Semana 18: Día 123: Los 8K de la Corrida de San Silvestre

La mejor forma de terminar el año: correr 8 km bajo el rayo del sol, a las 4 de la tarde, después de tres semanas de estar parado por una lesión. Un desafío que demostró ser mucho más difícil de lo que me podía imaginar.

Haciendo un breve racconto, el 8 de diciembre me golpeé a lo bestia con un amigo en un partido de fútbol mixto. Con ese trauma me gané un dolor intercostal, producto de una neuralgia (inflamación de los nervios). Por esto, antes de la carrera, sólo pude correr una vez en cinta y dos veces en el entrenamiento de los Puma Runners. O sea, llegaba a la San Silvestre con pocos kilómetros encima en el último mes.

Para esta carrera di rienda suelta a toda mi soberbia: la imaginé muy fácil. Digamos, en los entrenamientos solía correr el doble, pocas veces el triple. Supuse que el calor iba a ser un factor que iba a hacerla más difícil: jamás corrí una carrera en verano, menos durante pleno día. Casi siempre había sido por la mañana, y un par de veces a la noche.

La Corrida de San Silvestre, como ya comentamos en otra ocasión, se originó en San Pablo, con la misma distancia que se corrió ayer, aunque hoy ya cuenta con 15 km. Me comentaba mi amigo Walter (compañero de la maratón) que en la versión argentina, cada año se le agregará otro kilómetro. Esta carrera es una verdadera licencia, que ha abierto sucursales en varias ciudades del mundo. Siempre se corre el 31 de diciembre; para nuestra edición se agotaron los 2 mil cupos y a último momento se agregaron 200 más.

Por las dudas, antes de salir me llené de protector solar (tengo poca tolerancia al sol y algunos lunares que me obligan a ser muy cauto). Me calcé la gorra con visera que me regaló el sordo Dany (compañero de entrenamiento, al que le averguenzan mis atuendos) y salí para el centro. La carrera tenía un circuito en forma de cruz, con el obelisco casi en el centro.

Con Walter llegamos pocos minutos antes de la largada, y la San Silvestre arrancó super puntual (un minuto antes salieron los discapacitados, y atrás, a los empujones, el resto). No me animé a correr con anteojos de sol, por miedo a que me resultaran incómodos. Lo que más me preocupaba era la costilla, así que me había tomado un ibuprofeno 600 apenas me levanté y otro antes de largar. Además tenía puesta la faja de neoprene que mi padre donó al “museo Semana 52”.

“Mirá que te sigo”, le dije a Walter. “Yo la voy a hacer tranquilo, Martán”, me confesó, así que a poquísimos metros de haber salido, empecé a aumentar la velocidad y nos separamos. Ahí pasé a la Mujer Araña, un verdadero personaje de muchísimo temple, que siempre está en todas las carreras. Era consciente de que estaba todavía recuperándome de una lesión, pero la faja me daba confianza (ya había comprobado que hacía la diferencia) y las carreras dan unas pilas inexplicables. El recorrido inicial era sobre la 9 de julio, avanzando en dirección a Constitución. Avancé a buen ritmo, pasando corredores, hasta cruzar la marca del km 1. Luego dimos la vuelta y retomamos por los carriles contrarios.

Pasamos por el km 2 justo cuando doblábamos por Hipólito Yrigoyen. Ya en este punto, tenía mucha sed, y me dolía el costado. Pero no era la rodilla, sino esa molestia de respirar mal. Quizá era la faja que apretaba, aunque probablemente colaboraba el calor y el hecho de que no estaba del todo bien entrenado. Flaqueé sinceramente, no me consideré al 100%, y cuando uno duda de sí mismo, se convence de que no es capaz. Pero intenté cumplir lo que predico, y no aflojé. Cruzamos el Congreso de la Nación y volvimos por Rivadavia, justo cuando cruzamos el km 3. En ese punto no podía más de sed, aunque antes de salir había tomado 500 cc de agua fresca. Me sentía cansado, pero avanzaba.

Cruzamos el primer puesto de hidratación. Algo no funcionó, porque te daban agua caliente. Tomé un sorbo e irónicamente me cayó mal, así que me lo eché en la cabeza. Fue como tomar una ducha tibia. Avanzamos por Avenida de Mayo, y al llegar a la 9 de julio estábamos en el km 4. Me sentía cada vez más agotado, y el haber llegado a la mitad de la carrera no era suficiente motivación. Pero mientras estaba encimismado en mis pensamientos, vi a un corredor veterano que se me acercaba y me llamaba por mi nombre. Era nada menos que Eduardo Casanova, más conocido como “papá”.

Mis padres viven cerca del circuito de la carrera, de hecho pasé por la esquina de su casa (y hasta pensé en tocarles el timbre para que me den agua fría). Mi papá me interceptó y empezó a correr a mi lado. Charlamos un poquito, le dije que la carrera estaba siendo más dura de lo que había supuesto. De reojo vi que estábamos cruzando la mitad de la San Silvestre a los 18 minutos. Le pronostiqué una llegada en 37 minutos (supuse que en la segunda mitad iba a aflojar) y tuve presente que ese era el tiempo que me había adelantado Juanca, lector de este blog. Mi papá preguntó por la costilla, pero realmente no me molestaba en absoluto. Me acompañó 300 metros, y me dio muchísimo ánimo. Recordé cuando corríamos juntos, tradición que empezamos hace 20 años y que, cuando terminé el secundario, no volvimos a repetir. Me cuesta mucho poder transmitir lo emotivo que me resultó esto.

Por el obelisco nos separamos, y supuse que no lo iba a volver a ver hasta la cena de fin de año. Antes de llegar al km 5, ubicado en la esquina del Teatro Colón, repartían esponjas mojadas. Me la pasé por la cara y la nuca, y tomé un sorbo. En Marcelo T. de Alvear dimos la vuelta. Seguía avanzando por inercia, alentando a los corredores que caminaban, agotados. Antes de volver a cruzar el obelisco, llegamos al km 6.

Crucé hacia Diagonal Norte, siempre al rayo del sol (poquísima sombra durante la carrera) y me volví a encontrar con mi papá. Hicimos 200 metros juntos hasta volver a separarnos, y su compañía me dio nuevos ánimos. La gorra me acaloraba, pero cuando me la sacaba para que el viento refrescase mi transpiración, sentía un hormigueo en la cabeza. Lejos de hacerme sentir mejor, la sensación era que me iba a desmayar. Decidí dejar de hacer eso, el remedio parecía peor que la enfermedad.

Cuando llegamos al Cabildo era el km 7, y ahí dábamos la vuelta para tomar Avenida de Mayo. A esa altura ya estaba buscando en qué momento me iba a cruzar con mi papá. Ya sabía que faltaba nada más que un kilómetro para la llegada, pero me sentía sin energías para aumentar la velocidad. Probablemente había comenzado a un ritmo y lo había bajado en el transcurso. Pero mi mantra era, no importa si caminás, no podés frenar (porque eso era lo que cada fibra de mi cuerpo pedía).

Me crucé con mi papá unas 2 cuadras antes de volver a la 9 de julio y volvió a trotar a mi lado. Le confesé que uno mariconeaba mucho, pero que seguro al final iba a estar bárbaro. Quise subir el ritmo, pero no sabía si lo estaba logrando. Sentía que cada paso era más difícil que el anterior. Cuando tomé la 9 de julio mi papá se despidió de mi, y le pedí que me esperase en la meta. Ya veía el arco de llegada a 300 metros, pero el sprint me parecía una cosa imposible. Tenía calor, me costaba respirar, estaba cansado y abatido.

Faltando 100 metros, contra mi propio pronóstico, empecé a bracear fuerte y a dar zancadas más largas. Crucé la meta con un sprint espectacular, casi que no me pude detener y choqué a otro corredor que ya había llegado. Cuando frené, me sentía fantástico, invencible. Tanto que me olvidé de controlar el reloj de la llegada. El tiempo neto terminó siendo de 34:55, un promedio de 4 minutos 22 segundos el kilómetro. O sea que en la segunda mitad mejoré mi ritmo por dos minutos. ¿Cómo fue entonces que me la pasé llorando toda la carrera?

Tomé un poco de Gatorade y más “agua tibia”. Me refresqué y esperé la llegada de mi amigazo Walter. Ambos coincidimos con que esta carrera fue un gran reto que nos agotó. Sabíamos que correr a esa hora en verano era un desafío distinto, y era por eso que queríamos hacer la San Silvestre. Me puse a hacer una cola, pensando que era para la entrega de medallas, y resultó ser que era para que te regalasen una toalla. Me sorprendió cómo muchos se mataban por semejante tontería. Me fui a la salida, entregué el chip, y me encontré con mi papá. Él no tenía planeado correr (hacía rato se consideraba retirado del atletismo), y acompañándome hizo nada menos que 900 metros.

Volví a su departamento para ducharme y encarar junto a él y mi mamá el viaje a zona sur, donde nos esperaba la cena de fin de año. Me sentí muy contento, con otro objetivo cumplido antes de la llegada del 2011.

Espero, en este nuevo año, volver a competir en la San Silvestre, y que sea cierto que le van a agregar un kilómetro más. No corrí esta edición en mis mejores condiciones, pero la pude conquistar. Lo que más me interesa, como corredor, es mejorar mis tiempos, pero también me entusiasma la idea de que cada año sea un poquito más difícil.

Publicado el 1 enero, 2011 en Carrera y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Qué “viejo” que tenés Martín !!! El te “empujó” los dos minutos eh !! Se me ha caido una lágrima con tu relato … la verdad. Esto vale más que los tiempos. Un abrazo Juanca.

    • Sí, la verdad es que mi padre es un amigo (por eso de que da consejos), y me está acompañando mucho en este viaje de 52 semanas (aunque, en honor a la verdad, me ha acompañado así toda la vida). Abrazo.

  2. Hola Martín !

    Fue un gran placer poder acompañarte en esos pequeños tramos de la carrera; fue totalmente impensado… quería verte pasar y alentarte, pero me tenté y empecé a correr al lado tuyo… sin pensar en el costo. Me quedó un poco de dolor en el tendón de aquiles de la pierna derecha; pero hoy salí a caminar para “decirle al tendón”que se va a curar con ejercicio suave… estuve elongando y todo eso que vos predicás. Creo que “ya no estoy para estos trotes”, sin embargo me entusiasmó y me alienta a intensificar las caminatas y probar algún trote corto en la playa… tipo “Carrozas de Fuego”. Un beso.

    • Hola, pá. Definitivamente demostraste el temple Casanova. Vos sabés que los padres saben más que los hijos, pero me alegro que puedas usar algo de lo que predico. Llevate la música de Vangelis en los auriculares. ¡Beso!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: