Archivos Mensuales: abril 2011

Semana 35: Día 242: ¿Cuánto es el mínimo para entrenar?

No existe un  mínimo para correr por semana. Un día es muchísimo mejor que ninguno. Pero para evitar el síndrome del “deportista de fin de semana“, es necesario tomarse las cosas con un poco más de compromiso.

La frecuencia recomendada es un mínimo de tres días a la semana, si lo que buscamos es lograr superar nuestras marcas. Siempre dejando días de descanso en el medio, para lograr que el cuerpo se recupere. Pero si no tenemos constancia, comenzaremos a estancarnos. Me ha pasado en varias oportunidades, por diferentes motivos, que tuve que dejar de correr una o dos semanas. Volver no fue demasiado complicado, los músculos tienen memoria. El tema fue cuando quise elongar. Ese es el momento en que uno nota lo rápido que se pierde la elasticidad. Necesitamos estímulo constante para progresar.

En los Puma Runners, originalmente, entrenábamos martes, jueves y sábado. Eso dejaba el resto de la semana para descansar. Pero aunque ahora no lo parezca, yo era muy inconstante. Si llovía, me quedaba en casa. No me gustaba acumular deuda, si no podía pagar la cuota, dejaba hasta tener el dinero. Si había un estreno de Lost, no me lo perdía por nada. Lo mismo con Heroes. Padre de Familia. Futurama. Y otras treinta y cinco series más. Siempre que progresaba, tenía una etapa en la que retrocedía, y era volver a empezar. Tenía mis logros, pero ahora veo con claridad que eran mucho más lentos de lo que podían llegar a ser.

Ahora los entrenamientos son lunes, miércoles y sábado, y estoy intentando subir ese escalón de correr los jueves, pero la maldita rutina se ha encargado de impedírmelo hasta ahora. Pero ya llegaré.

No es casual que el último día de entreno sea el más fuerte y por la mañana: queda el resto del fin de semana para descansar. Manteniendo esos tres días podemos dar un estímulo constante a los músculos (por el ejercicio y la elongación), el sistema respiratorio y el circulatorio. La mejora se nota progresivamente: podemos estirarnos más, nos cansamos menos, y la velocidad máxima aumenta. Hay una escalera de 70 escalones en la calle Martín y Omar, en San Isidro, a la cual odiaba. Subíamos hasta cinco veces, para que al final las piernas estuviesen en llamas, y el corazón latiendo a mil por hora. Hoy hicimos 17 ascensos, los últimos 10 a velocidad máxima (buscando ahogarnos, aunque no literalmente, por suerte). Era algo impensado para mi al principio, pero el secreto ya lo mencioné unas cuantas veces: la constancia tiene ese efecto. No queda otra que mejorar.

Mi sueño es, algún día, hacer una ultra-maratón. Sé que es un objetivo lejano, y al que sólo puedo llegar defendiendo ese mínimo por semana. Seguramente tenga que incorporar el jueves, y mantenerlo a capa y espada, como el resto de los sagrados días. Así como el físico está cambiando con las rutinas de gimnasio, y de a poco puedo levantar más peso y cansarme menos, con el running pasa exactamente lo mismo. Mientras mantengamos ese mínimo por semana, en poco tiempo vamos a notar la mejoría. Lamentablemente, si abandonamos o estamos todo el tiempo priorizando las nominaciones del Gran Hermano, también vamos a ver rápidamente cómo se va diluyendo eso que fuimos construyendo.

Semana 35: Día 241: La Espartatlón

Existen carreras. 5 km, 10… Después viene la maratón, con sus 42 km 195 metros. ¿Y después? Las distancias que superan esta legendaria marca pasan a la categoría de “ultramaratones”. Una de las más brutales, que escapa a la comprensión de nosotros, los simples mortales, es la Espartatlón, con sus 246 kilómetros.

Leíste bien. 246 kilómetros. Es terminar una maratón, y después correr 204 kilómetros más.

Filípides es el legendario ateniense que corrió a su ciudad desde el frente de batalla, para avisar a las mujeres que no se suicidasen: habían detenido a los persas. Estaban todos a salvo, y no tenían que quitarse la vida (el enemigo invasor prometía vejámenes peores que el suicidio). Casi al instante de llegar desde la ciudad de Maratón, Filípides murió, dando la voz de la victoria. Nacía una leyenda deportiva.

Muchos estudiosos consideran que este ateniense realizó la mortal carrera cubriendo una distancia mucho mayor a los 42 km. Herodoto escribió: “En ocasión de la que hablamos cuando Filípides fue enviado por los generales atenienses, y, según su propio relato, vio Pan en su viaje, llegó a Esparta en el día siguiente después de dejar la ciudad de Atenas”. De aquí inferimos que unió estas polis a pie, separadas por más de 200 km.

