Cómo transformé mi abuso en motivación

Cómo transformé mi abuso en motivación

Me gustaría, pero no puedo elegir no haber sufrido abuso sexual de chico. Pasó y tengo que lidiar con eso. Lo que sí pude hacer fue transformar mi trauma en motor de cambio.

Hace unos días leí un artículo en Infobae sobre Andrea Mila, activista contra la prescripción de delitos sexuales, quien sufrió abusos por parte de su hermano mayor. Siendo adulta, en un comienzo, no pudo avanzar con su denuncia por la proscripción del delito, pero eventuales cambios en la legislación (lo que se llamó “Ley de respeto a los tiempos de la víctima”) le permitieron seguir adelante.

En su historia encontré algunos puntos en común con la mía. Escribí a La Red, organización donde trabaja, y sorpresivamente ella misma me respondió. La conclusión de esa charla fue que uno debe transformar lo que vivió en motor para ayudar a otros. La verdad te libera, y posiblemente empiece a liberar a quienes todavía no pudieron expresarse.

En 2011 fui a correr desde Atenas hasta Maratón. Fue una promesa personal, ya que había pasado 52 semanas escribiendo en este blog sobre mi nuevo compromiso con el entrenamiento y la alimentación, y los cambios que habían ocurrido en mi cuerpo y mente. El broche de oro era correr por el sendero que había dado origen a la mítica maratón (42 km 195 metros). Lo hice y sentí un alivio muy grande… pero me quedaba una cosa pendiente. En 52 semanas había escrito sobre todo lo que había vivido, esquivándole siempre a un tema que cada tanto aparecía en el fondo de mi cabeza: la historia de mi abuso. Cuando sentí que todas mis metas estaban cumplidas, entendí que era hora de afrontarlo, y escribí esta entrada: Mi miedo a las arañas. Ahí conté cómo había sido abusado sexualemente por Mariano Donaldson, amigo de la familia, mientras dormía o a través de juegos supuestamente inocentes.

A pesar de aquel importantísimo paso que di,  me las ingenié para no mencionar que también había sido abusado parte de Lucas, mi hermano mayor. Cuando leí la historia de Andrea entendí que nunca iba a ser del todo libre hasta que pudiese contar contar la verdad completa.

Durante las décadas en que reprimí mi abuso, me convencí que era un completo inútil, incapaz de cumplir sus sueños. Buscaba constantemente afecto porque no tenía aprecio por mí mismo. Todo lo que me daba miedo me paralizaba, desde las arañas (representación de manos que se acercaban a tocarme) hasta enfrentar conversaciones incómodas. Odiaba que me tocaran mientras dormía. Pasé situaciones muy desagradables entre amigos, cuando me sacaban fotos mientras estaba dormido, algo que a ellos les parecía muy divertido y que a mí me generaba muchísima angustia. Entendí las pesadillas recurrentes, por qué hablaba en voz muy baja, mi tartamudez cuando estaba enojado o nervioso, y por qué me costaba sostener la mirada, tanto la ajena como la mía en el espejo. Durante mi adolescencia, si una chica me gustaba, me era imposible decírselo, solo podía aspirar a espiarla mientras se cambiaba: lo que fuera para no tener que hablar, no tener que mirar a nadie a los ojos y no sobresalir.

Un día me desafié a hacer todas esas cosas para las que no me creía capaz. Decidí salir a correr y cambiar mi cuerpo, que me desagradaba. Me comprometí a correr una maratón, algo que me parecía entre lejano e imposible. Cuando lo logré, decidí explorar un poco más mis límites y desafiarme a correr el Spartathlon, los 246 km que unen Atenas con Esparta. Me tomó tres años desde que me lo propuse hasta que lo hice, pero esa autopromesa había sido hecha cuando jamás había corrido más que 42 km. Todo empezó con esa sensación de que era un inútil y de que nunca iba a lograr cumplir mis sueños. Mi baja autoestima, consecuencia directa de haber sido abusado varias veces por dos amigos (Mariano y Lucas), me había impedido disfrutar de relaciones, desarrollarme con normalidad y ser feliz conmigo mismo.

¿Por qué un niño no cuenta sobre su abuso? Al igual que en la historia de Andrea, nunca recibí una amenaza para no contar sobre los juegos de la “estatua”, donde el desafío era quedarme quieto mientras me manoseaban y me apoyaban un pene erecto en la cola. Tampoco me prohibieron compartir la vez que mi hermano me invitó a la bañera para explicarme cómo se hacían los bebés, que fue una excusa para enseñarme a masturbarme y que además lo hiciera frente a él. O cuando me metía un dedo en la cola mientras jugábamos a la lucha. Ni tantas otras cosas que me resultaban desagradables pero que callaba, como cuando cocinábamos juntos y me hacía probar las mezclas chupándole el dedo. No entendía por qué no usaba una cuchara, y aunque me daba asco, no podía contradecir a mi hermano mayor. Recuerdo que él decía “Tomá, probá”, y metía su dedo en mi boca. Yo hacía el esfuerzo por lamer la mezcla sin tocar su índice.

Pude hablar de mi abuso en terapia, pero al principio elegí no hablar de Lucas. Pasaron muchos años hasta que mi admiración por él empezó a caerse. No casualmente fue el mismo año en que completé el Spartathlon. Yo estaba en mi pico de autoestima, y él había decidido hostigar públicamente a mis padres por cualquier cosa, culpándolos de todo lo que lo le funcionaba en su vida. En ese entonces, él y yo trabajábamos para una ONG por los derechos de gays y lesbianas. Su expareja tenía un cargo importante en ese organismo, y Lucas comenzó un raid destructivo, acusándolo de haberle robado y extorsionando a la comisión directiva para que le den dinero. La imagen de mi hermano brillante, talentoso, un activista por la igualdad de derechos, se hizo pedazos. Empezó a morder la mano de los que le daban de comer y a torturar a mis padres. Un día dije basta, lo eliminé de mis contactos, y le escribí a la comisión directiva para contarles mi verdad. Fue la primera vez que lo puse por escrito: “Mi hermano no es ninguna víctima. Siendo un niño él abusó de mí, y está empecinado a destruir a quienes siempre lo cuidaron”. Les propuse testificar en su contra si avanzaba su amenaza de una demanda judicial.

