Archivos Mensuales: septiembre 2010

Semana 5: Día 30: La dieta de la maratón

Tomá, hidratate

Como adelanté en el post anterior, mi nutricionista me preparó una dieta especial para los 42 km. La consigna: llenar el cuerpo de hidratos… porque durante la carrera, no me van a alcanzar…

Por suerte, en las 4 semanas pasadas adquirí diciplina: cumplo todo lo que dice el plan de alimentación, y lo que me parecía imposible (pasar de dos comidas diarias a seis) hoy es un hábito. También estoy cumpliendo todas las tareas que me encomienda Germán, mi entrenador y cacique de los Puma Runners. No importa si llueve, si estoy cansado, si la cantidad de repeticiones me parecen una locura. De entrada intento todo lo que me pide, y hasta ahora siempre pude cumplir con los objetivos. Germán me dijo que estaba listo para mi primera maratón, y mi nutricionista me armó un plan para la semana previa a los 42 km.

Como siempre, aclaro que esta dieta está armada para mi propio rendimiento, y mi tipo de alimentación vegetariana. No lo tomen como algo general, y ante cualquier duda buscan “nutricionista especialista en deportes” en Google, y se arman algo para cada uno.

El primer consejo, y quizá uno de los más importatntes, es estar bien hidratado. Ya estoy tomando un mínimo de 2 litros de agua, más ocasionales tés. Para la previa de la carrera tengo que tomar más agua, y medirlo por el color de la orina: cuanto más “clara”, más hidratado estoy.

Después, bajar la cantidad de fibras (vegetales y cereales integrales o salvado) y aumentar la de hidratos.

Importante también, descansar (y lo más difícil, siendo que mi vida se reparte entre trabajar, comer, entrenar, comer, actualizar el blog, comer y, si me queda tiempo, dormir. Y comer). Mi nutricionista me hace también una aclaración, que coincide con lo que decía mi ídolo máximo, el entrenador Allan Lawrence: no improvisar ninguna estrategia nueva para la carrera. Siempre puede pasar que alguien recomiende un calzado X para amortiguar el impacto, y podemos cometer el error de estrenarlos en la maratón (nunca se estrenan zapatillas en una carrera, siempre las tenemos que haber ablandado bastante). O por ahí nos cuentan que lo mejor es salir disparado al principio, para alejarte del pelotón de rezagados (y terminamos quemándonos antes del km 5). Lo mejor es tener un plan propio, y ceñirse a él. Yo voy a correr con mi amigo Yayo, y nuestra estrategia es ir tranquilos y llegar a la meta. No es más que eso… Con Yayo tenemos además un concurso de humildad: los dos creemos que el otro nos va a hacer morder el polvo. Estoy seguro que voy a ir a su ritmo y al kilómetro 30 no voy a poder seguirlo más, y él cree que lo voy a pasar, para esperarlo ya bañado y cambiado en la meta. Pareciera que ninguno de los dos planea llegar juntos.

Para el viernes y el sábado previo a la maratón (se corre el domingo 10 de octubre a las 7:30 hs) tengo que eliminar por completo las fibras y las verduras. Y para cenar el día antes de la carrera, pastas, con un postre de lujo: queso y batata.

Durante la maratón, medio litro de agua o Gatorade por hora, como mínimo, y un gel cada 45 minutos. Si se da que averiguo que todos los geles tienen gelatina (lo que va en contra de mi capricho vegetariano) tendré que reemplazarlo por la incómoda tarea de ingerir 2 sobrecitos de azúcar cada 15 minutos.

Voy a intentar pesarme antes de la carrera, para repetirlo después y ver cuánto bajé. Ese peso perdido es deshidratación, y en la post-maratón debería reponer 150% del peso perdido, tomando el equivalente en agua, o por lo menos 10 vasos de agua repartidos en las siguientes 2 horas. También dentro de ese lapso de tiempo, tengo que consumir una gran cuota de hidratos para facilitar la recuperación (probablemente coincida con la hora del almuerzo), y tengo la opción de salar más la comida para favorecer la rehidratación. Pero como no me gusta salar mis alimentos (ni siquiera condimentarlos) me forzaré a tomar líquidos.

Y eso es lo que este vegetariano, que hace 30 días entrena y hace dieta, va a hacer para la próxima maratón. Me consta que las dietas varían mucho de persona a persona, así como los resultados, por lo que deberían tomar este plan con pinzas. Sepan que está armado especialmente para mi, y que si lo copian o se lo comentan a alguien, iré personalmente a sus casas a darles una buena tunda.

Semana 5: Día 29: El entrenamiento está funcionando

La dieta no está ajena a sacrificios... pero los resultados lo valen

Hay algo que pasa a nivel subconciente en la gente cuando se entera de que estás haciendo dieta, y es que siempre te ven más flaco. Automáticamente, por gentileza o sugestión, te felicitan la siguiente vez que te ven. Si a eso le sumamos que uno es su peor crítico, los períodos en que cuido mi alimentación están plagados de escepticismo. A pesar de que notaba cambios muy sutiles en mi físico, recién hace una semana me di cuenta de que el cinturón ya no me ajusta los pantalones. Es más, ya podría bajar un talle tranquilamente. ¡El entrenamiento funciona!

Y por entrenamiento me refiero tanto a la dieta como a los ejercicios. Porque una cosa no funciona sin la otra.

La verdad de la milanesa (de soja) la tiene mi nutricionista. Ayer la visité y le llevé una parva de estudios (de orina, de sangre, electrocardiograma y ergometría). Todos dieron dentro de los valores normales. Estos análisis los hice el lunes 13 de septiembre, así que es un poco pronto para ver el reflejo de la dieta. Por eso podríamos asumir que mi cuerpo se acostumbró hace rato a la dieta vegetariana, y que más allá de mis malos hábitos alimenticios (que no me ayudaban en mi rendimiento deportivo) no tuve nunca anemia, colesterol elevado ni problemas cardíacos. Una sola cosa llamó la atención del estudio de sangre, y era un indicador llamado “CPK”, que estaba bastante elevado. Mi nutricionista me preguntó “¿El día anterior al estudio hiciste un esfuerzo físico extenuante?”. Me quedé pensando, y no me podía acordar. Tuve que llegar a mi casa para darme cuenta deque el domingo 12 de septiembre había corrido los 21k de la Ciudad de Buenos Aires

“¿Vas a hacer alguna carrera en especial en estos días?”, me preguntó.
“Ah, sí. La maratón de la Ciudad de Buenos Aires”, respondí.
“Ah” dijo (como diciendo “menos mal que te pregunté”). “¿Y cuándo es?”.
“En doce días”

Bueno, mientras escribo estas líneas, mi nutricionista está planificando la comida de la semana previa a los 42 km, donde vamos a disminuir la cantidad de verduras hasta eliminarla los tres días previos, y hacer un shock de hidratos (en realidad estoy escribiendo esto en la madrugada del miércoles, probablemente ella esté durmiendo y lo prepare en breve…). Aunque tenga el cuerpo colmado al 110% de hidratos, eso no va a alcanzar para el titánico esfuerzo de la maratón, así que evaluaremos qué consumir durante la carrera (turrón, Gatorade, pasas de uva). Una de mis tareas es buscar alguna golosina tipo Yummy o Mogul que no contengan gelatina como estabilizante (esto equivale a buscar a un pez que no esté mojado, pero algo vamos a inventar). Estas gomitas tienen mucha cantidad de glucosa, ideal para reponer energía de inmediato. También tengo que buscar si los geles que se consumen durante las carreras también tienen gelatina en sus ingredientes… El vegetarianismo no es sencillo.

