Archivos Mensuales: agosto 2010

Semana 0: Día -1: Se acabaron las vacaciones

Ya tengo algo para hacer durante los próximos 364 días

Sí. Lo reconozco. Debería haber un “día 0”. Pero este blog nació de la improvisada espontaneidad de quien les escribe, y no tuve en cuenta ese nimio detalle. Así que hoy es la Semana 0: Día -1, y mañana es la Semana 1: Día 1.

En mi vida he tenido montones de ideas que me parecían geniales, y esta no era una de ellas. Alguna vez soñé con una novela en la que Perón luchaba contra los nazis. No pasé de escribir el primer capítulo. También hice cinco o seis ensayos de un libro de 69 sobre sexo (y otros temas urticantes). El chiste de que sean 69 se agotó rápido. Otra vez inventé la pólvora, pero según Wikipedia la habían inventado los chinos en el siglo IX. No es de extrañar que cuando la idea de Semana 52 apareció en mi cabeza, no me pareció deslumbrante. No sabía si a los dos días me iba a olvidar, o si iba a empezar y a aburrirme enseguida. No hubiese sido la primera vez que me pasaba.

Si me preguntan cómo se me ocurrió este proyecto, tengo que confesar que no me acuerdo. ¿Hace cuánto lo pensé? No tengo idea. Sé que fue hace menos de un mes. Estuvo a punto de ser una idea más que nadaba en mi cabeza, hasta que se la comenté a Gemán, mi entrenador en los Puma Runners. Y escuché esas palabras que todos queremos escuchar: “Yo te voy a ayudar”.

Me han dicho que estoy loco. Que me voy a levantar a muchas minas. Que cuando esté de novio largo todo. Que un año es mucho tiempo. Que mejor 3 meses y ver qué pasa. Que le tengo que sacar guita. Que si hago running no tengo que hacer pesas, y que si hago pesas no tengo que hacer running. Pero lo que más me gusta es que haya gente que me diga que lo encuentra interesante. Que le pasan cosas parecidas, o completamente distintas. Me encanta que haya gente que no haga deporte, y sin embargo lea este blog y le llegue por otro lado. Por el compromiso. Por el poder que tiene la mente sobre nuestras limitaciones. Por ponerse un objetivo y salir a alcanzarlo.

No empecé todavía con el entrenamiento. De hecho escribo estas líneas y aún no vi a la nutricionista. Pero la idea del blog es, entre otras cosas, hacer este proyecto público. Ya está, no hay vuelta atrás. Ahora es a no detenerse por un año, con todos sus meses y todos sus días. Quizá no sea la mejor idea que se me podría haber ocurrido. Pero es la más exigente, y la más divertida.

Semana 0: Día -2: ¿Contra quién competimos?

No competimos contra otros corredores, sino contra nosotros mismos

Ya hemos repasado este tema en posts anteriores, pero no sólo amerita volver a él, sino que seguramente volvamos constantemente sobre esta cuestión. La palabra carrera trae, inevitablemente, la connotación de que estamos compitiendo para ser mejores que otros corredores. Y cualquiera sea nuestro estado físico y cualquiera sea la actividad en la que estemos compitiendo, todos hemos soñado alguna vez con hacer podio…

Varias veces me han dicho que soy una persona competitiva, y que me importa demostrar si llego a la meta antes de tal o cual jugador. Nunca me dediqué a negar esto, porque en algún punto es cierto. El ser humano competitivo de nacimiento, siempre se nos presiona para ser los mejores, o al menos para consumir productos que de por sí nos harán mejores. Desde el desodorante que estupidiza a las mujeres y las atrae como moscas, hasta el LCD que va a ser la envidia de la familia del departamento de enfrente, constantemente la sociedad nos impone que demostremos ser mejores que el otro. Vengo de una familia de cuatro hermanos, y uno es mi hermano mellizo, así que supongo que estaban dadas las condiciones para que cada uno intentase sobresalir ante mis padres.

Irónicamente (o quizá esto sea lo que explica muchas cosas) de adolescente no era para nada competitivo. De hecho, ya me había convencido de que el deporte no era lo mío. Estaba lejos de ser el más rapido, el más habilidoso y el más popular. No crecí para nada con resentimiento o aislado, simplemente no me consideraba apto, por lo que no me interesaba. Me gustaba Literatura e Inglés, y con eso me conformaba. Después de egresar del secundario y de pasar varios años por una fuerte desorientación vocacional, caí en la arrera de Diseño Gráfico a los 23 años, y me encantó. Después de muchísimo tiempo de no estudiar ni hacer nada -y de deprimirme bastante por eso- encontré una carrera que me interesaba (nótese la repetición de la palabra). Y en ese contexto fue la primera vez que empecé a escuchar que era una persona competitiva. Me importaba ser el mejor de la clase, estudiaba todos los días, y me esforzaba mucho en las entregas. Pero no me ponía mal ver que otros se sacasen mejores notas que yo, lo que realmente me afectaba era sacarme una nota baja.

