Semana52 en YouTube

Semana52 en YouTube

Un día soñé que hacía este video… y se me quedó dando vueltas en la cabeza hasta que finalmente lo hice. La calidad del audio es bastante mediocre, pero me sirvió para aprender a editar video. Fue divertido.

Actualizando mi plan de carrera

Actualizando mi plan de carrera

Hace dos meses estaba regresando de correr en Entre Ríos, en el auto de mi amigo Juan. Me tocó el asiento trasero, donde siempre me echo unas espectaculares siestas. Muchos envidian mi capacidad de dormirme en cualquier lado, pero… ¿realmente creen que uno termina descansado después de estar con la cabeza colgando, con un hilo de baba cayendo por el costado de la boca?

Este largo viaje por la ruta precisaba sacarle algún provecho que no fuera dormir. Saqué mi celular y empecé a imaginar un plan de carrera para los 245 km que voy a correr en Noviembre. Y a eso le tenía que sumar que en pocos días me mudaba a Brasil.

Empecé armando un plan de tres días conservador. No estaba corriendo mucho y no me sentía seguro. Tenía miedo de empezar con todo y romperme a los pocos días. Decidí no esperar a instalarme en Río de Janeiro y diagramé un entrenamiento de 22 semanas progresivo, con objetivos a alcanzar todos los meses.

Y ocho semanas después… me sorprende encontrar que lo estoy cumpliendo. No solo eso, sino que en un momento me sentí tan cómodo que empecé a juguetear con las distancias, subiendo un poco los objetivos semanales.

Me resulta muy fácil armarle un entrenamiento a otra persona, pero no pensé que pudiese hacerlo para mí. Mi miedo estaba infundado, porque después de llevar recorridos más de 642 km en dos meses, reduje mucho mi cintura, y desaparecieron algunos dolores que tenía como el de mi cadera o mis rodillas. Entiendo que, simplemente, me había desacostumbrado a las distancias, y que gracias a haber empezado de a poco, me fortalecí como para seguir en carrera.

Gracias a que soy flexible con correr mi techo, encontré que puedo hacer fondos de 30 km cada dos días, en lugar de los 20 km que pensaba que era mi máximo de esta etapa.

El único día donde no pude entrenar fue cuando nos enteramos del fallecimiento de Kaius, mi sobrino brasileño. Mi mujer me dijo que entrenase, pero no me sentí cómodo con esa idea. Mi familia me necesitaba, así que me quedé. Estoy entendiendo que mi entrenamiento es muy prioritario en mi vida (me levanto temprano y salgo a correr entre 2:30 y 5:00 horas, dependiendo el objetivo del día), incluso por encima de actualizar este blog. Sin embargo, creo que la familia siempre está primero.

Estos fueron mis rendimientos de cada semana:

Los “Extra” de las semanas 01 y 02 fueron justamente entrenando con mi grupo Actitud Deportiva, con mi alumno o con amigos. A partir de ahora quisiera empezar a correr día por medio, con lo cual tendría semanas de tres salidas alternadas con semanas de cuatro, que entrarán en la categoría “Extra”.

Y este es mi progreso mensual, a la fecha (incluyendo el primer fondo de 33 km que hice hoy, que corresponde a la SEMANA 09):

Desafio_Spartathlon_Argentino_actualizado

Nótese los objetivos en la columna “Kilómetros”, lo que efectivamente corrí en “Resultado” y la “Diferencia” al final, con los números en rojo cuando da negativo. Veremos cómo siguen las 14 semanas que quedan.

Lo que extraño de correr en Buenos Aires

Lo que extraño de correr en Buenos Aires

Uno suele apreciar las cosas cuando ya no las tiene. También es cierto que uno distorsiona los recuerdos, y todo tiempo pasado parece mejor. Sin embargo, hay algunas cosas que extraño de cuando entrenaba en Buenos Aires.

Lo primero que debería reconocer, ya que es la ciudad en la que elegí vivir, es remarcar las ventajas de Río de Janeiro. El hecho de que amanezca más temprano es algo que me encanta. Quienes me conocen saben que mi cerebro se desconecta unos 15 minutos después de cenar. Soy una persona diurna, y en Buenos Aires no podía evitar despertarme cuando todavía era de noche. En Río, durante el pleno invierno, a las 6:30 ya hay claridad como para salir a entrenar.

Otra cosa que me gusta es la cercanía que tiene la ciudad con el mar. Uno puede ir a correr junto a la playa, pero… la novedad se agota pronto. Y hay mucho tráfico que pasa haciendo mucho barullo junto a la ciclovía, lo que hace que la experiencia de entrenar en Copacabana o Ipanema sea un poco estres– ah, perdón. Dije que iba a hablar de las ventajas. Sí, playas. Es un punto a favor.

Río tiene muchos, muchos corredores. Le da la bienvenida a los atletas con sendas para hacer bici o correr, estaciones para entrenar, e incluso pesas hechas con caños y cemento. Da un look medio presidiario, pero ahí están para que las use quien quiera.

Aquí también hay mucha seguridad. Quienes teman andar por la calle pueden ir contabilizando la cantidad de policías o agentes de tránsito. Tampoco imaginen un estado paramilitar. Hablamos de cariocas con camisa de manga corta, gorrita, paseando o andando en bici.

Buenos Aires, por otro lado, tenía algo esencial que aquí perdí: baños públicos y bebederos. Como todos los problemas, se resuelve con plata. Río de Janeiro tiene estaciones donde uno puede hacer sus necesidades, pero son pagas. También hay montones de vendedores ambulantes que te venden un agua sin gas de medio litro por R$ 2,50 ($14), que es lo que te cobran en promedio por usar un baño público.

Supongo que, como hombre, me sentí culturalmente avalado para hacer pis donde quisiera. En el baño de una estación de servicio, en un McDonald’s, en un frondoso arbusto o tras el tronco de un árbol. Los hombres solo necesitamos dar la espalda, como si con esa simple acción nos volviésemos invisibles.

Los bebederos son algo que realmente extraño. Se venía dando, en los últimos años, la proliferación de esta agua de cortesía en muchos puntos de Zona Norte del Gran Buenos Aires y Capital. Era clave para mis fondos largos, donde solo tenía que preocuparme por tener algo de comer. Ahora, cada vez que corro una distancia mayor a 30 km, tengo que ponerme la mochila hidratadora si quiero tener autonomía, con el consiguiente dolor de espalda. Esa molestia uno lo tolera después de cruzar la meta, porque después de terminar una carrera de aventura o de montaña, todo va a doler igual. En cambio, cuando es un entrenamiento frecuente, no es tan simpático.

Otra cosa que extraño de entrenar en Buenos Aires es la facilidad de encontrar un camino sin mucha gente y con poco tráfico. Al vivir en una ciudad nueva, no conozco tanto como para poder alejarme de los puntos turísticos (difícil). Es cierto que correr bien temprano, como me gusta a mí, me da una cierta privacidad, pero casi siempre empalmo con el horario de entrada al trabajo, y más de una vez tengo que esquivar oficinistas y señoras que hacen las compras. Con el volumen del tráfico, correr en la ciudad también es un poco riesgoso. Me acostumbré a correr con música, básicamente para tapar el ruido de los coches y los colectivos.

¿Es mejor correr en Buenos Aires que en Río? No lo sé todavía. Llevo un mes y medio acá, así que entiendo que todavía me falta conocer. Estoy armándome mis rutas, y casi llevo perfeccionado mi camino para hacer 30 km, que es la distancia que más voy a repetir estos meses. La idea es seguir encontrándole la vuelta, seguir pagando los baños públicos, y encontrar una canilla en la que poder rellenar mi botellita.

Corriendo en las favelas de Río (sin querer)

Corriendo en las favelas de Río

Hay algo que me resultó curioso de Río, que aplica a todas las grandes ciudades del mundo, y es cómo se nota la desigualdad de clases que conviven. Si uno mira por la ventana del lujoso Sheraton va a ver una enorme favela enfrenta, instalada en la ladera del morro Dois Irmãos. En la puerta de esos inmensos edificios de departamentos con expensas altísimas (porque tienen piscina, sauna, gimnasio, servicio de limpieza por departamento, etc), puede verse gente durmiendo en la calle.

Es un escenario triste, pero entiendo que Río no puede esconder su pobreza debido a su geografía. En Buenos Aires aprendimos a mirar a otro lado, a levantar paredones, y nunca veríamos a un vagabundo en Puerto Madero (quizá lo echen apenas se instale). La verdad es que la gente más pobre se arma su casa en los morros, unas elevaciones de muy complicado acceso (hay que subir escalinatas eternas). Todos los cariocas recomiendan evitar las favelas, aunque hay mucha presencia policial y militar.

En este contexto me encuentro yo, un expatriado intentando entrenar para una ultramaratón de 245 kilómetros. Me armé mi plan con los objetivos diarios, semanales y mensuales, y llegué a Río queriendo repetir todo lo que me funcionó en Buenos Aires. No me resultó tan sencillo como esperaba.

Correr por la playa es pintoresco, pero me encontré con algunos problemas. En primer lugar, no hay baños público gratuitos. O sea, un McDonald’s, una estación de servicio. Al ser un destino turístico, tampoco es fácil encontrar un árbol o algo de vegetación donde un hombre pueda hacer pis y seguir su marcha. Tampoco hay bebederos, ni canillas. Si uno quiere ir al baño o tomar agua, tiene que pagar.

Sin embargo, lo que me resultó más frustrante es el tráfico. En Río manejan casi tan mal como en Buenos Aires. La gente tampoco cruza bien la calle, pero entiendo el problema: las avenidas tienen semáforos muy largos. Si uno va en el sentido del tráfico puede correr sin detenerse, pero cruzar puede tomar un par de minutos de espera. Cuando uno está midiendo distancia y tiempo con el reloj, esto resulta muy molesto.

Estas son las cosas que fui aprendiendo en este mes que he estado en Río de Janeiro. Volviendo al tema de las favelas, empecé a recibir advertencias de no correr por ciertos lugares. El tema es que, con el tráfico que hay y mi necesidad de correr ciertas distancias, la playa empezó a quedarme muy chica. Desde Leblon hasta Leme hay unos 10 km. La Lagoa Rodrigo de Freitas es ideal para entrenar, pero tiene una circunferencia de solo 7,5 km. Así que intenté explorar un poco la ciudad para hallar nuevas rutas.

La ciclovía que recorre las playas de Río me fue llevando a superar la playa de Leblon y cruzar el Sheraton mencionado al inicio. Es el camino que hacemos en la Maratona y que une Barra de Tijuca con el Aterro do Flamengo. Así terminé frente a la favela de Vidigal. Con tantas advertencias empecé a tener un poco de aprehensión, pero decidí seguir, hasta que un enorme bloque de cemento en el camino cortaba el paso. Di media vuelta y me volví, frustrado de no poder ir a Barra de Tijuca.

Cuando le dije a mi esposa que había ido a la favela de Vidigal, casi le da un ataque. De hecho, si no me pega una bala perdida, ella va a ser la que me mate. Después nos dimos cuenta que ella creía que había entrado a la favela, cosa que no estaba en mis planes.

