Archivos Mensuales: noviembre 2010

Semana 12: Día 81: Para qué sirven las abdominales

Un ejercicio muy común en los entrenamientos son las abdominales. Ya hemos hablado en el pasado de este infame ejercicio, y debo reconocer que al principio me costaban horrores, pero ahora fortalecí mucho esa zona. Así y todo, me parece que no nos adentramos demasiado en por qué los tenemos que ejercitar.

Este grupo de músculos es el centro de fuerza del cuerpo, y son imprescindibles para la resistencia. Una buena base abdominal es capaz de sustentar sólidamente el tronco y, por tanto, el equilibrio de nuestra carrera. Son uno de los principales grupos musculares postulares, por lo que ayudan a mantener el buen estado de la espalda, facilitan la posición correcta de carrera y evitan lesiones.

Muchas veces nuestro entrenador nos dice que no rebotemos ni nos impulsemos con los brazos. Cuando hacemos abdominales, la velocidad del movimiento debe ser pausada y constante para que la inercia no sustituya al trabajo muscular. Es necesario concentrarse en los músculos protagonistas del movimiento, ya que hacen una gran diferencia (que quizá no notemos) en la carrera. El tema es que son de los menos utilizados en la vida diaria, por lo que tenemos que trabajarlos durante el entrenamiento.

Los abdominales protegen a los órganos internos del abdomen y evitan cualquier desplazamiento en la cavidad abdominal. Impiden la filtración de grasa, y al mantener la correcta postura de la espalda, ayudan en la economía de la carrera. También ejercen presión y mejoran la fortaleza de los músculos posteriores del tronco. También mantienen la posición de la pelvis, y potencian la zancada, lo que absorbe el impacto contra el suelo. Esto evita curvas exageradas de la columna vertebral y repercute menos en estos huesos, ahorrándonos dolores y lesiones.

Una de las consecuencias del running, sobre todo en carreras largas, es que afloja los esfínteres. Es una sensación muy molesta que distrae, y que encima pareciera desaparecer cuando nos detenemos. Un buen trabajo de abdominales, al fortalecer todos estos músculos, también ayuda.

Es importante hacer un calentamiento previo antes de empezar a ejercitarlos. Por eso es ideal hacerlos al final de una sesión de entrenamiento.

Al principio los odiaba, porque me costaba mucho incorporarme, y no les encontraba mucho sentido. Pero como en muchos ejercicios, la dedicación y la constancia hace que uno vea los resultados a largo plazo. Ahora siempre termino haciendo abdominales en los entrenos, entre 300 y 500. Siempre me dijeron que me iba a costar mucho desarrollarlos porque, al ser vegetariano, no iba a tener el suficiente aporte de proteínas para el desarrollo muscular. Pero ahí están, el yogur light y la leche descremada en polvo, mis aliadas en mi crecimiento de musculación.

No aflojemos que, como dije incontables veces, el secreto de todo desarrollo físico está en la perseverancia.

Semana 12: Día 80: Los 27 km de la Merrel Adventure Race Pinamar 2009

Los Lionx (actualmente Puma Runners) en Tandil. Yo, a la derecha, con pelo y con mañas

80 días. Es lo que le tomó a Phileas Fogg dar la vuelta alrededor del mundo (según Julio Verne). Es lo que más o menos me tomó a mi recuperarme de una fractura de tobillo, allá en el año 2000. Es poco, considerando que mi meta final es entrenar intensivamente por 364 días, pero a la vez es mucho.

Es inevitable mirar hacia atrás (lo hago mucho últimamente) y ver cómo mi cuerpo cambia, cómo aumenta mi resistencia, cómo me vuelvo más fuerte. De vez en cuando tropiezo o trastabillo, pero siento el paso firme y los músculos que aguantan más. Anteriormente esta torpeza (que va desapareciendo con los años) me hubiese significado un tirón o una lesión. Me pone contento sentirme más estable y resistente, y me confirma que el entrenamiento rinde sus frutos.

Decidí volver atrás en el tiempo, a la Merrel que corrí en Pinamar. No sé si recordarán, el año pasado vivíamos inmersos en la paranoia de la gripe A. Tanto es así que desaconsejaban las situaciones donde hubiese aglomeraciones de gente. Obviamente una carrera de miles de personas entraba en esta categoría, y la carrera se pospuso de julio hasta septiembre. Yo me había lesionado, al patinar sobre empedrado mojado, y correr me dolía muchísimo. Era frustrante, pero no aflojé, seguí entrenando todo lo que podía, intentando fortalecer la rodilla. La desgracia con suerte de la gripe A me permitió un tiempo extra para recuperarme. La Merrel se realizó finalmente, y al día siguiente escribí una crónica. Siendo que estoy en un día un poco nostálgico, quise rescatarla para el blog:

Lun, 14 de Sep, 2009 9:58 am

Bueno, primero que nada, me duele desde los pelos hasta la punta de los pies, pero es un dolor que me llena de orgullo.

El día de la Merrel estuvo espectacular, la carrera fue mucho más dura de lo que me imaginé. Mientras la noche anterior roncaba (…) soñaba que llegaba a la meta y lloraba desconsolado. Supongo que dramaticé toda la escena, pero lo cierto es que un esguince de ligamento externo izquierdo me hubiese dejado afuera si la carrera se hacía en julio… y todavía no me recuperé. En llano la rodilla no molesta, en cuestas se me prende fuego.

(…) Me tomé un diclofenac antes de salir, como para que haga el mayor efecto en un eventual pico de dolor. Arranqué con [Pablo], íbamos con un ritmo excelente. La rodilla no molestaba, y me sorprendía. En la segunda posta paramos para hidratarnos, me tomé el gel que me regaló Walter (¡gracias!) y ahí ya no pude seguir. No sé si fue el haber parado, pero la rodilla me hacía ver las estrellas. Cerca del km 15 lo perdí [a Pablo], casi no podía caminar. Tenía mucha bronca y frustración. Ahí me di cuenta que tenía una ampolla en la planta del pie y que los dedos de los pies me dolían. Quise apretar los dientes y seguir, pero el dolor era demasiado.

Caminé un poco mientras pensaba en ese sueño que había tenido la noche anterior en que llegaba a la meta. Pensaba en las palabras del Conejo [como le decimos a Germán, nuestro entrenador], cuando le pregunté si podía hacer la carrera y me dijo “Hasta que no lo intentes no lo vas a saber”. Y en un momento de iluminación mística me acordé del entrenamiento Lionx [actualmente Puma Runners], cuando hacemos el canguro y esos pasos que parecen ridículos. Y apliqué uno, tirando la pierna izquierda (la rota) hacia adelante, y paso corto con la derecha. Increíblemente ese paso me dolía muy poco, y ahí recuperé ritmo, hasta que la rodilla izquierda se acostumbró y pude volver a correr normalmente.

Llegué a la meta (sin llorar como un mariconazo) a las 3 hs 5 minutos, con una alegría inmensa. No sólo por haber roto mi marca histórica de distancia, sino por haberme repuesto a dolores y una lesión que me mantuvo en la incógnita hasta el último momento. Si llegué no tengo duda que fue por un excelente entrenamiento, por los consejos del Conejo y por el trabajo en equipo de todos los Lionx. Realmente es un grupo muy valioso y, como dije al principio, el dolor que tengo en todo el cuerpo me hace sentir muy orgulloso.

Entendí al final que este tipo de actividades son carreras no porque uno compita contra los demás, sino porque uno compite contra sí mismo. Y sin lugar a dudas, todos ganamos.

Me alegra releer estas palabras y ver que más de un año después, sigo confirmando muchas cosas que aprendí. Que el triunfo es sobre las adversidades, y sobre uno mismo. Que tus compañeros siempre están para apoyarte. Que la mente generalmente se sobrepone a lo físico.

No es recomendable correr con una lesión, pero en mi caso le encontré la vuelta para que no doliese. Esta es la carrera que más orgullo me da (hasta la maratón de este año era mi distancia más larga), y siento que la conquisté con fuerza de voluntad más que con el cuerpo.

Semana 12: Día 79: Corrida San Silvestre

El 31 de diciembre de 2010 se va a realizar, en las calles del centro de Buenos Aires, la primera Corrida San Silvestre. Esta carrera nació en San Pablo, Brasil, en el año 1924, y actualmente se realiza en cientos de ciudades alrededor del mundo.

La largada en la edición local es en la Av. 9 de julio y Sarmiento, en pleno microcentro, y un máximo de 2 mil corredores van a hacer los 8 km hasta la meta. La carrera original fue creada por el periodista brasileño Cásper Líbero y es organizada por el periódico fundado por él, la Gazeta Esportiva. Su distancia fue variando a lo largo de los años, aunque la São Silvestre de San Pablo es actualmente de 15 km. Solía correrse de noche, con antorchas, pero para no entorpecer los festejos de Año Nuevo se empezó a realizar por la tarde. En el caso de la edición de Buenos Aires, comienza a las 16 hs. Estimo que en ese momento y esa época del año hará un calor que los pajaritos se caerán de los árboles, pero habrá que hacerle frente, con mucho protector solar e hidratación.

¿Qué relevancia tiene para mi esta carrera? Bueno, primero aclaro que, desde que empecé Semana 52, en cada competición a la que asisto doy el 100%. Corro a la mayor velocidad posible. Esto me ha dado una merecida fama de tipo competitivo. La única vez que fui al ritmo de otra persona fue cuando, en marzo de este año, corrí 21 km con mi hermano Matías. Y quedé realmente destruido al ir a un ritmo menor al mío. Más allá de esa vez puntual (donde ni siquiera estábamos inscriptos, la corrimos hasta que a 20 metros de la meta nos echaron deshonrosamente) siempre fui a mi propia velocidad, despegándome del grupo (a veces adelantándome, otras retrasándome).

La segunda aclaración es que con este blog empecé a influenciar a algunas personas de mi entorno. Un amigo, Sebastián, me pidió que lo ayude a correr. Todavía andamos lidiando con sus apretados horarios, pero en breve arrancamos. Mi prima Edith empezó a entrenar en los Puma Runners conmigo. Mi hermano mayor, Lucas, residiendo en este momento en Madrid, comenzó a hacer yoga, y acusa a este blog de inspiración. Mi mellizo, Santiago, está corriendo por su cuenta, tentado también por mi experiencia. Matías, al que lo acompañé en la media maratón que destruyó mi espalda y mis gemelos, siempre me pregunta por el entrenamiento y comparte conmigo sus experiencias de la vuelta a correr.

