Semana 48: Día 330: Cambiemos el exterior, mantengamos intacto el interior

Una escena bastante habitual. Vamos con Vicky viajando en el subte, hablando de bueyes perdidos. Me tira una frase que me deja pensando. Le digo “¿Sabés una cosa? Ese va a ser el tema del post de esta noche”. “Pará de robarme”, reclama ella, con total derecho. Justifico mi plagio con una frase del estilo “Sos mi musa inspiradora”, y la conversación queda ahí porque nos tenemos que bajar.

Por supuesto, me siento al teclado y mi mente está en blanco. “Amor, ¿de qué era que iba a escribir?”. “No sé… ¿algo sobre no buscar cambiar al otro?”. “¿Te parece? Pero no le veo mucha relación a eso con el blog. Bah, si pude hablar de Volver al Futuro…”. “Me parece que era eso”. Nos quedamos en silencio, en la cena, mirando el plato, intentando repasar nuestras conersaciones. Apuro mis salchichas de soja. “¿Segura que era lo de cambiar a los demás?”.

Pasan los minutos, se va el día, y escribo sobre otra cosa. Pero el tema queda rebotando adentro de mi cabeza. Y entonces algo hace click. No sé si era ese post genial que me había imaginado por unos segundos en el subte D (Catedral-Congreso de Tucumán). Probablemente iba a ser la entrada más emotiva y profunda de Semana 52, iba a ser retwitteada y compartida por padres a sus hijos en sus muros de facebook. Las abuelas hubiesen hecho copy paste en largos mails para mandar en cadena a nietos, sobrinos y ahijados, y probablemente The New Yorker hubiese levantado el texto, traducido (torpemente) al inglés, y todos se hubiesen maravillado con ese humilde corredor sudamericano.

Pero será en otra oportunidad. Forzar un tema, creyendo que es algo que el resto quiere leer (contrario a escribir sobre lo que uno quiere), está muy ligado a buscar la aceptación. Y eso es algo que, eventualmente, redunda en un estrepitoso fracaso.

No hay peor crítico que uno mismo. Por más que los demás nos subestimen y nos bajen el pulgar, cuando buscamos la aprobación de nuestros allegados, sólo estamos buscando la propia. Un señor llamado Bucay habló sobre las verdades de la vida para ser feliz, y decía que las personas son como son. Parece una tontería, pero es algo muy profundo. Tenemos que aceptarnos a nosotros mismos y al resto, y no buscar cambiar ni cambiarnos.

Sé que puede sonar irónico, justo en un blog que registra cambios físicos y habla de la autosuperación. Pero hay que mentenerse fiel a nuestra escencia. Cambiamos lo de afuera, y lo hacemos a través de nuestro temple, de nuestra fuerza de voluntad, de nuestras ganas de progresar. Eso nace de nuestro interior, si no, no se sostiene. Cuántos habrán cometido esa tontería de buscar ser más “lindos”, o más musculosos (me incluyo), creyendo que eso es lo que falta para enamorar a esa distante señorita. ¿Queremos gustarle a alguien por lo que ve en nuestro exterior, o deberíamos buscar que le guste nuestro interior? Me inclino por lo segundo.

Durante muchos años estuve disconforme con mi físico. Metía panza cuando me sacaba la remera, me daba vergüenza verme en las fotos veraniegas, y mucho de eso tenía que ver con que me veía en forma tan crítica, que creía que así me veían los demás. Probablemente a poca gente le importase que yo tuviese “flotadores”, pero era esa necesidad de aceptación la que me dominaba. Pero no empecé a correr por eso. De hecho entrené dos años antes de empezar Semana 52, cuando realmente mi cuerpo empezó a cambiar. La motivación fue otra. Y así conseguí cambios duraderos, y me sentí más orgulloso de los logros deportivos (velocidad, resistencia) que de los estéticos (de hecho hay una lista interminable de personas que me sigue diciendo “me gustabas más cuando eras gordito”).

Por eso me parece que hay que tener cuidado con nuestros motivos para entrenar. Por lo menos yo no conseguí mayor aceptación por hacerlo. Pero sé que lo hice (y lo seguiré haciendo) sin traicionar mis ideales. Así como no me preocupa tanto lo que los demás opinen del exterior, tampoco me interesa juzgar al otro por lo mismo. Valoro mucho más la sinceridad, la generosidad, el humor, y muchas otras cualidades que tienen que ver con la interioridad de cada uno. El que se esfuerza y no baja los brazos para cumplir sus objetivos merece mi mayor respeto, independientemente de los resultados que estén “a la vista”.

Y dejo para el final la situación más triste, que es cuando la gente intenta cambiar a los demás, con la intención amoldarlos a su propio gusto. Suele pasar con las parejas, pero también se da dentro de las familias o de los grupos de amigos. Que uno busque la aceptación y eso lo lleve a querer modificar actitudes y cuestiones físicas me parece una lástima (y lo sé porque lo hice varias veces, siempre con resultados nefastos). Pero cuando cuando nos aferramos a alguien con la intención de cambiarlo, me resulta una canallada. “Las personas son como son”, decía Bucay.  Cuando buscan modificarte, se personifica más que nunca el desprecio a tu interioridad. También supe estar en esta situación, abandonando análisis por una novia celosa de mi terapeuta, por ejemplo. Con el tiempo, estas cosas que uno hace forzado terminan generando resentimiento.

No hay que traicionarse a uno mismo por el otro. Uno es como es. Y al que no le guste… que busque por otro lado.

Publicado el 27 julio, 2011 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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