Semana 17: Día 116: ¡Feliz Navidad!

Hoy hablaremos del hombre más rápido del mundo, un personaje cuya velocidad ha sido calculada por una consultora sueca: 3.500 kilómetros por segundo. Esta distancia está al límite de los parámetros de la física. Los científicos del Centro Recreativo Científico Phaeno (Volsburgo, Alemania) tienen otra medición para su récord, más modesta, pero no por eso menos impresionante: 28.416 kilómetros por hora. Más allá de la polémica en la comunidad científica mundial, tendríamos que hablar un poco más de este personaje, cuyo antecedente lo encontramos hace más de 1700 años.

Aproximadamente en el 280 d.C., en Patara, una ciudad del distrito de Licia, en la actual Turquía, nació Nicolás de Mira (posteriormente rebautizado Nicolás de Bari), hijo único de una familia acomodada. Su padre soñaba para él un destino en el comercio del Mar Adriático, mientras que su madre pretendía que siguiese los pasos de su tío, el obispo de Mira (una antigua ciudad griega, de la Anatolia Egea). Nicolás estaba dividido entre los deseos de sus padres, y se vio forzado a elegir cuando la peste se los llevó de este mundo.

Convertido en huérfano, se deshizo de sus bienes y fue a Grecia a vivir con su tío y cumplir el sueño de su madre. Se convirtió en sacerdote a los 19 años, y al morir el obispo fue designado para reemplazarlo. Nicolás siempre fue muy humilde, y su interés estaba especialmente puesto en los pobres. Esta predisposición hacia los desposeídos lo convirtió en santo patrón de Grecia, Turquía, Rusia y la Lorena. Su fama vino acompañada de muchos mitos, algunos podemos suponer que eran ciertos. Los más fantásticos lo tenían como hacedor de milagros. Cierta vez, un demente acuchilló a varios niños. Nicolás tenía predilección por los más pequeños, y se dice que rezó por ellos y logró que se curasen inmediatamente. Otra historia, más verosímil, tiene como protagonista a una familia muy pobre, compuesta por un padre y tres hijas. Según las costumbres de la época, como ellas carecían de dote, no podían casarse, y estaban condenadas a la soltería. Cuando las niñas obtuvieron la edad para contraer matrimonio, Nicolás le regaló una bolsa de oro a cada una. Se dice que lo hizo en secreto, entrando por una ventana en la noche, a hurtadillas. Colocó el oro en las medias que se secaban colgadas de la chimenea.

Este personaje, elevado a la categoría de santo por la iglesia, dejó de ser Nicolás de Mira para ser “de Bari” cuando, en 1807, los musulmanes invadieron Turquía. Los cristianos sacaron sus reliquias y las llevaron a la ciudad de Bari, Italia. Aquí fue que ganó popularidad en toda Europa, con muchos templos dedicados a su figura, ya que era de los santos que “hacía caso” cuando se le rezaba.

Supongo que ya todos caímos en que estamos contando la veradadera historia de San Nicolás (alias Santa Claus o Papá Noel), el personaje más representativo de la Navidad. Por alguna razón, siempre nos obsesionamos con entender cómo hace para regalarle un obsequio a todos los niños del mundo. Dicen que para hacerlo tendría que viajar tres veces a la velocidad del sonido (pero tampoco se plantean cómo hacen los renos para volar si carecen de aerodinamia). Que el festejo de la Navidad sea el 25 de diciembre (además de que es la fecha en que se conmemora el nacimiento de Jesucristo), tiene sus antecedentes en la antigua Roma, cuando a mediados de diciembre se hacía la fiesta en honor a Saturno y la costumbre era que los mayores le obsequiaran regalos a los niños. En los cultos solares, originados en las comunidades agrarias, las divinidades se asociaban al sol, importantísimo para el ciclo de las cosechas. La conmemoración de su advenimiento se correspondía con el solsticio invernal (en del hemisferio norte), alrededor del 21 y el 22 de diciembre: el sol iba “muriendo” y al tercer día “renacía”, brillante y triunfante. Esto sirve de analogía para un dios  joven que muere cada año y resucita, y le calza perfecto a muchas figuras de las principales religiones de la historia, como Horus, Mitra, Dionisos, Krishna y Jesucristo.

En 1809, el escritor Washington Irving escribió una sátira, Historia de Nueva York, en la que deformó al santo holandés, Sinterklaas (San Nicolás) por la  pronunciación angloparlante Santa Claus. Más tarde, Clement Clarke Moore, en 1823, publicó un poema donde se basó en el personaje de Irving, quien regalaba juguetes a los niños en víspera de Navidad y se transporta en un trineo tirado por nueve renos. En el año 1931, la corporación Coca-Cola encargó al pintor Habdon Sundblom que remodelara a Santa Claus  para hacerlo más vendible. Esta versión popularizó la figura gorda, su vestimenta característica, y los colores rojo y blanco (previamente se lo representaba principalmente de verde).

Poco importa si el origen de la Navidad está en el culto al sol, si el hacerle regalos a los niños viene de los Romanos, o si la bondad de un obispo turco es la causa por la que intentamos, una vez al año, ser más generosos que nunca. Hoy no estamos para desmitificar religiones ni costumbres, sino para agradecer que, en la suma de toda esta historia, hayamos obtenido un día donde regalar sea más importante que recibir. Navidad es la excusa para poner un freno a esta vida agitada, reencontrarse con la familia y maravillarse un poco con el entusiasmo de los más chicos.

Espero que todos hayan disfrutado de la reunión con sus seres queridos, que hayan hecho caso a alguno de los consejos que di ayer sobre los excesos, y que entiendan que hoy me haya tomado un receso en este blog (y que, por una vez, no haya hablado de deporte, nutrición o mi maldita costilla). Muchas felicidades para todos.

Publicado el 25 diciembre, 2010 en Reflexiones y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. (!) Muy lindo, pero muy lindo tu anecdotario ! Felicidades Martín ! Juanca.

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