Archivos Mensuales: junio 2011

Semana 44: Día 303: Tan importante como las abdominales: las lumbares

Semana 52 derribando otra vez mitos (hacía rato que no lo hacíamos): Si queremos la cubetera, con hacer ejercicio de abdominales no alcanza. Lograremos fortaleza, que nos servirá para muchos deportes, entre ellos el running. Pero el secreto para el six pack es una dieta reducida en grasas y mucho aeróbico.

Tener abdominales tonificados es la obsesión número uno, pero es fácil olvidarse del equilibrio. Las lumbares son igual de importantes; unen el tren superior e inferior, y son el sostén fundamental que permiten una ejecución adecuada de la mayoría de los gestos deportivos. Ya corriendo se tonifican, pero también reciben mucha tensión y carga (ni hablar de en el gimnasio), así que es recomendable no olvidarse de ellas. Hay zonas antagonistas, como el pecho y la espalda o el bíceps y el tríceps, que tienen que compensarse con el mismo grado de entrenamiento. En el caso de los abdominales pasa lo mismo: no podemos hacer que solamente el vientre esté tonificado y dejar de lado la parte lumbar.

Es común que por un deseo estético se entrene particularmente el abdomen, y poco o nada los músculos de la zona baja de la espalda. Esto genera un desequilibrio, ejerciendo un efecto de tiro hacia delante. O sea, disminuimos la resistencia, desviando tensión a la parte lumbar, desencadenando dolores y quizá hasta una lesión, como hernias discales. Los problemas se dan por una descompensación, que genera una postura forzada, en la que la columna vertebral se desplaza hacia adelante.

Los músculos lumbares son pequeños, por lo que es fácil sobreentrenarse. Además de evitar el desequilibrio, el entrenamiento de esta zona posterior sirve para eliminar las reservas de grasa que pueden depositarse en esta parte del cuerpo. También, con el desarrollo muscular, protegeremos este sector de la espalda baja, que aguanta todo el día una constante presión.

¿Cómo entrenar los lumbares? Primero, hay que dejarlos par el final, ya que durante otros ejercicios actúan sosteniendo la posición del cuerpo en dos patas. Lo ideal es optar por rutinas isométricas y no dinámicas, con contracciones lentas, mantenidas estáticamente durante algunos segundos, preferentemente con el propio peso del cuerpo. La alta velocidad o los rebotes en la ejecución no es adcuado, ya que aumenta el riesgo de patologías de columna.

Un ejemplo para ejercitar las lumbares, y que me ha dado buen resultado, es acostarme boca abajo, con las manos a los costados de la cabeza, y levantar el torso, sosteniendo la posición durante 5 segundos. Esto lo repito 10 veces. Otro es acostándose sobre la espalda, con las piernas flexionadas, y subir la pelvis, haciendo tensión con el abdomen y los glúteos. Así se forma un arco, que hay que sostener durante 10 segundos, y repetir 10 veces.

Existen otros ejercicios lumbares, que no requieren el uso de pesas ni aparatos. Lo importante es darles su verdadera importancia, y encontrar el equilibrio, para no olvidarlos si sobreentrenarlos.

Semana 44: Día 302: Buscando gimnasio

Estoy a ocho semanas de terminar el año de entrenamiento. Dos meses en los que quiero afilar el lápiz. Con el viaje a Perú, sumado a que mi base de operaciones (la casa de Vicky) cambió, abandoné el gimnasio. Tengo un par de mancuernas con las que estoy manteniendo lo que gané de bíceps y tríceps, pero me está haciendo falta profesionalizarme.

En el comienzo de Semana 52, la musculación comenzó en mi casa. Orientado por mi entrenador, Germán, empecé dándole mucha importancia a los hombros. De a poco, se fueron desarrollando, mientras perdía peso a lo pavote. Fui ganando fuerza en los brazos, y lo noté cuando mis flexiones dejaron de ser las más lastimosas del mundo.

Cuando empecé a ir a un gimnasio, conseguí uno de esas cadenas (que empiezan con S y terminan con portclub) gracias a un amigo que me consiguió un importante descuento. Aún así no era barato (al menos para mi economía), pero los servicios eran muy buenos. Tenía varios niveles, pileta climatizada, máquinas nuevas y en buen funcionamiento, buen servicio de limpieza, y no uno, ni dos, sino seis plasmas, sintonizados en diferentes noticieros, canales de deportes y el Fashion TV.

Luego comencé mi relación con Vicky. Muchos me aseguraron que Semana 52 moría el día en que me pusiera de novio. No ocurrió, aunque es cierto que empecé a pasar mucho más tiempo con ella, frecuentando su barrio. Fue entonces que me vi en la necesidad de encontrar un gimnasio que me quede más a mano. El tema del entrenamiento es que muchas es un fino equlibrio entre la rutina, el presupuesto y la motivación.

