Semana 39: Día 273: Corriendo por Buenos Aires

Sigo obsesionado con recorrer la Ciudad Autónoma, a ver si encuentro un lugar donde entrenar que no sea un parque. Afortunadamente, la Capital Federal está llena de plazas, pero ¿qué hay del centro? Últimamente estoy pasando mucho tiempo en Once, y si bien no es la zona más céntrica, es bastante complicado correr por sus calles.

Como muchos sabrán, Reconquista se convirtió en peatonal hace relativamente poco. Obviamente que correr por una calle de estas características equivale a intentar atravesar el concreto. Ahí me encontré con Vicky, y bajando por la Avenida Corrientes comenzó nuestro periplo.

Nos dirigimos camino a Puerto Madero, zona que está muy pensada para la actividad física. Una vez que se cruzan las vías y se atraviesa el río por alguno de sus tantos puentes, el tráfico disminuye enormemente, y se puede entrenar tranquilo. Casi que es el único oasis para peatones, tan cerca del microcentro.

Pero no todos pueden acceder a Puerto Madero; aunque esté a pocas calles de la zona céntrica. O sea, si estoy en Once, no me voy a tomar el subte hasta el Correo Central para entrenar. Al menos no es mi idea (sigo prefiriendo irme hasta Zona Norte). Después de hacer algunas cuestas y elongar, caminamos con Vicky por Reconquista y en Retiro nos separamos. Ahí comenzó mi aventura.

Empecé a correr cuando llegué a Leandro N. Alem, y tomé la bicisenda que nace en Avenida Libertador. Todo recto, al costado de las vías, con autos yendo a mil por hora a mi izquierda, y el olor a pasto recién cortado a mi derecha. Cuando llegué al edificio de la Universidad de Abogacía, hice 11 cuestas en el puente peatonal. Un cartel prometía que la bicisenda me llevaría a Once, y decidí seguirla. Pero como la vez anterior que lo intenté, me perdí. De día y tan bien señalizada, sólo puedo culpar a mi ansiedad y mi torpeza por esto.

Doblé en Austria, y cuando llegué a Las Heras, decidí buscar Pueyrredón, para llegar a Plaza Miserere. Pero nunca la encontré. Así que doblé en la avenida Coronel Díaz, y seguí avanzando por sus veredas. Contrario a otras veces, el flujo de tráfico no era tanto como para detenerme. Y cuando el semáforo no me dejaba avanzar, como me había pasado, doblaba en la esquina. Es una buena táctica para correr sin detenerse, ir zigzagueando.

Bajé por Agüero, crucé Santa Fe, luego Córdoba, y cada vez que los autos me impedían el paso, giraba y no me detenía. Crucé por el Abasto, y bajé unas cuadras por Corrientes. Quise, iluso, ir por la bicisenda, pero en esta avenida deberían renombrarla como “motosenda”. Es un peligro para ciclistas, a pesar de que está hecha para protegerlos. Cuando finalmente llegué a Pueyrredón, entendí mi error: además de ser una calle muy cargada de tránsito, las veredas están repletas de gente. ¡Es imposible correr por ahí! Caminé hasta Valentín Gómez, y zigzagueé hasta que finalmente encontré la Avenida Rivadavia. Toda la zona de Once está atiborrada de peatones, y cuando encontré una bicisenda, era ridículamente angosta.

Uno de los problemas de correr en la calle es que a los costados el asfalto está en pendiente hacia el costado, lo que pone a los tobillos en una posición muy incómoda. Lo ideal es alejarse todo lo posible del Centro y de Once, correr sin reloj ni destino, y encontrar los espacios para recorrer la Ciudad.

Publicado el 31 mayo, 2011 en Entrenamiento y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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