El 8 de octubre de 1982, un grupo de británicos, encabezado por el comandante de la Fuerza Aérea John Foden, decidieron ver si era humanamente posible recorrer esta distancia a pie. Tres de los cinco corredores llegaron a destino: Foden lo hizo en 37 hs 37 min, John Scholtens en 34:30, y John McCarthy en 39 hs. Se había corrido la primera Espartatlón. Al año siguiente, auspiciados por SEGAS, la Asociación Helénica de Atletismo Amateur, se corrió la primera competencia oficial, que contó con 45 corredores de 11 países.

La carrera comienza a las 7:00 am, el último viernes de septiembre, a los pies de la Acrópolis de Atenas. Como muchas ultramaratones, los corredores deben pasar por puestos de control en el camino, con horario de cierre. Quienes estén fuera del límite de tiempo en alguno de los 75 controles, o que presenten una fatiga extrema, son retirados de la carrera. Los caminos que se deben atravesar pueden contener barro (suele llover en esta época del año), cruza viñas y campos de olivos, se deben hacer cuestas y, la parte más dura, el ascenso de 1200 metros del Monte Parthenio, en plena noche. La leyenda dice que en este lugar, Filípides se encontró con el dios Pan, y en 2500 años desde esta gesta, el hombre ha tenido poco impacto sobre la geografía. El viento sopla, y las temperaturas no superan los 4°C.  Es realmente una proeza increíble, a la que pocos pueden acceder. Un triunfo no sólo del físico, sino de la mente.

Para participar, hace falta cumplir alguno de estos requisitos:

  • Haber terminado una carrera de 100 kilómetros en menos de 10 horas, 30 minutos.
  • Haber competido en Spartathlon y alcanzado el punto de comprobación “Nestani“(172 kilómetros) en menos de 24 horas, 30 minutos.
  • Haber competido en Spartathlon y alcanzado la meta.
  • Haber competido y finalizado una carrera de más de 200 kilómetros (sin importar el tiempo)

La primera Espartatlón oficial, en 1983, la ganó el griego Yiannis Kouros, a los 28 años, con 21:53:00. Al año siguiente rompió su marca, y la terminó en 20:25:00. Ese récord todavía no ha sido roto. Kouros, para demostrar que es un campeón indiscutido, ganó la competencia nuevamente en 1986 y en 1990, siendo el corredor que más Espartatlones ha ganado en la historia. El otro récord que ostenta este griego es la de tener la página web más espantosa de toda la internet (este sitio puede herir su sensibilidad y el buen gusto). Las proezas de Yiannis Kouros (no así su gusto por el diseño) merecen un post aparte, y algún día narraremos su historia.

Las mujeres también estuvieron  presentes en la Espartatlón. La primera en ganarla fue la británica Eleanor Adams, con 32:37:52. En 1984, representando a Estados Unidos, Mary Hanudel tuvo que compartir el podio con su compatriota Lorna Richey, ambas con 34:15:10. Hanudel volvería a ganar al año siguiente, e igualaría la marca de Kouros al tener el primer puesto en 1989 y en 1998, aunque esta vez representando a Suecia y con su apellido de casada: Mary Larsson. Otra corredora que ganaría cuatro Espartatlones fue la germana Helga Backhaus, en 1994 y los años subsiguientes.

No hay premios en efectivo, lo que algunos dicen que ha mantenido limpia a la carrera. Se estima que sólo un tercio de los que comienzan la carrera desde Atenas llegan a Esparta. ¿Quiénes pueden llegar? Se dice que si podés recorrer 100 km en 9 horas, tenés chances de llegar dentro de las 36 que exige la Espartatlón. Si no, probablemente no te alcance. La alimentación es más fundamental que nunca. Comer pocas cantidades todo el tiempo, y variando el alimento. En los puestos de control se puede encontrar yogur, pan y galletas, entre otras cosas. También recomiendan tomar sodio, ya que se pierde hasta el 25% del peso corporal en agua durante la carrera. Una alternativa puede ser consumir un sobrecito de sal por hora. Es normal sufrir problemas gástricos por el esfuerzo y la comida. También fatiga, calor, ampollas. Hay que mantener la determinación y seguir avanzando.

Al llegar, hay que besar el pie de la estatua del Rey Leónidas. Dicen que la emoción de completar la carrera más dura del planeta es inimaginable.

Semana 35: Día 240: Qué comer durante una carrera

Durante una carrera, ni hablar en una maratón, necesitamos energía extra. Podemos atiborrarnos de hidratos los días previos, consumir un suculento desayuno con cereales, tostadas y fruta, pero el combustible en un momento se acaba. Que no cunda el pánico: existen opciones.