Sin embargo… en otro entrenamiento llegué a Leme, donde está el asentamiento del mismo nombre, y encontré que la playa terminaba. Buscando el paso al Aterro do Flamengo, rodeé la manzana y tomé una calle en subida. Que subía, y subía, y subía. Y subía. Con mis glúteos y cruádriceps en llamas, lo único que se me ocurrió era poner cara de que estaba corriendo ahí porque quería y no porque estaba perdido. Había gente paseando perros y señoras con bolsas de compras, así que no veía motivos para preocuparme.

Así y todo, aprendí que a medida que uno sube en la favela, las construcciones empiezan a ser cada vez más precarias, al punto que desafían todas las normas arquitectónicas (y las leyes de la física). De pronto, enormes tablones sostenían construcciones imposibles. Yo seguía subiendo, y el camino al Aterro no aparecía. Cuando me encontré en una calle muy angosta (pero que igual era doble mano), me di cuenta de que estaba haciendo una tontería, así que di media vuelta y volví sobre mis pasos. Mi mujer tampoco se puso muy contenta con esta anécdota, y me prohibió correr por encima del nivel del mar.

No puedo decir que haya vivido algún intento de robo, ni tampoco vi nada que me asustara. Río me parece una ciudad pacífica, pero tiene esa constante presencia policial, con militares y tanques de guerra, que si no fueran necesarios no estarían ahí. De momento fui aprendiendo cuáles son los límites para armar mis recorridos, y dónde está el bendito túnel para pasar por debajo del morro y llegar al Aterro do Flamengo.

Llegar a los 40

Llegar a los 40

Cumplir 40 años es algo que ocurre una sola vez en la vida. Correr 40 kilómetros entra en otra categoría, pero no dejo de pensar que algo que puede convertirse en una cosa habitual sería impensada para otros.

Nunca planeé cumplir 40, algo que inevitablemente va a ocurrir en 5 meses. Si continúo contrastándolo con el entrenamiento, sí planifiqué correr 40 km el día de ayer, distancia que no hacía desde la Patagonia Run en abril. Fue difícil, aunque prefiero ahondar en eso después.

Hoy Natalia, una de mis mejores amigas en toda la vida, festeja sus 40 años, y yo me encuentro viviendo en otro país, sin poder asistir. Eso me hizo pensar dónde me voy a encontrar cuando cumpla mis cuatro décadas. También me llevó a recordar mis cumpleaños terminados en cero.

Me acuerdo la emoción que tenía cuando pasé a tener dos dígitos de edad. Cuando uno es chico, solo quiere ser grande. Tener 20 era una señal de madurez (algo que a algunos les da pánico), pero nunca me sentí de la edad que tenía. Me resulta imposible no compararme con mis padres, que a los 23 ya estaban casados. Los 30 los festejé en un pelotero para adultos. En ese entonces me vestía peor que ahora y estaba intentando correr un poco por mi cuenta, a meses de empezar con un grupo de entrenamiento.

En ninguno de esos cumpleaños se me ocurrió que algún día iba a estar 4 horas corriendo sin parar, y mucho menos mudado en Brasil. Eso habla de lo mucho que se puede cambiar con los años. Sin embargo, haber corrido 40 km está muy lejos de mi objetivo para noviembre de correr 245 km. De a poco estoy intentando volver a mi estado de hace 3 o 4 años, donde corría 40 km todos los fines de semana. Sí puedo decir que lo hice a un ritmo tranquilo, no el que usaría en una maratón, por lo que hoy no estoy convaleciente. Tengo un poco de cansancio en los cuádriceps y un poco de tensión en los hombros por la mochila hidratadora, pero nada que pueda usar de excusa para quedarme en la cama.

Además hoy es otro cumpleaños, pero de mi esposa (todavía está lejos de llegar a sus 40). Generalmente correría esa distancia un sábado como hoy, pero lo adelanté a viernes para no desaparecer cuatro horas, justo este día.

Llegar a los 40 (kilómetros) no me resultó fácil, como otros años, pero si no me cuesta siento que no me sirve. Cada número redondo, de esos que asustan, me pone un piso mental para seguir creciendo. Ese paralelismo debería trasladarlo a la edad, lo sé, pero el progreso deportivo es una elección mientras que la maduración mental es una obligación. Las dos llegan con esfuerzo y algo de inconformismo.

Seguiremos progresando.

Guía para poder estafarme

Guía para poder estafarme

Me considero una persona medianamente inteligente. Ese terminó siendo mi punto débil, ya que la confianza mata al hombre.

¿Cómo se logra una estafa en internet? Fácil, se manda el mismo mail a millones de personas, con la esperanza de que alguno se confíe de más. Pero hay un factor caótico, imposible de predecir, que es el de las casualidades. Pongo un ejemplo: Imaginemos por un instante que trabajamos en una librería. Recién volvemos de un viaje de un mes en Europa, con la idea de renunciar y comenzar un nuevo camino. Pero como no queremos dejar a nuestros socios a la deriva, recién bajados del avión vamos a atender el local.

Detrás de la caja, y con el reloj todavía en el huso horario de Madrid, es difícil saber el precio de todo. Tampoco es fácil identificar quiénes son los clientes frecuentes ni los nuevos amigos que pasan diariamente a saludar. A minutos del cierre, cuando solo queremos ir a casa, llega una persona hablando por su celular, diciendo que la grúa le acarreó el auto tras haberse alejado un momento. Corta y Pregunta por los otros chicos que suelen estar en la caja. Le contestamos que no están. Repite la historia del acarreo y pregunta si le podemos dar una mano porque se dejó la billetera adentro.

Uno, fuera del contexto de esta historia, dudaría. Pero la casualidad nos puso por primera vez en un mes detrás de un mostrador que ya no nos es familiar. Pide $400 para el acarreo, le decimos que vamos a llamar a nuestro socio (porque un poco desconfiamos), y cuando estamos contando la historia, el hombre pide hablar que le pasemos el teléfono.

Solo podemos escuchar cómo relata la misma historia del acarreo y le promete a nuestro socio devolver el dinero lo antes posible. Corta, le preguntamos con cierto fastidio si con $400 le alcanza, y dice: “Dame $500, por las dudas”. Alguno ya se habrá dado cuenta de que esta historia es real: el que estaba atrás del mostrador era yo. Todo ese contexto especial me hizo caer en el engaño. Cuando llamé a mi socio, 20 segundos después de que se fue el hombre, me dijo que no tenía ni idea de a quién le había pasado. Salí corriendo del local, pero el estafador había desaparecido.

Volviendo al presente, a mi cambio de banco por causas de mi mudanza, a mi intento por generar una clave de Visa Home desde Brasil, la casualidad volvió a jugarme una mala pasada. Mientras intentaba resolver esas cuestiones financieras apareció en mi Gmail una notificación de Visa: por operaciones sospechosas habían bloqueado mi cuenta. Para liberarla, me pedían verificar mis datos. Y entré mansamente a un link donde dejé mi número de tarjeta, vencimiento, clave de seguridad, DNI, dirección, fecha de nacimiento… todo eso que el mismo banco advierte que no hay que decirle a nadie por mail, ni por teléfono, ni nada.

Pero todo cerraba.

Me di cuenta de que había sido engañado un minuto después de enviar toda mi información, y me tomó una desesperante media hora conseguir hablar desde Brasil con alguien de Visa Argentina para que den de baja mi novísima tarjeta (la tenía desde hacía 3 días).

Es posible que algún día me pierda la oportunidad de que el Príncipe de Nigeria comparta su fortuna conmigo, o de que un empleado de un banco extranjero me dé una comisión si lo ayudo a reclamar los fondos de una cuenta sin titular, pero siempre, siempre voy a desconfiar. El tema va a ser cuando la teoría del caos haga que todo se ponga en línea y no me den tiempo de pensar. Ahí volveré a comprobar que para estafar a alguien no es cuestión de buscar al más confiado, sino tirar la mentira al voleo, millones de veces, y esperar que justo coincida con nuestra realidad.

Mi nueva vida

Mi nueva vida

De más está decir que estas últimas semanas han sido muy demandantes. Mudarse es un estrés, y ni hablar si es en una nación que no habla tu idioma. Sin embargo, lo estoy viviendo con mucha felicidad.

Cuando me casé, todavía no teníamos decidido con Luciane a dónde íbamos a vivir. Buenos Aires era una alternativa, aunque también teníamos el ojo en el viejo continente. Al final varias cuestiones, entre ellas laborales y familiares, hizo que todo se decantara hacia Rio de Janeiro.

En ese trajín armé un esquema de entrenamiento con el Desafío San Nicolás-Obelisco en mente, con los kilómetros que quería hacer día a día. Venía todo bien hasta que llegamos a la semana de nuestro vuelo. Aunque decidimos que el día anterior a volar estuviese libre, terminó siendo la jornada más recargada, con montones de trámites: devolver el router a Cablevisión, ordenar, terminar de guardar, colocar enduido, vender los últimos muebles, embalar la iMac, organizar la entrega de la llave a los nuevos inquilinos… ¡todo en menos de 24 horas!

De nuevo, volar se convirtió en el objeto de deseo, el instante en el que íbamos a relajarnos de una buena vez. Y de no haber ocurrido un incidente que no imaginábamos, todo hubiese salido mejor de lo que imaginábamos. Una vez en Ezeiza, descubrimos que la aerolínea no dejaba embarcar a Santi, nuestro gato. Según ellos, no tenía en regla la fecha de la vacuna: requerían que se la hubiese dado 30 días antes del vuelo, y nosotros habíamos visto a la veterinaria 19 días antes. Fue un estrés, que revolvimos mandándolo en un taxi a lo de mis viejos. Ellos intentarán traerlo en 3 semanas, cuando vengan a visitarnos. Un momento amargo cuando estábamos llenos de ilusión.

Río nos recibió con 26 grados, un clima bastante diferente que el de Buenos Aires. ¿Cómo estar amargado cuando el sol brilla y una brisa cálida acaricia tu rostro? Estoy comenzando a entender la alegría brasileña…

Decidí tomarme con calma lo de mi entrenamiento, todavía no tenemos un lugar decidido en el que vivir. Ya vimos siete lugares un mismo día, lo cual nos dejó sin energía. Nos sentimos cerca de cerrarlo.

Mi deseo es que mañana retome mis fondos, y tengo en la mira la Lagoa que tiene un circuito de 8 kilómetros. Ojalá me organice, necesito volver a mi rutina y no quiero dejar de lado esta energía de revitalización que estoy sintiendo.

Hubo mucho que quise escribir en estas últimas semanas. Decidí ir con calma, liquidar las cosas más urgentes, y actualizar el blog cuando estuviese más relajado. Es difícil de creer que finalmente estamos acá y que muchas cosas buenas nos aguardan. A veces no es solo cuestión de soñar sino de tomar decisiones y actuar. Todo termina llegando.

Cómo voy a planificar mi carrera

Cómo voy a planificar mi carrera

Disculpen si hablo en voz baja. Mi esposa duerme y no quiero despertarla. En pocos días nos vamos a vivir a Brasil… no es una etapa fácil para ninguno de los dos. Estamos vendiendo todo lo que no podemos llevar, haciendo trámites para salir del país (ella), para entrar a otro país (mi gato y yo), y tenemos pocas oportunidades para relajarnos. No por nada, empecé mi entrenamiento hoy, 20 de junio, feriado nacional, robándole algunas horas a mi propio sueño.

