Semana 4: Día 25: Cristian Gorbea – Historia real de un sobreviviente

Cristian Gorbea se reencuentra con su mujer, Claudia.

Hoy, sábado, luego de una semana de running y pesas, he decidido compartir un relato en primera persona de un sobreviviente a la montaña.

Nos ponemos en situación: El 11 de septiembre pasado tuvo lugar la Half Mission, 80 km en las sierras de Córdoba. Nosotros contábamos con dos Puma Runners, Dani y Yayo, quienes fueron a conquistar ese desafío. No supimos más de ellos hasta que comenzó a circular la noticia de que había un corredor que no aparecía. Nos preocupamos, intentamos dar con ellos, hasta que nos volvió el alma al cuerpo cuando nos confirmaron que estaban bien. Quien estaba perdido era Cristian Gorbea, un gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario. Las horas pasaban y no se tenía noticias de él.

Esto es lo que pasaba mientras él estaba perdido:

Mi plan era trotar lo más posible aprovechando el buen estado físico que tenía, tratando de mantener un ritmo parejo de marcha. Si bien ya había corrido numerosas carreras de aventura, de calle y triatlón, éste sería mi primer Ultra maratón de montaña. A lo largo del recorrido, pactado en un máximo de 24 horas, acumularíamos más de 3000 metros de desnivel en 80 kilómetros de recorrido. Me sentía fuerte y confiado, así que avancé firme por más de una hora hasta que empezamos a subir la primer pendiente brusca, que luego de un par de kilómetros desembocó en un arroyo que bajaba caudaloso. Aproveché para cargar la cantimplora de agua fresca y pura. Recuerdo que una fotógrafa de la organización nos sacó varias fotos.

Cruzamos el arroyo con varios corredores y enfilamos para la parte más áspera hasta ese momento: un lomo de más de 500 metros de desnivel, la Cuesta de los Cerros. Ahí me crucé con Jimena, una corredora chilena que venía con su marido, y los tres subimos gran parte del cerro, siguiendo las marcas blancas del sendero. La temperatura era agradable, el sol brillaba fuerte, y a pesar del ascenso no se notaba demasiado ni el viento ni el frío por lo que seguía corriendo solo con la pechera de la carrera, de mangas cortas. Bebía agua y comía alguna barra de cereales periódicamente. (…)

Llegamos al Control con gran alegría de que terminara esa tremenda cuesta, de aquí en adelante era más bien en bajada hasta el Puesto 1 ubicado a 2300 metros sobre el nivel del mar. (…) Seguimos hasta el Puesto 2 que estaba unos pocos kilómetros más adelante. (…)  Nos registramos y seguimos trotando y caminando hasta el Puesto 3. Ya estaba oscureciendo y yo quería llegar con luz de día.

Nuevamente nos juntamos unos cuantos corredores que íbamos al mismo paso y sorteando algunos arroyitos, retomando senderos y siguiendo las indicaciones, llegamos al Puesto “Tres Antenas” a las 19:30, justo antes del anochecer. Ese era el último puesto para abastecerse y descansar unos minutos. Aproveché para sacar la linterna frontal y abrigarme con todas las capas que tenía guardadas en la mochila, ya que se venía el frío. (…)  Luego de unos 15 minutos, salimos alrededor de seis corredores para encarar la trepada de 15 kilómetros por un ancho camino de tierra. (…)

El camino serpenteaba varias veces, había una bifurcación, ¿para dónde tomar? Decidimos seguir para la derecha. Ahí me puse a la par de un barilochense y nos despegamos del grupo. Cada vez que podíamos le metíamos un trotecito sobre todo en las bajadas.  El camino, luego de casi tres horas de marcha, caracoleaba y nos dejó frente a una pick up estacionada con todas las luces prendidas. Señalaba la cumbre, que debíamos hacer siguiendo un sendero bastante difícil. Luego de unos 45 minutos logramos llegar al puesto de control, marcamos y bajamos. Bueno, me dije, a partir de acá, vamos para abajo, venimos bien. Había marcado 32° en la cumbre y me sentía fuerte, así que solo restaba meterle un poco de pata y terminar. Bajé solo el caracol, porque el barilochense se había quedado un poco atrás, me crucé con un control paramédico que me dio la indicación de salir del camino, encontrar el sendero y guiarme por las luces de Villa Dolores, que brillaban hacia el oeste.

Iban casi doce horas de carrera y le calculaba unas dos o tres adicionales para terminarla.

Ahí tomé varias decisiones equivocadas.

Encontré la primera luz química a unos 200 metros, pero en lugar de doblar ligeramente a la derecha, seguí derecho, hacia las luces del pueblo. El sendero pronto se perdió, sin embargo yo seguía para adelante y para abajo, confundido por las linternas frontales de otros corredores que yo veía abajo y a mi derecha. Supuse que le había pifiado al sendero principal, pero podía encontrar el camino hacia la Cuesta de las Cabras, la bajada obligada hacia la meta. Desconociendo cualquier básica precaución en un cerro de noche, imaginé que podía tomar un atajo; gran error estando solo. La linterna frontal iluminaba apenas unos 5 o 10 metros a lo sumo.

El terreno comenzó a ponerse muy abrupto, la pendiente cada vez se hacía más escabrosa, hasta que de repente y sin previo aviso… pierdo sustento y me patino hacia abajo. La caída duró un instante, una eternidad. Caí de pie sobre algo sólido, me flexioné por el golpe y mi rodilla se clavó en mi ojo derecho. La linterna frontal se apagó y quedé en la más absoluta oscuridad y silencio. No veía absolutamente nada, estaba encogido, con la mochila puesta, ligeramente de espaldas. Manoteé para un costado y no toqué nada. Me acomodé como pudo en ese lugar, con la certeza de que estaba en un lugar difícil y no debía moverme. Sentí una voz interna, supongo la que se debe activar ante situaciones de emergencia: “Quedate quieto, no te muevas, esto es peligroso”.

(…) Con mucho cuidado me saqué la mochila, la puse a un costado, muy cerca de mí. La abrí y busqué a tientas la manta de supervivencia. Iba a pasar la noche allí. Ya estaba sintiendo el frío y debía abrigarme. Sin duda, con las primeras luces del día iba a descubrir una salida segura. Por ahora, debía quedarme quieto y abrigado. Saqué la manta y envolví con cuidado mi cuerpo. (…)

Sentía la pared de la montaña a mis espaldas, un pequeño tronco de árbol de unos 3 cms de espesor, firme a un costado, trabando mi pierna. (…) Escuché con atención y oí un hilito de agua cayendo cerca. Por lo demás, todo era silencio y oscuridad. No sentí miedo, tan solo una conciencia muy alta sobre lo que tenía que hacer para sobrevivir. (…)

Una boca de lobo. Cada tanto soplaba el viento, que bajaba la temperatura. Eran ráfagas cortas que arrancaban soplando desde abajo, moviendo la vegetación y enseguida llegaban a mi posición, que estaba a unos 2200 metros sobre el nivel del mar. Temblaba permanentemente de frío, particularmente las piernas, que estaban abrigadas solo por una calza larga y la manta. (…) Así pasaron los minutos, interminables. Veía la hora…las 2:15, trataba de dormir, me movía de posición, me volvía a arropar con la manta… miraba nuevamente el reloj… ¡y eran las 2:17! (…)

Recordé la charla de Parrado, sobreviviente de los Andes, a la que había asistido hace unos años. Me sirvió de inspiración. Si ellos habían sobrevivido 72 noches a veinte grados bajo cero, ¿cómo podía yo sentir frío en donde estaba? Sabía que no podía morir de frío, la temperatura bajaría hasta los 0° como mucho, no es una temperatura para morir… a lo sumo pasaría frío, sí, pero no me moriría. (…)

A las 8 me di cuenta que estaba atrapado en una repisa de no más de 50 cms de ancho, con la pierna enganchada a ese arbolito de un metro de altura. Frente a mí y a los costados un vacío de 150 metros; paredes verticales de piedra que se sumergían en un frondoso bosque abajo. Milagrosamente me había detenido en el único lugar posible para frenar una caída libre hacia una muerte segura. Un nido milagroso que me serviría de refugio. Una sensación de espanto y pánico me invadió: si hubiera caído un metro para la izquierda o un metro para la derecha, me mataba. (…)

Intenté subir por unos pequeños escaloncitos que se formaban en la parte de abajo para ganar algo de altura y tomar alguna saliente con mis manos, pero era imposible; todo estaba demasiado lejos y demasiado empinado. Miré para atrás y vi el vacío. No podía seguir. No era la mejor opción tratar de salir de esta manera. Volví a mi posición anterior con mucho cuidado y tomé la decisión de no salir por mis propios medios. (…)

De ahora en más, dependía de otros para mi rescate y de mí para mi supervivencia. Sabía asimismo que ese día, el domingo, no vendrían por mí. La carrera terminaba a las 12:00 y hasta que hicieran el recuento de abandonos y perdidos, se haría de noche. (…)  Tomé nota de mis alimentos: por suerte tenía cuatro barras de cereales, varios geles, chocolates, alfajores, barras proteicas. Bien racionado tenía para varios días, de ser necesario. A mi derecha, la pequeña vertiente de agua, esencial para mi supervivencia. (…) Cada 10 minutos, tocaba el silbato de emergencia y gritaba auxilio. Me hidrataba frecuentemente y me obligaba a comer, ya que no tenía hambre pero no quería debilitarme. (…)

Estaba alucinando fruto del cansancio y la falta de sueño. No solo alucinaba visualmente sino que escuchaba conversaciones en susurros. En algunos momentos estaba seguro que arriba y a mi derecha había dos personas hablando, seguramente del equipo de rescate, eran claramente un hombre y una mujer. Pero en instantes la conversación se transformaba en viento o en algún insecto que volaba por allí. (…)

Continué gritando auxilio y haciendo sonar el silbato toda la tarde. Mi mayor angustia era que mi mujer e hijos no sabían que estaba vivo, ileso, y seguramente temían lo peor. Si uno no es creyente, se vuelve rápidamente. En mi caso, siempre he tenido fe y eso me ayudó a sobrellevar las horas. Pedía mucho. Pedía que me encontraran, pedía que llevaran tranquilidad a mis seres queridos. Todo el tiempo pedía y rezaba. Pedía a mis padres, que ya no están, a Dios, a mis ángeles… la verdad que no dejé a nadie sin pedir.