Uno de los grandes problemas cuando estamos horas corriendo, son los problemas intestinales. Por eso tenemos que elegir con qué nos alimentamos previamente y qué vamos a consumir durante la competencia. Es lógico que debemos evitar hacer running a la vez que nos bajamos un Big Mac o un Whopper. Lo ideal son las frutas, evitando la fibra. Es por eso que en los puestos que instalan en las carreras no vemos manzanas, pero sí banana, naranjas, y si tenemos suerte, pasas de uva. Las frutas secas son energía que entra rápido, pero también se consume enseguida. Aportan muchas calorías, pero la mitad del mundo las odia (en especial si las encuentra dentro de una empanada). Cada uno tiene que hacer su propio camino e investigar qué cosas tolera y cuáles no.

El objetivo durante la carrera, además de prevenir los malestares gastrointestinales, es asegurar tener reservas de energía y minimizar la pérdida de fluidos (deshidratación). Lo aconsejable es ingerir un mínimo de medio litro de agua y/o bebidas energizantes por hora. Esto es importante también para poder procesar el superamigo de los corredores: los geles. Son de efecto retardado, hay quienes dicen que debemos tomar uno 45 minutos antes de que querramos que haga efecto. Pero no se procesan por el estómago si no nos estamos hidratando. Quisiera ver quién se anima a bajar esa especie de mielcita saborizada que pica la garganta si no es con grandes sorbos de líquido. Una alternativa es ingerir dos sobres de azúcar cada 15 minutos. Tendríamos que acarrear una caja durante toda la carrera, y probablemente no colaboremos con nuestra batalla contra la caries, pero es una opción a experimentar. El azúcar es como un tuquito que surte efecto cuando nos sentimos agotados.

Comer durante un esfuerzo físico sirve para mantener las reservas de energía, retrasar la fatiga y controlar la concentración de glúcidos. De esta forma evitamos una hipoglucemia que nos impida seguir adelante. En carreras largas, lo ideal es proporcionar entre 25 y 30 gramos de hidratos cada media hora. Esto puede obtenerse a través de bebidas isotónicas que poseen agua, sodio, potasio y azúcares simples, además de que reponen electrolitos a medida que los perdemos. También podemos consumir algún tipo de alimento que también posean hidratos complejos, como barras de glucosa o energéticas, pero puede que estos no los podamos digerir bien mientras estamos en corriendo.

Volviendo a los geles, contienen hidratos de carono y proteínas, que minimizan la ruptura del músculo, ayudan a su síntesis, y colaboran en mantener el balance proteico. Son en gran parte glucosa, principal fuente de energía para nuestras células. Vendrían a ser una bebida energizante mucho más espesa, con mucha energía, de fácil ingestión en poca cantidad. Cuando las reservas de glucógeno se agotan, los niveles en sangre se reducen, y los geles vienen a contrarrestar esto. No es conveniente experimentar con un gel durante una carrera. Para algo existen los entrenamientos. Podemos encontrarnos con que su sabor es demasiado fuerte, o que nos provocan náuseas. Hay una gran variedad de marcas, gustos y composiciones. Existen los que tienen cafeína extra, que siempre vienen bien sobre el final de una carrera, para estimular el sistema nervioso.

Cada uno irá descubriendo su producto favorito. Lo bueno de todo esto es que no existen reglas, y lo que le funciona a uno no tiene por qué funcionarle a otro. Hay que recorrer el propio camino, escuchar al cuerpo, y a través de la experiencia descubrir qué nos conviene comer durante una carrera.

Semana 35: Día 239: Cómo quemar una porción de torta

La caloría es una unidad de medida del calorenergia producido por los alimentos. Es la cantidad de calor necesaria para que, a presión atmosférica normal, un litro de agua destilada alcance de 14,5 a 15,5 ~C (no me lo sé de memoria, hice copy paste de una página de internet).

En reposo absoluto (metabolismo basal) el consumo calórico de una persona es mínimo, mientras que aumenta proporcionalmente durante la actividad física (gasto energético). Las necesidades calóricas varían de un individuo a otro en función de numerosos factores, como edad, peso, altura, sexo, raza, constitución, temperamento, etc., pero se ven condicionadas sobre todo por la actividad física. La diferencia de consumo entre un trabajo y otro es enorme: una hora de trabajo intelectual (o sea, pensar), requiere 1,75 calorías por minuto, mientras que puede ascender a las 1045 calorías para trabajos muy pesados. En definitiva, hay que tener en cuenta una cosa: para cualquier actividad, aunque estemos en reposo, el cuerpo necesita energía.