En mi cita con la nutricionista, al momento de medir los pliegues de la piel, las circunferencias de mi cuerpo y mi peso, se notó el progreso de entrenar todos los días y dehaber sido estricto con la dieta: Bajé casi 5 kg en cuatro semanas. Las fotos lo atestiguan, y del análisis que hizo mi nutricionista surgió que ahora tengo 21,5 kg de grasa corporal (antes 25,1), 30,3 kg de músculo (antes 31,15) y 7,8 kg de masa residual (antes 8,05). Por suerte no perdí ni piel ni huesos (sería un problemita que eso pasara), y en total terminan de sumar los 72,2 kg que peso actualmente (hace 4 semanas pesaba 76,9).

La pérdida de masa adiposa está directamente relacionada con haber eliminado casi por completo el consumo de grasas, además del entrenamiento de running y musculación. La pérdida de 850 gramos de músculo está dentro de lo esperable: es consecuente con el ejercicio aeróbico intensivo. Probablemente tendría que haber perdido el doble, pero compensé con los ejercicios de pesas que me indica Germán, el coordinador de los Puma Runners.

En resumen: eliminé 4,7 kg de peso. En la medición de perímetros, perdí en todos lados (brazos, tórax, panza, etc.), excepto en las pantorrillas, porque ya desde la primera cita con la nutricionista, hace 28 días, que venía bien entrenado en running. La disminución más importante se dio en la cintura, cadera y muslo superior, donde más grasa perdí. En el examen de pliegues cutáneos (que se mide pellizcando la piel con unos aparatos de medición) el índice que más bajó fue la región abdominal. Intento imaginar lo que son 4 kg de grasa, como si los tuviese enfrente mío, y me doy cuenta que es un montón.

Todos estos resultados no significan una meta. Son sólo la comprobación de que la perseverancia y la diciplina funcionan. Obviamente, ayudado por profesionales que me guían. La idea es seguir, a ver qué pasa dentro de cinco semanas, que es cuando haremos las nuevas mediciones.

Los dejo con el nuevo set de fotos, donde podrán aprovechar para contar los lunares de mi espalda (creo que ameritan visita al dermatólogo). Para comparar, pueden ver las fotos de la Semana 1: Día 1 y Semana 3: Día 15.

Semana 4: Día 28: Errores comunes a la hora de correr

Hay varios errores en esta escena: correr con una persona encima, intentar apurar el paso, etc... Al menos pusimos las manos...

Faltan tan sólo 12 días para correr mi primera maratón. Allan Lawrence, mi ídolo, quien publicó el “Manual de Autoentrenamiento para Corredores” (1984), decía “Aunque no sientas confianza, fíngelo”. En eso estoy, Sr. Lawrence. En eso estoy.

Me pareció un buen momento para repasar los errores más comunes que he cometido, y que seguramente cometeré en el running, porque puedo demostrarme confiado pero no por eso tengo que ser un soberbio. Creo que el entrenamiento que estoy haciendo para Semana 52 me ayudó a pulir muchas cosas, y hoy corro con más seguridad que antes. Me lo tomo más en serio, sin que eso signifique que no me estoy divirtiendo. De hecho, hacía tiempo que no me sentía tan bien (¿suena bien eso, Sr. Lawrence?).

Hay un factor un poco impredecible, que es la torpeza. El año pasado corría por la calle, luego de unos días de lluvia, y patiné sobre el suelo de adoquines. Trastabillé, pero mantuve el paso. A los pocos metros me empezó a doler la rodilla izquierda, y el dolor fue en aumento, hasta que tuve que frenar. No lo sabía entonces, pero tenía una lesión en el ligamento externo. ¿Cómo podría haberlo evitado? Probablemente sea imposible prever algo así, pero es cierto que la experiencia y la acumulación de kilometraje te da estabilidad en cada paso. Además, un calzado adecuado ayuda. No sé si fue mi caso, pero una zapatilla con mucha suela es comparable a correr con zancos: el cuerpo no está acostumbrado a los centímetros extra. Los corredores experimentados tienen lesiones más espectaculares, como caerse por un barranco o ser atacados por un oso. Patinar sobre adoquines mojados… es de novato.

Otro error común es la postura. Hay corredores que terminan con molestias en la espalda. A veces influye el calzado (nuevamente) ya que no amortigua el impacto del pie contra el suelo. Pero otras veces se trata de correr en una pose rígida, con los hombros levantados. No es fácil relajarse, sobre todo cuando nos enfrentamos a trayectos largos. Algo que leí y que intento poner en práctica, es cuando siento que estoy tensionando los hombros, me relajo e intento que los codos, en cada paso, rocen la cintura. También solemos estar encorvados, mientras que la espelda debe estar siempre derecha. Esto se vuelve mucho más importante mientras hacemos cuestas y el esfuerzo cambia.

La falta de elongación conlleva, obviamente, a dolores innecesarios. Es una inversión de pocos minutos que el cuerpo agradecerá.

El paso es importante también. Si arrastramos los pies nos quitamos velocidad (a menos que sea nuestra intención dar pasos contenidos). Otro error común es al apurar la marcha sin aumentar la zancada. En los entrenamientos con los Puma Runners practicábamos “técnica”, y yo no podía darme cuenta para qué servía. Hasta que me sugirieron aplicarla al momento de correr. Y descubrí que con dar zancadas más abiertas, aumentabe la velocidad mientras que ahorraba energía.

Una mala alimentación es un error común, si no es el más habitual. Podría escribir todos los días acerca de los malos hábitos alimenticios, pero alcanzaría con decir que no conviene comer pesado antes de una actividad física intensa, y conviene separar las comidas una hora como mínimo antes de correr. Si consumimos platos más difíciles de digerir, como carnes o grasas, tendremos que separar un poco más la ingesta de la carrera. También hay quienes creen que lo único importante son los hidratos para tener energía, cuando en realidad lo óptimo es un equilibrio entre frutas y vegetales, hidratos y proteínas.

Otro error que lamentablemente es muy habitual es la mala hidratación. En carreras con climas calurosos hasta puede ser peligroso. Es increíble la cantidad de líquido que perdemos cuando corremos (pueden hacer la prueba pesándose antes de correr y después, si realizamos una actividad física intensa).

Una actitud competitiva también es malo para el desarrollo del corredor. Está bien competir, y en las carreras todos son finishers, pero el podio es para los primeros tres puestos. Es difícil separar la cuestión de ser mejor o peor que tal corredor en una competencia. Eso no quita que, para empezar, intentar superar a otros corredores pueda derivar en lesiones. Si no conocemos nuestros límites e intentamos averiguarlo midiéndonos con otra persona, no estamos escuchando a nuestro cuerpo y encontrando nuestro propio ritmo. No sería raro que terminemos sin aire, con ese bendito dolor al costado derecho del abdomen.

Pero quizá el error más grave sea no tomarse la actividad de correr como lo que realmente es: algo que nos reditúa físicamente, y que a la vez nos distiende y relaja mentalmente. Muchas veces estaba cansado o de mal humor y decidí no ir a entrenar. Eso no hizo que mi día mejorase, mientras que ir a correr definitivamente me dio un impulso anímico. Correr es divertido, y nadie nos está obligando a hacerlo. Pero reemplazarlo por quedarte en tu casa mirando la tele y entrándole al pote de Crema Americana es un crimen. Correr es más barato que comprar helado y comértelo mientras te auto-compadecés. Y definitivamente levanta el espíritu.