Ese fue el final de mi relación con Lucas, quien por supuesto cesó con sus amenazas a la ONG. ¿A quién culpó de mi carta a la ONG? A mis padres, claro. También intentó hacerlos responsables de los abusos (a mí, a otro de mis hermanos, a primos), porque ellos estaban “ausentes”. El año anterior a mi propia boda, él se fue a vivir a Noruega. Fue un alivio inmenso para mí saber que está muy lejos. Todavía les manda mails a mis padres intentando torturarlos emocionalmente. Les sugerí dejar de leer sus mensajes y afrontar la realidad de que Lucas quiere ser una víctima y decirle a todo el mundo que su familia lo rechazan. La verdad, a la que él nunca se podrá enfrentar, es que nunca va a poder hacerse cargo de sus actos.

Y así llegamos al día de hoy, donde todavía siento la angustia y las secuelas de haber sido abusado. Es algo que te acompaña toda la vida, pero que cede cada vez que uno hace escuchar su voz. En una reunión de amigos hice público mis abusos y cómo había logrado transformar eso en la motivación para correr ultramaratones. Seguidamente, una amiga contó que también había sido abusada de niña. Duele revivir tu historia y escuchar que alguien pasó por algo similar, pero hay un alivio muy grande en darte cuenta de que hablar ayuda a que otras personas puedan hacerlo.

Siento mucha pena por mis padres, que no pierden las esperanzas de recuperar a aquel hijo que decidió distanciarse su familia. Pero entendí que la relación entre ellos no tiene nada que ver conmigo.

Mi vida cambió radicalmente cuando decidí enfrentar a los miedos que me paralizaban. ¿Creen que no me da pánico haber escrito todo esto y estar a punto de subirlo a internet? El corazón se me acelera y me está costando tipear con mis manos todas transpiradas. Pero hay miles y miles de excusas para quedarse quietito, callado, sin sobresalir. Es lo que hice casi toda mi vida. Al principio me costó muchísimo hacer lo contrario a lo que me indicaba el miedo, pero cada esfuerzo te fortalece, al igual que cualquier ejercicio. Con el tiempo, todo se va haciendo más fácil. Todo.

Uno es el único obstáculo para cumplir nuestros sueños. Nos encantaría elegir olvidar o no haber pasado por lo que nos lastimó, pero la única alternativa que existe es la opción de fortalecernos. Y para eso hay que dar el primer paso, que es afrontar la verdad

Así fue que recuperé el control de mi vida y me di cuenta de que nada más que yo mismo me limitaba a cumplir mis sueños. No existe la opción de no haber pasado por lo que pasamos, pero sí la de hacernos más fuertes.

Cómo completar Patagonia Run 2018

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De los errores se aprende, incluso de los ajenos. A fuerza de sentir hambre, deshidratación, agotamiento, hipotermia, dolores, y un desamparo que me convirtió, brevemente, en el corredor más religioso del planeta, pude ir aprendiendo y ajustando mi estrategia para la Patagonia Run. Y así y todo, abro con una conclusión que puede resultar pavorosa: nunca se termina de aprender.

Patagonia Run es una de mis carreras favoritas del año, no solo por estar enmarcada en un paisaje increíble y tener la mejor organización que vi en mi vida, sino porque me permite estar constantemente desafiando mis límites.

La carrera transcurre en la geografía de San Martín de los Andes, una ciudad en la provincia de Neuquén, próxima a Bariloche. Se corre a principios de Abril, y lleva gente de todo el mundo. Tengo la suerte de correrla ininterrumpidamente. Mi debut fue además mi primera ultramaratón: 100 km (2012). Luego participé en 65 km (2013), volví por la revancha de los 100 km (2014), y comencé el lento ascenso cada vez que aumentaban la distancia máxima al correr 120 km (2015), 130 km (2016) y 145 km (2017, esta con abandono en el km 119 por deshidratación extrema e hipotermia).

Para la edición de 2018 las distancias oficiales son 10, 21, 42, 70 y 100 km. Además, es el debut de las 100 millas, que equivalen a poco más de 160 km. Quizá mis consejos se apliquen más a las distancias de ultramaratón, porque son las que van a lidiar con varias horas de noche y, consecuentemente, de frío. Las otras categorías podría englobarlas en un único consejo: disfruten (todo lo posible), porque no tienen idea lo mal que la va a pasar el resto.

Entrenamiento: Los cerros Chapelco, Colorado, Centinela y Quilanlahue son absolutamente realizables, pero de nada sirve si solo estamos corriendo en calle. Hay que trabajar mucho las piernas: progresiones, cuestas, escaleras y saltos. También circuitos de fuerza para el tren superior: brazos, hombros y espalda, para tolerar el peso de la mochila y los los bastones (son tantos los ascensos que difícilmente puedan guardarlos, por lo que quizá tengan que llevarlos en la mano de principio a fin).

Alimentación: El consejo más importante de todos es comer sin hambre y beber sin sed. La demanda energética es muy alta, no solo por el esfuerzo, sino que el frío hace que el cuerpo necesite más calorías para mantener su temperatura. Conviene automatizarse para beber, ya que sentir sed es un signo de deshidratación y queremos anticiparnos. La comida tiene que ser todas cosas que nos hayan funcionado antes y de fácil digestión. Las ultramaratones de montaña dejan poco lugar al margen de error, y un alimento que nos caiga mal nos puede dejar afuera.

Estrategia: Decidir de antemano qué y cuándo vamos a comer y beber. Tener presente que hay tramos muy largos y la comida de los puestos va a ser insuficiente. Por ejemplo, cruzar el Quilanlahue puede tomar un mínimo de 3 horas. Si salimos del puesto anterior sin líquido suficiente en la mochila, la vamos a pasar muy mal.

