiempo (como la Maratón de Córdoba). Hoy, que volvió el frío, caminaba por la calle, con diclofenac corriendo por mis venas y una faja en el pecho para mantenerme las costillas superiores calientes, cuando vi a una señora corriendo por la calle. A pesar de esa llovizna finita y la temperatura, ella corría en pantalón corto y musculosa. Tendría unos 50 años, y parecía tener mucha experiencia. Sus cachetes estaban rojos, la frente transpirada, y tenía un paso cortito y constante.

La miré unos segundos, con un poquito de envidia. Me hubiese gustado estar en su lugar. Hay algo de emocionante en ver a un atleta corriendo, venciendo al clima, las inclemencias de la ciudad (el asfalto, los autos, las veredas). Me llevó a esa vez en que miraba por la ventana del tren, un día lluvioso, y vi a un único corredor en la pista del Velódromo de Escalada. Sentí muchas ganas de estar ahí, disfrutando de correr, sin que me importe nada más.

Hay mucha frustración en querer hacer actividad física, tener el tiempo, la experiencia, y no poder. Si tengo el cierre de una revista y me tengo que quedar trasnochando en frente de la computadora, bueno, es normal. Si hubo un diluvio y sólo se puede recorrer el Hipódromo de San Isidro en kayak también lo acepto. Si tengo que cancelar porque coincide el entrenamiento o la carrera con un casamiento o cumpleaños, no hay problema. Pero tener una lesión tan absurda y sin una causa definitiva como la mía, es muy duro.

Creo que no hice el reposo suficiente, tuve que trasladar muchos libros a la Feria Infantil y quizá eso me hizo retroceder unos casilleros en mi recuperación. Quise ver también si el diclofenac enmascaraba el dolor o si ya había pasado todo, y por eso lo dejé de tomar. Pero también tiene efecto desinflamatorio, así que en una de esas estaba en período de recuperarme y lo retrasé. Estuve un par de días sin ninguna molestia, y después de abandonar la medicación y hacer esa entrega de libros me empezó a doler el pecho. Bastante.

Siempre pensé que sólo me podía parar una fractura, y que si me rompía una pierna iba a poder seguir entrenando el tren superior. Probablemente sea posible, pero creo que cualquier músculo que quiera entrenar me va a resentir en el pecho. Ya sea bíceps o tríceps, el cuerpo se tensiona siempre. No me quedan muchas opciones por esperar.

El sábado quiero volver, con faja y anti-inflamatorio, para ver en dónde estoy parado. No me quiero apresurar, pero me falta esa válvula de escape que era correr, sin que el cuerpo se ponga en el medio.

Semana 46: Día 316: El verdadero desafío de Grecia

Ok, superado el tema pasaje a Europa. Gracias a la financiación de Casanova (y NO gracias a mi banco), tengo asegurado el ticket por Lan (empresa que recomiendo). Originalmente iba a ir acompañado por… alguien. Familiares y amigos se entusiasmaron y me ofrecieron ir, anque sea en bici, para alcanzarme agua y darme palabras de aliento. Algunos ya se imaginarán que esas propuestas se fueron diluyendo, y hoy sé que voy a viajar solo.

Tengo mi viaje cerrado hasta Madrid. Ahora me resta sacar un pasaje “low cost” a Atenas, conseguir hospedaje, y averiguar cómo va a ser el recorrido de los 42 km. Si sigo la línea más directa, me voy a encontrar con que faltan 2 mil metros, así que tengo que ver dónde va ese desvío que completa la distancia oficial.

El verdadero desafío no va a ser correr la maratón. Ni siquiera bajar de 3 horas y media. El tema va a ser correrla solo. ¿Cómo me voy a asegurar el agua? La vez que la corrí, el 10 de octubre, tomé 2 litros de gatorade antes del kilómetro 27. Los puestos de hidratación me ayudaron a llegar a la meta. ¿Me hacía falta esa bebida extra? No lo sé…

Otra duda es, ¿cómo controlo que sea el camino correcto? Si me pierdo caminando por Barracas, ¿cómo no me voy a perder en otro país, agotado física y mentalmente? Me acabo de encargar un reloj con GPS y monitor de frecuencia cardíaca. Pretendo que este aparatito me ayude un poco en el tema de la orientación, y para calcular la distancia.

¿Dónde voy a llevar mis llaves? ¿Voy a salir del hotel directamente vestido con mi ropa para correr? Supongo que sí. ¿Llevo encima mi pasaporte? Supongo que no. La GRAN duda… cuando llegue a Maratón, llore y me saque auto fotos (porque nadie me va a poder recibir), ¿qué hago? Me tiro a descansar y elongar. ¿Y después? ¿Vuelvo a Atenas caminando? ¿Me tomo un taxi? Entonces tengo que llevar plata… cuando corrí la maratón, entre la transpiración y el agua que me echaba encima por el calor me destrozaron cualquier papel que tenía en el camel. Espero que los euros sean resistentes…

En definitiva, el verdadero desafío de Grecia es hacerlo solo. En algún punto lo hace más interesante, porque me voy a valer por mí mismo, en un país con otro idioma, lejísimos de casa, sin nadie a quien pedirle ayuda. Otros atletas más extrovertidos pedirían asistencia a un desconocido, pero a mí no me sale.

Ya tengo todo lo que necesito para correr esa maratón. Zapatillas nuevas. El pantalón adidas de 20 años que usaba mi papá para entrenar. La remera con la que corrí mi primera maratón (que tiene estampado “semana52.com.ar” en la espalda). La visera con la que me voy a proteger del sol y los anteojos oscuros (va a ser verano). Y está el reloj para running en camino. Sólo me falta organizarme, juntar coraje, y correr.

Tenía bastante relegado el Progreso. Pero volvió, por demanda popular.

Semana 45: Día 315: Grecia, tan lejos, tan cerca

Reunión familiar. Ya está instalado que me voy a correr a Grecia. Nadie sabe cómo hago para irme cada dos por tres de viaje, si después estoy todo el tiempo viviendo con el agua por el cuello.

Nos sentamos en los sillones, completando con algunas sillas para cerrar el círculo.

– ¿Viste el quilombo que hay en Grecia? – pregunta alguien.
– Sí, pero ¿cuál es el problema? Acá tenemos una crisis cada diez años… Si es por eso, me voy a sentir como en casa.
– Vos estabas estudiando griego, ¿no?
– Sí, dejé al poco tiempo. No me daban los horarios.
– ¿Y por qué Grecia?
– Bueno, me ilusiona correr en el país donde nació la maratón. El tema es así, Filípides era un–
– Pero, ¿por qué en esa fecha? ¿Por qué en agosto que es temporada alta?
– Es que el 31 de agosto se cumple exactamente un año de Semana 52. Ahí se termina todo el proyecto, y la mejor forma que se me ocurrió de celebrarlo es correr una maratón en donde nació. Hace 2500 años, los griegos estaban luchando contra los persas. Entonces había un mensajero llamado Filípides, que–
– ¿Y justo hay una maratón el día ese?
– No, no hay ninguna maratón. Yo voy a correr. Yo solito. Al costado de la ruta. Cuidándome que nadie me atropelle.
– ¿Nadie te va a acompañar? A nosotros nos gustaría ir…
– Bueno, me encantaría que vengan.
– ¿No podés hacerlo en octubre que me dan vacaciones y es temporada baja?
– No… la “semana cincuenta y dos” termina el 31 de agosto.
– Pero por un capricho vas a pagar 400 euros de más…
– No creo que la diferencia sea tanta… ya me estuve fijando. Mi viaje va a ser ese… el que se quiere acoplar es bienvenido… Pero la fecha es inamovible.
– Está bravo Grecia… ahora que la Merkel anunció que los va a ayudar, parece que la cosa se va a acomodar… Pero igual, ¿no es medio peligroso?
– No creo. De última voy a estar corriendo. Que me alcancen.
– ¿Por qué no hacés que el año termine en septiembre? Es tu blog, lo podrías hacer…
– Que no… el día es ese, 31 de agosto. Lo vengo planeando desde el año pasado, ya lo comenté en el blog… Si quieren organizamos otro viaje, vamos todos juntos, pero mi cierre es ese día. Nadie querría festejar su cumpleaños un mes después. Acá es lo mismo.
– ¿Y por qué Grecia? ¿Por qué no organizás una maratón por Palermo? Nos sumamos todos…
– Que no…
– Bueno, ¿cómo vas a hacer? ¿No trabajás? Te la pasás viajando…
– Le voy a sobrecargar un poco de trabajo a mi socio, nada más. Voy a sacar la tarjeta de crédito en el banco para poder financiarme el pasaje en 12 cuotas, sin interés.
– La verdad es que no te podés quejar. La pasás bomba, todo el tiempo de viaje, yendo a carreras, comprándote zapatillas nuevas…
– Bueno, la verdad es que compenso trabajando hasta las 2 de la mañana…
– ¿Pero vos viste el quilombo que hay en Grecia, no?

Esta conversación es un estracto que se repetirá en un par de ocasiones, sin llegar en ningún momento a nada en concreto.

Acabo de sacar mi pasaje con ayuda de mis padres, luego de enterme de que la mugrosa tarjeta de crédito que me dio mi banco no me permite sacar ni el viaje de ida. Es un poco frustrante recurrir a los viejos cuando uno quiere hacer las cosas por su cuenta. Y les prometí pagar hasta el último centavo.

Y sí, vi el quilombo que hay en Grecia. Y no, ¡la fecha es inamovible!

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