Siempre me resultaron divertidas las estadísticas, sobre todo las que comparan una cosa con otra. Como la publicidad de helados Melona (*), que dicen que si juntás todos los productos que vendieron en 50 años, le darían la vuelta al mundo 18 veces. Alguna vez leí la cantidad de abdominales que había que hacer para quemar una porción de torta. Creo que eran como 350. Hoy no me obsesiono con eso. Si tengo una dieta balanceada y un día decido darme un gusto en un cumpleaños, siento que lo puedo hacer sin considerar que eso sea descarrilarme. Pero esos pequeños datos estadísticos me resultan fascinantes.

Por ejemplo, si tomamos uno de esos potentosos desayunos norteamericanos, compuestos por huevos con tocino, bollos y una limonada, estaremos ingiriendo de una 1218 calorías. Un poco más de la mitad recomendada para un día entero. Para poder quemarlo, tendríamos que hacer 112 minutos de flexiones de brazos consecutivos. Obviamente este dato deja de lado que una persona usa energía constantemente, ya sea pensando, caminando, o haciendo que sus órganos funcionen. Pero esa equivalencia te deja pensando, no por nada los deportistas consumen un tipo determinado de alimento, y no andan consumiendo tortas antes de cada carrera.

Una hamburguesa al sándwich tiene 310 calorías, y hace falta una hora de caminata para quemarla. Un tomate se quema en un minuto de running. Son 18 si comimos un helado Charlotte de postre. Para quemar las calorías de una porción de torta de chocolate necesitaremos caminar 9,5 km. Para bajar una lata de cerveza 4 km, y para  una gaseosa 1,8 km.

Para completar el dato estadístico, y poder hacer estos divertidos ejercicios en casa, podemos usar como parámetro que caminar quema 5,2 calorías por minuto, bicicleta 8,2, natación 11,2, y correr 19,4. Tener una transgresión de vez en cuando no es significativo en el resultado final de un entrenamiento o un régimen. Pero la suma de muchos “deslices” y los “premios” que uno se suele dar con la comida, puede hacer que nuestro desarrollo físico retroceda unos cuantos casilleros.

(*) No recuerdo si era exactamente así, pero quería aclarar que Helados Melona no auspicia a este blog.

Semana 34: Día 238: Mitos alrededor del pan

“Si querés bajar de peso, tenés que largar el pan”. Todos hemos escuchado esto alguna vez. Existen muchos mitos en torno a este alimento, aunque insistan en ponerlo en la base de la pirámide nutricional.

Bueno, empecemos por decir una gran verdad: la harina no engorda (el que engorda es uno). Los hidratos de carbono son nuestro combustible, y el pan nos aporta una cantidad significativa… sin que nos aporte grasas. De hecho unas tostadas tienen menos calorías que las galletitas. Si comemos un par de rebanadas por comida (apróximadamente de 30 gramos), vamos a ingerir 80 calorías. De eso, 64 corresponden a los hidratos de carbono, 12 a proteínas y sólo 4 a grasas (o sea, ¡un 5%!). Por supuesto, el exceso es lo que engorda, pero en cualquier persona activa, no hace falta eliminar al pan por completo de la dieta.

Podríamos comer medio kilo diario sin engordar, siempre y cuando estemos gastando mucha energía. El sobrepeso tiene más que ver con el consumo de grasas y una vida sedentaria, más que por el consumo de hidratos de carbono. O sea, no debería ser el pan lo que haya que eliminar de un régimen alimenticio, sino otras comidas con menores aportes nutricionales (sumado a incorporar la actividad física).

Otro mito dice que el alto índice glucémico de los panes hace que haya exceso de azúcar y que ésta se transforme rápidamente en grasas. Pero el hígado y los músculos son capaces de almacenar unos 400 gr de azúcar, y cuando llega el momento de comer las reservas están agotándose. Esto da picos de insulina, porque hay que volver a recuperar los niveles. Sólo cuando todas las reservas están llenas, el exceso de azúcar tenderá a convertirse en grasa.

También existe la creencia de que la miga engorda más que la corteza, por considerar que tiene menos calorías. La verdad es que es completamente lo opuesto. El pan se hace con agua, pero tiene distinta concentración. En el exterior es menor, ya que es la parte más expuesta al calor del horno y se evapora. La miga posee más agua, lo que hace que sus nutrientes estén más esparcidos, y por lo tanto tenga menos calorías.

Además, muchos creen que el pan integral “engorda menos” que el blanco. Pero son prácticamente iguales. Ambos se hacen con harina, y la gran diferencia es que el de salvado, por ejemplo, aporta mayor cantidad de fibras (algo que NO queremos el día previo a la carrera, para evitar inconvenientes gástricos mientras corremos). De hecho, el pan blanco sólo utiliza harina, agua, levadura y sal, mientras que el  integral precisa de una harina sin refinar que, al ser más dura, necesita del agregado de grasas para conseguir una buena panificación. A menos que tengamos dislipemias, colesterol alto, estreñimiento o diabetes, lo ideal es la mayor ingesta de fibra y en este caso elegir el pan integral. Pero si sólo necesitamos bajar de peso o tener una dieta sana, es indistinto qué elijamos.

Ahora, ¿por qué algunos eligen tostar el pan? ¿Aporta menos calorías? Como vimos cuando hablábamos de la corteza, eliminar el agua cambia la textura y lo hace más crocante. Que sea duro y tengamos que masticar más, sólo nos da la sensación de saciedad. Esto se potencia si está tibia, ya que provoca mayor congestión en el estómago (y, en consecuencia, calma el apetito). Una vez en el estómago, el pan necesita de mayor mayor trabajo para ser digerido que las tostadas, debido a que los carbohidratos han sufrido una “dextrinización”, proceso que facilita la digestión. El cuerpo realiza un gasto calórico ligeramente superior para metabolizar el pan sin tostar.

Semana 34: Día 237: Enemigos de los corredores: Ellos mismos

Para cerrar esta serie de obstáculos de los deportistas, hablaremos de ese némesis al que siempre debemos enfrentar: nosotros mismos.

Si sufriese de algún tipo de esquizofrenia (probablemente así sea), podría afirmar que estoy constantemente boicoteándome. El martes golpeo la rótula de mi rodilla contra una columna, lo que me deja varios días sin poder si quiera caminar a paso rápido. El viernes me golpeo la cabeza contra el cartel de una calle (Godoy Cruz y Santa Fe, para ser más preciso), y vuelvo a mi casa goteando sangre. El domingo, cortando una manzana con una navaja, sigo de largo y me hago un tajo en la mano. Siempre del lado izquierdo, que es el hemisferio no-habil (la otra mitad tampoco es gran cosa).

Por más que nos cuidemos en la alimentación, mirando bien al cruzar la calle, o que tengamos plena confianza en nuestro entrenamiento, hay un cierto nivel de torpeza del que no podemos escapar. El entrenador Allan Lawrence decía que los accidentes (como podían ser torceduras de tobillo) se iban perdiendo a medida que uno adquiría experiencia. Quizá con años de entrenar y desarrollar un paso firme, perdamos ese trastabilleo que, sin previo aviso, nos puede dejar afuera de las carreras por un tiempo.

Supongo que la palabra “enemigo” es un poco fuerte. Estas líneas están más para lograr alguna reflexión que para ser tomadas al pie de la letra. Pero a quien nos enfrentamos constantemente es a nosotros mismos. La clave de un entrenamiento, para la disciplina que sea, es superarnos, ser mejores que lo que éramos ayer. No competimos contra otros deportistas. Podemos compararnos, pero cada corredor está haciendo su propia carrera. No me interesa tanto si soy más rápido que tal o cual, sino participar de un desafío por segunda vez, y notar que mejoré mi marca respecto al año anterior. Eso significa que progresé, y que me vencí a mi mismo. No hay victoria más dulce que esa.

Existen muchos factores que pueden condicionar un entrenamiento o una carrera. No podemos hacernos cargo de si hace mucho calor o si llueve, tampoco podemos responsabilizarnos si justo queremos hacer pasadas en un lugar y nos enteramos de que el gobierno ha decidido levantar la calzada para arreglar las calles y las veredas. Pero sí controlamos qué comemos, hasta qué punto podemos esforzarnos, si tenemos el calzado idóneo. Si tomamos malas decisiones, no podemos achacar un rendimiento deficiente a la “mala suerte”. Nuestro cuerpo y nuestra evolución es enteramente nuestra responsabilidad. Si algo no funciona es que estamos haciendo algo mal.

Esforzarnos sin dejar de autopreservarnos es la única forma de mejorar. Para perder la torpeza, y para no boicotearnos.

Semana 34: Día 236: Enemigos de los corredores: La mala alimentación

Comer es uno de los grandes placeres de la vida. Es innegable. Cuando nos juntamos con amigos, no podemos evitar organizar una comilona, generalmente con altos contenidos de hidratos y grasas. Si tenemos una cita con una señorita, seguramente la llevemos a cenar. Y aunque sea la excusa para ver a algún pariente, casi siempre terminamos cayendo en un restaurante. Comer tiene un gran componente social.