Poder influenciar positivamente en otras personas (en especial en quienes querés) es una experiencia enormemente gratificante. Otro motivo para seguir adelante hasta la semana 52.

Hechas todas estas aclaraciones, mi hermano Santiago está intentando ser convencido por quien les escribe para correr la San Silvestre. Espero que lea este post en algún momento y se sienta en la obligación de inscribirse, ahora que lo estoy comprometiendo ante el mundo virtual. Su leiv motiv es “los límites están en la cabeza”. La distancia de 8 km le parece mucho, pero yo tengo otra máxima, que me dijo más de una vez Germán, mi entrenador. Cuando le preguntaba si me consideraba apto para tal o cual carrera, él me respondía: “hasta que no lo intentes, no lo vas a saber”. Y creo que este blog sirve para eso, para animar a que otros intenten. No a imitar mi caprichoso plan de entrenamiento, sino a largarse a averiguar dónde están los límites.

En el caso de la Corrida San Silvestre, voy a hacer el esfuerzo de no ser competitivo, bajar la ansiedad, e ir al ritmo de mi hermano en su primera carrera. Va a ser una linda forma de cerrar el año, corriendo juntos y motivándolo a que siga averiguando dónde están sus límites. Él todavía no lo sabe, pero están mucho más lejos de lo que él cree.

Semana 12: Día 78: El sprint

Nunca supe qué era un sprint hasta que leí esa palabra, este año, en el libro Autoentrenamiento para corredores, de Allan Lawrence. Resultó que no era ni la marca de una gaseosa, ni una empresa de telefonía celular, sino algo que yo venía haciendo al final de todas y cada una de las carreras.

El sprint, o esprintar, es correr o moverse a tu máxima velocidad. Como el cuerpo puede hacerlo por poco tiemp0 (unos 300 metros como máximo), se suele utilizar al final de una competición, o en carreras cortas. Cuando hablamos de máxima velocidad es eso, lo más rápido que uno pueda correr. Hay competencias de velocidad que también se llaman sprint, en las que los deportistas pueden hacer más de 300 metros, y aunque parecen volar sobre el suelo, no están al 100%: les sería imposible. Dan todo de sí mismos, yendo a un ritmo increíblemente alto, pero el sprint se da sobre el final. Por eso me gustaría referirme particularmente al que usamos para terminar una carrera.

Hace poco, durante el entrenamiento, hicimos un ejercicio que consistía en una entrada en calor (de unos 4 km) y después de elongar corrimos 2 mil metros a máxima velocidad. Por supuesto que este parámetro era personal, porque cada corredor tiene sus características físicas, su desarrollo muscular y su energía en particular. Como en los ejercicios de máxima velocidad no se llegan a oxigenar a tiempo los músculos, se trata de una actividad anaeróbica. En esta ocasión, intenté mantener un paso veloz, sabiendo que si daba desde el principio el 100%, me iba a quemar e iba a tener que bajar inevitablemente la velocidad. Pero intenté un ritmo mucho más rápido que de costumbre. Me ayudaba haber practicado tanta técnica: las zancadas largas ahorran esfuerzo. Cuando vi que faltaban 500 metros, aumenté un poco más el paso, y a los 200 metros de llegar, lo di todo en un sprint.

Para mi esprintar es siempre una sensación liberadora. Probablemente porque lo asocio con el final de un esfuerzo físico extenuante. Nunca corremos hasta que nos desvanecemos, siempre queda resto, sólo que nos vamos regulando y procuramos no quemarnos del todo. Por eso casi siempre se puede hacer un sprint al final. Es un momento breve, de mucha tensión, como una explosión. Mi tiempo final en esos 2 mil metros fue de 7:22, lo cual quiere decir que hice 3:41 el kilómetro. Por supuesto es un ritmo que jamás podré mantener en una carrera, pero me gustó conocer mi velocidad máxima.

Investigando un poco sobre el sprint, me enteré que utilizarlo en un entrenamiento (con intervalos de descanso) favorece la producción de la hormona de crecimiento. Ésta ayuda al incremento de masa muscular, ensancha y le da flexibilidad a la piel, aumenta el sistema inmune y la resistencia corporal, y promueve la pérdida de peso, a través de redistribución y pérdida de grasa. El sprint también fortalece el sistema cardiovascular y los músculos. Por eso está bueno intercalarlo con otros ritmos de carrera.

Muchas veces, entrenar haciendo pasadas me resultó tensionante, contrariamente a la sensación placentera de hacer fondo (una distancia larga, de más de 10 km). Pero descubrí que terminar con un sprint, en una competición, es una forma de coronar un esfuerzo físico intenso, y de hacerlo a lo grande. Es guardarse el ancho de espada para jugárselo en la última vuelta.

Semana 11: Día 77: Ahora me acusan de anoréxico!

Los corredores de fondo, por definición, queman calorías... y grasa... y músculo...

