Archivos Mensuales: mayo 2011

Semana 39: Día 273: Corriendo por Buenos Aires

Sigo obsesionado con recorrer la Ciudad Autónoma, a ver si encuentro un lugar donde entrenar que no sea un parque. Afortunadamente, la Capital Federal está llena de plazas, pero ¿qué hay del centro? Últimamente estoy pasando mucho tiempo en Once, y si bien no es la zona más céntrica, es bastante complicado correr por sus calles.

Como muchos sabrán, Reconquista se convirtió en peatonal hace relativamente poco. Obviamente que correr por una calle de estas características equivale a intentar atravesar el concreto. Ahí me encontré con Vicky, y bajando por la Avenida Corrientes comenzó nuestro periplo.

Nos dirigimos camino a Puerto Madero, zona que está muy pensada para la actividad física. Una vez que se cruzan las vías y se atraviesa el río por alguno de sus tantos puentes, el tráfico disminuye enormemente, y se puede entrenar tranquilo. Casi que es el único oasis para peatones, tan cerca del microcentro.

Pero no todos pueden acceder a Puerto Madero; aunque esté a pocas calles de la zona céntrica. O sea, si estoy en Once, no me voy a tomar el subte hasta el Correo Central para entrenar. Al menos no es mi idea (sigo prefiriendo irme hasta Zona Norte). Después de hacer algunas cuestas y elongar, caminamos con Vicky por Reconquista y en Retiro nos separamos. Ahí comenzó mi aventura.

Empecé a correr cuando llegué a Leandro N. Alem, y tomé la bicisenda que nace en Avenida Libertador. Todo recto, al costado de las vías, con autos yendo a mil por hora a mi izquierda, y el olor a pasto recién cortado a mi derecha. Cuando llegué al edificio de la Universidad de Abogacía, hice 11 cuestas en el puente peatonal. Un cartel prometía que la bicisenda me llevaría a Once, y decidí seguirla. Pero como la vez anterior que lo intenté, me perdí. De día y tan bien señalizada, sólo puedo culpar a mi ansiedad y mi torpeza por esto.

Doblé en Austria, y cuando llegué a Las Heras, decidí buscar Pueyrredón, para llegar a Plaza Miserere. Pero nunca la encontré. Así que doblé en la avenida Coronel Díaz, y seguí avanzando por sus veredas. Contrario a otras veces, el flujo de tráfico no era tanto como para detenerme. Y cuando el semáforo no me dejaba avanzar, como me había pasado, doblaba en la esquina. Es una buena táctica para correr sin detenerse, ir zigzagueando.

Bajé por Agüero, crucé Santa Fe, luego Córdoba, y cada vez que los autos me impedían el paso, giraba y no me detenía. Crucé por el Abasto, y bajé unas cuadras por Corrientes. Quise, iluso, ir por la bicisenda, pero en esta avenida deberían renombrarla como “motosenda”. Es un peligro para ciclistas, a pesar de que está hecha para protegerlos. Cuando finalmente llegué a Pueyrredón, entendí mi error: además de ser una calle muy cargada de tránsito, las veredas están repletas de gente. ¡Es imposible correr por ahí! Caminé hasta Valentín Gómez, y zigzagueé hasta que finalmente encontré la Avenida Rivadavia. Toda la zona de Once está atiborrada de peatones, y cuando encontré una bicisenda, era ridículamente angosta.

Uno de los problemas de correr en la calle es que a los costados el asfalto está en pendiente hacia el costado, lo que pone a los tobillos en una posición muy incómoda. Lo ideal es alejarse todo lo posible del Centro y de Once, correr sin reloj ni destino, y encontrar los espacios para recorrer la Ciudad.

Semana 39: Día 272: Aumentando la fortaleza abdominal

Mientras entro en la cuenta regresiva al viaje a Lima, intento seguir con mis rutinas lo mejor posible. Como cada vez que viajo, los compromisos se acumulan y una de las primeras cosas que se sacrifican son el entrenamiento. Y creo que es preferible relegar o reacomodar eso, que dejar de comer, cosa que solía hacer.