Bolsa de corredor: Patagonia Run cuenta estos “drop bags” donde uno puede dejar lo que quiera (ropa, comida, equipo). Esto ocurre en los puestos del Colorado (por el que se pasa dos veces) y el Quechuquina. Se comenta que agregarían uno para las 100 millas en el km 58. ¿Qué dejar aquí? Comida que sabemos que vamos a necesitar después, abrigo extra, pilas para la linterna. Yo dejo muchas medias, para ir cambiando las mojadas que llevo en la mochila (se cruzan muchos arroyos). También dejo una bolsa vacía para ir dejando la ropa transpirada. ¿Qué no dejar? Los bastones. Aunque no lo crean, hay gente que los deja para más adelante, sufriendo las interminables y empinadas cuestas.

Horarios: La organización entrega en el número de corredor un gráfico con los puestos, las distancias entre sí, las cumbres y los horarios de corte. No hay que desesperarse, pero tampoco subestimarlos. Por eso conviene frenar el tiempo absolutamente necesario. En 2017 estuve 50 minutos en el Colorado 1, lo cual lamenté cuando el apuro por no quedarme afuera hizo que descuidara toda mi estrategia y terminara deshidratado y con hipotermia (por no querer perder tiempo cambiándome la ropa mojada). No es fácil, en montaña, anticipar cuánto vamos a tardar de un puesto al otro, así que conviene calcular de más.

No subestimar al frío: Estadísticamente, Patagonia Run es una carrera donde hace bastante frío, sobre todo a la noche y en las primeras horas de la madrugada. Tuve una edición (2015) donde hizo mucho calor. El pronóstico indicaba 24 grados durante el día, así que dejé mi campera de abrigo en casa. Lo lamenté muchísimo a la madrugada, cuando temblaba de frío. A veces queremos llevar lo mínimo indispensable en la mochila, y creo que es preferible cargar peso extra o tener calor a sufrir hipotermia. Uno puede desabrigarse, pero si no tenemos ropa extra, no hay nada que podamos hacer. Otro consejo: esas medias extra que llevamos en la mochila pueden servir de guantes en la subida al Colorado, donde se registran las temperaturas más bajas. Lo que vamos a necesitar proteger es el pecho, las manos y la cara (nariz y orejas).

Confiar: Es imposible adelantarse a todo. Murphy lo dijo, si algo puede fallar, seguramente falle. Entonces vamos a tener que improvisar. La preparación previa nos va a ayudar en esos momentos, pero lo último que tenemos que hacer es desesperarnos o tirarnos abajo. Algunas veces creí que no llegaba o que venía cerrando la carrera, y no era así. Mi cabeza intentó convencerme de que tenía que abandonar, pero aunque estaba agotado, mi cuerpo todavía podía continuar. No conocemos nuestros límites reales. El instinto de autopreservación nos va a intentar detener antes. Con abrigo adecuado, agua y comida, todos son capaces de llegar a la meta.

Etiqueta del corredor: Esto no nos va a ayudar a terminar la carrera, pero sí a ser un buen ejemplo. Cuando uno quiere pasar a un corredor que está adelante nuestro, conviene avisar antes de pasarlo por encima. Por ejemplo, “paso por tu izquierda”, para que sepa por dónde vamos a aparecer. Los bastones siempre tienen que ir hacia afuera del camino cuando estamos en el llano, para que si alguien nos pasa por el costado no se los clavemos en los tibiales. Y los corredores no son puntos de apoyo. Si queremos rebasar a alguien, no hay que apoyarse en él, ya que existe la posibilidad de que le hagamos perder el equilibrio. Esto me pasó, corriendo junto a un acantilado, y podría haberme matado. Bueno, supongo que si nadie nos arroja al vacío, ayuda a terminar la carrera.

Lo que no sabías sobre la mente de los corredores

Lo que no sabías sobre la mente de los corredores

Existen dos mentes. Una es el cerebro en sí, la parte central del sistema nervioso de los vertebrados, donde el hemisferio izquierdo le indica al pie derecho que avance, y todo ocurre a través de una complejísima red de tejidos nerviosos.

Otra es la parte intangible, esa voz que suena en nuestra cabeza y, al menos en mi caso, reprueba más de la mitad de las decisiones tomadas. Prefiero hablar sobre esa mente, la que quizá no sabías que se puede entrenar, fortalecer y mejorar.

Los corredores somos capaces de todo lo que nos propongamos, dentro de los límites reales de nuestras capacidades. El tema es que, justamente, la mente siempre se detiene antes. Si decidimos correr nuestra primera maratón y esa vocecita decide que es demasiado esfuerzo, nos vamos a quedar antes de la llegada, convencidos de que nuestro cuerpo no daba para más. Y seguramente el 99% de las veces estábamos equivocados, pero nunca podremos saberlo. La duda nos carcomerá el resto de nuestra vida. El corredor que nunca se preguntó “¿Y si hubiese seguido?” debería ser encerrado en un laboratorio para que le realicen exhaustivos análisis.

Adentro de la mente de un corredor, durante una competencia, pasan millones de cosas. Así como Ricardo Montaner cantaba sobre una mujer que era “enfurecida y tranquila”, el hecho de correr nos da mucha paz, pero a la vez angustia. Disfrutamos de no pensar en nada, de relajarnos y poner la mente en blanco, a la vez que repasamos si estamos pisando bien y cuándo llega el siguiente puesto de hidratación. Es una calma total mientras cantamos por dentro nuestra canción favorita. Una. Y otra. Y otra. Y otra vez.

(Scott Jurek le recomendaba a los ultramaratonistas que, si se les pegaba un tema, mejor que sea uno que les gustara porque los podía acompañar durante horas).

La mente es inflexible y a veces injusta. Nos obliga a identificar todo lo que hicimos mal y nos tortura imaginando lo bien que nos podría haber ido si no nos hubiésemos equivocado… pero, ¿nos permite ver nuestros aciertos una vez que cruzamos la meta? Al corredor le resulta más fácil ponerse en juicio y aprender (lo cual tampoco está mal), pero a la vez se le olvida rápidamente todo ese conjunto de cosas que hizo bien. Ese pie bien puesto, la comida justa, la hidratación adecuada… todo queda relegado por la alegría de la llegada, lo que otorga una seguridad que, en la siguiente carrera, puede transformarse en exceso de confianza (y en un nuevo error).

¿Cómo se ejercita la mente? Hay una sola cosa que podemos hacer: salir de nuestra zona de confort. ¿Cómo prepararnos para la inseguridad que nos da el dolor físico y el cansancio extremo? Entrenando más allá de nuestra comodidad. El corredor que sufre en el kilómetro 30 debería, como mínimo, entrenar 5 mil metros más que eso. La mejor forma de apagar esa voz que dice que no podemos hacerlo es hacerlo de todas maneras.

El corredor a veces se equivocará. Sucumbirá ante la presión autoimpuesta. Se le pegará una canción horrible durante toda la noche en una ultramaratón. Repasará las tareas pendientes que tiene que hacer el lunes aunque se juró no pensar en trabajo. Pero si no abandona en sus intentos y vuelve por más, será un poco más fuerte. Aunque no lo note al principio. Un día podrá mirar atrás y se dará cuenta de que esa vocecita que le decía que no podía, un día dejó de criticar y empezó a alentar.

100 días

100_dias

2810 kilómetros es lo que registró mi reloj Suunto como todas las actividades del año. No es un dato exacto, ya que alguna vez olvidé mi reloj al salir a entrenar, y en otras llegué a la meta y olvidé apagarlo (con lo cual terminé sumando un viaje en auto a una pizzería, por ejemplo). Pero me queda una sensación certera: siento que podría haber sido más.

Ese inconformismo me caracteriza. Es tanto un aliado como un peso enorme. Por un lado, reconozco que hay que ser muy terco para correr ultradistancias y por el otro me gustaría decir que estoy conforme y que es hora de colgar los botines (las zapatillas). No, no pienso en abandonar el running. Por algo estoy escribiendo esto después del Día de los Inocentes, para que no parezca una broma.

Mi vida cambió mucho con el correr de los años. Este blog era algo central en mi fin de año de 2010. No actualizarlo era algo terrible que ni se me cruzaba por la cabeza. Hoy no encuentro el espacio para sentarme media hora a escribir. También es algo que me pesa y que debe tener que ver con el inconformismo.

Como quiero evolucionar y dejar de sentir que “no es suficiente”, se me ocurrió que lo mejor era darle un cierre a mi etapa de “blogger”. No hoy, sino en unos 100 días, cuando esté escribiendo mi reseña de las 100 millas de Patagonia Run. Esta distancia fue una suerte de cuenta pendiente cuando me inscribí en La Misión y tuve que abandonar. Hoy me siento mucho más preparado, y es una buena excusa para escribir la última entrada de Semana 52.

Me encanta correr y me encanta escribir. Son dos cosas que no me gusta hacerlas a medias, y que me da culpa cuando las dejo de lado. No creo que deje la escritura, sino simplemente quiero cerrar un capítulo de mi vida. Estoy dejando de lado el que podría ser el verdadero motivo, y que es que Semana 52 nació en el seno de un grupo de entrenamiento donde ya no estoy, rodeado de personas que ahora están lejos. Todavía sueño, de vez en cuando, que vuelvo y que me están esperando con los brazos abiertos. Que las diferencias quedan de lado y que no hace falta que nadie pida permiso ni disculpas. No puedo decir que me mudé a Brasil por esto, pero sin dudas fue el impulso que necesitaba para ponerlo en marcha.

Entonces, aunque Semana 52 fue enteramente mío y me acompañó en un crecimiento personal que nunca hubiese imaginado, lo sigo sintiendo ligado a una etapa de mi vida que ya no existe más. Quizá parte del proceso del luto sea cerrar el blog. Por eso es que le pongo punto final en abril de 2018. Veremos qué nos depara el cuatrimestre que queda, cómo preparo esta magnífica (y dificilísima) carrera, y averiguo qué viene después.

Gracias a todos por leer y por estar.

El Ultra Desafío 246 km (segunda parte)

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Cuando escribí el post anterior, hace más de un mes, no imaginé que habría una segunda parte. Pero la vida te da sorpresas (y algunas veces es uno el que tiene que sorprenderse a sí mismo).

Primero, algunos contextos: Nací el 17 de diciembre de 1977. Por algún motivo que se desentrañó varias veces en este blog, me gusta correr. No me asusta el paso del tiempo, pero cumplir 40 años, viviendo en otro país, era extraño. Quería pasarlo con mi familia y amigos, pero acababa de viajar a Buenos Aires. Luego de consultarlo con mi consciencia (o sea, mi esposa), vi que sacar dos pasajes en 18 cuotas era viable. Entonces, con mi cambio de década acercándose y una visita a Argentina en carpeta… ¿por qué no aprovechar para correr?

Antes de hacer el Ultra Desafío, conocimos la historia del gran ultramaratonista Adalberto Maidana, quien en Noviembre de 1988 había intentado unir la Plaza del Congreso (donde está el mojón del km 0) con San Nicolás, en un recorrido inverso al que habíamos intentado. La narración que hace en primera persona es apasionante, y quizás aproveche alguna oportunidad para compartirla. Diversas circunstancias y errores lo llevaron a abandonar en el km 130, y en febrero de 1989 volvió a ese punto para completar lo que le faltaba. Entonces, casi inmediatamente a que decidí visitar Buenos Aires para mi cumpleaños, se me ocurrió… ¿qué tal si le copiamos la idea a Adalberto y completamos nuestra carrera?

El tema no era solo el capricho de completar los 246 km (de los cuales nos faltaban, en teoría, 101), sino que aquel sábado a la medianoche conocí otros ultramaratonistas, y la verdad es que no conozco casi corredores de esta exigencia. Sí, tengo amigos con los que hemos compartido ultramaratones, pero fueron de montaña. Aquello de correr en una calle durante horas y horas no pude experimentarlo muchas veces. Y se crearon nuevas amistades… ¿cómo no querer volver a compartir una carrera en la ruta?

Cuando consulté si había interesados en completar el Ultra Desafío, sabía que lo más importante era contar con Horacio, quien coordinó a los asistentes y que tenía muy en claro cómo eran las paradas. Podíamos ser mil ultramaratonistas yendo de la mano, pero sin él, no llegábamos. Por suerte fue de la partida, y de los 11 que salimos de San Nicolás, la agenda (y sus piernas) le permitió participar a 5 corredores (incluyéndome a mí). Lo curioso fue que la única fecha en que podíamos largar era el sábado 16 de diciembre… y al día siguiente era mi cumpleaños.

Debo admitir que me parecía una forma original de festejarlo. La idea era largar desde la misma estación de servicio donde se canceló la carrera, llamada kilómetro 103. Era a la misma hora, a las 9 de la noche. No me preparé con la misma intensidad y miedo que un mes antes. Hacer 101 kilómetros no me daba tanto miedo. Igual tuve a favor todo lo que había aprendido en el intento de noviembre. Por ejemplo, lo fantástico que me había resultado el cous cous como comida de marcha.

Salimos estos nuevos cinco amigos, comandados por el spartatleta Leo Bugge. Ahí estaban Ale Fasano, Fabián Frade y Germán Efler, ¡todos en el ranking de la asociación de ultramaratonistas argentinos! Me sentía jugando en primera. El cielo era un sinfín de relámpagos y rayos que cruzaban de un lado de la colectora al otro. Creo que teníamos más miedo de morir electrocutados que por el cansancio.

Hacia las 11 de la noche, cuando íbamos 20 kilómetros, se largó un diluvio de lo más impresionante. Había mucho viento, así que llovía de costado, y el agua se me metía directamente en el oído. Me cubrí con un buff las orejas y avancé con optimismo. La intensidad bajó a una lluvia moderada, y así llegué a las 12 de la noche, comenzando mi cumpleaños corriendo.

Prácticamente llovió sin parar durante 4 horas. Cuando empezó a amanecer, levantó la temperatura y el calor era insoportable. Nos desabrigábamos mientras de algunos boliches de esos parajes remotos la gente salía de bailar. Duró poco, porque lo que había pasado era que había dejado de soplar el viento. Cuando volvió, de nuevo empezamos a temblar de frío. No me desabrigué casi por el resto de la carrera.

Es muy extraño poder describir ahora, una semana después de haber corrido, lo que se siente estar tantas horas corriendo. Uno ingresa a un estado zen, de equilibrio y disfrute, incluso cuando los músculos gritan de dolor y la panza se revuelve por el esfuerzo de digerir mientras corremos. Esa paz que tiene la ruta, la sensación de compañerismo, el estar con TU gente… es maravilloso. Me gustaría recomendárselo a todo el mundo, pero no tengo idea de cómo se traslada correr una ultra con amigos a otros ámbitos de la vida.

Para todos tuvo gusto a revancha. Para mí fue el mejor cumpleaños que podría haber deseado. Cada tanto actualizaba mi Facebook para que mis amigos y familia sepan dónde estaba. En la colectora de Panamericana, altura Acassuso, se sumó mi amigo Juan Pablo, quien fue a “probar” y terminó llegando por sus propios medios al obelisco. Nosotros ya sabíamos que llegábamos. Nos pusimos algunos objetivos intermedios como Zárate o Pacheco, pero sin el frío espantoso que había hecho el mes anterior y con el equipo de asistencia de lujo de Horacio y Patricia, nada nos podía detener.

Por la colectora de Panamericana terminamos llegando a Avenida del Libertador, una calle por la que corrí muchísimo en mis fondos más largos. Me sorprendió una molestia en la cadera derecha, como un pinchazo que se hacía presente cada tanto. Intenté no perder la calma, como dije, nada me podía detener.

Al principio permanecíamos bastante unidos, pero ya acercándonos a Capital nos fuimos separando. En Palermo nos juntamos, justo en un cartel que indicaba que faltaban 5 km hasta el obelisco. Esa era una confirmación a nuestras sospechas: la distancia daba más de 101 km. Llegamos finalmente a la 9 de julio, y a alguien se le ocurrió desafiarme a correr esa calle en subida, una cuesta importante cuando se tienen más de cien kilómetros encima. Como no sé achicarme cuando me mojan la oreja, sin chistar subí al trote.

La llegada al obelisco fue muy emocionante. Ahí nos esperaban familiares y amigos. Luciane, mi mujer, traía mi torta vegana para quien fuera lo suficientemente valiente. También ahí recibí una bandera de argentina firmada por mis compañeros de ruta como regalo de cumpleaños (para alguien que se fue a vivir al exterior, esto tiene un valor todavía más grande). Me hicieron brindar con cerveza negra, la cual no desprecié por respeto a mis compañeros (pero era muy amarga para mi gusto). La emoción era tan grande que no quería que esa llegada se terminase.

Pero, como todo lo bueno, las cosas llegan a su fin. Cada uno partió hacia su casa, para un merecido descanso luego de 14 horas corriendo. Creo que los que hicieron el mayor esfuerzo fueron Horacio y Patricia, manejando y frenando cada 5 kilómetros para asistirnos.

Fue una jornada de lujo, aunque mi viaje se vio un poquito opacado por el paro de transportes, que me obligó a quedarme en Buenos Aires dos días más (con mucha angustia por haber dejado a mi gato solo en casa).

Dicen que la vida empieza a los 40. Yo lo empecé de la forma que más me gusta: corriendo. Y encima una ultramaratón. Es difícil que vuelva a hacer algo así, y me gusta que me haya pasado en un número tan alto como el 40. Siendo que corrí con algunos que promediaban los 50 años, siento que me quedan muchos años más coqueteando con los límites.

El Ultra Desafío 246 km

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“A veces se gana, siempre se aprende”. Esta es la frase que estuve diciendo con cierta insistencia durante las últimas 48 horas. Pero… ¿qué es ganar?

Uno podría asumir que el triunfo radica en, por ejemplo, proponerse estar en la largada de una ultramaratón y llegar a la meta. Creo que ahí nos quedaríamos cortos, porque ganar no es eso, sino superar los límites, resolver, aprender. Todo el que escuchó en su cabeza “No puedo más” y siguió, venció una batalla interna.

El viernes a la noche llegamos algunos corredores a San Nicolás, preparados para enfrentarnos a los 246 km que separan a esta ciudad del Obelisco. A pesar de que habíamos estado viendo el pronóstico del tiempo, nos sorprendió el frío, un clima inusual para Noviembre. La cena fue en una pizzería, un par de horas antes de la largada de medianoche, y yo no paraba de temblar. Me abrigué, sabiendo que cuando saliésemos a la ruta el frío se iba a sentir todavía más.

Corrí casi toda la carrera junto a Leo Bugge, el ideólogo del Ultra Desafío, y con quien compartimos ser finishers del Spartathlon en 2014. Resultó un compañero ideal, que escuchaba a todos y acompañaba. Yo soy pésimo para ubicarme, y me gustaba tener a alguien a mano que conociera la ruta y en quien poder apoyarme.

Es difícil narrar una carrera de 21 horas sin que le tome al lector la misma cantidad de timpo leerla, porque las palabras son limitadas para reflejar todo lo que se vive ahí. Hubo un compañerismo conmovedor, tanto entre los corredores como de parte de los voluntarios que nos daban comida, bebida, aliento y hasta algunos masajes. Hubo un perro, al que apodamos Ultra, que corrió 60 kilómetros con nosotros. Tuvimos que defenderlo constantemente de otros perros que salían a atacarlo. Recién cuando salió el sol y estuvo un par de horas en el cielo pudimos dejar el abrigo y correr en remera. El recorrido, por colectora, era muy cómodo de transitar, pero ciertos tramos cortos por banquina eran terroríficos. Algunos intentaban dormir cinco o diez minutos en los puestos, y cuando se escuchaba la amenaza de abandonar, el resto sacaba alguna frase de la galera para incentivar a seguir peleándola. Fuimos 11 corredores, con once historias que ninguna entrada en ningún blog les haría justicia.

En lo personal me sentí tan bien que me sorprendió. Quizás algunos no tengan presente que hace dos meses salió a la luz una lesión en mi banda iliotibial, algo que fui cultivando en base a malas decisiones: calzado inadecuado, mala hidratación y una alimentación poco nutritiva para un ultramaratonista. Decidí replantear todo, aunque fue muy sobre la fecha de la carrera. Me compré zapatillas para pronador, inicié una rutina de rehabilitación con el fisioretapeuta Edson Mendoça y un plan alimentario con su esposa, Ana Paula Santos. Como terminé entrenando la mitad de lo que quería, llegué al Ultra Desafío con el objetivo de alcanzar la mitad de la carrera: 123 kilómetros.

Aunque tenía mi rodillera y un analgésico en crema, no lo necesité. Debo confesar que me di una inyección de Oxa B12 por miedo a sentir dolores. Aunque tuve algunas molestias menores, lo atribuyo a la intensidad de la carrera. Hoy, 24 horas después, solo siento el entumecimiento y las contracturas típicas de cualquier ultramaratón.

Creo que el plan alimentario fue clave. Me sentí con energía todo el tiempo, sin molestias estomacales. No tuve necesidad de dormir, y reconozco que me convertí en el pesado que se quejaba de que estábamos descansando demasiado en los puestos y arengaba a salir. Caminé más por acompañar que por necesitarlo. Tan bien me sentí que pasé de tener el objetivo de llegar a la mitad a armar la estrategia para completar los 246 km en menos de 36 horas.

Pero eso no sucedió. Comenzamos siendo 11 corredores (el perro no cuenta) y con el paso de las horas fuimos sufriendo las bajas. Se armaron dos pelotones, uno adelante y otro atrás, con algunos ultramaratonistas que se alternaban entre uno y otro. Un grupo de autos se turnaba para asistirnos (era una bendición cada vez que los veíamos esperándonos), y a veces se convertían en los rescatistas de un atleta que había llegado a su límite. El frío fue sin dudas lo que frenó a la mayoría, en otros el sueño. Ninguno de los que estaba ahí era un improvisado en las ultras.

Intenté ser el tipo optimista que alienta, pero en un momento tuve que decir lo que realmente estaba pensando. Mientras corríamos con Leo, instantes antes de la segunda noche, le dije mi mal presagio: “Creo que esto se está convirtiendo en una competencia a ver quién llega más lejos”. La mitad ya había abandonado, y abrigados con lo que teníamos (la ropa de la noche anterior estaba toda mojada) llegamos al puesto del kilómetro 145 solo tres corredores, con un cuarto que había abandonado dos kilómetros antes. Pero solo estábamos Leo y yo en condiciones de seguir. Por primera vez en casi 40 horas me tiré a dormir, tapado con una frazada. Al despertarme cinco minutos después, el Ultra Desafío se había suspendido oficialmente.

Los motivos eran tan válidos que nadie podría haberlos cuestionado. Quedaban 100 kilómetros, al menos 9 horas de oscuridad, frío, viento, y no teníamos ropa de abrigo seca para encarar ese tramo. Podíamos haber seguido, si eso de terminar internados en el hospital con hipotermia no hubiese sido un problema para nuestras esposas.

Sentí un poco de alivio. Más que nada porque me conmovió el dolor de muchos corredores que habían abandonado, y sentí que eso les iba a reafirmar que esta prueba fue extenuante para todos, muy difícil, y que no fueron los únicos en llegar a su límite. Creo que la organización también aprendió mucho de la experiencia. La intención de correr durante dos noches para que el calor no fuese un problema, terminó convirtiendo a la carrera en una misión imposible. Sí, con abrigo adecuado quizás alguno hubiese alcanzado el objetivo de alcanzar la meta. Pero, ¿quién se abriga a mediados de Noviembre? Fue una suerte haber llevado una remera térmica y un chaleco de polar, que estaba seguro de que no iba a necesitar.

La asistencia fue impecable. Si bien llevé mi propio alimento que repartí en dos coches, había comida suficiente para sostener a cualquier corredor vegano. Dejé de lado mis convicciones antiazúcar y consumí bebidas isotónicas auto de por medio, clave para mantenerme hidratado. No tengo nada que reprocharle a la carrera ni a mí mismo. Es la primera competencia que no completo donde siento que jugué bien todas las cartas que tenía en la mano.

Mi mudanza a Brasil hizo que no pudiese involucrarme en el proceso de creación de este  Ultra Desafío. A casi todos los participantes (atletas y asistentes) los conocí ahí mismo, en San Nicolás, pero nos unió la experiencia de correr juntos. En pocas circunstancias me he sentido tan bienvenido. Aunque ahora estoy un poco cansado y con ganas de volver a mi casa en Rio de Janeiro, ya estoy fantaseando con volver en Noviembre del año que viene y participar de una nueva edición. Ojalá se haga, porque todos ganamos y aprendimos algo. Nos merecemos hacer uso de la experiencia y las nuevas amistades para seguir superándonos.

Estrategia de ultramaratón

Estrategia de ultramaratón

No se puede completar una carrera, mucho menos una ultramaratón, sin una estrategia. A menos que tengamos la intención de ser Filípides y morir corriendo, claro está.

Voy a soltar algo así, casualmente, para que ustedes lo analicen en sus casas: a veces tenemos una estrategia, y no lo sabemos. No siempre vamos a competir rememorando lo que vamos a hacer en cada puesto o en cada situación inesperada. Sin embargo, la experiencia nos da esa ventaja de, por default, estar preparados. Si ya llevamos una botella con agua, un puñado de comida de marcha que nos gusta y un objetivo intermedio antes de la meta, entonces tenemos una estrategia que ya se escribió en algún lugar de nuestro cerebro.

Algo recurrente en las carreras es no saber qué hacer y sumarse al plan de otro. Generalmente es un desconocido al que vemos más entero y creemos que tiene la respuesta para sacarnos de nuestra penosa situación. Algunas veces puede salirnos bien, pero copiar el pan de un tercero no garantiza que funcione para nosotros.

Las estrategias de carrera son personales. Tienen que ver con la formación atlética de cada uno, sus gustos personales y cómo se encuentran en ese momento emocional y deportivamente. Hay algo común en todas las planificaciones y es que hay que alimentarse e hidratarse. Es imposible completar una ultramaratón si no se está muy pendiente de lo que entra en el cuerpo.

Después, cada uno escribirá su guion e intentará seguirlo al pie de la letra. En el caso del Ultra Desafío 246 km, como salimos a la medianoche, mi primer objetivo va a ser llegar al amanecer. No lo veo como algo difícil, porque vamos a estar frescos. Calculo que a unos 70 km de carrera ya vamos a estar disfrutando de la claridad. Mi segundo objetivo va a ser llegar al almuerzo, donde vamos a descansar un poco (objetivo bonus: poder seguir corriendo después de frenar y sentarme). El tercer objetivo, la cena, el cuarto volver a ver el amanecer, y el quinto llegar al Obelisco, como sea. No parece un objetivo demasiado diferente al que podría tener cualquiera de los otros corredores. En mi caso, lo más importante es que pase la noche, donde abundan los fantasmas mentales. Luego es cuestión de sostener y no aflojar.

Voy a intentar beber 600 cc de agua cada hora, comer todo lo que me indicó Ana, mi nutricionista, y no olvidar los consejos de postura y elongación de mi fisioterapeuta Edson Mendoça. Esa es mi estrategia, a grandes rasgos, y la iré puliendo durante la semana previa a la ultra.

Una pequeña ayuda en las carreras

Una pequeña ayuda en las carreras

El running es una de las pocas actividades que me vienen a la mente donde los que participan no les importa si llegan primero. Claro, hay tres o cinco que van adelante de todo donde eso sí les resulta imprescindible, pero viven una realidad paralela en la que no nos vamos a adentrar en este día.

El tema de la superación, y ser mejor de lo que fuimos ayer, es lo que cuenta. Y en las carreras te permiten alcanzar ese objetivo con ayuda. Si uno se tuerce el tobillo y no puede seguir por sus medios, otro corredor puede llevarnos andando, sin ningún riesgo de descalificación. Diferente es si alguien externo, que no está corriendo, es el que nos da esa ayudita. De nuevo, no se me ocurre otra actividad donde la colaboración con un tercero se permita y se incentive.

Siempre intento dar una mano en las carreras, ya sea compartiendo agua, alentando, sosteniendo un alambrado. Lo han hecho por mí alguna vez y me siento en la obligación a hacerlo. También he visto cómo algunos familiares y amigos ayudan a un competidor (algo que está en contra del reglamento), con actitudes que van desde alcanzarle una banana a subirlo a un cuatriciclo.

A veces esa ayuda que nos acerca a la meta es espiritual. ¿Quién no rezó en un momento de desesperación? Me recuerdo en varias competencias muy exigentes pidiéndole fuerzas a Dios, y de algún modo sentí que no me podía dar resistencia o fuerzas, porque esas eran cosas que ya estaban adentro mío.

Sin embargo, la ayuda externa que más impacta en nosotros, no llega durante la prueba, sino antes. Quienes nos apoyan en nuestros largos entrenamientos, los que acompañan desde el aliento o lo económico, ese profesional que nos ayudó en nuestra planificación nutricional, el fisioterapeuta que lideró nuestra recuperación… y todos los que aportaron consejos y motivación. Uno puede estar corriendo solo, pero llegar al día de la carrera implica el trabajo de muchas personas.

A dos semanas de los 246 km

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¿Sigue funcionando este blog? Aunque llevo más de un mes sin pasar por aquí sí, está activo y en mi cabeza constantemente.

Entonces, lo último que escribí fue sobre mi lesión, el 30 de septiembre. Desde entonces tuve que darme un baño helado de humildad y dejar de subir todas esas fotos en mi Instagram con los resultados de mis fondos. Venía bárbaro, metiendo más de 100 km por semana. Cometí el error imperdonable (para mí) de correr con zapatillas que me hacían pronar más de la cuenta, y de reemplazarlas por unas viejas y muy desgastadas. Tampoco me dediqué a fortalecer mi zona media ni me hidraté como debía, cosas que van colaborando con este tipo de lesiones en la banda iliotibial.

Así fue que tiré al diablo mi Excel con todos mis entrenamientos programados y empecé de nuevo, caminando. Compré un nuevo par de zapatillas, mucho más estables, una rodillera, y me armé de paciencia. No me bajé de los 246 km que voy a correr el 18 de noviembre, aunque lo empecé a sentir más lejano que nunca.

Edson Mendoça, mi terapeuta, me dijo que podía comenzar a trotar hasta 8 km, día por medio, porque esa era la distancia en la que me había empezado a doler. Después pasamos a trotar hasta una hora (entre 10 y 11 km). Me interioricé más en cómo recuperarse de una inflamación en la banda iliotibial, y recomiendan trotar si el dolor es de 1 a 3 en una escala donde 1 es una leve molestia y 10 es llanto desconsolado. A partir de ahí se podía aumentar entre 10 y 20% la distancia semanalmente, sin abusar de la rodillera para no atrofiar los músculos que buscamos fortalecer.

Con metas más humildes y ganas de mejorar, llegué a correr 20 km casi sin dolor, luego 30 km y el domingo pasado hice 41 km con nivel 0 de molestia. Hasta ahí todo bien, hasta que levanté una cama poniendo el peso en mis piernas, mientras el costado de la rodilla se apoyaba en una de las patas, y creo que esa combinación de esfuerzo y presión sobre la zona otrora lesionada me hizo doler (diría que nivel 4), y desde entonces (ya van 6 días), me duele cuando me toco (por lo que decidí no tocarme). No volví a correr desde entonces más que 20 km, sin molestia, pero con bastante miedo.

Claramente esto está teniendo un impacto anímico más grande que el que me permití admitir. No por nada mi poca actualización del blog pasó a ser una nula actualización, y hasta dejé de lado mi Instagram, que venía lleno de posteos en la semana.

Mañana, domingo, haría mi último fondo largo, porque no tiene sentido matarme a pocos días de correr, y para la ultra decidí que me voy a bajar cuando sienta un dolor nivel 5. No estoy para hacer la heroica, y prefiero pasar a asistir a mis compañeros que inmolarme. Dicho de otro modo, aunque vengo esperando este desafío desde hace un año, no estoy para empeorar mi lesión y no poder correr (ni caminar) en los próximos meses.

A pesar de que este posteo puede parecer un poco pesimista, ¿qué expectativas tengo? Qué bueno que lo pregunten. Quiero correr y quiero llegar. Hay un cuenco estilo griego de obsequio para quienes terminen, y lo necesito. Extraño muchísimo correr horas y horas. En mi entrenamiento no pude experimentar esto, pero confío en mi experiencia previa. Lesionarme y dar algunos pasos hacia atrás me hizo sentir más enfocado y comprometido con la carrera (a diferencia de cuando parecía un objetivo lejano en el tiempo). Se supone que algunos amigos van a acompañarme en el tramo final (no sé cuánto, ni si realmente lo harán), y solo esa posibilidad me dan ganas de llegar, al menos, hasta Escobar para verlos. Y voy a estar entre otros 11 ultramaratonistas, algunos finishers del Spartathlon, y me entusiasma mucho correr codo a codo con ellos y aprender de su experiencia.

En 14 días, a esta hora, estaré corriendo o me habré bajado para luchar otras batallas.

Lesionado

Lesionado

De algún modo los 30 de septiembre se la han arreglado para encontrarme afuera de Buenos Aires. Madrid, Río de Janeiro, Atenas…

Uno de esos días, en el año 2014, yo estaba justamente en Grecia, disfrutando de una merecida lesión en el Spartathlon, luego de haber corrido durante 36 horas (24 de ellas con un microdesgarro en el tibial derecho).

Hoy fue la llegada del Spartathlon 2017. Seguí a mis compatriotas en vivo, a través de las lentísimas actualizaciones de la página, y tuve el inmenso deseo de estar otra vez ahí. Lo curioso es que, al igual que hace tres años, ahora también estoy lesionado. No por correr 246 km, sino por hacer mucha menos distancia sin seguir los propios consejos que alguna vez escribí en este blog.

Actualmente estoy hidratando mal (por no decir que no estoy tomando agua) y elongando poco, además de que elegí mal mis zapatillas nuevas. Como me hacían pronar (doblar los pies para adentro), decidí volví a mi viejo calzado, que ya tiene un par de años y muchísimos kilómetros recorridos. Una mala hidratación y poca amortiguación al impacto es un cóctel explosivo que deviene, como es mi caso, en el síndrome del cintillo iliotibial, un dolor en una de esas partes del cuerpo que desconocemos hasta que nos la lesionamos.

En mi último fondo de 50 km, hace dos semanas, corrí con una cierta molestia en el costado externo de la rodilla izquierda. En ese momento rogué que fuese algo de ese momento, pero dos días después ya empezaba un fondo de 30 km con molestias (terminaron siendo 17 km). Ahora mi entrenamiento se convirtió en rehabilitación: caminatas, ejercicios isométricos, toda la elongación que no venía haciendo y la llamada de atención de Edson Mendoça, mi fisioterapeuta, por no tener una alimentación ordenada.

El 18 de noviembre se corre un desafío de 245 km entre San Nicolás y el Obelisco, un homenaje al Spartathlon, la maravillosa carrera a la que muero por volver. Todavía no me bajé, pero esto me obliga a replantearme todo lo que venía haciendo. Una vez más, la vida me da una lección de humildad. Y otra vez, es un 30 de septiembre.

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