Lentamente se fue apagando el sol, la temperatura empezó a descender y me dispuse a pasar la segunda noche. A eso de las 20 ya era noche cerrada. Acomodé la manta de supervivencia, que para esa altura ya estaba bastante rota, me puse en la posición fetal y cerré los ojos. Cada tanto los abría para ver si divisaba alguna luz en la quebrada. Pero todo estaba oscuro. (…)

Nunca me sentí solo allí arriba.

No creí que podría dormir ahí, sin embargo la segunda noche fue distinta, tal vez el cansancio extremo, la tensión acumulada, me hicieron cerrar los ojos y dormir de a horas. (…) En plena madrugada me desperté por unos tremendos relámpagos que veía en dirección oeste, para el lado de San Luis. Una gran tormenta eléctrica que sacudía todo el horizonte. (…)

La mañana se mostró nublada, más fría que el día anterior. Nubes bajas oscurecían el sol. Aproveché para darme el gran gusto matinal y saqué chocolate para el desayuno. Lo abrí con cuidado, lo partí en dos y lo saboreé un rato largo. Los pequeños placeres de la vida, sobredimensionados por el lugar en que me hallaba. (…)

Continué con mi rutina de pedir auxilio, silbato, y me alimentaba cada tanto de barras de cereal y alfajor, aunque sin hambre. Pasó gran parte de la tarde, dormité un poco, le seguí pidiendo a Dios que me sacara de ahí, por favor.  Lo que antes eran ruegos “mudos” o sea, para mis adentros, comencé a exteriorizarlos, gritándole “¡Sacame de acá, por favor!”, “¡Quiero salir!” (…)

A eso de las 17 pasó el helicóptero y yo continué con mi rutina de pedir auxilio. En eso, sentí un “¿Dónde estás?” en lo profundo de la quebrada. Miré para abajo y divisé una persona… ¿Sería una alucinación? No, porque noté que se movía. Le grité “¡Acá estoy!”… me dijo “No te veo… ¡Movete, haceme señas!”… Prendí la linterna y comencé a hacerle señas con el brazo. Me gritó “¡Ya está, ya te vi, subo a buscarte!” (…)

Le demoró una hora llegar desde el valle hasta arriba de donde estaba, el único lugar posible para intentar un rescate. Se llamaba Gabriel, era baqueano de la zona y al llegar arriba y asegurarse de que estaba sano, me dijo algo que no olvidaré mientras viva: “Quedate tranquilo, me quedo con vos mientras vienen los rescatistas con la soga, aunque tengamos que pasar la noche acá, no te abandono”.

No nos podíamos ver, yo estaba abajo, él arriba. Nos escuchábamos, conversamos largo esa hora hasta que llegaron los rescatistas. (…) Me incorporé hacia mi derecha, tomé la mochila, levanté todos los papelitos, la manta térmica y me fui con cuidado hacia el punto de rescate. Vi caer la soga, me la até a la cintura con doble nudo y comencé a trepar con la ayuda de los cuatro rescatistas. Apenas subí vi uno con traje naranja que me tomó del brazo y me ayudó a subir. La trepada era más larga de lo que veía desde abajo, serían unos diez o quince metros de pared muy inclinada.

Me emocioné al llegar arriba, los abracé y lagrimeando les dije un GRACIAS, así de grande. Me sorprendí gratamente cuando vi que ellos también lagrimeaban…Es que estamos felices de haberte rescatado, me dijeron.

El sol ya se ponía en el oeste. Hasta donde alcanzaba la vista, todo era sierra y valle verde profundo. La adrenalina se mezclaba con la alegría de saber que me habían rescatado y que volvería pronto a ver a los míos. Sólo quedaba un gran descenso de dos horas por la Cuesta de las Cabras, aquel sendero que perdí en la noche del sábado. Bajaba con ellos, respirando el aire puro de la sierra, acompañado por seres increíbles que me buscaron día y noche.

Estaba feliz. Estaba vivo. Había nacido de vuelta.

Publicado el 25 septiembre, 2010 en Reflexiones y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Los momentos que Cristian relata son aquellos en que los supuestos no creyentes (como yo) desean, necesitan hablar con AQUEL que lo ponga fuera de peligro.
    Cristian ya hizo llegar su agradecimiento a rescatistas, bomberos, policías que tanto hicieron para encontrarlo. Yo, como familiar muy cercano, deseo agradecer también a los amigos de Cristian por todo lo que hicieron.

  2. Supongo que serás vos, machote, el que compartía el banco escolar conmigo. Yo no corro, pero canto, y la ventaja es que a mí siempre me oyen…
    Te mando un abrazo, curioso y pleno de remembransas. Peter de Alemania.

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