Años después de egresar en Diseño, empecé a entrenar. Y la situación se repitió. Encontré una actividad que me gustaba y empecé a dedicarme cada vez más al running. Y a medida que crecía mi capacidad aeróbica y pasaba de los “novatos” a ser de los que corrían al frente, empecé a escuchar que era una persona competitiva. Y antes de tomarlo como una crítica o a negarlo, empecé a pensar por qué era. O sea, no me importaba si en una carrera no era el primero del grupo. De hecho admiraba y admiro a muchos de mis compañeros. Entonces entendí cómo funciona la competitividad entre colegas. La verdad es que el running, para mi, es una cuestión de superación constante, de visualizar una meta y una vez alcanzada, correrla más lejos. En los Puma Runners encontré gente con un entrenamiento muy avanzado, y mi intención no era ser mejor que ellos, sino ser igual a ellos. Por eso me puse como meta alcanzarlos. Con algunos ya corro a la par, otros siguen siendo corredores inalcanzables. Pero lo hago porque es una forma de superarme a mi mismo, de medir si puedo dar un poco más.

En las carreras de aventura hay sólo un puñado de corredores que lo hacen por el podio. Las otras 1500 personas (entre las que me incluyo) lo hacen por el desafío, para llegar. Siempre está bueno, como deportista, medir en qué lugar estamos, si es cerca de la primera mitad o no, o si mejoramos nuestra marca personal. Pero lo que realmente vale no es a cuántas personas pasamos, sino que estamos corriendo. Estamos participando de una carrera, ya el hecho de haber tomado esa decisión y estar ahí es un logro, alcanzado sólo por esas 1500 personas. Que un día hayamos decidido cambiar las pantuflas por zapatillas y la tele por la calle, ya de por sí nos hace mejores.

No me canso de remarcarlo. ¿Contra quién competimos? Contra nosotros. Contra la rutina. Contra el estancamiento. Vale la pena buscar el podio en esa competencia.

Semana 0: Día -3: ¿Se puede correr con lluvia?

Si nos quedamos en casa podemos perdernos la experiencia de correr bajo la lluvia

Ante la inminente llegada de la tormenta de Santa Rosa, que promete vientos huracanados, lluvias torrenciales y olas de frío polar, quienes entrenamos (o queremos hacerlo) quizá nos preguntemos si podremos correr en esas condiciones. Entonces… ¿afecta la lluvia nuestro entrenamiento?

Como ya conté otras veces, no siempre me gustó correr. Y aunque en verano supe disfrutar de un chaparrón sobre mi cabeza, no me podía imaginar corriendo bajo la lluvia. Eso se lo dejaba a Gene Kelly.

Hasta que un día, algo cambió.

Tengo una imagen muy vívida, viajando hacia Capital en el tren General Roca. Perdido en mis pensamientos, miraba a través de la ventana, mientras afuera llovía a cántaros. Entonces, cuando pasamos por el velódromo de Escalada, lo vi: un hombre corría en remera y pantalón corto, en medio de la tormenta. Estaba solo, y aunque no podía ver del todo su rostro, lo veía feliz. En ese preciso instante pensé: quiero ser ese hombre.

Tiempo después, en ese momento de la vida donde uno deja de desear y empieza a hacer, comencé a entrenar con regularidad. Descubrí al poco tiempo que la transpiración y el roce de la ropa y las zapatillas derivaban en irritación y ampollas. Entrenar bajo la lluvia dejó de ser esa actividad que tanto idealizaba. Digamos con total honestidad que no tenía mucho compromiso con el entrenamiento. Si caía un poco de lluvia imaginaba correr con las zapatillas mojadas, tener que meterme en el barro o agarrarme una pulmonía, y antes de darme cuenta ya había encontrado algo más interesante en la tele. Todavía me faltaba algo para hacer el click.

Entonces ocurrió lo inevitable: la lluvia me tomó por sorpresa. Viajando al entrenamiento de los Puma Runners en el tren que va hacia Acassuso, vi cómo empezaba a llover. Al principio era una lluvia leve, y como ya estaba en viaje, no tenía sentido abandonar y emprender la retirada. Ya reunido con el resto del grupo y con la lluvia aumentando en intensidad, el entrenador propuso darle una vuelta al hipódromo de San Isidro, todos juntos, y ver qué pasaba. Creo que nunca me divertí tanto en un entrenamiento. Era lo más parecido a correr abajo de la ducha. El agua empezó a acumularse, y llegaba hasta los tobillos. Me encontré corriendo, chapoteando, y riéndome como un nene. Sigue sin entusiasmarme correr con lluvia y frío, pero estoy esperando la oportunidad de volver a correr bajo el agua.