Estoy intentando escribir despacito en el teclado. Me dicen que siempre que escribo lo hago sonar como una metralleta. Pero intento no molestar a Vicky que está estudiando. Como está tan cerca el viaje, y nos vamos a separar 10 días, estamos intentando pasar el mayor tiempo juntos. El lunes 6 parto a Lima, y el 8 empiezo el camino. Nos extrañamos cada vez que ella sale a trabajar, así que no sé cómo aguantaremos este tiempo. Yo voy a hacerme el recio en el viaje. Me cargaré la mochila con mucha agua y en silencio, seré el primero en levantarme por las mañanas, y continuaré con mi desafío de abdominales isométricos. Pero en cada momento estaré pensando en ella.

Hoy hice el test, que consiste en hacer la “plancha” (nada que ver con flotar boca arriba en la pileta), también conocido como “Isométrico de 4 apoyos”. Hay que mantener la linea todo el tiempo y no curvar la espalda. Lo brazos tienen que estar perpendiculares al suelo y el codo a 90º en el apoyo. Las piernas separadas a la altura de los hombros, intentando no cargar el peso ni adelante ni atrás, sino en el centro para que trabaje el abdomen. Esta vez me apoyé en un almohadón (aprendí de mis errores), levanté el torso y lo sostuve todo lo que pude. Al igual que el lunes pasado, no tuve que cortar por dolor abdominal, mi límite me lo dieron los brazos y mis dorsales. Pero logré pasar mi marca anterior, y aguanté 3 minutos 52 segundos. Sentía calor en las orejas, un poco de náuseas (tenía la merienda muy cercana), sin embargo mejoré mi tiempo.

Mañana empieza la segunda semana de isométricos. Salí a comprar de apuro pelotas de fútbol, para agregar dificultad y equilibrio. Este desafío no es para marcar las abdominales. Eso se logra quemando grasas, con una dieta baja en grasas y con entrenamiento aeróbico. Lo que sí se logra es fortaleza. Y eso favorece mucho la zancada. Todo corredor debería tener un buen desarrollo abdominal.

Hoy tuve que faltar al entrenamiento por mucho trabajo. Típico de cuando organizo un viaje, no me alcanza el tiempo para nada. Pero mañana voy a recuperar, y de paso aprovecho para escaparle al frío de esta noche y lo cambio por la máxima del mediodía (establecida en 15 grados). Hay que ver el vaso medio lleno.

Mañana está puesto el despertador para las 6 de la mañana. Arrancamos el día con una banana, agua, abdominales isométricos, y después sí, a enfrentar el último martes antes de Lima.

Semana 39: Día 271: Lugares para entrenar: El Rosedal

Hoy fue un domingo atípico. Generalmente aprovecho este día para descansar: no hay pesas, ni running, ni elongación, ni nada. Suele ser también una jornada de flexibilización de dieta: alguna pizza, un postre, pero siempre con moderación.

Sin embargo, hoy domingo decidimos aprovechar con Vicky y empezar a entrenar para Grecia. El 31 de agosto voy a correr desde Atenas hasta Maratón, y ella me va a acompañar en rollers. Así que, aunque el día estaba gris y fresco, nos dirigimos al Rosedal, buscando una opción donde patinar sin jugarnos la vida. Llegamos al mediodía, con agua en nuestro camelback. El parque tiene un circuito alrededor del lago de 1,6 km. Un sendero está especialmente pensado para rollers y bicis, más afuera circulan carros con caballos y otros vehículos. Si bien cualquiera puede elegir por dónde circular, esto se respeta bastante.

El ámbito es bastante familiar. Hace unos años, la Legislatura decidió trasladar a los travestis que ofrecían sus servicios en esta plaza, y los enviaron a los Lagos de Palermo. De esta forma hicieron de Plaza Holanda una zona más amable para padres y niños, y menos divertida para los fiesteros. El problema lo tuvimos los que entrenábamos frente al Club de Golf. No porque recibimos toda la oferta de sexo gerenciado a metros nuestro, sino que esto trajo una circulación inusitada de autos, que hacía más incómodo correr.

Decidí correr 5 vueltas a la pista y no exigirme tanto, ya que entrené fuerte el sábado y me toca volver con los Puma Runners el lunes. Intenté sostener una velocidad fuerte y constante, para poder terminar la maratón en menos de 3 horas 30 minutos, sin depender de un reloj. Los corredores profesionales pueden calcular su ritmo y saben si están yendo demasiado deprisa o no, y es algo que me gustaría desarrollar. Vicky me acompañaba a mi lado, y a medida que me daba calor y empezaba a desabrigarme, me asistía. Es una función que repetirá en Grecia, el último día de Semana 52. En las primeras vueltas mantuve una velocidad de 4:50 el kilómetro, y cerré los 5 km en 23:37. Si lo puedo sostener toda la maratón, voy a poder bajar de la marca de 210 minutos. Lo voy a comprobar en poco más de un mes, cuando corra los 42 km de Córdoba.

Como si fuera poco, completamos la jornada con el desafío de abdominales, que concluye su primera semana. Ya es la tercera vez que los hacemos, y contrario a lo que imaginaba, cada vez me cuestan más. Evidentemente estoy exigiendo a los músculos, y hoy sentía cómo se encendían en llamas. Es un dolor que asustaría a un recién iniciado, pero a nosotros nos hacía sentir que estamos yendo por el buen camino. Tirados en el pasto, alejados del público, en paz, hicimos nuestra rutina, estiramos, complementamos con lumbares, y partimos a casa.

Como si todavía fuera poco, aproveché para hacer bíceps en mi habitación. Sé que va a sonar contradictorio, pero me tomé este domingo como un día de descanso, y lo disfruté ejercitando, que es algo que me relaja. El trabajo muchas veces me obliga a estar sentado todo el día en la computadora, lejos del aire libre y del sol (cuando hay). A pesar de que el Rosedal está lleno de gente y uno tiene que tener cuidado de no atropellar a nadie, es una zona agradable para entrenar. Me gustaría visitarla cuando haga más frío o llueva; eso va a asegurar que la pista esté desierta, y que se pueda correr sin estar contenido.

Ojalá todos los domingos fuesen así.

Semana 39: Día 270: El triunfo de la maratón bajo la lupa

Ganar una maratón es algo que obsesiona a unos pocos: quienes tienen mucha experiencia, un estuepndo desarrollo físico, y mucha determinación. Pero existen también algunos científicos que se desvelan intentando dilucidar qué componentes puntuales hacen que un corredor llegue primero a la meta. La clave no sorprenderá a nadie: influye el peso corporal. Pero qué lo afecta es lo más curioso: el consumo del agua durante la carrera.

La investigación fue llevada a cabo por el Instituto de Ciencia Deportiva de la Universidad de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, y analizó el peso corporal de los 643 atletas que completaron la maratón del Monte Saint Michel 2009, en Francia, antes y después de correr. El resultado fue que quienes tardaron más en completar la carrera perdieron menos peso. Esto ocurrió porque bebieron más líquido, lo cual incrementó su peso corporal y retrasó su rendimiento. Los corredores que perdieron más de 3% de peso durante la carrera llegaron más rápido a la meta. Las variaciones de los participantes fue de entre 8% de pérdida hasta 5% de ganancia.

Esto no significa que la clave para ganar una maratón es tomar la menor cantidad de líquido. Evitar la deshidratación es imprescindible para cualquier deportista. Pero el consumo de agua influye en el peso, y eso implica una necesidad de mayor gasto energético. Los corredores fueron pesados justo antes del comienzo e inmediatamente después de concluir la carrera. Los que la terminaron en cuatro horas o más perdieron en promedio 2% de su peso corporal. Los que tardaron entre tres y cuatro horas perdieron 2,5%, mientras que los más veloces perdieron 3% o más. Lo más curioso: uno de cada 10 corredores en realidad aumentó de peso.

El profesor Timothy Noakes, director del estudio, supuso que el exceso de bebida tenga más que ver con un estímulo publicitario, lo que termina condicionando la conducta. “Estos mensajes están promoviendo el concepto de que cualquier deshidratación que ocurre durante el ejercicio perjudica el rendimiento e incrementa el riesgo de tener un resultado adverso”, declaró. Otro de los resultados que arrojó la investigación fue que la edad y el género no tienen impacto en la pérdida de peso.

¿Conviene, entonces, esperar a tener sed durante una maratón, para comenzar a beber? Yo creo que no. Lo mejor es hidratar constantemente al cuerpo y no llegar a la deshidratación. A través de la experiencia iremos aprendiendo a regularnos, para no excedernos, y optimizar nuestro resultado final.