Como decía, esta etapa no fue sencilla. Independientemente de los cambios de pasar de la soltería a un matrimonio y del inminente cambio de país, haber dejado mi grupo de entrenamiento fue más duro de lo que me permito admitir en voz alta (por eso lo hago en voz baja, además de para no despertar a Luciane). Cuando hice mi reseña de los 140 km de la Patagonia Run, conscientemente dejé de lado esa cuestión. Era mi primera carrera fuera del ala de mi coach, y eso me pesó en la sumatoria de cosas que me alejaron de la llegada.

Este fin de semana que pasó, específicamente el 18 de junio, corrí junto con mi alumno Juan Pablo los 25 km de la Aurora del Palmar. Fue un modo de despedirnos porque a partir del 29 de junio ya no podremos seguir entrenando juntos, pero también un objetivo para preparar y demostrarle a él todo lo que había progresado. De más está decir que fue una experiencia increíble, de mucho frío pero muy emocionante. Nos embarramos pero nos divertimos, hasta cuando un charco de lodo me chupó una zapatilla y me dejó con un pie descalzo.

Aunque la pasamos muy bien, yo venía arrastrando la ansiedad de tener que cruzarme allí con mi antiguo grupo, específicamente con mi viejo coach. Evité pasar por su cabaña, ahorrándonos a todos un momento incómodo, pero también fantaseé con todas las cosas no dichas que podríamos decirnos si nos cruzábamos. Cuando venía arengando a Juan Pablo para no aflojar en ese último, eterno kilómetro, vi al coach lo lejos, esperando a sus alumnos. Sentí que no podía hacerme el distraído; después de todo no estaba enojado con él como para negar su existencia (solo evito nombrarlo en el blog por respeto). Cuando estaba a punto de pasar a su lado, levanté mi mano en señal de saludo, y él respondió levantando el pulgar. Agradecí no haberlo ignorado y que él tampoco lo hiciera. Es, quizás, el mudo cierre de esta relación de 9 años.

Después de nuestro fraternal abrazo en la meta con Juan Pablo y de la merecida medalla de finisher, volvimos a la cabaña e inmediatamente encaramos la ruta para regresar a Buenos Aires. Sin señal de celular y algo aburrido, decidí empezar a planificar mi próxima carrera. El desafío entre San Nicolás y el Obelisco, los 245 km que homenajean al Spartathlon, pero en Argentina. Lo pensé como una especie de despedida del running en mi vida. Cada vez me cuesta más encontrar los espacios para correr y la motivación. Este blog, al que amo, es un fiel reflejo de esto. Me cuesta escribir porque me cuesta pensar. En verdad los espacios están, solo que los estoy evitando.

Así fue como terminó surgiendo un plan de carrera en un Excel, donde al principio iba a comenzar a entrenar en julio, después de mi llegada a Brasil. Pero pensé: “¿Por qué esperar?”. En lugar de 20 semanas, pasó a ser un plan de 22, comenzando hoy con el Día 1 de la Semana 1. En realidad no estoy empezando de cero, tengo toda una experiencia previa. Aunque desde Patagonia Run mi entrenamiento bajó (mejor dicho, se tiró en picada desde un edificio de 55 pisos), me mantuve un poco activo. Tengo otra ventaja: algo me acuerdo de lo que funcionó cuando me preparé para el Spartathlon. Eso se lo tengo que agradecer a mi antiguo coach. Quizás ese pulgar arriba, señal de que todavía existo, haya sido el exorcismo que necesitaba para matar a los fantasmas y volver a entusiasmarme con un plan de carrera.

Después de darle varias vueltas, me organicé de la siguiente manera:

Semana_01_Spartathlon_Argentino

Voy a entrenar como mínimo tres veces a la semana, con la posibilidad de sumar distancias extra. En la primera columna va lo que creo que tengo que correr, al lado lo que finalmente hice, y al final la diferencia (como para tener un registro de “expectativa versus realidad“). El extra es tramposo, porque representa lo que corrí con mi alumno y mis entrenamientos en mi nuevo grupo durante todo junio. Debería haber puesto solo lo de esta semana, pero me importaba ese dato para la sumatoria de todo el mes. Eso es lo que sigue a continuación:

Plan_de_carrera_mes_a_mes
Como pueden apreciar, en Junio tenía planificado correr 110 km, pero ya tengo 81 km de diferencia positiva. El resto de los meses, iré haciendo un acumulado progresivo hasta llegar al 18 de Noviembre, donde en un solo día voy a correr 245 km. Todo sumado es un objetivo de 2205 kilómetros, de los cuales me faltan poco más de 2000.

Cuando hace unos años me puse a investigar cómo correr el Spartathlon, muchos recomendaban hacer un entrenamiento en asfalto bastante intensivo: 10 km por la manaña, 10 km por la noche, y 50 km los sábados, con el domingo como opcional de descanso. En muchos casos vi que algunos corredores llegaban a la carrera lesionados o recuperándose de esa paliza. Son 150 km semanales de base, con la advertencia de algunos que dicen que si no hacés 200 km por semana, te olvides de intentar correrla.

Creo que exageran. En mi experiencia, hacer entre 300 y 500 km mensuales fue suficiente. De todos modos, me terminé lesionando en el primer tercio del Spartathlon. Quizá sumando más distancia en mi entrenamiento hubiese sufrido ese desgarro antes. Lo que aprendí aquella vez fue que es muy importante tener días de descanso y hacer fondos un poco más largos en lugar de muchos cortos cada día. Como dije varias veces, es lo que a mí me funcionó y no quiere decir que a otro le funcione. Es más, es importante dejar esto bien en claro: No sé si mi plan de carrera va a funcionar. No es una receta para correr 245 km en 36 horas, sino que es lo que yo voy a hacer de ahora en más. Quizá lo ajuste con el paso de las semanas. Por ahí me lesione, me aburra, o me dé cuenta de que no alcanza. Es lo que vamos a averiguar.