Cuando hablaba de que no estaba del todo comprometido con el entrenamiento era porque, en mi caso, mi objetivo es participar en carreras de aventura. Y aunque sea hacer 5 ó 10 km en la ciudad, nada me garantiza que en una carrera no llueva. Hasta ahora he tenido mucha suerte, he corrido en julio, en Pinamar, con 18 grados. Pero en cualquier situación puede sorprendernos una tormenta, y hay que enfrentarla. Es prácticamente imposible que se repitan las condiciones de nuestro entrenamiento en la carrera. Primero porque generalmente no vamos a entrenar en el mismo terreno donde vamos a competir, y segundo porque, aunque podamos pronosticar el clima, eso no quiere decir que lo podamos adivinar.

Mi recomendación, ante la posibilidad de lluvia, es no dejar pasar la oportunidad. Es experiencia que acumulamos. Si hace frío, abrigarse bien y llevar un cambio de ropa para la vuelta a casa. Dependiendo del terreno, tengamos cuidado con las patinadas. Y lo más importante: hay que divertirse, que es un poco el fin de todo esto.

La experiencia de correr bajo la lluvia sin que sea un hecho tortuoso era un misterio para mi. Me costó, pero empecé a darme cuenta de que los obstáculos son parte del entrenamiento, y que no dejan de ser divertidos. Con el tiempo empecé a entender realmente a ese hombre que corría bajo la lluvia y que yo, desde el tren, admiraba. Me terminé de convencer de que él, en ese preciso instante, sentía que era el hombre más feliz del mundo.

Semana 0: Día -4: La historia secreta de la Maratón

El rey Leónidas, aunque ignoró los hechos de Maratón, se convirtió en la meta de la Espartatlón

Martín Casanova era un diseñador gráfico que vivió en el año 2009 (aprox.) y que corrió una carrera de 30 km. Llegó agotado a la meta, se desplomó y dijo sus inmortales palabras “Gatorade de manzana, por favor”. En su casa, terribles dolores de piernas le aquejaron. Con el progreso de las horas, el dolor trepó a su espalda y a sus brazos. Escalofríos recorrieron su cuerpo, y cuando la fiebre alcanzó los 40 grados, un curandero de la época (llamado médico a domicilio) le recetó paracetamol y novalgina. Al parecer era común que, luego de tamaña hazaña deportiva, bajasen las defensas y contrajese una terrible gripe.

Casi 2500 años antes (aprox.) en la ciudad de Maratón, los griegos luchaban contra los persas, quienes habían jurado que una vez se sacaran de encima a los europeos irían a Atenas a violar la ciudad y saquear a las mujeres (aunque no se sabía si en ese orden). Los griegos (personajes orgullosos si los hay) decidieron que si no recibían noticias de su victoria en las siguientes 24 horas, las mujeres debían matar a sus propios hijos y acto seguido suicidarse. El problema vino cuando los atenienses vencieron a los persas sobre la hora. Le leyenda dice que Filípides, que trabajaba de enviar mensajes (2470 años antes de la invención de los teléfonos celulares), corrió descalzo y sin hidratación adecuada la distancia desde Maratón hasta Atenas. Nomás llegó cayó rendido, y dijo sus últimas palabras: “Niké” (no, no se trata de publicidad subliminal, era el nombre de la diosa griega de la victoria).

Bastante más de dos milenios separan a estos dos corredores. Uno contrajo una gripe que lo dejó 48 hs en cama. Al otro le explotaron los pulmones. ¿Hacen 12 km una diferencia mortal? ¿Cómo es que hoy por hoy se realizan carreras de 42 km, llamadas maratones, y los corredores no caen como moscas? Si la salud de los griegos era tan endeble, ¿cómo no fueron conquistados de entrada por los sádicos persas? Para agregar otro interrogante, si Filípides era un mensajero, ¿no estaría mucho más entrenado que el semi-sedentario Casanova?

En realidad, la leyenda es otra. El historiador Heródoto cuenta una versión más heroica y verosímil. Según él, un ñato cuyo nombre jamás pasó a la historia, habiendo peleado todo el día, fue enviado por Milcíades el joven a evitar que las mujeres cometiesen infanticidio y suicidio masivo. Filípides, en cambio, corrió desde Atenas hasta Esparta 120 km en un día. Allí pidió ayuda a los espartanos, que como estaban en época festiva, y al grito de “This is Spartaaa!”, lo mandaron de vuelta. Filípides corrió otros 120 km a Maratón, listo para morir de cansancio. Aquí aparece una nueva bifurcación en la historia, que dice que apenas llegó y después de despacharse 240 km en dos días, Milcíades (al que podríamos apodar “el injusto“) lo mandó a Atenas a impedir la muerte de mujeres y niños, y ahí sí, recorrió la distancia que dio nombre a esta competencia deportiva.

Obviamente hay una mezcla de mito con realidad, pero suena más lógico desplomarse después de 240 km (o peor todavía, después de 282) que por unos complicados -pero alcanzables- 42. Tengamos en cuenta que los griegos estaban muy bien entrenados. Tanto era así que Heródoto dice que al final los persas llegaron, se encontraron a estos dementes con un estado físico muy desarrollado, dieron media vuelta y huyeron despavoridos.