Así fue que me puse a buscar algo más a mano, que no me quitase tanto tiempo y que no se saliese de mi presupuesto. Intenté con la otra cadena, esa que suena parecido a Megatrón (villano de Transformers), pero requería que pagase seis o doce meses por adelantado. Puedo comprometerme con una mujer, pero ¿con un gimnasio? Para colmo me fastidió un poco que entré en esta sede a preguntar el precio de la cuota, y no me lo querían decir. Me hicieron llenar una planilla, me explicaron los veinte mil beneficios que tenían, pero de costos, nada. Pregunté varias veces, y siempre me mencionaban algún servicio extra de tal o cual plan, o me ofrecían hacer una recorrida por las instalaciones. Finalmente confesaron la pequeña fortuna que costaba su membresía.

Opté por hacer la prueba en un gimnasio más “de barrio”, de esos por los que pagaba 20 pesos para tener acceso full (me avisan que me quedé en el tiempo y que eso no existe más). Cruzando, enfrente de departamento de Vicky, hay un Planet Fitness, que es más austero que las otras cadenas, pero casi igual de cara. Así que estaba medio en la misma.

Cuando me iba a rendir y a pagar lo que me pidieran, me crucé con lo que buscaba. Esos gimnasios con olor a club, que no se preocupan tanto por la estética, ni tienen seis plasmas (lástima, me voy a perder la resolución del reality de pintores que daban en el Fashion TV). Las máquinas están bastante bien, aunque alguna da la impresión que si me raspa podría darme el tétanos. Pero es la opción que necesito: entrenar sin ataduras, por si el día de mañana cambio de barrio y necesito empezar de nuevo. Hay diferentes motivos para elegir un gimnasio adecuado. En mi caso responde a cercanía y comodidad. Si es un lugar ostentoso o no, me da bastante igual. Después de todo, el Indio Solari lo puso muy bienuna vezz: el lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistó.

Semana 43: Día 301: Mejor que correr es haber corrido

No niego que la experiencia de correr es gratificante. Se superan barreras, se estimula todo el cuerpo, se liberan endorfinas. Pero generalmente nos exigimos y sometemos a nuestro organismo a un gran estrés. El ultramaratonista Dean Karnazes recuerda que su entrenador, Bernard Emil Weik II, le preguntó cómo se sentía después de haber ganado una carrera de kilómetro y medio. Cuando él le contestó que muy bien, su mentor le respondió “Entonces no te esforzaste lo suficiente. Se supone que tiene que dolerte un montón”.

Alejandro Dolina dijo una vez que mejor que escribir es haber escrito. Me gusta extrapolarlo a otras actividades de la vida. Mejor que correr es haber corrido. Está bueno competir y entrenar, pero mucho mejor es terminar una carrera.

En esto suelo pensar durante una competencia. Lo tenía muy presente durante los 7 km de Kleenex. Hacía frío (2 grados bajo cero de sensación térmica) y me costaba mucho respirar por la congestión. Arranqué fuerte, para separarme lo más posible del malón, y no pude sostener ese ritmo. Me dolía el costado (típica señal de que estaba respirando mal) y como en todas las carreras, quería terminar de una vez. Esa sensación de “qué hago acá, terminemos de una vez con esto” la he tenido en otras distancias. Es la mente la que quiere acabar con el suplicio, y se activa de acuerdo a los kilómetros hasta la meta. Si estamos en medio de una maratón, recién puedo llegar a sentirlo a los 30 km. Si es algo más corto, como la San Silvestre, también lo voy a sentir, sólo que mucho antes.

Y todo el sufrimiento, la ansiedad por terminar, e incluso los dolores, desaparecen al llegar a la meta. No importa el cansancio, que creamos que llegamos al límite. Ya divisar la llegada, un shock de energía corre por nuestro cuerpo. Este estímulo emocional (que impacta en lo físico) y nos da fuerzas para un sprint final.

Cada vez que sobre los últimos metros me sentí pésimo, al cruzar la línea de llegada, todo terminó. La sensación es generalmente la misma, una especie de entumecimiento, como si estuviésemos en paz absoluta. Y la alegría del objetivo cumplido. Alguna vez he pensado “no sé de qué me quejaba, no fue tan terrible, y me quedan energías para un poco más”. Ahí puedo llegar a cometer el error de creer que me podría haber esforzado más, que tendría que haber corrido más rápido, pero la verdad es que cuando corremos estamos escuchando a nuestro cuerpo. Lo que hicimos durante la carrera ya quedó en el pasado, y más que pensar en lo que hicimos o dejamos de hacer, conviene adelantarse a la próxima competencia, en la que podamos incorporar eso que aprendimos.

Semana 43: Día 300: Apodos para corredores

Es casi un objetivo intrínseco tener un apodo si uno forma parte de un grupo. Generalmente surge de defectos (“El Sordo”), características físicas que no son comunes a otros miembros (“El Negro”), o chistes internos que pocos manejan (“El Conejo”).

Cuando Martín Casanova se unió a los Puma Runners, estaba muy preocupado porque pasaban los meses yno tenía apodo. Era claro que había poca interacción con el grupo de su parte. Más tarde tuvo un nombre, y entendió eso de “cuidado con lo que deseas”. Pero no nos adelantemos. En sus inicios se esforzaba mucho,le costaba bastante progresar. Le ponía mucha garra, y le hubiese encantado un apodo relacionado con eso. “Huevo”, “Titán”… algo en ese calibre.