Semana 4: Día 27: Para qué sirve dormir

Puma durmiendo

Desde que comencé el entrenamiento de 52 semanas, descubrí que la forma más facil de llevarlo adelante era a través de rutinas. Algunos me acusan de ser un extremista, pero no me molesta comer siempre a la misma hora, ni tener una alarma en el celular para recordarme cada comida. Si bien no tengo un recordatorio para irme a la cama, aprendí que dormir es una de las rutinas más importantes del día.

El sábado pasado me levanté después de un sueño reparador. Llegué al entrenamiento con los Puma Runners descansado y optimista, gracias también a que me estoy alimentando mejor, y corrí 25 km a un muy buen ritmo. Ese día nuestro preparador físico, Germán, mencionó los tres pilares para una actividad física óptima, que según él me hacen un candidato a terminar la maratón del 10 de octubre: entrenar mucho, alimentarse bien y dormir lo necesario.

Según Wikipedia, en la que no hace falta creerle 100%, el sueño es un estado de reposo uniforme, y se caracteriza por los bajos niveles de actividad fisiológica (presión sanguínea, respiración, latidos del corazón) y por una respuesta menor ante estímulos externos. La reparación de las lesiones está afectada también por el sueño, ya que las personas que más duermen tienen mayor cantidad de glóbulos blancos en la sangre. La importancia de dormir son todas las funciones que nos aseguran seguir nuestras labores diarias:

  • las funciones orgánicas se regeneran y estabilizan,
  • los tejidos se reparan,
  • el sistema nervioso se desarrolla,
  • los procesos mentales se ordenan, sobre todo los relacionados con inteligencia, capacidad de asociar y recordar.

Ahora que estamos todos re copados con El Origen, podemos repasar un poco la arquitectura del sueño: son todas las etapas que forman nuestro dormir, aunque también incluye a la vigilia, que es el tiempo que pasamos despiertos durante la noche, mientras nos quedamos dormidos, y antes de levantarnos. Se inicia con dos etapas en las que se lleva a cabo la relajación de los impulsos cerebrales y del tono muscular, y ambas abarcan 60% del tiempo que necesitamos para descansar adecuadamente. Luego suceden las etapas 3 y 4, que ocupan 20%, y son en las que realmente descansamos, ya que es cuando se llevan a cabo las funciones restauradoras. Finalmente viene la quinta fase, conocida como de movimientos oculares rápidos (REM, por sus siglas en inglés), que es cuando se presentan los sueños y donde se consolida la memoria, ya que toda la información que adquirimos durante el día se procesa y almacena ahí. Así y todo no hay una correlación entre la generación de recuerdos y la cantidad de sueño, ya que el elefante, que duerme 3 horas diarias, tiene más memoria que mi gata, que duerme 14.

La cantidad de horas óptimas de sueño varía en cada individuo y está relacionada con el tipo de actividad física, aunque se puede afirmar que en promedio son entre 7 y 8 horas. Los deportistas de alto rendimiento podrían a llegar a necesitar hasta 10 horas de sueño para alcanzar su máximo potencial. Como es prácticamente imposible poder dormir tanto (a menos que seas Messi y vivas del deporte), se puede intentar incorporar, una semana antes de la competencia, unas horas extra, ya que en esta estapa es cuando aumenta el estrés.

No dormir adecuadamente genera alteraciones en el sistema circulatorio y el corazón, y eso deriva en un innecesario desgaste energético. Otra consecuencia de no descansar es que baja la concentración de glucosa, tipo de azúcar esencial para mejorar el rendimiento de los deportistas. Además, la falta de sueño afecta el estado de alerta y reacción. Un estudio con deportistas realizado en Stanford demostró que dormir 10 horas durante una semana les dio más velocidad y mejores reflejos. Además, no sentían cansancio durante el día, y estaban de mejor ánimo.

Si el sueño no fuese tan importante existirían animales que no duermen, o no habría consecuencias para la privación del sueño. No dormir bien durante un período de tiempo lleva a que el desarrollo de un individuo empeore, sin vistas a detenerse. Personas que descansaron sólo 6 horas durante 10 días tenían los mismos problemas que una que estuvo despierta 48 horas.

No creo ser el parámetro de la mejor rutina diaria, pero intento encontrar el equilibrio constantemente. De hecho todo este entrenamiento tiene sus sacrificios: además de privarme de comer muchas cosas, la cantidad de ejercicio extra y la rutina en mis comidas hace que, desde la medianoche hasta las 7 de la mañana, yo no exista. Varios lo han atestiguado, como ocurrió el sábado pasado: luego de esos 25 km de entrenamiento que tanto orgullo me daban, terminé en un cumpleaños en Pilar, sentado en una silla, intentando disimular que me dormía, como hacen los borrachos que aún conservan el pudor y no quieren que el resto de la fiesta se dé cuenta de su bochornoso estado. Ejercitar mucho requiere descansar mucho.

¿Cómo nos damos cuenta que dormimos lo suficiente? Así lo mido yo: despertándome solo, sin una alarma, y no sintiendo somnolencia durante el día. No es fácil lograrlo, pero por eso inventé lo de Semana 52. Es una forma de decir “Ok, esto es muy complicado, pero sólo lo voy a hacer durante un año”. Después del 31 de agosto de 2011 veremos si mi cuerpo y mente vuelven a soportar las trasnoches…

Semana 4: Día 26: Preparándome para la maratón

Uno de los objetivos de este blog/plan de entrenamiento era llegar a correr una maratón, una distancia 42 km que jamás alcancé. De hecho, ni siquiera la consideré para este año. Pero por esas cosas que tiene la vida, en 14 días voy a estar corriéndola.

Se conjugaron varias cosas para acelerar esta decisión. Primero, la dieta que estoy haciendo, que muchos consideran aburrida y muy estricta, está funcionando. El martes que viene mi nutricionista me va a volver a medir el peso y la proporción de grasa y músculo, y veremos si estoy en lo cierto. Segundo, ya estoy pasando esa barrera física del entrenamiento, en donde los músculos se están adaptando al nivel de exigencia extra. Tercero, Yayo, un compañero Puma Runner, después de adularme innecesariamente por este blog, me propuso correrla juntos. Es más, lo planteó como un desafío: él me anotaba, y si yo corría la maratón, él me regalaba la inscripción. Si me echaba atrás, le tenía que devolver el dinero (más un 50% de interés, conocido como el impuesto al gonca).

Luego de la aprobación de Germán, mi entrenador (sí, dejé terapia pero sigo consultando todo), cerramos el trato con Yayo, mientras elongábamos durante un entrenamiento. Entusiasmado por la idea, ese día nos mandamos 25 km a un muy buen ritmo. Llegué con mucho resto, con optimismo y muchas ganas de que ya sea 10 de octubre.

No sé en qué tiempo voy a terminar mi primera maratón, pero estoy convencido de que voy a llegar a la meta. Y ya que estoy, le quiero agregar un poco de condimento: voy a intentar terminarla en menos de 4 hs 12 minutos. Para eso voy a tener que sostener un paso de 6 minutos por kilómetro. Jamás corrí esa distancia, pero sí corrí, sin parar, 3 hs 44 minutos en la última Merrel de Pinamar (27 km en las sierras), así que puedo exigirle al cuerpo aguantar 30 minutos más.

