Archivos Mensuales: julio 2011

Semana 48: Día 334: Dolor abdominal

El “flato” es tan habitual en mi vida que me sorprende haberme tomado 48 semanas para hablar de él.

Aunque tiene un nombre que suena a otra cosa (escucho algunas risitas por lo bajo) se trata de un dolor abdominal que se siente sobre un costado, durante una carrera. Me ha pasado toda mi vida, desde que era chiquito y correteaba en el patio de la escuela. Alguna vez me dijeron que era causado por el diafragma, y con esa explicación me conformé, aunque ni siquiera hoy sé bien qué es eso (pero, en breves instantes, lo wikipediaré para ustedes).

El diafragma es un músculo que cierra por arriba (donde es convexo) la cavidad torácica (en forma de bóveda) y limita por abajo (donde es cóncavo) la cavidad abdominal. Es característico de todos los mamíferos. Cuando se contrae, se aplana y se mueve hacia abajo, los músculos pectorales menores y los músculos intercostales presionan las costillas hacia fuera. La cavidad torácica se expande y el aire entra en los pulmones a través de la tráquea para llenar el vacío resultante. Cuando el diafragma se relaja, adopta su posición normal, convexo hacia arriba; entonces los pulmones se contraen y el aire se expele. Además, al contraerse ejerce presión sobre el abdomen, y de esta manera ayuda al tránsito gastrointestinal (las contracciones espasmódicas involuntarias del diafragma originan el hipo).

El flato es el dolor abdominal que surge al realizar ejercicio físico, y aunque no se sabe con certeza a qué se debe, se cree que es un aviso del bazo antes de inflamarse. Es tal nuestra ignorancia sobre este tema, que las molestias desaparecen con la edad, y no sabemos todavía por qué. Entre las posibles causas están:

  • Aporte insuficiente de sangre al diafragma, músculo principal de la respiración.
  • Sobrecarga en los ligamentos del diafragma, originada por movimientos arriba-abajo. Si hay alimentos en el estómago este empuje es mayor debido al mayor peso del estómago.
  • Rozamiento del estómago cuando está lleno con el peritoneo (membrana muy sensible que rodea a las vísceras) que provoca irritación y dolor.

Para evitar el flato se recomienda separar las comidas 2 horas antes de una sesión de ejercicio y evitar los alimentos con mucho azúcar, grasa y sal. También beber mucho pero en pequeños sorbos, y nunca bebidas con gas. En el caso de que ya duela, lo mejor es detenerse, flexionarse hacia delante y presionar, masajeando la zona dolorosa. Allan Lawrence, autor de “Autoentrenamiento para Corredores”, recomendaba algo que siempre me funcionó: respirar profundamente (largando todo el aire), manteniendo los labios rígidos, como si silbásemos (inténtenlo en sus casas).

El flato se conoce más técnicamente como “dolor abdominal pasajero relacionado con el ejercicio” (ETAP, por sus siglas en inglés). No sólo ocurre cuando corremos, también se puede producir al nadar o andar a caballo. Aunque no hay un consenso sobre qué cosas puntuales lo provocan, se sabe que es causado por varias tensiones sobre el diafragma, que resultan en una tensión en los ligamentos que lo conectan. Cuando corremos básicamente estamos saltando arriba y abajo mientras ingresa y sale aire. Resulta que la mayoría de las personas hace coincidir en forma natural el tiempo de la exhalación con el impacto en el suelo de uno de sus pies. Cuando tocamos el piso, nuestros órganos bajan mientras el diafragma sube. Esto provoca un poco de esfuerzo sobre los ligamentos que conectan los órganos al diafragma, como son el hígado y estómago. Con el tiempo, esto causa ese dolor y contribuye con espasmos.

Una sola vez esta molestia me obligó a detenerme. Fue muy frustrante, yo estaba intentando seguir al contingente “veloz” de los Puma Runners. Era mi época de inconstancia, había vuelto al entrenamiento después de meses de no hacer mucho, y apuré el paso todo lo que pude. El flato se sentía como un round con Mike Tyson, oreja mordida incluida. Estaba bien de piernas, y creía que de aire también, pero estaba corriendo por sobre mi capacidad. Volví a sentir este dolor, y siempre lo interpreté como una señal de estar corriendo demasiado rápido. Lo resuelvo respirando hondo, largando todo el aire, y no desesperándome.

Semana 48: Día 333: Corredores célebres: Usain Bolt

De todas las biografías que han aparecido en este blog, probablemente el nombre de Usain Bolt sea el que más les suene. Este jamaiquino de tan sólo 24 años mide 1,95 m, lo que podría explicar su gran zancada que lo ha hecho acreedor de varias medallas de oro.

Apodado “Lightning Bolt” (relámpago) acaba de ser noticia al ganar en la Diamond League de Estocolmo, haciendo 200 metros en 20,03 segundos. Este tiempo demencial, sin embargo, no es su mejor marca, que se ubica en los 19,19 segundos, y es un récord mundial. Su otro hito se encuentra en los 100 metros llanos, que los realizó en 9,58 segundos.

Usain St. Leo Bolt nació el 21 de agosto de 1986 en Sherwood Content, un pequeño pueblo de Trelawny, en Jamaica. Sus padres tenían un almacén, y se pasó su infancia jugando al cricket y al fútbol con su hermano. Los deportes eran su pasión. Ya en la primaria demostró su velocidad de sprinter, y a los 12 tenía el record de la escuela en 100 metros.