Los grandes corredores tienen algunos alias que son verdaderamente fantásticos. A Dean Karnazes le dicen  “El hombre más sano del mundo”. Yiannis Kouros es también conocido como “El Sucesor de Filípides”, y hasta algunos le llaman “Dios del Running”. A Usain Bolt le han puesto “Relámpago” (Lightning Bolt), o “El hombre más rápido del mundo” (faltaría aclarar “con toda modestia”).

Y Martín Casanova, que tenía algunos temitas de inseguridad, no tenía ninguno, y estaba a la espera de que el destino lo ayudase con un apodo, signo de integración y camaradería.

La leyenda contará que en un viaje a la Merrell de Pinamar, los miembros del grupo viajaron en patota. Compartían las compras en el supermercado, salidas, nafta, peajes, y luego dividían todo “a la romana” (en partes iguales y que sea lo que Dios quiera, cosa que llenaría de orgullo al Che Guevara). Casanova, vegetariano empedernido, estaba en desacuerdo con esta práctica. Mientras el resto gastaba fortunas comprando cadáveres animales para después incinerar en la parrilla, él comía sándwiches de lechuga y tomate. Pidió hacer una excepción al reglamento, y fue aceptado a regañadientes.

En ese momento otros empezaron a pedir también excepciones. “Yo comí sin mayonesa” dijo alguno, para burlarse. Estaba naciendo una leyenda. Lo que ocurrió fue que el grupo lo tomó como un miserable amarrete, al que no le gustaba la mayonesa (!). Faltaba poco para que surgiera el apodo.

En la Merrell de Tandil se repitió el viaje en patota, compartir gastos. Ante una desconocida, una integrante del grupo empezó a presentarnos a todos. “Este es El Gato, él es El Conejo, y él…” y se detuvo unos segundos en Casanova. La situación requería continuar la temática animal, y la única referencia que se tenía de él es que era “tacaño”, así que el apodo elegido fue “…El Rata”.

Pocas veces un nombre se impuso tan rápido y se extendió a tanta gente. Alguno entenderá que era una buena señal, que significaba que lo notaban. Era una señal de que se estaba integrando, aunque el apodo fuese tan poco feliz.

De regreso, le comentó el hecho a sus amigos (de esos que no corren, ni se ponen apodos entre sí). Le preguntaron, para consolarlo, cómo quería que le llamen. “El Grosso”, contestó. Ese apodo no se impuso, pero denle tiempo.

Uno no elige cómo lo va a llamar el resto (a menos que uno se decida por algo tan extravagante como “Chatarra”). Es algo que el grupo lo define, y uno tiene poca injerencia. El apodo de Martín Casanova poco tenía que ver con su desempeño deportivo, cosa que sí pasa con aquellos admirados corredores célebres. Pero estos atletas no buscaban la gloria, les llegó y la gente respondió ante eso. El deseo de “El Rata” era un poco más humilde: pertenecer. Y, por más que le pesen las connotaciones de ese apodo, ya era parte indiscutida de su grupo.

Semana 43: Día 299: Los 7km de Kleenex

Por suerte se alinearon los planetas, y casualmente en el día 300 de mi entrenamiento tuve una carrera. Venía super-oxigenado de Perú, entusiasmado por haber vuelto a entrenar con mi grupo, y con ganas de estrenar mis guantes primera piel en una competencia. Una forma de festejar este número mítico a lo grande.

Pero, por supuesto, aunque uno planee las cosas, no siempre salen como uno las imagina.

Quizá exagere, pero esta mañana me pareció el día más frío del año. Nos juntamos con los Puma Runners a desayunar. Generalmente conseguimos inscripciones gratis por ser auspiciados por la marca del pumita, y siempre pasa que corro con el chip de otra persona. No es la muerte de nadie, pero tampoco está bueno terminar con un tiempo y que en el excel de los resultados aparezca algo completamente distinto. Esta vez, desayuno mediante, teníamos tiempo de organizarnos, repartir los kits, y evitar que yo me vuelva a quejar.

“¿No hay chip?”, pregunté. “No, para esta carrera no hay”, me respondieron con total seguridad. No es la primera vez que participo en una competencia donde es uno el que tiene que controlar su tiempo de llegada. Eran relativamente pocos kilómetros, así que no me sorprendió.

Nos abrigamos y salimos hacia la largada, en Monroe y Figueroa Alcorta. La policía ya estaba controlando y cercando las inmediaciones de la cancha de River, para el partido que significaría su descenso a la B Nacional. El conductor que nos llevó hasta la carrera, nuestro amigo Mak y fanático del millo, tenía muy pocas esperanzas para su equipo.

Tenía mis dudas si correr en pantalón corto o no. Tuve un momento de iluminación, y antes de bajar me puse unos calzoncillos largos de lana. No son tan glamorosos como unas calzas, pero abrigan y es lo que importa. Cuando tomé contacto con el exterior, entendí que estaba tomando la decisión correcta. No sé cuánto marcaría el termómetro, pero se sentía como si uno fuese a escupir cubitos de hielo. Trotamos para entrar en calor, estiramos un poco y fuimos a la salida. Es importante tratar de salir adelante, sobre todo si no tenemos chip que nos descuente el tiempo que tardamos en pasar por debajo del arco.