Puede que en los próximos días vaya escribiendo sobre la previa de una maratón, porque todavía tengo mucho para aprender. Dicen los que saben que, físicamente, estoy ahí. Va a ser un esuerzo desgastante, que no me va a matar como a Filípides, pero que me va a dar una satisfacción enorme. Este desafío se corre con la cabeza, y aunque tengo que mantener el entrenamiento físico, es la mente la que se tiene que ejercitar. ¿Cómo? Visualizando la meta, entendiendo que lo difícil es aguantar la monotonía de 4 horas de trote, convenciéndome de que puedo hacerlo.

Los límites están en la cabeza (no me canso de repetirlo), y si no corrí una maratón hasta ahora, en algo tuvo que ver que la mente pensara que yo no podía. Ahora empiezan los ejercicios de repetir, para mis adentros, “sí, puedo”…

Semana 4: Día 25: Cristian Gorbea – Historia real de un sobreviviente

Cristian Gorbea se reencuentra con su mujer, Claudia.

Hoy, sábado, luego de una semana de running y pesas, he decidido compartir un relato en primera persona de un sobreviviente a la montaña.

Nos ponemos en situación: El 11 de septiembre pasado tuvo lugar la Half Mission, 80 km en las sierras de Córdoba. Nosotros contábamos con dos Puma Runners, Dani y Yayo, quienes fueron a conquistar ese desafío. No supimos más de ellos hasta que comenzó a circular la noticia de que había un corredor que no aparecía. Nos preocupamos, intentamos dar con ellos, hasta que nos volvió el alma al cuerpo cuando nos confirmaron que estaban bien. Quien estaba perdido era Cristian Gorbea, un gerente de Recursos Humanos del Banco Hipotecario. Las horas pasaban y no se tenía noticias de él.

Esto es lo que pasaba mientras él estaba perdido:

Mi plan era trotar lo más posible aprovechando el buen estado físico que tenía, tratando de mantener un ritmo parejo de marcha. Si bien ya había corrido numerosas carreras de aventura, de calle y triatlón, éste sería mi primer Ultra maratón de montaña. A lo largo del recorrido, pactado en un máximo de 24 horas, acumularíamos más de 3000 metros de desnivel en 80 kilómetros de recorrido. Me sentía fuerte y confiado, así que avancé firme por más de una hora hasta que empezamos a subir la primer pendiente brusca, que luego de un par de kilómetros desembocó en un arroyo que bajaba caudaloso. Aproveché para cargar la cantimplora de agua fresca y pura. Recuerdo que una fotógrafa de la organización nos sacó varias fotos.

Cruzamos el arroyo con varios corredores y enfilamos para la parte más áspera hasta ese momento: un lomo de más de 500 metros de desnivel, la Cuesta de los Cerros. Ahí me crucé con Jimena, una corredora chilena que venía con su marido, y los tres subimos gran parte del cerro, siguiendo las marcas blancas del sendero. La temperatura era agradable, el sol brillaba fuerte, y a pesar del ascenso no se notaba demasiado ni el viento ni el frío por lo que seguía corriendo solo con la pechera de la carrera, de mangas cortas. Bebía agua y comía alguna barra de cereales periódicamente. (…)

Llegamos al Control con gran alegría de que terminara esa tremenda cuesta, de aquí en adelante era más bien en bajada hasta el Puesto 1 ubicado a 2300 metros sobre el nivel del mar. (…) Seguimos hasta el Puesto 2 que estaba unos pocos kilómetros más adelante. (…)  Nos registramos y seguimos trotando y caminando hasta el Puesto 3. Ya estaba oscureciendo y yo quería llegar con luz de día.

Nuevamente nos juntamos unos cuantos corredores que íbamos al mismo paso y sorteando algunos arroyitos, retomando senderos y siguiendo las indicaciones, llegamos al Puesto “Tres Antenas” a las 19:30, justo antes del anochecer. Ese era el último puesto para abastecerse y descansar unos minutos. Aproveché para sacar la linterna frontal y abrigarme con todas las capas que tenía guardadas en la mochila, ya que se venía el frío. (…)  Luego de unos 15 minutos, salimos alrededor de seis corredores para encarar la trepada de 15 kilómetros por un ancho camino de tierra. (…)

El camino serpenteaba varias veces, había una bifurcación, ¿para dónde tomar? Decidimos seguir para la derecha. Ahí me puse a la par de un barilochense y nos despegamos del grupo. Cada vez que podíamos le metíamos un trotecito sobre todo en las bajadas.  El camino, luego de casi tres horas de marcha, caracoleaba y nos dejó frente a una pick up estacionada con todas las luces prendidas. Señalaba la cumbre, que debíamos hacer siguiendo un sendero bastante difícil. Luego de unos 45 minutos logramos llegar al puesto de control, marcamos y bajamos. Bueno, me dije, a partir de acá, vamos para abajo, venimos bien. Había marcado 32° en la cumbre y me sentía fuerte, así que solo restaba meterle un poco de pata y terminar. Bajé solo el caracol, porque el barilochense se había quedado un poco atrás, me crucé con un control paramédico que me dio la indicación de salir del camino, encontrar el sendero y guiarme por las luces de Villa Dolores, que brillaban hacia el oeste.

Iban casi doce horas de carrera y le calculaba unas dos o tres adicionales para terminarla.

Ahí tomé varias decisiones equivocadas.

Encontré la primera luz química a unos 200 metros, pero en lugar de doblar ligeramente a la derecha, seguí derecho, hacia las luces del pueblo. El sendero pronto se perdió, sin embargo yo seguía para adelante y para abajo, confundido por las linternas frontales de otros corredores que yo veía abajo y a mi derecha. Supuse que le había pifiado al sendero principal, pero podía encontrar el camino hacia la Cuesta de las Cabras, la bajada obligada hacia la meta. Desconociendo cualquier básica precaución en un cerro de noche, imaginé que podía tomar un atajo; gran error estando solo. La linterna frontal iluminaba apenas unos 5 o 10 metros a lo sumo.

El terreno comenzó a ponerse muy abrupto, la pendiente cada vez se hacía más escabrosa, hasta que de repente y sin previo aviso… pierdo sustento y me patino hacia abajo. La caída duró un instante, una eternidad. Caí de pie sobre algo sólido, me flexioné por el golpe y mi rodilla se clavó en mi ojo derecho. La linterna frontal se apagó y quedé en la más absoluta oscuridad y silencio. No veía absolutamente nada, estaba encogido, con la mochila puesta, ligeramente de espaldas. Manoteé para un costado y no toqué nada. Me acomodé como pudo en ese lugar, con la certeza de que estaba en un lugar difícil y no debía moverme. Sentí una voz interna, supongo la que se debe activar ante situaciones de emergencia: “Quedate quieto, no te muevas, esto es peligroso”.