En la secundaria, su instructor de cricket notó su velocidad y, muy a su pesar, le sugirió que se pasara al equipo de atletismo. Pablo McNeil se convirtió en su entrenador, quien encontró como principales obstáculos la falta de compromiso de Usain al entrenamiento y su predisposición a hacer bromas. Aunque comenzó a hacer podio en las competencias que lo tenían como concursante, sólo alcanzaba la medalla de plata, sin poder explotar al máximo su potencial. Es que el jamaiquino no estaba tan interesado en el atletismo, y se la pasaba haciendo tonterías, como esconderse en lugar de participar de las pruebas clasificatorias.

Afortunadamente el resto veía claramente las capacidades de este muchacho, y obtuvo mucho apoyo del Primer Ministro jamaiquino. A los 15 ya había alcanzado su estatura actual. La presión sobre él comenzó a ser tanta que antes de una carrera se puso las zapatillas en el pie equivocado. Esta experiencia resultó reveladora, ya que aprendió a no dejar que los nervios previos a una carrera lo afecten.

A pesar de su juventud, Bolt comenzó a cosechar medallas y a romper récords. Su forma de no sucumbir ante la presión de su país natal (que lo tenía como un ídolo indiscutido) era tomarse las cosas no muy en serio. Visitaba restaurantes de comida rápida, jugaba al basket y salir de fiesta.

En 2004 cambió de entrenador, Fitz Coleman, y comenzó su carrera profesional. Participó de las olimpíadas de Atenas en el equipo de Jamaica, pero una lesión lo retrasó y logró tiempos muy decepcionantes.

Al año siguiente llegó finalmente el momento de cambio en su vida. Era hora de tomarse el entrenamiento realmente en serio. Glen Mills se convirtió en su nuevo entrenador, y aunque logró encaminar la desordenada vida de Usain, sus lesiones lo seguían reteniendo, y a los 18 años no lograba explotar a fondo sus capacidades. Su entrenador y su manager lo presionaban para hacer distancias más largas, como 400 metros, lo cual no lo estimulaba. Pero decidió ir de a poco y adquirir experiencia.

El tiempo pasaba, y Usain acumulaba podios. Su comportamiento había mejorado, por lo que su entrenador le permitió el capricho de competir en los 100 metros en el 23er  encuentro Vardinoyianno de Rethymno, Creta. Su tiempo, de 10,03 segundos, le valió una medalla de oro y un nuevo entusiasmo por este deporte. Las medallas de plata del Campeonato Mundial de Osaka 2007 también lo motivaron a seguir esforzándose.

Sus marcas comenzaron a mejorar, lo que logró la admiración de los corredores más experimentados. En los 100 metros de la Reebook Grand Prix, el 31 de mayo de 2008, logró romper el récord mundial, haciendo un tiempo de 9,72 segundos. Evidentemente, además de una mejora física, Usain tenía ahora una ventaja psicológica sobre los otros competidores. Con esto demostró que su falta de interés en las carreras de 400 metros estaban justificadas, y se concentró en las de 100 y 200.

El 16 de agosto de 2008, en las Olimpíadas de Pekín, logró un nuevo récord mundial en los 100 metros, con 9,69 segundos. Cuando estaba llegando a la meta, levantó sus brazos en señal de victoria, y hay quienes dicen que ese gesto le restó velocidad, y que su marca podría haber sido mejor. El 20 de agosto, en la misma competencia olímpica, obtuvo el récord mundial en 200 metros, con 19,30 segundos. En las subsiguientes carreras en las que se presentó, sus marcas siguieron mejorando. Indudablemente se había ganado su apodo de “El hombre más rápido del mundo”.

En una encuesta realizada hace unos años en Jamaica, Usain Bolt fue elegido como el ídolo máximo de Jamaica, muy por encima de la leyenda de Bob Marley. Con sus 24 años y toda una vida deportiva por delante, probablemente quede mucha historia por escribirse de un hombre que, evidentemente, nació para correr.

Semana 48: Día 332: Esa maldita ceniza

Las cenizas del volcán Puyehue, que hizo erupción el 4 de junio, viajaron miles de kilómetros, imperceptibles, movidas por corrientes de aire, hasta llegar a Buenos Aires y depositarse adentro de mi nariz. Sus efectos fueron demoledores.

Nosotros, que vivimos en promedio 75 años (con suerte y vida sana), no tenemos noción de los movimientos telúricos. Bueno, mi novia sí tiene noción, porque es geóloga, y sabe que las placas tectónicas se mueven 6 cm por año, y que un millón de años es “poco tiempo” (gracias a esta percepción temporal, me permito llegar 20 minutos tarde cuando voy a verla). Aquel frío día de junio salimos a andar en bici por la reserva ecológica, en Costanera Sur. De regreso tomamos unos mates, y me dormí una siestaza en el sillón. En la otra punta de nuestro país, se generaban 230 sismos por hora, con 12 eventos de una magnitud mayor a 4,0 grados en la escala de Richter. El volcán Puyehue, en la cordillera de los Andes chilena, a 2240 metros sobre el nivel del mar, hacía erupción.

