Qué es la Zona de Confort

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Mucho hemos leído y escuchado sobre la Zona de Confort. Pero, ¿qué es? ¿Dónde queda? ¿Qué colectivo me acerca? Todas estas preguntas serán respondidas, pero tenga a bien saber que surgirán otras nuevas que no tendremos tiempo de abordar.

La Zona de Confort es un lugar cálido en invierno y muy fresco en verano. Es donde las expectativas son bajas y donde mañana es un mejor día para hacer las cosas que hoy. Para cada persona es diferente, pero en todos los casos hay una coincidencia: ahí no se puede crecer.

Para Claudia F., de Mataderos, siempre es domingo y el lunes va a empezar a comer sano. A veces sale de su Zona de Confort 24 horas, alguna vez se fue dos días completos, para regresar a comer dulces y chocolates, porque es lo que la hace “feliz”. Para Aníbal M., de Escobar, es fumar “nada más” cinco cigarrillos diarios, porque antes fumaba dos atados y con eso ya se queda conforme. Para Betiana B., de Palermo, es hacer zumba una vez a la semana, porque con eso siente que está haciendo algo (y correr o ir al gym la aburre).

En algún momento, el ser humano puso todos sus recursos y su herencia evolutiva en convencerse de que la felicidad era estar cómodo. Los grandes fantasmas eran esforzarse, transpirar, sentir dolor, tener sed, sueño y hambre. Quienes salen de su Zona de Confort, aunque sea por unos instantes, puede hacer un pequeño experimento. Hagan público que están entrenando, comiendo sano, o dejando un vicio de lado. ¿Cuándo comienza nuestro entorno a intentar traernos de regreso a la Zona? Si prestamos atención vamos a empezar a escuchar que nos hablan de que todos los extremos son malos, que prefieren ser felices, que la vida hay que vivirla, y comienzan a repetir los slogans que básicamente venden que es mejor no hacer esfuerzos y no intentar cambiar. “¿Para qué corrés si igual te vas a morir?”. “Hay que comer un poco de cada cosa”. “Parecés anoréxico”. “Correr fija la celulitis, agranda el corazón y te destruye las rodillas”. Etcétera…

Aunque los medios se encargan, cada tanto, de denunciar los riesgos de quedarse en la Zona (sedentarismo, principalmente), también le hacen el juego y, cada tanto, publican un artículo donde dicen que beber tanta agua no es tan bueno como se creía, o la vida de esa abuelita asiática de 105 años que bebe vino a diario y fuma 20 cigarrillos por día. Y aunque la información está al alcance para comprobar que quienes se esfuerzan cosechan la recompensa de una mejor salud, cada uno elige a qué hacerle caso y a qué no. A esto le llamamos “argumentos de la Zona” y sirven no solo para que cada uno se quede donde está, sino para que critique al que se destaque.

Nada es gratis en la vida. Tener una buena salud requiere esfuerzo, pero vivir en la Zona de Confort no es gratis. Es un préstamo que se paga con intereses. Y dejar esos esfuerzos para mañana van a hacer que pasado tengamos que invertir en tratamientos médicos, y una vez que el deterioro comienza, vamos a darnos cuenta de que no se puede volver el tiempo atrás. Pero cuidado. Es otra trampa. Si bien cada día que pasa hace un poco más difícil revertir los años atrapados en la Zona, creer que ya es tarde para nosotros es la excusa para seguir ahí, estancados. Siempre se puede escapar. Mientras antes lo hagamos, mejor.

Volver a empezar

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Me dijeron que dejara los bajones afuera del blog y fue difícil. Más que nada porque a veces esto se convierte en una terapia, pero ¿a quién le sirve? ¿A mí solamente? Después de meditarlo sentí que se podía encarar desde un lugar en el que no me victimice, y simplemente pueda compartir algo por lo que cualquiera podría pasar.

Después de 8 años y 7 meses dejé de formar parte del grupo de PUMA. Los motivos fueron puntualmente comerciales. Como dejé de tener una relación laboral con el head coach, no tenía mucho sentido que siguiera entrenando ahí. Fue difícil (todavía lo estoy procesando), porque armé mi círculo de amigos ahí. De hecho me mudé a 8 cuadras de donde nos reuníamos a entrenar tres veces a la semana, y me vino bárbaro cuando lo aumentamos a cuatro veces. Los invitados a mi cumpleaños era gente del grupo, las vacaciones y las salidas también eran con ellos, y todos los días los grupos de whatsapp tenían alguna novedad.

En noviembre eso se terminó. Me encontré con dos situaciones: una, cómo conservar el vínculo con la gente que estaba ahí. Todavía lo estoy intentando resolver: pasar de verlos 4 veces a la semana a tener que encontrar un lugar en la agenda de cada uno es difícil, pero tengo esperanza de que lo voy a lograr. Lo segundo es qué pasa con mi propio entrenamiento.

Lo primero que uno piensa en situaciones así es que no pasa nada: se puede entrenar solo. De hecho hace más de un año que trabajo como personal trainer armando rutinas de cero, y corrí muchas veces solo antes de entrar en un grupo… Pero después de tres semanas de inactividad me di cuenta de que no había empezado. Las oportunidades están, pero uno se engaña creyendo que no tiene tiempo, que está cansado, que conviene estar de mejor ánimo. Y podría haber estado autocompadeciéndome en casa otros 8 años, hasta que tuve el impulso de llamar a un amigo y preguntarle por su grupo de entrenamiento.

Fui solo a una clase, atento a todas las diferencias. Ahora nadie me conocía, no sabía cómo entrenaban, y no estaba a 8 cuadras de su punto de encuentro sino a 6 km (o a 4 estaciones de tren). Santiago, el profe, se llama igual que mi hermano mellizo y mi gato. Lo conocí yendo a Yaboty en 2012, después de haberme separado. Fue mi primer viaje para una carrera solo, y tuve la suerte de que me adoptaran en su grupo “Actitud Deportiva”. De ahí quedó el vínculo, y hasta aparece entregándome el kit de la Maratón de Buenos Aires en el programa especial que hizo la gente de ESPN Run.

No sé por qué subestimé la clase, creyendo que como venía de un grupo de entrenamiento muy intenso, no iba a encontrar lo mismo en otro lado. Me dio alivio encontrarme con un día de mucho trabajo, donde terminé muy cansado (y feliz). Por supuesto que tengo la firme intención de no vincularme con nadie. Necesitaba reemplazar mi entrenamiento, pero me niego a pensar que existe la posibilidad de reemplazar a mis amigos.

Hay cosas que se pueden reemplazar. Un par de zapatillas, una ruta para entrenar, tu número de celular o el supermercado en donde hacés las compras. Son cosas que no te van a traumar. Los afectos es muy diferente, pero calculo que parte del proceso para estar bien es, por lo menos, volver a entrenar. Yo no pude hacerlo solo, porque no tenía el entusiasmo para hacerlo, pero sí lo tenía para pedir ayuda. Por ahora la experiencia fue buena y me da esperanzas. Además estoy entrenando por las mañanas en lugar de la noche, otra novedad para mí.

Así que estoy volviendo a empezar. Es un cambio muy profundo para mí, al que intenté no darle una connotación de derrota ni de victimización. Es parte de mi intención de ser un mejor hombre, conmigo y con los demás. Aprender… y seguir avanzando.

Quiero correr Patagonia Run

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¿Te gustaría correr esta carrera y cualquiera de montaña? Ponete cómodo y leé lo que viene a continuación.

Los que estamos en el ámbito del running y las carreras de aventura seguramente escuchamos hablar de Patagonia Run, la dura prueba que se corre a principios de Abril en San Martín de los Andes y que cuenta con distancias para cualquier nivel: 10, 21, 42, 70, 100, 125 y 145 km. Pero no es la única que tiene lugar allí; también tenemos La Misión, que se realiza en febrero y tiene ahora una distancia máxima de 200 km.

Generalmente, cuando armo un post sobre una carrera, no lo hago con la suficiente anticipación. Mi consuelo es que quede en el ciberespacio y le sirva a quienes la hagan otros años. Lo cierto es que si estás leyendo esto un mes antes del día de la largada, estamos medio cortos de tiempo. Pero al momento de escribir esta entrada faltan 19 semanas, así que es el momento ideal.

Lo primero que debemos hacer es cuentas. Ya sabemos que tenemos más de 4 meses, lo que sigue es determinar costos. A menos que tengas la suerte de vivir en San Martín de los Andes, Bariloche o alguna ciudad cercana, probablemente tengas que tomar un avión, y todos sabemos que a más tiempo esperemos, más caro va a ser el pasaje. Aunque viajar al pequeño aeropuerto de San Martín de los Andes reduce mucho el tiempo de viaje, es mucho más caro, y no hay tantas opciones de horario por lo que se agotan rápido. Lo mejor es ir hasta Bariloche y de ahí tomar un colectivo o la combi de la organización.

Si se elige el transporte urbano, hay que calcular bien los horarios, porque no tienen servicios todo el tiempo a San Martín de los Andes. La combi es una opción mucho más cara pero segura, y te dejan en la puerta de tu hotel. Una alternativa para viajar sin tanto estrés es quedarse una noche en Bariloche, y tomar un colectivo al día siguiente. Hablamos de un viaje de entre tres y cuatro horas para ir desde el aeropuerto hasta la ciudad.

El hospedaje también es un factor económico importante a tener en cuenta, pero creo que no urge tanto. Hay muchas opciones de alojamientos para todos los presupuestos, y se puede arreglar después de terminar de pagar las cuotas de la inscripción y de los pasajes.

Y ahí tocamos el tema importante de este post: ¿Qué distancia vas a correr?

Si NUNCA corriste una carrera de aventura, la distancia de 10 km es la que tenés que elegir. En mi caso no me gusta la idea de hacer semejante viaje para no estar un día entero corriendo, pero si le sumamos el atractivo turístico, vale la pena.

La distancia de 21 km es para un corredor que recién se inicia y quiere exigirse un poco. No es un recorrido demasiado duro, y se disfruta mucho.

Si hablamos de los 42 km ya debemos tener un buen nivel. Es la última de las distancias que comienza de día y a menos que no estemos bien preparados, no vamos a correr de noche. En esta edición van a sumarle el ascenso al Cerro Colorado que años anteriores no tenía, así que hace falta entrenar fuerza de piernas y quizá pensar en tener bastones (en ediciones anteriores no era necesario). Correr 42 km en montaña no tiene nada que ver con haber completado una maratón. Son otros tiempos, otra exigencia, y empieza a cobrar muchísima importancia la estrategia de carrera (tema para otro post).

La distancia de 70 km es para corredores con bastante experiencia. Ya estamos en la categoría de ultramaratón de montaña. Si estamos con tiempo para prepararnos y queremos hacer una ultra por primera vez en nuestra vida, comenzaría por aquí. Ya se larga de noche, aunque son pocas horas de oscuridad, pero el recorrido es más cansador y ya aumentan las chances de terminar de noche. Tenemos que tener en cuenta que vamos a correr en oscuridad (con luz propia), que vamos a tener que comer MUCHO durante el recorrido y que va a ser una paliza (pero divertida).

Las distancias de 100, 125 y 145 km son, por decirlo de una manera poética, similar a que nos pase un camión con acoplado por encima. Hay que elegir bien qué categoría realizar, pero la organización ya pone un filtro de entrada, y para 125 y 145 km hay que acreditar haber hecho carreras similares, con un nivel de ascensos comparable. Si el año anterior corrimos 100 km, en la nueva edición podemos postularnos para las distancias máximas. Por supuesto que hay que tener MUCHA experiencia, armar una estrategia SIN LUGAR AL ERROR y tener mucha cabeza. He visto a corredores con muchísima experiencia abandonar por agotamiento o por no haber cumplido con los horarios de corte. No es broma, estas distancias requieren mucho entrenamiento previo, y si nos decidimos por cualquiera de estas categorías, tenemos que tener experiencia y ponernos a trabajar.

Repasando, ya tenemos resuelto el traslado y decidimos en qué distancia vamos a participar. Nos queda elegir un buen hospedaje, y San Martín no es tan grande como para quedar lejos del centro, pero recomiendo estar lo más cerca de la llegada posible. Es probable de que cuando crucemos la meta, caminar 4 cuadras parezca más imposible que escalar el Cerro Quilanlahue…

Del blog a la TV

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Mucha gente sueña con aparecer en la televisión. No soy uno de ellos. Sin embargo, mentiría si no admitiera que las 14 veces en mi vida que me reconocieron por la calle o en una carrera me pusieron muy contento. No fue por mi participación en ESPN Run, que se emitió a principios de Noviembre en esta señal de cable, sino por escribir este blog. De hecho, alguna vez me gritaron “¡Vamos, Semana!”.

Participar en esta transmisión fue muy divertido. Grabamos en diferentes días, y yo solo tenía que correr. A veces la cámara me tomaba por detrás, a veces de costado, y siempre repetíamos la toma. Pasan cosas extrañas, como un intento de encuadre que el camarógrafo dice “quedó horrible” y termina siendo parte del programa. No me gusta mucho hablar (me siento más cómodo corriendo o escribiendo), pero para todo me sentí muy capaz y en mi cara pueden notar un atisbo de satisfacción.

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Intenté descargar el video porque lo quiero conservar toda mi vida, pero mis conocimientos técnicos me lo impiden. Solo puedo compartir el enlace y esperar que dure para siempre. Si alguien sabe cómo bajarlo, me gustaría subirlo como video directo acá. Y si no, regálenle clicks a la gente de ESPN que para mí se lo merecen.

Cómo ser un mejor hombre

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“Bajones en el blog, no”. Ese fue el consejo que me dio Claudia en nuestra última sesión de coaching. Hace un mes que no actualizo Semana 52 y este consejo recién me lo dio el jueves pasado, pero me anticipé e hice exactamente eso. Menos drama, más running.

Creo que igual me debo un repaso de mi último mes. Trabajé al punto del estrés, que se manifiesta con una caspa que invade mis cejas, nariz y los costados de mi barba, entrené muy poco (para lo que me hubiese gustado) y viajé por tercera vez en el año a Brasil, esta vez para ir a buscar a Luciane y traerla a vivir conmigo a Buenos Aires. Eso significó mover muebles, encerar, pintar y barrer, aunque no necesariamente en ese orden. Y después hubo que trabajar mucho en mi departamento, que cuando llegué estaba infestado de pulgas, quizás el hecho más vergonzoso de mi vida en pareja.

Pero a todo eso sobreviví, porque también tuve cosas maravillosas. Antes me iba a dormir con el Skype abierto y la cámara apuntando al rostro de Luciane. Ahora estamos probando la convivencia y planificando una vida juntos. Además tengo a mis alumnos particulares, tanto los presenciales como a distancia, con quienes comparto la maravillosa experiencia de la vida sana. También coincidió con que se emitió el programa de ESPN Run sobre la Maratón de Buenos Aires, que me tuvo como protagonista (todo resulta más épico cuando se filma en cámara lenta).

En un mes tan convulsionado, tomé una decisión: ser un mejor hombre. Si viniste a este post creyendo que iba a dar consejos sobre cómo serlo, te cuento que todavía lo estoy averiguando. Me parece que tiene que ver con hacer las cosas que a uno le gusta y no buscar complacer a los demás. En mi caso tiene que ver con volver a escribir, y encarar el desafío más grande de mi vida que es escribir un libro.

Siempre intenté tener humildad más que razón y escuchar más que criticar, pero no puedo decir que siempre lo haya logrado. Lo que constantemente estoy aprendiendo es que de nada sirve posponerme, así que mi nueva Semana 52, que empieza hoy, va a tener como objetivo ser un mejor hombre. Voy a dedicarle una parte a mi salud, esta vez entrenando solo. Quiero formarme también en preparación física y nutrición, hacer un taller literario, y ser el hombre que mis suegros esperan que sea para su hija. Sé que antes dije que tenía que dejar de complacer a los demás, pero si puedo hacer una excepción, que sea hacia ellos.

Ahora Semana 52 tiene un .com, e intenté reflejar mis intenciones de cambio con un diseño nuevo para el blog, pero no encontré ninguno que me satisfaga. Es un poco frustrante, pero parte del camino para ser un mejor hombre es no rendirse. Quizá solo haga falta tomar distancia durante un día y encararlo de nuevo mañana, a ver si lo resuelvo con una nueva mirada.

Olor a plástico nuevo

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Cuando era chico me encantaba He-Man. Es una serie animada que no resiste el paso del tiempo. Si bien tiene un diseño de personajes muy interesante, los guiones y sus diálogos son increíblemente torpes y hasta perezosos. Pero claro, hay cosas sobre las que no se puede volver, menos con la mirada de un adulto.

Sin embargo, existen sensaciones que nunca cambian. Aunque de chico me encantaba He-Man, lo que más disfrutaba era sus muñecos. Y no digo “muñequitos”, como quizá podría llamar a los Super Amigos. Estos eran enormes. Bien ensamblados. Coloridos y con muchos detalles.

De vez en cuando, porque se me caía un diente o cumplía años, me regalaban un muñeco nuevo de He-Man. El blister transparente dejaba ver la figura, algunas veces con algún accesorio, y a sus espaldas una pequeña historieta de pocas páginas que yo odiaba, porque sus historias no tenían absolutamente nada que ver con el dibujo animado.

Pero el momento de gloria era abrir ese blister… el olor a plástico nuevo es un indicio de que las cosas no solo se admiran con la vista o al tacto, sino que también se huelen… Comprar un muñeco nuevo era todo un evento, y oler el plástico hacía que esa sensación de felicidad se grabara en la memoria. Hoy vuelvo a sentir ese olor y automáticamente viajo en el tiempo. De nuevo soy un niño sosteniendo en mi mano un muñeco nuevo.

¿Y cuándo vuelvo a sentir esos olores? Mi amigo Paco maneja un Ford Ka que huele a plástico nuevo. Lo curioso es que lo tiene de hace varios años, pero por alguna extraña razón ha logrado que el olor se conserve. Cada vez que me lleva a alguna parte, me siento e inspiro profundamente. Empecé a entender la pasión de muchos adultos por sus autos, que vendrían a ser sus juguetes de grandes.

Las zapatillas también tienen ese olor a plástico nuevo, que les dura realmente muy poco. Creo que los adultos seguimos buscando esos olores que se nos graben en el fondo del cerebro. Yo lo sentí, y no necesito tener el objeto en mi mano para volver a sentir la alegría de poseerlo.

Defender a Papá

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No contemplo la felicidad con arrepentimientos. Estar orgulloso de algo que hiciste es una forma de ser feliz.

Cuando vivíamos en Banfield teníamos una alfombra en el living, frente a la tele. Yo me tiraba con un almohadón del sillón como almohada y me quedaba dormido. En una casa con 4 hermanos, eso significaba perder el derecho al control remoto, por más que uno se despertara y mintiera con “Estaba viendo eso”.

Como cualquier noche, estábamos viendo la tele con mis hermanos, o mejor dicho ellos la estaban viendo, porque yo estaba sobre la alfombra, durmiendo profundamente. Mis padres volvieron y mamá subió a su habitación. Papá se quedó un rato afuera, bajando unos bolsos que estaban en el baúl del auto. Yo abrí un ojo y lo vi entrar diciendo “Chicos, esto es un asalto”. Papá siempre fue muy bromista, así que eso no sorprendió a ninguno de los que estábamos ahí, pero atrás de él se metieron dos hombres armados.

Se dividieron. El que parecía más experimentado en el manejo de armas (y de la situación) subió a la habitación donde estaba mamá. El otro, el novato, nos pidió que miráramos al suelo. Yo me senté en el sillón, todavía sin despertar del todo y preguntándome si eso realmente estaba pasando. Siempre se escucha de robos, pero uno nunca espera que alguien elija tu casa para entrar y sacarte tus cosas.

Decidieron subirnos a la habitación, donde mamá le preguntaba al ladrón, a los gritos, qué es lo que está pasando. El novato le dijo a papá que le entregara su alianza. Él intentó negociar, pero el ladrón no escuchaba razones. Entonces yo, un adolescente de 14 años, que todavía hoy no puede modular cuando habla, salí de mi trance por un segundo, levanté la mirada del piso, y dije algo absolutamente espontáneo: “Señor, déjeselo. Para él es mucho más importante de lo que va a ser para usted”. En mi cabeza había más palabras. Que el dinero no era tan significativo como el amor de una pareja. Que había cosas de más valor en la casa. Pero lo que salió fue eso.

El ladrón novato me miró un instante, dijo “bueno”, y continuó con el plan de llevarse todo el dinero y joyas de la casa, algunos objetos electrónicos y el auto de la familia, al que nunca más volví a ver.

Todavía recuerdo ese momento con orgullo. La rapidez con la que hablé y cómo esa situación salió bien (dentro de un contexto bastante desagradable). Nos repusimos de ese robo y repusimos las cosas que se llevaron. Papá todavía tiene su alianza, y siento que le devolví algo al hombre que me dio todo.

Cosas que me hacen feliz

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Estas últimas semanas me resultó muy difícil escribir. Podría excusarme por falta de tiempo sin faltar a la verdad, pero creo que en realidad tiene que ver con distintas situaciones personales que aplastaron mi voluntad contra el piso. No creo que sea prudente ventilar todos mis asuntos, pero uno de ellos tiene que ver con haber perdido un cliente que significaba la mayor parte de mis ingresos.

Esto no quiere decir que sea el tema más importante, es quizás el más trivial y común. Estoy embarcado en conseguir nuevos clientes y también nuevos alumnos, ahora que incursioné en las clases particulares (con resultados muy satisfactorios para mí). Descubrí que dar una clase estando con muchas preocupaciones me relaja muchísimo.

El universo me dio una mano entre todas estas situaciones. Volví a mis sesiones con Claudia, mi counselor, porque ella decidió que quería verme y que le canjee sus honorarios por diseño. En nuestro último encuentro hicimos un ejercicio de biodecodificación, un tratamiento que yo desconocía y al que, como todo al principio, le tenía desconfianza. Resultó ser una de las experiencias más impactantes en mi vida, al punto que me sacó un gran peso de encima. En ese ejercicio volví a un momento mío de mucha felicidad (que, por supuesto, tuvo que ver con el Spartathlon). Así que me puse a pensar si no me ayudaría escribir sobre las cosas que me hacen feliz.

Este va a ser mi ejercicio, quizá para las próximas 4 semanas. Si no tengo sobre qué escribir, volveré a un recuerdo de felicidad, como una instantánea de una situación positiva. Puesto en perspectiva, es probable que mi pasado me ayude a pasar el presente. Lo voy a poner en práctica, intentando un recuerdo por día, a ver qué sale…

Cazando pokemones bajo la lluvia 

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Quienes me conocen un poco saben que me gusta correr y que soy una persona seria. Los que me conocen mucho saben que en realidad lo que me gusta es cazar pokemones. En el momento en que casi todo el mundo coincide que Pokemon Go es un Titanic dándose contra un iceberg, yo sigo firme en mi promesa de atraparlos a todos.

Jamás me gustó el dibujo animado ni tuve ninguna clase de merchandising. En mi época, Pokemon era lo menos. Lo que estaba de moda eran los X-Men y Batman. Pero este año me sumé a la locura del juego de realidad aumentada, porque me fascinaba la idea de interactuar con tu entorno y tener que sumar kilómetros a pie.  Así que, cuando tengo que ir al banco o al supermercado, me pongo mis auriculares para disimular que tengo la aplicación activa y salgo a caminar.

Ayer no fue un buen día para mí. Muchas cosas por resolver, ansiedades y angustias. Cosas que entrenar suele pulir. Pero con la tormenta que se desató, el entrenamiento quedó cancelado. Necesitaba salir y hacer algo, así que me puse mi campera y salí a buscar alguna pokeparada. La lluvia entorpecía la pantalla, lo que hacía imposible apuntar las pokebolas. Pero no me importaba, lo que necesitaba era estar afuera. Explorar la ciudad, ir a calles desconocidas. Sumar kilómetros, eclosionar huevos y, principalmente, salir un rato de casa.