(…) Con mucho cuidado me saqué la mochila, la puse a un costado, muy cerca de mí. La abrí y busqué a tientas la manta de supervivencia. Iba a pasar la noche allí. Ya estaba sintiendo el frío y debía abrigarme. Sin duda, con las primeras luces del día iba a descubrir una salida segura. Por ahora, debía quedarme quieto y abrigado. Saqué la manta y envolví con cuidado mi cuerpo. (…)

Sentía la pared de la montaña a mis espaldas, un pequeño tronco de árbol de unos 3 cms de espesor, firme a un costado, trabando mi pierna. (…) Escuché con atención y oí un hilito de agua cayendo cerca. Por lo demás, todo era silencio y oscuridad. No sentí miedo, tan solo una conciencia muy alta sobre lo que tenía que hacer para sobrevivir. (…)

Una boca de lobo. Cada tanto soplaba el viento, que bajaba la temperatura. Eran ráfagas cortas que arrancaban soplando desde abajo, moviendo la vegetación y enseguida llegaban a mi posición, que estaba a unos 2200 metros sobre el nivel del mar. Temblaba permanentemente de frío, particularmente las piernas, que estaban abrigadas solo por una calza larga y la manta. (…) Así pasaron los minutos, interminables. Veía la hora…las 2:15, trataba de dormir, me movía de posición, me volvía a arropar con la manta… miraba nuevamente el reloj… ¡y eran las 2:17! (…)

Recordé la charla de Parrado, sobreviviente de los Andes, a la que había asistido hace unos años. Me sirvió de inspiración. Si ellos habían sobrevivido 72 noches a veinte grados bajo cero, ¿cómo podía yo sentir frío en donde estaba? Sabía que no podía morir de frío, la temperatura bajaría hasta los 0° como mucho, no es una temperatura para morir… a lo sumo pasaría frío, sí, pero no me moriría. (…)

A las 8 me di cuenta que estaba atrapado en una repisa de no más de 50 cms de ancho, con la pierna enganchada a ese arbolito de un metro de altura. Frente a mí y a los costados un vacío de 150 metros; paredes verticales de piedra que se sumergían en un frondoso bosque abajo. Milagrosamente me había detenido en el único lugar posible para frenar una caída libre hacia una muerte segura. Un nido milagroso que me serviría de refugio. Una sensación de espanto y pánico me invadió: si hubiera caído un metro para la izquierda o un metro para la derecha, me mataba. (…)

Intenté subir por unos pequeños escaloncitos que se formaban en la parte de abajo para ganar algo de altura y tomar alguna saliente con mis manos, pero era imposible; todo estaba demasiado lejos y demasiado empinado. Miré para atrás y vi el vacío. No podía seguir. No era la mejor opción tratar de salir de esta manera. Volví a mi posición anterior con mucho cuidado y tomé la decisión de no salir por mis propios medios. (…)

De ahora en más, dependía de otros para mi rescate y de mí para mi supervivencia. Sabía asimismo que ese día, el domingo, no vendrían por mí. La carrera terminaba a las 12:00 y hasta que hicieran el recuento de abandonos y perdidos, se haría de noche. (…)  Tomé nota de mis alimentos: por suerte tenía cuatro barras de cereales, varios geles, chocolates, alfajores, barras proteicas. Bien racionado tenía para varios días, de ser necesario. A mi derecha, la pequeña vertiente de agua, esencial para mi supervivencia. (…) Cada 10 minutos, tocaba el silbato de emergencia y gritaba auxilio. Me hidrataba frecuentemente y me obligaba a comer, ya que no tenía hambre pero no quería debilitarme. (…)

Estaba alucinando fruto del cansancio y la falta de sueño. No solo alucinaba visualmente sino que escuchaba conversaciones en susurros. En algunos momentos estaba seguro que arriba y a mi derecha había dos personas hablando, seguramente del equipo de rescate, eran claramente un hombre y una mujer. Pero en instantes la conversación se transformaba en viento o en algún insecto que volaba por allí. (…)

Continué gritando auxilio y haciendo sonar el silbato toda la tarde. Mi mayor angustia era que mi mujer e hijos no sabían que estaba vivo, ileso, y seguramente temían lo peor. Si uno no es creyente, se vuelve rápidamente. En mi caso, siempre he tenido fe y eso me ayudó a sobrellevar las horas. Pedía mucho. Pedía que me encontraran, pedía que llevaran tranquilidad a mis seres queridos. Todo el tiempo pedía y rezaba. Pedía a mis padres, que ya no están, a Dios, a mis ángeles… la verdad que no dejé a nadie sin pedir.

Lentamente se fue apagando el sol, la temperatura empezó a descender y me dispuse a pasar la segunda noche. A eso de las 20 ya era noche cerrada. Acomodé la manta de supervivencia, que para esa altura ya estaba bastante rota, me puse en la posición fetal y cerré los ojos. Cada tanto los abría para ver si divisaba alguna luz en la quebrada. Pero todo estaba oscuro. (…)

Nunca me sentí solo allí arriba.

No creí que podría dormir ahí, sin embargo la segunda noche fue distinta, tal vez el cansancio extremo, la tensión acumulada, me hicieron cerrar los ojos y dormir de a horas. (…) En plena madrugada me desperté por unos tremendos relámpagos que veía en dirección oeste, para el lado de San Luis. Una gran tormenta eléctrica que sacudía todo el horizonte. (…)

La mañana se mostró nublada, más fría que el día anterior. Nubes bajas oscurecían el sol. Aproveché para darme el gran gusto matinal y saqué chocolate para el desayuno. Lo abrí con cuidado, lo partí en dos y lo saboreé un rato largo. Los pequeños placeres de la vida, sobredimensionados por el lugar en que me hallaba. (…)

Continué con mi rutina de pedir auxilio, silbato, y me alimentaba cada tanto de barras de cereal y alfajor, aunque sin hambre. Pasó gran parte de la tarde, dormité un poco, le seguí pidiendo a Dios que me sacara de ahí, por favor.  Lo que antes eran ruegos “mudos” o sea, para mis adentros, comencé a exteriorizarlos, gritándole “¡Sacame de acá, por favor!”, “¡Quiero salir!” (…)

A eso de las 17 pasó el helicóptero y yo continué con mi rutina de pedir auxilio. En eso, sentí un “¿Dónde estás?” en lo profundo de la quebrada. Miré para abajo y divisé una persona… ¿Sería una alucinación? No, porque noté que se movía. Le grité “¡Acá estoy!”… me dijo “No te veo… ¡Movete, haceme señas!”… Prendí la linterna y comencé a hacerle señas con el brazo. Me gritó “¡Ya está, ya te vi, subo a buscarte!” (…)

Le demoró una hora llegar desde el valle hasta arriba de donde estaba, el único lugar posible para intentar un rescate. Se llamaba Gabriel, era baqueano de la zona y al llegar arriba y asegurarse de que estaba sano, me dijo algo que no olvidaré mientras viva: “Quedate tranquilo, me quedo con vos mientras vienen los rescatistas con la soga, aunque tengamos que pasar la noche acá, no te abandono”.

No nos podíamos ver, yo estaba abajo, él arriba. Nos escuchábamos, conversamos largo esa hora hasta que llegaron los rescatistas. (…) Me incorporé hacia mi derecha, tomé la mochila, levanté todos los papelitos, la manta térmica y me fui con cuidado hacia el punto de rescate. Vi caer la soga, me la até a la cintura con doble nudo y comencé a trepar con la ayuda de los cuatro rescatistas. Apenas subí vi uno con traje naranja que me tomó del brazo y me ayudó a subir. La trepada era más larga de lo que veía desde abajo, serían unos diez o quince metros de pared muy inclinada.

Me emocioné al llegar arriba, los abracé y lagrimeando les dije un GRACIAS, así de grande. Me sorprendí gratamente cuando vi que ellos también lagrimeaban…Es que estamos felices de haberte rescatado, me dijeron.

El sol ya se ponía en el oeste. Hasta donde alcanzaba la vista, todo era sierra y valle verde profundo. La adrenalina se mezclaba con la alegría de saber que me habían rescatado y que volvería pronto a ver a los míos. Sólo quedaba un gran descenso de dos horas por la Cuesta de las Cabras, aquel sendero que perdí en la noche del sábado. Bajaba con ellos, respirando el aire puro de la sierra, acompañado por seres increíbles que me buscaron día y noche.

Estaba feliz. Estaba vivo. Había nacido de vuelta.

Semana 4: Día 24: El alcohol y el running

El alcohol es divertido y no tiene consecuencias nocivas, pero sólo si sos un dibujo animado

Ya hemos hablado sobre abandonar el alcohol, y cómo son las reniones sociales en estado de sobriedad. Pero ¿qué efectos tiene el alcohol sobre nuestro rendimiento deportivo?

Allan Lawrence, maratonista ganador de la medalla de bronce en Australia ’56, decía “Siempre hay que dejar de correr cuando se bebe, de lo contrario se te derramará la bebida”. Él, como casi todos los corredores, bebía un vaso de vino de vez en cuando, algún whisky on the rocks o una caipirinha, pero abandonaba el alcohol durante su entrenamiento, hasta después de la competencia.

El alcohol es deshidratante, por lo que favorece las lesiones relacionadas con el calor (calambres, agotamiento o insolación). Además, afecta el mecanismo que controla la capacidad del cuerpo para sentir y regular la temperatura interna, y actúa sobre los vasos sanguíneos, haciendo que perdamos calor a través de la piel. Ya cuando entrenamos aumenta nuestra temperatura, y el alcohol aumenta estos efectos. Vamos a derribar un mito: la cerveza AUMENTA la temperatura, incluso si tomamos una fresca en verano.

Nuestro cuerpo, ante la ingesta de toxinas como el alcohol o las drogas, busca elequilibrarse rápidamente, bajando el envío de glucosa al cerebro. El etanol afecta el sistema nervioso, y eso explica las sensaciones que experimentamos al beber (euforia, alegría, sueño, mayor fuerza, creés que sos el más lindo en la pista y el que baila mejor, etc). Pero a la larga disminuye nuestros reflejos. También se produce una pérdida de vitaminas y minerales esenciales a la hora de hacer deporte, como el potasio, el magnesio, el fósforo y el calcio.

La eliminación del etanol se vuelve prioritaria en nuestro organismo, incluso más que la de las grasas, ya que es un elemento nocivo que tiene que desaparecer. Este proceso es muy lento, y el etanol se transforma directamente en una fuente de energía (un gramo de alcohol contiene siete calorías). O sea, si antes de beber cenamos gran cantidad de hidratos o grasas, ya dos vasos de alcohol hace que el cuerpo priorice eliminarlo, haciendo que no quememos la energía de la comida (y la acumulemos, derecho a los flotadores). Si además combinamos la bebida con gaseosas, también sumamos esas calorías a nuestras reservas de grasa (fernet con coca = pésima combinación). Si queremos beber, o si la presión social es tal que el no consumir alcohol nos hará el hazmereir de la fiesta, lo ideal es una cena rica en fibras, que son fáciles de digerir. Las proteínas también pasan más rápido por nuestro organismo, pero el etanol aumenta su degradación, por lo que se produce pérdida de musculatura y fuerza.

Sobre esa patraña de que dos vasos de alcohol en los hombres y uno en las mujeres tienen beneficios sobre la salud cardiovascular, me permito recordar que caminar o trotar hace tan bien o más (¡y no produce resaca!). También estuvo circulando una investigación que afirmaba que la cerveza tenía cualidades rehidratanes, y era rica en antioxidantes. Aunque estos científicos inventaron este estudio para explicarle a sus esposas por qué llegaban totalmente ebrios a casa, está claro que hablaban de una ingesta post-actividad deportiva, nunca antes ni durante.

Correr ayuda a superar la resaca. Allan Lawrence, que todavía sigue acá aportando datos, decía que el primer kilómetro era lo más difícil. Pero es importante hidratarse bien antes y durante el entrenamiento. Y hacerlo con agua en lugar de con Quilmes (terminemos con la mentira de que tomamos cerveza porque tenemos sed). De hecho, si nos ponemos a pensar, las consecuencias de salir de parranda deja más secuelas que correr una media maratón. Con entrenamiento adecuado y una buena recuperación, terminar una carrera nos deja en un estado de puro optimismo, orgulloso de nosotros mismos y nuestro esfuerzo, mientras que cualquier after party con mezcla de bebidas nos tira abajo. Ni hablar si perdimos la moderación y terminamos vomitando, con dolores estomacales y de cabeza, remordimiento, mareos y fotos embarazosas y comprometedoras subidas a la internet.

Ahora, ¿cómo se elimina el alcohol? La mucosa gástrica absorbe el 20%. Como ya dijimos, la presencia de alimentos en el estómago disminuye la velocidad de absorción. Una vez que llegó a la sangre, ningún alimento es capaz de disminuir o eliminar este porcentaje. El 80% de alcohol restante se absorbe dentro del intestino. Derribamos otro mito: eliminamos sólo el 2% a través de la orina y sudor. Hacer ejercicio, respirar aire fresco, ducharse con agua fría y/o tomar café o alguna otra droga puede ayudarnos con los síntomas, pero no acelera la metabolización del alcohol. El hígado procesa entre 7 y 10 grs. de bebida por hora, por lo que una persona con un nivel de alcoholemia de 1,8 grs. por litro de sangre necesita de 6 a 10 horas para que el test de alcoholemia dé negativo. Para eliminar las consecuencias sobre el cuerpo, puede necesitar el doble o el triple, dependiendo del organismo. Si tomamos más, obviamente necesitaremos más tiempo.

Así y todo, hay algunos dementes que practican un deporte llamado “Hashing”, que inventó un ebrio en Malasia, en 1983. La competencia consiste en realizar una carrera tomando alcohol en los puntos de hidratación. Cualquier bebida vale, aunque lo que predomina es la cerveza. Al llegar a la meta hay que acreditar un determinado porcentaje de alcohol en sangre. Uno creería que una actividad tan antideportiva no tendría muchos adeptos, pero resulta que, según Wikipedia, el alcohol es muy popular entre los seres humanos. El Hashing cuenta con no menos de 2 mil clubes por todo el mundo. Un verdadero “deporte de alto riesgo”…

Semana 4: Día 23: Cuánto cuesta entrenar

Les voy a ganar de mano a mis amigos, quienes van a acusarme de rata por este post

Desde que empecé este blog, que se replica en otros sitios como Facebook, Twitter, la página de Puma Runners o en Irrompibles, leí varios comentarios acerca de lo caro que es entrenar o correr carreras. Y si bien es cierto que todo lo bueno en la vida requiere una inversión, no necesariamente tiene que ser monetaria.

Las carreras tienen siempre un costo de inscripción. Por una suma que generalmente está entre los $100 y los $150, corremos con la remera oficial. Excepto el pedazo de trapo que nos dieron en la Merrel de Tandil 2010, siempre han sido de buena calidad. Además del derecho a participar en la competencia, con este dinero nos aseguramos hidratación en distintos puestos de control (agua y Gatorade), servicio de emergencias, frutas, una medalla que acredita que terminamos la carrera y el servicio del chip que nos da el segundo exacto en que cruzamos la meta. Y ese dinero que invertimos en anotarnos no es tanto más caro que ir a comer afuera, con película, pochoclo y vaso gigante de gaseosa. Además es más sano, y cualquiera puede alardear de haber terminado una carrera, mientras que a nadie le importa que hayas terminado de ver Avatar en 3D.