Asumo que un poco me toman el pelo. Pero últimamente escucho mucho el “estás demasiado flaco, empezá a comer”. Y respondo, “¿en qué momento? ¡Como seis veces al día!”.

Si la balanza del gimnasio está calibrada igual que la de mi nutricionista, debo haber perdido, en estos 77 días, 10 kg. No es que antes estuviese en extremo sobrepeso, pero al empezar semana 52 tenía mucha masa adiposa, que un corredor promedio no debía tener. Con la alimentación adecuada (soy bastante estricto en eso) y todo el plus de entrenamiento, empecé a perder toda esa grasa de más. Las fotos que saco cada 14 días lo atestiguan.

Pero empezaron los comentarios. El “demasiado” flaco. Ya lo comenté alguna vez, no me interesa ser un palito, quiero tener un cuerpo saludable, y lo que me falta para mi físico “ideal” es masa muscular. Por eso estoy consumiendo más proteínas y yendo al gimnasio (en principio) tres veces por semana. Pero ¿qué es ser “demasiado” flaco? Supongo que el contraste de una panza que me acompañó muchos años con la que tengo ahora. Quizá a alguno le asuste, para mi estoy bien. Pero claro, si niego que estoy muy flaco es un “signo de anorexia”. ¿Y cómo puedo ser anoréxico si me la paso comiendo? No mido mis alimentos, simplemente voy a la lista mental de cosas que puedo comer, las preparo y las devoro. A veces me da hambre entre comidas (pocas, pero me pasa) y no lo mato con la indiferencia; voy y me como una fruta, una rodaja de pan, lo que sea que me lleve sin tanta hambre a la siguiente comida. A esta altura, con el entrenamiento que hago y comiendo como lo hago, si me duele la panza no lo tengo que ignorar.

Es difícil dejar pasar este tipo de comentarios. Probablemente la gente no note, cuando dice estas cosas (aunque sea en chiste) la presión que ejercen sobre uno. De chico me cargaban porque era muy flaco (y poco atlético), de más grande porque estaba muy gordo, y ahora levanto sospechas de que no como, o de que no quiero aumentar el tamaño de mis porciones. Cuesta ignorar los comentarios de tu entorno. Por eso intento hacerle caso solamente a lo que diga mi nutricionista, mi entrenador… y mi cabeza.

Sigo, terco, apegado a la dieta y al entrenamiento, sabiendo que los corredores de por sí son fibrosos y de bajo peso. Eso no significa que ande sin energía. Ayer, en el entrenamiento de los Puma Runners, corrí 12 km a muy buen paso, sin ningún problema y con mis hermosas zapatillas nuevas. Y a la mañana ya había hecho una hora de gimnasio. Y entremedio comí todo lo que tenía que comer.

Un argumento que me han mencionado para “comprobar” que no estoy comiendo bien, es que a la noche me quedo dormido. Murakami, el escritor japonés y maratonista, contaba que apenas pudo dedicarse a vivir de las novelas, cambió completamente su rutina de vida. Se empezó a levantar muy temprano y acostarse apenas anochecía. Y sus conocidos, aunque se quejaran porque él rechazaba cualquier salida nocturna, no tenían otra opción que aceptarlo. En mi caso, históricamente vengo de una familia de fabulosos dormilones, con la habilidad de pernoctar en todos lados, en cualquier situación. Lo llevo en los genes: después de cenar entro en estado de hibernación. Y mi ciclo de sueño se acomodó mucho ahora que me he vuelto muy metódico con las comidas. El desayuno, colaciones, almuerzo, etc., son siempre a la misma hora, todos los días. Por eso me despierto, solo, a las 7 de la mañana (ahorro en pilas de despertador) y a la medianoche caigo rendido. Antes era igual, sólo que el horario variaba un poco. De hecho, creo que previamente dormía más. No podría explicar por qué ahora me asenté en 6 horas diarias de sueño.

Siento que doy explicaciones como haría alguien que tuviese un desorden alimenticio, y la verdad es que me fastidia un poco, porque nunca me tomé el tema de la alimentación más enserio que ahora. ¡Antes de empezar Semana 52 era que comía mal, muy mal! Ahora, sin escatimar con las porciones, como más veces por día que antes. Pero como en las reuniones ya no toco las papas fritas ni los dulces, en lugar de alimentarme responsablemente, alimento al mito de que no estoy haciendo las cosas bien.

Sigo bajando de peso, y para “frenar” eso probablemente tendría que correr menos. Pero en los entrenamientos y en las carreras tengo mucha energía, y siento que cada vez más puedo más. ¿No es ese el parámetro con el que tendrían que medirme?

Semana 11: Día 76: ¿Para qué sirve entrenar?

Porque todos sabemos por qué entrenamos, pero quienes no lo hacen probablemente no entiendan por qué ponemos tanto empeño en algo que no nos ride en fama ni en dinero (¡aunque sí en salud!). Así que voy a intentar recopilar algunos motivos, y espero quedarme corto y que haya muchos más…

Saquemos de lado la primera y obvia: verse bien. Hay un alto componente estético en el desarrollo físico, y el que diga que no tiene nada que ver con eso probablemente no sea sincero. Uno es siempre su peor crítico, y no creo que esté mal que hagamos nuestro esfuerzo para dejarnos “conformes”. Cuando nos importa demasiado la opinión de los demás, ahí tenemos un problemita.

A mi la satisfacción física me la da el espejo. Generalmente descreo de alguna eventual felicitación (aunque las agradezco). Hace unos años había una publicidad en la tele, de esos productos infames para tonificar los músculos y quemar grasas. No sé si era uno de esos aparatos de plástico para hacer abdominales, que los podías usar mientras veías la novela y lo guardabas donde sea (el de la propaganda lo metía abajo de una super cama, en una habitación más grande que mi departamento). O por ahí era uno de esos químicos que alegaban ser adelgazantes, y lo ejemplificaban metiéndolo en un vaso con agua, para mostrar cómo se separaba de la grasa. No sé. Lo que más me quedó era lo que decía el locutor, que recomendaba usar ese producto “para que desaparezcan esos rollitos que nadie quiere tener… ni ver”. Qué mensaje más espantoso. “Comprá esto que a nadie le gusta ver que tenés panza”. La tele (y particularmente la publicidad) nos vende ese discurso de que tenemos que ser bellos, pero la gratificación personal no va a pasar por nuestra salud, sino en que le agrademos más a los demás. Un horror.

Si sólo entrenásemos por una cuestión estética, ¿hasta dónde llegaríamos? ¿Cuándo sería suficiente? ¿Llegaríamos a un punto en que sólo entrenaríamos para “mantenernos”, aún cuando el paso del tiempo eventualmente nos va a alcanzar?

Dejando de lado lo más superficial, está el tema de la salud. El entrenamiento aeróbico mejora las defensas del organismo (resistencia a infecciones, a estímulos térmicos, a enfermedades). Esto nos permite entrenar más y con mayor continuidad. Además aumenta nuestra capacidad pulmonar y cardiovascular. Ya lo mencioné alguna vez, Allan Lawrence citaba a un médico que decía “Termina un maratón y no morirás de un ataque al corazón”. No se me ocurre un motivo más convincente para entrenar que ese.

Los músculos, asdemás, tienen la función de proteger a los huesos, ya que amortiguan el impacto de los golpes. Cuantas más fibras tengamos, contaremos con una musculatura fuerte que nos hará más rígidos y nos ayudará a evitar lesiones. También, al aumentar la proporción de músculo por sobre el tejido adiposo nos dará un metabolismo más acelerado. Eso genera que se quemen calorías más rápido, sin que nos demos cuenta.

Al entrenar también fortalecemos las articulaciones, haciéndolas más resistentes. Y hacer ejercicio es una buena forma de corregir la postura corporal (algo que yo necesito, ya que en cualquier momento me sale una joroba).

Entrenar también genera endorfinas, el antidepresivo natural. O sea que te pone de buen humor, más positivo. Y hay otras cuestiones psicológicas involucradas, como el respetarse a uno mismo, o el impulso anímico que causa cuidar de nuestro propio cuerpo. Como si fuera poco, podemos recurrir al ejercicio como válvula de escape, de la rutina o de temas que nos angustian. Hay que ponerle acción a las cuestiones mentales, ayuda mucho a que no nos agobien.

Por último, muchas veces comenté que hacía running y recibí la misma respuesta: “yo no corro ni a la esquina para tomar el bondi”. Así que otro beneficio de entrenar podría ser que perdemos menos colectivos, ¿no?

Semana 11: Día 75: Zapatillas nuevas!

Este post carece de cualquier tipo de humildad. Se ha desatado el espíritu consumista que tanto reprimo, y por un día lo voy a dejar salir a la superficie.

Desde que empecé a correr regularmente,tres años atrás, descubrí que el calzado no me duraba más de un año. Lo que solía hacer era aguantar con las zapatillas todo lo que podía hasta que, finalmente, llegaba mi cumpleaños (una semana antes de Navidad), época más que provechosa para pedir calzado nuevo.

Ir a una casa de deportes con mi papá a elegir zapatillas era una especie de tradición. Nunca tuve demasiado dinero, desde que volé del nido siempre viví con lo justo, intentando no depender financieramente de otros. Pero el calzado es algo en lo que no se puede escatimar, y mi padre siempre me dio un invaluable apoyo en mis actividades deportivas.

Esta vez pensé que iba a poder arreglármelas por mi mismo. El trabajo marcha bien, ya casi que me sostengo sin endeudarme. Cuando ya tenía dinero como para comprarme unas zapatillas profesionales, vienen mis padres y me regalan dinero como felicitación por mi primera maratón, y para convertirse en financistas de Semana 52 ¡Lo que es tener mala suerte! Me dio mucha vergüenza rechazárselos, así que los acepté con algo de culpa. Ellos querían que lo destinase a comprarme zapatillas buenas, y si sobraba el resto lo tenía que destinar a medias. Aproveché un viaje que hicieron los padres de mi amiga Lau, y conseguí que me trajesen de Estados Unidos unas super mega zapatillas, tapizadas, palanca al piso. Una joyita.

Es específicamente el modelo que quería, aunque existía el temor de haber confundido el talle que usan los norteamericanos (les encanta ir en contra del resto del mundo, con sus millas, libras, etc). Pero me las probé y son perfectas. En lugar de cámara de aire (que se puede llegar a reventar) tienen gel, que las hace más duraderas. Un compañero en Puma Runners que viste esta marca (no voy a mencionarla hasta que me auspicien) me dijo que le duraban fácil dos años, incluso cuando en alguna carrera se les habían roto. Aún si se agujerean, no suelen perder estabilidad ni abrirse más. Esta marca (no le vamos a hacer publicidad gratuita) es particularmente cara, lo cual las hace inaccesibles para mucha gente (como yo). Aparentemente en Estados Unidos circulan muchos pares de muestra, que no son para venta. Pero los norteamericanos han abierto toda una nueva industria, mezclando estas zapatillas con un marcador indeleble que tacha la leyenda “NOT FOR SALE”.

Ahora viene el período de adaptación de mi calzado nuevo, cuya marca no diré que es Asics (¡maldición!). Vamos a ver si hay alguna diferencia respecto a las marcas que venía calzando. Desde que me mandé a hacer plantillas, el dolor que sentía en las articulaciones prácticamente desapareció, pero a medida que las zapatillas iban perdiendo esa cualidad de absorber el impacto, correr largas distancias me hacía doler la espalda. Por ahora me siento un poco como en los días previos a la escuela primaria, cuando me compraban una super cartuchera, y no veía la hora de empezar las clases para estrenarla.

Mañana, lunes, es el día en que las voy a estrenar oficinalmente. Veremos si estas zapatillas son las que me acompañen en los 289 días que le restan a Semana 52

Semana 11: Día 74: Imposible correr y arrepentirse

Hoy, sábado, amanecí cansado, ansioso por quedarme trabajando, y con pocas pilas para ir al entrenamiento de los Puma Runners. Si no fuese por el compromiso de Semana 52, sin lugar a dudas no hubiese salido de casa.

La vida está llena de momentos así. No encontramos nada que nos motive salir al mundo exterior. El entreno parece un esfuerzo demasiado grande, en comparación a las ventajas de quedarse en casa, haciendo fiaca. En mi caso, estoy casi cumpliendo un sueño. Mi amigo Matías Timarchi, editor de OVNI Press, consiguió las licencias para editar comics de Marvel (Spider-Man, Iron Man, X-Men, y un inmenso etcétera). Luego de amenazar su integridad física si no me dejaba ayudarlo, me puse a traducir algunas historias del inglés al castellano, redacté con muchísimo entusiasmo varios artículos (ocho, sin ir más lejos) y colaboraré con el diseño de las revistas. Leer comics no me motiva tanto. Pero estar en la cocina de la historieta, plantando páginas, globitos, armando toda la revista… es un inmenso placer.

Anoche me quedé trabajando hasta casi la 1 de la mañana (que alguien me explique por qué se le dice “de la mañana” y no “de la noche”). Tenía hambre, y me recomendaron no estar más de tres horas sin alimentarme cuando trasnocho, así que comí un plato de cuadritos de avena (solos). No sé si es buena idea acostarse con la panza llena. Puse la alarma a las 7:30 y, después de dar un par de vueltas en la cama, me dormí. Soñé que entrenaba (¿premonición?), pero me desperté, solo, a las 6:30. Me pareció que tenía poco sueño encima como para ir a entrenar. Desayuné liviano, todavía sentía los cuadritos de avena en mi estómago. Me senté en la computadora y seguí jugando un poco más con las notas. Me sentía pesado, quedaba sólo este fin de semana para terminar las revistas, y había dormido poco. ¿Para qué ir a entrenar? Mejor quedarme en casa adelantando…

Pero me tomo las reglas muy al pie de la letra. Generalmente las mías las rompo con mucha facilidad, pero las de Semana 52 (entrenar algo todos los días, respetar la dieta y las seis comidas diarias) vienen resistiendo. Esperé a último momento (como para que surja algo que me ayude a quedarme en casa), y partí. El viaje hasta Acassuso es largo, 50 minutos desde que cruzo el umbral de mi departamento, pero con cada paso en la calle, la fiaca iba desvaneciéndose.

El entrenamiento fue inmensamente satisfactorio. Sé que normalmente no lo hubiese hecho, porque incontables veces estuve en situaciones similares, y opté por “aprovechar” el sábado. Pero correr, empezar a mover el cuerpo, esforzarte físicamente… es imposible arrepentirse de hacerlo. Es raro, porque casi todas las veces que no entrené, me arrepentí. Por supuesto me encargué de hacer que mi sabático de un día fuese placentero, pero mi cabeza iba desde la película que me quedaba viendo al entreno. Y es algo que nunca pasa mientras corro. Jamás me pasó de arrepentirme por haber salido de casa. Puede ser un efecto psicológico, puede ser algo a nivel bioquímico, pero es una verdad universal. No existe la situación, para un deportista, de querer retractarse por haber hecho actividad física. Y redoblo la apuesta: Si vas a entrenar un día en que el ánimo está por el piso y parece la peor situación para correr, la satisfacción final va a ser mucho mayor.

Después del entrenamiento se me hacía que quedaba mucho del sábado por delante. Volví a mi casa con las pilas cargadísimas. Esa sensación hace que cualquier esfuerzo valga la pena.

Semana 11: Día 73: Comer tu propia comida

Uno de los grandes desafíos a los que me enfrenté con Semana 52 fue hacerme el hábito alimenticio. Pero ya está, tengo toda la dieta incorporada, sé cuándo comer y cuándo no, y las seis comidas son parte de mi rutina. Pero, claro, tampoco es que comer cada 3 horas sea fácil.

Les propongo un ejercicio mental. Imagínense que, por una determinada cantidad de tiempo (imaginen mucho, por ejemplo un mes) deciden no comer más galletitas. Ni tomar gaseosas. Ni alfajores, ni golosinas, ni lácteos que no sean descremados. Están inmersos en una dieta que les permite comer mucho, pero cosas muy limitadas. Van caminando por la calle y tienen que merendar. ¿Qué hacen? Normalmente irían a un kiosco. De entre todas esas cosas que venden, ¿qué podrían comer? Probablemente muy poco. O nada. Si mi nutricionista no me hubiese sugerido una barra de turrón (tiene menos grasa que las de cereal), dos veces por semana, quizá no hubiese vuelto a pisar un kiosco hasta mediados de 2011.

Los kioscos no nos resolverían la situación. Probablemente en un restaurante tendríamos un problema similar (en McDonald’s sólo podríamos comer  manzana y tomar agua mineral). Los puestitos callejeros y los vendedores ambulantes tampoco serían una alternativa. En una situación de dieta,  la mejor opción es salir  de casa preparado. A mi me ayuda ser metódico con las comidas: siempre son en el mismo horario. Si sé que me voy a ausentar durante la merienda, me guardo en la mochila agua, una manzana y un par de bananas. Quizá, si ese día me toca el turrón, va también adentro. No encontré todavía una alternativa a salir a pasear con yogur en el bolso, pero algo se me va a ocurrir.

Ahora más que nunca me doy cuenta de lo mal que nos alimentamos. Les propuse ese ejercicio mental para que vean un poco cómo es el día a día de alguien que ha decidido limitar su alimentación. Por supuesto que cualquier decisión, si es propia, tiene poco de “sacrificio”. Con más de dos meses metido en este experimento, me doy cuenta lo pobre que era mi alimentación, y veo los malos hábitos alimenticios que tenemos.

Voy al supermercado, buscando el queso port salut light, las frutas y las bebidas deportivas, y a veces me entretengo mirando a los otros changuitos, llenos de postrecitos, papas fritas y gaseosas. ¿Cuánto comemos porque nos gusta y cuánto porque es nuestra costumbre? Por supuesto que no me olvido que dos meses atrás ese era mi changuito. Y no la pasaba mal, ni mucho menos. Pero ahora veo cuánto de lo que yo consideraba “comida” respondía más a antojos que a alimento.

Me surge la duda de si mi cambio en la forma de comer se termina con Semana 52 o si va a perdurar. Ahora me resulta fácil rechazar el maní japonés que compran mis amigos. Afortunadamente todo mi entorno me ha apoyado con este emprendimiento. Y aunque me dicen “Qué fuerza de voluntad la tuya”, a mi no me cuesta nada, porque siempre pienso en que “Total, es sólo hasta el 31 de agosto de 2011”. ¿Y después?

No sé qué me deparará el futuro, y supongo que es una forma de quitarme presión y seguir avanzando. Por ahora me compré un set de tuppers en los que llevo mi comida a todos lados. Siempre salgo con un par de bananas (la fruta más práctica, ¡no hay que lavarla!), si sé que no voy a volver antes de la cena. Muchos me plantearon lo difícil que es hacer dieta, pero con preparación y un mínimo de ingenio todo se puede.

Un poco entiendo a los que abandonan una dieta. Voy a los cumpleaños, con mi propia comida, mientras el resto degusta exquisitos chips, gaseosas y alcohol, mientras espera que salga la primera tanda de chorizos/hamburguesas/pizzas. Por sobre todas las cosas, comer se ha convertido en un evento social. Pareciera que si no estamos comiendo lo mismo, no sabríamos de qué hablar en las reuniones. Y ante tanta oferta y tanta felicidad causada por comer, ¿para qué conformarse con un  sándwiches de milanesas de soja, pan de salvado light y queso descremado?

En esas reuniones, en las que saco mi tupper y como lo que sé que me va a ayudar a mi entrenamiento, todos se asombran de mi fuerza de voluntad. Pero no tengo nada de qué enorgullecerme. Sería meritorio si me costara, si por dentro estuviese maldiciendo al que inventó la harina de soja, mientras me imagino que estoy por degustar un menú de McDonald’s. Mérito es ir para el lado contrario de lo que la cabeza (y el estómago) pide.

La trampita de “esta dieta se termina en la semana 52” tiene fecha de vencimiento. Ahí me enteraré si sigo a contramano del mundo, llevando mis tuppers a todos lados, o si vuelvo a comer por placer. No creo que ninguno de los dos deselnaces me haga una persona más o menos feliz. Todo se facilita (sea alimentarse sanamente o por gula) si uno sabe que lo está eligiendo, y que nadie se lo está imponiendo.

Semana 11: Día 72: Fumar y entrenar

Es curioso, me encargué de hablar mal de las bebidas carbonatadas y del alcohol, y jamás me detuve a despotricar lo que más me irrita en este mundo (después de cómo manejan los porteños), que es el cigarrillo.

Nunca pude entender a mis amigos cuando, de adolescentes, fumaban como si eso les diese un status social. En el caso del alcohol y de las gaseosas sí puedo hablar desde mi experiencia personal, pero más allá de que probé dos o tres veces un cigarrillo (y lo encontré bastante desagradable) no puedo hablar de cómo influyó en mí. Sí puedo decir que me resulta terriblemente molesto, sobre todo cuando camino por la calle y la persona delante de mi empieza a fumar (es un hecho científico que el humo se dirige siempre a la cara de los no-fumadores). Pero sí me crucé con muchas personas que se acercaban al deporte como alternativa para dejar de fumar.

Es difícil determinar qué viene primero, si la ansiedad, que nos lleva a unas “relajantes” pitadas, o si es el cigarrillo el que la causa (y deriva en acostumbramiento). Una buena forma de combatir esta ansiedad (y que no sea comer) es entrenar. El running, en muchos casos, sirve de desconexión con la rutina y aquello que nos agobia. Además quema la adrenalina generada, justamente, por el estrés de dejar de fumar.

Obviamente, siendo que el cigarrillo afectó principalmente a los pulmones y a las arterias, el entrenamiento tiene que ser gradual, porque la capacidad pulmonar y cardiovascular está comprometida. Con ejercitación aeróbica constante se pueden eliminar los residuos del tabaco y la nicotina en el cuerpo. No es ningún secreto que el cuerpo se olvida del cigarrillo mucho más rápido que la cabeza, pero para la ansiedad, nada mejor que el deporte. Al dejar de fumar se detiene el deterioro de la función pulmonar, lo que lleva a tener menos infecciones respiratorias. El riesgo de padecer cáncer se reduce muy rápidamente y en forma progresiva. Después de un año, la proporción de infartos cardíacos baja a la mitad. Además, reemplazar el cigarrillo por el deporte conlleva a gastar menos dinero (nadie te cobra por correr) y mejora el aspecto físico.

He aquí el proceso de recuperación aproximado:

  • A los 15 ó 20 días: Se nota una desaparición de la tos matutina, una mejoría de la capacidad para hacer ejercicio físico y menor dificultad respiratoria.
  • A las cinco o seis semanas: La mejoría en el sentido del gusto y del olfato son notorias, la piel ha ganado en suavidad y tersura, y el cansancio físico sólo aparece después de grandes esfuerzos.
  • A los dos meses: La posibilidad de desarrollar enfermedades respiratorias disminuye significativamente, y la tos y la expectoración que hasta ese momento han podido persistir, desaparecen casi por completo.
  • Después de los seis meses: El riesgo de padecer enfermedades respiratorias, cardiocirculatorias y tumorales comienza a disminuir de forma progresiva y significativa. No obstante, la posibilidad de desarrollar estos procesos no se iguala a la de un no fumador hasta pasado un tiempo, que es diferente según qué tipo de proceso consideremos. Para los procesos cardiacos es necesario que pasen 5 años, para los procesos respiratorios tienen que pasar 12 ó 14 años, y para los tumorales se hacen necesarios hasta 18 años.

Pero no deberíamos ser tan ingenuos de creer que entrenar contrarresta los efectos de fumar. La exigencia física, sumada al compromiso que sufren los pulmones y las arterias por el cigarrillo, son una peligrosa combinación, que puede derivar en broncoespasmos, falta de oxigenación adecuada de los tejidos, taquicardia, y aceleración del ritmo cardíaco y de la respiración. Estas exigencias aumentan el riesgo de enfermedad coronaria o ataque cardíaco en los fumadores. Por eso el deporte tiene que transformarse en una suerte de reemplazo del cigarrillo, nunca debe incorporarse en paralelo.

Después de hacer actividad física, sobre todo aeróbica, los alveolos están más abiertos y son más receptivos a captar la gran cantidad de toxinas que contiene un cigarrillo. Lo ideal, si dejar de fumar no es una opción, es esperar un par de horas entre la actividad física y el cigarrillo, para reducir el impacto sobre los pulmones.

Dejar de fumar debe ser una de las cosas más difíciles que existen. A muchos les cuesta, además de la adicción, porque tienen miedo a engordar. No necesariamente se sube de peso al abandonar este vicio, en especial si se reemplaza con un poco de actividad física. Los efectos “negativos” de dejar de fumar son sólo psicológicos. El tabaco está compuesto en gran parte de nicotina. Esta sustancia hace que el metabolismo se acelere y tengamos menos apetito, lo que nos lleva a no comer tanto y encima quemar mucho más rápido la energía. El efecto de la nicotina es el de acelerar la circulación sanguínea además de otros que son más perjudiciales para el organismo, lo que nos lleva a tener un metabolismo más rápido, que al abandonar el hábito se normalizará. Esto hace que la acumulación de grasa sea mayor.

Ejercitar aumenta la actividad metabólica. Con una alimentación racional (ni siquiera estricta) el cuerpo se recupera en poco tiempo.

A %d blogueros les gusta esto: