Semana 8: Día 56: Flexiones de brazos

No creo que exista un ejercicio que odiase más a lo largo de mi vida que las flexiones de brazos.

Todos las sufrimos en el colegio. Era una obligación hacerlas para aprobar Educación Física (o Gimnasia, como realmente la llamábamos). No creo que hubiese un profesor en ninguna escuela que enseñara a hacerlas correctamente. Parecía que tenían la única finalidad de torturarnos.

Obviamente, todo esto visto desde la perspectiva del pibe al que elegían último cuando armaban los equipos de fútbol, y que prefería la tele y los cómics antes que el aire libre. Pero seguro éramos más los que sufríamos este ejercicio que los que lo disfrutaban.

Pasaron muchos años, e intenté volver a hacer flexiones (o lagartijas) más de una vez. El resultado era siempre el mismo: un dolor insoportable en los brazos que me llevaban a abandonar. Cuando empecé a entrenar con los Puma Runners, de tanto en tanto hacíamos flexiones como parte de los ejercicios de suelo. Ahí aprendí la técnica de rodilla al piso, que en la escuela no nos enseñaban. Distribuye el peso de otra manera, y hace las flexiones más fáciles. Pero era un golpe a mi orgullo masculino, porque sólo lo hacíamos de esa forma algunas chicas y yo. Machismo aparte, algunos compañeros optaban por mirar hacia otro lado, hacer que se estaban hidratando o elongando, y así se salteaban las tortuosas flexiones.

Este ejercicio, para hacerlo bien, requiere un cierto nivel físico, ya que es bastante duro. Sirve para fortalecer la musculatura extensora del pecho y los brazos, como son el pectoral, el deltoides anterior (músculo del hombro), y el tríceps. Hay formas de aumentar la dificultad (con un sólo brazo, levantando una pierna), que además hace que trabajen otros músculos.

Hacer mucho trabajo abdominal ayuda a hacer las flexiones en forma correcta, porque ayuda a mantener el tronco recto (comúnmente el estómago se cae para abajo). La tensión para mantener el cuerpo derecho es lo que lo hace particularmente más cansador. Los beneficios lo valen, porque además de fortalecer la parte superior del cuerpo, ayudan a mejorar la postura y nuestra resistencia. Pero cuestan. Bastante.

Cuando empecé Semana 52, parte de los ejercicios diarios que me pasó mi entrenador era hacer 500 abdominales, 60 espinales y 40 flexiones de brazos. Aunque los ejercicios me costaban, los terminaba… sin embargo, mis lagartijas eran una imagen muy triste. Empezaba con toda la energía, una serie de 10. ¡Perfecto! La segunda quemaba un poco más. Ok, las hicimos. La tercera me temblaban los brazos, y llegaba a completarla esperando unos segundos entre repetición y repetición, inhalando y exhalando… La última era tan lastimosa que me da pudor describirla. Es por eso que, debo confesar, empecé a hacer las flexiones con las rodillas en el piso, y a partir de la segunda semana ignoré este ejercicio por completo.

Pero mi objetivo en Semana 52 es progresar. Quería fortalecer brazos y pectorales, la parte menos desarrollada de mi cuerpo, así que en algún momento iba a tener que enfrentarme a la flexiones. Con el correr de las semanas, las abdominales se me empezaron a hacer más fáciles (no quiere decir que no sienta los músculos en llamas y termine como si me hubiese pasado un auto por encima). Así que me animé a volver a intentar las lagartijas. Tuvo mucho que ver el tema de haber fortalecido el estómago, además de los ejercicios con pesas para hombros, pecho y espalda, que tonificaron un poco los brazos. Las primeras tres series de este nuevo intento se me hicieron un poco más fáciles. No tuve que recurrir a poner las rodillas en el piso. Pero la última serie, sobre todo la repetición 8, 9 y 10, eran un temblor incontenible. Así y todo, me mentalicé en terminar lo mejor posible, y seguir.

No quisiera que crean que ahora me convertí en un experto en flexiones de brazos, y que puedo buscar en las Páginas Amarillas a mi profesor de Gimnasia para decirle “¡¿Ves?! ¡Ahí tenés!”. Pero ahora puedo decir que llegué a las 4 repeticiones de 10 lagartijas sin temblores. Las últimas siempre cuestan más que las primeras, pero se aplica la máxima (que tantas veces dije, e ignoré para este caso) que con perseverancia, todo se conquista.

Cuando un ejercicio nos sale tan lastimosamente, es obvio que el primer impulso va a ser abandonar. Es lo que hice yo incontables veces. Como no me salía, consideraba que eso no era para mi, y me dedicaba a otra cosa. Y recién después de una vida de escaparle a la dificultad, me doy cuenta de que es al revés. ¿Quién quiere entrenar haciendo algo que le sale? Va en contra del concepto de “entrenar”. Cuando practicamos un ejercicio lo hacemos para mejorar, para fortalecer. El camino tendría que ser ir siempre atrás de eso que nos cuesta.

Todavía me queda un largo camino para fortalecer la parte superior de mi cuerpo, y poder agregar repeticiones y dificultad a las flexiones. Pero va a ser cuestión de seguir, y ver cómo llego a la Semana 52.

Publicado el 26 octubre, 2010 en Entrenamiento, Reflexiones y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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