Por supuesto que hay carreras que son más caras. El costo aumenta si el desafío está en una ciudad alejada, o en otra provincia (por el traslado y hospedaje). Ni hablar de competencias como La Misión o El Cruce de los Andes, donde la inscripción aumenta exponencialmente, requiere un equipo especial, etc. Pero no suele ser un valor superior a irse de vacaciones. Y de eso se tratan estas carreras de aventura, de irse de la rutina lo más lejos posible. Que sea algo mejor que si nos vamos a Mar del Plata, por ejemplo, donde todavía nos vamos a encontrar esas cosas de ciudad como el murmullo de miles de personas, peatonal, bocinas, etc…

Todavía no pude dar el salto para participar en estas carreras más duras, principalmente por una cuestión física. Pero es un objetivo que forma parte de Semana 52. Aunque no lo logre hacer dentro de este año, sé que el entrenamiento me va a ayudar a enfrentar estos desafíos en 2011.

¿Hay que invertir mucho dinero si queremos correr por las calles de la ciudad? Probablemente no. Si estamos iniciándonos, no hace falta tener las últimas zapatillas, ni la remera dry-fit o el pantaloncito que trae adentro una calza. El tema es estar cómodos y empezar. Correr 20 cuadras por día no es el mismo desgaste que hacer 50 km semanales. Se puede comenzar con lo que tenemos, ir aclimatando el cuerpo, midiendo nuestros límites, y a medida que vamos creciendo, ver en qué nos hace falta gastar dinero. Pero, como decía al principio, un entrenamiento no necesariamente implica lo monetario. Algo en lo que no es barato hacer actividad física es el tiempo: no podemos escatimarlo, y necesitamos invertir mucho de él. Al principio puede ser poco, media hora por día. Pero vamos a tener que ir encontrando un momento para dedicarnos sólo a eso. La mañana es ideal porque estamos descansados y con alto nivel hormonal. Si no podemos madrugar, todavía nos queda la noche. Lo recomendable es que sea un momento donde nuestra ausencia “no se note”, para que sea lo más “barato” posible para nuestra rutina.

En el caso de la alimentación, es el único punto donde no podemos ahorrar ni tiempo ni esfuerzo. El crecimiento que obtenemos cuando nos alimentamos adecuadamente es enorme. Hay inversiones monetarias que ayudan, como instalar un purificador en la canilla de la cocina, en lugar de comprar agua mineral constantemente (la hidratación es importantísima, hagamos deporte o no). Y, si de hacer actividad física se trata, los productos no suelen tener el mismo precio en todos los comercios. Así que podemos caminar unas cuadras para darnos cuenta que ese botellón de 6 litros que en la esquina de casa cuesta $8,50, a cuatro cuadras, cruzando el paso bajo nivel, lo venden a $7,20. Ese $1,30 que nos ahorramos va a una lata, para financiar la próxima carrera o las zapatillas nuevas. Un error que yo cometía si no tenía plata era comprar lo mínimo indispensable de alimento, como arroz, fideos y milanesas de soja. Yo creía que con eso me alcanzaba, y como vimos cuando visité a la nutricionista, fue un error, por más que ya estaba corriendo dos o tres veces por semana.

En definitiva, podríamos afirmar que lo mejor de entrenar es que requiere una inversión mínima y da muchas satisfacciones. Nadie te va a pedir dinero para ir a correr a la plaza, o por trotar por las calles de tu barrio. Lo único que vamos a gastar es energía, y siempre vamos a tener mucha más de la que imaginamos. Aunque el dinero escasee, cuando decimos que nunca podremos entrenar o participar en carreras porque no tenemos plata, tendríamos que preguntarnos si realmente es ese el motivo. Dar los primeros pasos es lo difícil. Una vez que empecemos, con ingenio y mínimos recursos, las cosas se irán acomodando solas…

Semana 4: Día 22: La alimentación es una opción

"Liiiiisaaaaa... dijiste que me queriiiiiaaaaas..."

Cuando sos adolescente sólo te preocupan cosas superfluas. La popularidad. El fútbol. La moto. La guitarra. Lo que me motivaba a mí en mis años de acné y desorientación vocacional era una sola cosa: los comics.

Al principio tenía un par, y los atesoraba en un rincón de una biblioteca. Después ocuparon un cajón. Era el “uno a uno”, así que comprar historietas extranjeras (ediciones yanquis o las traducciones españolas) era muy barato. De hecho no sabía leer muy bien en inglés y empecé a comprar comics norteamericanos. Por deducción y repetición aprendí más que con el Victor English Method.

Cuando las historietas ocuparon varios cajones, descubrí uno de mis títulos favoritos: Animal Man. El comic trataba sobre Buddy Baker, un doble de riesgo y ex-baterista de una banda de punk, que es utilizado por unos extraterrestres para un experimento con el campo morfogénico. Esto hace que pueda absorber los poderes de los animales durante 30 minutos. Si en las cercanías había una paloma, podía volar. Si se cruzaba con un perro, obtenía su olfato. Si le cortaban un brazo, recurría a las habilidades regenerativas de una lombriz para hacerlo crecer.

Esta serie estaba escrita por un guionista escocés llamado Grant Morrison, quien nunca ocultó que escribía sus historias bajo el efecto de alucinógenos. Las historias de Animal Man giraban en torno a los derechos de los animales, viajes en el tiempo y la madurez. Porque, aunque Morrison no fue el creador del personaje, tuvo la brillante idea de presentarlo como un hombre con una esposa y dos hijos, algo raro en los superhéroes, que siempre se la dan de solitarios.

Morrison mismo es un vegetariano, y no le bastaron muchos números para hacer que Animal Man dejase de comer carne. Era lógico, tenía una conexión especial con los animales. En una historia, el manager de Buddy le cuenta, casi al pasar, que un grupo de activistas quería la ayuda de Animal Man para detener experimentos en ratas de laboratorio. Cualquiera asumiría, como hace su agente, que Animal Man iba a rechazar calzarse el traje por unos simples roedores. Pero él responde “Obviamente los voy a ayudar”. Ante la lógica sorpresa, él redondea todo el concepto en una sola frase: “¿Qué te hace pensar que para el universo las ratas son menos importantes que las personas?”.

Probablemente esta haya sido una de las semillas que se plantaron en mi subconciente y que me llevaron a hacerme vegetariano. Porque para mi es así de sencillo. Me cuesta pensar que nuestra vida sea sagrada y la de los animales no.

Soy vegetariano desde hace más de 10 años (ya perdí la cuenta exacta) y odio el sermoneo. Más allá de que me burlo de mis amigos diciéndoles que bailaré sobre sus tumbas (me burlo porque no sé bailar), el ovo-lacto-vegetarianismo es una cuestión muy personal, no es una cruzada en la que busco adeptos. Así y todo, esta postura de equiparar a los animales con el hombre me ha llevado a ser un poco extremista: no vestir cuero, ni comer nada que haya involucrado una muerte. El tema es, claro, que uno no suele fijarse de qué están hechas las cosas.

Por ejemplo, nunca me quedó en claro si los snacks con sabor a jamón necesariamente involucraron que muriese un cerdo. Otro caso fueron las Cerealitas: jamás me imaginé que unas galletitas tan “sanas” tuviesen grasa bovina refinada. Así, con el correr de los años, fui enterándome de cosas que no eran aptas para mi. En el reverso de un menú de McDonald’s me enteré de que la gaseosa Crush no es considerada vegetariana (seguramente por el colorante carmín, hecho con insectos). Los Giacomo Capelettini de verduras, en sus ingredientes, tienen extracto de carne. Hace pocas semanas me enteré de que la gelatina, que yo siempre pensé que estaba hecha con algas, se obtiene al hervir el tejido conectivo de despojos animales (huesos, pieles y tendones).

Esta postura hacia los animales no significaba que tuviese una vida sana. De hecho, comía muy mal, como ya lo he explicado en posts anteriores. El problema surgió cuando empecé el entrenamiento para Semana 52. Le puse un verdadero desafío a la nutricionista, quien tenía que buscar fuentes alternativas de proteínas biológicas. Uno de los alimentos elegidos fue el queso crema, en particular el Mendicrim 0%, que no contiene grasas (al menos en cantidades significativas). Pero hace un par de días me avisaron que en sus ingredientes tiene gelatina como estabilizante. Lejos de desesperarme (aunque sé que mi nutricionista casi sufre un síncope cuando le conté que iba a dejar de comer esto), fui al supermercado y, armado de paciencia, leí todas las etiquetas de los quesos crema. Finalmente di con dos alternativas, La Paulina y San Ignacio, dos marcas que no serán tan buenas como el Mendicrim, pero al comerlas me van a dar menos culpa.

No es fácil ser vegetariano. Mucho menos ser vegetariano en este país, tan orgulloso de su carne y tradicional asado. Mucho menos ser vegetariano en este país y haciendo deporte. Y ni que hablar ser vegetariano en este país, haciendo deporte, y haciendo dieta. Pero me las arreglo. Ser un poco obse ayuda.

Espero que nadie sienta que este post es un sermoneo encubierto para los que comen carne. Reconozco que soy minoría (conozco sólo a otros seis vegetarianos) pero me parece valioso compartir que la alimentación es una opción. Nos acomodamos la forma de comer por costumbre, comodidad o culpa. Y me río de los que defienden el consumo de carne con “es una cuestión de supervivencia”, para después ir y compran medio kilo de lomo en el Coto. Están lejos del hombre primitivo que cazaba, en patas y con palos y piedras, porque no le quedaba otra.

Entonces, podemos elegir qué comemos, y de hecho lo hacemos todos los días. Hace mucho tiempo un escocés de apellido Morrison y un superhéroe bajo el nombre de Animal Man decidieron no comer animales. Yo, hace varios años, elegí también ser vegetariano. Y hace 22 días opté, ya que estaba, por comer  adecuadamente para el tipo de entrenamiento que estoy haciendo.

Me siento muy bien, con energía. Mientras tanto, practico mis pasos de baile, para algún día cumplir la promesa que le hice a mis amigos carnívoros…

Semana 3: Día 21: Plantando un pino, segunda parte

Emotivo encuentro entre el pino y el bloguero

Ayer fue el último día del invierno. Y fue, casualmente, el día en que con los Puma Runners plantamos un pino en nuestro lugar de entrenamiento.

La historia comenzó el sábado con un pequeño pino abandonado y las ganas de Germán, nuestro entrenador, de hacerlo nuestro y compartir la experiencia de devolverlo a la tierra.

Tuvimos que esperar hasta ayer lunes, no por capricho, sino porque era el día en que entrenábamos, y queríamos contar con la gran mayoría para este ritual. Hubo quienes nos acusaron de irracionales, por no consultar con la autoridad competente. Más allá de que la Policía considere que estamos haciendo “un mal uso del espacio público”, nos lamentamos cada vez que vemos que un árbol no crece en ese parque, o que, de un día para el otro, desaparezcan. Probablemente la ley no nos ampare, pero la vida es tomar riesgos, sobre todo si hacés algo por el bien de todos y sin hacerle daño a nadie.

Fuimos llegando al entrenamiento de a poco. Algunos llevaron palas, otros botellas de agua para ablandar la tierra, y otros sólo sus ganas de compartir esa anécdota (lo cual no era poco). Dimos una vuela al trote suave, para entrar en calor, y cuando estábamos terminando apareció el pino, al que apodamos “Solanas, el de proyecto Sur” (unstedes creen que estoy haciendo un mal chiste, pero fue la única propuesta que se escuchó, por lo que el nombre sigue estando en discusión). El pino no corrió. Estaba tirado en el piso, frágil, sin entender qué estaba pasando. Recordé un dibujito que graficaba a las criaturas, ordenándolas por su velocidad. El árbol estaba primero como el ser más lento, detrás del caracol. La única forma en que se aplica el concepto de velocidad en un pino es su crecimiento. Y el hecho de que no pueda trasladarse y que lo tengamos que cargar entre todos también habla de la fragilidad, el trabajo en equipo, y el respeto que tenemos por nuestro nuevo integrante del grupo.

Todos participamos haciendo el pozo. Elegimos un lugar donde alguna vez intentaron plantar un árbol y no prendió. Creímos que ahí no alteraríamos el delicado equilibrio hombre/parque. Cuando alcanzamos la profundidad adecuada, pusimos las raíces dentro, separamos las piedras de la tierra, y le dimos estabilidad. Algunos lo veían torcido. “Está fuera de escuadra”, dijo un diseñador gráfico. Ante la ausencia de elementos de medición, lo enderezamos a ojo, hasta que todos estuvimos de acuerdo en que estaba derecho. Nos sacamos fotos, hicimos el listado de las otras cosas que nos faltan realizar en esta vida (como tener un libro y escribir un hijo), y prometimos cuidarlo y regarlo cada vez que podamos.

Fue una tranquila forma de coronar una noche de mucha adrenalina, ya que en medio del entrenamiento notamos que un Puma Runner había desaparecido. Pasamos una eternidad buscándolo en las inmediaciones, alejándonos al trote para llegar a estaciones de servicio cercanas, confiterías y hasta en el hospital. Su auto estaba estacionado y su celular abandonado en su mochila. Estábamos esperando el llamado de los secuestradores reclamando un rescate millonario (en billetes de baja denominación), hasta que nos avisaron que lo habían cruzado a varias cuadras de nuestro punto de encuentro. Todos estuvimos de acuerdo en propinarle una salvaje golpiza cuando llegase, pero estuvo muy astuto en aparecer rengueando. Y nos dominó la lástima.

La noche terminó fresca y relajada. Ahora en San Isidro hay un pino más, que lo vamos a tratar como otro miembro de los Puma Runners, y bajo su sombra algún día elongaremos y planearemos nuestra próxima aventura…

(Música)

(Créditos finales)

(Comienza la tanda publicitaria)

Ayer llegué al entrenamiento más temprano, ya que Germán me estaba esperando no con uno, sino con dos pares de zapatillas nuevas. Me lamenté de que una estuviese hecha en Indonesia, probablemente a punta de pistola, pero me probé el otro par y mis pies agradecieron, finalmente, el cambio. El tema es que había terminado las últimas dos carreras con un leve dolor en la región lumbar de la espalda, obviamente producto de una mala amortiguación del calzado. Generalmente mi papá, en mi cumpleaños, me regala un par que me suele durar un año (o, siendo riguroso, que yo no cambio durante un año). Y esta vez no llegaba a diciembre. Germán (o sea, Puma Runners) me cedió estas zapatillas para que pueda seguir este riguroso entrenamiento de 52 semanas. ¡Gracias, Conejo!

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