Muchos han criticado a este juego, y posiblemente ese sea el motivo por el que lo juegue a escondidas, apuntando con la cámara en forma disimulada. Para mí es un hallazgo que hayan inventado algo que te obligue a salir de tu casa y caminar. Hoy quizá no hubiese tenido una excusa para salir a correr bajo la lluvia. Y me hizo bien. Mejor que tirarme a ver Netflix, comer y autocompadecerme (cosas que, de todos modos, terminé haciendo igual).

Soy humano. Tengo mis trivialidades, mis momentos de debilidad y mis días de que no quiero hacer nada. Antes llenaba esos días vacíos y sin sentido con Tinder. Hoy, a pesar de la lluvia, salí a correr, sin reloj, a donde me llevaran los pokemones. Y gracias a eso, no fue un día perdido.

Los enemigos de lo sano

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Siempre que queramos hacer un bien, alguien intentará —con el mismo entusiasmo— demostrar que estamos equivocados. Algo así dijo Newton en su tercera ley, la de la “acción y reacción”: Si un cuerpo actúa sobre otro con una fuerza (acción), este reacciona contra aquel con otra fuerza de igual valor y dirección, pero de sentido contrario.

Desde hace más de seis años que empecé a escribir este blog, donde me dediqué a investigar qué era lo mejor para mi cuerpo. De una vida sedentaria pasé a una activa, así que estuve de los dos lados como para dar fe de cuál es el camino más saludable. No me considero un especialista, pero sí puedo defender mi postura utilizándome como ejemplo (después de todo, fui mi propio conejillo de indias). Cuando empecé tuve muchos desmotivadores, o enemigos de lo sano. Me decían que estaba loco hasta que me iba a hacer mal (porque correr y comer en forma saludable, para mucha gente, es un riesgo para la salud).

¿Por qué hay gente que necesita demostrar que los cambios son malos y que la gente con hábitos saludables son infelices? Es difícil saberlo. Quizá tenga que ver con que necesitan reafirmar que sus elecciones son las correctas. “¿Por qué decís que tomar gaseosa es malo? Mi nutricionista me dijo que podía tomar una botella de medio litro por día”. “¿De dónde sacaste que la leche hace mal a los huesos? ¿Con qué la vas a reemplazar?”. “Todos los extremos son malos”. “Lo mejor es comer de todo un poco” (y nunca toca una ensalada).

Me he topado con muchas discusiones parecidas. Aparentemente si uno tiene una opinión de un profesional, como un nutricionista, se puede desarticular cualquier argumento. No hay una realidad, y quizás el huevo sea nutritivo (después de todo, muchos animales los comen), pero que un especialista considere que se puede comer uno por día, no quiere decir que no haya otro que considere que es demasiado. Lamentablemente la nutrición tiene tantos intereses creados y tantos años de no cuestionar nuestro menú, que lo que hay son opiniones dispares. Uno elige a quién creerle, pero el problema está cuando uno insiste en que el otro elija lo mismo.

“Comete un asado y sé feliz”. Lo escuché unas cuentas veces. ¿Tan poco vale la felicidad? ¿Una comida? Para mí la felicidad es mi superación personal, y para eso no necesito un asado, sino hábitos saludables, entrenamiento y paz mental. Si un choripán me diese todo eso, probablemente lo comería. Pero tengo la firme convicción de que va mucho más allá.

A fin de cuentas, de nada sirve tener el permiso de un nutricionista para tomar Coca Cola, la opinión de un profe de gimnasio que cree que la creatina de suero de leche es lo mejor para formar músculo, o un primo vegetariano con problemas cardíacos para demostrar que hasta la gente sana tiene problemas de salud. Lo que sirve es elegir un camino donde podamos desarrollar todo nuestro potencial (y nunca va a ser el camino más cómodo). Seguramente con nuestro ejemplo inspiremos a mucha gente… y asustemos a otras , que intentarán convencernos de que no tenemos que salir de la media.

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