Como estuve un poco decaído, no quise empezar con fondos largos de entrada. Necesito ejercitar el músculo más importante del cuerpo: la cabeza. Me tengo que reconciliar con las distancias, con las horas y horas de trotar. Sin lugar a dudas mi cuerpo también tiene que volver a acostumbrarse. Por eso voy a ir aumentando gradualmente las distancias: 50 km la Semana 1, 60 km la Semana 2, 70 km la Semana 3, y así sucesivamente. También me puse un objetivo fuerte una vez al mes: Hacer 50 km en un día, 120 km otro, tres fondos de 50 km en tres días consecutivos, etc. Lo iré viendo cuando lleguen el momento, con la gran dificultad de tener que hacer todo eso en un país nuevo.

Por supuesto que tengo que acompañar mi plan con una alimentación e hidratación más responsable. Adiós a las galletitas que me vinieron acompañando en estas semanas oscuras. Es hora de que la comida vuelva a ser combustible y no un paliativo.

Hoy fue el primer fondo de 15 km. Sencillo, pero costó empezar. Mucho frío (algo que NO extrañaré en Rio de Janeiro) y un poco de inseguridad (“¿No tendría que esperar a cambiar las zapatillas?”, “¿No me estaré por lesionar la rodilla?”). Cuando llegué a casa sentí que podía seguir muchos kilómetros más, pero quiero hacer las cosas de acuerdo a un plan y no tanto a mi emoción de ese momento. Tengo que evitar entusiasmarme y hacer de más, como también encontrar la fuerza cuando no tenga ánimos de correr. En 22 semanas les cuento si este plan funcionó.

Llegar al límite

Llegar al límite

¿Conocés esa sensación de despertarte a la mañana totalmente relajado, después de haber dormido un sueño reparador? Yo lo extraño.

El miércoles por la noche se me ocurrió que sería muy interesante patear algo que estaba en el piso, y sumado a mi falta de habilidad innata en el fútbol, mi pie alcanzó el objetivo pero siguió viaje, hasta que de pronto mi cuerpo estaba suspendido en el aire. Mis piernas quedaron por encima de mi cabeza (me cuesta imaginar cómo, pero así fue) y mi espalda, justo a la altura de los homóplatos, dio de lleno contra el piso.

En esos milisegundos que estaba en gravedad cero, llegué a pensar: “Esto me va a doler”. El impacto me dejó sin aire, y cuando quise respirar, no podía. Ni siquiera era capaz de pedir ayuda. Resulta que me enteré del peor modo que hace falta inflar los pulmones primero para poder emitir sonidos audibles. Pero fueron pocos segundos, y de a poco pude empezar a respirar. No a mi máxima capacidad, sino que daba pequeñas bocanadas, porque el dolor en la espalda limitaba la capacidad de mi pecho.

Me puse boca abajo, y las lágrimas (de dolor) iban dibujando pequeñas islas en el piso de madera. No me imaginaba cómo iba a levantarme para salir de ahí. Me arrastré a la cama y me tiré, creyendo que era lo que necesitaba, aunque pronto descubrí que ninguna posición me podía calmar. Luciane me insistía en llamar a la ambulancia, pero quien tenía el dato del teléfono de emergencias era yo, y no podía pensar con claridad.

Me fui caminando a la guardia del Hospital San Isidro. Insisto: no podía pensar con claridad. En ese momento me pareció lo más rápido y lógico. Atrás mío, Luciane me insistía con llamar a mi servicio médico (que en el fondo detesto, y quizá por eso me negaba a considerarlo). Aunque era la 1 de la mañana, la gente se seguía amontonando en la guardia, y los pacientes entraban muy lentamente. Demasiado. Volvimos a casa y ahí llamamos a una ambulancia, que me revisó y no encontró señales de fractura. Me quisieron acostar en la camilla, pero el dolor me lo hizo imposible.

Me dieron una inyección intramuscular de Diclofenac y me mandaron a hacer reposo. Con eso pude dormir y me levanté bastante bien. Las mañanas siguientes no fueron tan buenas. En cuanto se pasó el efecto del analgésico, descubrí que estar acostado me pone peor. Sospecho que me estoy despertando entre las 5 y las 6 de la mañana por el dolor. Al principio me cuesta mucho incorporarme, a menos que tolere esa puntada en medio de los homóplatos. Después me quedo sentado un minuto o dos, resoplando, esperando que suene la campana y Apollo Creed deje de darme una paliza. Una vez que logro ponerme de pie y desayunar, el dolor se va.

El lector que todavía no se olvidó de este blog estará pensando en cómo me afecta esto al correr. Bueno, por suerte no me molesta. Sí me está resultando muy difícil activarme por la mañana, pero si me levanto temprano y empiezo con el día, después puedo trotar sin problema. En especial si lo hago en forma relajada. No intenté hacer trabajos de suelo como abdominales o flexiones, pero anoche estuvimos ordenando la cocina (levantando cosas, agachándome) y el dolor volvió por otro round.

No pude evitar pensar en volver a escribir, algo que en mi cabeza prometo volver a hacer para después no cumplirlo. Soy consciente de que mi último post fue una de las experiencias más duras de carrera que tuve que enfrentar, y no voy a mentir. Volver a entrenar, después de Patagonia Run, me costó mucho (por eso ni me detengo en lo difícil que es escribir). Me cuesta un poco describir el por qué todo se detuvo en ese evento y cómo de pronto aparecieron cosas que parecían más urgentes.

Se me ocurrió que tenía que dejar de escribir este blog en mi cabeza (como hago cada vez que salgo a correr), y volver al teclado. Aunque lo que salga sea horrible (como debe estar siendo esto). Me estoy preguntando qué quiero hacer de mi vida en los próximos meses. ¿Un escritor que corre? ¿Un diseñador gráfico? ¿Un marido? ¿Un lesionado? ¿Todo lo anterior? En principio siento que le debo a este blog (o sea, a mí mismo) poner mis cosas en orden, no dejar de lado los procesos de recuperación, y mantenerme activo. No prometo que mañana voy a estar de nuevo escribiendo, pero sí que aunque me esté resultando difícil y tortuoso, lo voy a seguir intentando.

145 km de Patagonia Run

 

145 km de Patagonia Run

Era la primera persona que veía en 10 kilómetros. “Por favor”, le dije, “necesito que me vengan a buscar”.

Tenía mucho frío y no paraba de temblar. Sabía que tenía una manta de supervivencia en la mochila, pero no tenía fuerzas para sacármela y volvérmela a poner. Lo que me asustó, y me hizo definir que tenía que abandonar la Patagonia Run, era un dolor muy fuerte en el centro del pecho.

No estábamos muy lejos del Puesto de Asistencia Quilanlahue. Ya había pasado el cartel que decía que faltaban 2 km, pero hacía una hora que solo podía caminar, y cada vez más lento. Podía ver el establo y los vehículos estacionados, pero llegar hasta ahí por mis medios me parecía imposible.

El rescatista me hizo entrar a su carpa. Le pedí disculpas por embarrarla toda, y me aseguró que igual la tenía que lavar. Me dio un aislante para que me acostara encima, me tapó con su bolsa de dormir y una campera. Yo no paraba de temblar. Cuando me preguntaba si estaba mejor le respondía que un poco, disimulando que estaba llorando.

Cualquiera podría creer que el dolor en el pecho era angustia, pero cuando me desmayé en el hospital, volviendo del baño, la doctora confirmó que era por la hipotermia.

Supongo que debería contar esta reseña en modo cronológico, pero al momento de abandonar, todo pasó a segundo plano. Igual puedo hacer un resumen en el que repase lo que fue y lo que podría haber sido. Salimos puntuales, 18 hs del viernes, desde el Centro Cívico de San Martín de los Andes. Le tenía pánico al frío, así que salí muy bien abrigado. Con el correr de los kilómetros me fui sacando ropa, reservándome para los momentos de montaña.

La idea era correr con Fernando, mi compañero con quien habíamos estado entrenando en los últimos tiempos. Él se fracturó la mano hace un par de meses, pero llegó a recuperarse justo a tiempo para poder apoyar el peso de su cuerpo en sus bastones. Empezamos muy bien, animados y aprovechando que la salida era de día y se podía apreciar el paisaje. Corríamos todo lo que se podía y nos preservábamos en las subidas.

El principio éramos muy conscientes de la hidratación. Cada 20 minutos tomaba agua. No lo vi a Fer alimentarse como debía, y se lo mencioné algunas veces. Hacia el kilómetro 35 empecé a sentir dolor en la rodilla izquierda, en especial en las bajadas. ¿Iba a aguantar 120 kilómetros más?

Cuando subimos el Cerro Colorado, hizo todo el frío que me imaginaba. Fernando empezó a tener arcadas, y el fantasma de abandonar empezó a sobrevolar su cabeza. El ascenso fue muy lento. Nos pusimos detrás de una pareja que caminaba muy despacio. Le pedí a mi compañero pasarlos, pero él decía que no podía más. Comprobé que sí, que nuestra caminata era mucho más rápida que la de ellos, porque dos veces nos quedamos a un costado, esperando a ver si las arcadas pasaban a ser un vómito, y después de caminar unos minutos quedábamos de nuevo pegados atrás de la pareja.

Hicimos cumbre en el Cerro, en medio del hielo, y agradecí que bajásemos lentamente porque mi rodilla estaba muy dolorida. Cuando llegamos al Puesto de Asistencia Total Colorado 1, Fernando había decidido abandonar definitivamente. Era el kilómetro 70. Nos quedamos 45 minutos, comiendo, cambiándonos de ropa, y convenciéndolo de que siguiera. Mi mejor argumento fue que tenía que darle a su hijo, Nico, el ejemplo de que en la vida siempre había que intentar.

Salimos trotando, ya de día. Las cuentas no nos daban para llegar, pero preferíamos no pensarlo. Íbamos a darlo todo. Subimos el Cerro Quilanlahue, una proeza demoledora, y bajamos trotando, a un ritmo que me sorprendió. Para un corredor no hay nada más estresante que correr contra el reloj. Una cosa es combatir el sueño, el cansancio, el hambre… pero contra las horas que pasan, no hay mucho para hacer.

En este apuro por ganarle minutos a los cortes pueden haber estado los problemas. No tomar bebidas isotónicas, no cambiarse la ropa mojada, agarrar media banana y creer que eso es suficiente. Pero a cada puesto que llegábamos nos decían que si no nos apurábamos no llegábamos. Yo era el único optimista que creía que sí podíamos.

En el km 95, Fernando me convenció de seguir solo. Él no podía más y no quería que abandone por él. Le pregunté si estaba conforme con su esfuerzo, y me respondió que sí, así que seguí.

En mi guerra contra las matemáticas, si avanzaba a un promedio de 10 minutos el kilómetro (entre caminatas y trotes), tenía posibilidades de llegar. Tenía que alcanzar el Puesto de Asistencia Total Quechuquina antes de las 15:30 para demostrarlo, y llegué 10 minutos antes. Ese puesto cerraba a las 17 hs, así que tenía un margen holgado. ¿Por qué todo el mundo insistía con que si no me apuraba no iba a llegar?

