Semana 3: Día 21: Plantando un pino, segunda parte

Emotivo encuentro entre el pino y el bloguero

Ayer fue el último día del invierno. Y fue, casualmente, el día en que con los Puma Runners plantamos un pino en nuestro lugar de entrenamiento.

La historia comenzó el sábado con un pequeño pino abandonado y las ganas de Germán, nuestro entrenador, de hacerlo nuestro y compartir la experiencia de devolverlo a la tierra.

Tuvimos que esperar hasta ayer lunes, no por capricho, sino porque era el día en que entrenábamos, y queríamos contar con la gran mayoría para este ritual. Hubo quienes nos acusaron de irracionales, por no consultar con la autoridad competente. Más allá de que la Policía considere que estamos haciendo “un mal uso del espacio público”, nos lamentamos cada vez que vemos que un árbol no crece en ese parque, o que, de un día para el otro, desaparezcan. Probablemente la ley no nos ampare, pero la vida es tomar riesgos, sobre todo si hacés algo por el bien de todos y sin hacerle daño a nadie.

Fuimos llegando al entrenamiento de a poco. Algunos llevaron palas, otros botellas de agua para ablandar la tierra, y otros sólo sus ganas de compartir esa anécdota (lo cual no era poco). Dimos una vuela al trote suave, para entrar en calor, y cuando estábamos terminando apareció el pino, al que apodamos “Solanas, el de proyecto Sur” (unstedes creen que estoy haciendo un mal chiste, pero fue la única propuesta que se escuchó, por lo que el nombre sigue estando en discusión). El pino no corrió. Estaba tirado en el piso, frágil, sin entender qué estaba pasando. Recordé un dibujito que graficaba a las criaturas, ordenándolas por su velocidad. El árbol estaba primero como el ser más lento, detrás del caracol. La única forma en que se aplica el concepto de velocidad en un pino es su crecimiento. Y el hecho de que no pueda trasladarse y que lo tengamos que cargar entre todos también habla de la fragilidad, el trabajo en equipo, y el respeto que tenemos por nuestro nuevo integrante del grupo.

Todos participamos haciendo el pozo. Elegimos un lugar donde alguna vez intentaron plantar un árbol y no prendió. Creímos que ahí no alteraríamos el delicado equilibrio hombre/parque. Cuando alcanzamos la profundidad adecuada, pusimos las raíces dentro, separamos las piedras de la tierra, y le dimos estabilidad. Algunos lo veían torcido. “Está fuera de escuadra”, dijo un diseñador gráfico. Ante la ausencia de elementos de medición, lo enderezamos a ojo, hasta que todos estuvimos de acuerdo en que estaba derecho. Nos sacamos fotos, hicimos el listado de las otras cosas que nos faltan realizar en esta vida (como tener un libro y escribir un hijo), y prometimos cuidarlo y regarlo cada vez que podamos.

Fue una tranquila forma de coronar una noche de mucha adrenalina, ya que en medio del entrenamiento notamos que un Puma Runner había desaparecido. Pasamos una eternidad buscándolo en las inmediaciones, alejándonos al trote para llegar a estaciones de servicio cercanas, confiterías y hasta en el hospital. Su auto estaba estacionado y su celular abandonado en su mochila. Estábamos esperando el llamado de los secuestradores reclamando un rescate millonario (en billetes de baja denominación), hasta que nos avisaron que lo habían cruzado a varias cuadras de nuestro punto de encuentro. Todos estuvimos de acuerdo en propinarle una salvaje golpiza cuando llegase, pero estuvo muy astuto en aparecer rengueando. Y nos dominó la lástima.

La noche terminó fresca y relajada. Ahora en San Isidro hay un pino más, que lo vamos a tratar como otro miembro de los Puma Runners, y bajo su sombra algún día elongaremos y planearemos nuestra próxima aventura…

(Música)

(Créditos finales)

(Comienza la tanda publicitaria)

Ayer llegué al entrenamiento más temprano, ya que Germán me estaba esperando no con uno, sino con dos pares de zapatillas nuevas. Me lamenté de que una estuviese hecha en Indonesia, probablemente a punta de pistola, pero me probé el otro par y mis pies agradecieron, finalmente, el cambio. El tema es que había terminado las últimas dos carreras con un leve dolor en la región lumbar de la espalda, obviamente producto de una mala amortiguación del calzado. Generalmente mi papá, en mi cumpleaños, me regala un par que me suele durar un año (o, siendo riguroso, que yo no cambio durante un año). Y esta vez no llegaba a diciembre. Germán (o sea, Puma Runners) me cedió estas zapatillas para que pueda seguir este riguroso entrenamiento de 52 semanas. ¡Gracias, Conejo!

Publicado el 21 septiembre, 2010 en Reflexiones y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Que lindo, ya plantáste un árbol, publicaste varios libros…casi todo cumplido.
    beso:-)

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