Es difícil concentrarse en una alimentación responsable y balanceada, sin que eso lo ponga a uno en el rol de paria. Los cumpleaños rara vez cuentan con frutas y cereales para picotear, y la idea es que la torta tenga una buena cantidad de calorías vacías, si no es que además hay helado de postre. Hasta año nuevo llevé una dieta en extremo estricta, y para el 31 de diciembre me relajé y me permití un poco de chocolate y una porción de helado de postre. Ahora me tomo las cosas con un poco más de calma.

La palabra “moderación” no formó parte de mi vocabulario hasta que empecé Semana 52. Antes atacaba de todo, como una especie de Demonio de Tazmania. Al principio, en mi adolescencia, creía que tenía un super-metabolismo, y que nunca tendría sobrepeso. Pero conforme pasaban los años era muy habitual en mi sufrir gastroenteritis, incluso cuando empecé a ser vegetariano.

Hay muchas formas de dividir el mundo, la mía es “dulce” o “salado”. Mi perdición era lo segundo, y de tanto en tanto, con la excusa de “levantar el ánimo” me compraba papas fritas, palitos, galletitas y un sinfín de snacks. Me sorprendió descubrir que, aunque tenía buen estado físico y mucha resistencia para correr, tenía más de 7 kg de sobrepeso. Con una dieta orientada a mis objetivos y una nueva rutina alimenticia (en la que no me salteaba ninguna comida) bajé rápidamente mucha grasa. Cuando llegó el momento de prepararme para mi primera maratón, la comida se convirtió en el arma secreta con la que logré superar los temidos 42 km.

Logré demostrarme que la calidad de lo que comía era clave para progresar. Derribé muchos preconceptos que tenía, y comprendí que la felicidad no pasa por darse un atracón. Se puede comer sano y disfrutarlo. Sé que muchos me miran como un bicho raro, saboreando una manzana como si fuese el manjar más delicioso (pero bueno, para mí lo  es). Entendí también que no necesitaba alcohol para divertirme, y me encontré bailando a pata suelta por primera vez en mi vida, sin recurrir a la cerveza o al Gancia.

En entradas pasadas hablamos de la seguridad en el entorno donde corremos (achacándole la culpa a los automovilistas), de poder congeniar el deporte con la vida diaria, y hasta discurrimos sobre la falta de confianza. La alimentación responsable es uno de los pilares en el desarrollo de un deportista. Por más garra que le pongamos, si nos regimos por nuestro estómago seguiremos limitándonos. Todo está en relación a lo que deseemos. Si nos encontramos con un techo y no lo podemos pasar, quizá sea hora de revisar qué hay en nuestra heladera. Lo siguiente a comprobar es la cantidad de veces que comemos al día. No me refiero a si nos la pasamos picoteando alfajores y galletitas. Un deportista no puede ayunar, o entrenar sólo con una fruta en el estómago. Aunque busquemos bajar de peso, necesitamos energía para usar de inmediato.

Aunque sus amigos se burlen de usted porque va al asado con su ensalada, sus manzanas y su agua mineral, en el fondo admiran ese compromiso. No hay que comer hasta reventar para disfrutar una reunión, ni matarse de hambre para bajar de peso (¡desterremos de una vez ese mito!). Es preferible cuidarse hoy y alimentarse en función a un entrenamiento, que llegar al extremo de tener problemas cardíacos, colesterol elevado, etc, y estar obligados a seguir una dieta el resto de nuestras vidas.

Semana 34: Día 235: Enemigos de los corredores: La falta de confianza

“Tanto si piensas que puedes hacerlo como que no puedes hacerlo, estás en lo cierto”. Esta frase me la dijo mi padre recientemente, inspirado en alguna reflexión de este mismo blog. No fue él quien la inventó, sino el precursor de la industria automotriz, Henry Ford. Aunque fue el gestor de la Revolución Industrial (me refiero a Ford, no a mi papá), no se termina de ganar mi simpatía por su abierto antisemitismo. Por eso prefiero ponerla en boca del Sr. Casanova, quien al menos visitaba todos los sábados el Club Peretz, tanto para jugar al tenis de mesa como para demostrar su afinidad por el pueblo judío.

Volviendo al tema que nos compete, esa frase resume que la mente humana es tan poderosa como para lograr lo que se propone. Y si deseamos fracasar en nuestros intentos, seguramente lo lograremos. He visto a muchos corredores pensar que no iban a alcanzar una meta, y se convencían tanto de ello que lo conseguían. En algunos casos, esta confianza en que iban a ser un estrepitoso fracaso los llevaba a ni siquiera hacer el esfuerzo.