Las cenizas alcanzaron los 10 mil metros, y comenzaron a cubrir el lado argentino. Entre sueños, tirado en el sillón, escuchaba cómo en Bariloche se había hecho de noche. ¿Estaba preocupado yo? EN ABSOLUTO. ¿Acaso Bariloche no estaba a miles de kilómetros? Dos días después, un avión de Lan Chile me llevaba a Lima, Perú, para comenzar mi aventura que me llevaría a mí y a un grupo de amigos hasta el Machu Picchu. De vez en cuando miraba los mails, y leía las noticias de la ceniza volcánica llegando a Buenos Aires. Pronto empezaron a cancelar vuelos. Nos preocupamos un poco (en la escala de 1 a 10, nos preocupamos un 3). Estábamos lejos, y pasándola bien.

Volví a Argentina y aunque me querían contar qué horrible había sido vivir bajo esa ceniza invisible que generaba problemas respiratorios, me era muy difícil imaginármelo. Parecía que todos se habían vuelto detectores de humo, levantando sus narices al viento y culpando al Puyehue de todos sus males respiratorios.

Y entonces, el clima intervino. Un viento del sur trajo lluvias, y de nuevo ceniza en el aire y cancelaciones de vuelos. Pero a diferencia de otras veces, yo estaba en Buenos Aires y no a miles de kilómetros. Repentinamente sentí un dolor de garganta y de pecho, más congestión. Uno suele incubar una gripe, pero esto fue de un momento al otro. Yo quería entrenar, estaba recuperándome de la costilla (que ya no duele más), pero me sentía tan hecho polvo como la ceniza que estaba respirando.

No soy alérgico, o creo no serlo, pero este evento climato-geológico me dejó nocaut. La inahalación de ceniza puede provocar el empeoramiento de enfermedades pulmonares, asma o silicosis por exposición prolongada al aire libre. También trastornos gastrointestinales por la ingestión de agua contaminada con fluor y metales pesados como arsénico o mercurio, o por la ingesta de alimentos contaminados. Por supuesto que la peor parte se la llevan quienes están más cerca del epicentro, pero lo frustrante es esa amenaza invisible. Sólo distinguimos lo que parece una niebla, pero puede causar daños oculares, como conjuntivitis y abrasiones en la córnea.

La ceniza microscópica puede ser peligrosa cuando se asienta sobre la tierra porque las partículas inhaladas, pueden alcanzar las regiones periféricas de los pulmones y causar problemas respiratorios. Aunque se dice que esta nube invisible no es tóxica, en una exposición prolongada irrita las vías respiratorias. ¿Cómo detener a la ceniza? Bueno, parece que es imposible. Pero uno se expone mucho más a la intemperie que si se queda adentro. No pudo ser mi caso, porque tenía que salir a trabajar, pero siento que lo peor ya pasó, y después de una semana sin entrenar (de cara a la Merrell de Pinamar, nada menos), me toca volver a intentarlo y ver qué tal están mis pulmones.

No veo todos estos percances como señales que me desalienten. Al contrario, falta tan solo un mes para que termine Semana 52, y todos estos problemas hacen que esta última etapa sea más… interesante.

Semana 48: Día 331: La Cajita Infeliz

No hacía falta ver Supersize Me para saber que la comida de McDonald’s era cualquier cosa menos sana. Deliciosa, puede ser. Muy salada, también. Calórica y llena de grasas, definitivamente. Un menú de este restaurante tiene todas las calorías que una persona necesita en un día entero. Dejando de lado mi cuestión vegetariana, es incomprensible que siendo un país tan conocido por su carne, hagamos interminables colas para comer una hamburguesa de dudosa procedencia.

Recientemente la empresa Arcos Dorados fue noticia porque declaró que planea reducir en un 20% las calorías de la Cajita Feliz. Por qué ahora sucumben ante la presión de padres y organizaciones que buscan una alimentación más sana, me es desconocido. Ahora el combo infantil va a contener 600 calorías y un 15% menos de sodio.

“Nuestra empresa se preocupa por estar a tono con las tendencias y las preferencias de la sociedad y, por ello, queremos estar seguros de ofrecer productos ricos y alineados con una vida sana y equlibrada. Asimismo, continuaremos apoyando iniciativas que estimulen la actividad física”, declaró, un poco tarde, Woods Staton, presidente de Arcos Dorados.

Entre los cambios habrá un tamaño más pequeño de papas fritas para los niños, con menos de 100 calorías, y reducirán el sodio en los panes, las McNuggets, el queso y los aderezos, además de bajar el azúcar del jugo de naranja en un 40% (las gaseosas siguen iguales). Ahora bien, ¿por qué se dan estos cambios ahora y no hace 10 o 20 años? Es cierto que la tendencia de una vida sana está cada vez más de moda, pero un inminente proyecto local para prohibir (directamente) a la Cajita Feliz puede haber acelerado esta tendencia.

Antes de ser vegetariano era adicto a McDonald’s. Quienes me conocían desde entonces no pueden creer que haya dejado de comer carne. Combinaba de forma creativa hamburguesas con patitas de pollo, agrandaba siempre mis menúes, y de vez en cuando me cruzaba a la vereda de enfrente y me comía un Whopper, pero en mi cerebro asociaba esta comida con la felicidad. No era problema terminar encerrado en el baño durante largas horas. ¿Y qué es lo que metía en mi cuerpo?

La activista en contra de la obesidad, Julia Harvey, conservó una hamburguesa y unas papas fritas de McDonald’s durante 4 años. ¿Se imaginan cómo quedó esa comida? A quienes les pregunto piensan que el pan quedó mohoso y verde, la carne podrida y las papas un mejunje repugnante. Es increíble ver el video (en inglés) donde explica qué es lo que ocurrió con este menú. Se los adelanto: absolutamente nada. Mientras que ni la mejor heladera mantiene la comida tanto tiempo, estos alimentos mantuvieron por 4 años el mismo aspecto y color. El pan se endureció por la deshidratación, pero seguía igual que siempre. En un momento se decidió a conservar de la misma forma unas papas fritas caseras, que en poco tiempo se volvieron grises. Las de McDonald’s, todo ese tiempo después, seguían doradas y saladas.