Semana 39: Día 269: Superamigos de los corredores: El hígado

El viernes 21 de agosto de 2010, mi hígado y yo tuvimos una fuerte discusión. Yo me había ido de parranda, y él me repetía “Controlate, man. El domingo tenés una carrera”. Yo no estaba para sermones, y le recordé que era viernes por la noche. “Tenés todo el sábado para purificar mi cuerpo de toxinas, man”. No llegamos a ningún acuerdo, pero lo que siguió fue un momento muy duro para mí.

Durante la carrera, mi hígado se había enculado y sólo quería filtrar el alcohol en mi cuerpo. Yo había estado el día anterior con resaca, y tampoco ayudó que comí cosas con grasa. Durante la Merrell de Pinamar quería correr, y me faltaba el aire. No era la primera vez que corría esta competencia, y así y todo, me sentí como un principiante, que se larga a hacer deporte como un loco, sin preparación previa. Mi hígado y yo teníamos que hablar y resolver nuestras diferencias.

Esto es lo que me dijo al lunes siguiente, cuando nos sentamos a charlar: “Junto con el páncreas cumplimos una importante función: procesar los carbohidratos, o sea los azúcares y la grasa de los alimentos. Después tu piel, soy el órgano más grande del cuerpo, ¡y el que más funciones realiza!”. Le pedí un poco de humildad. No lo conseguí. “Para que sepas, el hígado es el único que puede llegar a regenerarse, y sigue funcionando aunque pierda una parte de su masa” (hablaba en tercera persona, como Riquelme).

“Podría estar hasta mañana enumerándote las casi 500 diferentes funciones que cumplo, una más importante que la anterior. Quizá creas que sólo estoy para filtrar el alcohol y para recordarte que comiste como un animal. Pero el hígado, entre otras coasas, produce el suficiente calor para los órganos internos, controla la cantidad de alimentos digeridos que pasan a la sangre, porque si el cuerpo recibe más de lo que necesita convierto en azúcar lo que sobra y lo almaceno. Y a nadie le gusta eso. Pero también guardo vitaminas y hierro para cuando el cuerpo no las recibióy las necesita. Ayudo al cuerpo a librarse de algunas toxinas que me mandas desde el intestino y así depuro tu sangre. No me corto solo, ayudo al bazo a limpiar la sangre, eliminando los glóbulos rojos muertos. Fabrico enzimas y proceso las grasas ya digeridas. Produzco colesterol (que si te alimentás bien, limpia tus arterias), controlo la cantidad de glucosa que necesita el cerebro, y formo y almaceno el glucógeno. ¿Ahora ves la importancia que tengo para tu entrenamiento?”. No quise reconocerle que cuando dijo “500 diferentes funciones” me perdí en otros pensamientos, así que asentí con la cabeza.

Pero era cierto, en una rutina deportiva, cuidar el hígado es tan importante como cumplir con las repeticiones en el gimnasio y las pasadas en el running. Llevando una buena dieta nuestro metabolismo mejorará y podemos empezar a quemar grasas. Una mala alimentación hace que el hígado produzca más grasas y así seguirá almacenando.

Para cuidarlo tenemos que evitar ingerir alcohol en exceso, café, el cigarrillo, la comida rápida que contiene conservantes y colorantes dañinos, alimentos salados como los embutidos y los ahumados para evitar la retención de líquidos, los fritos, carnes a la brasa o a la parrilla y algunos pescados o mariscos crudos, grasas saturadas en general y los azúcares. Se recomienda también comer 5 veces al día, tomar abundante agua (al menos 3 litros al día) y consumir alimentos como vegetales, frutas, huevos, zanahoria, remolacha y carnes con poca grasa.

Si el hígado se revela, como me pasó a mi, podemos sufrir dolores de cabeza, mala digestión (que deriva en estreñimiento e hinchazón abdominal), depresiones, cambios de humor, cansancio, tensión alta, retención de líquidos, piedras en la vesícula biliar, etc.
Hay que tener en cuenta que las proteínas se sintetizan en el hígado, que es el lugar en el que el organismo las asimila y transforma en aminoácidos para servir de alimento a los músculos. Durante este proceso el órgano realiza un trabajo extra, ya que normalmente la dieta de los deportistas es más alta en este tipo de nutrientes que la de cualquier otra persona. Por eso, si consumimos alcohol, el hígado va a necesitar sintetizarlo, para transformarlo en acetato que consumiremos como si se tratase de glucosa. No tiene sentido fatigarlo. Lo mejor es reconciliarse, y que el hígado sea un aliado del entrenamiento. Porque no quisieran verlo enojado…

Semana 39: Día 268: Superamigos de los corredores: Tu entrenador

Todo corredor tiene, en algún punto de su “carrera” (buena metáfora) a un entrenador. Puede ser un padre, un hermano, un amigo o un profesor hecho y derecho. Es esa persona que comparte las lecciones de la experiencia, que aconseja y nos ayuda a encontrar el camino.

Yo tuve la suerte de tener un muy buen entrenador. Me lleva 30 años, tiene mi mismo apellido, y mi mamá es su esposa. De adolescente, cuando me forzaban a correr en la secundaria, él se armaba de paciencia y nos incentivaba a entrenar con él. Era los sábados por la mañana. Algunas veces no iba, muchas sí. Yo corría mirándome los pies, y él me recomendaba levantar la vista, hacia el horizonte. Me enseñó a inhalar por la nariz y largar por la boca. Al ser, además de padre y entrenador, mi principal financista, me compraba calzado (como aquellas Adidas torsion que quedaron en mi recuerdo). Pero yo no confiaba en mí, y me convencí de que nunca iba a poder correr a su nivel. Lo tenía en un pedestal, como la gran mayoría de los hijos hace con sus padres, y por humildad uno no se sube a pedestales para nivelarse con sus ídolos.

Si hoy me gusta correr, se lo debo a ese primer entrenador. No sé si hoy tendría el mismo interés, y aún hoy mi papá tiene consejos útiles. En la San Silvestre del 31 de diciembre pasado me acompañó todo lo que sus rodillas le permitieron, y fue un regreso a aquellos sábados por la mañana.

Después del secundario seguí corriendo, por mi cuenta. Noté progresos, pero no tenía guía. Después de ir ganando distancia, llegué a correr 10 km. Al día siguiente estaba destruido. Me dolían los pies, tenía ampollas… Mi hermano Matías, un avesado deportista, me explicó que no se debe correr todos los días, que hay que descansar, y que para entrenar hay que variar el ritmo, hacer otras rutinas… él corría 15 km, y bajo esa sombra yo veía que mis 10 km era mi límite físico. Sentía que nunca lo iba a poder pasar. Tanto me convencí de ello que casi automáticamente dejé de correr. Con el tiempo me empezó a preocupar el tamaño de mi barriga, y volví a correr, esporádicamente.

Cuando mi prima se enteró de alguna vez había corrido, me invitó a entrenar en su grupo, los Puma Runners (los “Lionx”, por aquella época). Fui de curioso, porque prometían las primeras clases gratis. Además me llamaba la atención que ese grupo había sido casi fundado por Matías. Ahí conocí a Germán, quien entrenaba con mi hermano, y quien se convirtió en mi nuevo entrenador.

Ya pasaron 3 años desde que empecé a correr bajo su guía. Si a mi papá le debo que me guste correr hoy en día, a Germán le debo que me haya incentivado para superar mis límites. Creo que un buen entrenador no te subestima, sabe no apurar tu desarrollo, y entiende cuándo ponerte un freno. Cuando terminé mi primera carrera, en la Merrell de Pinamar 2008, él me felicitó efusivamente. A mi me daba un poco de vergüenza haber corrido tan sólo 7 km, y no entendí la felicitación. Ahora miro hacia atrás y veo que él, como entrenador, entendía todo lo que podía venir después. Una carrera queda impresa en el fondo del cerebro, y el entrenamiento te permite focalizarte en superarla. Fue la primera experiencia de muchas, en las que él me fue guiando.

Un buen entrenador no sólo sabe dar consejos, sino que también escucha. Y, como si fuera poco, también interpreta. Una cosa es guiar a un corredor, otra es coordinar un grupo. Saber qué rutina conviene para cada nivel no es tarea fácil. A veces uno intenta subirse a esos pedestales en que pone a padres y entrenadores, y dar consejos en base a la experiencia. Vivo intentando convencer a otras personas para correr su primera maratón. ¿Existe algo así? ¿Uno puede ser convencido de lanzarse a una carrera tan exigente, o te llega cuando estás “listo”? Un entrenador sabe llevarte a esa instancia, escalón por escalón. Contar con un buen guía es la mejor forma de canalizar esfuerzos y avanzar no por el camino más corto, sino por el más enriquecedor.