La casualidad quiso que nos topásemos con estas dos historias cuando se cumplen exactamente 2500 años de esta gesta. Existen en la actualidad dos carreras que homenajean ambas leyendas. Una es la consabida Maratón, de 42,195 km (los 195 mts extra se los agregó la caprichosa reina Alexadra, en 1908, para que la meta coincidiese con el palco de la realeza británica). La otra es la brutal Espartatlón, una carrera de 240 km, a realizarse en menos de 36 hs y que une las históricas ciudades de Atenas y Esparta. Los ganadores, al llegar, besan el pie de la estatua del rey Leónidas, personaje para el que la maratón era poca cosa.

Semana 0: Día -5: Cómo correr una carrera de aventura

Merrel Adventure Race, Pinamar, 22 de agosto de 2010

Correr con un grupo de entrenamiento tiene, entre muchas ventajas, que las experiencias se comparten.  Así fue cómo aprendí algunos consejos para correr carreras de aventura: algunas las suponía, otras ni las imaginaba.

Como comentaba en un post anterior, el domingo 22 de agosto asistimos con los Puma Runners a la Merrel Adventure Race en Pinamar. Para muchos fue una primera experiencia, para otros una nueva oportunidad de intentar superar marcas anteriores. Para todos era el mismo objetivo: llegar.

En los días previos, empezaron los consejos, que se extendieron hasta horas antes de la largada. Vamos a repasar alguna de las cosas que se escucharon.

Hidratate: Más allá de que este tipo de carreras tiene puestos de hidratación, no quiere decir que con ellos nos alcance. Puede que el primer puesto lo encontremos bien adentrados en la carrera, por el km 11. Lo ideal es correr con un camel back, una mochila que tiene una bolsa plástica dentro, con un tubo y en la punta un pico que dosifica el agua.  Es importante tomarla en sorbos, ya que no es recomendable bajarse medio litro de agua de un saque.  El camel además tiene compartimientos donde podemos guardar geles, el celular (por si nos extraviamos) y otros elementos livianos que consideremos necesarios.  Algunos optan por un cinturón con botellitas ovaladas de medio litro cada una. Me recuerdan al cinturón utilitario de Batman, y aunque no puedo recomendarlas porque nunca las usé, no me parecen tan prácticas. Si corremos en épocas de calor, podemos guardar el agua en la heladera o en el freezer el día anterior, y tenerla fresca gran parte de la carrera. Cuando volvamos a casa, la bolsa plástica del camel back conviene guardarla en el freezer, para evitar la aparición de hongos.

Alimentate: Es importantísimo estar bien alimentado, desayunar esa mañana y llevar alguna reserva para la carrera. Podemos adquirir unos geles saborizados (me cayeron bien los de cereza y los de frutas tropicales) que dan energía durante la carrera. Los recomiendan cada 45 minutos como máximo. Yo con un gel en el medio de la carrera sentí que me alcanzaba. También podemos llevar algo con mucha glucosa (como gomitas), turrones, o si corremos en medio de la ciudad, improvisar en un bar un sobrecito de azúcar: bajo la lengua da un impulso que nos ayuda a recuperar energías. Hay seguro un alto componente psicológico en muchas de estas cosas. He visto corredores mordiendo corchos porque creían que así evitarían calambres, y les funcionó. Es el trato tácito con la mente: si tenemos convicción de que algo funciona, eventualmente funcionará.

Protegete contra los roces: Algo que uno no imagina es cómo se lastima la piel con el roce, en especial con la ropa húmeda por la transpiración. Es importante proteger los pies, entrepiernas y, en el caso de los hombres, los pezones. Esto se logra untándose vaselina (recomiendo la dura más que la líquida). Intenté alguna vez con cinta hipoalergénica, pero la que no se cayó con el propio roce, se desgastó y se rompió.

Llevá un buen calzado: Dependiendo del terreno, necesitaremos calzado adecuado. No podemos ponernos a averiguar esto días antes de la carrera: el calzado tiene que estar previamente “ablandado”. O sea, jamás, JAMÁS estrenar un par de zapatillas durante una carrera. Si tenemos agujeros y nos entra arena, a bancársela. Luego, y no menos importante, hay que tener un buen par de plantillas, adaptadas a nuestro pie por un especialista. Esto evita que nuestras articulaciones absorban el impacto y reduce molestias durante y después de la carrera.