Pero ahí se había terminado mi carrera. Salí intentando trotar, pero me esperaban 15 km hasta el siguiente puesto, Quilanlahue 2, que cerraba a las 19 hs. El problema, además de la distancia, es que empezaba en subida. Cuando terminaba mi caminata en pendiente, el corazón se me salía del pecho, y no podía trotar. Intentaba, pero no me salía. No es lo mismo hacer ese esfuerzo solo que acompañado. Además tenía mucha sed, y aunque tomaba y tomaba, no la podía saciar. Intenté meditar para calmarme y encontrar fuerzas adentro, pero me quedaba dormido. Me despertaba en medio de un sendero, preguntándome qué hacía en ese lugar.

En mi cabeza todavía hacía cuentas, pensando que quizá podía caminar todo lo que faltaba y así llegar. Pero al dejar de correr me enfrié, y empecé a sentir las manos y los pies congelados. A eso le siguió el dolor punzante en el pecho.

Habré caminado unos 10 km sin cruzarme con ningún rescatista. Utilicé mis últimas fuerzas para hacer sonar mi silbato, con la esperanza de que apareciera alguien de atrás de un árbol para socorrerme. Soñé con cuatriciclos de bolsillo, un motociclista al que sobornar, una tirolesa… pero solo podía salir de ahí avanzando.

Finalmente vi al rescatista a las 18:15, antes de llegar al Quilanlahue 2, y casi de inmediato consiguió que una camioneta viniera a buscarme. Pusieron la calefacción y me llevaron a reparo. Me cubrieron con mantas, me dieron té (y el café más espantoso que tomé en mi vida), botellas calientes para meterme adentro de la ropa, y me ayudaron a ponerme abrigo seco. Me frotaban los hombros y los brazos, mientras me caían las lágrimas. Nunca me había sentido tan abatido.

En una combi nos llevaron a un grupo de zombies (yo era el menos vivo de todos) hasta el Centro Cívico. Me prestaron camperas, guantes, y me cubrieron los pies descalzos con un buzo (mis zapatillas estaban mojadas y era preferible estar así). Me conmovió tanta dedicación. De hecho, por mi pésima condición me dejaron en mi cabaña, donde mi maravillosa esposa me esperaba con una campera y zapatillas secas.

Me quedé un rato junto a la estufa y después de un baño caliente me fui a acostar. No podía quitarme la sed, sin importar lo que tomara, y después comencé a tener fiebre. Mucha.

A la medianoche una ambulancia vino a buscarme. Mis recuerdos son un poco difusos, como si todo lo que siguiese a continuación haya sido un sueño. Me llevaron en silla de ruedas hasta una camilla donde me pusieron un suero, el primero de un total de cinco. Tenía 38.2 de temperatura. La doctora dijo que había sufrido una deshidratación extrema. ¿Por qué? ¿Habrá sido el apuro por no perder tiempo? ¿O haber tomado pocas bebidas isotónicas? Solo podemos conjeturar.

En medio de la noche pedí permiso para ir al baño. Llevé mi suero, hice lo mío, y cuando me levanté para ir hasta la puerta, empecé a marearme. Alcancé a pedirle ayuda al enfermero, y según Luciane caí de boca al piso. Tres personas me levantaron y me llevaron a la camilla.

El análisis de sangre arrojó niveles interesantes. Por ejemplo, el CPK mide la cantidad de músculo destruido tras una sesión de ejercicio intenso. En valores normales está por debajo de 200, y se estima que luego de un entrenamiento normal se duplica. En mi caso me dio por encima de 2200.

Luego de la quinta bolsa de suero, me dieron el alta. Pero no porque estuviese recuperado, sino porque a las 14 hs venían a buscarnos por la cabaña para llevarnos al aeropuerto, y de ahí volar a Buenos Aires. En el hospital me querían dejar un día en observación. Igual me sentí muy bien cuidado, y me sorprendió levantarme de la camilla sin sentir dolores musculares. Ahí entendí la función del suero de purificar la sangre. Por eso, querido lector ultramaratonista, te recomiendo una internación hospitalaria en la noche posterior a la carrera. Vas a levantarte como nuevo.

Aunque dormí un poco al volver a la cabaña, me sentí muy cansado el resto del domingo. Recién hoy, que dormí en mi cama, puedo decir que soy un ser humano semi normal. Y que lo intentamos. Fernando fue del km 70 al 104, después de haberse prometido abandonar. Yo corrí contra el reloj, aún sabiendo que los números no estaban de mi lado.

Si hubiese llegado a la meta, esto que sigue a continuación jamás lo hubiese dicho, pero ahora que abandoné, tengo que hacerlo. El tiempo límite para 145 km está mal. Nos daban 29 horas para completar el recorrido, lo que implica tener una velocidad promedio de 5 km por hora, o 12 minutos por kilómetro. Para la distancia de 100 km, el límite eran 26 horas, para lo cual tenían que avanzar a 3,9 km por hora o 15 minutos por kilómetro. Es un esfuerzo muy desfasado. Tres horas para una diferencia de 45 km. Quizá, con menos presión del tiempo, hubiese podido atenerme a mi estrategia. Que hayan llegado 57 corredores de 107 es una señal de que fue una prueba brutal.

Después de un día entero de correr en el frío, de extrañar a mi mujer, de una dieta líquida de bebidas azucaradas, lo que menos puedo pensar es en la revancha. Hay algo de amargura por no haber alcanzado la meta, pero también mucha paz interna porque frené cuando el cuerpo no pudo más.

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