Como siempre, comenzaron antes las categorías especiales, acompañado de un aplauso enguantado del resto de los corredores. A las 9:30 de la mañana, el cronómetro llegó a cero, y largamos. Después de ese fastidioso embudo en el que uno recibe no menos de cinco codazos y empujones, encontré una abertura y empecé a correr, con zancada larga y acompañando con los brazos. ¿Cuánto tiempo aguantaría ese ritmo? No demasiado.

El frío era tal que me lloraban los ojos. A los pocos metros noté que me costaba respirar. Estaba congestionado, y no ingresaba el aire suficiente. Si inspiraba por la boca me arriesgaba a enfermarme de la garganta, así que aguanté todo lo que pude. Pasé el km 1 a los 3 minutos, 30 segundos. Si sostenía esa velocidad, haría la mejor carrera de mi vida. Mi objetivo era llegar abajo de 28 minutos, y si empezaba fuerte, tenía margen después.

Pero respirar era muy dificultoso. No tenía frío, eso era algo. Crucé el km 2 a los 7:20, eso significaba que mi velocidad había bajado bastante. Nada alarmante, necesitaba concentrarme en encontrar mi ritmo y mantenerlo. Pero en cada control, el cronómetro me señalaba que iba un poquito más lento. En el km 3 me acostumbré a mi nariz tapada o se destapó un poco, porque empecé a respirar con más naturalidad. La ruta de la carrera era muy conocida por mí, en la zona de los lagos de Palermo. Por esta etapa noté que el cordón de mi zapatilla izquierda se había desatado. Los segundos contaban, así que decidí no darle importancia (y no pisarlos).

No estaba seguro de si aumentar la velocidad o aguantar hasta ver la meta. No encontraba tampoco ningún corredor para “sentarme” e ir a su ritmo. O los pasaba, o me pasaban y los perdía de vista. Reconozco que correr en la calle me gusta. Es una experiencia muy diferente a las carreras de aventura, pero siento que el paso es seguro, sin riesgos a torceduras o tropezones.

Crucé el km 6 a los 24:30. Si sostenía esa velocidad crucero, no iba a cumplir mi meta. Empecé a aumentar la zancada. Tenía que hacer la misma velocidad de cuando arranqué. ¡Muy difícil! Esperé al sprint para cuando viese la llegada. Comenzó a asomarse atrás de una curva, y piqué. Con todas mis fuerzas. No podía distinguir qué decía el cronómetro. Cuando estaba a unos 20 metros, vi que marcaba 28 minutos exactos. Pasé por debajo del arco 5 segundos después.

Estaba feliz y atontado, esa típica sensación que uno tiene al llegar a la meta. Me dieron agua helada, y me recordó a las botellas calientes que repartían el 31 de diciembre en la San Silvestre. Mientras avanzaba, intentando pelar una banana con guantes, veía que los otros corredores llegaban y entregaban su chip. Sí, era con chip. Recibimos un mal dato, y ninguno podrá contabilizar su tiempo. Por suerte llegué justo antes que una mujer, así que entre lo que indicaba el cronómetro y ese dato, me sirvió para ubicarme y calcular mi carrera en 28:03 neto. Creo que en la general hubiese llegado en la posición 60, así que, aunque no logré mi objetivo por 4 segundos, me siento bastante orgulloso con este resultado.

Afortunadamente los calzoncillos largos me protegieron en la post-carrera, mientras esperaba la llegada del resto. Mientras corro no suelo tener frío en las piernas, pero el tema con estas temperaturas es cuando uno deja de hacer actividad física. No hay que subestimar al invierno.

Cuando nos juntamos todo el grupo, nos fuimos a hacer un segundo desayuno, esta vez con sanguchitos de miga. Charlamos, nos divertimos un rato, y sin que nadie lo supiera, festejamos 300 días de entrenamiento.

Faltan sólo 64 para el final de las 52 semanas…

Semana 43: Día 298: Combatiendo al frío

Por primera vez en mi vida realmente estoy corriendo con frío.

Antes me quedaba en casa, calentito, mirando alguna película. Públicamente maldecía al clima, y juraba volver apenas subiera el termómetro por arriba de los 15 grados. Con el compromiso que asumí en Semana 52, intento no saltearme el entrenamiento. Más que una obligación, aprendí a disfrutarlo mucho más que antes. Pero me encontré con la novedad de correr hasta que se te congelan las orejas, y las manos quedan entumecidas.

Hoy por la mañana fuimos a correr. Pocas veces sufrí tanto la temperatura. No me molestaba tanto en el cuello o en la cara. Ni siquiera en las piernas, estoy muy acostumbrado a los pantalones cortos, llueva, truene o caigan meteoritos. Sin embargo, me sorprendió el dolor que sentía en las manos, especialmente en nudillos y el dorso. Generalmente me aguanto con una remera, y hasta he corrido en musculosa. Hoy tenía mangas largas, pero no me las podía estirar como para hacer la gran tortuguita y meter mis pobres dedos adentro. Corrí una hora y media jurando que me iba a comprar guantes.

En una reciente expedición hacia la Costanera Sur descubrí un vendedor callejero que vendía montones de excelentes artículos para corredores. Este personaje siempre visita las carreras de calle que se hacen por Palermo o Puerto Madero, con su mantita y precios accesibles. Antes de viajar a Perú lo conocí, y le compré un pañuelo de esos que son un cuello sin costura. Realmente son increíbles, muy adaptables, y no retienen tanta humedad si uno se lo pone tapando la boca. Distinto es con los que son de polar, que se van mojando con la transpiración y el vapor de la respiración. Este hombre también vendía unos guantes a los que llamaba “primera piel”. Eran muy finos, y según él muy abrigados. Cometí el error de no comprárselos porque era un modelo femenino. En eso pensaba hoy, mientras se me congelaba la sangre que corría en mis manos.

El consejo que siempre escucharemos cuando entrenamos en el frío, es no perder el calor. Así que entre cada etapa la elongación era lo más rápida posible, como para mantenerse todo lo posible en marcha. Intenté calentar mis dedos poniéndome las manos abajo de las axilas, pero ayudaba poco. Terminamos de entrenar, y huimos raudamente del aire libre.

Con Vicky (y los Puma Runners) vamos a correr mañana los 7 km de Kleenex. Prometen temperaturas alrededor de los cero grados (tanto Celcius como Farenheit) así que dijimos “Basta de sufrir, vamos a comprar guantes”. Ir hasta Costanera Sur parecía demasiado aventurado. Este excéntrico vendedor bien podría tener sentido común y no haber ido a trabajar. Así que fuimos de excursión a los Outlets que hay por Belgrano. La búsqueda no tuvo resultados. Sólo conseguíamos accesorios para la nieve, y con esos guantes íbamos a parecer astronautas. Creíamos recordar que había un local de Montagne, pero no lo pudimos encontrar.

La siguiente opción era ir al shopping del Alto Palermo, que tiene MUCHOS locales de deporte. Creo que nos faltó preguntar en Frávega, porque entramos a TODOS los locales, sin nada de éxito. Sólo se conseguían guantes de lana o para esquiar. Nada más.

Nos fuimos frustrados y confundidos. Caminando, derrotados, al subte, nos cruzamos con un local de Montagne que parecía minúsculo. No teníamos nada que perder. “¿Entramos?”. “Dale”.

Parece que conseguir guantes de primera piel no es tarea fácil, ni lo será, porque en este local tenían muy pocos pares. Los femeninos, para Vicky, le quedaban pintados. Los de hombre eran gigantes. Sentí disminuida mi hombría, y pregunté si podía probarme los de mujer. Quedamos con mi media naranja no contarle a nadie que tengo manos de señorita, pero me llevé el mismo modelo que ella, y me quedaban fantásticos. Realmente abrigan y se notan cómodos para maniobrar cualquier clase de objeto. De hecho, la prueba de fuego es este mismo post, que estoy tipeando con los guantes puestos.

Todavía no conseguí que una marca auspicie este blog, pero si tuviese que recomendar guantes para correr, sin ninguna duda recomendaría estos. Mañana igual los voy a estrenar en una carrera, para ver si pasan el control final de calidad. Espero que eso de que son un modelo femenino no salga de este blog…

Semana 43: Día 297: La perseverancia hace al maestro

¿Qué seríamos sin perseverancia? ¿Cuántas generaciones de seres humanos existen gracias a que un hombre, galantemente, ha insistido en cortejar a su amada, incluso contra todas las posibilidades?

No existe el deportista que no persevera. Es como pretender surfear sin tabla, o jugar al fútbol en primera división, descalzo. En el caso puntual de correr, siempre que empezamos debemos insistir, sobreponernos al dolor, a la angustia, a la frustración. Los norteamericanos, que saben algo de esto de “ser terco”, acuñaron la frase “No pain, no gain” (sin dolor no se obtiene nada). Dicha así suena a algo que diría un fundamentalista, pero es una forma de resumir que los logros se alcanzan luego de mucho, mucho esfuerzo.

Esto no quiere decir que el que persevere no disfrute el proceso. Me pongo de ejemplo, que para algo escribo un blog. De adolescente estaba obligado a correr en la clase de Educación Física. Lo detestaba, y en cada oportunidad que tenía, me escondía para caminar. Nunca logré, en esa época, conectarme con el deporte, y aunque el perseverante, en este caso, era nuestro profesor, obligarnos a dar vueltas a la manzana dos veces por semana tuvo un efecto nulo en mí. No quería correr, y me empeñé en no hacerlo.

Años después, las cosas cambiaron para mí. Recordé esos días en la secundaria, en los que pretendían que corramos 3,5 km. Así que esa fue mi primera meta. Decidí llegar a esa distancia que tanto me hacía sufrir… y me sorprendió lo rápido que la alcancé. No es de extrañarse, si uno se convence de que no puede hacer algo, por supuesto que nunca podrá. Pero si se liberan esas ataduras, sólo es cuestión de tiempo hasta llegar.

No conozco a nadie que no haya conseguido resultados siendo perseverante. Es una cuestión matemática, pero el tema es lograr la determinación para serlo. “No pain, no gain”. También podríamos decir que sin sacrificios no se llega lejos. Entrenando regularmente, siendo responsable con las comidas, es sólo cuestión de paciencia.

Cuando empecé Semana 52, lo que más me llamó la atención era lo que me dolían las piernas. Tampoco es que recién estaba empezando a entrenar, ya venía corriendo desde hacía años. Pero encontré una suerte de barrera física. Sentía que los huesos por debajo de la rodilla se me iban a partir. Ya me habían advertido que iba a tener que soportar como mínimo dos meses. Supuse que la mejor forma de congeniar el entrenar con dejar de sentir dolor, era seguir corriendo. Así fue.

Las palabras son muy lindas, pero ¿cómo se puede ser perseverante? No sé si lo que me funciona a mi le servirá a todo el mundo, probablemente todos tengan su propia fórmula. En mi caso, este mismo blog y el plan anual fueron lo que me ayudaron a dar ese paso. Es difícil establecer un objetivo, y es fácil agobiarse. ¿Cuánto hay que entrenar? ¿En qué momento es suficiente? ¿Voy a estar toda la vida corriendo? Por eso, establecer una fecha de inicio (01/09/10) y una de fin (31/08/11) me bastó. Fue como sacarme un poco de presión. ¿Hay que hacer sacrificios? ¿Dejar el alcohol, las grasas, no saltearse entrenamientos por frío o fiaca? Bueno, es posible hacer esta “locura” si se trata “solamente” de 52 semanas. Este año es una excepción. Nunca fui constante, ni sé si lo seré más allá de Semana 52.

Creo que cualquiera puede hacer un experimento de perseverancia comparable, e intentar hacer cambios en períodos concretos. ¿Te cuesta dejar los dulces? Probá, durante un mes, a ver qué resultados obtenés. ¿Tenés intriga de cuánto podrías mejorar en tu entrenamiento? Concentrate en una carrera, que te dé un par de meses para prepararte. Tomátelo en serio, corriendo tres veces por semana. Cronometrá tus tiempos y comparalos día a día. Cualquiera que intente esforzarse, con convicción, puede llegar muy lejos. Dicen que la perseverancia hace al maestro. Es una frase que podría llegar a sonar soberbia, pero en realidad confirma que es uno el que, con esfuerzo y dedicación, consigue enseñarse a sí mismo cuál es el secreto para mejorar.

Semana 43: Día 296: Convocatoria abierta

Estoy buscando excusas para, aunque sea un día, no escribir en el blog.

Ojo, me encanta, se ha vuelto parte de mi vida. Ni en estado gripal, ni lesionado, ni el día de mi cumpleaños dejé de actualizar. Y aunque alguna vez me quejé de que me sentía sin ideas, en realidad siempre hay algo por contar. El tema es que detesto repetirme. Por ejemplo, ayer fuimos a entrenar con Vicky, convencidos de que íbamos a ser pocos por el pésimo clima, pero nos encontramos con un concurrido grupo de Puma Runners. Le ganamos a la tormenta y corrimos casi 9 km. El último tramo fue abajo de la lluvia, y aunque hacía frío me sentía espectacular. Asumí que me estaba ayudando mi breve paso por la altura de Perú, súper oxigenado. Corrí a ritmo veloz y constante, algo muy cercano a la dicha en mi vida.

Y esta podría ser una anécdota super válida para transformarla en un post. Tiene todos los ingredientes para hacer una crónica con la que muchos se identifiquen, o que encuentren algo interesante y desconocido del running. Pero… que en el pasado ya comenté las delicias de entrenar con tu pareja. Y correr bajo la lluvia. Y con frío. Y me hace ruido volver sobre los mismos temas.

El público se renueva, lo sé, pero soy así, el que le busca el pelo al huevo.

Tengo la sospecha de que lo que necesito es una voz nueva. Más de una vez intenté (sin éxito) que algún compañero de grupo compartiese una experiencia de carrera. En los inicios de Semana 52 transcribí la odisea de Cristian Gorbea, aquel atleta que quedó aferrándose a su vida durante una Half Mision. Y aunque no busco algo equiparable, me gustaría repetirlo. Mi entrenador me propuso, más de una vez, entrevistar a mis compañeros corredores, o contar “su historia”, pero no sé si encontraré candidatos, ni si sabré cómo hacerlo. Prefiero que sean ellos los que se hagan escuchar, a que yo ande ejerciendo mi año y medio de escuela de periodismo (carrera abandonada en 1997).

Es por esto que quisiera abrir una convocatoria. A quien le interese compartir una experiencia de carrera, entrenamiento, o algo que demuestre motivación (sin que necesariamente esté relacionado con el deporte). Si algún valiente decide dar un paso al frente, será un placer aprovechar este blog para hacer público su relato. Basta con mandar un mail a casanovam@hotmail.com. Esa casilla ya está llena de spam, así que no me asusta darla a conocer.

¿Cómo fue tu primera carrera? ¿Alguna vez te encontró una tormenta en medio de un entrenamiento, sin más opción que volver a pie? ¿Estuviste en una competencia donde dejaste de lado una buena performance para ayudar a un corredor necesitado? ¿Te calzaste tus zapatillas favoritas y recorriste algún lugar exótico? Me gustaría leer todas esas historias que merecen ser contadas.

Semana 43: Día 295: Algunas ideas para festejar 300 posts

Este domingo se cumplen 300 posts, ininterrumpidos en este blog. Justo cae en domingo, cuando por tradición (y consejo profesional) sólo me dedico a sacarme la pelusa del ombligo. Y después de tantos meses de vida bloguera, ¡debería hacer algo!

Para el post número 100 estaba en la gloria, mi etapa soberbia. Me creía imparable… hasta que me pararon, en medio de un partido de fútbol. El diagnóstico: neuralgia intercostal. Mi maldita costilla, que me dio una lección de humildad y me dejó sin entrenar por 3 semanas. Un duro golpe al orgullo (y a mis huesos) que me deprimió en su momento. Encima coincidió con mi cumpleaños y Navidad, la semana más deprimente del año. Luego llegó mi regreso, para la San Silvestre, 8 kilómetros bajo el rayo del sol de diciembre. Hermoso (en tono irónico, fue asquerosamente caluroso).

Hacia el post número 200 empezaba a salir con la musa de este blog (no confundir con la “muzza” que nos vamos a clavar esta noche post-entrenamiento). Parece que a todo el que se esfuerza le termina llegando su Victoria, y a mi me llegó.

Para festejar las 300 entradas me gustaría (aunque no lo voy a hacer) cambiar todo el diseño de Semana 52. Que la gente llegue y no entienda nada. Algo así como un reboot. Que sea un sitio de gastronomía. Cómo cultivar maíz en 52 semanas. O que me manden postales hechas a mano, tipo bricolage, con las frases que más le llegaron de los posts (cosa que me encantaría y me emocionaría hasta las lágrimas, pero debería haber pensado en esto antes, ya que el Correo no anda del todo bien). Otra cosa que podría hacer sería ir a celebrar comiéndome un kilo de helado, y bajarlo con Gancia o algún otro veneno. Pero tampoco, el lunes entreno…

Sí se me ocurrió una cosa, una idea que anda dando vueltas en mi cabeza. Me gustaría empezar el domingo, porque podría, el día de mañana, decir “Cuando era joven escribía todos los días en un blog. Se convirtió en un rito diario, algunas veces pasó a ser una obligación. Pero me sirvió para afinar la escritura. Cuando llegué al día 300, dejé de acobardarme. Tomé coraje, y empecé a escribir el borrador de la que sería mi primera novela”.

Cada dos o tres años coqueteo con la idea. Se me ocurre una historia que me parece fantástica de escribir. Me pongo a pensar la trama, le doy vueltas, narro mentalmente el principio… creo a los personajes, sus motivaciones, los hago hablar en mi mente… pienso en el final, después lo cambio para hacerlo más sorpresivo… algunas veces me siento a escribir ideas, algún diálogo… y entonces me detengo en el mismo punto, que es cuando cometo el error de pensar “Bueno, pero ¿a quién le puede interesar leer esto?”. Y todas esas ideas se van (casi diría se tiran de un quinto piso), para no volver nunca más.

Ahora anda rondando en mi cabeza la historia de un chico que un día decide que su vida de un vuelco. Y lo hace corriendo. Al principio le cuesta, los huesos le duelen, y debería sentirse frustrado, pero sigue intentando. No es una idea original. Probablemente tampoco sea genial. Ni siquiera es mi propia historia, pero en estos (casi) 300 días fui aprendiendo todo lo que puede pasar en un año. Quizá sea material para una novela, quizá no le interese a nadie. Mi problema, y el que debería intentar sortear, es no escribir para otros, sino para uno. Que los demás lo lean después, y si les interesa, mucho mejor. Algo así fue Semana 52, un experimento para cambiarme a mí mismo, que lo mismo daba si leían 5 personas que 500.

Y creo que esto lo podría empezar el domingo. Aunque sea la primera página. Y tomarme otros 300 días para terminarla…

Semana 42: Día 294: Algunos consejos para hacer abdominales

Se acerca, lentamente, el año de entrenamiento. A veces me parece que pasaron tantas cosas, otras no puedo creer cómo pasa el tiempo.

Siempre me preocuparon mis abdominales, y aunque estoy todavía lejos de la cubetera, era mi zona más descuidada y ahora la noto mucho más fuerte. Y como sigue siendo el término más buscado en este blog, podemos comentar algunas cosas que he ido aprendiendo.

Primero y principal, hay que saber dónde están nuestros límites. “Matarse” en el gimnasio o en casa no sirve más que para frustrarnos. Como el público se renueva, vuelvo a la anécdota de aquella vez en que me frustré por mi panza. Estaba en el departamento de mi amigo Fito, especialista en fitness y con la mitad de cintura que la mía. Fue el shock que necesitaba para empezar una rutina de abdominales. En mi casa, mi hermano tenía un banco inclinado, así que empecé, a lo Rocky entrenando para pelear contra Ivan Drago. Sudando la gota gorda. Series de 15 abdominales. Uno, dos, uno, dos. Debo haber hecho unas 350. Estaba orgulloso de mí.