Esta comida, llena de conservantes, es la que metemos en nuestro cuerpo. Si el tiempo no les hizo mella, ¿cuánto podemos digerir? ¿Cuántos nutrientes nos aportan? Me preocupa el hecho de que la solución para hacer un menú infantil sano sea reducir la porción de papas fritas. ¿Acaso los niños son tontos? ¿No van a pedir que les compren un paquetito extra?

Por supuesto que McDonald’s no es una empresa maligna que busca seducir a los pobres tontos que no saben a dónde ir a comer. La responsabilidad de tener una alimentación sana nos cabe a nosotros. Si una empresa decide tentar a los chicos con un juguete de regalo no le cabe toda la culpa de que el 17% de los chicos de EEUU tengan sobrepeso. Son sus padres los que les inculcan “premios” como cenar comida rápida. Sabemos que los niños tienen poder de influencia de compra, pero en definitiva no tienen dinero propio como para ir a comprar lo que ellos quieran.

La responsabilidad de que hagamos vida sana no pasa por lo que un restaurante ofrezca o no. Pasa por cada uno. Que una empresa como McDonald’s ofrezca estos “cambios” para disfrazarlos como un intento por ofrecer comida sana me parece un poco engañoso. ¿Por qué no ofrecer las ensaladas y el agua por un precio mucho menor? ¿Qué tal si agregan a sus combos pastas, menúes vegetarianos, más variedad de frutas para los postres, papas al horno en lugar de fritas? Una iniciativa que tendríamos que imitar es la que le impusieron a McDonald’s en España. Para que la gente elija aderezos más sanos, se decidió que se regalen los que tienen menos calorías. Pero si pedís mayonesa, se cobra aparte. Una forma de concientizar a los consumidores para que coman mejor, lamentablemente, es tocarles el bolsillo.

Semana 48: Día 330: Cambiemos el exterior, mantengamos intacto el interior

Una escena bastante habitual. Vamos con Vicky viajando en el subte, hablando de bueyes perdidos. Me tira una frase que me deja pensando. Le digo “¿Sabés una cosa? Ese va a ser el tema del post de esta noche”. “Pará de robarme”, reclama ella, con total derecho. Justifico mi plagio con una frase del estilo “Sos mi musa inspiradora”, y la conversación queda ahí porque nos tenemos que bajar.

Por supuesto, me siento al teclado y mi mente está en blanco. “Amor, ¿de qué era que iba a escribir?”. “No sé… ¿algo sobre no buscar cambiar al otro?”. “¿Te parece? Pero no le veo mucha relación a eso con el blog. Bah, si pude hablar de Volver al Futuro…”. “Me parece que era eso”. Nos quedamos en silencio, en la cena, mirando el plato, intentando repasar nuestras conersaciones. Apuro mis salchichas de soja. “¿Segura que era lo de cambiar a los demás?”.

Pasan los minutos, se va el día, y escribo sobre otra cosa. Pero el tema queda rebotando adentro de mi cabeza. Y entonces algo hace click. No sé si era ese post genial que me había imaginado por unos segundos en el subte D (Catedral-Congreso de Tucumán). Probablemente iba a ser la entrada más emotiva y profunda de Semana 52, iba a ser retwitteada y compartida por padres a sus hijos en sus muros de facebook. Las abuelas hubiesen hecho copy paste en largos mails para mandar en cadena a nietos, sobrinos y ahijados, y probablemente The New Yorker hubiese levantado el texto, traducido (torpemente) al inglés, y todos se hubiesen maravillado con ese humilde corredor sudamericano.

Pero será en otra oportunidad. Forzar un tema, creyendo que es algo que el resto quiere leer (contrario a escribir sobre lo que uno quiere), está muy ligado a buscar la aceptación. Y eso es algo que, eventualmente, redunda en un estrepitoso fracaso.

No hay peor crítico que uno mismo. Por más que los demás nos subestimen y nos bajen el pulgar, cuando buscamos la aprobación de nuestros allegados, sólo estamos buscando la propia. Un señor llamado Bucay habló sobre las verdades de la vida para ser feliz, y decía que las personas son como son. Parece una tontería, pero es algo muy profundo. Tenemos que aceptarnos a nosotros mismos y al resto, y no buscar cambiar ni cambiarnos.

Sé que puede sonar irónico, justo en un blog que registra cambios físicos y habla de la autosuperación. Pero hay que mentenerse fiel a nuestra escencia. Cambiamos lo de afuera, y lo hacemos a través de nuestro temple, de nuestra fuerza de voluntad, de nuestras ganas de progresar. Eso nace de nuestro interior, si no, no se sostiene. Cuántos habrán cometido esa tontería de buscar ser más “lindos”, o más musculosos (me incluyo), creyendo que eso es lo que falta para enamorar a esa distante señorita. ¿Queremos gustarle a alguien por lo que ve en nuestro exterior, o deberíamos buscar que le guste nuestro interior? Me inclino por lo segundo.

Durante muchos años estuve disconforme con mi físico. Metía panza cuando me sacaba la remera, me daba vergüenza verme en las fotos veraniegas, y mucho de eso tenía que ver con que me veía en forma tan crítica, que creía que así me veían los demás. Probablemente a poca gente le importase que yo tuviese “flotadores”, pero era esa necesidad de aceptación la que me dominaba. Pero no empecé a correr por eso. De hecho entrené dos años antes de empezar Semana 52, cuando realmente mi cuerpo empezó a cambiar. La motivación fue otra. Y así conseguí cambios duraderos, y me sentí más orgulloso de los logros deportivos (velocidad, resistencia) que de los estéticos (de hecho hay una lista interminable de personas que me sigue diciendo “me gustabas más cuando eras gordito”).

Por eso me parece que hay que tener cuidado con nuestros motivos para entrenar. Por lo menos yo no conseguí mayor aceptación por hacerlo. Pero sé que lo hice (y lo seguiré haciendo) sin traicionar mis ideales. Así como no me preocupa tanto lo que los demás opinen del exterior, tampoco me interesa juzgar al otro por lo mismo. Valoro mucho más la sinceridad, la generosidad, el humor, y muchas otras cualidades que tienen que ver con la interioridad de cada uno. El que se esfuerza y no baja los brazos para cumplir sus objetivos merece mi mayor respeto, independientemente de los resultados que estén “a la vista”.

Y dejo para el final la situación más triste, que es cuando la gente intenta cambiar a los demás, con la intención amoldarlos a su propio gusto. Suele pasar con las parejas, pero también se da dentro de las familias o de los grupos de amigos. Que uno busque la aceptación y eso lo lleve a querer modificar actitudes y cuestiones físicas me parece una lástima (y lo sé porque lo hice varias veces, siempre con resultados nefastos). Pero cuando cuando nos aferramos a alguien con la intención de cambiarlo, me resulta una canallada. “Las personas son como son”, decía Bucay.  Cuando buscan modificarte, se personifica más que nunca el desprecio a tu interioridad. También supe estar en esta situación, abandonando análisis por una novia celosa de mi terapeuta, por ejemplo. Con el tiempo, estas cosas que uno hace forzado terminan generando resentimiento.

No hay que traicionarse a uno mismo por el otro. Uno es como es. Y al que no le guste… que busque por otro lado.

Semana 47: Día 329: No existe mayor riqueza que la salud

Nuestro entrenador de Puma Runners, Germán, nos envía un recordatorio del horario y el lugar donde vamos a correr. Y en cada aviso nos regala una frase relacionada con el deporte, los cuidados del cuerpo y la determinación para la autosuperación. No sé de dónde las saca, tengo la teoría de que muchas las inventa con un software que combina palabras al azar, y prueba, prueba, hasta que sale algo más o menos coherente. Pero me pareció muy interesante recopilar algunas, sobre todo cuando estoy por encarar el último mes de Semana 52 y todavía estoy recuperándome de una lesión.

Para practicar el deporte de la carrera se necesita una salud plena, eso es definitivo. Pero en este mismo sentido, no existe una vía más eficaz para alcanzar el mejor estado corporal que cultivar una actividad deportiva. Son dos requerimientos que se dan la mano e impulsan a los seres humanos a una vida de total bienestar. Por eso es que decimos que no existe mayor riqueza que la salud.

Ya lo decía el filósofo Platón, “No paramos de ejercitarnos porque envejecemos, envejecemos porque paramos de ejercitarnos”. En el mismo sentido, nuestro estado corporal pleno está relacionado con nuestra actividad deportiva, además de la prevención. Quien atiende los mensajes de su cuerpo alcanzará una permanente salud. Aunque tengamos un buen asesoramiento técnico y médico que nos oriente hacia la excelencia atlética, a final de cuentas no existe mejor parámetro de bienestar físico que escuchar los avisos que nos brinda el propio organismo. En especial en situaciones de prueba de resistencia, donde se torna más imperioso poner atención a los mensajes de nuestro organismo.  Un simple gramo de prevención es más valioso que un kilo de remedio. Anticipar las posibles causas de lesiones y evitarlas por completo es preferible que soportar curaciones y hasta cirugías posteriores.

La salud no pasa sólo por el físico, sino por la cabeza. Una mente sana siempre se encuentra en un cuerpo sano. Correr no solamente purifica el organismo, llena de vitalidad los músculos y las articulaciones, sino que ademá, fomenta un estado mental abierto y dinámico. Quien lleva un estilo de vida sedentario frecuentemente padece todo tipo de molestias y fatigas, por lo tanto no puede pensar en otra cosa. Los corredores, en cambio, encuentran en la perfección de su esfuerzo deportivo el camino recto a un cabal estado de salud, que se traduce en dicha y capacidad intelectual.

Jim Rohn, autor y orador motivacional, recomendaba: “Cuida de tu cuerpo. Es el único lugar donde tienes que vivir “. A veces nos creemos invencibles, o subestimamos las situaciones en las que podemos llegar a lesionarnos. El cuidado del físico surge porque es imposible cambiarlo. Estaría bárbaro poder cambiar de cuerpo como cambiamos las zapatillas cuando se desgastan, pero no se puede. Ante una lesión hay que permitir que se cure. Lo peor que podemos hacer es generarnos una lesión crónica. Pero no hay nada de malo en que el entrenamiento nos termine doliendo. No deberíamos entrar en pánico si los músculos nos duelen luego del entrenamiento, porque eso pasa. El dolor es Temporal, el orgullo para siempre.

Semana 47: Día 328: Correr en Pinamar

Se viene la próxima Merrell Pinamar 2011. Esta será la cuarta edición en la que participaré, con el número 673 (me faltaron cinco para ser un programa televisivo oficialista). Y no voy a cancherear con que la tengo muy clara (porque estoy bastante lejos de eso), pero siendo una competencia en la que me codeé tanto con mis propias limitaciones físicas, no me pareció de más compartir algunos tips.

Primero, repasemos los consejos para cualquier carrera de aventura. No estrenar calzado nuevo. Aunque parezca obvio o poco importante, la comodidad lo es todo, y sería una lástima arruinar esta experiencia por estrenar zapatillas. Tenemos que aferrarnos a aquello que conocemos y con lo que nos desenvolvemos mejor. Unas llantas con algo de kilometraje es lo mejor, sobre todo para evitarnos sorpresas. Quizá descubramos que el calzado nos aprieta mucho, o que nos roza y nos provoca ampollas. En un terreno tan variado como Pinamar, no podemos dejar nada librado al azar.

Una correcta alimentación, tanto antes como durante de la carrera, y una buena hidratación. De nada sirve haber entrenado duro para correr sin desayunar, o con resaca (una forma de estar deshidratado). El cuerpo necesita combustible, del bueno. Conviene evitar la fibra desde el día previo para no tener problemas gástricos en el trayecto. Y aunque hay puestos de hidratación, si vamos a correr los 27 km enteros nos conviene tener nuestro propia mochila con agua, para ir regulándolo nosotros. La bebida se entrega en tres instancias repartidas durante el camino, y quizá necesitemos tomar justo en el medio de un tramo.

No crean todo el marketing alrededor de la Merrell. En el proshop que se arma el día anterior hay muchísimos productos a muy buen precio, mucho de los cuales nos van a simplificar la odisea. Pero nadie va más rápido o más lento si no tiene el último camelback. Me acuerdo del speech de “compren anteojos de sol para protegerse de los rayos UV y de la arena”. Esas fueron la menor de mis preocupaciones cuando corrí. Hay que ir juntando consejos, para después poder ignorarlos todos y hacer la propia experiencia. Eso es lo que vale.

La arena es un terreno bastante noble para correr en el sentido de que repercute poco sobre las articulaciones, pero esa absorción del impacto es también su peor cara. Nos vuelve más lentos, cada paso requiere más esfuerzo, y lo empezamos a notar en los cuádriceps que parecen arder en llamas. El ascenso en los médanos es agotador, pero las bajadas son muy divertidas. Nos podemos tirar casi de cabeza, que a diferencia de Tandil y sus piedras, en la arena no nos va a pasar nada.

Para subir una cuesta, lo mejor es buscar las pisadas de los corredores anteriores. Ahí el suelo está más compacto, y resulta más fácil avanzar. Las polainas pueden ser una buena opción para que no entre arena en las zapatillas. No notamos cuando ingresa, pero de a poco se acumula en la punta y empieza a apretar los dedos del pie. Pronto vamos a notar como si en cada zancada estuviésemos pateando adoquines. Frenar para vaciar el calzado nos quita preciosos segundos, y es bastante fastidioso.

En los puestos de control, donde hay agua o gatorade, se suelen formar embotellamientos de corredores, que se desesperan por ser los primeros. La organización no es tonta, y asigna a varias personas para entregar bebidas o frutas. Siempre la gente se atropella por recurrir a los primeros voluntarios, cuando los del final siempre están solos, y ansiosos porque alguien se acerque a ellos. Hagámosle un favor y también uno a nosotros, para seguir descontando segundos.

El clima ha sido bastante extraño para mí. En las tres ediciones en las que participé, siempre hizo calor. Esta vez se realiza el domingo 7 de agosto, habrá que ver si el frío cede. Pero si no lo hace, tenemos que evaluar la posibilidad de tener que correr con frío, o algo de lluvia. Si nos pasa, espero que no sea la primera vez en nuestras vidas. El entrenamiento con frío o en días lluviosos tienen que ver con que nunca vamos a poder anticipar el clima de una carrera, así que lo mejor es nunca dejar de entrenar, ya que desconocemos en qué circunstancias va a estar el clima de la carrera (y convengamos en que siempre preferimos cancelar un entrenamiento, pero jamás nos bajaríamos de una competencia). Y si en lugar de frío hace calor, no está de más ponerse protector solar. Quizá el sol no esté fuerte en agosto, pero me ha pasado de subestimar a este astro porque estaba nublado, y terminar rojo como un camarón.

Lo más importante, hay que disfrutar de esta competencia. Las carreras de aventuras sirven para disfrutar del paisaje. La Merrell de Pinamar tiene muchísimos terrenos, desde el asfalto de la largada, la costa, los médanos, el bosque (con suelo de arena), el club de golf… En un equipo de postas recomiendo la tercera; me parece la más variada y divertida.

Correr con resaca es una de las estupideces más grandes que cometí en mi vida. Estaba convencido de que una borrachera de viernes no iba a tener consecuencias el domingo. Pero hice que mi pobre hígado tuviese que filtrar toda mi sangre alcoholizada, lo que le quitó rendimiento a mi propia oxigenación. Corrí con mucha frustración, parando de tanto en tanto. Jamás una carrera se me hizo tan larga. Ahora, un año después, me intriga mucho ver cómo influye en el resultado haber abandonado el alcohol. En 2010 quería llegar en 3 horas o menos, objetivo que no pude cumplir por una enorme diferencia. En esta edición quiero volver a ese compromiso, a ver si esta vez lo puedo cumplir.

Semana 47: Día 327: El running y el medio ambiente

Hay una constante, que no llega a ser una generalidad pero sí está muy conectado, y es hacer deporte al aire libre y cuidar el medio ambiente. Algo de esto explica por qué los mismos deportistas no ven con buenos ojos algunas prácticas, como las carreras con vehículos impulsados con hidrocarburos, por la emanación de gases.

En el caso particular del running, veo con buenos ojos cómo los corredores son conscientes del otro y el lugar que los rodea, y tienen la sana costumbre de no contaminar. En cualquier ámbito producimos basura, con alarmante velocidad. Basta con ver qué tan rápido llenamos la bolsa de basura en casa. En los Puma Runners no somos excepción, y siempre generamos espontáneamente botellas de plástico vacías, envoltorios de golosinas, corazones de manzanas, cáscaras de bananas, y un sin fin de cosas que no tienen mucho uso (y por eso les llamamos “desperdicios”). Por suerte en la plaza donde entrenamos y elongamos hay tachos de basura, y más de uno, como para poder elegir el más cercano.

De chiquito me inculcaron no ensuciar la calle. Recuerdo ir de la mano de mi abuela, paseando por el barrio de San Martín. Estaba de visita mi tío abuelo, Amador, dueño de un supermercado en Mendoza. Mientras caminábamos bajo la sombra de los árboles, él nos detuvo en seco, y señaló el suelo. “¡Cuánta porquería que tira la gente en la vereda! Si cada uno se guardase sus papelitos y los tirase en su casa, las calles estarían limpias”. Su lógica me resultó incuestionable, y le debo a ese hombre mi despertar ecológico. Realmente, ¿la solución no es que cada uno se haga cargo de su basura? Desde entonces me guardo cualquier papelito en el bolsillo, y me deshago de ellos en mi casa o en los miles de tachos que hay por toda la ciudad. Intento, además, inculcarle esto mismo que aprendí a otras personas, con diversos grados de éxito. Yo respetaba mucho a Amador, quizá si me hubiese hablado bien de la medicina con la misma vehemencia, hoy sería doctor. Por ahí eso explica que yo no tenga el mismo impacto.

En las carreras, me incomoda un poco llegar a los puestos de hidratación y ver que los corredores tiran las botellas o los vasos al piso, una vez que ya tomaron. Me tranquiliza pensar que la organización se encarga de limpiar todo, pero sé que los que vienen atrás se tienen que topar con la basura que generan los de adelante. Entonces intento encontrar un tacho en el camino, o arrojar los desperdicios donde no molesten, pero que tampoco queden escondidos y lo pasen por alto durante la limpieza.

Siempre creí que todos los corredores eran responsables con el medio ambiente. No por nada necesitamos respirar aire puro para poder correr mejor, y no queremos andar saltando o esquivando basura. Las carreras de aventura son en la naturaleza, y la gran mayoría preferimos recorrerla intacta, con el mínimo de influencia del hombre. Pero hace poco comprobé un acto de desinterés por el prójimo. Estábamos haciendo cuestas en las escaleras de Martín y Omar, una calle de Zona Norte. 70 escalones fatales, ideal para prepararnos para la Merrell Pinamar. Entonces llegó el puntero de otro grupo de entrenamiento, con una botellita en la mano. Mientras subía, tomó el último sorbo y arrojó el recipiente a un costado, en una cantera con pasto y plantas. Con la misma despreocupación que en una carrera, como si aquí también viniese alguien atrás a limpiar. Nos sorprendió a todos, no podíamos entender esa falta de consideración (yo nunca llegaría donde está entrenando otro grupo y les tiraría basura a un costado). Alguien le hizo una observación, del tipo “Che, se te cayó la botella”, y este ser humano devolvió una mirada de pocos amigos y gruñó algo que parecía klingon.

Desafortunadamente abunda la gente a la que no le interesa mantener la limpieza, o que no quiere hacerse cargo de su propia basura, o que nació en cuna de oro y cree que siempre llega alguien de una casta inferior a hacerse cargo del orden. Afortunadamente también abundan los que cuidan los espacios comunes, y conscientemente o automáticamente, intentan no ensuciar.

A nadie le gusta vivir en medio de la mugre, y nos quejamos (con razón) cuando una zona pública está sucia. Si cada uno pudiese hacerse cargo de lo propio, como me dijo Amador hace más de 20 años, no tendríamos muchos motivos para quejarnos. Pero de algo estoy convencido: lo que yo hago hace una diferencia. Chiquita quizá, pero me doy cuenta de la cantidad de basura que genero en un día, que si eso está en la calle y no en el tacho de mi casa, se nota. Y si mantenemos la cadena y vamos haciéndonos cargo del desorden propio, cada día vamos a poder correr en lugares más limpios.

Semana 47: Día 326: La incertidumbre de la carrera

Imaginemos a un corredor perfecto. Su zancada es óptima, sus músculos trabajan perfectamente en sincronía. Sabe qué comer antes, durante y después. Su mente está absolutamente afinada y puede darse cuenta de a qué velocidad está corriendo y cómo aumentarla al acelerar el paso. Tan a punto está que sabe con exactitud a qué hora va a cruzar la meta. Este corredor, además de que no existe, jamás va a sentir incertidumbre, al punto de que no va a encontrar mucha motivación para correr.