Semana 39: Día 267: Corriendo bajo la lluvia

Este post iba a llamarse “Corriendo por la bicisenda”, pero no pudo ser.

El lunes no pude ir a entrenar con los Puma Runners, y aunque se supone que el entrenamiento perdido no se puede recuperar, decidí mantener mi asistencia semi-perfecta y recuperar el martes. Llovía y estaba frío, así que las ganas de salir estaban en peligro. Pero pensé en la maratón, en lo poco que falta para llegar a la Semana 52, y me armé de coraje. Enfundado en un rompevientos impermeable, salí a la calle. El objetivo era hacer un fondo de 90 minutos, y me pareció una idea interesante hacerlos explorando las bicisendas de la Ciudad de Buenos Aires.

En internet indicaban una ruta que unía varias plazas. Salí desde Once, subiendo por la Avenida Rivadavia, a la espera de encontrarme con la calle Otamendi, la primera bicisenda. Como sabe cualquiera que transite por la Ciudad (sobre todo en una zona céntrica), el trote puede tornarse tedioso. Pareciera que uno siempre engancha todos los semáforos en rojo, las veredas mojadas esconden baldozas flojas que arrojan baldazos de agua sobre nuestros propios pies, y uno no sabe si transitr por la calle o esquivando gente.

Llegué a Otamendi bajo una lluvia copiosa. Hacía frío, y me preguntaba qué pensaba la gente que me veía correr. ¿Me escapaba del mal tiempo? Mis pantalones cortos podían llegar a indicar que estaba ahí por voluntad propia. En cada respiración salía vapor de mi boca. Me preocupé por inhalar por la nariz, ya que es la mejor forma de calentar el aire que llega a los pulmones y no respirar frío. La bicisenda, que atravesaba perpendicularmente la Avenida Rivadavia, me alejaba del tránsito. Como llovía, no había ciclistas, quienes tenían real derecho de usar esa vía. Lo bueno es que está absolutamente delimitada de la calle, ningún auto puede invadirla, sólo algún que otro motociclista irrespetuoso.

Lo que parecía una excelente experiencia en las bicisendas, se terminó por Díaz Vélez: las indicaciones y señales desaparecieron. El mapa indicaba que todo seguía, uniendo Once con el barrio de Belgrano, pero el camino terminaba y sólo quedaba improvisar. Yo sabía que esto seguía, no por tenerle fe ciega al sitio web, sino porque alguna vez anduve con mi bicicleta por esas calles (antes de que un auto me atropellase y abandonase mi entusiasmo por pedalear). Improvisé, crucé por el costado del Parque Centenario, y agudicé mi vista para encontrar dónde seguía la bicisenda. Jamás la encontré.

Al no estar en una zona céntrica, el tráfico me estorbó poco. Llovió todo el tiempo, y el agua se mezclaba con mi transpiración. El cronómetro que me prestó Vicky indicaba que iba media hora de entrenamiento, y aunque había dejado el celular en su casa, de tanto en tanto lo escuchaba sonar. Me sorprende que me siga pasando eso, hay veces en que estoy solo y escucho el maldito aparato, aunque esté a kilómetros de distancia. ¿Super-oído o trastorno psicológico?

Una de mis fantasías era que cualquiera podía pensar que yo era un delincuente. Llevaba guantes, corría sin rumbo aparente… me faltaba un antifaz negro y una bolsa con el signo pesos en una de mis manos. Afortunadamente, los policías que fui viendo por el camino no me detuvieron.

Atravesé Chacarita, la Avenida Warnes, Juan B. Justo, y finalmente llegué a Palermo. Arribé en mi casa en 52 minutos. No tenía parámetro de si era un buen tiempo o no, sólo fue un dato anecdótico. Aproveché para entrar, alimentar a mi gata (principal detractora de mi actual noviazgo, elongué, me cambié las medias por un par seco, y salí, rumbo a la oscura, fría y lluviosa noche. Decidí no volver sobre mis pasos, sino buscar otra ruta. Elegí Avenida del Libertador.