Al día siguiente sentía todavía un calor en el estómago. Fui a trabajar con alguna molestia, y me di cuenta que me había sobre-entrenado. Claro, el verdadero dolor vino al día siguiente. Si estaba sentado me sentía bien. Cuando me paraba era la cosa. No podía enderezarme, andaba encorvado. Ni hablar de correr el colectivo o subir y bajar las escaleras del subte. Pocas veces me sentí tan frustrado. Por supuesto, fue la receta perfecta para no volver a intentar hacer abdominales por varios años.

Cuando empecé a entrenar asiduamente, parte del ejercicio era, por supuesto, hacer bolitas, bicicleta, etc. Me costaban horrores, no podía hacer más de seis seguidas. No era una cuestión de motivación, sino de limitación física. Mi cuerpo no llegaba a tanto. Lo resolví como se resuelve todo: con paciencia. Las abdominales cruzadas (informalmente “bicicleta”) me resultaban las más fáciles, así que me concentré en esas. Cuando empecé Semana 52, mi entrenador me indicó hacer 500 por día, así que las separé en series de 50. Y cuando me sentí seguro, cambié algunas cruzadas por bolitas, escuadras, isométricas, y antes de darme cuenta, ya podía levantar el peso de mi torso con las abdominales con una facilidad que era nueva en mi vida.

La constancia y la paciencia son las dos claves para el desarrollo abdominal. Pero no hay que confundir un músculo fuerte con uno marcado. Lo que vamos a obtener primero que nada es fortaleza. Si queremos marcar tenemos que combinar cualquier rutina con ejercicio aeróbico y dieta. De nada sirve matarnos en el gimnasio si nuestra dieta es suministrada por Arcos Dorados S.A. (por más que quieras completar la colección de la Cajita Feliz). A esa fortaleza que vamos a desarrollar le tenemos que agregar una alimentación sana y la quema de grasas si queremos que se note la cubetera. Si no nos quita el sueño, con fortalecerlo estamos bien.

¿Por qué? Bueno, aunque no parezca, las abdominales nos ayudan a correr, sobre todo en ascenso, cuando necesitamos levantar las piernas. Aunque no tengo la cubetera, noté la diferencia del entrenamiento en el Camino del Inca, cuando tenía que subir los más de 36 mil escalones que encontramos diseminados por el trayecto. Realmente, eso hizo algo de diferencia.

Un error común a la hora de hacer estos ejercicios es que nos ponemos las manos en la nuca y hacemos fuerza, como si necesitásemos impulso. El objetivo es que la fuerza la haga el músculo abdominal, si intentamos levantarnos con los brazos sólo nos vamos a resentir la nuca. Los dedos deben apoyarse gentilmente en la cabeza, o a los costados de las orejas, y tenemos que levantarnos hasta donde podamos. Como dije antes, con paciencia vamos a llegar lejos. Con inteligencia, no nos vamos a lastimar.

Tampoco conviene entrenar todos los días. Los músculos necesitan períodos de descanso para crecer, en especial si estamos empezando. Si nuestra intención es hacer un entrenamiento intensivo, con hacerlo día por medio es suficiente. El día de mañana podemos hacer las mil abdominales del juez Baltazar Garzón, pero mientras tanto tenemos que intenar no quemar etapas (sólo grasa).

Por ahí parezca irónico, pero bajar de peso no equivale a no comer. Hay que tener alimento con hidratos de carbono, para usar de energía durante el ejercicio, y consumir proteínas para el desarrollo muscular. Es genial entrenar por la mañana, las hormonas están elevadas, y comenzamos el día en forma positiva. Pero lo primero que habría que hacer al salir de la cama no es abdominales, sino tomar agua para despertar el metabolismo e hidratar las células (que no reciben nada durante el sueño). Después un buen desayuno, un descanso para no tener problemas estomacales (recomiendo chequear mails o leer el diario), y ahí sí, estamos listos para ejercitar.

Esto es más improtante de lo que parece, uno no suele encontrar el momento para hacer ejercicio y lo deja de lado. Bueno, hay que encontrar ese espacio y atesorarlo. Si para conseguirlo hace falta levantarnos una hora más temprano, bueno, creo que es preferible a nada. Es cierto que mientras más dormimos, quemamos más optimamente nuestros depósitos de grasa. Pero aunque podemos encontrar miles de excusas para no entrenar, hay muy pocas para hacerlo. No nos inventemos escapatorias, si realmente queremos ejercitar, podemos. Es cuestión de empezar, y a medida que progresamos, nos vamos acomodando.

Y lo que no debemos descuidar una vez finalizada nuestra rutina, es ejercicios lumbares. Por ejemplo, ponerse en el suelo, boca abajo, y levantar el torso. Se suele recomendar que trabajemos los músculos opuestos para compensar. En el caso de las abdominales, el opuesto sería la espalda. Es un ejercicio que toma dos minutos, y es el cierre ideal para nuestra rutina.

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