Seamos honestos, ¿alguna vez alguien está seguro de qué tiempo va a hacer? ¿Queremos realmente saber en qué puesto vamos a llegar? Podemos ponernos objetivos, intentar alcanzar algún tipo de marca, pero justamente ese desconocimiento es lo que nos moviliza. Queremos lograr algo, y nos lanzamos a averiguar si somos capaces, si lo vamos a conseguir.

Si nos mentalizamos en terminar una carrera, a menos que nos caiga un meteorito en la cabeza, pocas cosas nos lo van a impedir. Durante la última Merrell de Tandil, Marcelo me dijo “Mi objetivo es llegar entre los primeros 500”. Yo le dije que me contentaba con mejorar mi marca anterior, de 3 horas 45. Durante la competencia no teníamos reloj, y cuando veíamos a alguien de la organización le preguntábamos cuánto faltaba, qué distancia quedaba por delante. En el fondo sentíamos esa incertidumbre, un cosquilleo en la panza, las “ganas” manifestadas. Corríamos pensando en nuestros objetivos personales, sin saber con qué nos íbamos a encontrar. Llegamos a la meta a pocos minutos de las 3 horas, y al día siguiente vimos que estuvimos entre los primeros 100. Esa sorpresa, haber superado nuestras expectativas, fue una felicidad muy grande.

Con casi todas las carreras pasa lo mismo. Sea de la distancia que sea, me pongo un objetivo y salgo a intentar alcanzarlo. Puedo fracasar o no, eso no importa, pero justamente intentar averiguar de qué somos capaces es una de las formas más simples de motivarnos. Es como en las películas, cuando en el punto de giro del primer acto se plantea el conflicto, y avanzamos todo el segundo acto con la incertidumbre de si lo va a lograr o no. En el tercer acto nos enteramos finalmente si lo consigue o no, sea quedarse con la chica, salvar el puente para que no caiga en manos enemigas, o destruir a la Estrella de la Muerte. Las carreras son nuestras propias películas, lo que importa no es tanto la resolución, sino el camino, cómo intentamos nuestro triunfo personal.

A qué hora crucemos la meta o en qué posición lleguemos es anecdótico. Lo jugoso es cómo llegamos del punto A al B. Y sólo lo vamos a averiguar poniendo el cuerpo y avanzando paso a paso. Si supiéramos exactamente cómo y cuándo vamos a llegar… ¿correríamos con las mismas ganas?

Semana 47: Día 325: Los últimos metros

Algo que me fascina del running es que puede usarse como alegoría para la vida. Muchos hablan de “andar” o “caminar” cuando quieren referirse al hecho de adquirir experiencia en la vida. Cuando vamos por la vida a los tumbos, con muchos compromisos y poco tiempo, decimos que estamos “a las corridas”. “No parás un minuto” y “Estás a full” son otras expresiones que aluden al movimiento y a una rutina ajetreada. Incluso cuando los legisladores se pasan horas debatiendo una ley, se habla de “maratónica sesión”. Y cuando en los canales de cable dan la misma serie todo el día, le dicen “maratón”.

Cuando empecé Semana 52, allá en los primeros meses, comparé este plan de entrenamiento de un año con los míticos 42 km. Me gustaba la idea porque me ilusionaba eso de convertirme en un maratonista; era algo que me parecía muy lejano. Si usara la misma alegoría, ahora iría por el kilómetro 37, a poquísimos metros del 38. Faltaría tan poco, que casi podría ver la meta. A veces visualizar tu destino te da el empuje anímico para terminar.

La motivación que encontramos progresando en el running es algo que se puede aplicar en nuestro día a día. Así lo descubrí con este blog. Indudablemente encontré una organización mental que me ayudó a ver las cosas de otra manera. Si cambiar mi cuerpo era cuestión de constancia, disciplina y paciencia, ¿cómo no va a funcionar eso para cambiar mi mente? No me engaño, dedicarme a entrenar en serio no me solucionó la vida. Me sigo angustiando, a veces me pongo muy ansioso, y si no llego a fin de mes me frustro tanto como cualquiera. Pero encontré que hay una fórmula para mejorarse, algo que depende de uno, y eso me volvió un poco más optimista con la vida.

Ya tengo bastante avanzada la planificación de estos “últimos metros” de Semana 52. Tengo el pasaje Buenos Aires-Madrid (con escala en Santiago de Chile) y el de Madrid-Atenas. Está por llegarme un reloj con GPS, y tengo bastante ablandadas mis zapatillas nuevas. Imaginando cómo sería correr por Grecia, se me ocurrió que actualizar el blog podía llegar a ser engorroso si quería hacerlo varias veces en el mismo día, así que 11 meses después de empezar este proyecto abrí una cuenta en Twitter, @semana52 (dicen que nunca es tarde, ¿no?). Vamos a experimentar un poco, a ver qué pasa.

También tengo en vista la Merrell de Pinamar, que va a ser más una vacación que otra cosa. Todavía estoy recuperándome de mi lesión en el pecho, así que estoy entre esa actitud de no aflojar y de tomarme las cosas con calma. Sigo corriendo, porque me hace bien y lo necesito. Me está pasando de correr el subte o el colectivo, sentir mis pies en movimiento, la respiración medida y toda esa tensión del entrenamiento, y pienso “por fin”. Sí, soy feliz con tan poco…

Sigo avanzando, haciendo mi camino, en estos metros finales. Quedan 5 semanas y obviamente, tan cerca de la meta, lo último que quiero hacer es aflojar.

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