Esta ancha calle resultó la parte más tranquila del entrenamiento. Hay pocos autos que la cruzan, por lo que corrí casi sin interrupciones. Cuando llegué a la avenida Sarmiento, doblé hacia Las Heras, imaginando que si me alcanzaban los 90 minutos en camino, iba a poder volver a Once en colectivo. Pero cuando llegué al Zoológico, me resultó una picardía no seguir por la Avenida Santa Fe. Esto iba en contra de lo que estuve diciendo: está llena de gente (a pesar de la lluvia), hay montones de semáforos y tráfico, pero parecía que iba a cortar camino.

Fui por Santa Fe derecho, esquivando gente, sintiendo una especie de revancha, ya que en un día de buen clima ese entrenamiento hubiese sido imposible. Sabía que tenía que llegar hasta la estación Facultad de Medicina del subte D, y avancé por todas las estaciones para encontrarla. Pero no reparé que la encontraría en Córdoba, así que me pasé, caí en mi error, y reencaucé mi rumbo.

Atravesé la plaza frente a la Facultad, la avenida Corrientes, y finalmente llegué a Rivadavia, para terminar uniendo Palermo y Once en 38 minutos. ¿Cómo tardé tanto a la ida? Sé que me retuvieron los semáforos, pero estaba seguro de que la Avenida Santa Fe iba a retrasarme. Misterios de entrenar de noche y con lluvia.

Llegué empapado de lluvia y transpiración. Lo coroné con un baño caliente, y al satisfacción de que, a pesar del tiempo, no había dejado el entrenamiento de lado. Nuestro cuerpo necesita estímulo constante, llueva o truene. Nunca sabemos qué clima vamos a encontrarnos en una carrera, y es mejor saber a qué nos enfrentaríamos, que enterarnos en medio de una competencia.

Semana 38: Día 266: El desafío de las abdominales

Lo que siempre quise, voy a admitirlo, fue no tener panza. Cuando me bañaba veía cómo mi barriga no me dejaba ver los pies. Algunos pensarán que exagero. Quizá, para martirizarme, hasta arqueaba la espalda hacia adelante, cosa de no ver ni siquiera los deditos. Veía los videos de los Backstreet Boys (sí, desde hace mil años que me pasa) y me atormentaban sus abdominales marcadas. ¿Podría yo llegar a ser así algún día?

El tema es que yo deseaba un estómago chato y trabajado, y quería que se diese de forma mágica: despertar un día y tener la cubetera marcada. No existen soluciones fantasiosas, todavía espero que baje la nave extraterrestre que me dé los poderes (y el físico) de Superman, pero aunque no reniego de soñar, hay que tener metas más terrenales. Así fue que un día se me iluminó la lamparita y empecé con Semana 52.

Es muy extraño rememorar esos tiempos (hará un par de años) en que no podía hacer más de 5 abdominales seguidas. Sé que a mucha gente le pasa y me gustaría gritarles “¡No te rindas! ¡Cuesta al principio, sé perseverante!”. Pero aunque me lo hubiesen jurado, uno no puede caminar el camino por otro. Hay que encontrar la motivación y lanzarse. Siempre hay recompensa para el que no se rinde, o aunque sea algún premio consuelo. Lo importante es no bajar los brazos (o contraer las abdominales, lo que uno prefiera).

Con sorprendente rapidez, combinando una dieta baja en grasas (pero alta en hidratos) y con perseverancia, de pronto me encontré haciendo 500 abdominales por día. El haberme involucrado en un grupo como los Puma Runners me dio la excusa para ir haciendo, de a poco, lo que me saliera, y siempre ir subiendo el techo. No conformarse ni quejarse (o quejarse, pero igual seguir intentándolo). Me encontré con que la grasa iba en retirada, y las abdominales se asomaban. En la ducha, ya veía mis pies con total claridad.

Y de pronto llegué a una meseta. Trabajo, compromisos, y un poco de aburrimiento congeniaron en que esas 500 abdominales diarias fuesen un lejano recuerdo. No me creció la panza, en absoluto, pero la cubetera tampoco apareció. Y quizá, aunque me estoy esforzando a límites desconocidos para mí, yo seguía esperando soluciones mágicas, que me inyecten el suero del super-soldado, o que me pique una araña radiactiva. Pensando un poco, me crucé con el Desafío de abdominales isométricos del sitio Vitónica. Decidí hacerlo yo también, por mi cuenta, y ver qué pasa. No sé si conseguiré la cubetera, pero me creé un nuevo desafío, lo que reavivó mi entusiasmo por entrenar musculación.

La “contracción isométrica” es aquella que realiza el músculo pero no se obtiene movimiento. O sea, suelen ser contracciones para mantener una postura espefícica. Por ejemplo, apoyar los codos en el piso, boca abajo, para mantener una postura recta (tipo “triángulo”). En los Puma Runners solíamos hacer tres series de un minuto cada una, descansando 60 segundos. Al principio eran fatales; las abdominales en llamas. Después, como cualquier ejercicio que se realiza con constancia, empezó a facilitarse.

Para este desafío del sitio de Vitónica había que realizar un test, a ver el tiempo máximo en que podíamos sostener la posición isométrica de 4 apoyos (ambos pies y ambos codos). Mi marca fueron 3 minutos 13 segundos. Creo que podría haber aguantado más, pero me estaba lastimando los codos en el parquet. Realizando estas rutinas hiper completas y escalonadas, tres veces por semana durante 2 meses. Se supone que al final voy a poder aguantar 8 minutos. No prometen cubetera ni abs of steel, pero es un lindo desafío para mantener el entusiasmo y seguir progresando.

Me levanté temprano, hice las 4 series escalonadas, y volví a sentir esa quemazón de el músculo que encuentra su límite. En dos días repito, luego el domingo, y con la primera semana terminada, vuelvo a testear cuánto tiempo aguanto como máximo. Quizá esta vez en una colchoneta, y no sobre el bendito parquet.

Semana 38: Día 265: Concentrarse en los objetivos

Sólo quedan 99 días para terminar este proyecto. Cuando escriba como título “Semana 52: Día 364” será la última entrada, desde algún cyber de Grecia, en el que relataré cómo fue esa maratón personal que voy a correr. Y luego tendré unas merecidísimas vacaciones, lejos de un teclado por algún tiempo.

99 días me parecen muy poco. Sólo puedo medirlo con posts de este blog. En la “Semana 15: Día 99” hablaba sobre entrenar la cabeza. Me cito: “Es una tontería pensar que correr es un ejercicio netamente físico”. Sigo, con algo más de lucidez, más abajo: “Escribir este blog es, en gran parte, una forma de ejercitar mi cabeza“. En ese tiempo me pasaron muchas cosas, bajé muchísimo de peso, mejoré mi alimentación, corrí una maratón por primera vez en mi vida, dejé el alcohol (excepto en las heridas). Ese mismo día, además, partí hacia una excursión en el Tigre donde me lesioné y quedé casi un mes fuera de cualquier actividad física. El impacto no lo sentí tanto en el cuerpo, sino en la cabeza. Todo pasa por ahí, por lo que pasa dentro del cráneo. La motivación nos permite empezar, reconocer nuestras limitaciones y logros nos ayudan a seguir.

Se vienen algunas experiencias interesantes, como la visita a las ruinas de Maccu Picchu, la Maratón de Córdoba y el viaje a Grecia. Pero igual siento que perdí un poco el norte. Es difícil estar un año constantemente creciendo. Es inevitable llegar a una meseta. No desmerezco todo lo que logré, pero también intento ser humilde. Conseguí mucho, y seguramente pueda conseguir más. Es por eso que busqué un nuevo desafío, y lo encontré. Voy a probar un desafío de abdominales isométricos. Se trata de una contracción isométrica en la que no se obtiene movimiento. Se trata de mantener una postura espefícica, y en todo momento el músculo está trabajando. No hay descanso, por lo que la intensidad del ejercicio es elevada. Buscando una rutina intensiva me encontré con un plan de 8 semanas del sitio de Vitónica (habitual fuente de consulta para este blog).

Mañana, martes, comienza. Tres veces por semana, en forma escalonada. A ver si en dos meses, ya casi terminando con Semana 52, logramos de una vez desarrollar la cubetera en la abdominales. Tengo el incentivo de que Vicky me va a acompañar. Otra de las cosas que aprendí en este blog: entrenar acompañado siempre ayuda.

Semana 38: Día 265: Momento de pánico

En 99 días voy a terminar la Semana 52.

Panic attack.

More coming soon…

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