No conozco a nadie que no se haya enriquecido después de fallar en algo. Pero el miedo al fracaso nos abruma a todos. Lo cierto es que los que se animan son los que ganan. El resto se queda siempre en la duda. Yo mismo (que tampoco soy un ejemplo de logros) nunca imaginé que iba a alcanzar tantos cambios a través del entrenamiento. Empecé a animarme a correr más y alimentarme mejor, y en un momento me apuraron para correr una maratón. Acepté y en todo momento confié en que la iba a terminar, aunque a decir verdad no me había planteado correrla tan pronto. Lo veía como un objetivo a largo plazo. Cuando llegó la oportunidad no la dejé pasar: me propuse averiguar si podía superar esa marca, y me encargué de que fuese lo más seguro y divertido posible. Si hubiese pensado que no iba a llegar a la meta, probablemente la hubiese pasado mal, o hubiese abandonado antes. Quizá, hasta hubiese dejado pasar esa chance.

Es duro no estar seguro de uno mismo, pero peor es cuando el resto no nos cree capaz. No podemos vivir aislados de lo que los demás piensan. Quien lo logre goza de una autoestima envidiable. Así como conocí a corredores que no confiaban en sí mismos, he visto cuando el entorno de un deportista lo subestima, y es realmente muy triste. Aunque tengan las mejores intenciones y se preocupen por la integridad física del inexperto atleta, el camino hay que recorrerlo en forma personal. Nadie nos puede decir con exactitud cómo va a ser, y y de nada sirve que nos relaten la experiencia. Tenemos que confiar en que no necesitamos a nadie más que a nosotros mismos para lograr lo que sea.

¿Cuáles son los motivos más frecuentes para no intentar? Que después va a doler todo (¿Y? ¡Hay que llevar el dolor con orgullo!). Que va a ser aburrido (¿Y? ¡Una carrera, aunque sea de calle, puede estar llena de sorpresas!). Que no vamos a llegar (¿Realmente? ¿Intentaste correr hasta REALMENTE quedar exhausto? ¿O tu mente intenta detenerte muchos kilómetros antes que el agotamiento físico definitivo?). Las excusas para no esforzarnos abundan, mientras que las que nos tiran para adelante escasean.

El miedo al fracaso es mala consejera. A través de los errores uno aprende, y la siguiente vez que intentamos algo lo hacemos sobre la base de la propia experiencia. El que no intenta porque no se cree capaz, jamás podrá darse cuenta de que estaba equivocado. Después de todo, ¿qué cosas intentarías hacer si supieses que no podés fallar?

Semana 34: Día 234: Enemigos de los corredores: La rutina

Lo más difícil de entrenar asiduamente es congeniar con los quehaceres cotidianos. Seguramente existan días en que las responsabilidades se sobrepongan al entrenamiento. A veces uno tiene que elegir, y eso implica renunciar a algo. Y no, no se me escapa la ironía de que la palabra “rutina” la usamos tanto para nuestras responsabilidades de todos los días, como para los ejercicios que tenemos que hacer en forma habitual.

Antes de Semana 52, cualquier cosa era más importante que ir a correr. Un trabajo atrasado (siempre lo están), un muy buen plan de salida, un episodio nuevo de Lost… Siempre había algo. Y llegó el día en que decidí priorizar el desarrollo físico (y por suerte Lost terminó). Pero por más que se convirtió en algo central en mi vida, cuesta mucho sostenerlo todos los días.

Por ahora me conformo con tener un post diario. Es, lejos, lo más difícil, y supongo que por eso es a lo que más importancia le doy. Siempre hay, entre que me levanto y antes de las 12 de la medianoche, un hueco en el que sentarse a escribir, ya sea en casa, en un cyber o en lo de un amigo. Correr o hacer pesas no es tan fácil. En viajes por trabajo descubrí lo divertido que es correr por Rosario. En breve voy a visitar Montevideo, y en algún momento entrenaré en Lima y en Atenas.

Aunque le pongo mucho esfuerzo, no siempre alcanza, y el trabajo me consume todo el día. A veces angustia un poco no poder hacer lo que uno quiere, y más de una vez se me cruzó por la cabeza tener un día sin novedades en el blog. Hoy, por ejemplo, me tomé un par de horas de mis responsabilidades en la Feria del Libro, para volver a casa, merendar, y subir esta misma entrada. Es un día atípico, me hubiese gustado quedarme en el stand acomodando y vendiendo nuestros libros, pero este atípico viernes merecía ser comentado.

Como tenía que estar en la Feria antes de la apertura y desde el lunes que no iba al gimnasio, decidí volver a hacer pesas en casa. No me resulta cómodo, hay ejercicios que no puedo hacer (como poleas), pero me intrigaba ver qué podía llegar a hacer. Ir hasta el gimnasio me iba a insumir un tiempo que no tenía. Así que tomé mis dos mancuernas, la barra corta y el banco incliando, y me puse a experimentar. Y así no perdí otro día de musculación. Los discos que tengo no son el mismo peso que manejo en el gimnasio, pero cuando la rutina se interpone hay que improvisar, y me gustó poder arreglármelas.

El banco inclinado (para hacer abdominales) se transformó en uno recto, ayudándome con una silla. Eso me permitió hacer pecho con la barra, y apertura con mancuernas. Pude trabajar biceps, hombros, pectorales en declinación y abdominales. Me di cuenta que el sábado y domingo podía recuperar esos otros días en que estuve concentrado en la Feria, y llegar a 4 jornadas de musculación en la semana. El mínimo que quiero hacer es 3, el máximo 5, así que está muy bien.

Me dio tiempo a bañarme y salir para la Rural en horario. No siempre pasa, y la rutina gana sus batallas, pero a veces podemos anotarnos algunos triunfos.

Hay cosas inamovibles: no podríamos entrenar si no tuviésemos dinero (gimnasio, alimentación, ropa adecuada… todo se consigue con el vil metal). Así que siempre el trabajo le va a ganar a hacer deporte. En los momentos “libres” podemos dedicarnos a nosotros mismos. Con planificación y mucho esfuerzo se puede hacer. A todos nos encantaría que nuestra rutina fuese la de correr libres, como el sol cuando amanece. Ser Dean Karnazes o Stefan Engels. Pero somos simples mortales que buscamos llegar a fin de mes y, en el interín, buscar la felicidad. Algunos la encontramos entrenando todo lo que podemos. Pero hay que buscarla todo el tiempo, aunque la rutina se interponga.

Semana 34: Día 233: Enemigos de los corredores: Los automovilistas

Quizá este post tenga un poco más de sentido para los deportistas argentinos que para los de otros países del mundo. Quizá tendría que aclarar que me refiero más puntualmente a los de Buenos Aires. Y si me apuran digo que específicamente los peores conductores son los porteños.

Vivimos en una sociedad donde muchos peatones y pasajeros mueren en choques vehiculares. Jorge Frascara, un brillante diseñador y comunicador, proponía dejar de hablar de “accidentes automovilísticos”, porque así asumíamos que las fatalidades se debían a un hecho fortuito del destino. Como si, espontáneamente, los autos decidieran tomar vida propia y embestirse entre sí, arrojarse por un barranco o morder la banquina y darse vuelta. Los medios de comunicación, cuando buscan un sinónimo de “accidente”, suelen decir que el conductor “perdió el control del vehículo”, como si relatasen un capítulo de Carrie, el coche endemoniado de Stephen King.

La verdad es que los choques se producen, imagino que en un 99%, por imprudencia de los seres humanos. Quizá si cambiásemos nuestra forma referirnos a estas desgracias ayudaríamos (un poco) a concientizarnos.

Existe una gran diferencia entre entrenar en las calles de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y hacerlo en provincia. En la Capital Federal todos vivimos con los segundos contados, apurados, y poco importa si el semáforo está en rojo. ¿Por qué va a importar que uno esté corriendo? ¿Qué se creen los deportistas, transitando las sagradas sendas de los automóviles? Cuesta aceptar que el ser humano vino antes que los vehículos, y que calles y avenidas debieron adaptarse a las personas, y no al revés. Más allá del fastidio que resulta correr por una avenida y detenerse por el semáforo en rojo cada dos cuadras, hay que cuidarse de los automovilistas que eligen las bici-sendas para ganarle a los otros autos, o de los colectivos que se llevan todo por delante. Ni hablar del smog. El gobierno cela mucho su política de “espacios libres de humo”, mientras que son más flexibles acerca de respirar los gases de los caños de escape (que equivale a furmarse 5 atados al instante).

Los espacios verdes de la ciudad son una especie de oasis, en los que un deportista puede sentirse seguro (al menos seguro de que no lo van a pisar). Por eso las carreras y maratones urbanas son una suerte de revancha. Correr en la 9 de Julio, subir por la autopista, avanzar por el centro de las avenidas, es un placer, es como ganar las calles y marchar por donde, a otras horas, uno perdería la vida.

Existen automovilistas que frenan su vehículo ante la presencia de peatones. Pasa más seguido fuera de las grandes urbes, pero tampoco pasa siempre. Es muy distinto a otras ciudades como Montevideo, o Madrid, donde uno pisa la calle y los conductores automáticamente frenan. La senda peatonal, o zebra, es muy respetada, mientras que en Buenos Aires la usan de estacionamiento. ¿Y la gente que intenta cruzar? Que se arreglen, esquivando a los vehículos. Los conductores, por ganar 2 metros en el semáforo, se olvidan de que, en el momento en que se bajen de su automóvil, se convertirán automáticamente en peatones.

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