Corré a tu propio ritmo: Esta es una de las cosas más difíciles. Mi impresión es que hay que guardar energías durante la primera mitad de una carrera. O sea, empezar abajo, para de esta forma entrar en calor, y por la mitad o cerca del final, si queda resto, apretar el paso. Pero esto generalmente no pasa, nos apuramos, sobre todo a la salida, y quemamos nuestra energía. Descubrí que se ganan varios minutos saliendo lo más adelante posible en la largada, porque luego se hace un cuello de botella y se está los primeros kilómetros esquivando gente. Creo que es preferible no apurarse, y hasta soy partidario de esperar a un compañero y, si está lesionado o inseguro, acompañarlo y motivarlo. Pero si apuramos el ritmo para estar a la par de otro corredor con más capacidad que nosotros, sólo nos terminaremos agotando. Y ahí no hay gel ni turrón que te salven.

Divertirte: Una carrera de aventura no es, aunque su nombre parezca indicarlo, una carrera contra otros corredores. Estamos poniendo a prueba nuestra resistencia, asi que no competimos contra nadie más que contra nosotros mismos. Podemos chicanear con amigos y desafiarnos a ver quién cruza la meta primero, pero es sólo parte de la diversión. Nada es más importante que llegar. Y si algo duele y nos hace detenernos, eso no quita que caminar un tramo o el resto de la carrera sea menos valioso. Disfrutar del paisaje, relajarse, alentar a los compañeros, ayudar a quienes lo necesitan; todo eso es también parte de una carrera.

Elongá: Si hace falta, hacelo durante la carrera. Generalmente hay puestos de hidratación donde podemos hacer una pausa de 2 minutos para estirar los músculos. Pero cuando más cuenta es al final. Con tranquilidad, después de hidratarnos y -si hace falta- comer algo (como una fruta), elongar es imprescindible para evitar dolores posteriores.

Seguí corriendo: Esto es accesorio a la carrera, pero en días posteriores, lo ideal para terminar de relajar los músculos ante tamaño esfuerzo físico es correr, a un ritmo tranquilo. El cuerpo va a decirnos en qué intensidad hacerlo. Lo peor que podemos hacer, y hablo desde mi propia experiencia, es terminar una carrera y quedarnos postrados en el sillón o en la cama. Ahí invitamos a nuestro amigo el dolor y su primo hermano el calambre a que se queden en casa por unos cuantos días más.

Semana 0: Día -6: El post anterior hablaba del dolor

Ok, reconozco que los títulos que estuve poniendo no aclaraban de entrada de qué iba a hablar. Supongo que eso está pasando porque sigo haciendo la previa de mi entrenamiento, que comienza en seis días nada más (a partir del miércoles serán más concretos, imagino).

El martes 31 tengo cita con la nutricionista especializada en deporte, que va a desentrañar el misterio de cómo hace un vegetariano para hacer running y pesas, todos los días, durante 52 semanas.

Y estoy esperando que mi hermano me ceda su banco inclinado para hacer abdominales, y las mancuernas para hacer pesas. Y juntando monedas para comprarme un par de zapatillas nuevas.

Prometo a futuro ir puliendo el blogueo.

Para los que se sintieron estafados, una foto mía en París, en noviembre de 2008:

Imaginación vs. realidad

Semana 0: Día -6: París bien vale una misa

Esta entrada, de título críptico, habla del dolor en la actividad física...

El domingo 22 de agosto varios Lionx corrimos la Merrel Pinamar 2010. La prueba, de un total de 27 km, fue durísima: un arranque en la playa de casi 5 km (por la arena), seguido de 11 km de puros médanos (con subidas a montañas de arena que terminaban de incinerar las piernas), un bosque lleno de ramas, piñas, raíces y piso de arena, y arena, arena, arena, y más arena de la que entra en una zapatilla. Al final, cuando superamos el esfuerzo físico y festejamos haber alcanzado la meta, una cosa nos quedó para recordarnos el triunfo: dolor, mucho dolor. ¿Qué hacemos con él?

Algo inevitable en una carrera tan exigente, e independientemente de nuestro estado físico, es que el cuerpo nos pase factura. Seguramente haya medios para evitarlo, pero es común que aparezcan dolores en las articulaciones (especialmente las rodillas), calambres (concentrados en cuádriceps y gemelos), dolores de espalda, y mis favoritos, dolores por ampollas en los dedos del pie. En estos casos el corredor piensa que el dolor es una forma que tiene el karma para castigarnos por no haber entrenado como deberíamos haberlo hecho. También es cierto que hay dolores evitables si se elonga antes, durante y después de la carrera, si se tiene un calzado y unas plantillas adecuadas, y si uno está concentrado en dónde está pisando. No hay dolor más intenso y frustrante que un esguince o una fractura: además del dolor físico hay un dolor espiritual difícil de ignorar.

Pero el dolor, para los que tenemos un masoquista dentro nuestro, es un aliado. Sí, podemos usarlo para medir que hay algo a corregir en nuestro entrenamiento (postura, ritmo, equipamiento, etc), pero no es eso a lo que me refiero. El año pasado, cuando corrí la anterior Merrel Pinamar, lo hice con un esguince de ligamento externo izquierdo. La rodilla se me prendía fuego en las subidas, e intenté aplacar el dolor con una rodillera y diclofenac (droga recientemente NO recomendada para mi por una doctora: según ella hay que arreglársela con hielo y nada más). Con bastante esfuerzo llegué a la meta, después de trotar haciendo un incómodo paso largo con la pierna derecha y corto con la izquierda (¿alguna vez vieron a un rengo corriendo?). Al día siguiente me dolía todo el cuerpo, principalmente las piernas y la espalda. Así y todo fui a uno de esos multicines, y subí y bajé escaleras, para la risa de los presentes. ¿Estaba yo deprimido por semejante dolor? ¿Hizo que mi robótico andar, tipo La Momia de Titanes en el Ring, me hiciera abandonar el running? No señor, no señorita, ¡el dolor era para mi signo de que había corrido 27 km en la playa! Era un dolor que vestía con orgullo.

Este año fue distinto. La carrera resultó más dura, aunque mi rodilla estaba intacta. Terminé la carrera a las 3 hs 23 minutos, feliz de haber llegado y con los dedos del pie doloridos (tengo un moretón en los dedos del medio de cada pie, al menos están simétricos). Al día siguiente me dolían las piernas, un poco los gemelos, y esos benditos dedos del pie. Y con dolor y todo, a la noche fui a entrenar. ¿Por qué? Por más que el dolor da orgullo y todo eso, entrenar, aunque sea tortuoso, es la mejor forma de quitártelo. El cuerpo sigue en estado de alerta, el ácido láctico se acumula en los músculos, y corriendo muy abajo y tranquilo es el modo de que todo vuelva a la normalidad.

Los norteamericanos dicen “No pain, no gain“, y aunque en castellano no usamos una traducción literal de esta frase, podríamos decir que si no duele, no ganás nada. Por ahí es un poco extremista, porque el dolor es una de las causas por las que muchos no se animan a explorar los límites de su capacidad física, o peor aún, el que hace que algunos abandonen. Por eso, buscando una equivalencia en la lengua castellana, encontré “París bien vale una misa“. Supongo que tendrá que ver con que es absurdo ir a París y no visitar sus catedrales (como el caso de la imponente Notredame). En el running es parecido. ¿Cómo no pasar por el dolor? Si cuando lo superamos, nos espera del otro lado algo invaluable: el triunfo personal.

Link

Semana 0: Día -7: El salto de fe

Fue difícil encontrar una imagen que acompañe a esta entrada...

Ana, mi analista desde hace 10 años, me recibe con esa mezcla de calidez y distancia que tienen los buenos psicólogos. Subo las escaleras hasta su consultorio. Estoy un poco nervioso, y decido no dar vueltas: “Vengo a que me des el alta”.

Por primera vez en años, me siento en el diván en lugar de acostarme. Le cuento sobre este blog, y mi experimento de 52 semanas de actividad física diaria. Aclaro que no es el motivo por el que quiero dejar análisis. La verdad es que me siento bien, optimista. Orgulloso de los logros en mi vida. Si hay un buen momento para despegar, es este. Quiero probar arreglármelas por mi cuenta, que en definitiva es el fin de toda terapia.

Me doy cuenta, y se lo remarco, que el blog significa para mi muchísimas cosas que venía charlando desde que empecé mi análisis, allá por el año 2000. Una de las primeras cosas que llevé al consultorio es que no tenía una meta en la vida. Luego de trabajar sobre eso, descubrí cómo dejar la pasividad y “ponerle el cuerpo” al deseo (representado, entre otras cosas, en correr). También, varias veces, llevé que tenía una necesidad imperiosa de escribir, y nunca encontraba algo que me motivase a hacerlo. Logré dar un giro en mi vida (o dos, o tres), y puse en marcha algo que prometía que siga cambiando.

Hablo con mi psicóloga con algo de nerviosismo, pero seguro de lo que estoy diciendo. Ella sonríe, sin dejar de lado esa distancia que hizo que este análisis fuese exitoso. Me felicita y me dice que el nuevo proyecto es muy interesante. Me recuerda que puedo retomar terapia cuando lo necesite, sea “acá” (señala el consultorio) o con otra persona.

“Te recuerdo”, agrega ella, “que el alta te la das vos”.

Nos despedimos brevemente. Le digo “Gracias por todo”, y aunque suena forzado, es muy sincero.

Vuelvo a mi casa caminando, pensando mucho. En lugar de entrar en pánico por algo que se terminó, encuentro motivación en lo que está por empezar.

Tengo la sospecha de que esa es la actitud que tengo que tener para ir desde la semana 1 hasta la semana 52.

Semana 0: Día -8: Correr y pensar

Björk, por Lee Davies

Hace poco me sorprendieron con una pregunta brillante. Mientras relataba cómo era correr 3 o 4 horas sin parar, un amigo me preguntó “¿Y en qué pensás mientras corrés?”. Huelga decir que, sinceramente, nunca había pensado en eso.

Correr es, al menos para mi y aunque suene contradictorio, un ejercicio mental. Por supuesto que no ando trotando mientras intento resolver logaritmos en base 3, pero hay muchas cosas que pasan por la cabeza a la hora de entrenar o de participar en una carrera. La más importante, y quizá la menos conciente, es si estoy haciendo las cosas bien. ¿Estoy respirando correctamente? ¿Piso donde tengo que pisar? Digamos, una especie de tibio estado de alerta. Cierta vez trastabillé mientras corría sobre empedrado mojado y sufrí un esguince de ligamento externo, que me dejó meses sin poder entrenar. Entonces es lógico que ahora me dé un poco de pánico no estar atento a dónde estoy pisando.

Hay muchas presiones del día a día, problemas laborales, la plata que no alcanza, cuentas sin pagar, inminentes compromisos que no vamos a poder cumplir… todas esas preocupaciones, todas, todas, desaparecen mientras estoy corriendo. Y no es que las olvido. Me encontré muchas veces dándole una vuelta al hipódromo y recordando algo que, dos horas atrás, me angustiaba bastante. Y es en ese momento de actividad física, de concentración en la respiración y en llegar a la meta, cuando los problemas toman su verdadera dimensión de importancia.

En los entrenamientos largos o en las carreras, pienso en la meta, en el momento en que llegue. Si hay puntos intermedios, pienso en ellos, como pequeñas metas a las que llegar. Me gusta pensar “Qué bueno, llegué al km X, voy por un cuarto / un tercio / la mitad”. De alguna forma me motiva pensar en la meta, y en cómo voy a llegar hasta ahí.

Algunas veces me encuentro cantando canciones en mi cabeza, porque me resultan incómodos los auriculares mientras corro y extraño escuchar música. Generalmente tarareo en silencio algún tema electrónico, como canciones de Björk, Chemical Brothers o el hit “Hoy hice arroz“, de Luchetti. Últimamente resuena en mi cabeza Rise up de Yves Larock.

Quizá esta aclaración resulte obvia, pero a cada uno le pasa una cosa totalmente distinta y personal por su cabeza. Algunos tararearán sus propias canciones, otros se deprimirán mientras corren, harán carreras enteras por los médanos pensando en mal de amores, en su próxima cita con el dentista o en la choriempanada que se van a clavar 10 minutos después de llegar a la meta. Pero la regla general es que todos pensamos en algo mientras quemamos calorías. El cerebro es el único músculo que no descansa.

Semana 0: Día -9: Cómo empezar a correr

Simon Pegg en "Corre, gordo, corre"

Cuando empecé este blog tenía la duda (todavía la tengo) de quiénes se iban a interesar más por él: quienes ya entrenaban o quienes querían empezar a hacerlo. Y me parece que es una buena oportunidad para repasar cómo empecé a correr. Creo que es algo que otras personas pueden aplicar…

No todos tenemos referentes deportistas en nuestra familia. Yo sí. Mi papá fue mi primer entrenador, y recién hoy, en mi tercera década de mi vida, me doy cuenta la cantidad de consejos que me dio, y cómo se me quedaron grabados. El más importante fue: cuidá tu respiración. Sobre eso vamos a volver más adelante.

Años después de esos primeros entrenamientos adolescentes, quise volver a correr, y no tenía ni idea de cómo hacerlo. Recordaba que, con mi papá (y con bastante esfuerzo), podía alcanzar los 3,5 km. Así que decidí que ese tenía que ser mi piso. Tenía mucha determinación, y no paré hasta alcanzar 35 cuadras. Estaba exhausto, pero feliz.

Al día siguiente, cuando estaba llegando a la cuadra 34, decidí extender la meta, y hacer dos más. Total, no me iba a desplomar por hacer 3,7 km. Y a medida que pasaban los días, le agregaba una cuadra a la meta. Fue en ese momento que empecé a darme cuenta de que el límite de mi capacidad física estaba en mi cabeza. Al final de cuatro meses de entrenamiento amateur estaba corriendo 10 km. En ese momento empecé a sentir dolor en los tobillos y las rodillas, y mi hermano Matías, gran corredor, me dijo que tenía que elongar (tema para un post futuro).

Los lugares para correr eran generalmente en una plaza, o en alguna pista de ciclismo, como el Velódromo de Remedios de Escalada. En ese momento empecé a darme cuenta que me era más fácil correr con otras personas que hacerlo solo.

En el año 2008, en una charla casual, mi prima me recomendó al Grupo Lionx, donde ella entrenaba. Ahí conocí corredores de muchos niveles, donde el entrenamiento, a pesar de ser grupal, era diferenciado para cada uno. En ese momento reforcé la importancia de elongar durante y después del entrenamiento, la importancia de un calzado ideal para correr, y algo totalmente nuevo para mi: las plantillas. Muchos de los dolores que uno empieza a sentir cuando se empieza a entrenar en serio es por el impacto de las pisadas en el suelo, y un buen calzado y esa feta plástica que va dentro de la zapatilla (y que debe estar diseñada por un especialista para cada corredor) son la solución. Quizá ya nos estemos adelantando con esto y ya estemos entrando en un terreno más profesional, pero no quería dejar de mencionarlo porque muchos dolores o incomodidades a la hora de correr largas distancias se pueden solucionar inmediatamente, con un entrenamiento inteligente.

Resumo este post con tintes biográficos en estos 7 tips para quienes quieren empezar a correr:

1. Tené constancia: si corrés dos o tres veces por semana, el crecimiento va a ser paulatino e importante.
2. Fijate metas cortas: corré lo que creas que podés correr. Si no sabés cuál es tu límite, ponete los cortos y salí a la calle a averiguarlo. ¿Corriste 20 cuadras y no podés más? ¡Perfecto! Ese es tu límite, y lo vas a poder superar mañana, cuando corras 21 cuadras. En el instante en que ya te sientas cómodo con esa distancia, agregale 100, 200, 300 metros. Empezá mentalizándote que sólo vas a correr 20 cuadras, y en la 18 decite a vos mismo “voy a agregar un par más”. Andá corriéndote tu meta, poco a poco.
3. Entrená inteligentemente: correr da muchas satisfacciones y excelentes resultados, pero hay que hacerlo moderadamente. No tiene sentido empezar intentando romper el récord de 100 metros yanos. Hay que encontrar el piso para ir subiendo. Es una tontería salir disparado, o correr a los 15 minutos de comer dos milanesas con papas fritas a caballo.
4. Correr no es necesariamente una actividad solitaria: seguramente algún amigo o amiga está con ganas de correr y preferiría hacerlo con otra persona. Si no encontrás a nadie que te acompañe, hay cientos de grupos de entrenamiento con gente de todos los niveles, que en algún momento estuvieron empezando y les encantaría aconsejar a gente nueva. El Grupo Lionx que frecuento, parte de los Puma Runners, incentiva la llegada de gente nueva con un período de prueba gratuito. Si vos apostás a que podés correr, ellos también apuestan por vos.
5. Elongá: Ya habrás visto cómo estiran los músculos los futbolistas, y es algo muy importante, tanto que prefiero ahondar en él en otra entrada de este blog. Pero es básicamente estirar los músculos que acabás de trabajar. Si empezás corriendo 20 cuadras no creo que necesites mucha elongación. Creo que cada uno lo mide. Pero básicamente habría que concentrarse en los músculos de las piernas: cuádriceps y gemelos. Para elongar los cuádriceps, siempre con la espalda derecha, tomarse el pie y doblar la pierna hacia atrás, hasta que el pie toque la cola. Si las rodillas están en la misma línea y la espalda derecha, deberías sentir cómo los cuádriceps se tensan. La forma más sencilla de elongar los gemelos es estar parado en la calle, subir la punta del pie al borde del cordón y bajar el talón al asfalto. Mantené esa pierna y la espalda derecha. Para cualquier ejercicio de elongación, contar hasta 40 y repetir la cantidad de veces que se considere necesario (para empezar, una vez por pierna está bien). Más adelante ahondaremos en estos y otros ejercicios para más músculos.
6. Cuidá tu respiración: es normal empezar a correr y agitarse, sentir que nos falta el aire, o sentir dolores en las costillas. Correr es un ejercicio aeróbico, o sea que involucra la respiración. Lo primero que me enseñó mi papá cuando corríamos juntos era a inspirar por la nariz y exhalar por la boca. Parece obvio, pero muchas veces corremos y respiramos sólo por la boca. Es importante inspirar mucho y respués largarlo todo. El aire que largamos es dióxido de carbono, no lo necesitamos para nada. Esos dolores en los costados, con cambiar la respiración y largarlo todo, desaparecen sin que necesariamente tengas que detener la marcha.
7. Averiguá qué te funciona: ¿te aburre correr? Por ahí podés escuchar música, o la radio (con auriculares que no se caigan, ya que es muy molesto estar acomodándoselos a cada rato). ¿Qué te motiva? Un amigo aseguraba que podía correr kilómetros si estaba constantemente pateando una pelota de fútbol. Probablemente sea cierto. Otros amigos encuentran fuerzas en las carreras siguiendo el contorneo de alguna figura femenina. Otros corren para despejar la mente de la rutina diaria (eso es lo que me funciona a mi).

Seguramente cada uno encuentre algo distinto en el running, y lo que funcione conmigo no necesariamente funcione con todos. Pero nadie empezó sabiendo, no todos los corredores eran los mejores atletas en la secundaria, pero todos aprendieron, en algún momento, que el truco más importante es el tip número 1: Si querés correr, hacelo, y sé constante. Así vas a encontrar qué funciona con vos, dónde está tu techo, y cómo superarlo.

A %d blogueros les gusta esto: